jueves, 3 de agosto de 2023

Un Trato Arriesgado: Capítulo 15

Al sentirla pegada a su cuerpo, Pedro dejó escapar un gemido y apartó la boca bruscamente. Paula lo miró con fijeza y luego dió un paso atrás mientras se estiraba la chaqueta. ¿Qué diablos se había apoderado de ella para provocarlo de ese modo? Prácticamente lo había invitado a besarla. Y pensar que había deseado aparecer serena y controlada ante él… ¡Vaya broma! Su cuerpo la había traicionado. ¿Cómo podría fingir ser su novia durante seis meses cuando el primer día no había podido apartarlo de sí? El beso había acabado con todas las ideas que albergaba sobre su autocontrol y su desdén. Había pensado que Pedro era patético al tener que comprar la compañía de una mujer para asegurarse un puesto como socio en la empresa de su padre. También se había burlado de la idea de que todavía lo amaba; más bien atribuía el renacer de sus sentimientos a una nostalgia de la adolescencia. ¡Seguro! De los dos, la única patética era ella.


–Debo marcharme, Pedro.


Le dió un vuelco corazón al notar el desconcierto en su mirada. Pedro rodeó el escritorio, ciertamente con la intención de poner el mayor espacio posible entre ellos.


–Nos mantendremos en contacto. Tengo muchas invitaciones para cenar en las próximas semanas y necesitaremos coordinar nuestros horarios.


–Muy bien. Llámame –dijo, y luego hizo una pausa–. Pedro, en cuanto al beso…


–No te preocupes. Tómalo como una manera insólita de sellar un pacto – declaró casi sin mirarla, mientras metía el contrato en una carpeta–. Te llamaré.


Sintiéndose convenientemente castigada y rechazada, Paula salió de la habitación. Sólo tras cerrar la puerta y apoyarse en ella, se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Dejó escapar el aire con una sensación de alivio que duró poco. Si ese beso había sellado el contrato, deseó de pronto haber leído la letra pequeña con más cuidado. 


Tras entrar en la casa, Paula cerró de un portazo y luego se quitó los zapatos de tacón. La cartera cayó con un golpe sordo en el sofá al tiempo que ella se hundía en los cómodos cojines y cerraba los ojos. ¡Qué día! Desde que esa mañana había firmado el estúpido contrato de Pedro, las cosas habían ido cuesta abajo. Rápidamente. Se había quedado atrapada en unas obras de la carretera cuando iba camino a Bondi y llegó a la cita con media hora de retraso. Pilar, la pedante esposa de Javier Normanby, la había regañado durante una hora a pesar de las excusas de ella por no haber podido avisar. Aún no podía creer que el encuentro con Pedro esa mañana la hubiera dejado en tal estado de agitación como para haber olvidado cargar el teléfono móvil. Para empeorar las cosas, Pilar y su insoportable hija adolescente habían puesto reparos a todas sus ideas para renovar la suntuosa mansión. Cuando llegó la suegra de Pilar y se unió a ellas, Paula había recurrido a todas las reservas de tacto que poseía. Pero las tres se mantuvieron férreamente unidas.


–Pilar, querida, ¿No crees que la cretona es demasiado tosca?


–Oh, no, mamá, es realmente divina. Las ideas de Paula son muy originales, ¿No te parece? Después de todo, ella es la experta.


Sólo en ese momento la queridísima madre se había dignado a mirar a Paula desdeñosamente, como si fuera un objeto que el perro galés de la familia hubiera hecho entrar a la fuerza en casa.


–Bueno, sólo si estás segura, Pilar. Papá y yo contamos con otros profesionales por si no te entiendes con esta señorita.


Paula había sonreído amablemente, pensando en la excelente comisión, pero luego les había dedicado unas cuantas muecas en cuanto le volvieron las espaldas enfundadas en vestidos de Gucci. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 14

Pedro sacó una pluma del bolsillo superior de la chaqueta y se inclinó para indicarle dónde debía hacerlo.


–En la línea de puntos.


Paula miró el documento sumida en la confusión. Su cerebro no funcionaba ante la proximidad de Pedro y el aroma de la loción para después del afeitado la envolvía como una nube sensual. Su cuerpo irradiaba calor, ¿O era la lánguida calidez que se había apoderado del suyo lo que le hacía desear arrancarse la ropa porque la temperatura entre ellos había llegado al punto de ebullición? 


–¿Paula?


Incluso el modo de pronunciar su nombre sonaba como una sedosa caricia. El deseo fluyó por su cuerpo gritando por liberarse. Nunca se había sentido así con otro hombre. ¿Qué diablos le sucedía? No le gustaba perder el control. Firmó el contrato con mano temblorosa.


–Aquí lo tienes. Ya está hecho –dijo al tiempo que se ponía de pie rápidamente, ansiosa por escapar de esa oficina. 


Desgraciadamente, las piernas le temblaban tanto como el resto del cuerpo. Paula se tambaleó e intentó apoyarse en el escritorio.


–Ya te tengo –murmuró Pedro mientras la sujetaba por los brazos–. ¿Te encuentras bien? –preguntó. Ella hubiera preferido el frío desdén de la noche anterior. El interés que irradiaban sus ojos en ese momento lograría anularla en un segundo. Incapaz de hablar ni de apartar la mirada, Paula asintió con la cabeza–. ¿No crees que podemos encontrar una forma mejor de sellar nuestro pacto? Después de todo, eres mi nueva novia –sugirió con una sonrisa lenta, cálida y seductora.


A Paula le dió un vuelco el corazón. No podía soportar su proximidad un segundo más y, sin embargo, era incapaz de moverse. «Atención. Peligro», fueron las palabras que relampaguearon en su mente. Si no ponía límites a la relación en ese mismo lugar y momento, se crearía un problema con «P» mayúscula.


–Sólo soy tu novia de cara al público. Y ahora estamos solos.


¿De dónde le había surgido ese tono de voz tan suave y entrecortado? La respuesta brilló como una llama en los ojos de Pedro.


–Lo sé, cariño, pero no hay nada malo en practicar. Después de todo, a través de la práctica se logra la perfección.


Sin dejar de mirar los labios de la joven con fijeza, Pedro se inclinó lentamente. Paula cerró los ojos y ladeó la cabeza, incapaz de frenar sus emociones desbocadas. La lógica la abandonó totalmente cuando sintió que los labios de él rozaban los suyos.


–Creo que el dicho era que a través de una práctica prolongada se logra la perfección –murmuró junto a la comisura de la boca masculina.


Y en ese instante se perdió. Los labios de Pedro atraparon los suyos en un demoledor asalto a sus sentidos, mordiendo y sorbiendo el labio inferior. Ella abrió la boca permitiendo que ambas lenguas se entregaran a las delicias de una danza erótica. Las manos de Paula rodearon el cuello de Pedro mientras él la ceñía contra la dureza de su cuerpo. Había soñado con un beso como ése. El beso por el que había clamado desde su decimoctavo cumpleaños hasta ese instante. Su cuerpo cobró vida propia mientras se amoldaba al de él, saboreando cada centímetro de su contacto. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 13

Paula entró en la impresionante oficina de Alfonso y Asociados. Echó un vistazo a la zona de recepción con ventanales del suelo al techo que dominaban la ciudad de Sidney. La estancia evidenciaba riqueza y buen gusto: suelos pulidos, sillones de piel en tono crema, pinturas Pro Hart estratégicamente dispuestas en las paredes… Allí no se había reparado en gastos. La recepcionista no desentonaba con el decorado: Pulcra, acicalada y puntiaguda como un alfiler.


–¿Puedo ayudarla?


–Sí, Pedro Alfonso me espera. Soy Paula Chaves.


–Informaré al señor Alfonso que usted ha llegado –dijo con una sonrisa mientras apretaba botones en el teléfono–. La señorita Chaves está aquí, señor Alfonso.


La recepcionista se levantó y le hizo una seña.


–Sígame, por favor.


Paula admiró el corte del caro traje de diseño, contenta de haber escogido el traje que llevaba. Ese día exigía un aspecto impactante, así que había elegido uno rojo de falda y chaqueta, una camisa negra y accesorios del mismo color. Alicia decía que vestida así intimidaba a la gente, especialmente a los hombres. Por lo tanto, reservaba el conjunto para negociaciones decisivas con clientes especialmente difíciles. Y Pedro figuraba en esa categoría. Dió las gracias a la recepcionista mientras llamaba discretamente a la puerta que lucía una placa brillante: «Pedro Alfonso».


–Entra.


Antes de hacerlo, Paula compuso una brillante sonrisa intentando ignorar las mariposas que revoloteaban en su estómago.


–Buenos días, Pedro. ¿Cómo estás?


Él alzó la vista de una montaña de papeles y miró su reloj.


–Las diez en punto. Me gustan las mujeres puntuales.


Mientras se ponía de pie y se acercaba a ella, las mariposas de su estómago echaron a volar. Tenía un aspecto increíble. El traje gris marengo de rayas, la camisa azul oscuro y la corbata a juego le conferían el aire de un profesional que irradiaba poder. La camisa hacía juego con el asombroso tono azul de sus ojos, en ese momento fijos en ella.


–¿Te apetece un café?


–No, gracias. No tengo tiempo. ¿Recuerdas que te dije que tenía una cita a las once?


No quería ser poco amable, sin embargo así sonó su respuesta. Mezquina y desagradable.


–De acuerdo. Entonces, vamos a lo nuestro. Aquí está el contrato. Léelo y dime qué te parece.


Paula tomó el documento que le tendía y se sentó. Luego se alisó la falda para evitar que se le subiera hasta los muslos. Su sexto sentido estaba totalmente alerta. Pedro no volvió a su asiento. En vez de eso la examinó, apoyado contra el escritorio. Aunque mantuvo la vista baja, cada centímetro de su cuerpo podíasentir su mirada. Necesitaba concentrarse para descifrar el contrato. Le asustaban los documentos legales con sus interminables cláusulas y condiciones. Sin embargo, el contrato estaba redactado de forma clara y sencilla. Pedro no había utilizado demasiada jerga legal, así que comprendió lo esencial con bastante facilidad. Compraba sus servicios en calidad de novia por treinta mil dólares. Un pequeño precio que pagar por la tranquilidad mental de Alicia. Y por la suya. No tenía intención de quedarse con el dinero. Ya se le ocurriría algo para salvar su negocio. Destinaría el dinero a saldar su cuenta con Alicia.


–¿Dónde debo firmar? –preguntó al tiempo que arriesgaba una mirada hacia Pedro.


Por su cara cruzaron varias expresiones contradictorias que ella no fue capaz de interpretar. 

martes, 1 de agosto de 2023

Un Trato Arriesgado: Capítulo 12

 –Es necesario que aclaremos esta situación. Actualmente no estoy interesada en salir con nadie. La única razón que me ha traído aquí es la de ayudar a Alicia con su empresa –explicó al tiempo que se alisaba la falda para calmar la agitación de las manos–. De todas formas, podemos hablar con Alicia y ella buscará la manera de emparejarte con alguna de las otras mujeres.


–No –respondió Pedro de inmediato. Paula se estremeció bajo el escrutinio de su desconcertante mirada–. Te elegí por una razón, Paula. Eres justamente la clase de mujer que busco.


–¿Y qué clase de mujer es ésa?


Con los codos apoyados en la mesa, Pedro unió las yemas de los dedos y la miró directamente a los ojos.


–Inteligente, independiente, sin ilusiones. Por nuestra conversación anterior deduzco que no te inspiro ningún interés romántico. De hecho, esta tarde rechazaste mi invitación para ir a tomar una copa. Así que eres la elección perfecta para mí.


La confusión se apoderó de la mente de Paula.


–No entiendo.


Él sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos. De hecho, se habían oscurecido hasta alcanzar un frío color azul.


–Tu evidente antipatía hacia mí es exactamente lo que busco. De hecho, no habrá ideas equivocadas por tu parte, como tampoco ningún riesgo de que te enamores de mí y se estropee el trato. Nuestras citas serán sólo eso: Un trato comercial. Nada más. Te presentaré como mi novia durante los próximos seis meses, hasta que me incorpore como socio en la empresa de mi padre. Eso es todo.


Su fría mirada reforzaba la crudeza de su tono. En ese instante, Paula supo cómo podría sentirse la parte contraria en un tribunal. Coaccionados. Derrotados. Devastados. Y había sido tan tonta como para pensar que él todavía albergaba sentimientos no resueltos hacia ella. ¡Vaya broma!


–¿Y qué obtengo yo de dicho pacto? ¿Piensas que puedes comprarme? – preguntó con firmeza.


–Todos podemos ser comprados. Lo único que varía es el precio.


Paula sintió que se encogía.


–¿Desde cuándo te has vuelto tan cínico?


–Cínico, no. Simplemente realista. Todos los días compruebo el poder adquisitivo que tiene el dinero, por no mencionar el ejemplo de primera mano de mi padre –Pedro escupió las palabras como si fueran veneno.


–¿De tu padre?


–Él es el ejemplo perfecto de lo que el dinero puede comprar. Si no, pregúntale a su última mujer. La esposa número tres. Veinte años más joven que él y ávida de dinero. Es triste, ¿Verdad? –preguntó al tiempo que fruncía los labios como si acabara de ver algo repulsivo–. De todos modos, basta de hablar de mi familia. ¿Qué me dices?


Los pensamientos se aceleraron en la mente de Paula. Si aceptaba la estrafalaria propuesta de Pedro por dinero, sus problemas se resolverían. Podría salvar Matchmaker asegurándole el DATY a Alicia y luego podría concentrarse en mejorar su propio negocio. Pensó que la única forma de mantener ese pacto tan concreto, impersonal y absolutamente comercial era por dinero.


–De acuerdo. Acepto, Pedro. Me presentaré como tu novia durante seis meses por treinta mil dólares.


Pedro no pudo evitar un gesto de sorpresa, pero se recuperó de inmediato.


–Trato hecho. Mañana voy a redactar el contrato. ¿Puedes ir a mi oficina sobre las diez?


Paula asintió.


–¿Tardarás mucho? Tengo una cita en Bondi a las once de la mañana.


–Mi oficina está en el centro. Será un trámite breve e indoloro.


Ella se preguntó si se refería a la firma del contrato, al trayecto hasta el centro de la ciudad o al trato mismo. Pedro se acabó el whisky en tres sorbos y se puso de pie.


–¿Quieres que te lleve a casa?


Ella negó con la cabeza.


–No, gracias. He venido en mi coche.


Él abrió su billetero y le tendió una tarjeta comercial.


–En ese caso, aquí tienes la dirección. Nos veremos mañana.


Cuando ella tomó la tarjeta, sus dedos se rozaron. Pedro retiró la mano como si se hubiera quemado, con una mirada indescifrable.


–Hasta mañana, entonces.


Paula lo vió dirigirse hacia la puerta sin volver la cabeza. Luego saboreó el vino que refrescó su garganta reseca. La velada no había resultado como esperaba, pero no pudo hacer otra cosa. Aparte de negarse al pacto. ¿Y dejar a Alicia en la estacada? De ninguna manera. Pagaría sus deudas. Entonces, ¿Por qué se sentía como si hubiera hecho un pacto con el mismísimo diablo? 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 11

Cuando las formalidades hubieron concluido, los asistentes comenzaron a marcharse. Paula, muy sonriente, aceptó las felicitaciones de los otros participantes con la mano en la de Pedro, que no la había soltado en todo ese tiempo. Cuando la última persona se hubo retirado, le dolía la cara por el esfuerzo de mantener una expresión de felicidad. ¿Felicidad? Nada más lejos de la realidad. Era hora de solucionar ese lío de una vez por todas.


–¿Podemos hablar, Pedro? A propósito, ya puedes soltarme la mano. La comedia ha terminado.


Notó que la calidez de su mirada se apagaba.


–¿Te apetece una copa? Por tu expresión, me parece que la vas a necesitar – dijo al tiempo que la soltaba.


A ella no le gustó el matiz de dureza que había en su voz, aunque eso podía llevarlo bastante mejor que su talante amistoso. No iba a ser fácil hablar con él.


–Una copa pequeña de vino blanco, por favor. Estaré en la mesa del rincón.


–¿Así que has elegido la mesa más apartada del recinto? O me vas a decir cuánto te ha emocionado que te haya elegido o estás planeando deshacerte de mí. ¿Cuál de las dos posibilidades es? –preguntó. Paula se puso rígida, sorprendida de su habilidad para leerle la mente–. Entiendo, ¿Vas a hacerme pagar por lo que sucedió hace nueve años, verdad? –dijo antes de volverse al camarero–. Un copa de vino blanco y un zumo de naranja para mí, por favor. No, pensándolo mejor, un whisky para mí.


Paula lo esperaba a mitad de camino hacia la mesa. Observó que Pedro se pasaba la mano por el pelo, luego consultaba su reloj y golpeteaba con el pie el brillante suelo. Parecía que no hallaba la hora de salir de allí, como le sucedía a ella. ¿Por qué diablos la había elegido? Desde luego que se sentía halagada. ¿Qué mujer no lo habría estado? El fino traje azul marino y la camisa de seda en tono marfil no podían ocultar su poderosa fuerza. La ropa de confección no desvirtuaba el ancho pecho, la esbelta cintura y las largas piernas. Seguro que la camisa ocultaba un estómago plano. No cabía duda de que Pedro estaría impresionante sin ropa alguna. La imaginación de Kara remontó el vuelo mientras lo visualizaba completamente desnudo.


–¿Planeando el ataque?


La interrupción la devolvió de golpe al presente, pero no le calmó el pulso acelerado. Tendría que controlar su cuerpo para enfrentarse a él.


–No soy una clienta, Pedro. No planeo ningún ataque. Sólo quiero hablar contigo –replicó mientras se dirigía a la mesa con la cabeza alta, más enfadada por la respuesta irracional de su cuerpo que con él.


¿Qué habría pasado con la tranquila y tímida Paula que él había conocido? Pedro pensó que se sentiría feliz por haberla elegido. Pese a su instinto de buen abogado, al parecer, se había equivocado.


–Aquí tienes, vino blanco, como pediste.


Pedro no pudo evitar mirarle las nalgas cuando se sentó. Era impresionante. El vestido negro realzaba todas las curvas de su cuerpo. Los grandes senos, la estrecha cintura y las larguísimas piernas. Una vez más, su mente se entregó a las imágenes sensuales. «No olvides que esto es un acuerdo de negocios»


–Díselo a mi libido –murmuró al tiempo que bebía un sorbo de whisky.


–¿Qué dices, Pedro?


Lo miraba con sus brillantes ojos verdes. Convencer a su libido iba a ser una dura tarea.


–Nada. ¿Qué querías decirme?


Paula respiró hondo. Iba a ser difícil concentrarse en la tarea si Pedro seguía mirándola como si fuera su próximo bocado. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 10

Paula deseó que terminara la velada. De alguna manera, ver a Pedro había sido una grata sorpresa. Pero verlo con todas esas mujeres no fue tan grato. Y verlo con esa versión de Pamela Anderson como su pareja ideal, sería demasiado para ella.


–¿Pueden prestarme atención, damas y caballeros? –se oyó la voz de Alicia–. Matchmaker ha unido con éxito a novecientas noventa y nueve parejas en los últimos años. Optar por las citas veloces es la manera más emocionante, rápida y relajada de lograr reunir a personas solteras con intereses similares. Por lo tanto, si esta noche no han encontrado a su pareja, vuelvan a intentarlo –Alicia asintió con la cabeza y luego sonrió al oír los aplausos de los presentes–. Y ahora, sin más dilación, Matchmaker se enorgullece de anunciar la elección de su milésima pareja ideal –declaró. Paula sintió una extraña tensión. No sería capaz de observar la euforia en la cara de la mujer afortunada, ya que no dudaba de que Pedro sería el hombre elegido esa noche–. Pedro Alfonso y Paula Chaves. ¿Podrían hacer el favor de acercarse al estrado?


Aturdida, Paula se dejó caer en la silla. Habría jurado que Alicia acababa de pronunciar su nombre. Tenía que haber un error. La tensión aumentó al ver que Pedro se acercaba a ella.


–Paula, creo que nos llaman.


Ella miró la mano que le tendía como si fuera una cobra. Si la tomaba estaría perdida. Sus labios se movieron y la rigidez de los músculos faciales dió paso a la apariencia de una sonrisa. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.


–Ésta es mi chica –murmuró Pedro al tiempo que le estrujaba la mano y la guiaba hacia el estrado.


Paula se movió mecánicamente, sin oír las felicitaciones que les llegaban de todas las direcciones. Alicia le palmeó el brazo cuando llegó al escenario.


–Lo siento, cariño. Pedro y tú han sido los únicos que han encajado. No podía tergiversar los resultados. El comité de la agencia examina a fondo los detalles, por no decirte que se encuentran presentes varios de los miembros del jurado que otorga el premio. ¿Me perdonas?


Con la cara sonrojada, Paula miró fijamente a Alicia. Extrañamente, el rostro de su amiga no expresaba el menor remordimiento. De hecho, se diría que estaba muy contenta. Sin embargo, no había tiempo para discutir. Tenía que ocuparse de cosas más importantes, como poner fin a esa farsa sin comprometer el negocio de Alicia. Y también ocuparse del modo en que podría desviar las atenciones de Pedro cuando acababa de elegirla como su pareja deseada. 


–Dejémonos llevar por ahora –murmuró Pedro, como si le leyera el pensamiento.


Paula lo miró fijamente. La intensidad de la mirada masculina no consiguió calmarla. «Es más fácil decirlo que hacerlo», pensó la joven. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 9

 –¿Una niña? Tenía dieciocho años. Era lo suficientemente mayor como para saber lo que quería. Y no es que te importara. Al parecer yo era una molestia, una muchachita pegada a tí que jugaba a ser una vampiresa, pero a quien le faltaba mucho para madurar. ¿Te suenan esas palabras? –preguntó al tiempo que pestañeaba furiosamente para evitar las lágrimas.


Pedro se pasó la mano por el pelo, un claro signo de desconcierto.


–Lo siento, Paula. Acababa de terminar la carrera de Derecho y estaba redactando mi memoria. Tenía muchas cosas en la cabeza y no necesitaba la atención de una colegiada muy inclinada a experimentar… –Pedro se calló al ver que ella se levantaba de la mesa.


–¿Quién diablos te crees que eres? No estaba experimentando. Yo estaba…


–Ustedes dos. ¿A qué se debe esta explosión?


Alicia se había materializado junto a ellos y los miraba con las manos en las caderas y el ceño fruncido.


–Ali, necesito hablar contigo –dijo Paula al tiempo que la agarraba del brazo y la alejaba de la mesa–. No puedo hacer esto. Pedro me está volviendo loca. No puedes esperar que pase un segundo más junto a él, por no hablar de los siete minutos.


Alicia sonrió, aunque su serenidad no contribuyó a calmar los nervios de Kara.


–Sé que esta noche es un sufrimiento para tí. Hazlo por mí, te lo ruego.


Paula respiró a fondo y luego exhaló lentamente. No había modo de resistirse a la mirada suplicante de Alicia.


–De acuerdo. Lo haré por tí. Pero juro que tan pronto como haya hablado con el último idiota me largo de aquí.


–¡Ésta es mi chica! Ahora siéntate, sonríe a Pedro, charla un poco con él y la tortura habrá acabado antes de que te des cuenta.


Paula se volvió a mirar a Pedro. No se había movido y, a juzgar por su expresión divertida, había oído la conversación.


–¿Todo solucionado? –preguntó con suavidad.


–Mmm –farfulló Paula–. Vamos a empezar. Buena suerte, Pedro. Espero que encuentres a la persona que andas buscando.


–¿Y si te digo que ya la he encontrado?


–Le desearía buena suerte. La va a necesitar. Gracias a Dios que ha quedado claro que no soy tu tipo.


Pedro la miró con una chispa de inseguridad en los ojos.


–¿Buena suerte? ¿Quién sabe lo que habría sucedido si hace años no te hubiera apartado de mí?



Una hora más tarde, el sufrimiento había concluido. Paula apenas podía recordar su charla con el resto de los candidatos, porque las palabras de un solo hombre resonaban en su mente. Durante los siete minutos Pedro la había mantenido embelesada, coqueteando con ella con la seguridad de un maestro en la materia. Cierto, ella se había resistido, aunque con mucha dificultad. No había remedio. A pesar del enfrentamiento, las acusaciones quedaron olvidadas mientras él le dedicaba toda su atención. Ninguna mujer podía resistirse a Pedro Alfonso: A su brillante sonrisa, a sus ojos magnéticos, a su animada conversación. La había atrapado como una araña atrapa a la mosca en su tela. Sí, estaba atrapada, le gustara o no. Los siete minutos habían pasado en un instante. Ése era su poder. La había envuelto con su voz seductora. El resto de los candidatos no podían compararse con él. Paula no era capaz de recordar ni una palabra de la conversación mantenida con ellos, por muy amable y entretenida que hubiera sido la charla. Sabía que su incapacidad para recordar tenía mucho que ver con su atención puesta en Pedro, dedicado a seducir a otras mujeres con su encanto. Con la tensión enroscada en el estómago, observaba cómo las mujeres caían víctimas de su seducción. ¿Quién podría culparlas? A ella le había sucedido lo mismo a pesar de su decisión de mantener la calma. ¿Quién sería la dama afortunada? Apostaba por la morena de grandes pechos que lo escuchaba atentamente y que le palmeaba el brazo a intervalos regulares. Deseó arrancarle los ojos. La morena era el tipo de mujer que le gustaba a Pedro: Toda silicona y labios que hacían pucheros. En los periódicos había visto a muchas mujeres similares colgadas de su brazo y se enfadaba consigo misma por sentir celos irracionales de todas y cada una de ellas. Miró el impreso que se encontraba encima de la mesa. Aunque era una pura formalidad, le tembló la mano al poner una cruz en la palabra «Sí» junto al nombre de Pedro. Tras la contienda verbal, no había la menor posibilidad de que la eligiera, así que se sintió segura al marcar su nombre. La morena elegiría a Pedro y viceversa. Cuanto antes anunciaran que se había formado la milésima pareja, antes podría escapar. Pedro y la morena. Se le removieron las vísceras al pensarlo. Alicia recogió el impreso, lo agregó al montón que llevaba en la mano y le hizo un guiño.


–No queda mucho, cariño, pronto estarás en casa. Un millón de gracias. Te quiero.


–Y yo también a tí –murmuró Paula, al tiempo que buscaba con la vista a Pedro.


Todavía charlaba con la morena. ¿Es que nadie les había dicho que sus siete minutos habían acabado?