jueves, 15 de junio de 2023

Tentación: Capítulo 9

 –¿No tienes novio? –dijo, acariciándole el brazo.


–No.


–¿Ni un montón de hermanos que se puedan enfadar? –preguntó, entre en serio y en broma.


–No, soy hija única.


Pedro estuvo a punto de decirle que él también era hijo único, pero se lo calló. Y un segundo después, la tomó entre sus brazos y asaltó sus labios. Ella suspiró, y él estuvo a punto de hacer lo mismo, porque nunca le habían besado de aquella manera. Los movimientos de la lengua de Paula eran casi primitivos, pero también intensamente eróticos, como el roce de su suave estómago mientras se frotaba contra su cuerpo. Excitado, acarició sus húmedos rizos, la abrazó con más fuerza y aumentó la intensidad de sus atenciones hasta que se le doblaron las piernas y él tuvo miedo de que se cayera. Solo entonces, rompió el contacto y, tras acariciarle los senos, dijo:


–Quiero tocarte. Quiero explorar tu deliciosa piel. ¿Puedo?


–Sí –respondió ella, sin aliento.


Él sonrió y le bajó la empapada tela del bañador. Luego, admiró sus senos desnudos y le chupó los dos pezones, que sabían a cloro. Paula gimió y se frotó de nuevo contra él, en una muda invitación que aumentó la erección de Pedro y acabó con el escaso control que aún mantenía. Ya no podía esperar. Necesitaba hacerle el amor. Pero ¿Dónde? ¿En una de las tumbonas? ¿Dentro de la piscina, para que la frialdad del agua contrastara con el calor de sus cuerpos? Desgraciadamente, no tenía ningún preservativo a mano y, si entraba en la casa para buscar uno, rompería la magia del momento.


–No creo que nos pueda ver nadie –declaró, poniéndole las manos en los hombros–, pero tampoco me quiero arriesgar a que algún mirón disfrute a nuestra costa. ¿Por qué no vamos dentro?


–¿Y tus empleados?


–No están. Les he dado la tarde libre.


Paula lo miró como si quisiera conocer el motivo, y él se alegró de que no se lo preguntara, porque le habría tenido que confesar que se los había quitado de encima con la esperanza inconsciente de acostarse con ella.


–Entonces, vamos –replicó, subiéndose el bañador.


Pedro la tomó de la mano y la llevó hacia la villa por un camino flanqueado de cactus. El sol calentaba tanto que ya le había secado la piel, pero sus pezones seguían tan enhiestos como si hiciera frío, y Paula volvió a dudar de lo que iban a hacer. ¿Es que se había vuelto loca? Quizá. Desde luego, no podía negar que estaba loca de deseo. Pedro ni siquiera había tenido que tocarla para seducirla; le había bastado con una simple mirada. Y, lejos de aprovechar la circunstancia, había intentado convencerla de que olvidara el asunto y había tratado de desanimarla con una breve y sincera explicación sobre la naturaleza de su aventura, que sería puramente sexual. Pero a ella no le importó. A fin de cuentas, ¿Por qué se iba a desanimar? ¿Habría sido mejor que él mintiera y le prometiera la luna y las estrellas? Evidentemente, no. Y Paula tenía la conciencia tranquila cuando entraron en el enorme y lujoso vestíbulo de la mansión. No iba a hacer nada malo. Solo iba a poner fin a la solitaria y fría existencia que había llevado, encerrada en el pueblo, sin hacer otra cosa que trabajar a la sombra de su madre. Por fin tenía la oportunidad de experimentar el amor. Había esperado muchos años, y no iba a seguir esperando.


–Me encantaría enseñarte la villa, pero dudo que me pueda concentrar en esas cosas –le confesó él, con voz ronca–. ¿Te parece bien que subamos directamente al dormitorio? Si no has cambiado de idea, claro.


Los ojos de Pedro se oscurecieron, y ella tuvo miedo de que se echara atrás; pero apretó su mano con más fuerza y, tras llevarla por la grandiosa escalera, abrió una puerta y la introdujo en una sala de muebles antiguos cuyas vistas de la campiña siciliana eran tan bellas como las de la piscina. Sin embargo, ninguno de los dos les prestó atención, porque él le apartó el cabello de la cara, la tomó de nuevo entre sus brazos y reclamó su boca con un lento e hipnótico beso. En respuesta, Paula inclinó la cabeza, se apoyó en sus hombros y le regaló toda la energía de su inexperto apasionamiento. Se sentía como si hubiera entrado en otra dimensión. Y, durante unos segundos, él pareció satisfecho con su fervor.


–Necesito verte desnuda –afirmó entonces con impaciencia.


Acto seguido, le bajó el bañador y dejó que cayera al suelo. Era la primera vez que Paula estaba desnuda delante de un hombre; pero, en lugar de perder la seguridad, se sintió más fuerte y poderosa que en toda su vida. ¿Cómo no sentirse así cuando un hombre tan atractivo la estaba mirando como si quisiera devorarla? 

martes, 13 de junio de 2023

Tentación: Capítulo 8

Sin embargo, él no se movió. Se quedó plantado en el sitio, y Paula se dió cuenta de que no quería acostarse con ella. Por mucho que la deseara, no quería hacer nada de lo que se pudiera arrepentir más tarde. Pero ella, sí. Lo quería y lo necesitaba. Por eso nadó hacia él, se incorporó y, tras ponerse de puntillas, apoyó las manos en sus anchos y húmedos hombros. Por eso alzó la barbilla y le besó.  Pedro intentó hacer lo que consideraba correcto: No responder de ninguna manera, aunque le estuviera clavando los dedos en los hombros, aunque estuviera apretando los senos contra su pecho, aunque le hubiera provocado una erección. Lo intentó. Se quedó tan inmóvil como le fue posible y se recordó que no era su tipo de mujer, sino todo lo contrario. Pero fracasó, porque la deseaba más de lo que recordaba haber deseado a nadie. ¿Cómo había conseguido que perdiera la cabeza de tal manera? ¿Sería por sus ojos de largas pestañas? ¿Sería quizá por la melena mojada que caía sobre sus lujuriosas curvas? No lo sabía, pero le había pasado lo mismo durante el trayecto en el coche, y había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartar la vista de la carretera. De hecho, estaba tan preocupado con su propia reacción que, en cuanto llegaron a la piscina, se excusó para quedarse a solas y liberarse de los pensamientos eróticos que lo atormentaban. Y lo consiguió. Por lo menos, hasta que salió de su habitación y la vio nadando como una morena y voluptuosa sirena. En ese momento, comprendió que Paula Chaves podría ser un problema para él, y decidió sacarla de allí a toda prisa; pero entonces, ella se le acercó, se apretó contra su cuerpo y le dio un beso en los labios, destrozando sus planes. Hasta podía sentir la exquisita caricia de sus endurecidos pezones. Sin embargo, Pedro se limitó a bajar la cabeza para poder susurrarle al oído, aunque era del todo innecesario. ¿Quién les iba a oír? Había dado la tarde libre al chófer y al ama de llaves. Se había encargado de que se quedaran a solas, como si inconscientemente estuviera decidido a verla desnuda y hacerle el amor.


–No podemos hacer esto –dijo con voz ronca.


–¿Por qué no?


Él respiró hondo y la miró a los ojos.


–Porque… Porque no tendría sentido –acertó a responder.


–¿Sentido?


Pedro asintió. La ropa de Paula Chaves era tan vieja como su moto, lo cual demostraba que no nadaba en la abundancia. Y él no era estúpido. La prensa del corazón lo presentaba constantemente como un gran partido, una pieza de lo más apetecible para muchas mujeres. Pero ella no tenía ninguna posibilidad de llevarlo al altar, y era importante que destruyera sus absurdas fantasías antes de que hicieran nada. Debía saber que solo le podía dar sexo, que no tenían ningún futuro.


–Me voy mañana por la mañana. Y, aunque no me fuera, seguiría siendo un error –afirmó–. Somos demasiado distintos.


–¡No me importa lo distintos que seamos!


Pedro entrecerró los ojos. Su declaración fue tan sincera y ferviente que lo desarmó casi por completo.


–¿Estás segura de que quieres seguir adelante? –preguntó, tuteándola por primera vez.


–Lo estoy.


–Bueno, si estás tan segura como dices, debes saber que no significaría nada. Sería sexo… Una noche de amor y nada más.


Ella dudó un momento antes de hablar, como si estuviera sopesando sus palabras.


–¿Y si solo busco sexo? –replicó con sensualidad.


Él pensó que su contestación era tan correcta como incorrecta a la vez, como encender un fuego y apagarlo al mismo tiempo.




Tentación: Capítulo 7

 –¿Le gusta?


–¿Que si me gusta? Desde luego que sí.


Los jardines dieron paso a una imponente mansión que se alzaba entre palmeras. Había macizos de flores por todas partes, y en la distancia se veía una piscina. Cuando bajaron del coche y se dirigieron a la entrada, salió a recibirlos la que debía de ser el ama de llaves, una mujer de mirada intensa y ropa negra que los saludó con una sonrisa. Al verla, Paula se sintió aliviada. No era de Caltarina, así que no podría reconocerla.


–Carla, ¿Podría llevarnos café a la piscina? –dijo él, antes de girarse hacia Paula–. Acompáñeme, por favor. Le diré dónde puede cambiarse.


Paula lo siguió por los jardines, esforzándose por admirarlos, pero no le interesaban ni la vegetación ni las estatuas que adornaban el lugar, sino los anchos hombros de Pedro, su fluida y segura forma de caminar y los negros rizos de su cabello, que deseó acariciar. Irradiaba energía y poder. Justo entonces, se dio cuenta de que se había puesto en una situación potencialmente peligrosa y, cuando llegaron a la piscina de horizonte infinito, cuyas vistas quitaban el aliento, la miró como si no tuviera ningún interés. Se había quedado a solas con un desconocido, y en su casa. Pero no sintió miedo alguno. Por algún motivo, confiaba en él.


–Puede cambiarse ahí –dijo Pedro, señalando un edificio que parecía un chalet suizo–. Vuelvo enseguida. Voy a ponerme algo más fresco.


Paula se alegró de quedarse a solas, porque necesitaba recuperar el aplomo. Sin embargo, su breve alivio se esfumó segundos después, al entrar en el edificio y mirarse en un espejo de cuerpo entero. Estaba acalorada, ruborizada, claramente nerviosa. Y eso no era lo peor, como tuvo ocasión de comprobar cuando se quitó la ropa y el sujetador y se bajó las braguitas: también estaba húmeda. Pero ¿Por qué la desconcertaba tanto? El hecho de que fuera virgen no significaba que no pudiera reconocer los síntomas de la excitación sexual. Tras reírse de sí misma, abrió la mochila, sacó el bañador, se lo puso y se volvió a mirar en el espejo. Desgraciadamente, la escueta prenda de color azul enfatizaba sus curvas de tal manera que se le cayó el alma a los pies. ¿Qué estaba haciendo allí? Respiró hondo y salió del chalet. Pedro no había regresado, pero el ama de llaves había dejado un servicio de café en una de las mesitas.  Decidida a darse un chapuzón y marcharse cuanto antes, se acercó a la piscina, metió un pie para comprobar la temperatura y se lanzó. El agua estaba maravillosamente fresca, y calmó un poco sus nervios; por lo menos, hasta que salió a la superficie y vio a Salvatore en bañador, lo cual provocó que se le endurecieran los pezones. Se maldijo para sus adentros. ¿Por qué reaccionaba así ante el simple hecho de que se hubiera puesto un bañador? ¿Qué esperaba, que se bañara con el traje negro que había llevado en el entierro de José Cardinelli? Una vez más, se repitió que debía salir disparada de aquel sitio. Sus estúpidas fantasías se estaban rebelando contra ella. Debía volver al pueblo, a su casa, a su mundo. Pero ni hizo ademán de marcharse ni apartó la vista de él. Era el hombre más atractivo que había visto nunca. Su moreno y escultural cuerpo brillaba al sol y, por si eso fuera poco abrumador, aquel maravilloso tipo de hombros anchos, caderas estrechas y piernas musculosas la estaba mirando. Se pasó la lengua por los labios, incapaz de controlarse. Luego, se ruborizó y empezó a nadar de nuevo, con la esperanza de que el agua la volviera a tranquilizar. Pero esa vez no surtió el mismo efecto; en parte, porque Pedro se metió en la piscina por la zona menos profunda y, tras sumergirse un momento, se puso en pie y le ofreció una vista sublime de su pecho desnudo, por el que resbalaban gotas como diamantes. Paula lo deseó de un modo absolutamente primario, como si todas las células de su cuerpo quisieran sentir el contacto de su piel. Y, a pesar de su absoluta falta de experiencia, supo que solo podía hacer una cosa para satisfacer su hambre. Pero… ¿La quería hacer? La respuesta llegó un segundo más tarde, cuando clavó la vista en sus ojos. Sí, claro que sí. Ya no le importaba lo demás. Ni siquiera se preguntó si Pedro se había puesto tenso porque había adivinado lo que estaba pensando o porque había visto que los pezones se le habían endurecido. Se sentía como si una fuerza exterior hubiera tomado el control de su cuerpo, una fuerza sencillamente irresistible. 

Tentación: Capítulo 6

Paula miró a las mujeres de la playa, cuyos bikinis consistían en unos triángulos diminutos que alguien tan exuberante como ella no se habría podido poner; y, mientras las miraba, se preguntó cómo reaccionarían si pasara a su lado con su viejo bañador. Seguramente, la echarían por cometer un delito contra la moda.


–No, aquí no. Es una playa privada, que solo pueden usar los clientes del hotel.


–Bueno, yo no me preocuparía por eso –declaró él, consciente de que nadie le negaba nada–. Seguro que no ponen objeción.


Paula sacudió la cabeza,


–Se lo agradezco mucho, pero yo… –se detuvo, presa del pánico–. Olvide lo que he dicho. Si no le importa, preferiría nadar en otra parte.


Pedro la miró con interés.


–¿Le apetece nadar en mi villa? No hay nadie.


Paula se quedó atónita.


–¿Es que se va a quedar aquí? ¿En Sicilia?


Él se encogió de hombros.


–Solo a pasar la noche. Vuelvo a San Francisco por la mañana.


–No quiero causarle molestias.


–No es ninguna molestia. Mi coche está fuera.


–Y mi moto.


–Entonces, le diré a mi chófer que vuelva en ella y la llevaré yo mismo a mi villa. Podrá nadar tanto como quiera y marcharse cuando le apetezca.


–¿Y a su chófer no le importará?


–Le pago para que no le importe –contestó él con arrogancia–. Y le pago bastante bien.


Ella se mordió el labio inferior, y Pedro pensó que era manifiestamente besable. ¿Se lo habría mordido para provocarle esa reacción? No tenía forma de saberlo. Estaba acostumbrado a que las mujeres coquetearan con él; pero Paula Chaves mantenía las distancias, y esa novedad le resultaba de lo más excitante.


-Bueno, por qué no –contestó ella, apartándose el pelo de la cara.


Pedro frunció el ceño, porque no era la respuesta entusiasta que esperaba. Ni siquiera le había dado las gracias. Desconcertado, se levantó de la silla y la volvió a mirar. ¿De qué iba aquella preciosa siciliana? ¿Y qué pretendía él? ¿Seducirla? ¿Arrancarle los vaqueros y su casi puritana camiseta para contemplar las delicias que ocultaban? En principio, no. Nunca le habían gustado las aventuras de una sola noche y, aunque le hubieran gustado, no se podía acostar con una provinciana que confundiría el sexo con el amor y se haría ilusiones. Solo intentaba ser amable.


–Muy bien. Pues vámonos –replicó.


Tal como Paula sospechaba, el chófer se sorprendió un poco cuando le dieron el casco y le dijeron que llevara la motocicleta a la casa, pero no protestó; se limitó a subir a la pequeña máquina de 50 cc. mientras su jefe le abría a ella la puerta de su coche. Y menudo coche. Era una limusina de asientos de cuero, cuyo motor hizo menos ruido que su secador de pelo cuando Pedro arrancó, tomó una de las carreteras de la zona y, a continuación, giró en uno de los caminos de la falda contraria de la montaña. Ella tuvo la impresión de que aquel lugar pertenecía a otro mundo; era el más tranquilo y bonito de la isla, donde los turistas ricos gastaban ingentes sumas de dinero para poder vivir el sueño siciliano o, más bien, una versión lujosa del mismo. Pero no pudo disfrutar de la belleza del paisaje, porque no podía apartar la vista de las musculosas piernas de su anfitrión.


–¿Está cómoda? –preguntó él.


–Mucho –mintió Paula.


Pedro se había puesto unas gafas de sol, y le parecía más sexy e inaccesible que nunca, aunque no le sorprendió demasiado. A fin de cuentas, estaba con un hombre inaccesible de verdad, un multimillonario imponente que vivía en San Francisco y llevaba una vida completamente distinta a la suya. Sin embargo, ese pensamiento no impidió que se le endurecieran los pechos ni que aumentara su tensión sexual; de hecho, había llegado a tal punto que casi no podía respirar con normalidad. Pero, a pesar de ello, sacó el teléfono móvil de la mochila y lo apagó, porque no quería que su madre le arruinara el día con una llamada. Había encontrado la aventura que buscaba y, aunque no se hacía ilusiones con lo que pudiera pasar, estaba decidida a disfrutar cada segundo.


–¡Madonna mía! –exclamó al entrar en la propiedad de Pedro, rodeada por una gran verja de hierro–. ¿Esto es real?


Él sonrió.

Tentación: Capítulo 5

Al cabo de un rato, le empezó a preocupar la posibilidad de que se aburriera con ella. No parecía aburrido, pero ¿Cómo podía estar segura, si nunca había estado en ese tipo de situación? Él era un hombre de mundo y ella, una simple chica de provincias, cuyos temas de conversación no eran particularmente interesantes. Quizá había llegado el momento de marcharse.


–Supongo que debería irme –anunció.


–No lo dice con mucho convencimiento –comentó Pedro, entrecerrando los ojos–. Además, casi no ha probado la comida.


Paula miró el plato y pensó que tenía razón. Todo estaba muy bueno, pero se sentía incapaz de tomar otro bocado. El potente carisma de su acompañante la desequilibraba de tal manera que no podía ni tragar. Y, aunque siempre había sido una mujer cautelosa, estaba tan encantada con sus atenciones que no se reconocía a sí misma. Pedro había pedido que les sirvieran la comida en la playa, en una de las mesas con sombrilla. Paula se alegró mucho, porque se pudo quitar las zapatillas deportivas y los calcetines y poner los pies en la arena mientras contemplaba al ejército de camareros que se afanaban por atenderlos. Fue la experiencia más lujosa que había tenido en sus veintiocho años de existencia y, para su sorpresa, también fue una de las más relajadas. Aterrada ante la idea de decir o hacer algo poco elegante, se dedicó a observar las reacciones de él para no meter la pata. Sin embargo, resultó ser un hombre sencillo, que no se comportaba como el típico multimillonario. En lugar de pedir langosta o vieiras, pidió unas tradicionales berenjenas con queso y salsa de tomate, y las devoró con la camisa remangada, como habría hecho cualquier trabajador.


–Ni siquiera sabía que hubiera berenjenas en la carta –comentó ella.


–Porque no las hay –replicó él–, aunque siempre las preparan cuando vengo. Saben que me gustan mucho.


–¿Y eso? ¿Era uno de los platos que le preparaba su madre cuando era niño?


–No –dijo Pedro–. Mi madre no cocinaba.


Su tono de voz sonó tan frío que Paula se arrepintió de habérselo preguntado, y optó por relajar el ambiente con una serie de preguntas inocentes sobre su vida. Pedro le contó cosas que hasta las cotillas del pueblo desconocían. Le dijo que había sido camarero en los Estados Unidos y que un día, al oír que su jefe se quejaba sobre las dificultades de hacer transferencias internacionales, decidió inventar una aplicación de telefonía móvil que solucionara el problema.


–¿Así como así? –preguntó ella, sorprendida.


–Sí, así como así. Gané una verdadera fortuna.


–¿Y qué hizo después?


–Bueno, diversifiqué mi cartera de inversiones y me dediqué a comprar propiedades inmobiliarias y centros comerciales. Hasta adquirí una compañía de jets privados para llevar a pasajeros ricos por todo el Caribe.


Pedro siguió hablando y le contó que, cuando tuvo más dinero del que podría gastar en cien vidas, creó una fundación para niños abandonados y le puso su nombre. Pero parecía más interesado en saber de ella, y se interesó por su trabajo. En contestación, Paula se puso a hablar de la sastrería de su madre, aunque tuvo la sensación de que la miraba como si fuera un animal raro o, quizá, una curiosidad sociológica de otros tiempos. 


–¿No ha salido nunca de Sicilia? –preguntó él al cabo de un rato.


–Estuve a punto de salir el año pasado –respondió ella, algo a la defensiva–. Tenía que ir a Florida para asistir a la boda de mi prima, pero…


–¿Pero?


–Mi madre se puso enferma, y me pidió que me quedara.


–Y no estaba tan enferma, ¿Verdad? –dijo Pedro.


–No, no lo estaba. Pero… ¿Cómo lo ha sabido?


Él soltó una carcajada.


–No hace falta ser un genio para adivinar que su madre la manipuló. Son cosas de la condición humana.


Paula guardó silencio. Para entonces, ya se habían tomado los cafés y, como tenía miedo de estar alargando innecesariamente la velada, se puso los calcetines y las zapatillas deportivas y dijo:


–Será mejor que me marche.


–Una vez más, lo dice como si no se quisiera ir –replicó Pedro, que pidió la cuenta al camarero–. ¿Tiene algo especial que hacer?


Paula, que le había ofrecido una visión idílica del pueblo mientras le hablaba de su trabajo, se estremeció. ¿Qué habría pensado el famoso multimillonario si hubiera sabido la verdad? Volver al pueblo no era volver a un lugar maravilloso, sino a las exigencias de su madre y a las telas baratas que debía convertir en faldas, camisetas y vestidos; era volver a la máquina de coser, a la soledad y al silencio, interrumpido de vez en cuando por las campanas de la iglesia. Pero ¿Por qué tenía que volver?


–No, a decir verdad, no –contestó, dominada por un súbito sentimiento de rebeldía–. Aunque me esperan para cenar, claro.


–Claro –repitió él, dejando unos billetes sobre la cuenta–. Y dígame, ¿Qué habría hecho esta tarde si no se hubiera encontrado conmigo?


Paula lo pensó un momento. Habría ido a su cala preferida, con la esperanza de que no hubiera nadie y, tras nadar lo suficiente para cansarse, se habría quitado el bañador y se habría tumbado a tomar el sol. Pero no estaba dispuesta a confesarle eso, de modo que se limitó a decir:


–Habría ido a nadar.


Él echó un vistazo a su alrededor.


–¿A nadar? ¿Aquí?

jueves, 8 de junio de 2023

Tentación: Capítulo 4

Atónito, admiró su rostro durante unos segundos y sintió algo extraño en lo más profundo de su corazón, algo que no encajaba con su forma de ser. ¿Sería que empezaba a ser consciente de haberse quedado completamente solo en el mundo? Aunque su padrino hubiera estado diez años en coma, era su único nexo con el pasado. Sin embargo, no quería caer otra vez en sus sombríos pensamientos. Necesitaba una distracción, y la belleza local que tenía delante era la candidata perfecta. Como no estaba seguro de que fuera una decisión sensata, examinó los motivos por los que quería que se quedara con él. No tenía intención de seducirla. No era del tipo de mujeres que le gustaban y, aunque lo hubiera sido, supuso que tendría un montón de familiares que exigirían que se casara con ella si la llegaba a tocar. Pero ¿Qué podía pasar si se limitaban a charlar un rato? Teóricamente, nada. Y, por otra parte, se sentía desconcertantemente atraído por la expresión de cansancio que ensombrecía sus rasgos, como si cargara todo el peso del mundo sobre sus hombros.


–¿Se tiene que ir? ¿O se puede quedar un poco más? –le preguntó, tomando una decisión.


Paula se quedó tan sorprendida por su ofrecimiento como por el repentino y triste destello de sus ojos. ¿Estaría pensando en su padrino? Fuera como fuera, pensó que la vida podía ser de lo más extraña. Aquel hombre tenía todo lo que pudiera desear, pero cualquiera habría dicho que no era feliz. Su primer impulso fue el de darle las gracias y declinar amablemente su invitación. Pedro Alfonso no pertenecía a su mundo. No tenían nada en común. Y, por si eso fuera poco, sospechaba que podía ser peligroso para ella. Pero ¿no había ido acaso a la playa porque necesitaba sentir algo nuevo? ¿No había escapado de su casa porque estaba harta de su rutinaria existencia? Ahora tenía la oportunidad que tanto anhelaba. Además, la cercanía de su cuerpo la estaba volviendo loca. Los pezones se le habían endurecido bajo la camiseta, y notaba un calor insidioso en lo más profundo de su ser. ¿Sería el deseo sexual del que tanto hablaban sus amigas?


–Me puedo quedar –respondió.


–En ese caso, ¿Le apetece una copa de vino? –preguntó Pedro con humor–. ¿O no tiene edad suficiente para beber?


–La tengo de sobra, pero hace demasiado calor para tomar vino –dijo Paula, que quería estar completamente despejada–. Prefiero un granizado de limón.


–Ah, un granizado… Hace años que no me tomo uno.


Al final, Pedro pidió dos granizados y, cuando ya se los habían servido, la miró de nuevo y preguntó:


–¿Se da cuenta de que estoy en desventaja?


–¿A qué se refiere?


–A que sabe quién soy, pero yo no sé ni su nombre.


Ella bebió un poco, y pensó que era el mejor granizado de limón que había probado en toda su vida. Por lo visto, sus excitados sentidos se habían vuelto más perceptivos que nunca. Hasta el cielo le parecía más azul.


–Soy Paula Chaves, aunque mis amigos me llaman Pau.


–¿Y cómo prefiere que la llame yo?


La pregunta de Pedro no podía ser más inocente, pero la intensidad de sus ojos le dió un carácter descaradamente sensual, que a Paula le encantó. No sabía nada del arte del coqueteo; fundamentalmente, porque nunca había conocido a un hombre con quien quisiera coquetear, pero le pareció tan fácil como agradable.


–Llámeme Pau.


Él la miró en silencio durante un par de segundos.


–Así lo haré. Y ya que está dispuesta a quedarse conmigo, ¿Qué le parece si dejamos la cautela a un lado y comemos juntos?


Paula se ruborizó un poco, preguntándose qué habría pensado su amiga Florencia si la hubiera visto en ese momento. Ya no podría bromear diciendo que era una antipática. Y, en cuanto a los dos pretendientes que había rechazado, tendrían que tragarse sus crueles comentarios sobre su supuesta frigidez.


–Me parece perfecto –contestó, dedicándole una sonrisa. 



El sol estaba más bajo en el horizonte, y la gente que había abandonado la playa durante las horas centrales del día regresó a las tumbonas. Paula se fijó entonces en las mujeres que se empezaron a poner crema. A diferencia de ella, no tenían la frente cubierta de sudor, ni la ropa pegada al cuerpo. Estaban perfectas, y se sintió ridícula en comparación. ¿Cómo era posible que un famoso multimillonario como Pedro Alfonso la hubiera invitado a comer? ¿Por qué no había elegido a alguna de esas maravillosas mujeres? 

Tentación: Capítulo 3

Pedro entrecerró los ojos y admiró a la preciosidad morena de ropa negra y pelo revuelto, encantado de encontrar a alguien que lo sacara de sus sombríos pensamientos. Tenía la clase de curvas que habrían llamado la atención de cualquiera, y unos labios de aspecto sencillamente delicioso. Pero ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Lo habría seguido? No le habría extrañado, porque le pasaba con cierta frecuencia. De hecho, le pasaba mucho. Las mujeres lo seguían de forma descarada y sin timidez alguna, algo que no le terminaba de gustar. Puestos a elegir, prefería ser él quien diera el primer paso. Además, tampoco se podía decir que fuera del tipo de mujer con el que estaba acostumbrado a relacionarse. De hecho, ni su indumentaria ni el polvoriento casco de moto que llevaba en la mano encajaban con el ambiente del local, bastante chic. Pero los grandes rizos de su lustroso y brillante pelo, el exquisito aspecto de sus exuberantes senos y la curva de sus ondulantes caderas despertaron el interés de él. A pesar de ello, dudó un momento antes de hacerle el gesto para que se acercara. No formaba parte de su mundo. Era una siciliana normal y corriente, que no se parecía nada a las esbeltas y refinadas criaturas de su círculo de San Francisco, siempre obsesionadas con mantener un peso absurdamente bajo en su opinión. Pero había tenido la amabilidad de presentarle sus respetos durante el entierro, y estaba obligado a ser cortés.


–Signor Alfonso… –dijo ella con evidente nerviosismo, y algo ruborizada–. Espero no molestarle. Nos vimos en el entierro de su padrino.


Pedro lo recordaba perfectamente. Había tenido que inclinar la cabeza para oírla mejor, porque su voz era tan dulce y melódica y sus condolencias sonaron tan sinceras que, para su sorpresa, se emocionó. No era la primera vez que se emocionaba desde que le dieron la noticia del fallecimiento de José Cardinelli, pero se quedó perplejo de todas formas. A fin de cuentas, no era un hombre que se emocionara con facilidad. Se enorgullecía de su aplomo y su distanciamiento emocional, y no dejaba de repetirse que Pablo había salido ganando con su muerte, porque había dejado de sufrir. Sin embargo, la actitud de Pedro también tenía un fondo de desapego.  Aunque estaba profundamente agradecido al difunto, cuya generosidad le había permitido dejar Sicilia y estirar sus alas, nunca lo había querido de verdad. No había querido a nadie desde que su madre lo había rechazado.


–Le acompaño en el sentimiento –continuó la voluptuosa morena.


–Grazie. Ahora descansa en paz, libre al fin de la larga enfermedad que padeció –replicó él, admirando sus labios–. ¿Ha venido con alguien?


Ella sacudió la cabeza.


–No, no. He venido sola, por simple capricho.


–Entonces, ¿Me permite que la invite a una copa? –preguntó Pedro, señalando el taburete vacío que estaba a su lado–. ¿O desaprueba que esté aquí, disfrutando de la vida en un chiringuito de playa, cuando solo ha pasado un día desde el entierro de mi padrino?


Ella volvió a sacudir la cabeza.


–Yo no juzgo a los demás –afirmó Paula, que se sentó en el taburete y dejó el casco en la barra–. Supongo que dice eso porque la gente estaba murmurando cuando llevaron el ataúd al cementerio, pero siempre hacen lo mismo. El mundo es así.


Pedro volvió a entrecerrar los ojos. Sus palabras estaban cargadas de sabiduría, pero le pareció bastante joven, y se preguntó cuántos años tendría porque le pareció más sensato que dedicarse a admirar sus piernas. ¿Veintiséis? ¿Veintisiete? Quizá algo más.


–En muchos sentidos, la muerte de mi padrino ha sido un alivio –le confesó él, clavando la vista en sus oscuros ojos marrones–. ¿Sabe que estuvo en coma diez años? No veía, no hablaba y seguramente no oía nada de lo que le decían.


Ella asintió.


–Sí, ya lo sé. Una de mis amigas trabajó de enfermera del señor Cardinelli… Fue una de las que usted contrató –dijo Paula–. En Caltarina le están agradecidos por no habérselo llevado a un hospital de la ciudad; sobre todo, teniendo en cuenta que usted no vive aquí. Pero todos saben que le visitaba con frecuencia, algo difícil para un hombre tan ocupado. Se nota que es una buena persona.


Pedro se puso tenso, porque no estaba acostumbrado a que lo halagaran, salvedad hecha de sus amantes. Desde luego, recibía aplausos por sus éxitos profesionales y por su labor filantrópica, pero nunca eran cumplidos de carácter personal. Eso era nuevo.