jueves, 4 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 15

Paula se miró al espejo, maravillada de que le hubiera resultado más fácil hacer el equipaje con toda su vida en Camberwell que encontrar un vestido que sirviera para la ceremonia civil y al mismo tiempo no le marcara demasiado el incipiente vientre. Dos días atrás había ido el equipo de mudanza a llevarse sus escasas pertenencias a Suiza. Se despidió llorosa de Ezequiel y Fernanda, consciente de que ahora su futuro estaba irrevocablemente unido al padre de su hijo. Se preguntó qué esperaría Pedro de ella. ¿Querría llevarla del brazo a sus eventos de empresa, que hiciera el papel de la esposa perfecta? ¿O se cansaría de ella en cuanto naciera el bebé y la enviaría a algún sitio lejano? No sabía cómo sería la casa, si encontraría un espacio para crear las piezas que tan importantes eran para ella. Ni una sola vez en los dos últimos meses había sido capaz de encontrar aquella embriagadora sensación de creatividad que en el pasado la consumía y calmaba a partes iguales. Llamaron a la puerta, arrancándola de sus ensoñaciones. Cuando la abrió se encontró con un hombre rubio y algo robusto que sonrió al ver su expresión confundida.


–¿Paula? Soy David Antoinelli.


–¿El testigo? –Paula recordaba su nombre de uno de los correos de Matthieu.


–Sí –David se rió con naturalidad–. Confiaba en que recordaras mi nombre. Pensé que te gustaría que alguien te acompañara al registro, dado que…


No dijo nada más, estaba claro que no quería señalar que estaba sola. Paula le hizo un gesto para que entrara y sonrió a su vez.


–Debo decir que estás preciosa –afirmó David mirándola con detenimiento.


–Gracias –Paula exhaló un suspiro de alivio.


El vestido, sencillo y a la altura de la rodilla, tenía una cintura de corte imperio y un precioso escote en forma de corazón. La seda color crema estaba cubierta por un precioso ribete de encaje. Y lo mejor de todo era que había podido comprárselo con sus escasos ahorros. Se había hecho dos trenzas que luego había recogido en lo alto de la cabeza, dejando solo unos mechones de cabello oscuro que le enmarcaban el rostro. David le ofreció el brazo y ella alzó una mano para pedirle un instante y recoger las cosas que necesitaría. El resto, sus pocas pertenencias, serían enviadas a casa de Pedro antes de que llegaran aquella noche. Paula sintió cómo se sonrojaba al pensar en cómo pasarían aquella noche. Tal vez fuera una de las pocas cosas que no habían negociado. Agarró su chal y el modesto ramo de flores que había comprado aquella mañana. Miró el arreglo de peonías blancas, salvia y romero. Sabía que un ramo de plantas aromáticas resultaría poco ortodoxo, pero no había sido capaz de resistirse. Se miró una última vez al espejo, la última vez que se miraría como una mujer soltera, tomó el brazo de David y cerró la puerta a su antigua vida, dispuesta a asumir el papel de señora Alfonso.



Pedro esperaba junto a Sergio en los escalones del registro civil que le había parecido perfectamente adecuado para sus necesidades hasta que vió a Paula. Sintió la mirada de desaprobación de Sergio a su lado cuando su mejor amigo miró a Paula, luego a Pedro y después al edificio que tenían detrás. Sintió al instante la frase de negación en los labios. «Yo no lo sabía». Porque era cierto. No sabía que Paula iba a estar tan bella, casi etérea. No esperaba ver la pequeña y perfecta forma de la promesa de su hijo bajo el vestido. No contaba con verla y darse cuenta de que se había equivocado completamente. Tendrían que haberse casado en una iglesia, la más grande que hubiera podido encontrar, llena de gente para que pudiera presumir de su espectacular novia con orgullo y adoración en la mirada. Pero no había imaginado que se fuera a sentir así. Cuando se acercaron del todo, David dijo con su habitual entusiasmo:


–Si no fuera un hombre felizmente casado ya, me sentiría tentado a fugarme con la novia.


–Y ahora que puedo ver por mí mismo lo encantadora que eres, yo también me siento tentado, Paula – respondió Sergio inclinándose para darle un beso en la mejilla.


Paula sonrió radiante por los cumplidos y luego pareció quedarse algo perpleja ante el contraste de las expresiones abiertas de sus amigos y el silencio absoluto de Pedro. Porque no era capaz de hablar, sencillamente. La visión de ella le había dejado sin palabras.

Heridas Del Pasado: Capítulo 14

 –Mi casa está a las orillas del lago Lucerna, en el corazón del país. Es sin duda lo bastante grande para nosotros dos y nuestro hijo.


Sabía que estaba siendo modesto. La enorme mansión era una maravilla arquitectónica y tuvo que hacer un esfuerzo para contener la incomodidad que le suponía la idea de abrirla para otra persona, para Paula. Pero lo haría. Tenía que hacerlo.


–Tendrás acceso a todos lo que quieras. Pero necesito que entiendas algo.


La mirada de Paula se volvió más analítica, como si se hubiera dado cuenta de que aquello era lo más importante de todo.


–No te hagas ilusiones respecto a mí. Te prometo ahora que querré a nuestro hijo, me ocuparé de él y cubriré todas las necesidades que tenga. Pero no puedo ofrecer nada más.


Le estaba diciendo que no podía amarla, que no lo haría. Le estaba negando lo único que en realidad Paula había deseado siempre. Una oleada de tristeza se apoderó de ella, pero hizo un esfuerzo por centrarse en lo que le estaba ofreciendo. A su hijo no le faltaría nada, crecería con la seguridad que ella pensó que tenía hasta que la perdió. Su hijo no pasaría por la devastación que le tocó a ella.


–Una condición.


–Lo que sea –se apresuró a afirmar Pedro.


–Será una boda íntima. Sin invitados –no quería que aquel día fuera un espectáculo público. 


No quería que su familia estuviera allí, que su madrastra transformara aquello en una farsa. Ya podía ver el brillo malicioso en los ojos de Valeria, la imagen de su madre en los de su padre, y la decepción en los de su hermano.


–¿Solo nosotros y dos testigos?


–Sí.


–Así será.


Pedro le tomó la mano por encima de la mesa y sintió el calor de sus dedos cuando le envolvió la piel. Un apretón de manos, como si aquello no fuera más que un contrato que acabaran de cerrar. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero se contuvo. 



Pedro quería una boda rápida, pero ni siquiera él, con todo su poder y su dinero, podía forzar la maquinaria de la burocracia suiza. Cuando su solicitud de matrimonio pasó por el filtro del papeleo, todavía tuvieron que esperar diez días antes de la ceremonia. Y utilizó bien el tiempo. Iba a ser padre. No le había quedado más remedio que asimilar la noticia en cuestión de horas. Pero la fuerza de la conexión que sentía con su hijo le impresionaba. Su determinación por protegerlo. Había vivido tanto tiempo evitando cualquier tipo de compromiso o de conexión con los demás que pensó que se resentiría, pero estaba equivocado. El compás de su vida había cambiado en un instante, y ahora señalaba únicamente a su hijo y a Paula. Y cuando se miró en el espejo, con el traje azul oscuro y la camisa azul pálido casi blanca, se preguntó por primera vez desde hacía muchísimos años qué pensaría su padre. Se centró en sus facciones en busca de alguna señal del padre al que tanto había querido y que había entrado en la casa en llamas para sacar a su hijo, sin pensar en su propio riesgo. A continuación entró de nuevo para intentar sacar a su esposa. Una dolorosa cuchillada le atravesó el pecho antes de cerrar la puerta a aquellos pensamientos.


–Ah, Pedro.


Se giró y se encontró con Sergio en el umbral vestido también de traje. El hombre asintió con la cabeza en señal de aprobación.


–Estarían muy orgullosos de tí.


Pedro apretó los dientes para contener aquella sensación. Dudaba mucho que sus padres estuvieran orgullosos de que forzara a una chica inocente a formar parte de un matrimonio que no deseaba.


–¿Dónde está David? –preguntó.


Después de casi once años juntos, Sergio y David se habían casado finalmente cuando se aprobó en California la ley que permitía el matrimonio de las personas del mismo sexo.


–Ha ido a recoger a Paula al hotel. Quería acompañarla a la oficina del registro para que no fuera sola. 


Pedro soltó una palabrota entre dientes. ¿Cómo no había pensado en aquello? ¿De verdad era tan malnacido como para no ver el principal deseo emocional que Paula seguramente necesitaba satisfacer el día de su boda? Podría hacerlo mejor. Y lo haría. 

Heridas Del Pasado: Capítulo 13

 –Pero, ¿Cómo nos vamos a casar? No sé nada de tí –afirmó tratando de contener la oleada de pánico que le surgió en el pecho.


–Sabes cuál es mi color favorito y la fecha de mi cumpleaños. Ya sabes más que la mayoría.


–Tú no sabes nada de mí –murmuró Paula sintiendo cómo todas sus defensas se derrumbaban.


Pedro esperó a que lo mirara a los ojos, y sus palabras fueron el golpe final.


–Sé que haces joyas a pesar de las objeciones de tu madrastra. Sé que eres amable y respetuosa, en caso contrario no te habría alterado tanto la idea de romper el compromiso de alguien, independientemente de sus sentimientos hacia el novio. Sé que no vas tras el dinero, o esta conversación habría sido muy diferente. Sé que eres fuerte y decidida. Y sé que harás lo que sea necesario para proteger a nuestro hijo.


«También sé cómo es la sensación de tu piel bajo la mía, el sonrojo que te nace en las mejillas cuando no puedes luchar contra tus deseos, y sé cómo suenan tus gemidos de placer cuando alcanzas el clímax», concluyó Pedro para sus adentros.


Observó cómo los ojos de Paula se abrían de par en par sorprendidos y un leve sonrojo se le asomó a las mejillas, como si le hubiera leído el pensamiento.


–Si nos casamos –murmuró–. ¿Cómo… Cómo sería?


Términos. Eso se le daba bien. Asegurar contratos y rematar los detalles prácticos. Ya tendría tiempo para considerar las implicaciones de su inminente paternidad. Los sentimientos no tenían cabida en aquel momento.


–Tendrás que vivir aquí conmigo en Suiza. Me aseguraré de que tengas todo lo que necesites. Como ya habrás imaginado, casarse conmigo te proporcionará ciertos beneficios. Sobre todo para tu negocio.


–No. Eso no es negociable. Mi negocio es mío y no quiero que tengas ninguna participación. 


Pedro frunció el ceño. La mayoría de la gente estaría encantada con aquella posibilidad. 


–Tengo contactos por todo el mundo y los recursos para darte acceso a los mejores materiales…


–He dicho que no. Puedo conseguir mis propios materiales, y cualquier logro que consiga profesionalmente será solo mío.


Las palabras de Paula fueron duras, nunca le había escuchado hablar con un tono tan seco. Estaba claro que la independencia era importante para ella, y no podía por menos que respetarla por ello.


–¿Tienes alguna estipulación en mente? –le preguntó.

 

–Seguiremos casados hasta que nuestro hijo tenga al menos veinte años.


Pedro casi se rió ante su ingenuidad.


–Escúchame bien, Paula. Mis padres no vivieron mucho tiempo, pero me inculcaron la santidad del matrimonio. No soy un hombre religioso, pero no creo en el divorcio.


Como si se negara a aceptar su declaración, Paula se miró las manos.


–No estoy segura de ser capaz de recoger mis cosas si más y mudarme contigo.


–¿De veras? Tengo la impresión de que tú eres más que capaz de hacer cualquier cosa que se te meta en la cabeza, Paula.


Ella alzó la vista para mirarlo, y su expresivo rostro reflejó sorpresa… Y algo más. Algo cálido que le calentó la sangre por dentro. Pedro apartó bruscamente aquella sensación. Era absolutamente vital que consiguiera el consentimiento de Paula para aquello. Hablaba en serio. Protegería a su hijo, y por extensión a ella también. Pero no mentiría. Le había preguntado por sus expectativas, y era importante que dejara las cosas claras ahora. 

martes, 2 de mayo de 2023

Heridas Del Pasado: Capítulo 12

 –¿Qué es lo que quieres? –preguntó sosteniéndole la mirada y buscando en sus ojos sus intenciones. 


–Nada –contestó ella, claramente confundida por la pregunta–. Solo quería que lo supieras. Tienes… Tienes derecho.


Pedro contuvo una risa cínica. Dudaba mucho de la veracidad de aquellas palabras. Tal vez no buscara su dinero o un anillo, pero algo había detrás seguro. Siempre lo había.


–¿Y has esperado tres meses? –preguntó con tono acusador.


 Paula asintió.

–Los tres primeros meses son… Delicados –afirmó sacudiendo la cabeza–. Mira, respeto lo que dijiste de que lo nuestro sería cosa de una noche. Solo he venido para informarte, y para darte la oportunidad de elegir si quieres formar parte de la vida de este bebé o no. Ni más, ni menos.


Pedro agarró su vaso para ganar tiempo. Y él nunca necesitaba ganar tiempo porque siempre sabía qué decir, cómo reaccionar. Hasta ahora. Hasta que Paula apareció en su vida.


–Nos casaremos.


La expresión de su rostro habría resultado cómica en otras circunstancias. El horror y el impacto arrasaron con la neutralidad que había mostrado unos instantes atrás.


–No.


–Me parece que no lo entiendes…


–No. El que no lo entiendes eres tú –lo atajó ella–. Esa no es la razón por la que he venido. No tengo intención de casarme contigo. No quiero eso, ni tampoco tu dinero. Mi único interés es conocer el nivel de implicación que quieres tener en la vida de mi hijo…


–De nuestro hijo –la corrigió Pedro–. Y eso es lo que intento decirte, Paula. Mi interés será profundo, y mi nivel de implicación, total. 


Paula se sintió atrapada abajo una oleada de emociones diferentes entre las que destacaba el miedo. No le había mentido. No había ido allí en busca de una promesa de matrimonio, ni de nada más allá de visitas de fin de semana, tal vez.


–¿Por qué? –preguntó sin poder contenerse mientras se llevaba las manos al vientre.


–Quiero proteger a mi hijo –afirmó con un tono tan decidido que le provocó un escalofrío en la espalda.


–¿Proteger? ¿No querer? –inquirió ella.


–Por supuesto que querré a mi hijo –aseguró Pedro.


«Pero no a la madre de su hijo». Paula apartó de sí aquel pensamiento. ¿Cómo era posible que le hubiera pasado aquello? Justo cuando estaba al borde de la libertad, con su negocio de joyería empezando a despegar y tras haber dejado atrás sus falsos sentimientos hacia Ignacio.


–No hace falta que nos casemos para que… Protejas a tu hijo.


Pedro soltó una carcajada cruel.


–¿Cómo puedes ser tan ingenua, Paula? ¿Tienes idea de lo que pasará si la prensa se entera?


No había pensado en ello. No había pensado en nada más que en contarle a Pedro lo del bebé. Una sensación de incomodidad se abrió paso en su interior.


–No te dejarán en paz, Paula. Intentarán desenterrar todo lo que puedan sobre tu vida. Acosarán a tu familia y a tus amigos. Te ofrecerán dinero a cambio de cualquier historia jugosa. 


Paula sabía lo que era aquello. Su padre, un miembro de la nobleza de un país mediterráneo, había tenido que exiliarse tras sufrir una bancarrota, y su hermano tuvo que hacerse cargo de la situación y vender casi todo lo que tenían. Y todavía la prensa acosaba de vez en cuando a Gonzalo, sobre todo cuando salía con alguna mujer. Su hermano. Su protector. Pero ella no había pensado en ningún momento que Sebastian podría ayudarla en aquella situación. No, los Chaves eran nobleza menor en el exilio. Pedro Alfonso suponía un nivel de notoriedad y fama completamente distinto. Lo había visto en cuanto introdujo su nombre en el buscador de internet. Sus palabras habían conjurado exactamente lo que buscaba. Miedo. Y más que eso. Habían destrozado la creencia de que podría ser libre.


Heridas Del Pasado: Capítulo 11

El ascensor se detuvo y se abrieron las puertas. Salieron y se encontraron en un recibidor con tres puertas de cristal. Dos de ellas eran salas de reuniones, y la tercera, su despacho. Pedro pasó por delante de ella y entró.


–¿Quieres beber algo? –preguntó acercándose al mueble bar y agarrando la botella de whisky que llevaba tres años allí sin abrir.


–Agua con gas, por favor.


Pedro se la sirvió y le pasó el vaso. Entonces fue cuando ella le espetó sin más:


–Estoy embarazada.


Pedro detuvo la acción de beber a la mitad, y agarró con tanta fuerza el vaso que se le pusieron los nudillos blancos. Su mirada pasó de interrogante a furiosa al instante, y Paula se regañó internamente por no haber tenido el valor de decirlo con más delicadeza, de advertirle.


–Felicidades. ¿Quién es el afortunado padre?


Paula frunció el ceño, asombrada y confundida a partes iguales por la pregunta.


–¿Qué quieres decir? –le preguntó.


–Bueno, teniendo en cuenta que utilizamos protección todas y cada una de las veces… No puedes aparecer aquí tres meses después de nuestro… Encuentro y afirmar que soy el padre de este hijo milagroso.


Paula estaba sin habla. Había imaginado aquella conversación muchas veces, pero, ¿Esto? No era lo que esperaba. ¿Encuentro? ¿Había llamado encuentro a la noche que habían compartido? Ahora estaba enfadada. De todos los sentimientos que había experimentado hasta el momento desde que supo que estaba esperando un hijo, el enfado no había sido uno de ellos. Hasta ahora.


–Eres un malnacido.


–Creo que la prensa prefiere llamarme bestia. Pero supongo que este también vale.


–No tendría que haber venido –dijo como para sus adentros más que para él.


Pero Pedro respondió de todas formas.


–No, seguramente no –afirmó suspirando como si ella fuera un inconveniente, más que la madre de su hijo–. Muchas otras han intentadolo mismo, y créeme, Paula, eran mucho más expertas en el engaño que tú. Y finalmente se demostró que eran unas serpientes mentirosas. Tengo que decir que estoy bastante decepcionado. Pensé que tú eras distinta.


Paula sacudió la cabeza, asombrada por la hostilidad de su tono de voz. En cuestión de segundos, todo lo que creía que habían compartido, la belleza de aquella noche a la que ella se agarraba, cambió delante de sus ojos y se convirtió en polvo. No conocía a aquel hombre. Ella no era nada para él. Y nunca, nunca obligaría a su hijo a tener una relación con alguien así.


–No tan decepcionada como estoy yo. Espero que tu conciencia sea amable contigo cuando te des cuenta de lo equivocado que estás –afirmó reuniendo la fuerza de la que fue capaz.


Dejó el vaso sin tocar en la mesita auxiliar, abrió el bolso, sacó la copia de la ecografía y la dejó al lado del vaso. Luego se dió la vuelta y se dirigió a la puerta


–Espera.


–¿Para qué? –preguntó Paula sin darse la vuelta–. ¿Para que me arrojes más insultos? No, gracias.


–Por favor.


Ella se giró entonces y lo vió al lado de la mesita, mirando la ecografía.


–No me mientas respecto a esto, Paula. No me pongas a prueba.


–Estoy embarazada –repitió ella–. El niño es tuyo.


–¿Cómo es posible?


Paula recordó la duda y la confusión que había sentido cuando vió la línea azul de la prueba.


–Los preservativos tienen un margen de fallo. Yo no estaba tomando ninguna otra medida anticonceptiva –se encogió de hombros.


–Estás embarazada. El niño es mío.


Paula asintió, y Pedro sintió como si todo el mundo se hubiera salido de su eje. Dirigió la mirada hacia la ecografía en blanco y negro.


–Lo… Lo siento –dijo sumido en un mar de confusión y caos.


El rechazo instantáneo que había sentido había sido cruel y devastador. Vió cómo Paula palidecía al escuchar sus palabras. Pero no fue eso lo que le convenció de que decía la verdad. Fue la forma en que se dió la vuelta para marcharse, dispuesta a renunciar a él, a su dinero, y al anillo. Un anillo que Pedro había jurado no colocar jamás en el dedo de ninguna mujer. Le hizo un gesto a ella para que se sentara, y él hizo lo mismo.

Heridas Del Pasado: Capítulo 10

Paula se había enterado de que era uno de los cuatro hombres más ricos de Europa. Y aquello la había impresionado. Pero había tenido que pagar un precio muy alto por su riqueza. Contuvo el aliento al leer la descripción del incendio que no solo había engullido la hacienda en la que Pedro vivió de niño, sino también a toda su familia. El mismo incendio que había provocado las cicatrices que ella sintió bajo la palma de la mano, duras y nudosas, pero al mismo tiempo desafiantes y magníficas. Como resultado, el seguro de vida convirtió a aquel niño de once años en inmensamente rico independientemente del negocio familiar. A ella se le rompió el corazón al ver las imágenes de aquel niño pequeño acompañado por su tutor legal detrás de cinco ataúdes: Sus padres, dos tíos y una tía. No podía ni imaginar lo devastador que debió ser aquello. Mientras la mujer se dirigía a la salida acompañada de su drama y de los hombres de traje, volvió al presente. La recepcionista se aclaró la garganta y se puso de pie. Al parecer había llegado al límite de su paciencia.


 –Señorita, me temo que voy a tener que pedirle que… 


–¿Paula?


Ella giró la cabeza hacia la fila de ascensores situados a la derecha del mostrador de recepción y se encontró con un Pedro Alfonso tan asombrado como ella misma estaba tras volverlo a ver después de doce semanas. Pedro la vió levantarse del sofá en el que estaba sentada como movida por un resorte.


–¿Dónde hay un cuarto de baño? –preguntó casi sin aliento con tono desesperado–. Lo siento, no quería que esto fuera así, pero… Necesito de verdad un baño. No te vayas a ninguna parte, por favor. Tenemos que hablar. Pero necesito…


–Sí, un baño. Lo he entendido. Doblando la esquina a la izquierda – dijo señalando con el brazo.


Ella salió literalmente corriendo, y Pedro no pudo evitar sonreír. Sacudió la cabeza y trató de liberarse del efecto de su repentina e inesperada aparición. No es que no hubiera pensado en ella en aquellos tres meses. Había pensado buscarla, sus dedos intentaron varias veces teclear su nombre en el buscador de internet. Lo cierto era que no había pasado un día, ni una noche, en los que no recordara sus suaves suspiros, o la sensación de su piel. El desgarro que había sentido la mañana después, cuando se escabulló de la habitación dejándola allí dormida en la cama.  Odiándose a sí mismo y consciente al mismo tiempo de que era lo que tenía que hacer. Pero, ¿Qué hacía Paula allí ahora? ¿Qué quería? Entonces un frío helado ahogó sus pensamientos. Sabía quién era él. Y como muchas mujeres antes que ella, Paula había ido a rentabilizar su notoriedad. Iba a jugar la carta de las vulnerabilidades que él había expuesto accidentalmente aquella noche, la única noche que le había ofrecido. Apretó las mandíbulas con rabia. Pensaba que ella era distinta. Le había dado la impresión de que había algo casi místico en su pureza. Una pureza que él le había arrebatado aquella noche. Tendría que haberlo pensado mejor. ¿Acaso no había aprendido a los diecisiete años lo que querían las mujeres de él? El sonido de sus tacones en el suelo de mármol lo sacó de sus pensamientos y se giró hacia ella. Paula lo miraba nerviosa, retorciéndose las manos. Estaba increíblemente bella. Pedro se había medio convencido a sí mismo de que había imaginado el tremendo impacto que causó en él aquella noche. El modo en que se le había acelerado el corazón solo por estar cerca de ella.


–Hola –dijo Paula–. ¿Podemos hablar?


Pedro asintió y durante un instante casi sintió lástima por ella. Porque estaba claro que Paula sabía quién era, pero no tenía ni idea de a quién se enfrentaba.


–Por aquí –afirmó con sequedad guiándola hacia los ascensores.


Pedro metió una llave de tarjeta y las puertas se abrieron, revelando un ascensor cubierto de espejos que llevaba únicamente a la última planta, donde estaban sus oficinas. Ella le siguió en silencio, y cuando estuvieron en el confinado espacio, inhaló su aroma y experimentó una oleada de deseo. La observó en los espejos. Paula miraba hacia delante con gesto decidido y no quería hacer contacto visual, lo que ofreció la oportunidad de fijarse en su aspecto. La noche que se conocieron llevaba un vestido de encaje blanco. Ahora tenía puestos unos vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero negro que cubría una camiseta amplia de color rosa. El pelo suelto le caía sobre los hombros en suaves rizos oscuros con toques rojizos.

Heridas Del Pasado: Capítulo 9

Paula se movió en el asiento para aliviar la sensación de tener clavados alfileres y agujas en la base de la columna vertebral. Mantenía un ritmo incesante con la rodilla, en parte porque después de las tres horas y media que llevaba allí sentada, sentía la necesidad imperiosa de ir al cuarto de baño. El vestíbulo del edificio de oficinas en Suiza resultaba impecable, todo hormigón y acero, pero ligeramente frío en la amenazante penumbra de la noche. Las letras plateadas de Minería Alfonso se elevaban por encima del mostrador de recepción más allá del cual no le habían permitido pasar.


Habían pasado tres meses desde la última vez que vió a Pedro. Dos desde que empezó a sentir aquellas náuseas que la pillaron completamente por sorpresa. Un mes desde que una pequeña línea azul cambió su vida para siempre, y solo unos pocos días desde que la primera ecografía confirmó que su vida, sus vidas, habían cambiado para siempre. Paula creyó que tendría que pasar horas rastreando páginas de internet para encontrar a Pedro, y había pensado incluso contactar con la princesa Sofia, la patrocinadora de la gala en la que lo conoció, para pedirle una lista de los invitados aquella noche. Tras reunirse de nuevo con Ignacio, Sofía le había perdonado la indiscreta discusión con él. Todo se había barrido debajo de la alfombra de la felicidad y el amor que rebosaba la pareja el día de su boda. En el pasado, semejante pensamiento le habría hecho sentir la aguda agonía del amor no correspondido, pero eso fue antes de Pedro y antes de… Se llevó la mano al vientre con gesto inconsciente y miró hacia la gigantesca y moderna lámpara de araña que colgaba del altísimo techo. El edificio entero hablaba de dinero. Pero, cuando una persona era tan rica como Pedro Alfonso, podía permitírselo.


Aquella mañana lejana había salido de la suite de Pedro en Andorra para encontrarse con su hermano Gonzalo furioso y preocupado por su desaparición de la noche anterior. Pero entonces Maria le dijo que quería volver a casa, y él la llevó de regreso a su apartamento compartido del sur de Londres. Durante un mes se perdió en días muy ocupados, haciendo sus joyas y trabajando a tiempo parcial en un café. Pero durante las noches se sumergía en sueños de Pedro y del placer que había arrancado de ella. La realidad del día a día se fue abriendo paso en su vida, y él llegó a convertirse en una especie de mito, como una fantasía que hubiera imaginado. No les dijo ni una palabra de él a Fernanda ni a Ezequiel, sus compañeros de piso. Miró de reojo a la recepcionista, que golpeaba el teclado con fuerza, como si así fuera a lograr que Paula desapareciera. Pero no iba a irse a ninguna parte. Un mes después, tras la tercera semana sin lograr contener las náuseas, Fernanda le dió una prueba de embarazo con una sonrisa, una palmadita en el brazo y una taza de té. Todo muy inglés. Y luego se marchó. Paula apenas tenía recuerdos de los siguientes dos días. Estaba entumecida por el shock y abatida por muchas preguntas sin respuesta. Pero un único pensamiento se había mantenido constante. «Voy a tener el bebé». Se prometió a sí misma que cuando cumpliera el tercer mes y se hiciera la primera ecografía, se lo contaría a Pedro. El sonido de unos tacones avanzando a toda prisa por el vestíbulo de mármol la sacó de sus pensamientos y trajo a Paula al presente. Una mujer elegantísima con un abrigo de lana se giró para mirar a un trío de hombres de traje que pasaban por ahí.


–¡Ese hombre es absolutamente imposible! No me extraña que le llamen la bestia.


A Paula no le cupo ninguna duda de a quién se refería. No después de la búsqueda que había hecho de Pedro en internet. Tenía dos palabras: Su nombre y la minería, su «Interés profesional». No albergaba muchas esperanzas, pero estaba equivocada. Un segundo después de haberle dado a la tecla, la pantalla se llenó con la imagen de su rostro, con su expresión adusta y una mirada dorada tan intensa que sintió cómo se sonrojaba, como si Pedro hubiera descubierto que le estaba buscando.