jueves, 11 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 22

Pero Paula no sabía dónde se estaba metiendo. Los famosos y las celebridades que asistían a ese evento se alimentaban de chismes y dramas. Y el descubrimiento de que no solo se había casado, sino que además su esposa estaba embarazada, sería un alimento irresistible para los titulares del día siguiente. Los dos hombres vestidos de negro apostados a ambos lados de la puerta se hicieron a un lado para permitirle la entrada al museo. Una mujer menuda y rubia con gesto adusto lo recibió. Leticia, la ayudante del director, le contó sin adornos que Paula había llegado treinta minutos antes, que la había recibido Benjamín Keant, y que la prensa se había lanzado sobre ella ávida al conocer su identidad. El discurso inicial comenzaría dentro de cinco minutos y la cena en treinta. La salida más rápida posible sin despertar demasiada atención sería después de la cena. Pedro asintió mientras llegaban a una puerta discreta, digiriendo la información antes de cruzarla y aparecer en el gran vestíbulo del museo donde se estaba celebrando la recepción principal. La vió de inmediato, y se detuvo en seco. Estaba impresionante. Llevaba puesto un vestido azul noche cubierto de diminutas lentejuelas. La tela le marcaba cada curva, cada centímetro de la perfecta protuberancia que le asomaba bajo el abdomen y se le extendía por los muslos. Unos tacones con destellos de plata completaban el conjunto. Todo el interior de Pedro rugió de satisfacción. Por fin había encontrado lo único que le interesaba desde que salió del gimnasio y se retiró a su oficina a primera hora del día, sin imaginar en ningún momento que ella le desafiaría. Paula estaba hablando con una pareja. La mujer sostenía en brazos un bebé y el hombre llevaba de la mano a un niño de unos siete años. Ella se ría. Y eso fue un duro golpe para él. No la había visto reír desde aquella noche en Andorra. Pedro miró al niño, que tenía una sonrisa de oreja a oreja a pesar de la enorme cicatríz que le cruzaba la cara hasta el cuello. No tenía manera de ocultar la piel dañada, como podía hacer él. Sintió una fuerte puñalada de dolor en el pecho, impactante y poderosa. Miró a su alrededor y vio a los invitados a la gala benéfica, todos más que dispuestos a donar para aquella causa digna. Y sí, algunas miradas se dirigieron hacia él, pero la mayoría de los asistentes estaban envueltos en sus propias conversaciones. Allí había personas afectadas igual que él, algunas más y otras menos.


Pedro sintió un escalofrío en la columna vertebral. Durante todo aquel tiempo se había mantenido alejado de aquello, diciéndose a sí mismo que no quería restarle atención a la obra benéfica. Pero se preguntó por primera vez si aquella era la verdadera razón por la que había evitado asistir a la gala durante tantos años. Porque allí había gente igual que él, con cicatrices como las suyas, que en lugar de esconderse, se alzaban orgullosamente bajo las luces del museo sin dejar de sonreír. En aquel momento, como si hubiera notado su presencia, Paula captó su mirada y un abanico de emociones cruzaron por su rostro. Sorpresa, preocupación, arrepentimiento y compasión. Y lo único que quería ver era deseo. El mismo que se había apoderado de él. Apartó de sí aquella repentina excitación y se acercó a ella con pasos firmes y decididos.


–Pedro… –murmuró Paula con voz acongojada–. Has venido.


–Sí –consiguió decir a pesar del resentimiento que sentía.


–Gracias –dijo ella con una sonrisa calmada.


Y, en aquel instante, Pedro tuvo una revelación del tipo de madre que sería. Aquella noche en su oficina le había dicho que sería fuerte, desafiante y decidida. Pero ahora podía ver que también sería amable y amorosa, comprensiva… Todo lo que había sido su propia madre.


–¡Señor Alfonso! –exclamó Benjamín Keant al encontrarse con él–.Qué alegría verlo aquí.


Pedro no hizo mucho caso a las divagaciones del director, pero no podía sacudirse la mirada vigilante de su esposa… Una esposa que veía demasiado. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 21

En aquel momento se acercó un hombre vestido de traje con una elegante carpeta. 


–Bienvenida.


–Señora Alfonso –murmuró ella en un hilo de voz.


La expresión del hombre habría resultado cómica en otras circunstancias.


–Por supuesto –afirmó sacudiendo la cabeza con fuerza–. Un placer conocerla. No esperábamos su presencia, dadas las circunstancias… – sonrió mirando hacia su vientre–. ¿Me permite darle la enhorabuena, señora Alfonso?


Paula no pudo evitar sonreír a su vez mientras se llevaba la mano al vientre. Fue entonces cuando el primer destello de un flash cayó sobre ella, casi cegándola, y los periodistas empezaron a hacerle preguntas todos a la vez. Vió por el rabillo del ojo al hombre haciéndole un gesto para que lo siguiera, y se dirigió hacia la gala con el corazón latiéndole con fuerza.


–Lamentablemente, el señor Alfonso no ha podido asistir a nuestra gala de Lausana durante muchos años, pero seguimos enviándole la invitación por cortesía –afirmó el hombre–. Estamos encantados de que haya venido usted.


Aquellas palabras le sonaron sinceras y amables a Paula, lo que calmó sus reticencias iniciales. 


–Es muy amable por su parte decir eso. ¿Cuál es su nombre?


–Benjamín Keant –se apresuró a responder él–. Encantado de conocerla, señora Alfonso. Permítame presentarle a algunos de nuestros invitados. Y también puedo responder a cualquier pregunta que tenga sobre nuestra organización.


Paula sonrió.


–Genial. ¿Qué le parece si empieza a explicarme todo desde el principio?


Escuchó con la mayor atención que pudo el comienzo de la explicación, pero se distrajo un poco al ver que era objeto de la curiosidad de muchos invitados. Pero entonces escuchó unas palabras de labios de Benjamín que dispararon las alarmas de su mente y su corazón. 


–Y el dinero que recaudemos aquí no solo va a los centros médicos que tratan las quemaduras de estas lesiones tan graves, sino también como apoyo financiero a las familias que no pueden hacer frente a los costes desorbitados de estos tratamientos tan largos.

 

Paula sintió un escalofrío y entendió al instante por qué Pedro no había querido ir. No tenía nada que ver con ella, sino con su propio y atroz sufrimiento. 




Mucho antes de que las palas giratorias del helicóptero desaceleraran tras aterrizar en el discreto helipuerto situado en la parte posterior de los jardines del museo, Pedro ya tenía las mandíbulas completamente apretadas. No quería estar allí. Hacía diez años que no asistía a aquella gala. Los recuerdos se apoderaron de su mente, haciéndole hervir la sangre. Qué ingenuo había sido entonces al pensar que la organización benéfica sería una gran ayuda. Desde el primer momento, cuando fue víctima del destello del flash del primer paparazi, se dió cuenta de que los buitres no habían acudido para apoyar aquella obra benéfica, sino para deleitarse en las heridas que le había dejado la pérdida de su familia. Toda la repercusión mediática estuvo centrada en el famoso Pedro Alfonso, y apenas hubo un par de líneas sobre el legado que había querido crear. Aquella noche juró no volver a asistir nunca a aquella gala, no manchar su contenido con su presencia y su incipiente reputación como «La bestia». Lo que hizo fue dejar la dirección de la organización en manos de un hombre increíblemente eficaz. Jamás se había arrepentido de haber fundado aquella organización: Sencillamente, no quería tener ninguna relación personal con ella. 

martes, 9 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 20

Y Paula sintió de pronto un gran enfado porque Pedro creía que ella no querría asistir a una gala benéfica a la que habían sido invitados. Enfadada porque insistía en dejarla sola en aquella enorme y lujosa finca. Porque sentía que tenía que explicar o justificar sus movimientos. Se suponía que no estaba atrapada allí y podría entrar y salir cuando quisiera.


–No vamos a asistir –afirmó entonces él con tono decidido–. Tengo asuntos de los que ocuparme.


–Bueno, pues yo no –la idea de pasar otra noche sola se le hizo de pronto insoportable.


Pedro la miró entonces como si sus deseos y necesidades no importaran. Como si Paula fuera un bicho raro al que de pronto le hubieran salido dos cabezas y cuatro brazos. Se había cansado de tratar al padre de su hijo con paños calientes.


–Así que yo voy a ir –aseguró mirando el rostro repentinamente pétreo de su marido–. Tú no tienes por qué venir. De hecho, preferiría que no lo hicieras. No quiero que me estropees la noche, como has hecho con todos los días desde nuestra boda.


Paula sintió la fuerza de una nueva determinación surgir en ella.


–Me niego a vivir así, Pedro. Sí, me has ofrecido todas las comodidades materiales, pero las personas no pueden vivir tan aisladas, y eso me está volviendo loca. Creo que no he tenido una conversación más larga con nadie más allá del «Hola, ¿Cómo estás? Bien, gracias, y tú?» desde hace tres semanas y media. Sé más sobre Adrián, tu chófer, que tiene tres hijos, por cierto, no sé si lo sabes… Y le gusta el café con un toque de caramelo. Dime, Pedro, ¿A ti cómo te gusta el café?


Era como si la presa se hubiera roto dentro de ella tras aquel silencio interminable de las últimas semanas, y las palabras sin sentido salieran a borbotones como una inundación. Paula estaba casi sin aliento por la velocidad a la que había pronunciado su pequeño discurso, y ahora lo contuvo esperando a ver cómo respondería Matthieu.


–Cómo me gusta mi café es irrelevante, Paula. Ni nosotros, ni tú, ni yo ni cualquiera combinación posible vamos a ir a la gala. Si quieres salir, Adrián te llevará donde quieras. Pero solo si se trata de un lugar con muy pocas posibilidades de que te descubra la prensa. Y como ese no es el caso de la gala de esta noche, no vas a asistir.


No debería haberse sorprendido. Pedro se marchó con paso firme de la estancia sin decir una palabra más, y ella se sintió más furiosa todavía que antes. Con prensa o sin ella, no seguiría prisionera en aquel lugar por más tiempo.



Paula se sentó en la parte trasera de la limusina. Había ido hablando de banalidades con Adrián durante gran parte del camino desde que salieron de casa de Pedro en Lucerna, y lo agradecía, porque si no hubiera tenido mucho tiempo para pensar durante las dos horas y media de trayecto. Para preguntarse qué estaba haciendo y cómo reaccionaría Pedro cuando se diera cuenta de que había desafiado su mandato y se había escabullido de sus dominios como una fugitiva. Aquella había sido la primera vez que se enfrentó a él, pero Pedro no lo había entendido. Ella necesitaba esto. La señora Alfonso. ¿Se podía decir que lo era, teniendo en cuenta que no habían consumado su matrimonio? Y aunque fuera así, ¿quién era aquella desconocida señora Alfonso? Había sido muchas cosas: La hija de un duque exiliado, la hermana de un playboy internacional, estudiante de arte, empleada de una cafetería, joyera… Pero ahora era esposa y pronto sería madre. Y sintió una punzada de miedo en el vientre, porque no sabía cómo ser aquello. Había pensado ponerse en contacto con su hermano, pero Gonzalo había estado inusualmente ocupado recientemente, y había aceptado sin más su explicación de que había ido a pasar una temporada en Suiza con una amiga en lugar de interrogarla para sonsacarle hasta el último detalle, como solía hacer. En cuanto a su padre… Podían pasar meses sin que hablara con él. Había pensado ponerse en contacto con Fernanda y Ezequiel, pero, ¿Qué les iba a decir? «Eh, busqué al padre de mi hijo y resulta que es multimillonario, me he casado por el bien del niño y me he ido a vivir a sus aislados dominios».


–Ya hemos llegado, señora Alfonso –dijo entonces Adrián.


Fue entonces cuando Paula se dió cuenta de que no había pensado bien lo que iba a hacer. No esperaba encontrarse una alfombra roja, ni un enjambre de paparazis rodeando la entrada del lujoso edificio donde se estaba celebrando la gala. Salió de la limusina como un autómata. ¿En qué estaba pensando para ir allí? ¿Sabrían quién era, o pensarían que se trataba de una impostora tratando de colarse en la gala? Por lo que ella sabía, nadie la conocía, nadie sabía que era la señora Alfonso. 


Heridas Del Pasado: Capítulo 19

Paula estaba sencillamente espectacular. Los largos y oscuros rizos le caían sobre los hombros desnudos, rozándole la cintura. Las mallas se ajustaban a las fuertes y bien torneadas piernas, y Pedro sintió de pronto el deseo de acariciarle el muslo. En su mente surgieron los recuerdos de aquella noche, pero cerró al instante la puerta a aquellas ideas. Miraba fijamente la forma en que la camiseta le dibujaba la forma de los senos y le marcaba la creciente curva del vientre. No. Ya no era una curva. Durante las últimas semanas se había convertido definitivamente en un bulto. Se maravilló ante cómo su cuerpo había cambiado solo unas semanas después de la boda, y no pudo evitar experimentar una contundente sensación de posesividad. 


Paula le había escuchado soltar una palabrota, y le sorprendió que fuera la misma que ella pronunció para sus adentros. No esperaba encontrarlo allí después de su largo paseo por el lago, estaba convencida de que se había marchado a la oficina antes del amanecer, como había hecho cada día desde la boda. Pero ahí estaba. Y la miró… Y a ella se le hizo literalmente la boca agua. «¿En serio soy así de básica?», pensó para sus adentros. Y sí. Al parecer sí lo era. Pedro llevaba unos pantalones de chándal grises colgados de las estrechas caderas, mostrando los tensos músculos que había debajo de la cinturilla. No llevaba camiseta y resultaba absolutamente magnífico. La anchura de los brazos, la fina capa de sudor que le cubría la piel… Paula se lo comió con los ojos. Las cicatrices ya no eran algo en lo que se fijaba, sino algo que destacaba sus músculos esculpidos cada vez que hacía un movimiento con el cuerpo. Lamentó que agarrara la camiseta que colgaba de la barra de la cinta de correr y que cubriera su belleza masculina pura, y odió también que él pensara que tenía que cubrir su cuerpo delante de ella.


–Quería hacer un poco de yoga, y pensé que…


Sentía que tenía que llenar el silencio, en caso contrario se iban a quedar mirándose el uno al otro como combatientes enfrentados contra… ¿Contra qué? ¿Sus deseos? Porque Paula sabía que la deseaba. Podía verlo en su mirada. Y aquello hacía que su ausencia prácticamente continua se hiciera más difícil de soportar.  Ela atajó aquellos pensamientos que le resultaban un poco victimistas y se acercó a la colchoneta que estaba frente a los grandes espejos.


–Por supuesto –dijo Pedro haciendo amago de marcharse.


–Yo… –empezó a decir ella.


Y se detuvo. Pedro parecía confundido, como si no entendiera por qué querría seguir hablando con él, estar allí. Maldijo para sus adentros. No podía seguir así. No quería vivir así. Dos personas separadas en la misma casa, sin apenas verse ni hablarse.


–Había pensado en ir en coche a la ciudad esta mañana.


–¿Tienes cita con la médico? –preguntó Pedro, sorprendido.


Aquella era una de las últimas cosas que habían hecho juntos, ir a ver a la ginecóloga a su moderna consulta. Pero no tenían cita con la doctora Klein hasta dentro de tres semanas.


–No –respondió ella sacudiendo la cabeza–. Quería ir de tiendas. A comprarme un vestido para la gala.


 –¿Qué gala?


Paula se estremeció ante su tono, helado como un carámbano, y frunció el ceño, preguntándose si era la compra del vestido lo que le molestaba o asistir a la gala a la que les habían invitado. Había sido la primera y única correspondencia desde que llegaron dirigida al señor y la señora Alfonso. Aquello le llamó la atención. Le sorprendía que la reconocieran como su esposa, le había llamado la atención. Todavía le costaba trabajo entender que su matrimonio se hubiera convertido en un acontecimiento público. Luego vio la insignia de plata de Industrias mineras Alfonso en la esquina inferior derecha del sobre de la invitación. En cualquier caso, daba igual. Era la señora Alfonso y como tal tenía todo el derecho a abrir una carta dirigida a ella.


–La gala de esta noche en Lausana –respondió con tono calmado–. Y, por cierto, debo decir que me ha sorprendido un poco saber que diriges una organización benéfica.


–Tengo tres minas de oro, dos de diamantes y un negocio multimillonario valorado en ochenta mil millones de dólares. ¿Por qué te sorprende tanto?


–Por favor, no me digas que solo es una manera de pagar menos impuestos. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 18

Así que se había alejado de ella aquella noche y todas las noches desde entonces. Y si eso significaba tener que sufrir aquel constante estado de frustración, entonces que así fuera. Sus piernas golpearon en la cinta de correr del extenso gimnasio ubicado un piso más debajo de la zona de estar y la cocina, y dos más de los dormitorios y la piscina infinita que se extendía hacia el lago. El sudor le caía por las sienes y lo apartó de sí con el brazo. Si lograba agotarse, tal vez encontrar alivio a… Aquello. «Aquello» se sentía como una bestia rugiente que le desgarraba el pecho. El ejercicio se había convertido en algo vital para él durante años. Había comenzado con la rehabilitación después de horas, días, semanas de cirugías en los años posteriores al incendio. Apenas recordaba aquellos primeros meses. Un dolor tan intenso que se convirtió en un delirio de agonía, y por el que veces se había sentido agradecido. Porque de ese modo podía centrar la mente en algo más que en el hecho de haber perdido a toda su familia. En algo más que en la última mirada que le dirigió su padre tras haberle arrojado por la ventana del salón antes de ir a buscar a su madre. El sudor del ejercicio se le congeló ahora con el recuerdo de los gritos de aquella noche. Los gritos de los otros, los suyos, no podía distinguirlos. Pero ni su madre, ni su padre, ni sus tíos habían logrado escapar del infierno que había reducido la casa a cenizas. Un fallo de electricidad, un árbol de Navidad y una casa de doscientos años. Eso fue lo que decretó la investigación del seguro. Un accidente. Un accidente que le robó todo a Pedro. Aumentó la velocidad de la cinta en un intento de obligar a su mente a centrarse únicamente en el movimiento de los pies y el cuerpo. 


Procuraba no pensar demasiado en su familia. Se había vuelto un experto en evitarlo, pero a medida que aceleraba ahora al correr, tuvo la sensación de que tal vez estaba huyendo de su pasado. Porque inexplicablemente, desde que Maria se había mudado a su casa, hogar, había sentido cómo los recuerdos se alzaban en su interior. Recuerdos de comidas familiares, los ecos de su risa infantil en casa de sus padres, el cálido amor que ellos le ofrecían… Todo se cernía alrededor de Paula como una promesa de lo que podría ser, pero lo que él no se permitiría. Así que había comenzado a evitarla, hundiéndose en el trabajo, en nuevas adquisiciones. Incluso la había dejado allí mientras viajaba a una de las minas que tenía en Rusia, con la esperanza de que la distancia entre ellos provocara que las cosas volvieran a ser como eran en su vida antes. Pero en el momento en que regresó, vió señales de ella por toda la propiedad. Libros que aparecían en las mesitas auxiliares, una manta en el sofá que antes no estaba… Todo le resultaba desconcertante tras haber vivido solo durante más de diez años. Lo sentía como una intrusión, y aunque no debería, culpaba a Paula por ello. Por dejarle recordatorios y evidencias de lo que había hecho sin él. Y pronto no serían solo evidencias de su esposa… También de su hijo. ¿Se pasaría el resto de su vida intentando evitar a los dos? No, gruñó para sus adentros, sorprendido una vez por el sentimiento de protección que experimentaba hacia su hijo. En aquel momento, un ruido lo sobresaltó y estuvo a punto de perder el equilibrio. Apoyó las manos en la barra de la máquina para sostenerse mientras revisaba mentalmente cómo tenía el tobillo, que había estado a punto de torcerse. Soltó una palabrota.


–Lo siento, yo…


–No pasa nada –murmuró Pedro tomando aire. No necesitaba mirar para saber quién había estado a punto de provocar que se cayera de la cinta de correr.


Disminuyó la velocidad con una tecla hasta que la dejó en modo caminar y luego miró hacia la puerta. Por suerte ya respiraba con dificultad antes, así que agradeció tener una razón para ocultar la reacción natural del cuerpo a su belleza, a su presencia.

Heridas Del Pasado: Capítulo 17

El anillo de plata mostraba un círculo de pequeños diamantes engarzados en una pieza de azabache bellamente cortada.


–Así es como nos veo, Paula –le susurró Pedro–. Unidos. Rodeando a nuestro hijo con amor, seguridad y protección.


La sinceridad y la seguridad con las que pronunció aquellas palabras llegaron a Paula, que sintió cómo se le henchía el corazón con el deseo de amor, un deseo que quedaba apaciguado por la promesa que le estaba ofreciendo. Nada de cuentos de hadas con final feliz, nada de mentir con sentimientos que no tenía. Únicamente la promesa de todo lo que podría hacer y haría por ella y por su hijo.


–Yo los declaro marido y mujer.



Paula aspiró el fresco aroma del agua y los bosques. Llevaba veinte minutos caminando hacia el lago Lucerna, maravillada una vez más ante la amplitud de la propiedad de Pedro. Sacudió la cabeza ante la belleza de la imagen que tenía ante ella. El agua plateada reflejaba el azul de un cielo sin nubes y el impresionante verde esmeralda de los árboles que rodeaban las orillas del lago. Se frotó los dedos, suavizando el ligero mordisco de frío que sintió en la piel y acariciándose suavemente el anillo de plata, diamantes y azabache que llevaba desde hacía casi un mes. Nada había sucedido como imaginó. No había sucedido nada de lo que esperaba o soñaba en el momento que Pedro le deslizó el anillo en el dedo. Tras la ceremonia de boda, David y Sergio se los llevaron a uno de los restaurantes con más fama de Berna para un exquisito desayuno nupcial, aunque Paula apenas probó bocado. Si la jovial pareja notó algo peculiar en el silencio entre los recién casados, ninguno dijo nada. Su conversación alegre y animada había sido un alivio para ella antes de que llegara la limusina que los llevaría a Pedro y a ella a su casa, situada a orilla del lago Lucerna. Recordaba haber ido sentada al lado de él en la lujosa oscuridad del vehículo que los conducía hacia su noche de bodas. La tensión era palpable a pesar de que Paula estaba completamente inmóvil. Pedro le habló con pocas y secas palabras sobre la casa, el equipo de trabajadores domésticos que limpiaban y cocinaban para ellos, el gimnasio completamente equipado, incluida una piscina infinita que daba al famoso lago suizo.


Mientras la limusina recorría kilómetros de suave pavimento, acercándose más a su destino, Paula se preguntó por qué diablos Pedro hablaba de la casa, el arquitecto y cómo sería la vida, cuando en lo único que ella podía pensar era en qué iba a suceder aquella noche. Las semanas anteriores habían estado completamente ocupadas por temas prácticos, haciendo el equipaje, acudiendo a la oficina de registro… Pero en cuanto todo sucedió, en el momento en que fueron declarados marido y mujer, en lo único que podía pensar era en pasar la noche con su marido. Quería compartir su cama, experimentar por un instante la misma sensación que vivió la noche que concibieron a su hijo. Sentir aquella embriagadora oleada de deseo, el modo en que sus cuerpos se habían comunicado más allá de las palabras con una pasión intensa. Y cuando finalmente se detuvieron frente a la entrada que se abría más allá de las impresionantes puertas de hierro, se giró hacia él, incapaz de abarcar la grandiosidad de la construcción. Pedro abrió la puerta de madera de la casa, le explicó dónde estaba su habitación y se fue a su despacho. La dejó sola en el vestíbulo de una casa desconocida, vestida de novia, sin tocarla y sin desearla.


Paula se retiró a su dormitorio antes de que cayera la primera lágrima. Se quitó los zapatos antes de que salieran la segunda y la tercera, se dejó caer sobre la cama y apretó la cara contra la almohada para que no se escucharan sus sollozos. Porque fue entonces cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Había buscado el amor toda su vida, y ahora se había hecho prisionera de un hombre que nunca la amaría. Mientras le daba la espalda al precioso lago y regresaba a la finca, se dió cuenta de que no tenía ante sí el futuro que había imaginado antes de la boda. No era la esposa perfecta de Pedro, ni tampoco la descartada. Él la había situado en un extraño punto medio, y temía que aquello la estuviera asfixiando lentamente. 


Hiciera lo que hiciera, Pedro no podía liberarse de aquel peso que se le había instalado en el pecho. No podía escapar de la pura e impactante certeza de que había hecho las cosas muy mal. Todo había empezado la noche en que llegaron. Antes incluso, en la limusina que los llevaba a su hogar. Hogar. Nunca antes había considerado así aquel lugar. Era su santuario, sí, el sitio en el que se escondía del mundo exterior. Pero ¿Un hogar? En la limusina había sentido la sensual corriente subterránea que fluía entre ellos. Como había sucedido aquella primera noche en Andorra, se sintió atraído por sus rasgos expresivos, su cuerpo. Todo su cuerpo rugía de excitación y de deseo por tomarla, por hacerla suya. Pero quiso ser fiel a la promesa que se había hecho a sí mismo y a Paula en silencio el día de su boda. Su intención era protegerla Lo que significaba que necesitaba asegurarse de que comenzaran su matrimonio como continuaría. Satisfaría todas sus necesidades y sus deseos materiales. Pero él no se entregaría. Porque si aflojaba el fuerte control que tenía sobre su vida, si hacía lo que desesperadamente deseaba, hundirse en su calor suave y cálido, ceder al exquisito placer que ella le proporcionaba, no sería capaz de contenerse y no podía arrancar de sí el convencimiento de que al hacerlo desataría los pensamientos y los recuerdos que todavía le mordisqueaban los bordes de la conciencia.

jueves, 4 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 16

Los dos hombres se apartaron dejando a Paula y a Pedro a solas, mirándose uno a otro fijamente en silencio, sopesando lo que estaban a punto de hacer.


–Estás… Preciosa –dijo él, consciente de que su tono había sonado gutural. 


Confiaba en que no pareciera un lamento, porque en el fondo, así era como se sentía. Tenía la sensación de que no se merecía aquello. Ni a Paula ni al hijo que esperaban. Y, sin embargo, ella se merecía sin duda más de lo que él era capaz de ofrecer.


–Gracias –dijo ella apartando la mirada de la suya, como si aquellas sencillas palabras la sonrojaran. 


Pedro la guió hacia el interior del edificio. Sergio y David iban tras ellos mientras avanzaban hacia la oficina del registro donde les esperaba el funcionario. Se sentía extrañamente distante de aquellos procedimientos que nunca pensó que experimentaría. En todos sus pasados encuentros se había asegurado de que lo único que pasara entre las mujeres con las que compartía cama y él fuera el placer. El dado y el recibido. Nada más. Una vez que salían de su vida, no volvía a pensar en ellas. Pero eso no le había pasado con Paula. No había pasado nunca una hora desde aquella noche en Andorra hasta que regresó a su vida con la gran noticia en la que no hubiera pensado en ella. Miró de reojo a la esquina de la sala en la que estaba sentada Paula, respondiendo seguramente ante el secretario a las mismas preguntas que él estaba contestando al otro funcionario. Le ofreció la mano.


–¿Estás preparada?


Ella asintió con cortedad, consciente de lo que había que hacer. «Se merece más». Pedro se prometió que le daría todo lo que pudiera. No solo por su hijo, sino porque se lo merecía. Había dejado toda su vida atrás, la había colocado en sus manos, y pasara lo que pasara con ellos en el futuro, se aseguraría de que estuviera protegida.


–Nos hemos reunido hoy aquí…


Paula dejó que aquellas palabras pasaran por encima de ella. Se había preguntado cómo se sentiría desde que accedió a la osada petición de Pedro de que se casaran, y ahora que estaba allí, frente al secretario y al funcionario, y estaban pronunciando las palabras, no sabía cómo se sentía. Había esperado sentir miedo, pero no era eso. ¿Vacilación? Extrañamente, tampoco. Ni siquiera eso. Una especie de entumecimiento, pensó mientras las palabras la acercaban más y más al momento en que se uniría a él para siempre. De pronto sintió como si hubiera dejado algo atrás, como si hubiera olvidado algo vital, pero no era capaz de saber de qué se trataba. Frunció el ceño al darse cuenta de que el funcionario le había hecho una pregunta.


–Paula, ¿Aceptas a Pedro como tu legítimo esposo?


Así que nada de palabras de amor en aquel servicio. Nada de honrar a la otra persona por encima de todo. Pero no estaba haciendo aquello por ella, lo estaba haciendo por su hijo. Habría amor por encima de todo. Habría protección, seguridad y…


–Sí, acepto.


–¿Y tú, Pedro, aceptas a Paula como tu legítima esposa?


Paula reunió finalmente el valor para mirar entonces a Pedro, asombrada al ver que la estaba mirando con una intensidad que le recordó al instante a la noche que habían compartido. Vió en sus ojos el lago de Andorra, las estrellas que cubrían el cielo aquella noche. Vió el profundo deseo de su ojos, hipnótico y misterioso. Y le dolió el corazón, porque por un instante vio lo que podía haber sido. Pero se reprendió a sí misma por querer más.


–Sí, acepto.


–¿Los anillos?


Los anillos. Aquello era lo que había olvidado. No conocía a un solo creador de joyas que no hubiera pasado horas prestando atención y poniendo pasión para crear algo que simbolizara el amor de una pareja. En el pasado, Paula pensó en hacer los anillos para ella y su futuro marido. Pero la intensidad de las últimas semanas había hecho que lo olvidara. Y por un momento sintió alivio, porque aquello no era lo que quería. Cuando Pedro se metió la mano en el bolsillo, ella deslizó la suya por el abdomen. Por el pequeño y firme bulto que acunaba a su hijo. Él le tomó la mano y le deslizó el anillo en el dedo. Y Paula lo miró.  Y lo miró. Porque aunque pareciera imposible, era perfecto. Como si Pedro hubiera encontrado lo que ella quería sin que Paula lo supiera siquiera.