jueves, 18 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 29

Abrió la puerta de su habitación, la que nunca había visto. Por un instante se sintió transportada a la noche que habían pasado en Andorra. Su habitación era igual de grande, lo bastante para contener el apartamento entero que Paula compartía con Ezequiel y Fernanda en Camberwell. Y era muy bonita. La cama sobresalía, como si estuviera flotando unos centímetros por encima del suelo. El cabecero estaba hecho en roble y ofrecía calidez a la pared lateral con inmensos ventanales que daban a la impresionante vista del lago Lucerna. Paula pensó que debía ser increíble por la mañana. En una esquina del dormitorio había un corredor que debía llevar al cuarto de baño, porque escuchaba el agua de la ducha.  Se quitó los zapatos y se dirigió a la ducha. Cuando dobló la esquina, la visión que obtuvo la dejó sin aliento. Tras el cristal de la enorme mampara de la ducha estaba Pedro con la cabeza inclinada bajo los poderosos chorros de agua, los brazos estirados contra la pared como si estuviera conteniendo las emociones de aquella noche. Durante un instante se permitió mirar cómo el agua caía en cascada por la impresionante anchura de sus hombros, deslizándose por sus músculos. Sus dedos sintieron el deseo de seguir el trazado de aquel camino por su piel, bajar por las piernas y pantorrillas. Nunca se había sentido tan hipnotizada por un hombre. Su ingenuo enamoramiento hacia Ignacio no había sido ni por asomo tan poderoso. Sin pensar en lo que hacía, puso la mano en el picaporte de la puerta de la ducha y la abrió. Captó su reflejo en el espejo interior, y vió que la única reacción de Pedro fue levantar una ceja, nada más. Ni siquiera giró la cabeza. Solo le dirigió una mirada interrogante que apenas reconocía su presencia. Pero se negaba a ser ignorada. No quería serlo ni en aquel momento ni nunca más. Se agarró la falda del vestido, atravesó el umbral de la ducha completamente vestida y se colocó bajo su poderoso brazo, mirándolo de frente. Pedro echó la cabeza hacia atrás incapaz por fin de escapar de ella.


–¿Qué estás haciendo? –preguntó.


Pero mantuvo los brazos donde los tenía, apoyados contra el muro, encajándola, como si estuviera poniéndose a sí mismo a prueba. El agua le empapó el vestido, haciéndolo tremendamente pesado, pero no le importó. Se quitó las horquillas que le mantenían el cabello sujeto y lo dejó caer por los hombros y la espalda. Pero lo único que quería, en lo único en que podía pensar, era en sentir las manos de Pedro en la piel, saborearlo con la boca y acariciarlo. Alzó las manos y le tomó con ellas la mandíbula, deslizando el pulgar por la barba oscura y suave. Paula lo miró a través de los ríos de agua que caían sobre ambos, ambos respiraban como si hubieran echado una carrera.


–Necesitas esto. Y yo también –dijo antes de rodearle el cuello con los brazos y atraerlo hacia sí para encontrarse con sus labios.


En cuanto sus labios rozaron los suyos, el corazón y la mente de Pedro se consumieron de deseo. Paula era irresistible. Su piel suave y húmeda, los labios carnosos… Lo quería todo. Se apoyó contra el frío cubículo de la ducha y la devoró, hundiendo la lengua y los dientes en ella. Durante un mes había evitado aquello, la había evitado a ella. No porque no la deseara, sino porque la deseaba mucho. La deseaba tan desesperadamente que apenas podía controlarlo. Pero tras aquella noche, tras todas las emociones que habían escapado del lugar donde las tenía bien encerradas, no era lo bastante fuerte para resistirse. Y que lo asparan si no agarraba todo lo que ella tenía que darle.


–¿Y el bebé? –preguntó. Aquella era la última barrera que le impedía dar rienda suelta a su deseo.


–Estará perfectamente –le aseguró besándolo de nuevo.


Pedro se apoyó en la pared y la rodeó para atraerla más hacia sí, apretándose contra ella.


–Todavía llevas el vestido puesto.


–¿Qué vas a hacer al respecto? –inquirió Paula con coquetería.


Pedro sintió el deseo de gruñir y golpearse el pecho como un animal. Quería arrancárselo del cuerpo. Mientras el agua caía en cascada desde arriba, se apartó de la pared y agarró la primera capa de tela del muslo de Paula. El manojo de tela empapado soltó más agua, que le resbaló por el brazo. Él soltó la tela.


–Date la vuelta –le ordenó.


Y tras dirigirle una mirada de absoluta confianza, Paula obedeció, girando la cabeza hacia un lado para dejar al descubierto la larga columna del cuello al agua caliente. El cabello le cayó por un hombro. Entre los hombros tenía la parte superior de la cremallera. Los dedos de Pedro la deslizaron lentamente, muy lentamente, y el peso del agua ayudó a que descendiera más deprisa, dejando al descubierto la longitud de su espina dorsal, la curva bajo las yemas de sus dedos que no podía dejar de recorrer con el pulgar. Ella se estremeció bajo su contacto, y Pedro quiso más. Así que le cubrió con besos la piel de la espalda, devorando cada centímetro que quedaba expuesto ante él. Con un brazo rodeándola y cubriéndole los senos, y con el otro bajándole la cremallera a la base de la columna, sintió como si estuviera sosteniendo la joya más preciosa del mundo entre sus brazos, y que ni era ni sería nunca digno de algo así.

martes, 16 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 28

Cerró los ojos un instante. La punzada de rabia contra Malena nunca había desaparecido del todo. De hecho, la había convertido en una lección que revisitaba cuando se sentía débil.


–En muy corto espacio de tiempo consiguió manejar mis sentimientos como una directora de orquesta. Sentía que estaba enamorado, y habría hecho cualquier cosa por ella. Fue muy clara respecto a lo que quería de mí. Hasta aquel momento nadie me había visto las cicatrices. No practicaba ningún deporte, y llevaba puesta la sudadera del colegio incluso en los días más calurosos del verano.


Pedro se apartó y dirigió la mirada hacia la oscuridad de la noche exterior.


–Tenía una cámara. Yo no lo sabía. Un periodista sin escrúpulos se había acercado a ella y a sus amigos y les había ofrecido una cantidad de dinero obscena a cambio de una foto mía. Pero aquello no fue suficiente para Malena. Consiguió más dinero por un artículo complementario en el que contaba cómo la había seducido para intentar aprovecharme de ella. Cómo me había puesto furioso cuando no hizo lo que yo quería. Una cruel ironía, porque fui yo quien me negué a acostarme con ella, quería que fuéramos despacio. Como si ser rechazada por una bestia como yo le hubiera dado en el ego. Sergio consiguió una orden para que no se publicara el artículo, pero ya era demasiado tarde. El rumor se extendió por el colegio y llegó a la prensa. El daño ya estaba hecho.


Paula estaba temblando. De furia, de sensación de injusticia… Por primera vez ella se sentía como la bestia. Quería destrozar algo, sentía la rabia por lo que había pasado Pedro, porque lo hubieran utilizado de aquella manera después de todo lo que le había tocado vivir.


–Siento de verdad lo que te pasó.


Pedro se encogió de hombros, como si rechazara la compasión que le estaba ofreciendo. Pero Paula no permitiría que la rechazara. Esta vez no. Le dió la vuelta para obligarle a mirarla.


–Pero tienes que saber que yo no te he visto nunca ni te veré como una bestia –hizo una pausa–. Y tienes que saber también que no todas las publicaciones de la prensa van por ahí tampoco.


Pedro gruñó y se dió la vuelta de nuevo, alejándose unos pasos de ella.


–¿Has pensado alguna vez que la razón por la que la prensa está tan interesada en tí no es por las cicatrices ni por tu reputación, ni por la pérdida de tu familia, sino porque sobreviviste? ¿Porque convertiste algo realmente terrible en algo maravilloso, una organización benéfica que ayuda a mucha gente?


Algo parecido a la esperanza brilló en los ojos de Pedro, y eso le dió fuerzas para seguir.


–Tal vez no estén horrorizados, sino asombrados por todo lo que has conseguido.


Pedro frunció el ceño al escuchar aquello, y Paula sintió que estaba intentando reanalizar la imagen que tenía de sí mismo. Pero antes de que pudiera percibir a qué conclusión había llegado, Matthieu se cerró.


–Me voy a la cama.


Y la dejó allí sola en medio del ancho espacio abierto. Paula no podía dejarlo así. No podía permitir que se fuera sin más. Estaba dolido, eso lo podía ver claramente. Durante un instante se limitó a quedarse allí. Quería ir a buscarlo, pero no estaba segura de si tenía el derecho a hacerlo. Pero si no lo hacía, podía ver cómo sería su futuro: Dos personas aisladas y solitarias compartiendo el mismo espacio, el mismo amor por su hijo, pero no juntas. Si le dejaba ir aquella noche, sentía que lo perdería para siempre. Siguió el camino que Pedro había tomado escaleras arriba hacia las habitaciones. A ella le habían asignado la que estaba al otro lado de la casa, lo más alejada posible de él. Pero no retrocedería, no se escondería, no lo abandonaría aquella noche.


Heridas Del Pasado: Capítulo 27

Pedro estaba furioso. Con la prensa, con Paula, consigo mismo. Por primera vez en su vida no podía culpar a alguien más. Él solito había cumplido con su reputación de bestia en el momento en que empujó a ese fotógrafo contra la pared. Eran sus acciones y su pérdida de control lo que había alimentado la obscena atención de los titulares. Antes de la gala, había ajustado el móvil para recibir cualquier publicación de las redes sociales relacionada con él o con Paula. Y el teléfono que ella sostenía entre las manos temblorosas seguía emitiendo sonidos. Porque había perdido el control. Porque el maldito fotógrafo le había pillado con las defensas bajas y él había permitido que saliera toda la rabia y la violencia. Cerró los ojos, pero tenía grabado en la memoria el retrato familiar que su padre había encargado meses antes del incendio. Tenía que reconocer el gran talento artístico de la obra. Porque las horas que debió invertir el autor para crear semejante maravilla habían captado la verdad de su familia. La alegría y el amor que brillaban en sus ojos hacían que cobrara mucho más valor teniendo en cuenta los eventos siguientes. Apenas recordaba cómo ni cuándo se pintó, porque casi nunca permitía que los recuerdos del pasado atravesaran la puerta de acero que había cerrado tras ellos cuando salió del hospital. Porque si no lo hubiera hecho, no tenía muy claro que hubiera sobrevivido. Y ahora que lo había visto, ahora que los recuerdos empezaban a colarse a través del pequeño hueco que se había abierto hacía apenas unas horas, cerró la puerta de la bóveda con fuerza con la esperanza de que no volviera a abrirse.


–Pedro… 


–Te lo advertí. ¡Te dije lo que pasaría, pero de todas formas fuiste! – no le gustaba estar gritando.


–Yo no… Lo siento.


–Tu disculpa no significa nada –le espetó con crueldad–. Necesito que lo entiendas. Que entiendas que así son las cosas para mí. Que esto es lo que significa estar casada conmigo, y así será para nuestro hijo también. Que siempre habrá periodistas acosándonos, siguiendo cada uno de nuestros movimientos. Siempre ha sido así desde…


Pedro se estremeció y ella le puso la mano en el brazo para intentar que se girara a mirarla. Él tuvo que hacer un esfuerzo para no quitársela. Porque necesitaba que lo entendiera.


–Tras el funeral, me perdí la mayor parte del furor de la prensa. Sergio y la dirección del hospital consiguieron mantenerla alejada de mí entonces. Así que no estaba preparado para lo que sucedió. Pero necesito que tú sí lo estés.


–¿Qué ocurrió, Pedro?


Pedro dejó escapar un suspiro.


–¿Sabes cuándo fue la primera vez que me llamaron bestia? Una cosa eran las cicatrices, pero tenía diecisiete años cuando acuñaron esa expresión –se giró entonces, porque necesitaba que Paula lo viera.


Ella lo miraba atentamente, tan menuda, tan perfecta y frágil.


–Sergio quería que yo llevara una vida normal –comenzó a decir–. A los diecisiete años ya me encontraba lo bastante bien como para ir al colegio, pero fue difícil. Para aquel entonces me había pasado seis años entre adultos, enfermeras, médicos y profesores particulares. Tenía muy poca experiencia con gente de mi edad. Así que me encerré en mí mismo. Mantuve la cabeza gacha y estudié. Me esforcé mucho y me fue bien. En cuanto a las cicatrices… Resultó que despertaron una gran curiosidad entre los alumnos. Cuando una de las chicas más guapas del colegio me pidió que la ayudara con los deberes, yo…


Pedro dejó escapar un suspiro al recordar lo ingenuo que fue de joven.


–Cuando me dí cuenta de que estaba coqueteando conmigo, estaba asombrado, ansioso… Desesperado, diría yo. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 26

Y de pronto, Paula se enfadó. Se enfadó porque no era capaz de mirarla, y mucho menos de hablar con ella. A medida que se acercaban a la casa, más furiosa se ponía. Sentía como si estuviera regresando a la prisión. Una prisión en la que su marido apenas toleraba su presencia. Hubo momentos en su infancia en los que se sentía extremadamente sola, cuando su padre, su madrastra y su hermano discutían de dinero tras las puertas cerradas, «Cosas de mayores» en las que no le dejaban participar. En las que tomaban decisiones sobre su futuro y el futuro de Paula, en las que ella no tenía nada que decir. Se prometió entonces que nunca volvería a verse en aquella posición. Y la única vez que había elegido algo para ella, la única vez que había seguido su instinto, las consecuencias la habían llevado de nuevo detrás de otras puertas cerradas, bajo el control de su marido. Pedro del salón. Pero esta vez, cuando él se giró hacia su despacho, la puerta que ella nunca atravesaba, ella decidió que no podía seguir soportándolo. Sabía que estaba furioso, pero ella no quería vivir en el silencio, no seguiría evitando aquello ni un minuto más.


–Pregúntame por qué he ido a la gala de esta noche –exclamó en voz alta.


Pedro se detuvo con la mano en el picaporte. Paula se dió cuenta de que estaba sopesando si entrar en aquella estancia y encerrarse allí o girarse y atender a su demanda. Finalmente se dió la vuelta y clavó la mirada en la de su esposa.


–¿Por qué fuiste esta noche a la gala, Paula?


Su tono era mecánico a propósito, y eso la enfadó todavía más. Le resultaba muy frustrante no poder llegar a él, no poder atravesar las barreras que Pedro había levantado entre ellos.


–Fui porque la señora Alfonso estaba invitada a la gala, y quería verla. 


Pedro frunció el ceño.


–Eso no tiene ningún sentido.


Paula resistió el deseo de dar un pisotón fuerte.


–Fui porque no sabía quién soy como tu esposa. ¿Paula Chaves? Sí, de hecho estaba empezando a conocerla antes de que pasara esto. Ella estaba empezando a encontrar su libertad. A tomar sus propias decisiones –aseguró, desesperada por explicarse, por llegar a él, por conectar–. Pero ¿Paula Alfonso? Es nueva para mí. Fui a la gala porque quería conocerla, ver si era distinta, más segura de sí misma… Más poderosa, incluso. Y tal vez, solo tal vez, ir a la gala que celebraba la organización benéfica de mi esposo me ayudara a entender un poco más quién es él, aunque no estuviera. ¡A entender por qué es tan obtuso!


No había sido su intención gritar, pero así terminó su pequeño discurso. Gritándole. No recordaba haber gritado nunca a nadie antes en toda su vida. Durante un instante, tuvo la sensación de que sus palabras no tenían ningún efecto. Ninguno en absoluto. Parecía como si Pedro estuviera hecho de hormigón. El móvil le volvió a sonar unas cuantas veces, rompiendo el silencio entre ellos.


–Bueno, pues está claro que ya lo has visto. Y la prensa también – gruñó Pedro girándose hacia ella–. ¿No te has parado a pensar que lo de esta noche era lo que llevo casi diez años queriendo evitar? Intenté advertirte respecto a la prensa, que son unos buitres que harían cualquier cosa para tener un destello de «La bestia» y de la persona inocente que ahora está unida a él.


A Paula se le rompió el corazón al escuchar sus palabras. ¿De verdad era así como los veía?


–En cuanto pusiste un pie en la alfombra roja, el mundo entero supo que estás casada conmigo y esperando un hijo mío.


–Tengo que reconocer que no había pensado demasiado en ello.


–No podemos permitirnos el lujo de no pensar las cosas demasiado. Ahora no.


–Pedro, la prensa iba a terminar enterándose de todas formas – murmuró Paula.


–Cuando nosotros lo consideráramos. ¡No en un momento que pudiera impactar a la organización benéfica! 


Volvió a sonar su móvil.


–Oh, por el amor de Dios, ¿Qué le pasa a tu teléfono? –inquirió Paula.


–¿De verdad no lo sabes? –contestó él con incredulidad–. Mira –dijo pasándoselo–. Echa un vistazo. 


Paula agarró el móvil y fue pasando página tras página de titulares de las redes sociales sobre «La bestia» mostrando su auténtica naturaleza, la bestia que se había casado con una inocente. Algunos cuestionaban incluso si ella estaba a salvo con él. Los dedos le temblaron. Sí, había algunos comentarios positivos respecto a cómo Pedro Alfonso había encontrado por fin la felicidad, y sobre el rotundo éxito de la gala benéfica, la alegría de contar con un heredero de la dinastía Alfonso. Pero Paula detuvo el dedo en la última imagen. La imagen de Pedro detrás suyo, ella con la mano en la boca por el impacto y con lágrimas en los ojos mientras ambos miraban el retrato de él con sus padres. Y la violación de aquel momento la destrozó por completo, porque en sus intentos de encontrarse a sí misma, había llevado al lobo directamente a la puerta de Pedro. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 25

Durante un instante no se atrevió a darse la vuelta, no se atrevió a mirarlo. Pedro estaba detrás de ella, y lo sentía a pesar de la distancia que los separaba. El impacto, el dolor, la rabia… Paula lo absorbió todo como una esponja. Unos instantes después se escuchó el sonido mecánico de un flash seguido de un destello cegador. Paula se encogió. Sus ojos tardaron unos segundos en ajustarse cuando se giró hacia el fotógrafo, que estaba solo a unos metros. En cuestión de segundos la sala se llenó de flashes, y Pedro pasó por delante de ella para empujar al hombre contra la pared. Los guardias de seguridad corrieron a separarlos. Se apartó del guardia. Detrás de él, el fotógrafo le gritaba algo a su marido, y sin decir una palabra más, se giró sobre los talones y salió de la sala. Paula corrió tras él, siguiendo el sonido de sus rápidos pasos. Pasó por delante de Leticia, que tenía una expresión de agobio, y siguió a Pedro mientras salía del edificio a través de una discreta puerta y se dirigía a los jardines del museo.


En cuestión de minutos llegaron al pequeño helicóptero. Mientras el piloto encendía a toda prisa el motor, Pedro sostuvo la puerta para que ella entrara. Todo su cuerpo reflejaba tensión. Paula subió al helicóptero y se colocó al fondo para dejarle sitio a Pedro. Pero en lugar de sentarse a su lado, cerró la puerta y se sentó al lado del piloto. Ella podría haberse movido al centro, pero no lo hizo. Se quedó en la esquina más lejana, agarrándose al extremo del asiento mientras el helicóptero se elevaba del suelo para surcar el cielo de la noche. Todo a su alrededor era oscuro: El ambiente, la luz, el paisaje que había debajo, la manta de culpabilidad que la envolvía… Aquella era la primera vez que había visto un destello de la amplitud del dolor de su marido. Paula no había conocido a su madre. Murió al darle a luz a ella. Su dolor era como un fantasma, más ausente que real. Sí, había sentido pérdida, rabia y frustración, pero de un modo algo desapegado, como si en realidad no supiera lo que se estaba perdiendo. Pero para Pedro era distinto. Muy distinto. El helicóptero aterrizó en el helipuerto que había en la parte trasera de la propiedad de Pedro en Lucerna, arrancando a Paula de sus pensamientos. La puerta de atrás se abrió y la forma imponente de él envuelta en sombras la ayudó a salir. Mientras ella lo seguía a través de la oscuridad, con el ruido del motor del helicóptero detrás, escuchó la campanita de aviso del móvil de Pedro. Una vez. Dos. Una breve pausa, y luego otra vez. Y otra. Pero él lo ignoró, del mismo modo que la estaba ignorando a ella.

jueves, 11 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 24

Paula lo miró sonriente y le tomó la mano, deslizando los dedos en los suyos, y se maravilló ante la descarga de electricidad y felicidad que la atravesó cuando se la apretó suavemente. Aquel gesto decía mucho más que sus breves y cuidadosamente elegidas palabras. Pedro miró a su alrededor con la mano de ella en la suya. Tras aquella primera gala hacía casi diez años atrás, en la que la prensa había hablado de su apellido como si fuera una maldición, había prometido no volver. Pero al hacerlo, ¿No se había apartado de lo que la organización benéfica había conseguido? Ver a los cientos de personas que había allí y que habían recibido su ayuda… Estaba a punto de girarse hacia Paula cuando Leticia apareció a su lado.


–Todavía queda algo de tiempo antes de la cena, y el señor Keant pensó que a lo mejor les gustaría disfrutar de una visita privada por la exposición que el museo ha preparado para la gala.


–¿Podemos? –preguntó Paula esperanzada.


Los ojos le brillaban con tanta emoción que no fue capaz de decirle que no.


–Adelante –dijo haciendo un gesto a Leticia para que los guiara.


Se dirigieron hacia los corredores escasamente iluminados hacia una serie de salas.


–Si tienen alguna duda respecto al artista, por favor no duden en preguntar –dijo Leticia antes de desabrochar el cordón rojo de la entrada a la primera sala.


Pedro y Paula entraron. Las paredes blancas dieron paso a las increíbles salpicaduras de color de las enormes pinturas que colgaban estratégicamente de la pared, guiando al espectador a través del espacio no cronológicamente ni en base a una temática, sino más bien por las formas y los colores. Paula caminó entre las pinturas, acercándose a los lienzos como si tratara de averiguar qué se escondía detrás de ellas. Mientras  observaba las pinturas, Pedro parecía incapaz de no observarla a ella. Su reacción, la manera de disfrutar, cómo arrugaba ligeramente la nariz cuando se encontraba con algo que no le gustaba, la manera en que los ojos se le iluminaban cuando descubría alguna obra maestra que nunca pensó que vería en persona. Se sentía maravillado no solo por la belleza de Paula, sino también por su propia capacidad para mantenerse alejado de ella durante aquellas últimas semanas. Se movieron de sala en sala con Leticia un poco más alejada de ella, ofreciéndoles una falsa sensación de intimidad, pero Pedro apenas apartó un segundo los ojos de Paula. Por eso tardó unos instantes en verlo por sí mismo. El cuadro. El que nunca había visto hasta ahora.


Paula estaba abrumada por la belleza de todo aquello. Habían llegado a la última sala de la pequeña pero exquisita exposición, y aunque había un enorme Hockney que ocupaba casi toda una pared, no pudo evitar sentirse atraída por un lienzo mucho más pequeño que representaba a una pareja y un niño, unos frente a otros y riéndose juntos. No era el típico retrato formal, este era uno que te hacía sonreír. Frunció un poco el ceño al mirar al padre, había algo en él que le llamaba la atención, y dirigió la mirada hacia la pequeña placa blanca para ver el nombre del arista y de la familia. Sintió como si le hubieran arrojado encima un cubo de agua, y no pudo evitar contener un gemido. Se llevó la mano a la boca mientras dirigía la mirada de nuevo hacia los detalles de la imagen del padre y la madre de Pedro… Y del niño que una vez fue. Una oleada de tristeza se apoderó de ella mientras se maravillaba ante el modo en que el artista había conseguido captar el amor que brillaba en los ojos del padre de Pedro al mirar a su mujer y a su hijo. La madre solo tenía ojos para el pequeño Pedro, pero había puesto la mano en el brazo del padre, como si su conexión fuera y sería siempre inviolable. Pero lo que más le impactó fue la alegría. La alegría de tenerse unos a otros… Una alegría que sería arrancada de cuajo menos de un año después. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 23

Paula había sentido la presencia de Pedro de una forma casi física mientras hablaba con la pareja. Había encontrado un gran alivio en su conversación fresca y fácil en comparación con la charla banal de las celebridades que habían asistido a la gala. Sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos y experimentó un hormigueo en la parte posterior de su cuello. Cuando finalmente lo vio avanzando con determinación hacia ella entre la gente, se quedó sin aliento. Llevaba un esmoquin color azul oscuro cuya tela se le ajustaba a los hombros imposiblemente anchos. El cabello oscuro y la barba acentuaban la firmeza de su mirada, que pareció ablandarse un instante al ver a la joven familia. El niño, Joaquín, se había visto atrapado en un accidente de coche que rápidamente se convirtió en una amenaza para su vida cuando el depósito de gasolina explotó y empezó a arder. El director de la organización le había soltado un flujo imparable de palabras a su marido, al parecer no se había dado cuenta de que estaba en un estado de ánimo algo oscuro. Pero Pedro no apartó los ojos de ella ni una vez. Lo sintió casi como algo físico, una caricia. Una promesa de algo que no podía identificar.


–Me gustan tus pulseras –dijo el niño acercándose a la muñeca de Paula para agitarlas y hacerlas sonar. 


–Gracias, Joaquín –respondió Paula, incapaz de disimular el tono de orgullo de su voz–. Las he hecho yo.


–¿Haces joyas? –preguntó el pequeño.


Paula pensó en las cajas que había enviado a Italia. Al principio no sabía muy bien cómo incorporar su pasado a este nuevo presente, su matrimonio. Pero a lo largo de las últimas semanas había esbozado en un cuaderno algunas ideas. La belleza natural de las estructuras del bosque, el lago, los árboles y las hojas, la superficie prístina del lago…


–Así es –afirmó con decisión, consciente de que aquello formaba parte de ella, tanto como el bebé que crecía en su interior.


–¿Y tú qué quieres hacer cuando seas mayor? –preguntó Pedro con un tono de voz que Paula no creía haberle escuchado nunca.


Joaquín la miró y dirigió una mirada de reojo a sus padres, como para preguntarles si estaba bien hablar con un desconocido. Al recibir sonrisas de apoyo, respondió:


–Voy a ser bombero –aseguró con orgullo y decisión.


–Qué trabajo tan emocionante –dijo Pedro–. Y tan importante.


–Ya lo sé –respondió el niño señalando sus cicatrices con la naturalidad propia de los niños.


Pedro se agachó y se colocó a su altura.


–Yo también tengo –susurró a modo de confidencia tirando del cuello de la camisa como una vez hizo con ella.


Paula sintió que se le erizaba la piel mientras escuchaba cómo su marido y aquel pequeño comparaban sus cicatrices y competían sobre sus tratamientos, viendo por primera vez cómo sería con su hijo. El vínculo que anhelaba que se formara entre ellos.


–¿Seguro que no quieres ser médico cuando seas mayor, en lugar de bombero? –preguntó Pedro.


–Me gusta más el camión de bomberos.


El grupo se rió, pero su risa quedó interrumpida en seco por el discurso de bienvenida a la gala. Benjamín habló con gran claridad y presentó las inspiradoras historias de algunos de los presentes antes de darle las gracias finalmente al propio Pedro. Paula se estremeció al sentir cientos de ojos en ella y en el poderoso hombre que tenía a su lado, que se las arregló para disimular la incomodidad que sin duda debía estar sintiendo mientras aceptaba con elegancia el reconocimiento y el agradecimiento del director. Cuando cesaron los aplausos y Joaquín y su familia desaparecieron entre la gente, se giró finalmente hacia su marido.


–¿Te arrepientes de haber venido esta noche? –le preguntó.


Pedro se tomó su tiempo antes de responder.


–Todavía no, pero la noche acaba de empezar –aseguró con tono irónico.