martes, 23 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 36

 –Lo intentó durante un tiempo. Hizo algún esfuerzo, o al menos eso fue lo que yo pensaba hasta que cumplí dieciséis años –Paula se estremeció. 


Odiaba pensar en aquel día, y menos hablar de ello. Nunca había compartido lo que sintió en aquel momento con nadie. Tenía miedo de dos posibles reacciones: O que le dijeran que lo superara o que la entendieran… Y la comprensión lo empeoraría todo porque eso significaría que la tristeza, la rabia, el dolor… Estaban justificados. Y esa justificación sería sin duda lo peor. Porque significaría que a su padre no le importaba realmente, y que no había esperanza para un futura reconciliación.


–Gonzalo lo planeó todo. Regresaría de Río de Janeiro, donde estaba cerrando su último acuerdo empresarial, y la familia se reuniría. Iríamos a mi restaurante favorito de Siena, justo al lado del palacio. Yo quería parecer mayor, estar guapa… Había cumplido dieciséis años, era prácticamente una mujer y mi familia estaba allí para celebrarlo conmigo. Por una vez yo sería la protagonista. No Valeria, ni mi padre, ni mi madre, sino yo.


El vello de los brazos se le erizó al recordar aquella noche. Casi sonrió al pensar en cómo se había arreglado para la velada. Había olvidado lo emocionada que estaba aquella noche. Cómo se había pasado una hora maquillándose y mirándose al espejo con el vestido que había elegido, combinado con el collar de su madre. Se sentía… Mayor.


–¿Qué ocurrió? –preguntó Pedro con amabilidad, claramente al tanto de que el cuento no tenía un final feliz.


Paula miró hacia el cielo de la noche que descendía sobre el plácido lago.


–Gonzalo había enviado un coche a buscarme. Me llevó al restaurante donde me encontraría con todos. Cuando el chófer abrió la puerta, me sentí como una estrella de cine –Paula se rió–. Todo el mundo miraba a la bella joven que estaba siendo acompañada a la mesa de uno de los restaurantes más elegantes de Siena. Cuando me senté y vi que era la primera, no me importó. Podía superarlo. Aquella noche era una adulta.


Aunque sintió una punzada de miedo, mantuvo una sonrisa empastada en la cara y pidió una copa de champán. Porque enseguida llegaría su familia. Solo se estaban retrasando un poco.


–La gente dejó de mirarme transcurridos unos minutos, pero a medida que pasaba el tiempo y los diez minutos se convertían en veinte y luego en treinta, la curiosidad se apoderó de ellos y empezaron a mirar fijamente otra vez a la chica sentada sola en una mesa para cuatro. Casi una hora más tarde, apareció.


–¿Tu padre? 


–No.


–¿Gonzalo?


–No –repitió Paula sacudiendo la cabeza–. Ignacio Tersi. Me explicó que era un amigo de Gonzalo, que el vuelo de mi hermano se había retrasado por el mal tiempo y que le había pedido a Ignacio que fuera a avisarme. Debió darse cuenta al instante de que mi padre no iba a aparecer, pero no dijo nada. Lo que hizo fue pedirle al camarero lo más caro y exquisito del menú, porque, según anunció en voz alta y con orgullo, «Era el cumpleaños de aquella hermosa mujer».


A Paula se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar la amabilidad de Ignacio aquella noche. Nunca lo había olvidado.


–Cuando llegué a casa, Ignacio estacionó el coche al lado del de Gonzalo y corrí dentro para verle, feliz de que estuviera allí. Le escuché antes de verle. Estaba hablando por teléfono con nuestro padre.


Había entrado en el despacho de Gonzalo a hurtadillas.


–¿Qué quieres decir con que estás ocupado? Es el cumpleaños de tu hija, por el amor de Dios… Me dan igual tus excusas. Ya es suficiente. Esto no va a volver a pasar, ¿Me oyes? En caso contrario dejaré de pagar tu estilo de vida y el de Valeria. Cortaré lazos. ¿Lo has entendido?


–Mi padre estuvo presente al año siguiente por mi cumpleaños, pero no porque quisiera estar allí, sino porque mi hermano le amenazó con cerrarle el grifo. Después de eso –Paula se encogió de hombros–. No me gustaba mucho celebrar mi cumpleaños.


Porque lo que no podía decirle, lo que apenas se atrevía a confesarse a sí misma, era que a los dieciséis años sintió aquello como un rechazo a su persona, a quién era. Y nunca más quiso volver a colocarse en aquella tesitura. Se hizo el silencio entre ellos, un silencio lleno de dolor y compasión que podía ver en los ojos de Pedro… Y que le dolía casi tanto como los recuerdos de aquella noche.


–Siento que las dos personas más importantes para tí no pudieran estar a tu lado esa noche.


El corazón le latió a Paula con fuerza dentro del pecho, como si se le desgarrara y le sanara al mismo tiempo. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 35

Al instante se vió arrojada de nuevo a las sensaciones que había despertado aquella noche en su cuerpo. El deseo, la pasión…


–Deja de pensar en lo único…


–Mis hormonas tienen mucho que decir al respecto.


–Y te prometo que cuando hayamos terminado con este tema, tus hormonas podrán darse un festín con mi cuerpo hasta que queden saciadas –gruñó Pedro con una oscura promesa en la mirada.


–¿De veras? –preguntó Paula insegura–. Porque tú no has… No hemos… Desde aquella noche.


Pedro suspiró y dejó la cuchara sobre el mostrador, y ella la agarró a toda prisa. Se pasó las manos por el pelo y finalmente se apoyó en un codo con la mandíbula en la palma de la mano, mirándola como si estuviera librando algún tipo de lucha interna.


–Sinceramente, no tenía muy claro que fuera lo que desearas. No quería que sintieras que debido a lo de la otra noche, yo iba a dar automáticamente por hecho que…


–¿Mi marido podía reclamar sus derechos conyugales? –terminó ella con una sonrisa triste.


¿Cuándo se habían vuelto las cosas tan complicadas cuando podían actuar simplemente por el deseo y los sentimientos? Tal vez desde el momento en que se casaron porque esperaban un hijo.


–Pedro, nadie tiene ningún derecho sobre mi cuerpo excepto yo. Pero yo elijo de buena gana compartir mi cuerpo contigo.


–Tu cuerpo sí. Pero, ¿Compartir algo más…?


Paula se mordió el carrillo por dentro y asintió. Pedro quería saber por qué estaba tan nerviosa por ver a Gonzalo. La última vez que vió a su hermano fue en la boda de Sofía e Ignacio. En el corto espacio de tiempo desde la noche de la gala benéfica en Andorra y la boda entre la princesa Sofia e Ignacio, se había dado cuenta de varias cosas respecto a ella, algunas difíciles de aceptar, otras más… Empoderadoras. La decisión de centrarse en sí misma había resultado en cierto sentido maravillosa y liberadora. Hasta que descubrió que estaba embarazada, y la idea de enfrentarse a Gonzalo y a las consecuencias de sus imprudentes actos le habían parecido una traición.


–Mi hermano siempre ha cuidado de mí. Estuvo ahí para mí cuando mi padre claramente no estaba – Paula suspiró al sentir un nudo de emoción en la garganta–. Cuando mi madre murió, mi padre renunció básicamente a todo. Siguió funcionando en automático durante unos años, se casó con Valeria, iba de fracaso empresarial en fracaso empresarial… Pero a medida que yo me hacía mayor me miraba de una forma diferente. No solo me veía a mí, sino también a mi madre. Me daba cuenta de lo doloroso que era para él. No sé quién de los dos empezó primero, pero cada uno a nuestra manera empezó a evitar al otro para calmar el constante dolor que se cernía sobre nosotros cada vez que nos encontrábamos.


Paula se estremeció al recordar su infancia, cuando se escondía en alguna habitación de la casa al saber que llegaba su padre. Gonzalo la encontraba siempre, se la llevaba al jardín e intentaba distraerla.


–Cuando mi padre lo perdió prácticamente todo en una última inversión, yo tenía unos ocho años. Gonzalo apenas dieciocho, y se vió obligado a actuar para evitar que nos declaráramos en bancarrota. Se hizo con las riendas de todo, encontró la manera de salvar lo poco que quedaba de las finanzas familiares. Todo se vendió. Nuestra casa, las fincas, todas las pertenencias, cuadros, antigüedades… Y llegó justo para pagar los millones que se debían por culpa de la negligencia y la estupidez de mi padre. La vergüenza que mi padre hizo descender sobre el apellido Chaves nos obligó a abandonar el país y enfrentarnos al exilio.


Paula había escuchado durante años las amargas peleas, las fuertes acusaciones, las lágrimas y las recriminaciones de Valeria. Y en medio de todo aquello estaba la determinación de su hermano, que estaba decidido a ser el hombre que su padre no podía ser el protector, quien tomaba las decisiones.


–Lo que Gonzalo hizo a los dieciocho años fue algo increíble. Nos llevó a vivir a Italia, encontró un colegio para mí, empezó un negocio hotelero con la única propiedad que nos quedaba en Europa y con eso consiguió que mi padre y Valeria llevaran una vida parecida a lo que estaban acostumbrados. Pero ellos vivían en otro lado, así que estábamos los dos solos. Un chico de dieciocho años cuidando de una niña de ocho.


Y ahora que estaba embarazada, Paula se daba cuenta realmente del sacrificio que había hecho su hermano, a todo lo que había renunciado por ella. Y nunca se había sentido digna de ello, sino más bien una carga.


–Entonces, ¿Tu padre no estaba realmente presente? 

Heridas Del Pasado: Capítulo 34

 –Entonces iremos –se limitó a decir él. 


Y por primera vez, Paula dejó de caminar.


–¿De verdad?


–Sí, Paula. Es tu familia. Es importante.


Dios santo, ¿Creía que era un monstruo que se negaría a visitar a su hermano? Pero en lugar de sentirse aliviada, Paula palideció un poco más y Pedro percibió que estaba pasando algo más.


–Pero no tengo nada que ponerme –murmuró.


Pedro alzó las cejas. ¿Desde cuándo le importaba a Maria la ropa?


–Paula…


–¡Y zapatos! No me entran los zapatos últimamente, porque… Estoy engordando. En lugares que no rodean al niño. Y no –afirmó girándose y señalándole con un dedo–. No te atrevas a decir que esto es debido a las hormonas.


–Yo no…


–Porque sí, hay hormonas. ¡Muchas! –ahora estaba claramente gritando–. Muchísimas. Hacen que quiera tomar helado todo el rato. Seguro que para eso existen las náuseas matinales. Para equilibrar la balanza. ¿Por qué no puedo tener náuseas matinales?


–No querrás…


–Claro que no quiero tener náuseas. No seas ridículo.


Matthieu no sabía si reír o llorar, y le dio la sensación de que a ella le pasaba lo mismo. Pero ahora estaba convencido de que aunque pudiera tener alguna relación con las hormonas, no era lo único. Y si no hacía algo, aquella conversación iba a terminar muy mal. Se acercó a la nevera y sacó del último cajón del congelador lo que estaba buscando. Lo agarró con una mano y buscó una cuchara en el cajón  de los cubiertos. Volvió a la isla que estaba estratégicamente situada entre su volátil esposa y él y levantó al tapa del bote de helado.


–¿Qué estás haciendo? –preguntó Paula.

 

–Comer –Pedro hundió la cuchara en las profundidades del envase, sacó una cantidad considerable y se la llevó a la boca.


–¿Ahora? ¿Te pones a comer ahora? ¿Cuando yo acabo de…? 


–A partir de ahora –la interrumpió él con la boca llena de helado–, comeré lo que tú comas –se la quedó mirando con determinación y observó sus expresivas facciones mientras cambiaba el foco de atención de sus pensamientos al verlo comer cucharada tras cucharada de helado. 


Pedro pensó que se le iba a congelar el cerebro, pero no importaba. Se comería el envase entero si eso la hacía sentirse mejor en aquellos momentos. Esperó hasta estar seguro de que contaba con toda su atención.


–Entonces, ¿Nos vamos a Italia?


–Gonzalo nos ha invitado a cenar en su casa dentro de dos días.


–De acuerdo, anularé todo lo que tenga en la agenda. ¿Estás bien para volar?


–Sí.


–Iremos en el jet –afirmó Pedro llenándose la boca con otra cucharada de helado, aunque era lo último que le apetecía en aquel momento.


–¿No… No te importa? –preguntó Paula vacilante.


Y Pedro odió la idea de que le diera miedo preguntar. Sobre todo cuando se trataba de algo obviamente tan importante para ella.


–En absoluto. Siempre y cuando a tí no te importe decirme qué está pasando realmente aquí –afirmó Pedro sintiendo cómo se le congelaba el estómago con tanto hielo.


Estuvo a punto de echarse a reír al ver cómo Paula clavaba la mirada en la cucharada que estaba a punto de llevarse a la boca.


–¿Quieres un poco?


Ella apretó las mandíbulas, parecía que estaba conteniéndose, hasta que finalmente Pedro vió cómo se rendía. Echó los hombros hacia delante y salvó la distancia que la separaba de la encimera de la isla.


–Sí –respondió ella sin mirarlo a los ojos.


Paula suspiró. Desde el momento en que Pedro había regresado a casa, su mente había hecho todo lo posible por no centrarse en lo único a lo que realmente tenía que plantarle cara.


–¿Desde cuándo te has vuelto tan sabio? –le preguntó a Pedro.


–Seguramente desde que mi mujer dijo: «Necesitas esto. Yo necesito esto. Necesitamos esto». 

Heridas Del Pasado: Capítulo 33

 –Gonzalo, yo…


Su hermano exhaló un profundo suspiro.


–Dijiste que estabas en Suiza visitando a una amiga –la acusó–. Por favor, Paula, solo dime que estás bien.


–Lo estoy –aseguró ella–. De verdad, lo estoy.

 

Durante la siguiente media hora, mintió a su hermano… Algo que nunca antes había hecho, cubriendo con un velo de ficción la manera en que había conocido a Pedro y su boda. Pero daba igual lo que dijera, porque no era suficiente. Gonzalo quería verla, quería conocer a Pedro, y Paula no fue capaz de rechazar la invitación, que más bien era un ultimátum, para asistir a una cena en su finca a las afueras de Siena en dos días. Y de pronto todos los miedos y pensamientos de Maria atravesaron su mente en un bucle interminable. 


Cuando Pedro llegó a la entrada de su casa, no supo si quería dar la vuelta al coche y marcharse de allí o dejarlo en el garaje y correr hacia aquella esposa que no terminaba de entender. Desde la noche de la gala, había sido incapaz de dormir en una cama sin su mujer. Y no podía explicar por qué. Sencillamente, le parecía… Mal. En cuanto se la llevó a su cama, algo cambió en su interior. Algo que suavizó a la bestia rabiosa de un modo que nunca antes había experimentado. No eran sus caricias, ni sus gritos de placer. De hecho, no tenía nada que ver con el increíble grado de pasión que habían compartido. No, era peor… Parecía que su mera presencia le calmaba como nada lo había hecho jamás. Cada noche, cuando ella no podía dormir, le hacía preguntas… Solo para escuchar el sonido de su voz. Se quedaba tumbado de noche viendo cómo su pecho subía y bajaba al respirar. Porque la noche de la gala, con el modo en que Paula había apartado los momentos oscuros para centrarse en los buenos, le había enseñado algoresonaba en la cabeza, haciendo que se preguntara si así sería como le vería su hijo. Quería que fuera así. Atravesó el pasillo, frunciendo el ceño cuando escuchó los pasos de ella, al parecer caminando arriba y abajo. Conocía bien aquel movimiento, y ya estaba frunciendo el ceño cuando dobló la esquina y se la encontró girando sobre los talones y retorciéndose las manos.


–¿Qué pasa?


Ella lo miró, asombrada y con expresión de culpabilidad, y luego retomó los pasos. Se encogió de hombros con un movimiento supuestamente natural que no consiguió su objetivo.


–Oh, bueno… Ya sabes…


–No. No sé. Por eso te he preguntado.


Paula guardó silencio unos instantes mientras seguía andando.


–Es solo que… Mi hermano… Tenemos que ir a Italia. No sé si estoy preparada para esto. Ni siquiera tengo la ropa adecuada, y…


Pedro no pudo evitar soltar una carcajada de alivio al comprobar que no se trataba de nada grave. Trató de entender la relación entre sus pensamientos.


–¿Qué tiene que ver la ropa con Italia y con tu hermano?


–Lo sabe, Pedro. Ha visto una foto nuestra en la gala. Me ha visto embarazada y casada.


–¿No se lo habías contado?


–Yo…


Pedro volvió a fruncir el ceño. No habían hablado mucho de la familia de Paula. Sabía que tenía un hermano, que su padre se había vuelto a casar tras perder a su primera esposa en el parto de su hija. Pero había dado por hecho que se lo habría contado. Tal vez daba demasiadas cosas por hecho en lo que a su esposa se refería.


–¿Qué ha dicho?


–Que quiere que vayamos a verle a Siena. Quiere… Conocerte.


Pedro contuvo ahora el deseo de reírse. Estaba claro que aquello significaba mucho para Paula. Nunca antes la había visto así, tan indecisa. 


jueves, 18 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 32

Paula no sabía qué esperar después de la noche de la gala. Tal vez que su vida volviera a aquel aislamiento que había experimentado después de la boda… Pero no podía estar más equivocada. La primera noche se fue a su dormitorio, pero Pedro entró, la sacó de la cama, la llevó a la suya y se tumbó a su lado. Todo sin decir una palabra. Sucedió lo mismo la segunda noche, y estaba demasiado confundida para querer romper el hechizo que descendió sobre ellos sin preguntas ni palabras. La tercera noche, cuando el bebé se mostró un poco inquieto y ella no podía dormir, Pedro encendió la lamparita de luz suave, se colocó mirándola y le preguntó cuándo había hecho su primera pieza de joyería. La bombardeó con preguntas sobre cada paso hasta que por fin ella se durmió en medio de la explicación sobre cómo soldar unas piezas. Pedro volvió a hacerlo la cuarta y la quinta noche, hasta ella quedó convencida de que sería capaz de hacer un brazalete perfecto sin haber tocado ni una sola vez los materiales y las herramientas necesarias. Sin embargo, él no la había tocado. No había recreado las intimidades de la noche de la gala, y aquello se estaba convirtiendo en una tortura para Paula. Se pasaba los días preguntándose, cuestionándose, dudando… ¿Se habría imaginado la conexión que sintió forjarse la noche de la gala? ¿Había sido únicamente lo que necesitaban en el momento? Pero si aquel era el caso, ¿Por qué la llevaba a su dormitorio Pedro todas y cada una de las noches?


Cada día, cuando Pedro se retiraba a su oficina en Zúrich, Paula caminaba por los bosques que rodeaban el lago y se perdía en la belleza que la envolvía, el crujir de las hojas bajo los pies, el suave calor del verano en retirada… Y cada día se maravillaba de los cambios que experimentaba su cuerpo y el hijo que llevaba dentro.  Pero la ropa que se había comprado hacía apenas un mes había hecho que se diera cuenta de que tenía que volver a ir de compras. Su mente calculó los ahorros con los que contaba, odiaba el hecho de tener que pedirle dinero a su marido o a su hermano. Ninguna de las dos opciones le resultaba agradable. Había pasado mucho tiempo luchando por su independencia, ¿Y ahora? Se sentía completamente atrapada por un hombre que era muy complicado, atormentado por su propio pasado. Aunque decir que estaba atrapada era demasiado simple para describir su vida. Porque tenía libertad, y además, la atención de Pedro. Por la noche habían empezado a hablar menos de joyas y más de sus esperanzas y sueños… Nombre para el bebé, planes de futuro. Todo aquello pintaba una imagen que temía fuera más un hechizo que la realidad, como si un mal giro pudiera hacer que todo se desvaneciera en el aire como un jirón de niebla otoñal. Llegó a una parte del bosque que daba a una impresionante vista del lago Lucerna y dejó escapar un suspiro, perdida en el modo en el que el horizonte se encontraba con el lago transparente como un espejo. La belleza paralela de los dos tonos de azul que estaban tan cercanos que parecían dos mitades de un todo. Algo rompería la armonía que había descubierto en la última semana. Sería ella, Pedro u otra cosa, pero sin duda sucedería. La frágil distensión que se había establecido entre ellos no podía durar. Regresó de su paseo con los músculos deliciosamente doloridos, aunque le molestaba un poco la presión de la cinturilla. Sacó el móvil, decidida a encontrar prendas más amplias por Internet, y entonces vió la pantalla con quince llamadas perdidas de su hermano. Una punzada de miedo le atravesó la mente mientras llamaba y esperaba a que Gonzalo se conectara. Cuando escuchó su voz gruñona respondiendo lo bombardeó con preguntas.


–¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo? ¿Estás bien?


–No sé, hermanita. Dímelo tú.


–¿Qué? –Paula se dejó caer en una silla al lado de la mesa, aliviada al escuchar que no sonaba enfermo. 


–Bueno, llevo un par de meses sin saber de tí… Y de pronto ¡Bum! Apareces en la portada de quince revistas distintas de varios países, embarazada y al parecer… ¿Casada? ¿Y tú me preguntas qué ocurre? Por Dios, Paula…


Paula sabía que había estado evitando pensar en Gonzalo. No podía encontrar las palabras para explicarle lo ocurrido. Y de pronto se dio cuenta de que había enterrado la cabeza en la arena y había tratado de ignorar la realidad. ¿Sería aquello lo que rompería el hechizo entre Pedro y ella? ¿La dura realidad?


Heridas Del Pasado: Capítulo 31

 –Si no hubiera sido por mí, estaría viva. Gonzalo habría tenido una madre y mi padre no hubiera escondido su dolor en la apatía, en una segunda esposa que prefería gastarse su dinero que estar con nosotros y unos acuerdos empresariales que casi nos destruyen –le puso una mano en el brazo–. No me culpo. No puedo. Sé que no es culpa mía, que no hay nada que yo hubiera podido hacer, no era más que un bebé. Pero sé algo sobre las pérdidas, Pedro.


Pedro guardó silencio un instante antes de hablar.


–Me alegra que tengas este collar contigo. Lo único que me queda a mí… –hizo una pausa al sentir aquella punzada familiar–. Lo único que tengo que perteneció a mis padres es el regalo que mi madre le hizo a mi padre la noche que murieron. Era su duodécimo aniversario de boda, y le había dado el regalo justo antes de acostarme a mí.


La respiración de Pedro se hizo más jadeante al recodar lo que había pasado después, pero hizo un esfuerzo por volver al presente.


–Está quemado, casi derretido y muy dañado por el fuego.


Paula frunció el ceño.


–¿Dónde está?


–En la cómoda de al lado de mi cama –respondió él encogiéndose de hombros.


Pedro la miró y vió lo que se había temido desde el momento en que la vió. En cierto sentido había sabido incluso entonces que Paula sería capaz de desenterrar su dolor, su tristeza… Entenderlas, incluso. Que ella sería quien derribara los muros que le rodeaban el corazón. Muros en los que él se había apoyado durante los últimos veinte años. Muros sin los que no sabría vivir. Porque eso significaría abrirse, sentir su vulnerabilidad y el mismo tipo de sensación de pérdida que estuvo a punto de destruirlo una vez. Paula lo besó entonces con compasión, como si entendiera su dolor. Y cobarde como era, él se perdió en aquellos besos, alimentando deliberadamente el fuego, despertando la pasión entre ellos.


–Pedro… –sus palabras se convirtieron en un grito cuando él la sacó en brazos de la ducha.


Los gritos de Paula se convirtieron en risas cuando la dejó en el suelo y la secó con la toalla más suave y esponjosa que había tocado en su vida. 


–Paula Alfonso, esto no es cosa de risa. Me tomo mis deberes muy en serio.


Aunque era una broma, ella no pudo evitar que se le cortara la risa.


–Lo sé –aseguró. Y no pudo evitar la vena de tristeza que acentuó sus palabras.


Sabía que era por cómo era Pedro, por lo que le había pasado, porque así era el hombre en el que se había convertido. Pero quizá… No por ella. Apartó de sí aquellos pensamientos y le acarició la mandíbula. Aquel hombre que le había ofrecido su compasión y su comprensión ante su propia pérdida, cuando parecía querer ocultarse de la suya. Le gustó la sensación de la firmeza de sus líneas y la suave barba corta que llevaba. El corazón le latió con fuerza cuando él le depositó un beso en la palma de la mano, luego en la muñeca y después en la cara interior del antebrazo. Sin duda no estaba bien desear tanto a alguien inmediatamente después de… A ella se le hizo un cortocircuito en el cerebro cuando le trazó con el pulgar la curva de un seno. Su cuerpo estaba extremadamente sensible desde el embarazo. Cuando le deslizó el pulgar por el pezón ya tirante, contuvo el gemido de placer que surgió en su interior.


–Cama. Ahora –exigió preguntándose desde cuándo se había vuelto tan empoderada.


–Como tú quieras –respondió Pedro levantándola del suelo y llevándola a la cama. La depositó suavemente sobre el colchón y se sentó a su lado.


Paula recordaría aquella noche durante el resto de su vida. Su acto amoroso fue exactamente eso, amoroso, dando y recibiendo un placer casi indescriptible mientras alcanzaban las cimas de un éxtasis imposible. Ninguno de los dos se contuvo por las dudas, ni por el temor a lo que pudiera suceder. Ambos se perdieron en una felicidad pura, sin adulterar e interminable. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 30

Paula se arqueó ante su contacto, como si deseara más desesperadamente y no pudiera seguir negándolo. Pedro la giró lentamente entre sus brazos, mirando los oscuros orbes marrones que lo observaban con intensidad. Se quedó mirando cómo ella se deslizaba la tela del vestido por los hombros, fascinado, hasta que por fin quedó delante de él vestida únicamente con las braguitas. Unos riachuelos de agua le atravesaban la suave piel que tanto anhelaba recorrer con la lengua. Ella le tomó las manos y se las pasó delicadamente alrededor de su propio vientre, y a él se le hicieron añicos los pensamientos entre la firmeza de las formas en cierto modo extrañas bajo sus palmas y el hecho de que su hijo estuviera dentro de ella, protegido por Paula, querido por ambos. Ella sonrió como si estuviera pensando lo mismo.


–Rodeado por los dos –susurró por encima del ruido del agua que los rodeaba.


¿Estaba mal desear cosas tan carnales de su esposa cuando estaba embarazada de su hijo?, se preguntó. Desde Malena, Pedro siempre había sentido que la intimidad tenía que ser carente de emociones, sin expectativas de esperanza o de traición, deseos que simplemente se satisfacían o se negaban, sin juicios ni presión. Pero ¿Esto? Aquella sensación de unión con su esposa amenazaba con acabar con él. Porque de pronto los deseos y las necesidades de él no importaban, solo importaba ella, lo que deseaba y lo que él podía darle. Cuando se metió en la ducha, lo único que quería era borrar la noche, hundirse en una satisfacción sensual que lo dejara sin pensamientos no deseos. Pero ahora lo único que le importaba era darle todo el placer posible, satisfacer todos sus deseos y anhelos. Deslizó un dedo por el lateral de las braguitas, bajándoselas lentamente por las caderas y los muslos hasta llegar al suelo. Le sostuvo el cuello con una mano, acercándola para besarla mientras se hundía con la otra mano entre sus piernas, arrancándole un gemido de los labios que hizo suyo aspirando profundamente su aliento. Quería todos sus gemidos, sus gritos de placer.


Paula se apretó casi al instante contra su mano, temblando con un deseo que iba parejo al suyo. Pedro sintió el temblor recorriéndole la piel bajo la capa de agua que caía sobre ellos. Maldijo entre dientes, ella estaba tan cerca del orgasmo que temía que precipitara el suyo. Apretó la dura erección contra la suave y firme curva del abdomen de Paula una y otra vez mientras sus gemidos se hacían más urgentes y cargados de deseo. Pedro se puso de rodillas, sosteniéndole la espalda con las manos, en una sensación más exquisita de lo que nunca pudo haber imaginado.  Siguió el trazo de su pulgar a lo largo del clítoris con la lengua y se estremeció bajo su gemido contenido de placer que soltó. La llevó una y otra vez hacia el clímax porque quería, necesitaba que ella estuviera tan perdida en la pasión como él. A medida que fueron acrecentándose sus gemidos también lo hizo el deseo de Pedro, pero se mantuvo en su sitio porque yo no se trataba de él y su deseo, sino de ella. Alcanzó el clímax entre sus manos, y sintió que nunca había experimentado nada tan magnífico ni tan bello en su vida. Paula estaba temblando y no le importaba. Se agarró a los hombros de Pedro como si fuera la única manera de mantenerse en pie. Había acudido a él para satisfacer las necesidades de Pedro y él solo se había dedicado a ella, pero no fue capaz de encontrar en su interior arrepentimiento, así que se centró en el placer que le recorría todo el cuerpo. Había llegado a pensar que se lo había imaginado, o que había agrandado el recuerdo de las alturas a las que le había llevado  aquella noche hacía casi cinco meses atrás. Pero ahora se daba cuenta de que no era así. Cada caricia, cada beso resonaba a través de su cuerpo como un canción, una melodía que le resultaba familiar y al mismo tiempo desconocida, nueva y maravillosa. Dejó caer la cabeza hacia atrás mientras el agua cálida le caía en cascada por el cuerpo. Se incorporó y la tomó en brazos.


–Pareces una sirena –dijo con un brillo en los ojos que acentuaba su color esmeralda.


–¿Una sirena redonda y embarazada?


–Estás preciosa.


–Adulador –bromeó Paula dándole una palmadita en el hombro.


–Para nada –afirmó él con voz grave sosteniendo con un dedo el collar de plata que le colgaba entre los senos desnudos–. Me gusta este colgante.


–Es lo único que conservo de mi madre –respondió Paula–. Murió al darme a luz a mí.


Pedro dejó escapar un suspiro y cerró los ojos.


–Lo siento mucho.


Ella sonrió como si quisiera restarle importancia al asunto.