jueves, 16 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 30

Paula empezó a emplatar. La cocina no era lo bastante grande como para una mesa, así que había montado una barra ancha contra una de las paredes. La había decorado con unas hortensias azules y un candelabro de plata en cada extremo. Con los platos listos, puso un par de manteles individuales de cuadros azules y blancos y servilletas blancas, lo que le dio cierto aire francés.


—Se nota que sabes lo que haces —dijo Pedro, pasándole una copa de vino.


Tras dar un sorbo, ella dijo:


—Lo mismo digo con la elección del vino —iría perfecto con el salmón.


—Me has pedido tinto y este es mi favorito.


—También el mío a partir de ahora. Tiene un toque de roble y vainilla. ¿Es americano o francés?


Pedro sonrió enigmáticamente y dijo:


—Es un secreto.


Paula dejó su copa sobre uno de los manteles.


—Toma asiento. Enseguida estoy contigo.


Mientras Pedro ocupaba uno de los taburetes, Paula bajó la luz de la cocina con un regulador de intensidad. Luego apretó el botón de un mando a distancia y empezó a sonar la trompeta de Miles Davis.


—¿Te gusta el jazz? —preguntó Pedro.


—Es una herencia de un novio de adolescencia que era un fan de Coltrane. Si no te gusta, puedo poner otra cosa.


—No, es muy agradable —Pedro alzó su copa—. Quiero hacer un brindis: Por los buenos comienzos —y la chocó contra la de Lara.


Era un brindis peculiar, teniendo en cuenta que Lara acababa de sufrir una derrota tanto profesional como personal. Sin embargo, a ella le pareció oportuno. A pesar de todo, sentía que estaba en el buen comienzo de algo. A pesar de que Pedro no era un entusiasta de los musicales, disfrutó plenamente de Annie. De hecho, le dió pena que acabara porque significaba que la velada con Paula se acercaba a su fin. Los sentimientos que despertaba en él eran absurdos teniendo en cuenta que apenas se conocían. Le asustaban, pero no tenía el menor deseo de reprimirlos. Salieron del teatro y caminaron un par de manzanas hacia Times Square.


—Se está haciendo tarde —dijo ella.


—¿Es demasiado tarde para tomar una copa?


—No. No tengo que levantarme temprano —dijo Paula, sonriendo.


Tampoco él. Podían dormir tanto como quisieran… Si es que optaban por dormir. Pedro carraspeó.


—Conozco un sitio cerca de donde nos conocimos que tiene una buena lista de vinos. También sirven excelentes raciones.


—Suena bien, ¿Es de donde salías para tomar el taxi?


—No. Salía de mi apartamento. Tengo un estudio cerca de aquí.


Paula ralentizó el paso y sonrió antes de preguntar: 


—¿No serás el dueño de ese sitio en el que dan excelente comida, verdad?


—No. Es un pub de verdad. Se llama Spanky’s. ¿Lo conoces?


Pedro no tuvo claro si Paula se sentía aliviada o desilusionada de que no fueran a su departamento. Por su parte, lo tenía claro.

Rivales: Capítulo 29

 —Está bien. Pero con una condición.


—¿Cuál? —preguntó Pedro, que estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa.


—Que me dejes prepararte antes una cena.


Para Paula representaba la manera de darle las gracias y de presumir de habilidades culinarias en un ambiente relajado. La opinión que Pedro se forjara de su cocina le importaba mucho. Cuando ya estaban hechos todos los preparativos, tuvo tiempo de ducharse y arreglarse justo antes de que sonara el telefonillo de la puerta principal. Ella salió a esperarlo a la puerta mientras él subía las escaleras. Cuando llegó al rellano anterior y la vió, la miró detenidamente, esbozando una sonrisa. Se había puesto una falda y un top de seda. No solía usar falda porque en su trabajo tenía que agacharse e incluso gatear a menudo, pero le gustaba vestirse elegante de vez en cuando y ponerse tacones. Sus amigas siempre le decían que tenía unas buenas piernas, de tobillos finos y pantorrillas bien torneadas gracias al ejercicio. La mirada de aprobación de Pedro pareció confirmarlo.


—Está usted muy guapa, señorita Dunham —dijo él al llegar a lo alto de la escalera.


—Lo mismo digo —contestó Paula.


Pedro se había afeitado y llevaba el cabello peinado hacia atrás. Con unos pantalones negros y una camisa blanca abierta en el cuello, tenía un aspecto tan delicioso como el sorbete de melón que ella había preparado de postre. Le dió la botella de vino que había insistido en llevar y, tomándole el rostro entre las manos le dio un beso que le puso la carne de gallina.


—¿A qué se debe eso? —preguntó Paula, sin aliento.


—Es una forma de agradecerte la cena.


—Pero si todavía no hemos comido —dijo Paula, aturdida.


—Ya, pero quería hacerlo de todas formas —Pedro sonrió y ella sintió que se le aceleraba el corazón.


Una vez dentro, Pedro olfateó el aire.


—Huele deliciosamente. ¿Estragón? —preguntó.


Paula asintió y esperó. Como buen chef, Pedro querría adivinar los ingredientes por sí mismo.


—Eneldo.


—Sí.


—Limón y ajo.


—Ajá.


—¡Has hecho salmón!


—Con una costra de hierbas aromáticas, judías verdes blanqueadas y salteadas con limón y aceite de oliva.


Pedro hizo los correspondientes sonidos de aprobación. Entraron en la cocina, que era más pequeña de lo que a Lara le habría gustado, pero grande en comparación con los tamaños estándar en Nueva York. Tenía todo lo necesario para un chef: Seis fogones, una buena superficie de trabajo y un gran frigorífico.


—Muy agradable —comentó Pedro.


—Gracias. Es la única habitación en la que he hecho obra desde que la compré, hace dos años. El cuarto de baño es un horror, pero tengo mis prioridades.


—Te entiendo. ¿Quieres que abra el vino?


—Sí, gracias. El sacacorchos está en el primer cajón, y tengo un decantador en el armario de arriba, junto a las copas.

martes, 14 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 28

Visitaron tres tiendas antes de encontrar lo que buscaban: Un estudio en el que daban clases a adultos, con la ventaja de que tenían un local cerca de la casa de los padres de Pedro. Como no sabía el número de pie, Paula le sugirió que sacara una fotografía a un par y la convirtiera en la tarjeta de cumpleaños con un ticket regalo para las clases.


—¿Vas a cenar a casa de tus padres? —preguntó Paula cuando salieron.


—No.


—¿Tienes trabajo?


—No. He despejado mi agenda durante las próximas semanas para encajar el concurso.


—¿Semanas? —preguntó ella con sorna.


—Ya ves, me siento optimista —dijo él, esbozando una sonrisa.


—Espero que ganes —dijo Paula, poniéndose seria—. Si no voy a ser yo quien dirija la cocina de mi padre, al menos me alegro de que tú puedas conseguirlo.


—Gracias. Eso significa mucho para mí.


Pedro apretó la mano de Paula. Por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que todo iba a ir bien. Cocinar a fuego lento.


 Aunque no habían hecho ningún plan al separarse el día anterior, él llamó a ella a las ocho de la mañana. Contestó al tercer timbre, jadeante.


—Hola, Paula. Soy Pedro. ¿Te llamo en mal momento?


—Estoy… Acabando… Mi… Entrenamiento —dijo ella entrecortadamente.


Pedro tuvo que contener un gemido al imaginarla en unas mallas ajustadas, sudorosa.


—Te puedo llamar más tarde.


—Dame… Un cuarto de hora.


—Vale.


Pedro calculó que necesitaría al menos ese tiempo para que le bajaran las pulsaciones. Pero cuando volvió a llamar, seguía teniendo el corazón acelerado.


—¿Qué pasa? —preguntó Paula.


Pedro bajó la mirada a su ingle, pero decidió callarse.


—¿Estás ocupada esta noche?


—No, a no ser que cambiar los muebles de mi departamento cuente.


—¿Sueles hacerlo a menudo? —preguntó Pedro, sonriendo.


—Solo cuando he tenido una mala semana —explicó ella.


Pedro rió.


—Cuando yo tengo una mala semana, abro una cerveza y veo alguna serie.


Se alegró de conseguir que Paula riera; le gustaba que sus bromas la sacaran de su abatimiento.


—¿Por qué lo preguntas? —dijo ella—. ¿Quieres que te ayude con otro regalo o que vayamos a volar una cometa?


—No. Solo voy de compras excepcionalmente y en cuanto a la cometa, ya he hecho bastante el ridículo.


Una carcajada le llegó del otro lado de la línea.


—Entonces, ¿Qué quieres hacer?


Una pregunta inocente que provocó una respuesta primitiva en Pedro. Carraspeó para librarse de pensamientos inoportunos.


—Tengo dos entradas para un musical. Nos las dieron en la cadena para compensarnos por las molestias de la semana pasada.


Hizo una mueca. ¡Vaya manera de hacerla sentir bien!  Paula no sonó ofendida cuando contestó: 


—Es justo que la aproveche puesto que fui yo quien causó los problemas. ¿Qué vamos a ver?


—Annie.


—¿Quieres ir a verla? —preguntó Paula, incrédula.


Pedro la entendía. El musical para un público familiar sobre una huérfana no estaba entre sus preferencias, pero…


—Quiero ir si tú vienes conmigo —dijo con total honestidad.


Paula mantuvo en tensión a Pedro unos segundos al retrasar la respuesta.


Rivales: Capítulo 27

Pedro sacudió la cabeza.


—Ya tiene una selva. Mi padre dice que es como vivir en el trópico.


Paula bebió.


—¿Dices que va a cumplir sesenta años?


—Sí.


—Es una fecha importante. ¿Hay algo que siempre haya querido hacer y que no haya hecho, o algún lugar al que haya querido ir?


Pedro sonrió.


—Debía haber acudido a tí antes. Si mis hermanas no hubieran comprado ya sus regalos les propondría que la invitáramos a un viaje por Europa. Siempre ha querido hacer uno.


—Quizá puedan regalárselo para su aniversario.


—¡Qué buena idea! —dijo Pedro. Y llevado de nuevo por la curiosidad, preguntó—: ¿Qué tal lo pasaste cuando estuviste allí? ¿Pudiste viajar?


—Visité museos e hice visitas turísticas. Pero sobre todo, comí —el rostro de Paula se iluminó—. La gastronomía de un país es tan importante como su arte.


Él coincidía con ella plenamente.


—¿Dónde y cuál fue tu plato favorita?


Paula no vaciló:


—Unos escalopinni de ternera en un restaurante italiano en París —y acompañó el comentario con un ronroneó que tuvo un efecto perturbador en el cuerpo de Pedro.


—¿Comida italiana en París? —dijo con escepticismo—. Yo hago unos escalopinni deliciosos.


—Tendrás que demostrármelo —dijo Paula, retándolo con coquetería.


—Lo haré —contestó Pedro, que no hacía ese tipo de ofertas a la ligera. Cocinar para una mujer era para él tan íntimo como hacer el amor.


Se miraron en silencio y para reprimir la tentación de besarla, Pedro dijo: 


—Volviendo a mi madre, ¿Qué te parece un collar?


—¿Le gustan las joyas?


—La verdad es que no especialmente.


—Entonces olvídalo. Una mujer que cumple sesenta años merece un regalo que represente lo que ha conseguido en la vida y lo que todavía le queda por hacer.


—¡Zapatos de claqué! —exclamó Pedro súbitamente, chasqueando los dedos—. Una vez me dijo que tuvo que dejar las clases de pequeña porque su padre enfermó y no podían pagarlas. Todavía hace algunos pasos de vez en cuando— concluyó riendo quedamente.


—Si es así, deberías regalarle los zapatos y unas clases. Es una gran idea.


—Creo que sí —dijo Pedro, agradecido y sorprendido por lo bien que Paula lo entendía.


Paula se ofreció a ir a comprarlos con él. Buscaron una tienda en Internet y se dirigieron a la más próxima. Hacía un día agradable, aunque se habían anunciado tormentas para la tarde. Pedro sentía una formándose en su interior, especialmente cuando su mano rozó accidentalmente la de Paula. Cuando sucedió una segunda vez, se la tomó y un relámpago que partió del punto de contacto, lo atravesó de pies a cabeza.

Rivales Capítulo 26

 —No soy la persona más adecuada para juzgar —dijo—. Me casé por las razones equivocadas. Por eso no duró.


—David Dunham —dijo Pedro como si nombrara al diablo.



Y a Paula no le extrañó. Su ex era famoso por sus demoledoras crítica. Los chefs lo temían y detestaban a partes iguales. Su padre se había puesto lívido cuando le anunció que se habían prometido.


—Si te casas con él, te repudiaré —le dijo el mismo día de la boda.


—Estarás encantado. Siempre he sido una desilusión para tí.


—Eso no es verdad, Paula. Lo serás si sigues adelante con esto. Sabes que no lo amas.


—¿Tú qué sabes? ¿Cómo vas a conocerme si jamás has pasado tiempo conmigo? —había replicado ella.


—Dime que lo amas —la retó su padre—. Dime que no te casas con él para vengarte de mí.


—Eso solo es una ventaja añadida —respondió ella, incapaz de admitir que tenía razón.


En ese momento, con las mejillas ardiendo, dijo a Pedro: 


—Fue la peor época de mi vida.


—Ese tipo es un imbécil. No hace críticas: Insulta. Recuerdo que a tu padre le dió solo dos puntos.


—Así fue como nos conocimos. Mi padre estaba furioso y me mandó al periódico para que exigiera una rectificación —Paula cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Acabé aceptando una invitación de David a la ópera. Lo hice solo para irritar a mi padre. Casarme con él fue el golpe definitivo.


—¿Cuánto tiempo duró su matrimonio?


—Recuperé el sentido común en cuestión de meses. Pero fue suficiente para que mi padre dejara de hablarme.


Pedro sabía que no era de su incumbencia, pero no pudo reprimir la pregunta: 


—¿Lo amabas?


—No —dijo Paula sin titubear—. Y él tampoco a mí. También él quería provocar a mi padre. Por eso mismo fue una boda imperdonable. 


—Pero ahora quieres ser perdonada.


—Quiero recuperar una relación con mi padre sin resentimiento ni amargura. Ahora dudo que vaya a conseguirlo.


Desde el punto de vista de Pedro, también Luis había actuado mal, pero decidió cambiar de tema.


—¿Puedo pedirte un favor?


Paula parpadeó, sorprendida, pero asintió.


—¿Qué favor?


—Va a ser el sesenta cumpleaños de mi madre y mis hermanas dicen que este año no basta con que lleve flores.


—¿Quieres que te ayude a elegir un regalo?


—Así es, ¿Lo harás?


—Claro —Paula apoyó los codos en la mesa y dijo—: Háblame de ella, de sus intereses y sus hobbies.


Pedro se rascó la mejilla.


—Le gusta cocinar. De hecho, ha insistido en cocinar para la fiesta.


—¿Fue ella quien te aficionó a la cocina?


—Sí —los recuerdos hicieron sonreír a Pedro. Mientras el padre de Paula había usado la cocina como castigo, su madre la había convertido en una diversión. Si recogía su habitación, compartía con él la receta de sus galletas. Cuando sacaba buenas notas, le enseñaba a preparar sus mejores platos—. Es una gran cocinera. Casi todas sus recetas proceden de su madre.


Él había incorporado algunas al menú de su restaurante. También de esas se había apropiado Candela.


—Debe estar muy orgullosa de tí —dijo Paula con melancolía.


—Así es. Tanto ella como mi padre tuvieron que sacrificarse para mandarme a la escuela de cocina —Pedro bebió un sorbo de café, pero no consiguió librarse de la amargura que sentía cada vez que pensaba en Candela.


—¿Necesita algún instrumento de cocina? —preguntó Paula, volviendo al regalo.


—Creo que tiene todo lo que necesita.


—¿Qué más cosas le gusta hacer?


—La jardinería. Pero no tiene un jardín grande. Planta hierbas aromáticas en macetas.


—¿Una planta de interior?

Rivales: Capítulo 25

 —Los postres no son mi especialidad, pero se me ha ocurrido una tarta decadente —continuó Pedro.


—¿De chocolate?


—Claro. Solo una tarta de chocolate puede ser decadente.


—Suena bien —dijo Paula, e intentó leer las notas de su cuaderno, pero Pedro lo cerró.


—Algún día te la haré —dijo él a la vez que la camarera llegaba para atender a Paula.


—¿Qué tal fue la cena con tu familia? —preguntó ésta cuando se quedaron solos.


—Bien. Mi padre abrió un buen whisky y mi madre hizo su famosa lasaña.


—¿Qué tiene de especial?


A Paula le extrañó ver que la mirada de Pedro se ensombrecía.


—La receta de la salsa es un secreto familiar.


Paula siguió sin comprender su gesto torcido.


 —Supongo que les contaste todo lo que pasó ayer.


—No todo. Decidí guardarme la mejor parte —Pedro le guiñó un ojo.


—¿Sí? —a Paula se le puso la carne de gallina al imaginar a qué se refería.


—Sí. Jamás les contaría a mis hermanas que me he caído de un árbol.


Paula rió. En el extremo opuesto del comedor, se produjo un alboroto en el que estaba implicada una pareja. Vió que la mujer se ponía en pie y le decía unas cuantas palabras fuertes al hombre. Luego se quitó un anillo y se lo tiró a la cara junto con su café helado, antes de marcharse, encolerizada. Su avergonzado acompañante salió poco después.


—¡Qué desagradable! —comentó Paula.


—A mí me pasó algo similar.


—¿A tí personalmente?


—No. A un cliente para el que preparé una cena romántica porque iba a declararse a su novia. Acabaron tirándose algo más que bebidas.


—¿Tuvieron una pelea de platos? —preguntó Paula entre asombrada y divertida.


Pedro asintió.


—El plan se fue abajo cuando ella le acusó a él de haberse acostado con su hermana.


—¡Qué sinvergüenza!


—Eso pensé yo. Por eso le dí a ella el pastel de limón con merengue cuando buscaba algo para tirarle.


—¡No! —exclamó Paula, abriendo los ojos desmesuradamente.


—Me pareció apropiado porque él había escondido dentro el anillo.


—Aun así, qué manera de desperdiciar una tarta —dijo Paula, risueña.


—Y era una de mis mejores creaciones —Pedro frunció el ceño y continuó en tono circunspecto—: No entiendo cómo se puede ser infiel, y menos con una hermana o una amiga íntima. Esa es una traición…


—Aún más dolorosa.


—El matrimonio es algo muy serio. O debería serlo.


Paula bajó la mirada.

jueves, 9 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 24

 —En el momento, fue puramente práctico. Gané yo y me metí en el taxi en el momento que empezaba a llover. Él acabó empapado. Luego, adivina quién apareció en la televisión al poco rato de que yo llegara.


—El chico del taxi. ¿Tiene nombre?


—Pedro Alfonso.


—Pedro Alfonso—repitió Rocío, pensativa—. Suena familiar.


—¿Sí? —Paula se rascó la mejilla.


—Asumo que es un chef. ¿Ha aparecido en otros programas de cocina?


—No creo —dijo Paula—, pero ya sabes que no veo la tele. A mí también me sonó de algo, pero si lo hubiera visto antes no me habría olvidado de su cara.


—¿Tan guapo es? —preguntó Rocío con una sonrisa.


A modo de respuesta, Paula se llenó la boca con otra cucharada de helado y emitió un: 


—Mmm.


—Sentiría celos si ahora mismo tuviera tiempo para un hombre, pero no lo tengo —Rocío sacudió la cabeza y continuó—: Miento, estoy celosa. Suena a Romeo y Julieta —suspiró—. «Chefs embelesados compiten por un premio». A lo mejor es una suerte que tu padre haya aparecido. Así no tienen que enfrentarse.


—Ya habíamos quedado en vernos una vez terminara el concurso. Esto solo lo ha anticipado.


—Al menos te ha salvado de tener un día espantoso.


Eso sí era verdad.


—Hemos quedado mañana. Resulta que también va al Isadora regularmente.


Rocío carraspeó.


—No es por amargarte, pero ¿Te has planteado qué pasará si gana el concurso?


—¿Qué quieres decir?


—Piénsalo, Pau, se convertiría en el sucesor de tu padre.


Paula tragó saliva.


—Para él no es más que un paso en su carrera.


—Vale —dijo Rocío, pero en un tono de desconfianza que encontró eco en Paula.


Efectivamente, ¿Cómo se sentiría si Pedro terminaba siendo el sucesor de su padre?



Saltear


Cuando Paula llegó al Isadora, Pedro ya estaba sentado en la mesa que habían compartido con anterioridad. Tomaba notas y tenía a su lado una taza vacía. Él alzó la cabeza y en cuanto sus miradas se encontraron pasó entre ellos una corriente eléctrica.


—Buenos días —saludó Paula.


—Buenos días —Pedro sonrió y, señalando la taza, añadió—: Espero que no te importe que haya empezado sin tí.


—Claro que no —Paula se sentó frente a él—: ¿Cuándo has llegado?


—A las seis.


Paula enarcó las cejas.


—¿Qué te ha hecho madrugar tanto?


—Tú.


El pulso de Paula se aceleró al tiempo que Pedro le dedicaba una sonrisa pícara.


—¿Yo?


—No podía dormir pensando en tí y en comida.


—Me siento halagada. O eso creo —Paula rió—. No sé si es un piropo inspirar insomnio y gula.


—Te aseguro que sí.


Y de nuevo aquella sonrisa, tan poderosa que, de haber estado de pie, Paula supo que habría hecho que le flaquearan las piernas.