jueves, 23 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 37

Familia. De pronto recordó el mensaje que le había mandado su hermana Sonia cuando Paula y él dejaban el Spanky’s. Como había previsto, para entonces ya sabía que estaba con una mujer. Y suponía que también su otra hermana y su madre. "Mañana Carolina y yo vamos al centro, decía el mensaje. Queremos hablar de la fiesta de mamá. Prepáranos un buen brunch". No lo engañaban. Quizá ese era el tema de conversación inicial, pero pronto preguntarían por su vida social. Y aunque hablaban de brunch, eran capaces de presentarse en su departamento a primera hora de la mañana. Por muy encantadoras que fueran y aun sabiendo que solo querían lo mejor para él, prefería que no coincidieran con Paula. Fue hacia la cocina.


—Creo que tu blusa está en el suelo, delante del frigorífico.


Efectivamente, yacía en una pila junto a la falda y las medias. Después de quitarle esas prendas, Paula y él habían ido hacia el salón, buscando superficies más blandas y cómodas para la posición horizontal. Cuando ella fue a tomarla de sus manos, él la retiró para que no la alcanzara.


—El trato es que me dejes ponértelas —dijo. Y extendió la mano para que ella le diera la ropa interior.


Aunque Paula puso los ojos en blanco, el brillo que vio en ellos indicó a Pedro que estaba tan dispuesta y excitada con el juego como él.


—No recuerdo haber accedido a que me vistas —dijo ella, pero le pasó el sujetador y las bragas.


—La colcha —indicó Pedro con la barbilla.


Muy lentamente, haciendo un movimiento que recordaba al que Pedro había usado para desnudarla hacía apenas unas horas, Paula desplegó la colcha, exponiendo los delicados montículos de sus senos. Él tragó saliva. Era Navidad y ella era su regalo.


—¿Crees que vas a estar a la altura? —preguntó ella en un susurro ronco—. Es más difícil de lo que parece.


—¿Eso crees? —la retó él con una mirada significativa dirigida a sus abultados calzoncillos.


—Me refería a ponerme el sujetador —dijo Paula, riendo.


—Creo que sabré hacerlo.


Pedro lo tomó de la mano de la Paula y lo mantuvo en alto delante de su pecho.


—Pasa los brazos por los tirantes. Así —musitó él, acercándose y, lamentablemente, aproximando la seda hasta tapar lo que para él era la perfección.


—¿Vas a abrocharlo o qué? —preguntó ella al ver que se quedaba parado.


El «O qué» resultaba una opción tentadora. Con un gruñido Pedro terminó la tarea, felicitándose a sí mismo, hasta que se dió cuenta de que lo siguiente eran las bragas. Había salvado un obstáculo, pero solo para llegar a otro, todavía más difícil de superar. Las sujetó por la cintura pensando qué estrategia seguir. Pero todas las posibilidades exigían inclinarse hacia adelante, lo que lo aproximaría aún más a la tentación. Se dió por vencido.


—Mejor que lo hagas tú —dijo, dándoselas.

martes, 21 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 36

Batir


Algo despertó a Pedro cerca de la medianoche. No algo, sino alguien. Podía intuir su sombra, moviéndose a tientas por el departamento.


—Puedes encender la luz —dijo él, incorporándose sobre un codo.


—No hace falta, gracias.


La afirmación fue seguida de un golpe seco y una exclamación contenida. Pedro encendió la lámpara del lateral del sofá.


—¿Estás bien?


—Sí.


A Pedro se le aceleró el corazón al ver que estaba desnuda y que se envolvía en la colcha con la que solía cubrir el sofá. Tenía la ropa interior en una mano mientras con la otra sujetaba la colcha alrededor del cuerpo. La mirada de él se fijó en las torneadas piernas que le habían rodeado la cintura en el momento del clímax, y su cabello era una maraña de seda, la que él había creado al hundir los dedos en él, cuando la pasión lo había arrastrado al precipicio.


—Lo siento. No quería despertarte —dijo ella.


—Debería disculparme yo por haberme quedado dormido.


Lo último que Pedro recordaba era haber colapsado a su lado tras el sexo más vigoroso y creativo que había experimentado en su vida. Paula rió.


—Lo raro es que no nos hayamos quedado los dos en coma.


—¿Te… Vas?


Le sorprendió querer retenerla. Las pocas veces que había llevado una mujer a su departamento, había estado encantado de quedarse solo. Pero con Paula… Quiso pensar que era porque el sexo había sido extraordinario y no por otros motivos.


—Sí. He pedido un taxi. Estaba buscando mi ropa, pero solo he encontrado un par de cosas —dijo ella, sacudiendo la mano con las dos últimas prendas que Pedro le había quitado.


Y este tuvo que reprimir un gemido al recordar la torturadora y deliciosa lentitud con la que le había retirado el sujetador y las bragas.


—Si sigues mirándome así no voy a poder mancharme —dijo ella.


—¿Cómo te miro? —preguntó él, aunque lo sabía bien.


—Pedro, échame una mano —dijo ella, impaciente.


—Encantado —contestó él, sonriendo. Y ciertas partes de su anatomía confirmaron sus palabras.


—Me refiero a que me ayudes a encontrar la ropa —dijo ella, fingiendo impaciencia.


—Con una condición…


Paula lo miró con suspicacia.


—¿Cuál?


—Que me dejes vestirte.


—Nunca había recibido una oferta así de un hombre.


—Tampoco yo la había hecho.


Ni sabía por qué acababa de hacerla cuando lo que quería era tenerla en sus brazos, desnuda. Pedro se planteó si estaba bien de la cabeza. La idea de vestirla le resultaba excitante. Como un juego preliminar, pero a la inversa, que solo podía resultarle frustrante y que intensificaría la tensión para un futuro encuentro. Porque lo habría. Estaba seguro. Él se levantó, totalmente cómodo en su desnudez. Y le alegró ver que Paula deslizaba la mirada por su cuerpo y se mordisqueaba el labio. Se puso los calzoncillos bajo su ardiente mirada y preguntó con sorna: 


—¿Te tienta quedarte?


—Desde luego —admitió ella—. Pero el taxi va a llegar en cualquier momento y debo volver a casa.


Pedro estuvo a punto de preguntarle por qué. No tenía ni pareja ni familia que la esperara.

Rivales: Capítulo 35

Lo que explicaba que estuviera tan ansioso por ganar el concurso. Paula optó por el humor.


—No es fácil conocer a alguien con tan mala fama como yo en los círculos culinarios de Nueva York.


Tal y como esperaba, Pedro dejó escapar una carcajada.


—Si te sirve de consuelo —añadió Paula—, mi ex le dedicó una crítica espantosa en su última columna.


—Lo sé. Y me gustaría alegrarme de que el Rascal’s pierda su reputación, pero… —la sonrisa de Pedro desapareció.


Paula decidió cambiar de tema. Aunque no tenía hambre, se sentó en uno de los taburetes de la isla y dijo: 


—En Spanky’s has mencionado un plato principal.


—Sí —Pedro fue hacia el frigorífico—. Hace tiempo que no hago la compra, así que tendré que preparar algo con lo que haya.


Abrió la puerta doble, de espaldas a ella. Mientras rebuscaba en los estantes, Paula lo observó a él. Como le había dicho a Rocío, era un ejemplar magnífico desde los anchos hombros al prieto trasero.


—¿Tienes mucha hambre?


Sin apartar la mirada de su trasero, Paula dijo irreflexivamente:


—Muchísima.


Pedro se volvió y ella notó que se ruborizaba. Una mirada de entendimiento pasó entre ellos. La de él, pura masculinidad. Lara la había visto antes: cuando sus manos se rozaron al asir la manija del taxi; mientras volaban la cometa; y, aquella misma noche, en el Spanky’s. Todas esas miradas habían sido intensas, pero la de aquel momento podría haber encendido una hoguera en medio de una tormenta.


—Tengo pasta e ingredientes para una boloñesa, pero ya sabes que para conseguir una buena salsa hace falta tiempo. Los sabores deben madurar.


—Y fundirse.


—¿Estás dispuesta a esperar, Paula?


—La verdad es que la paciencia no es uno de mis atributos.


—Entonces —Pedro sacó un cuenco y cerró las puertas—, tengo estos restos de la cena de ayer. Pollo Thai.


—Suena picante.


—Lo está —Pedro sonrió—. ¿Te interesa?


—Desde luego —dijo Paula. No se refería al pollo, y por cómo la miraba, Pedro tampoco—: ¿Puedo probarlo?


—Claro. ¿Quieres que lo temple?


Paula sacudió al cabeza y rodeó la isla.


—Así está bien.


Pedro destapó el cuenco, pero eso fue lo único que hizo antes de que se fundieran en un abrazo. Vagamente, Paula percibió los aromas del jengibre y el cilantro, pero sus sentidos estaban concentrados en el aroma, el tacto y el sabor de él. Ninguna proximidad le resultaba bastante a pesar de que estaban pegados desde los muslos a los labios. Nada era suficiente. Estaba caliente, firme, acogedor. Un suspiro escapó de sus labios y él lo replicó.


—Llevo… Pensando en esto… tú y yo… desde hace tiempo — musitó, mordisqueándole el cuello.


—Yo también —admitió Paula.


Pedro rió.


—Me alego. ¿En qué más has pensado?


Pedro quería que marcara ella los parámetros y por eso le ofreció una puerta de salida por si cambiaba de idea. Podía retirarse o lanzarse de cabeza. Y Paula, más que sentirse osada, tuvo la sensación de hacer lo correcto al decir: 


—En tu camisa. En cómo estarías sin ella.


La risa de Pedro reverberó en su cuerpo. Fue una sensación deliciosamente erótica, pero lo que la dejó sin aliento fue la respuesta de él: 


—Yo he estado pensando lo mismo. ¿Y si satisfacemos nuestra curiosidad?


Paula se llevó las manos al primer botón de la blusa, pero él se las retiró.


—Déjame a mí.


—Vale, pero solo si tú me dejas a mí.


Un hambre muy distinta se apoderó de ella cuando Pedro le desabrochó la blusa. Cuando llegó a la cinturilla de la falda, le acarició delicadamente la piel de la cintura, y ella dejó escapar un suspiro. Sin apartar la mirada de sus ojos, él sonrió y cuando le abrió la blusa, soltó un silbido. Empezó a deslizársela por los brazos, pero Paula lo detuvo.


—Me siento un poco expuesta —dijo, indicando los ventanales con la cabeza—. ¿Te importa?


—Enseguida vuelvo —Pedro corrió las cortinas y apagó una lámpara para atenuar la luz. Luego volvió a su lado—: ¿Por dónde íbamos?


—Por… Aquí —dijo Paula, quitándose la blusa.


Pedro lanzó un gemido de apreciación. Paula sonrió y susurró:


—Ahora me toca a mí.

Rivales: Capítulo 34

 —Nos separamos hace un par de años. Mi ex y mi abogado huyeron como dos bandidos.


Paula emitió una exclamación de empatía antes de decir: 


—En mi caso, hace casi seis.


Paula había aprendido mucho en aquellos años, y aunque no estaba segura de estar preparada para otra relación, lo que sí sabía era que no quería mantener una, ni aun superficial, con un hombre que siguiera traumatizado por una separación previa. Ese no parecía el caso de Pedro, pero prefirió asegurarse.


—¿Cuánto tiempo estuvieron casados?


—Cinco años. Candela me planteó la separación dos días después de nuestro aniversario. No me extrañó. Yo llevaba tiempo intentando que fuéramos a terapia.


Así que había querido salvar su matrimonio.


—¿Tienes hijos?


—No —Pedro se rascó la barbilla—. Aun antes de que las cosas empezaran a ir mal decidimos esperar a formar una familia. Al final resultó ser una buena idea. La separación ya fue suficientemente traumática.


Paula arrugó la nariz y dijo con total sinceridad:


—Lo siento.


—Yo también lo sentí en el momento —Pedro rió con una mezcla de tristeza y amargura—. Pero se me pasó cuando supe que se estaba acostando con mi mejor amigo y socio. Ahora ex, en ambos casos.


—¡Auuu!


—Peor aún fue que ella se quedó con el restaurante y con todas mis recetas, de las que dijo ser autora.


Paula abrió los ojos de sorpresa. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta hasta ese momento?


—¿Tú eres Pepe Westbrook?


Durante un tiempo había sido el restaurante más de moda en Nueva York, casi tan conocido como el Chesterfield. Hasta que Westbrook lo perdió todo en un escandaloso divorcio que había aparecido en todos los medios. Paula no recordaba los detalles, pero le sonaba que había habido un conflicto respecto a la autoría de los platos.


—Me temo que sí —dijo él—. Por cierto, solo mi madre, mi ex abogado y la prensa, me llaman Pepe.


 Paula se quedó pensativa.


—¿No escribieron un libro juntos?


—Sí. Pero yo era la parte creativa del proyecto —Pedro carraspeó y se tiró del cuello de la camisa con suficiencia—. Por cierto, fue nominado a los premios James Beard.


—Lo recuerdo bien. Admirable.


—¿Qué más recuerdas?


—Que hubo un es…


—Escándalo —terminó Pedro por Paula.


—No tenemos que hablar de ello.


—No me importa. Ya es historia —dijo Pedro, pero Paula percibió la tensión que lo dominaba—. Como soy un romántico, dediqué el libro a Candela. Su abogado usó mi dedicatoria, en la que decía debérselo todo, para aducir que ella era la autora real. Y también usaron como prueba que fuera ella quien hizo la promoción del libro mientras yo me ocupaba del restaurante. 


—¡Vaya!


—Fue brutal. Mi reputación fue arrastrada por el barro.

Rivales: Capítulo 33

Para cuando terminaron su segunda ronda de bebidas, eran cerca de las once. Pedro pagó la cuenta, pero ella exigió dejar la propina. Era una tontería, pero estaba acostumbraba a pagar a medias y le gustaba hacerlo. Hacía una noche calurosa y húmeda. En el aire flotaba una mezcla del olor de tubos de escape y de la fruta de un mercado próximo. Paula había asumido que él pararía un taxi, pero en lugar de eso, le tomó la mano y arrancaron a caminar. Un poco más tarde llegaban delante del edificio donde se habían conocido, apena dos semanas antes. Unos pasos más adelante, Pedro se detuvo delante de una puerta encajada entre dos escaparates y sacó una llave del bolsillo.


 —¿Vives aquí?


—Sí. Por fuera no lo parece, pero en la planta superior, el antiguo espacio comercial ha sido dividido en varios departamentos aceptables.


Una vez centro, recorrieron un pasillo que acababa en un montacargas. Pedro usó la llave para activarlo y cuando se detuvo, seis pisos más arriba, las puertas se abrieron a un espacioso estudio con tuberías expuestas, suelos de madera y paredes de ladrillo rojo. Pero lo que atrajo de inmediato la atención de Paula fue la cocina.


—¡Qué envidia! —exclamó, quitándose los zapatos de un puntapié y cruzando hacia el suelo de cemento pulido—. Tu isla es más grande que toda mi cocina. ¿Cómo lo encontraste?


—Por medio de un primo mío que es arquitecto.


Paula miró el resto del espacio. A pesar del aire industrial, resultaba acogedor. Había unas altísimas ventanas enmarcadas por unos visillos que colgaban desde el techo.


—Bonitas cortinas.


—Las eligieron mis hermanas.


Una vez más, su familia. La vida de Pedro estaba llena de parientes dispuestos a ayudar. Era imposible no sentir envidia.


—¿Desde cuándo vives aquí? —preguntó. 


Aparte de la cocina, el mobiliario escaseaba. Había un sofá, una televisión y una caja que servía como mesa. Ni siquiera se veía una cama, así que Lara asumió que el sofá se transformaba en una.


—Hace un par de años.


Parecía más el piso de un estudiante que el de un hombre de más de treinta años.


—¿Puedo preguntarte una cosa?


—Claro.


Paula carraspeó y su voz resonó en el despejado espacio.


—¿Hace cuánto te divorciaste?


—¿Tanto se nota?


Paula se encogió de hombros.


—Yo dejé mi departamento medio vacío durante un tiempo después de que David se fuera. No me importó que se llevara el sofá, pero me puse furiosa al ver que faltaba el robot de cocina.


—¡Bastardo!


La reacción de Pedro hizo reír a Paula.


—Tranquilo, retuve sus palos de golf hasta que me lo devolvió.


—Bien hecho. Recuérdame que no me enemiste nunca contigo.


—¿Vas a contestar o no?


Pedro miró alrededor.

jueves, 16 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 32

 —Una copa de tinto de la casa.


—Muy bien. ¿Y tú, Pedro, la cerveza de siempre?


Tras asentir, él añadió:


—Y un plato de espárragos.


—¿Espárragos? —preguntó Paula.


—Vienen envueltos en jamón y en una masa crujiente — explicó él.


—A los clientes les encantan —comentó Jimena.


—Paula juzgará por sí misma. Es chef.


—¿De verdad? —Jimena abrió los ojos—. Nunca pensé que volverías a salir con otra de esas.


El comentario hizo que Paula enarcara las cejas. En lugar de marcharse, tal y como Finn habría querido que hiciera, Jimena acribilló a Paula a preguntas.


—¿Trabajas para clientes privados, como Pedor? ¿Se han conocido en el trabajo? Espero que no estés en el concurso de la televisión, compitiendo con él.


—Paula ya no está en el programa —Pedro se mordió la lengua. ¿Cómo podía ser tan idiota e incluir la palabra «Ya»?


—¡Oh, no! ¿Te han eliminado? ¡Cuánto lo siento!


Aunque la luz era tenue, Pedro pudo ver que Paula se sonrojaba.


—Jime… —empezó. Pero su prima era imparable.


—¡Qué rabia! Seguro que tienes más suerte la próxima vez. No hay que darse por vencido. Fíjate en Pedro. Ha recibido muchos golpes, pero ha conseguido recuperarse y por fin volver al terreno de juego —Jimena carraspeó—. No me refiero a salir con alguien. Ya sabes lo que quiero decir.


—Sí. Lo sabemos —dijo Pedro con aspereza—. ¿Te importa traernos las copas?


—Claro, claro —Jimena hizo una mueca—. Cuando empiezo no paro. La primera ronda va por mi cuenta.


—¿Qué ha pasado con contestar con monosílabos? — masculló Paula en cuanto se quedaron solos.


—Lo siento —dijo Pedro, riendo.


—No pasa nada. De hecho, Jimena ha contestado una pregunta que llevo varios días haciéndome.


—¿Cuál?


—Si sales mucho. Por su entusiasmo al ver que venías con una amiga, está claro que no eres un ligón.


Pedro rió de nuevo.


—Nunca lo he sido. Además, hace tiempo que no salgo con nadie.


Continuaron charlando hasta que una camarera se acercó con sus copas.


—Los espárragos estarán listos en unos minutos —anunció.


Paula probó el vino, degustándolo de una manera que casi arrancó un gemido a Pedro.


—Muy bueno. Iría bien con mi especialidad de ternera.


—¿Cómo es?


Paula describió un plato que hizo que a Pedro se le hiciera la boca agua, no solo por la comida, sino por la imagen que se hizo de ella mientras lo preparaba.


—Tendrás que hacérmelo la próxima vez. O enseñarme a prepararlo.


Paula asintió. No parecía extrañada de que hicieran planes.


—Me encantará —dijo. 


Y vió que casi se había acabado la copa. El vino le dejó una sensación agradable. También ayudaba el hombre que tenía frente a sí. Pedro era como una bocanada de aire fresco en su realidad del momento. O mejor, un arco iris en medio de una espantosa tormenta.


—Estás sonriendo —comentó él.


—Sí. Gracias.


—¿Por qué?


—Porque sí.


—Creo que sé a lo que te refieres.


—¿Sí?


—Sí. Yo pienso lo mismo respecto a tí.


La camarera llegó con los espárragos. Paula tomó uno. Tenían un aspecto delicioso.


—¡Qué buena pinta!


—Esa es la opinión de la estilista. Ahora quiero la de la chef.


Paula le dió un bocado y lo saboreó mientras Pedro la observaba, expectante.


—Tan delicioso como aparenta —dijo finalmente con una amplia sonrisa.


—Es un magnífico primer plato —dijo él, devolviéndole la sonrisa.


—¿Y cuál sería el plato principal?


Paula habría jurado que la temperatura en el bar subió varios grados cuando Pedro contestó: 


—Prefiero enseñártelo.



Llevar a ebullición


La impulsividad había causado muchos problemas a Paula, así que llevaba tiempo, sobre todo desde su divorcio, actuando con cautela… Sobre todo en relación a los hombres. Había tenido citas con varios, pero no había repetido. Por eso llevaba tiempo sin practicar sexo: Prefería no tener que arrepentirse a la mañana siguiente. Pero aquella noche, con Pedro, todo parecía diferente, como si tuviera ante sí un horizonte prometedor aunque su vida presente fuera un desastre.


Rivales: Capítulo 31

 —No. Pero he pasado por delante muchas veces de camino a la revista.


No tardaron en llegar. Aunque era un día entre semana, estaba bastante animado. Los profesionales de la tarde habían dejado lugar a jóvenes estudiantes acompañados por algún veterano curtido.


—Es muy agradable —comentó Paula mientras sorteaban mesas altas hacia un reservado en la parte trasera.


—A mí también me gusta.


No había grandes pantallas de televisión retrasmitiendo deporte ni figuritas colgando del techo. La decoración era sencilla y rústica. De hecho, se parecía a la casa que la familia de Pedro tenía en Vermont. Era el modelo en el que su prima Jimena, la dueña, se había inspirado al montar el negocio. Y había sido un éxito desde el primer momento. Pedro se sentía orgulloso de su prima. En el Spanky’s se reunía la gente para charlar en torno a una buena copa y comida de calidad por un precio razonable.


—Creo que la mujer que está detrás de la barra intenta reclamar tu atención —comentó Paula.


Pedro estaba seguro de que era Jimena.


—Haz como que no la ves —dijo él.


—¿Es amiga tuya?


—Es mi prima. Y la dueña del local.


Lara sonrió.


—¿Y fue su primo, el gran chef, quien la ayudó a diseñar el menú?


—Sí. Spanky’s es más un bar que un restaurante, pero Jimena quería servir comida especial, así que le hice algunas sugerencias.


—¡Qué amable por tu parte!


Pedro se encogió de hombros.


—Somos familia.


—No todas las familias son como la tuya.


Pedro se tragó una disculpa por temor a incomodar a Lara.


—Ahora que sé que la carta es cosa tuya, estoy ansiosa por probar algo —dijo ella.


—No te vas a sentir desilusionada —contestó Pedro.


Su tono fanfarrón hizo sonreír a Paula. En lugar de mandar a una camarera, Jimena acudió a su mesa en persona, tal y como Pedro había calculado que haría. Desde su divorcio, todas las mujeres de su familia se empeñaban en concertarle citas. Estaba seguro de que el rumor de que le habían visto con una mujer correría como el fuego en la familia Westbrook. En cuanto la vio aproximarse, dijo a Paula:


—Te advierto que las mujeres de mi familia son unas cotillas y va a intentar sacarte información. Contesta con monosílabos.


—¿Y si me amenaza con llevarme al cuarto de las escobas y arrancármela con el suero de la verdad?


—Ríete todo lo que quieras —dijo Pedro, controlándose para no reír a su vez—. Pero luego no digas que no te he advertido.


—Vale. No me quejaré —Paula hizo un saludo militar justo cuando la prima de Pedro llegaba a la mesa.


Jimena era cinco años más joven que él. Era una mujer alta y fuerte, con mucha personalidad.


—Hola Pedro. No sabía que ibas a venir, y menos con… Una amiga —comentó, alzando las cejas.


La sutileza no era una de sus mejores características.


—Ha sido una decisión improvisada. Paula y yo estábamos cerca y… —se encogió de hombros y dejó la frase en suspenso, sabiendo que Jimena rellenaría los huecos.


—Ya sabes que siempre me alegro de verte —Jimena sonrió con complicidad—. Y me encanta que vengas con… Una amiga.


Pedro contuvo un gruñido a duras penas.


—¿Vas a presentarnos? —preguntó su prima.


—Jimena, Paula —dijo él, moviendo la mano de una a otra.


—Encantada de conocerte —Paula le tendió la mano.


—Lo mismo digo.


—Me encanta tu local. Es muy agradable.


—Gracias, eso era lo que pretendía —Jimena miró a Pedro y refiriéndose a Paula, añadió—: Me gusta.


—Ya somos dos.


—¿Qué quieres tomar? —preguntó a Paula.