jueves, 7 de diciembre de 2023

Culpable: Sinopsis

Él destrozó su vida... y ahora iba a tener un hijo suyo.


Paula, una joven camarera de Nueva York, se quedó horrorizada al descubrir que Pepe, el hombre del que estaba enamorándose, era en realidad Pedro Alfonso, el multimillonario griego que había hecho que su padre acabara en prisión, donde había muerto, solo y asustado. Sintiéndose vilmente traicionada, se apartó de él decidida a no volver a verlo, sin decirle que acababa de descubrir que estaba embarazada. 


Sin embargo, cinco meses después Pedro descubrió su secreto. No estaba dispuesto a renunciar a su hija y, para asegurarse de que Paula no intentaría apartarla de él, decidió que la solución más fácil sería proponerle que se casaran. Pero para que Paula dijera "Sí, quiero" tendría que demostrarle que era digno de ella... 

martes, 5 de diciembre de 2023

Rivales: Epílogo

Emplatar para dos


—La mesa veinte quiere ver a la chef —anunció la jefa de sala.


Paula salió al comedor del Chesterfield. Habían pasado seis meses desde que el programa terminara en un empate. Luis los había contratado a los dos, y aunque la relación con su padre no era todavía perfecta, iba en el buen camino.


—¿Querías verme? —preguntó a su padre.


—Yo no: Pedro.


Paula sonrió a su amor antes de darse cuenta de que no había tocado su plato.


—Hay algo en mi pasta —comentó él.


—¿Qué quieres decir?


Paula se inclinó para inspeccionarlo. El «Algo» no estaba en la pasta, sino en el borde del plato.


—Oh, Dios mío. Es un… Un…


—Un anillo de compromiso. Acabo de tener una larga conversación con tu padre, Paula.


—Pedro…


Pero fue Luis quien habló.


—Confío en este hombre como cocinero, pero no estaba seguro de poder confiar en él respecto a tí. Ahora sé que puedo darles mi bendición.


Las lágrimas nublaron la visión de Paula.


—Papá…


—Te quiero, Paula —aunque no pareciera cómodo diciendo aquellas palabras, ella supo que las sentía.


—Y yo a tí.


Luis carraspeó y recuperó su habitual tono de impaciencia.


—Venga hombre, ¿No vas a declararte?


Pedro sonrió.


—Claro que sí.


—En mis tiempos nos poníamos de rodillas.


Pedro no titubeó en seguir la sugerencia. Delante de todos los clientes, clavó la rodilla en el suelo y dijo con solemnidad: 


—Paula, quiero casarme contigo.


No tuvo importancia que no fuera una pregunta, porque el beso que Paula le dió fue todo lo que Pedro necesitaba como respuesta.








FIN

Rivales: Capítulo 53

Aderezar


—Solo quedan tres —anunció Diego dramáticamente al comienzo del siguiente episodio—: La chef Dunham y los chefs Alfonso y Surkovsky. Hoy se decidirá quién pasa a la final.


—Espero que no sea un postre —masculló Pedro.


—Yo también —dijo Paula, sonriendo.


La buena noticia fue que tenían que preparar un primer plato. La mala, que solo disponían de veinte minutos.


—¡Solo veinte minutos! —gimió Paula.


Habían estado en la misma situación anteriormente y no le había dado tiempo a terminar la salsa. Afortunadamente, la combinación de especias que había creado para su plato de langostinos había sido lo bastante imaginativa como para mantenerla en la competición.


—No has llegado hasta aquí para fracasar ahora —dijo Pedro.


Paula se irguió, tal y como él confiaba que hiciera.


—Tienes razón.


—Esa es mi chica —musitó él.


Habría querido besarla, pero se conformó con saber que lo  haría más tarde, en privado.


Pedro optó por un plato italiano con un toque español: Carbonara con chorizo. Terminó justo a tiempo, pero la presentación dejaba que desear. Por su parte, Paula preparó unos escalopes con ralladura de lima, que salteó con mantequilla de ajo, y presentó sobre una cama de judías verdes. Visualmente, el conjunto quedó espectacular.


—Sabía que lo conseguirías —comentó Pedro.


—Gracias. ¿Has visto que Rafael ha optado por un entrecot con ensalada?


—Muy poco creativo —replicó Pedro.


Los jueces coincidieron con él.


—Chef Surkovski —anunció Diego, solemne—. No pasa a la siguiente fase.


Rafael estalló en improperios y tiró los utensilios de cocina al suelo.


—¡Voy a demandar al programa! —amenazó.


Y, como Ángela, tuvo que ser escoltado fuera del estudio mientras seguía gritando: 


—¡La final está amañada!


¿Amañada? Pedro pensó que más bien estaba condenada cuando se encontró en el ascensor al padre de Paula que subía al estudio el último día de la competición. En lugar de hacer un comentario desagradable Luis saludó con una inclinación de cabeza. Pedro entró y mantuvo la mirada fija en las puertas, asumiendo que subirían en silencio. Pero Luis le sorprendió al decir: 


—Su deseo fue concedido, joven. ¿Se arrepiente ahora?


—Me temo que no sé a qué se refiere.


—El día que vinieron a mi restaurant llamé a la cadena.


Pedro lo miró de hito en hito.


—¿Quiere decir que es responsable de que Paula volviera al concurso?


Luis rió con aspereza.


—Por lo que tengo entendido, el responsable es usted.


—Pero usted le dió la oportunidad. ¿Por qué?


—He pagado su formación.


—¿Y quería satisfacer su curiosidad?


—¿Es usted siempre tan impertinente?


—Solo cuando tengo razón.


Luis rió de nuevo antes de decir: 


—Puede que no lo parezca, pero siempre he querido lo mejor para Paula.


—Lo que ella quiere es su respeto y su amor.


—Puede que no sea un gran padre, pero amo a mi hija.


—¿Se ha molestado en decírselo? Paula necesita saberlo.


Llegaron a la planta de la cadena. Las puertas se abrieron y Luis salió. Pedro pensó que no le contestaría, pero dió media vuelta y dijo:


—Lo haré. Gane quien gane.


Diego dió la vuelta a las tarjetas de una en una.


—Chefs, tienen cuarenta minutos para hacer un primer plato. Como saben, la cata será a ciegas y puesto que estamos en la final, el juez será Luis Chesterfield. Buena suerte —miró el reloj— . El tiempo empieza… Ya.


Pedro había tomado una decisión: Iba a perder para que ganara Paula. La amaba y quería que consiguiera el trabajo con su padre, al tiempo que recomponía su relación con él. Por su parte, podía seguir trabajando para clientes privados. Y tenía a Paula. Como le había dicho siempre su madre, uno sabía que amaba de verdad cuando la felicidad del otro era más importante que la propia.


Paula miró a Pedro de soslayo. Habían vuelto de la despensa con los ingredientes. Ella iba hacer salmón rojo. Su padre lo detestaba. Por eso mismo lo había elegido. Quería perder. Pedro necesitaba una nueva oportunidad y el puesto en el Chesterfield. Ella ya estaba satisfecha habiendo llegado hasta la final. Le bastaba con que su padre supiera que era una buena cocinera, y por lo visto lo había conseguido, porque al cruzarse con él de camino al estudio, le había deseado suerte.


—No has salado el arroz —murmuró Pedro, acercándole la sal.


Paula asintió, pero no la tocó. Pedro también había optado por pescado: Un róbalo. Y, recordando aparentemente lo que le había dicho, iba a hacerlo a la plancha. Llevaba varios minutos y no le había dado la vuelta.


—Tienes que dar la vuelta al pescado —masculló Paula.


Pedro sacudió al cabeza.


—Todavía no.


Y el resto del tiempo transcurrió de la misma manera, cada uno haciendo recomendaciones al otro. Cuando sonó el timbre los platos parecían más propios de estudiantes de cocina que de profesionales.


—Parece que los nervios han jugado una mala pasada a nuestros competidores —comentó Diego.


En la antesala, Paula abrió una botella de agua y la bebió casi de dos tragos. Cocinar mal era más difícil que hacerlo bien.


—¿Qué ha pasado? —preguntó Pedro.


—No he tenido mi mejor día —contestó ella—. Parece que tú tampoco.


—Precisamente por eso, debería haber sido fácil ganarme.


Paula lo miró con suspicacia y finalmente dijo:


—No sé si abofetearte por querer que te ganara o si besarte.


—Yo voto por lo segundo —dijo él, sonriendo.


Paula dejó escapar una carcajada.


—¡Maldita sea, Pedro! Yo quería que ganaras.


—¿Por eso no has salado el arroz, además de preparar un plato insípido?


—Entre otras cosas —al ver la mirada inquisitiva de Pedro, Paula añadió—: Mi padre odia el salmón rojo.


Pedro enarcó las cejas.


—¿Por qué lo has hecho? Podrías haber ganado.


—Y tú. Se ve que ya no nos importaba tanto como al principio —contestó Paula.


Se estrecharon en un abrazo y seguían besándose cuando Gustavo entró, dando palmadas.


—Los esperan en el estudio —anunció.


—¿Qué crees que va a pasar? —preguntó Paula a Pedro.


—No lo sé. Pero quiero que sepas una cosa —Pedro le tomó la mano—: Te amo, Paula.


—Y yo a tí.

Rivales: Capítulo 52

Después de dos nuevas rondas en las que otros dos chefs fueron expulsados, Rafael consiguió mejorar sus resultados y Paula y Pedro permanecieron entre los tres primeros. Se habían convertido en los dos concursantes a los que los demás querían batir, lo que los aislaba del conjunto. Pero a ella solo le afectaba el silencio de él. Ocasionalmente lo encontraba mirándola, pero cada vez apretaba la mandíbula y su expresión se endurecía antes de desviar la mirada. Paula lo echaba desesperadamente de menos. A él a y lo que podían haber llegado a ser. Aunque no había querido admitírselo ni a sí misma, sabía que se estaba enamorando de él. Y ese reconocimiento, no expresado, la torturaba. Los días eran largos y el horario agotador. Aunque cocinar apenas llevaba tiempo, pasaban horas en el estudio, grabando entrevistas en las que hablaban de técnicas y de recetas, e incluso tenían que hablar sobre sus competidores. Los productores querían sazonar el programa con un poco de cotilleo para mejorar los datos de audiencia. 


Al final de la segunda semana, otros tres chefs habían sido eliminados, incluido Kevin. Solo quedaban seis. Al lunes siguiente, tras anunciarse otra eliminación, Paula esperaba un taxi fuera del edifico cuando vió a Pedro salir. Aunque no se hablaban, habían alcanzado algo parecido a una tregua. Mientras Rafael y los demás acaparaban ingredientes, ellos dos los compartían. Sus miradas se encontraron, y ambos inclinaron la cabeza a modo de saludo.


—¡Hoy ha sido duro! —comentó ella.


—No sé cómo has conseguido sacar adelante un plato tan complicado en cuarenta minutos.


Una frase completa y halagadora… La sorpresa debió reflejarse en el rostro de Paula, porque Pedro añadió:


—Nunca he dudado de tu capacidad como cocinera, Paula. Nos vemos mañana.


Paula lo vió alejarse y tragó saliva. No. Era aún peor. Era de ella de quien dudaba.



En la última semana de competición quedaban cuatro chefs: Paula, Pedro, Ángela y Rafael.


—Hoy vas a perder —dijo Rafael a Paula—. Has durado demasiado.


—Ya veremos —dijo ella con indiferencia.


Media hora más tarde, ya en su puesto, maldijo entre dientes cuando Diego anunció que tenían treinta minutos para preparar un postre, y que el chef famoso que juzgaría el resultado era un prestigioso repostero.


—¡Qué mala suerte! —oyó mascullar a Pedro.


—Si puedes hacer unas galletas como las que hizo tu madre para la fiesta, ganarás —musitó ella.


Pedro la miró, sorprendido, de soslayo. Y Paula quiso creer que también agradecido. Ella optó por una tartaleta de albaricoque con nata perfumada con canela.


—La masa tiene muy buena pinta —comentó Pedro cuando pasó el tiempo estipulado.


—Me temo que no ha quedado lo bastante hojaldrada.


—Claro que sí —Pedro le dió un disimulado apretón de mano—. Y gracias por la sugerencia.


Se refería a su plato: Sándwiches de frambuesa con galletas de mantequilla bañadas en chocolate; y una hoja de menta y unas frambuesas frescas como decoración.


—Yo solo he sugerido las galletas—dijo ella, apretándole la mano—. Y la presentación está muy bien, por cierto.


—He pensado: ¿Qué haría Paula? —dijo él con una sonrisa.


Un rato más tarde, los cuatro chefs esperaban de pie delante de sus puestos a que Diego anunciara la última baja: 


—Ángela, lo siento, estás eliminada —dijo con fingida lástima.


Los ojos de esta centellaron de rabia.


—¡La cata a ciegas es mentira! —exclamó. Y señalando con el dedo a Paula, siguió—: ¡Todos sabemos que les dicen a los jueces cuáles son tus platos para que ganes!


—Eso no es verdad —dijo Diego—. Lo cierto es que los jueces han encontrado tu helado totalmente insípido.


Razonar con Ángela era imposible porque estaba furiosa y no paraba de lanzar acusaciones intercaladas con juramentos. Dos agentes de seguridad tuvieron que entrar en el estudio para sacarla. Cuando ya estaba en la puerta, amenazó a Paula: 


—¡Te voy a matar!


—¡Qué desagradable! —dijo Diego, ajustándose los gemelos.


Tras aquella escena, la grabación se dió por concluida. Paula había pensado volver a casa, ponerse una copa de vino y darse un prolongado baño. Al salir del edificio, le sorprendió encontrarse a Pedro, que había salido un rato antes que ella.


—¿Estás esperando un taxi?


—La verdad es que te esperaba a tí. Llevo días queriendo decirte algo.


Después de las acusaciones de Ángela, ella no estaba segura de poder aguantar un enfrentamiento.


—¿Ahora?


Pedro le dedicó una mirada que Paula no había visto en sus ojos desde hacía días.


—Sí. ¿Podemos ir a tomar un café?


Paula habría querido negarse; proteger su corazón. Pero no pudo resistirse.


—¿Vamos a Isadora?


Pedro esperó al café y los cantuccini antes de hablar.


—Paula —empezó con la voz quebrada—, siento lo que te dije el otro día. Me temo que me cuesta confiar en la gente.


—Lo sé, Pedro, y creo que lo entiendo.


—Debía haberte preguntado antes de sacar mis propias conclusiones.


Paula parpadeó, asombrada.


—¿Es eso lo que estás hacienda ahora? ¿Pedirme explicaciones?


—No. Mi madre me dijo que debía darte el beneficio de la duda antes de que habláramos.


—¿De verdad dijo eso? —Paula esbozó una sonrisa—. Porque a mí me ha parecido que ya me habías juzgado y sentenciado.


—Lo sé. He reflexionado mucho sobre cómo te he tratado — Pedro posó su mano sobre la de ella—: Cuando alguien te importa tanto como tú a mí, las explicaciones sobran —Paula abrió los ojos desmesuradamente pero no dijo nada. Pedro continuó—: Paula, sé que apenas nos conocemos, pero solo he sentido esto por otra persona en mi vida. Siento haber dejado que el pasado nublara mi juicio. Lo siento. Y te prometo que nunca volveré a dudar de tí.


Paula pareció desconcertada, pero giró la mano para entrelazar sus dedos con los de él.


—Pedro, aparte de ser chef, como Candela, no tengo nada en común con ella. Yo jamás te traicionaría.


—Lo sé. Creo que mi cabeza tenía que sincronizarse con mi corazón. ¿Me perdonas?


—Sí. Ha sido espantoso no tenerte cerca.


—Para mí también.


Fueron al departamento de Pedro. Paula lamentó no haberse puesto ropa interior sexy, pero aquella mañana no había salido de casa confiando ni en ser seducida ni en seducir.


—Solo para aclarar las cosas: Todavía pienso ganar —dijo, a la vez que Pedro la tumbaba sobre el sofá.


—Me parece muy bien. Porque yo pienso vencerte.


—Vale —Paula mordisqueó el labio inferior de Pedro antes de preguntar—: ¿Qué te parece si fraternizamos con el enemigo?


—Estoy plenamente a favor.

Rivales: Capítulo 51

Paula retrocedió y observó la combinación de aguacate, tomates, alubias negras y boniato salteado. Por sabor, le daba una A. Como estilista, no estaba tan contenta. Los cuencos blancos que había elegido eran adecuados, pero al conjunto le faltaba un toque de verde. Miró de soslayo el plato de Pedro. Aunque también había usado aguacate, en lugar de dejarse llevar por influencia mexicana, se había inspirado en la italiana. Un asistente recogió los platos en un carrito y ella observó que uno de los participantes no había logrado terminar a tiempo. Eso no significaba una descalificación inmediata, pero ponía al participante en una posición difícil. Los chefs se retiraron a la antesala. La mayoría se sentó, dando resoplidos de cansancio. Apoyó la espalda en la pared. La cabeza le seguía dando vueltas por la tensión de la competición y por la pelea con Pedro. «Déjalo estar», se repetía continuamente, sin éxito. Le dolía demasiado el corazón. Por primera vez había bajado las defensas, creyendo que…


—Ha sido peor de lo que imaginaba —comentó uno de los chefs. Sacándola de su ensimismamiento.


—¡Veinte minutos! —exclamó otro—. ¡Me han parecido dos!


—Dímelo a mí —comentó el que no había terminado su plato. Y se lamentó—: Supongo que seré expulsado.


—No es el fin hasta que llega el final —dijo Pedro. 


Paula lo miró y vió que la estaba mirando… Sin animadversión. Sin que fuera cálida, al menos su expresión se había suavizado. Pedro se había quitado el guante; llevaba un vendaje y se sujetaba la mano herida con la otra. Ella se aproximó a él.


—¿Qué tal está el corte?


—Bien.


—Deberías pedir que lo viera el médico.


Pedro sacudió la cabeza y contestó:


—He sobrevivido a cosas mucho peores.



Mezclar a alta velocidad


Tardaron varias horas en saber que el concursante eliminado era el que no había terminado el plato en los veinte minutos adjudicados. Rafael había recibido una puntuación baja y no disimuló su irritación al ver que Paula había quedado entre los tres primeros, junto a Kevin y Pedro, cuyo plato consiguió la puntuación más alta. Y aunque éste sabía que debía estar feliz, aquella tarde, en su casa, solo podía pensar en Paula. Estaba confuso y enfadado. Pero no estaba seguro de con quién. ¿Con ella? ¿Con Luis? ¿Con el programa? ¿Consigo mismo? Se dejó caer sobre el sofá con una botella de cerveza. El teléfono resonó en el espacio exiguamente amueblado. Al contestar vio que tenía media docena de mensajes.


—¿Sí?


—¡Por fin! —oyó a Carolina al otro lado—. ¿Dónde te habías metido? No contestas al móvil.


—Lo he apagado durante el programa. ¿Pasa algo?


—¿Que si pasa algo? —repitió Carolina, imitándolo—. ¡Pedro! Llevamos todo el día esperando a saber cómo te ha ido. Estoy con Sonia, mamá y papá. Quedaste en llamar.


Pedro dejó la cerveza y se frotó los ojos.


—Es verdad. Lo siento.


—No me tengas en suspenses. ¿Sigues en el concurso o no?


Al fondo, Pedro oyó a su madre decir:


—¡Caro, no lo digas como si no confiáramos en él!


Un segundo más tarde, se oyó su voz con eco, y Pedro dedujo que habían conectado el altavoz.


—Pepe, estamos orgullosos de tí pase lo que pase.


Pedro sonrió a pesar de estar de pésimo humor, y no pudo evitar pensar en lo afortunado que era, comparado con Paula, al tener unos padres como los suyos.


—Sigo en el concurso, mamá. De hecho, he tenido la mejor puntuación.


Un estallido de gritos de entusiasmo recibió sus noticias 


—¿Se lo has dicho a Paula? —preguntó Sonia.


—No ha hecho falta. Estaba allí.


—¿Ha ido a verte? ¿Podemos ir nosotros?


Pedro dió un trago a la cerveza.


—No ha venido a verme, sino a competir. La han readmitido.


No añadió que había dependido de su voto y las duras palabras que se habían dirigido. Al otro lado, oía a sus hermanas hablar al mismo tiempo. Pero su madre desconectó el altavoz y Pedro tuvo la seguridad de que se retiraba para continuar la conversación de forma privada. Jamás había podido ocultarle sus emociones.


—Estás disgustado.


—No, mama. Solo…


—¿Qué ha pasado?


Pedro suspiró.


—Hemos pasado las dos últimas semanas prácticamente juntos y no ha mencionado en ningún momento… —dió otro trago a la cerveza.


—¿Lo sabía y no te lo había dicho?


—No lo sé. Pero la llamé anoche y esta mañana y no contestó.


—¿Se lo has preguntado?


—La verdad es que no. Pero me resulta sospechoso que no me llamara —dijo, y volvió a sentirse justificado en su enfado—. Y cuando ha entrado en el estudio parecía… Sentirse culpable.


Pedro terminó la cerveza.


—¿Pero no le has dejado que se explique?


—Mamá…


—¿Te gusta Paula, Pedro? —al ver que Pedro tardaba en contestar, su madre continuó—: Está bien, te lo diré: Creo que te gusta mucho.


—Acabamos de conocernos. Apenas sé nada de ella —se levantó con un resoplido y fue por otra cerveza—. De hecho, el primer día me mintió al decirme que se llamaba Paula Chaves.


—Ya, pero tú mismo me dijiste por qué lo hizo.


—Está bien. Está bien. Pero puede indicar una tendencia, mamá —insistió Pedro, a la vez que abría la cerveza.


—¿Te has planteado que la tendencia es que tú desconfíes de la gente por lo que te hicieron Candela y Lucas?


—Es posible.


Pedro sabía que su madre tenía razón, pero le costaba franquear la distancia entre lo que pensaba su cabeza y lo que sentía su corazón.


—Pedro, hazte un favor y dale el beneficio de la duda hasta que puedan sentarse a hablar.


Pedro accedió antes de colgar, pero se fue a la cama sin llamar a Paula.

Rivales: Capítulo 50

¡Veinte minutos! Varios concursantes soltaron una exclamación ahogada. Paula cruzó los dedos para que al menos no tuvieran que preparar un plato principal.


—La segunda…


Paula respiró aliviada: Aperitivo. Veinte minutos era suficiente tiempo. También para Pedro. Miró en su dirección y vió que la miraba con desconfianza. Que aquellos ojos que hacía apenas veinticuatro horas la miraban llenos de deseo y con un germen de futuro la observaran con tanta dureza fue como recibir una puñalada. La voz de Diego la devolvió al presente.


—Y el juez famoso de hoy es Romina Falconi, la chef ejecutiva de Mateo’s, en la Jolla, California. Es autora de tres libros de cocina de Nuevo México.


Paula repitió «Nuevo México» para sí. Lo inteligente sería permanecer alejada de ese estilo de cocina, pero jugar a lo seguro en aquel concurso representaba un peligro en sí mismo.


—¿No se te da bien? —preguntó Pedro, retador.


En lugar de disimular, Paula sacudió la cabeza. Un grave error. No convenía mostrarse débil frente al enemigo.


—¡Qué mala suerte! —añadió Pedro.


—Que yo sepa, tampoco es tu estilo de cocina.


—Tú no sabes de lo que soy capaz.


Paula tapó el micrófono que llevaba en la camisa y dijo:


—En eso estoy de acuerdo. Creía que sí lo sabía, pero… Hoy has demostrado que estaba equivocada.


—No se te ocurra… —Pedro también cubrió el micro, pero calló al acercársele un micrófono desde una grúa.


—Chefs —dijo Diego—. El tiempo empieza en tres… Dos… Uno…


Un timbre resonó en el estudio y los doce chefs salieron disparados hacia el frigorífico y la despensa. Al pasar al lado de Paula, Rafael la empujó y ella se golpeó contra una mesa. Pedro se detuvo una fracción de segundo y dijo:


—¿Estás bien?


Para contrarrestar la inmediata ternura que Paula sintió al verlo preocupado, y temiendo que mostrarse vulnerable, replicó con aspereza:


—No te preocupes por mí.


—Es verdad. Sabes cuidar de tí misma.


Aunque apenas se retrasaron unos segundos, para cuando llegaron a la despensa habían desaparecido las hierbas aromáticas y muchas verduras. Rafael volvía ya a su puesto, cargado de distintos tipos de lechuga e ingredientes para una vinagreta. Paula vió un cuenco con aguacates al fondo de un estante, pero Pedro lo tomó antes de que ella lo alcanzara.


—¡Oye! —protestó—. ¿Vas a usarlos todos?


—No —Pedro miró el cuenco en que había unos seis—. Solo un par.


—¿No vas a compartirlos?


—Paula, esto es una competición —aclaró Pedro, innecesariamente.


—¿Y todo vale en el amor y en la guerra?


Paula se arrepintió al instante de haber dicho eso. Esbozando una sonrisa, pero con mirada de hielo, Pedro contestó:


—Eso debería preguntarte yo a tí.


—Sigue acumulando ingredientes —dijo ella, alzando la barbilla—. Está claro que temes que hagamos algo parecido y que mi plato sepa mejor.


Pedro rió con desdén.


—¿Guerra psicológica? —Paula se limitó a arquear una ceja. Pedro eligió los dos aguacates más maduros y se los pasó—: Aquí tienes. Sorpréndeme.


Y tras aquellas palabras, se fue a su puesto. Paula tomó unas especias, tomates, una lata de alubias negras y un par de boniatos. Decidió hacer una especie de guiso. Para cuando llegó a su puesto habían pasado casi tres minutos. Pedro ya había pelado y deshuesado los aguacates y cortaba albahaca en tiras finas. Se movía con fluidez y manejaba el cuchillo con maestría.


—¿Miras para aprender? —preguntó él, sin volverse.


—No, solo quería asegurarme de que no te cortabas. La sangre no queda bien en el plato.


—No me corto desde que acabé la escuela.


—Pues puede que ya te toque.


Paula solo estaba bromeando, así que cuando unos minutos más tarde le oyó maldecir y al mirar vió que se sujetaba la mano con un trapo manchado de rojo, se sintió mortificada.


—¡Dios mío! ¿Te has…?


—Estoy bien.


Pedro se puso una tirita y un dedo de látex. Desde un altavoz llegó la voz del presentador:


—Quedan quince minutos.


Durante el resto del tiempo, trabajaron en silencio y concentrados, hasta que sonó el timbre que marcaba el final del tiempo.

Rivales: Capítulo 49

Sellar


Pedro estaba escuchando a Diego St. John, que explicaba tanto a la audiencia como a los concursantes las reglas del concurso. Hacía calor bajo los focos. Todos tenían gesto serio, Paula incluida. Su irritación con ella se había disipado lo bastante como para reconocer que acusarla de acostarse con los demás había sido un golpe bajo. Pero desde su divorcio, tendía a ser desconfiado, y ella era la primera mujer a la que se había sentido unido y hasta que no se aclarara todo, por ejemplo por qué no había contestado a sus llamadas, no se relajaría. El estudio estaba plagado de gente. Las cámaras se concentraban en los concursantes a medida que Diego los presentaba y leía sus biografías. Cuando llegó a Paula, tenía que desvelar su conexión con Luis. Pedro no pudo sino admirar la astucia de la cadena al haberse cubierto las espaldas haciendo que la decisión recayera sobre los propios concursantes, al tiempo que se aseguraba, de paso, un aumento de la audiencia. Tras leer el currículo de Paula, Diego dijo:


—Paula Dunham es la hija de Luis Chesterfield. Puede que algunos piensen que eso es una ventaja —la cámara se cerró a un primer plano—, pero se equivocan. Su padre no quiere que trabaje en su cocina. De hecho, esa es la razón de que convocara este concurso. Aquí tenemos las declaraciones que hizo cuando descubrió que su hija, que había usado un alias, estaba entre los participantes.


Éstos podían oír el audio aunque no vieran las imágenes. Mientras, una docena de cámaras enfocaron a Paula.


—Paula me ha desilusionado. Le dí la mejor educación pero la tiró por la ventana —se oyó decir a su padre.


—Tengo entendido que como estilista es muy respetada — comentó Diego.


—Es posible, pero no está al mismo nivel como cocinera.


—¿Es esa la única razón por la que no quiere contratarla?


—¿Se refiere al hecho de que se casara con David Dunham? — preguntó Luis, irritado.


—Supongo que fue como recibir una bofetada —dijo Diego, imperturbable—. Su conflicto con Dunham es conocido.


Hubo un silencio prolongado durante el que Pedro habría jurado que oía respirar a Paula.


—Que decidiera casarse con… Ese supuesto crítico gastronómico, solo demuestra que es impulsiva e inmadura. Características que no convienen en un chef.


—En su defensa hay que decir que eso fue hace seis años y que la relación no duró —dijo St. John—. Sin embargo, tengo entendido que no se habla con ella.


—No tengo nada que decirle.


—¿Y si gana?


—Eso no va a pasar —Pedro se volvió y vio que Lara hacia una mueca de dolor—. No tiene lo que hay que tener para ser una gran cocinera.


Para cuando la entrevista terminó, Paula estaba tan pálida como su bata. Diego había llegado junto a ella.


—Esas son palabras muy severas por parte de su padre, chef Dunham —dijo el presentador.


—Tiene derecho a tener su propia opinión —dijo ella, estoicamente.


Pero esa no era la actitud que los productores querían de ella.


—Aun así, debe ser doloroso oírle decir que no es lo bastante buena como para ganar.


—En eso se equivoca —dijo Paula tras una pausa.


—Pongámonos a trabajar —dijo Rafael desde el otro lado del estudio. Por una vez, incluso Pedro estuvo de acuerdo con él.


Mientras que la cadena quería sacar provecho al drama, los concursantes solo querían cocinar. También Paula. Sus nervios en ese momento eran palpables y Pedro tuvo la tentación de tranquilizarla. Pero no lo hizo. No pudo.


—Chefs —dijo St. John, señalando con un gesto dramático la mesa que tenía ante sí—. Estas son las tarjetas que les han tocado.


El concurso comenzaba. Paula miró a Pedro. Estaba plantado con los pies separados, con los ojos entornados y la mandíbula apretada. Parecía más preparado para un combate que para cocinar. Ella se sentía igual. Pero en su caso tenía dos objetivos: uno, permanecer en el concurso. El otro, más personal, conseguir mejor puntuación que Pedro. Estaba furiosa y herida. Y concentró toda su ira en las tres tarjetas que había sobre la mesa.


—La primera tarjeta dirá el tiempo del que disponen —dijo Diego. Le dió la vuelta con un amplio ademán—. Veinte minutos.