martes, 18 de julio de 2023

Tentación: Capítulo 45

Entonces, no se le ocurrió nada mejor que limpiar el desastre que habían dejado en el suelo y pedir a Pedro que le echara una mano, para su absoluta sorpresa. Evidentemente, no estaba acostumbrado a las tareas domésticas. Pero ella insistió, influida aún por la energía de su intenso encuentro sexual.


–¿Crees que se va a limpiar por arte de magia? ¿O pretendes dejárselo a tus empleados, para que lo limpien por la mañana? –preguntó ella de mala manera–. ¡Lo has tirado tú! 


–¡Pues no recuerdo que te hayas quejado en su momento! –se defendió él.


Los dos se enfadaron, y Paula estuvo a punto de marcharse al chalet para marcar las distancias y evitar que las cosas fueran a más. Pero algo se lo impidió. Quizá, que siempre se sentía más cerca de él en la oscuridad de la noche. Y no necesariamente cuando hacían el amor, sino después, cuando él se tumbaba a su lado y le acariciaba el pelo. Durante esos momentos, se sentía como si todas las preocupaciones hubieran desaparecido y estuvieran solos en el mundo. Durante esos momentos, Pedro bajaba la guardia y se mostraba tal como era. Por eso le permitió que la tomara en brazos y la volviera a besar después de limpiar la cocina. Se sintió a salvo, segura. Pero fue una ilusión pasajera.



–Ah, mira, tu novio acaba de llegar –dijo el periodista.


Paula se giró hacia el recién llegado, que la estaba mirando desde el otro lado de la sala. Y, al verlo, se sintió tan angustiada que se hizo una promesa a sí misma: Encontrar la forma de demostrar que no lo necesitaba ni emocional ni físicamente. Pero ¿Qué podía hacer para volverse inmune a sus encantos? La pregunta ella no era muy diferente a la que se estaba formulando el propio Pedro. 


No se habían visto en dos semanas, desde que se marchó a Río de Janeiro; pero el tiempo transcurrido no había enfriado lo que sentía. Ninguna mujer le había gustado tanto. Cada vez que la miraba, se le encogía el corazón. Y, por si eso fuera poco irritante, Paula tenía la curiosa habilidad de enfadarlo o excitarlo a su antojo. Y no se quería sentir así. Ni con ella ni con nadie. Justo entonces, se dió cuenta de que llevaba el vestido que se había puesto la noche de la gala benéfica, cuando no la reconoció. Pero aquella noche la reconoció sin problemas, a pesar del maquillaje, de las joyas y del rígido e intrincado moño que se había hecho. Mientras la admiraba, vió al hombre que estaba a su lado y tuvo un acceso salvaje de celos. ¿O solo era instinto de protección? Fuera lo que fuera, empezó a caminar hacia ellos sin hacer caso de los invitados que querían hablar con él ni de las muchas mujeres que intentaron llamar su atención con sonrisas sensuales. Y, cuando llegó a su altura, el hombre lo miró con intensidad y le ofreció una mano.


–Hola. Soy Benjamín Forrester, del San Francisco Daily. Nos conocimos el año pasado, en las carreras. ¿Te acuerdas? 


–No, no me acuerdo –replicó Pedro con brusquedad, esperando inútilmente que se marchara.


–Bueno, ¿Qué te parecen los diseños de tu novia, Peter?


Pedro se puso en tensión al oír su diminutivo, porque nadie le llamaba así desde su infancia. Y sintió el deseo de pegarle un puñetazo, como hacía cuando el resto de los niños se burlaban de él y llamaban puttana a su madre. En cualquier caso, Paula debió de notar su incomodidad, porque le puso una mano en el brazo y dijo, mientras una mujer les sacaba fotografías:


–No es necesario que nos quedemos. Si quieres, nos podemos ir.


Pedro estuvo a punto de decirle que no necesitaba su compasión, pero se refrenó.


–¿Irnos? Es tu noche, Paula. Estoy seguro de que querrás disfrutar de tu éxito.


El periodista notó la tensión que había entre ellos, y sacó una libreta y un bolígrafo.


–¿Cómo se conocieron? –se interesó.


–Eso no es asunto de interés público –contestó Pedro.


–Los dos son sicilianos, ¿Verdad? –insistió Forrester.


–Mira, solo voy a decir que estoy encantado de que Paula Chaves triunfe en San Francisco. Es lo único que me vas a sacar.


–Pero…


–Lo único –repitió Pedro, implacable.


Su duro tono de voz consiguió que el periodista se retirara con su acompañante, dejándolos a solas. Y entonces, Pedro se dió cuenta de que Paula estaba extrañamente nerviosa, como si no supiera a qué atenerse con él. Pero él tampoco lo sabía. De hecho, no se atrevió a abrir la boca por miedo a decir algo improcedente.


–Me alegra que hayas podido venir –declaró ella, rompiendo el silencio.


Él respiró hondo, se giró hacia un camarero que pasaba y alcanzó un vaso de agua con gas para calmar su sed. 

jueves, 13 de julio de 2023

Tentación: Capítulo 44

La tienda estaba decorada como si ya fuera Navidad, y casi no había sitio para moverse. Paula se había quedado cerca de la entrada, para echar un vistazo a la gente que se abría paso entre los guardias de seguridad. Pero no estaba tan interesada en los invitados como en la persona que echaba en falta. ¿Dónde se habría metido? Acababa de mirar la hora por enésima vez cuando Silvina se le acercó con su vestido de gasa, que flotaba a su alrededor como una nube.


–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó la diseñadora con una sonrisa–. Deberías estar dentro, disfrutando de las mieles de tu triunfo.


Paula también sonrió. No había hecho otra cosa que sonreír desde que empezó a sonar la música siciliana entre luces de colores y camareros con bandejas llenas de champán. Pero, naturalmente, era una sonrisa forzada, porque sus pensamientos estaban en otra parte. Sin embargo, Silvina no necesitaba saber que echaba de menos a Pedro y que estaba preocupada porque no había hablado con él en dos días y porque su última conversación había sido bastante extraña. Tenía la impresión de que se habían separado un poco más desde que hicieron el amor en la cocina. Y empezaba a sospechar que esa brecha creciente era el principio del fin.


–Estaba mirando la calle, por si aparece el coche de Pedro –respondió, encogiéndose de hombros–. Es muy famoso, y la gente querrá verlo.


–Sí, la gente siempre quiere ver a Pedro Alfonso–replicó Silvina, jugueteando con su collar de perlas–. Pero no debes olvidar que tú eres la estrella de esta noche. Puedes tener éxito de todas formas, con o sin tu amante multimillonario.


Paula tuvo la sensación de que la estaba intentando advertir contra el error de depender de un hombre que solo sería una presencia temporal en su vida, y agradeció que confiara en su talento, aunque ella no se sentía particularmente segura.


–Gracias, Silvina.


–Vas a hablar con el periodista, ¿Verdad? Está un poco preocupado. Dice que le has estado rehuyendo desde que llegó.


–Oh, vamos… Ya he concedido una entrevista a los de Trend.


–Sí, soy consciente de ello –dijo la diseñadora, sin apartar la mano de su collar–, pero Benjamín Forrester es de un periódico local, donde tiene una columna de ecos sociales que todo el mundo lee. Además, no es para tanto. Solo tienes que hablarle un poco de tí, contarle cómo empezaste y añadir un par de detalles sobre lo que haces en tu tiempo libre. Los lectores adoran ese tipo de cosas.


A Paula se le hizo un nudo en la garganta, porque ese tipo de cosas le daban miedo. ¿Qué podía decir sobre su vida? ¿Qué disfrutaba cosiendo abalorios de distintos tamaños y colores en pedazos de terciopelo? ¿Qué le encantaba pasear por los enormes jardines de Pedro? ¿Qué había conseguido que su estirado mayordomo se relajara un poco con ella? ¿Qué su principal pasión era el propio Pedro? Fuera como fuera, esa pasión se había convertido en un problema, porque había desarrollado sentimientos imprevistos. De hecho, sospechaba que ese era el motivo de que su relación se hubiera desequilibrado de forma radical, dándole la impresión de que Pedro y ella vivían en dimensiones diferentes. Y todo había empezado cuando le preparó esa maldita cena. Precisamente, para intentar cambiar su relación.


–¿Tengo que hablar con él? ¿En serio? –dijo, nerviosa.


Silvina asintió.


–Es esencial. Y hablando del rey de Roma, viene hacia aquí en este mismo momento… ¿Por qué no te lo llevas a algún lugar tranquilo, lejos del equipo de música? Por ejemplo, a la zona de los abrigos.


Paula tragó saliva. Benjamín Forrester era un cuarentón rubio de chaqueta de cuero y vaqueros ajustados que llevaba un flequillo largo, como recién salido de la década de los sesenta. En lugar de tomar champán, estaba bebiendo whisky en grandes cantidades. Y, cuando Silvina los presentó, lanzó una mirada escéptica a la mujer que pretendía entrevistar. La diseñadora se marchó entonces, y el periodista alzó una mano para llamar la atención de su acompañante, una mujer con una cámara gigantesca.


–Te sacaremos unas cuantas fotos de inmediato, y unas cuantas más cuando llegue tu novio –anunció.


Paula se ruborizó.


–No creo que…


–Lámete los labios, querida –la interrumpió el periodista–. Y borra esa cara de susto, que la cámara no te va a comer. Además, todo esto es por tí.


Paula ya no estaba tan segura de que lo fuera. Se sentía como si hubiera abierto la jaula de un monstruo. ¿Quién iba a decir que la tienda de Silvina se llenaría de gente hasta el punto de que parecían sardinas en lata? Por no mencionar que la música estaba demasiado alta y que el champán rosado se le estaba subiendo a la cabeza. La única cara amable que había visto en toda la noche era la de Sean MacCormack, el actor al que había conocido durante la gala benéfica de Pedro, cuando se puso el vestido que él le había comprado. Un vestido que no había usado desde entonces, y que solo se había puesto aquella noche porque no tenía más prendas adecuadas para una fiesta. Además, Silvina se había empeñado en que se pusiera algunas de las joyas que vendía en la tienda, lo cual la había obligado a recogerse el pelo para lucir dos largos pendientes de diamantes. Y, por si eso fuera poco, le había puesto un brazalete a juego que soltaba destellos de todos los colores cada vez que se movía. Sin embargo, debía admitir que la fiesta la había distraído de sus preocupaciones. Como no había tenido tiempo ni para pensar, tampoco lo había tenido para torturarse con sus problemas sentimentales, que habían empeorado notablemente desde la noche de la cena, después de hacer el amor. 

Tentación: Capítulo 43

 –Ni tú.


–Pensaba que te gustaba este plato. Fue lo que comiste en Sicilia, el día en que nos conocimos. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.


Él se encogió de hombros.


–Supongo que es como comprarse una camiseta cuando estás en otro país. No te gusta tanto cuando vuelves a casa.


–No, claro que no.


Derrotada, Paula retiró los platos y los llevó a la pila de la cocina, donde los dejó. Momentos más tarde, notó un cambio en el ambiente y supo que Pedro acababa de entrar. No necesitaba oírlo para saberlo. Cuando aparecía, todo se cargaba de electricidad. Era como los instantes anteriores a una tormenta. Por una vez, él no le tomó el pelo sobre su aversión a los lavavajillas, como hacía cuando fregaba tazas en el chalet. Y ella, que no se atrevió a mirarlo a los ojos por miedo a que descubriera su caos emocional, se preguntó si sería consciente de lo mal que se sentía por haberse enamorado de él a pesar de sus advertencias. ¿Lo habría adivinado? ¿Sería ese el motivo de lo que pasó a continuación, cuando cruzó la cocina, le pasó un brazo alrededor de la cintura y le apartó el cabello de la nuca para poder besarla? No lo sabía, pero ella se estremeció de todas formas.


–¿Te he dicho que mañana me voy a Río de Janeiro? –preguntó él en voz baja.


–No, no me has dicho nada –contestó Paula–. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?


–Un par de semanas.


–Ah –dijo ella, pensando que era la primera vez que se iban a separar–. ¿Crees que volverás a tiempo de asistir a la fiesta?


–Haré lo posible.


No era la respuesta que Paula estaba esperando, pero supo que era la única que iba a conseguir, así que cerró los ojos y se preguntó qué intenciones tendría para aquella noche. Por una parte, quería que se acostara con ella. Por otra, que se marchara. Pedro asaltó su boca al cabo de unos instantes, y ella se entregó con un fervor que no era solo de deseo, sino también de enfado. Quería castigarle por lo que había hecho. Quería hacerle tanto daño como él a ella. Sin embargo, los besos y las caricias hicieron que perdieran el control y, al final, Pedro la sentó en la mesa de la cocina, le mordisqueó los pezones por encima del vestido y se lo quitó después. Para entonces, Paula estaba tan excitada que no prestó atención a los platos y cubiertos que cayeron al suelo. A decir verdad, nada la habría podido detener. Lo deseaba demasiado, y sintió un escalofrío de placer mientras él le quitaba el sujetador y las braguitas entre palabras de admiración. Luego, él abrió un preservativo, se lo puso, le separó las piernas y la penetró hasta el fondo. Paula pensó que nunca había tenido una erección tan impresionante o, por lo menos, que ella no lo había sentido de un modo tan contundente. Y el orgasmo la pilló por sorpresa, poco antes de que él soltara un gemido de satisfacción y diera unas acometidas más, agotado. Durante los segundos posteriores, Pedro hundió la cabeza entre sus rizos y ella contempló el desastre del suelo, que estaba lleno de restos de pasta y fragmentos de platos. Pero, afortunadamente, él no parecía arrepentido de haber perdido el control. De hecho, le dió un beso en los labios y dijo, con afecto:


–Olvídate de las comidas caseras. Solo hay una cosa que quiero que hagas en la cocina.


–¿Cuál?


–La que acabamos de hacer. 

Tentación: Capítulo 42

No encontraba a Paula por ninguna parte. De hecho, no encontraba a nadie. La casa estaba inusualmente silenciosa, y no había ni rastro de Gerardo ni de Carmen, quien solía servir la cena. Entonces, Pedro entró en el más pequeño de los comedores y vió que alguien había preparado una de las mesas, pero no le extrañó demasiado. Estaba lloviendo, y era lógico que cenaran dentro de la casa en lugar de hacerlo en el exterior. Sin embargo, las velas encendidas y la botella de champán que descansaba en una cubitera lo pusieron en guardia. ¿Qué estaba pasando allí? Un segundo después, Paula salió de la cocina con el pelo suelo, un rubor en las mejillas y un vestido rojo que se ajustaba maravillosamente a sus lujuriosas y generosas curvas, lo cual activó todas sus alarmas. Le gustaba que vistiera de rojo, pero tenía la sensación de que no se lo había puesto por casualidad.


–¿Qué pasa? ¿Dónde están todos? 


–Gerardo tiene la noche libre, y le he dicho que no hacía falta que buscara un sustituto.


–¿Y Ricardo, el chef?


–Le he dicho que se tomara un descanso.


–¿Cómo?


–Pensé que no te importaría. Trabaja mucho, y se ha alegrado al saber que se podía ir –explicó Paula–. Pero no te preocupes. No necesitamos a nadie. He preparado la cena.


–Esa no es la cuestión –dijo Pedro, frunciendo el ceño–. ¿Desde cuándo asumes papeles que no te corresponden? ¿Crees que acostarte conmigo te da derecho a disponer de mis empleados como te venga en gana?


–No, claro que no.


–Entonces, ¿Por qué no me has pedido permiso?


–Porque quería darte una sorpresa.


Pedro parpadeó, perplejo. Odiaba las sorpresas desde el día en que había llegado a su casa y había descubierto que su madre estaba a punto de marcharse con un desconocido. Pero optó por no decírselo a Paula, porque le habría dado lástima y se habría mostrado compasiva con él, algo que no le apetecía.


–Ah, vaya –dijo, forzando una sonrisa–. En ese caso, ¿Por qué no sirves la cena?


Paula volvió a la cocina, y él alcanzó la botella de champán y la abrió. No necesitaba ser muy listo para saber que su actitud la había herido, pero se negó a sentirse culpable. Embriagado con su naturaleza apasionada y la intensidad de su relación sexual, había hecho caso omiso de unos preocupantes síntomas: los que decían que se estaba encariñando demasiado con él. Ya había servido dos copas cuando ella regresó con la cena.


–¿Qué es? –preguntó Pedro, reconociendo el olor.


–Pasta alla Norma –respondió Paula con entusiasmo–. Tu preferida.


Pedro se estremeció. Tenía la impresión de que dos mundos completamente distintos estaban a punto de chocar.


–¿Celebramos algo?


Paula se sentó enfrente, y él se dió cuenta de que era la primera vez que no la besaba al llegar a casa, porque también era la primera que no la había mirado con deseo. Pero, desde su punto de vista, la culpa era enteramente suya. ¿Cómo se atrevía a destruir una relación perfecta con la manipuladora táctica de hacer que se sintiera como si fueran una familia?


–Sí, es una especie de celebración.


–¿Y eso? –preguntó él, disimulando su irritación.


–Mis bolsos se venden muy bien, y Silvina está verdaderamente encantada conmigo. Incluso ha hablado con la directora de la revista Trend.


–¿Trend?


Ella asintió.


–Es la biblia de las revistas de moda, y quieren publicar un artículo en su sección de accesorios –le explicó–. Silvina dice que deberíamos dar una fiesta a final de mes, para aprovechar la publicidad al máximo. Ya sabes, abrir unas cuantas botellas de champán e invitar a personas importantes.


–¿Y qué vas a hacer? –preguntó Pedro, echando un trago de champán–. Si no recuerdo mal, ya tienes dificultades para cubrir la demanda de Silvina Simon, y tendrás muchas más si te vuelves famosa.


–Bueno, Silvina ha pensado que podemos contratar a varias personas para que me ayuden en el proceso. Serían trabajos a tiempo parcial, para mujeres que no pueden tener horarios de oficina porque deben cuidar de sus hijos – respondió Paula–. Así, podríamos aumentar la producción y el alcance.


–Y tú te labrarías un nombre, claro.


–Eso nunca ha estado entre mis ambiciones –declaró ella, a la defensiva.


–Pero lo conseguirás de todas formas –dijo él, alzando su copa para brindar–. Enhorabuena. Supongo que dentro de poco tendrás dinero suficiente para marcharte a vivir a otro sitio.


Paula se mordió el labio inferior, dolida. El comentario de Pedro le había hecho daño; particularmente, porque no se lo esperaba. Había cocinado y había comprado una botella de champán porque quería celebrar su éxito con él. Y él solo quería que se fuera de su casa. Pero, por otra parte, ¿Qué podía esperar? Sabía que aquello era una situación temporal. Lo había sabido desde el principio. ¿O es que albergaba la esperanza de que el sexo le hiciera cambiar de opinión hasta el punto de rogarle que se quedara en el chalet indefinidamente? Eso no iba a pasar. Ni en sueños.


–Casi no has probado la cena –comentó ella. 

Tentación: Capítulo 41

 –Entonces, ¿Por qué me llamas al trabajo? Estoy ocupado.


–Sí, ya lo sé.


Ella lo dijo de una forma extraña, como si se sintiera insegura por alguna razón, y Pedro se tuvo que resistir al impulso de decir algo cariñoso. Tenía que aprender que no debía llamar al despacho.


–¿Qué puedo hacer por tí, Paula?


–¿A qué hora llegarás a casa?


Pedro frunció el ceño.


–¿Has llamado para preguntarme eso? –dijo con incredulidad–. Llegaré hacia las siete, como siempre. ¿Por qué quieres saberlo?


–No importa –contestó ella con rapidez–. Nos veremos luego.


Paula cortó la comunicación, pensando que había hecho mal al llamarle a la oficina. Sin embargo, no tenía intención de convertirlo en costumbre. Le había llamado porque le estaba preparando una sorpresa, y necesitaba saber a qué hora llegaba. Pedro había sido enormemente generoso con ella; la había aceptado bajo su techo y la había ayudado a salir adelante, y había llegado el momento de darle algo a cambio. Tras cascar unos huevos y echarlos en un plato con harina, empezó a hacer la masa. Mientras trabajaba, se acordó de la pasta casera que preparaba su madre y, aunque tuvo un acceso de nostalgia, se alegró de haberse alejado de ella. Ya no era la jovencita apocada que había sido. Había cambiado. Y su nueva vida se debía en gran parte a Pedro, el hombre que le hacía sentirse sexy, deseable y divertida en cualquier caso, hasta sin intentarlo. A veces, cuando volvía pronto, se acercaba al chalet con alguno de sus impresionantes trajes y llamaba a la puerta. Sabía que no debían verse hasta más tarde, pero lo invitaba a entrar con naturalidad, como si fuera un vecino o un amigo que estaba de visita. Y, en cuanto entraba, la apretaba contra la pared y la besaba con toda su alma mientras ella se afanaba por quitarle la ropa, desesperadamente. A veces, ni siquiera llegaban a la cama. Su relación era tan física e intensa que se ruborizaba cada vez que lo pensaba. ¿Les pasaría lo mismo a todas las mujeres? ¿Sentirían lo mismo? Había descubierto un nuevo tipo de poder, el de su atractivo sexual. Pero, al mismo tiempo, estaba sumida en un mar de dudas que no se podía quitar de la cabeza, por mucho que lo intentara; dudas que se escondían en los rincones de su mente y la asaltaban en cualquier momento, sin previo aviso. ¿Se estaría engañando a sí misma? ¿Se habría convertido en víctima de sus propios deseos? ¿O era algo natural? En cualquier caso, no podía compartimentar su vida de tal manera que sus partes no entraran en contacto. Si trabajaba todo el día y llevaba sus creaciones a Silvina, era inevitable que acabaran en el brazo de un maniquí o en un estante de cristal con un precio desconcertantemente alto. No podía hacer lo primero sin pasar por lo segundo. Y Pedro estaba en el centro de su existencia, presente en todos sus espacios. Además, algo había cambiado entre sus comidas, paseos turísticos y noches de amor. Ya no estaba tan segura de poder mantener una relación sexual sin esperar otra cosa. Cada vez le costaba más, y le costaba porque había desarrollado sentimientos más complejos y profundos. No había sido de la noche a la mañana. Había sido un proceso más lento, como un goteo. Pero no lo podía negar. Al principio, pensó que era consecuencia del sexo, de que su hambriento cuerpo estaba rompiendo su equilibrio emocional. Sin embargo, ni los orgasmos ni la preciosa calma posterior podían explicar que ardiera en deseos de pronunciar palabras de amor, de acariciarle el pelo con dulzura o de rozar los labios contra su boca en los momentos más inapropiados. Se sentía como si se estuviera enamorando de él.


–Maldita sea…


Sus dedos se volvieron a hundir en la masa. Sus sentimientos eran demasiado complicados para un hombre que huía de las emociones, y también lo eran para ella, porque no quería sentirse así. Quería despertarse una mañana y descubrir que se había liberado de la angustia que atenazaba su corazón; pero el instinto le decía que eso era imposible, y que su relación terminaría pronto si no la encauzaba en una dirección diferente. Por fortuna, su éxito profesional le había dado una seguridad de la que antes carecía, y estaba dispuesta a probar. Sus bolsos eran muy populares. Las mujeres ricas se peleaban por pagar sumas asombrosas por un producto artesanal, y Silvina Simon la apreciaba tanto que se había puesto en contacto con la directora de una de las revistas de moda más importantes del país, con un resultado indiscutiblemente positivo. Esa era la segunda razón de la cena que estaba preparando. Quería celebrar su buena suerte. Pero, sobre todo, quería dar a Pedro lo que sus millones no le podían dar: Cariño y atención, ya que el amor le habría asustado. Una demostración de gratitud mediante un gesto tan sencillo como una comida casera. Terminados los preparativos culinarios, se giró hacia el espejo de la cocina y se miró el pelo, que se había recogido por miedo a que se le metiera en la salsa. Al verse, sonrió con malicia y se apartó un mechón que se le había soltado del moño. Sería mejor que se quitara las horquillas antes de que Pedro apareciera.

martes, 11 de julio de 2023

Tentación: Capítulo 40

Silvina Simon estaba encantada con ella. Pedro lo sabía porque le había preguntado, y había descubierto que los bolsos de Paula tenían mucho éxito. Y no solo en San Francisco, sino también en otras ciudades. Cuanto más tiempo pasaba, más perplejo estaba. Era la primera vez que vivía con una mujer, descontando a su madre, y le parecía increíble que lo disfrutara tanto. ¿Sería porque, al estar en la misma propiedad, no podía mantener las distancias con ella? ¿O porque le hablaba en dialecto siciliano, un dialecto que ninguna de las personas de su entorno comprendía? Quizá fuera por eso. A fin de cuentas, el idioma los unía en una especie de mundo privado y maravillosamente familiar, aunque a veces resultara claustrofóbico. En todo caso, esperaba cansarse de ella en pocas semanas, pensando que las luces de la gran ciudad destruirían el atractivo de una simple chica de provincias. Pero no lo habían destruido, y empezaba a estar preocupado. Se había obsesionado con la modista de Sicilia. Estaba hechizado, hasta el punto de que la miraba con fascinación cuando se cepillaba su rizada melena negra. Y ella, que sabía que la estaba mirando, sonreía de forma coqueta, como si fuera perfectamente consciente de que la prefería con el pelo suelto. Había roto muchas de sus normas por Paula Chaves. La llevaba a sitios turísticos de la ciudad y le enseñaba las fantásticas vistas de los alrededores. Hacía lo que fuera por contentarla. Pero nada era tan satisfactorio como estar con ella en la habitación y mirar sus ojos mientras llegaba al clímax, porque no los cerraba cuando hacían el amor. Y, por supuesto, adoraba su voluptuoso cuerpo y su generosidad como amante. Además, Paula no utilizaba el sexo como arma. Ni siquiera lo usaba como instrumento para conseguir algún fin. Nunca le había pedido nada. No dejaba caer que le gustaban los diamantes o las perlas. No insinuaba que quisiera un coche como los suyos. Y, para un hombre acostumbrado a que lo quisieran por su dinero, su actitud era toda una novedad. Desgraciadamente, había descubierto un inquietante paralelismo entre su difunto padre y él. ¿O no era verdad que se había obsesionado con una mujer y había permitido que lo controlara? Pedro había pensado mucho en la relación de sus padres. De niño, no podía entender que su madre hubiera sido tan cruel con su marido; pero luego, cuando se fue a los Estados Unidos, descubrió que algunas mujeres despreciaban a los hombres que las querían demasiado y se sentían atraídas por los que no. Lo había visto mil veces. Y él era un buen ejemplo, porque su indiferencia las atraía constantemente. Pero no iba a cometer el error de su padre. No bajaría la guardia. No permitiría que otra mujer le hiciera daño.


–¿Pedro? ¿Sigues ahí? –insistió Mariana, sacándolo de sus pensamientos–. ¿Quieres que te la pase? 


Pedro suspiró, tentado con la idea de decirle que no. Sin embargo, era la primera vez que le llamaba a la oficina y, por otra parte, cabía la posibilidad de que necesitara algo o se hubiera metido en algún lío.


–Pásamela.


–Como quieras.


Su secretaria le pasó la llamada, y él se estremeció al oír la voz de Paula.


–Hola, Pedro.


–¿Ha pasado algo? –preguntó él, inquieto.


–No, nada.


Pedro sintió una mezcla de alivio y deseo, aunque sin dejar de estar preocupado por la influencia que Paula tenía sobre él. 

Tentación: Capítulo 39

 –Pues yo no busco el matrimonio –dijo en voz baja, temiendo que alguien los oyera–. No estoy aquí por eso, sino por los sueños de los que te hablé en Sicilia. Y Silvina me ha demostrado que se pueden hacer realidad. No soy tan tonta como para creer que voy a conquistar el mundo; pero, si puedo ganarme la vida y ser independiente, me daré por satisfecha.


Él asintió.


–Me alegra que nos entendamos, Paula. Y, ya que has sacado el asunto de la satisfacción, ¿Qué te parece si vamos más allá? Por lo visto, ni tú ni yo estamos particularmente interesados en la comida que nos han servido. ¿Por qué no volvemos a mi casa y pasamos el resto de la tarde en el dormitorio?


A ella se le encogió el corazón. Pedro hablaba del sexo con tanta naturalidad como si estuviera pidiendo la cuenta y, aunque lo encontrara demasiado prosaico, Paula no podía negar que le gustaba. Además, ahora lo conocía mejor y comprendía mejor su forma de ser. ¿Cómo no iba a tener aversión a las relaciones amorosas, si su propia madre le había dado la espalda? Había abandonado a su hijo y había dejado a su marido porque era un simple pescador, un hombre sin dinero. En cambio, a ella no le habría importado que Pedro fuera pobre. De hecho, se habría sentido más cómoda si no hubiera tenido mansiones, aviones y servidumbre. Pero, en cualquier caso, era obvio que él no estaba buscando comprensión. Sus necesidades eran puramente físicas y, como quería seguir adelante, aceptaba sus condiciones sin dudarlo. No iba a permitir que unas cuantas nociones románticas destruyeran su primera relación sexual. Sin embargo, eso no le daba derecho a tratarla mal. Pedro debía comprender que no estaba a su entera disposición, que no podía chasquear los dedos y esperar que cayera rendida a sus pies, que el deseo implicaba lo mismo que el amor: respeto.


–Es una idea tentadora, pero imposible.


–¿Imposible? –preguntó él, desconcertado–. ¿Estás bromeando?


Paula sacudió la cabeza.


–Tengo que comprar una máquina de coser y los materiales que necesito para hacer bolsos. Le he prometido a Silvina que le llevaré tres propuestas tan pronto como pueda, y voy a cumplir mi palabra –respondió, con una sonrisa en los labios–. Y, como tú conoces San Francisco mejor que yo, se me ha ocurrido que podrías acompañarme. Si te apetece, claro.




La luz roja del intercomunicador de Pedro se encendió repentinamente. Era su secretaria, Mariana, cuya voz resonó en el despacho.


–La señorita Chaves está en la línea tres –le informó–. ¿Qué hago? ¿Te paso la llamada? ¿O le digo que has salido?


Su secretaria le había hecho muchas veces esa pregunta, cuya respuesta daba inevitablemente pistas sobre el estado de la relación amorosa que Pedro mantenía. Durante sus primeras fases, se mostraba indulgente con ellas y permitía que llamaran al despacho, aunque no las animaba a llamar. Pero, al cabo de un mes, se enfadaba cuando lo interrumpían, porque ya sabían que estaba trabajando y eran incapaces de esperar. Sin embargo, con Paula era distinto. Y lo era desde el principio, todo el tiempo. Incluso había rechazado acostarse con él para comprar una máquina de coser y llevarlo a tiendas de telas en zonas de la ciudad que desconocía hasta entonces. Además, no podía negar que trabajaba mucho. Trabajaba día y noche en el pequeño chalet de invitados y, cuando por fin salía de la casa, tenía los ojos cansados y una sonrisa de inmensa satisfacción por haber terminado más bolsos.