jueves, 20 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 53

La boda fue sencilla y bonita. Se celebró en el registro civil, recientemente instalado en el centro cívico que había diseñado Pedro. Decidieron hacerlo en Londres porque la mayoría de sus familiares y amigos vivían cerca de allí. Agustín y Fiorella llegaron a Londres con los abuelos de Pedro. Los padres de Agustín se quedaron en Dorset para ocuparse de las vacas de Paula, que ahora ya eran la propiedad del granjero. Desde que había vendido el ganado, la futura mamá no había hecho otra cosa que dormir. Pedro y Paula prepararon la boda sólo dos semanas antes del enlace. El joven no quería dejarla escapar.


—Cuanto antes nos casemos, mejor. Además, Matías necesita el departamento —dijo Pedro, de buen humor.


El arquitecto le vendió a su amigo el piso con todo el mobiliario, teniendo en cuenta que ese tipo de muebles no pegaban nada con el estilo de la granja. Además, alquiló un pequeño local en Dorchester para montar su estudio, hasta que la granja estuviera en condiciones.


Se casaron un día soleado del mes de abril. La luz lanzaba chispas, reflejándose en el Támesis y las gaviotas hacían guiñar los ojos con el vaivén de sus alas. Paula pensó que ese lugar tan emblemático para sus vidas tenía que ser el adecuado para unirse en matrimonio. La celebración se llevó a cabo en el restaurante con los ventanales que daban al río abiertos de par en par. Tras los brindis y los discursos comenzó la fiesta. Los camareros retiraron las mesas y un disc-jockey se ocupó de poner todo el rato canciones de amor. Completamente desinhibidos, Pedro y Paula estuvieron bailando prácticamente toda la velada, ajenos a los invitados que les animaban y felicitaban.


—No sabía que te gustara tanto bailar… —rió Paula, dándose cuenta de que Pedro se ponía colorado.


—No sé de qué me hablas…


—Luego te lo explico, mi amor —replicó Paula, dándole una palmadita en la mejilla.


Agustín se acercó y el semblante de Pedro se oscureció.


—Pedro ¿Querrías prestarme a la Señora Alfonso para bailar una canción? Fiorella no soporta más mis pisotones…


—Está bien —sonrió el joven—. Pero con una condición. Que me devuelvas el favor con tu futura esposa.


Ambas parejas comenzaron a bailar disfrutando del cálido ritmo de la música. Agustín miró a Paula de arriba a abajo.


—Estás guapísima y espero que seas muy feliz, porque te lo mereces, Paula.


—Gracias, Agustín. Yo también te deseo que seas feliz con Fiorella. Los dos se lo merecen.


—¿Vendrán a nuestra boda?


—Por supuesto.


—Lo dices por pura educación.


—Mira, Agustín, una boda no tiene nada que ver con las buenas maneras. Se trata de la unión entre dos personas que se aman y que quieren compartir ese día tan señalado con sus amigos. Te prometo que iremos a su enlace, tal y como han venido al nuestro.


En ese momento se paró la música.


—Sería mejor que nos retiráramos para que los invitados puedan ir marchándose —propuso Pedro a Paula.


—De acuerdo. 


—¿Pau, le vas a tirar tu ramo a alguien en especial? Hay que seguir la tradición.


—Sí, ya sé.


La señora Alfonso siguió el consejo del señor Alfonso y le tiró el maravilloso ramo a Fiorella y Agustín, que rieron encantados.


Los recién casados salieron del restaurante entre confetti y los buenos deseos de los invitados. Cruzaron el hall de entrada, donde se encontraba el ascensor. Llegaron al ático y entraron en el departamento. Los dos enamorados se abrazaron.


—Ha sido un día precioso, ¿Verdad?


—Estoy encantada de que lo hayamos celebrado aquí, Pedro.


—Y yo también me alegro de pasar la noche en el que ha sido mi departamento.


—¿Por qué?


—Porque nos vamos a dar un baño en el jacuzzi.


—Estupendo…


—¿Cómo se quita este vestido?


—Es fácil, hay que bajar la cremallera —dijo Paula, deshaciéndose del traje de novia y acercándose al baño de burbujas.


Pedro se quitó su traje oscuro sin perder de vista ni un instante a su esposa. Ambos se metieron en la bañera y dejaron cerca del borde una botella de Champán con dos copas. La descorcharon y brindaron por su amor.


—Por nosotros, señora Alfonso. Por nosotros tres…


Paula elevó la copa y dijo:


—A nuestra salud —y bebió un sorbito del vino cuyas burbujas le hicieron cosquillas en la nariz, mientras que las burbujas del baño le hicieron sentir alegría por todo el cuerpo.


La novia estaba exultante. Se acomodó en la parte de la bañera que le correspondía y con la punta del pie comenzó a escalar el muslo de Pedro… Los ojos del novio se dilataron y, con un gesto elegante, puso a su mujer sobre él y le dijo: 


—Te quiero.


Fue entonces cuando Paula pudo comprobar que su marido sabía moverse muy, pero que muy bien. 






FIN

Refugio: Capítulo 52

 —Y tú ¿Cuándo te has preocupado por mi cerebro? Te recuerdo que también a tí te interesaba mi cuerpo.


Entonces, Pedro se puso a decir tonterías de puros celos que tenía hasta que Paula soltó una carcajada.


—¿Por qué pediste información acerca de las propiedades de Dorset?


—Porque pensé que podría estar junto a tí, para ver si cambiabas de opinión.


—No he cambiado de opinión: No me voy a instalar en Londres —dijo Paula tranquilamente.


—Y entonces, ¿Por qué te vas a casar con Agustín?


—¿De veras crees que me casaría con él?


—No lo sé. Me doy cuenta de que tampoco te conozco tanto como pensé en su día.


—No me voy a casar con él, Pedro. Le voy a vender el ganado para que se lo regale a Jenny, su novia.


—Mi abuela no me lo había explicado claramente… Siempre se sale con la suya. Pero no entiendo por qué vendes tus vacas, a las que tanto quieres.


—Estoy embarazada, Pedro.


—¿Cómo…?


—Voy a tener un niño, por eso voy a vender la granja y me voy a vivir a Berkshire, para que veas de vez en cuando al niño. Es que soy incapaz de vivir en Londres. No podría criar a mi hijo allí…


—¿El niño es mío?


—¡Por supuesto, de quién iba a ser si no!


—De Agustín…


Paula se puso a reír.


—Fiorella me habría matado, antes de que me acercara a Agustín… Además, ya te he dicho mil veces que es simplemente mi vecino — continuó diciendo la granjera—. Te quiero, Pedro. Pero quiero ser yo misma. No soportaría las servidumbres de la capital.


—Olvídate de Londres. Yo también la detesto. Ayer tuve que pagar una fortuna porque la grúa estuvo a punto de llevarse mi coche —dijo Pedro—. Paula, cásate conmigo y vivamos aquí con nuestro hijo. Podríamos arreglar algunas partes de la granja y convertir los establos en un estudio para que yo pudiese continuar trabajando desde aquí.


—¡Pero si todo esto es horrible comparado con tu maravilloso departamento!


—Un cliente me ha hecho una espléndida oferta… Y no voy a rechazarla.


—¿Venderías tu departamento? Al fin y al cabo, representa la culminación de tu éxito profesional.


—No, eso sólo significa un montón de ladrillos y cemento. Mi verdadero éxito es éste —dijo el arquitecto posando su mano sobre el vientre de Paula.


Paula se lanzó a los brazos de Pedro, sin poder evitar soltar un gemido.


—Pensé que nunca dejarías la capital. ¿Qué va a pasar con tus clientes?


—La mayoría de ellos vive ahora entre el campo y Londres. Lo ideal de vivir aquí es que nos evitaremos los insufribles atascos londinenses cada vez que tengamos una reunión.


—Pero esta casa es horrible…


—Es maravillosa.


—Es un desastre.


Pedro sonrió.


—Necesita un poco de atención, ya verás cómo queda preciosa… Lo vas a disfrutar de lo lindo. Pondremos rosas a los dos lados de la entrada…


—Ya hay un par de rosales, de hecho —dijo Paula, riendo alegremente.


—¿Lo ves? La casa es perfecta…


—Pero tengo que pagar la hipoteca —dijo Paula, preocupada.


—Yo puedo comprarte la granja y, con ese dinero, tú puedes hacer una inversión, para cuando no me soportes más.


—O cuando tú quieras vivir sin mí.


—Eso no ocurrirá jamás —dijo Pedro, tomándola por la espalda—. Te he echado mucho de menos, mi amor. Me resultaría imposible vivir sin tí. De hecho, he intentado olvidarte trabajando más de lo normal, pero has estado en mi mente día y noche. 


El hombre la estrechó con pasión y ella le devolvió el abrazo poniéndose frente a él.


—Yo también lo he pasado fatal —reconoció Paula—. Nunca pensé que pudiese echar tanto de menos a un ser humano.


—Deberíamos haber hablado tranquilamente de todo esto. Así me podrías haber comunicado antes lo de tu embarazo.


—Pensé que te sentirías obligado a ejercer de padre y mudarte a Ealing o Richmond, algún sitio lo suficientemente cerca de tu trabajo. La otra alternativa habría sido vivir en el campo y eso habría arruinado tu carrera profesional.


—Paula, no tienes que preocuparte por mi carrera. Desde que gané el premio, he podido rechazar los proyectos que no me interesan. También me he creado algún que otro enemigo… He dejado a un lado a clientes a los que no podría haber contentado.


—Eso no augura nada bueno —comentó Paula, mirando a Pedro a los ojos.


El arquitecto sonrió.


—El otro día, una antigua clienta llamada Patricia Kennedy me acosó sexualmente. Por supuesto, no accedí a su proposición.


—Espero que pudieses escapar —le comprendió la joven, mientras le estrechaba aún más en sus brazos.


—Fue verdaderamente triste por ella y por su marido, que ya no puede contentarla sexualmente… Te amo Paula, y nunca podré querer a nadie más como te quiero. No tienes por qué preocuparte de mis clientes.


—Está bien —aceptó Paula, mirándolo a los ojos—. Pedro, confío en tí y espero que puedas confiar en mí tú también.


—Por supuesto que confío en tí. Aunque no en Agustín… —dijo Pedro, riendo.


—Agustín va a estar muy ocupado con Fiorella los próximos años.


El hombre se separó ligeramente de su amada.


—¿Puedo hacer una llamada?


Paula sonrió.


—No me lo digas: Vas a hablar con tu abuela.


Pedro le devolvió la sonrisa, burlonamente.


—¿Cómo lo sabes?


Paula puso agua a calentar mientras lo observada de lejos. Se dió cuenta de que su amado la miraba con verdadero apetito.


—Quizá necesites dormir una pequeña siesta para reponerte de tu viaje —dijo Jem con picardía.


—Lo has adivinado.


La granjera retiró el agua del fuego y ofreciéndole la mano a su amante, subió al dormitorio lentamente.



Refugio: Capítulo 51

A continuación, fue a visitar a Patricia y tuvo que estacionar en doble fila: La multa iría incluida en la minuta. La clienta estaba vestida con ropa liviana y le recomendó Pedro que se relajara.


—Sube al dormitorio, los planos para la azotea están extendidos sobre la cama. Yo voy un momento al cuarto de baño.


Cuando salió, Patricia llevaba un salto de cama que la dejaba prácticamente al desnudo. Pedro cerró los ojos y dijo:


—No, Patricia, por favor. No destruyas nuestra relación profesional. Los conozco a tí y a Antonio desde hace un montón de años y no quiero arruinarlo todo.


—Oh, Pedro, te quiero. Antonio ya no puede hacerme feliz en el sentido que estás pensando, además está fuera. Podrías prestarme un poco de tu calor… Te necesito, querido.


—Patricia, lo siento, pero no va a funcionar.


—Mírame, dime: ¿Qué ves?


La mujer se paseó ante su vista. El joven arquitecto no contestó. Tenía delante a una mujer que luchaba desesperadamente contra el paso del tiempo. Estaba demasiado bronceada, llevaba implantes de silicona e incluso lentes de contacto de color azul. Todavía, con las curvas propias de la edad y su auténtico color de ojos, resultaría por lo menos interesante.


—Lo siento, pero me marcho —dijo Pedro, mientras le besaba en la mejilla.



—¿Qué pasa con los planos?



—Envíamelos por correo.



El joven bajó a la calle y descubrió que la grúa se estaba llevando su BMW. Estuvo a punto de discutir con el agente de Policía, pero se calló y pagó la multa convenientemente. Cuando terminó con el problema del coche, ya no llegaba a su cita con el segundo cliente. Había perdido otro posible proyecto… Cuando llegó a casa, en su contestador había un mensaje de otro cliente. 


—Hola, Pedro. Soy Matías. Te llamo porque necesito un departamento en Londres como el tuyo. ¿Sabes si queda alguno en venta? Llámame. Hasta pronto.


Pedro se puso cómodo en el sofá, pensando en el día tan frustrante que había tenido. Se puso una copa de whisky y llamó a Matías.


—Lo siento, pero todos los apartamentos están vendidos y el mío no está en venta.


—Te pagaría lo que quisieras.


—Proponme una cifra…


El arquitecto casi se atraganta con la respuesta y dijo:


—Bueno, lo pensaré. Adiós.


Londres estaba empezando a agobiarle y pensó que, después de todo, quizá Paula tuviera razón. Si le vendía el departamento a Matías por esa suma, podría comprar alguna casa en Dorset, cerca de la granja de ella. Podría habilitar su propio estudio para seguir con su trabajo como arquitecto. De ese modo, Paula no tendría que vivir en Londres, ni abandonar a sus vacas. A lo mejor, con el tiempo llegarían a conocerse mejor e incluso ella le aceptaría en matrimonio. La granja sería el lugar ideal para vivir. Lo único que habría que acondicionar serían los establos y tendrían que encontrar espacio para su estudio… Se terminó la copa y trabajó un poco con una cuestión de papeleo. Rápidamente, se fue a la cama. A la mañana siguiente, se puso en contacto con varias inmobiliarias de Dorchester y les pidió que le enviaran información sobre cualquier propiedad de la zona que estuviera en venta. Más tarde, se dirigió en coche a Kent, para preparar un nuevo proyecto. Allí, puso en marcha los primeros esbozos para la rehabilitación de un secadero de lúpulo. De vuelta a casa, tenía otra llamada en el contestador. La contestó y pidió por teléfono comida preparada a una tienda cercana. Pedro se la comió y se fue a dormir. A la mañana siguiente, recibió mucha información de las agencias inmobiliarias. Se sentó para echar un vistazo y, de repente, descubrió que la granja de Paula estaba en venta. Inmediatamente después, llamó a su abuela.


—¿Me quieres decir por qué demonios se vende la propiedad de Paula…?


—Te iba a llamar hoy, pero no sabía muy bien cómo decírtelo.


—¿Qué le pasa a Paula?


—Le va a vender el ganado a Agustín como regalo de boda.


—¿Agustín Stockdale? —dijo Pedro, notando cómo se le helaba el corazón.


—Es mejor que vengas por aquí y vayas a verla. No tiene aspecto de encontrarse muy bien.


—Yo tampoco estoy bien, abuela. Ahora mismo voy a la granja — concluyó el arquitecto, pensando en la cantidad de trabajo que se le iba acumulando en el estudio.


Metió un par de prendas en una maleta y salió hacia Dorset. Llegó en menos de dos horas ignorando los límites de velocidad. Eran las diez de la noche cuando apareció por la casa de Paula.


—¡Pedro… Qué alegría!


—¿Me quieres contar qué es lo que te pasa? —preguntó el joven, tomándola por el brazo e introduciéndola en la cocina.


—No me toques, no me gusta que me pongas las manos encima para hablar conmigo —replicó Paula.


Pedro no se había dado cuenta de lo que había sobre la mesa y la granjera suspiró pacientemente.


—Me ha dicho mi abuela que te vas a casar con Agustín. No sólo le vas a vender las vacas sino que vas a vender la granja también.


Paula era consciente del enredo que tenía Pedro en la cabeza. ¿Por qué habría pedido información sobre Dorset? Era posible que hubiese pensado en trasladarse por la zona… La joven comenzó a explicarle su situación.


—Agustín se ha portado muy bien conmigo.


—Tenía el ojo puesto en las vacas y en tu cuerpo. ¿Pero, acaso en tu cerebro? 

Refugio: Capítulo 50

 —Lo siento, pero todavía me parece estar viéndote llegar, hace un año, en tu coche caro, procedente de la capital…


—Eso era antes, ahora no soy así. Es más, creo que nunca he sido así.


Paula preparó el té y se lo tomaron tranquilamente.


—¿Qué vas a hacer?


—¿Con el bebé? Pues tenerlo, por supuesto.


—¿Y seguir viviendo aquí?


—Sí, bueno, no sé… ¿Crees que podría con el bebé y la granja a la vez? El problema es que sin las vacas no puedo hacer frente a la hipoteca con la que estoy pagando las deudas del tío Tomás. Si me dedico a trabajar, no puedo dejar todo esto así como así. La granja entera necesita un mantenimiento que resulta muy caro. Supongo que tendré que volver a la vida profesional.


—¿Cómo abogada? —preguntó Agustín.


—Sí. Odiaba tener que tratar todo el rato con matrimonios rotos… Pero bueno, quizá pueda introducirme en otra rama de la abogacía.


—¿Te vas a replantear la propuesta de matrimonio de Pedro?


—No si eso implica que me voy a casar con medio Londres. Tenías que haberlo visto. Parecía como si Sam les perteneciera, y él dominaba la situación perfectamente. Sin embargo, yo detesto las relaciones públicas.


Paula siguió hablando de los inconvenientes que tenía el departamento de Pedro. Que si era un espacio diáfano donde el niño molestaría a su padre, que si tenía una escalera peligrosa, que si los muebles eran de lujo. Aunque el departamento era una preciosidad, no era el lugar más adecuado para criar a un niño. Al cabo de un rato, se bebió sorbito a sorbito su taza de té y le preguntó a Agustín.


—¿Qué te parece si le regalas a Fiorella mis vacas? 




Pedro estaba muy ocupado. Más incluso que en la época de la inauguración del nuevo centro cultural. Además, no quería estar en su departamento porque allí, todo le recordaba a Paula. Nunca se había parado a pensar que un desengaño amoroso pudiese afectar tanto a una persona. Los días soleados le parecían carecer de color e incluso las películas más divertidas le resultaban tristes. La música que oía en las tiendas o en la radio le mataban de amor. Incluso la música clásica en el coche le hacía daño. Utilizaba mucho su BMW para ir al enclave de un nuevo proyecto. Se trataba de una obra sin complicación, lo que le dió tiempo suficiente para atender todas las entrevistas que había concertado después de ganar el premio de diseño. Las citas le hacían salir de Londres con destino al Sudoeste de Inglaterra. Visitó Surrey, Hampshire, Wiltshire e incluso Dorset, aunque lejos de la granja de Paula. Algunos clientes le preguntaban por la joven y él tenía que contestar que ya no la veía, con el consiguiente dolor en el corazón. Sus padres estaban preocupados por el mal estado en el que se encontraba. Apenas se cuidaba, no se miraba en el espejo ni para reconocerse… Cada segundo de su vida era una tortura, y le hacía sentirse como si se fuera a hundir constantemente. ¡Echaba tanto de menos el calor y la figura de Paula!


Cinco semanas después de la inauguración tuvo una llamada: Se trataba de una clienta y amiga que necesitaba su asesoramiento para realizar reformas en el tejado de su casa. Pedro no entendía muy bien por qué Patricia Kennedy, una mujer complicada, tenía tanto interés en que fuera personalmente a preparar las reformas de la casa. Ese día tenía la agenda muy apretada, sin embargo, consiguió hacer un hueco para visitarla. En su primera cita del día, Pedro se libró de una multa por haber estacionado mal el coche. No le interesaba especialmente el proyecto por lo que dejo pasar la ocasión de captar nuevos clientes en Hampstead. 

Refugio: Capítulo 49

Pasaron varias semanas y Paula estaba realmente desanimada, por la dureza del clima y por la pena de no volver a ver a Pedro. Sacó las vacas al pasto y pensó que tenía que limpiar el establo con el tractor. Para eso hacía falta dinero. La joven decidió ir a Dorchester a vender el vestido negro de la inauguración y uno de sus trajes de chaqueta. Tomó el autobús e hizo sus recados. Con el dinero obtenido, Jem se sentía rica. Se fue a una cafetería a merendar y más tarde, se sentó en un banco del parque. Con sus manos tan estropeadas, se dedicó a contar las semanas de retraso de su período. Habían pasado siete semanas desde que tuvo su última menstruación. Fue a una farmacia a comprar un test de embarazo. Tras tomar el autobús de vuelta, llegó a casa e hizo la prueba de embarazo que dió positivo. Su corazón comenzó a latir apresuradamente. «Estoy embarazada. Un hijo de Pedro va a crecer dentro de mí y dentro de siete meses lo tendré en mis brazos» pensó, siendo consciente de la importancia del acontecimiento.


—Voy a tener un niño, Daisy. ¿Qué te parece?


La perrita comenzó a mover el rabo alegremente, manifestando su apoyo incondicional.  La joven se sentó en la cocina observando la cánula del test teñida de azul. No se atrevía a tirarla por si acaso… De repente, Luna se puso a ladrar desaforadamente y apareció Agustín. Paula metió a toda prisa la barra azulada en un recipiente de cocina que estaba a mano.


—Hola, Agustín.


—¿Cómo estás?


—Bien, gracias. ¿Cómo va tu brazo?


—Ya no llevo la escayola. Veo que has sacado a las vacas al pasto.


—Quería que les diera el aire. Tengo que hacer limpieza en el establo, pero como no disponía de tractor…


—No me querrás vender las vacas como regalo de boda… —soltó de pronto el granjero, jugando con la caja de Paula distraídamente.


—No. Pero, ¡Agustín, felicidades! —exclamó Paula, dándole un abrazo—. Calla, Luna, que se va a casar, pero no conmigo.


Entonces habló el granjero con las mejillas encendidas.


—Parece ser que yo le gustaba a Fiorella, pero no me lo dijo para que yo insistiera.


—Y tú no lo hiciste.


—No… Al menos durante un año. Parece estúpido, ¿Verdad? Nos hemos conocido poco a poco, charlando a uno y otro lado de la barra del pub.


—Y esta vez sí ha accedido a tu petición…


—Claro, estoy enamorado de ella —reconoció torpemente Agustín, no queriendo hablar mucho de sus sentimientos íntimos.


El granjero bajó la mirada y, en un segundo, descubrió lo que había dentro de la caja con la que estaba jugando.


—Paula… —murmuró sin saber qué decir.


—No se te ocurra comentárselo a nadie —le amenazó Paula, agitando su dedo índice.


—¿El hijo es de Pedro?


—Por supuesto, de quién iba a ser.


—Los de la ciudad hacéis cosas distintas a las nuestras.


—Yo detesto la ciudad —replicó la granjera. 

martes, 18 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 48

 —Creo que eres un poco injusta. Yo tengo muchos amigos en los que confiar.


—Y yo también, pero ni viven, ni nunca vivirían aquí.


Pedro se puso triste.


—Paula, te quiero.


—Yo también te quiero, pero las cosas no son tan fáciles.


—Deberían serlo…


—Ya lo sé, Pedro. Como te conté, estuve ejerciendo de abogado matrimonialista durante años. Conocí a parejas que no podían vivir juntas a pesar de estar enamorados. Al final, terminaban separándose, destruyendo de ese modo el amor que había existido entre ellos. Lo siento, pero no puedo casarme contigo. Sería incapaz de vivir en Londres. No podría ser yo misma y, en ese caso, ya no me desearías. Sería espantoso para mí.


—Siempre sentiré deseo por tí —dijo Pedro, cerrando los ojos y acercándose más a Paula—. Piénsalo con calma y, luego, me das una respuesta. Sobre todo, no te apresures.


—No necesito apresurarme…


—Shss. Ahora calla, déjame que te haga el amor.


Las manos del amante tomaron por debajo de la camisa los pechos de Paula y sus bocas se unieron al unísono con urgencia. La granjera estaba muy triste: Se trataba de la última vez que iban a disfrutar del amor… La entrega sexual fue más bien amarga y, cuando hubieron terminado, no se sabía a ciencia cierta si las lágrimas eran del uno o del otro… 


A última hora de la mañana, Pedro llevó a Paula a la granja en su flamante BMW. El viaje transcurrió en su mayor parte en silencio. No obstante, el joven acariciaba de vez en cuando el brazo de ella, o le ponía amistosamente la mano en un muslo. La granjera evitaba pensar en su separación, aunque apenas podía dejar de llorar. Cuando llegaron al patio de la casa de labor, el joven rechazó la taza de té que le había ofrecido la dueña de la finca. A Jemima le alegró porque era incapaz de prolongar la despedida. Pedro la siguió, llevando su maleta. Cuando el joven se iba a ir, miró a los ojos a su amor. 


—No digas nada —murmuró el arquitecto—. Piensa en lo que te he propuesto. No tenemos por qué vivir en Londres… Hay infinidad de lugares donde podríamos vivir.


—No puedo estar en la ciudad… —repitió la granjera obstinadamente y le acarició la mejilla con una de sus rudas manos.


Este gesto puso claramente de manifiesto las diferencias palpables entre la pareja.


—Te quiero —dijo Paula, haciendo un esfuerzo para mirarlo a los ojos.


—No lo suficiente —sentenció Pedro.


—Lo que pasa es que nuestros mundos son muy diferentes y yo no puedo dar marcha atrás. Una vez realizada mi escapada al campo, ya no soy la misma persona. Eso no quiere decir que no te quiera. Creo que eres una persona maravillosa —dijo Paula comenzando a llorar de nuevo y buscando el cuerpo de Pedro para recobrar la calma.


Ambos se unieron en un beso interminable y luego se separaron. Pedro entró en el coche y se marchó casi sin oír la débil despedida de la granjera. Dentro de casa, Paula oyó cómo el ruido del motor se apagaba hasta desaparecer. De pronto, apareció Agustín que venía a visitar a su vecina. La granjera no podía contener el llanto y estrechó con sus brazos al amigo para desahogarse con él. Pedro no sabía muy bien hacia dónde ir. Se acercó a la casa de sus abuelos. Apareció su abuela con las manos llenas de harina que le hizo pasar directamente a la cocina, cerca del fuego.


—Ganamos el premio de diseño —dijo Pedro inexpresivamente.


—Ya lo sé, me lo dijo tu madre por teléfono. Enhorabuena, querido. Pero, ¿Qué es lo que has venido a contarme?


—He cometido una estupidez.


Luisa puso agua a calentar y preparó el té con un ajetreo que le resultó familiar y alivió un poco su pena. Su abuela le pasó la taza de té.


—Le he pedido a Paula que se case conmigo —dijo por fin el hombre con un nudo en la garganta—. Me ha dicho que no.


Pedro estaba haciendo esfuerzos por no llorar. Mientras tanto, su abuela lo miraba comprensivamente, sin decir una palabra. 


—¡No me mires así, por Dios!


—Está bien. El problema que tienen es la diferencia existente entre sus formas de vida, ¿No es así?


El joven asintió.


—Por supuesto, ella no se mudaría a Londres porque lo detesta. Cuando se mudó a la granja, lo había estado pasando fatal. Pero rápidamente se centró en las labores de la granja, con las vacas y las gallinas y recobró la alegría.


Pedro asintió tristemente.


—Entonces, ¿Qué vas a hacer? —preguntó Luisa.


—Supongo que volveré a la ciudad y trataré de olvidarla —contestó el nieto con resignación.


—¿Antes o después de morirte de pena?


Inmediatamente después, Pedro se cobijó en los brazos de su abuela que le consolaba con caricias en la cabeza, como a un niño pequeño.

Refugio: Capítulo 47

Sus padres se quedaron mirando a la pareja con sorpresa y complicidad.


—Muy bien, hijo, descansa —dijo la madre de Pedro, mirando comprensivamente a Paula, que se puso colorada al instante.


—Estamos muy orgullosos de tí, has estado realmente brillante esta noche —le felicitó el padre, dándole palmadas en el hombre a su hijo.


La madre le besó en la mejilla y le hizo un gesto cariñoso a Pedro susurrándole algo de una invitación para otro día. Por fin pudieron escaparse esquivando a la gente, subiendo al departamento a pie y evitando ser vistos por los invitados. Nada más abrir la puerta, él se quedó pegado a ella de espaldas. Atrajo a Paula hacia él y la abrazó riendo.


—Lo conseguimos… Me recuerda a cuando hacía novillos de pequeño. Me estoy portando mal…


—No deberías haberte desembarazado de tus padres —le dijo Paula, dándole con un dedo en la punta de la nariz.


—No veo por qué. Quiero estar sólo contigo, Paula.


El hombre se acercó a la boca de la joven y le dió un beso suave y ligero. A partir de entonces, Pedro la besó apasionadamente, meciéndola con un brazo mientras la otra mano la tomaba el trasero, impulsándola hacia él.


—Te deseo —murmuró Pedro en los labios de su amante, que se quedó con las piernas temblando.


—¡Oh, Pedro! —susurró incoherentemente su compañera.


El amante llevó en brazos a Paula hasta su dormitorio y la depositó en el borde de la cama.


—¿Cómo se desabrocha este vestido? —quiso saber Pedro, con manos impacientes.


—Bajando la cremallera —dijo Paula, dejándose hacer.


Cuando la hubo desvestido, Pedro se encontró con que su amante llevaba ropa interior de color rojo…


—La última vez que viste estas prendas… —dijo Paula, sonriendo pícaramente.


—Estaban atadas a un par de palos en una zanja llena de nieve. La verdad es que te sientan mucho mejor a tí.


Paula rió y se miró el sujetador y el liguero rojos que contrastaban con las bragas y las medias negras. Su aspecto excitó al hombre mucho más de lo que ella esperaba.


—Quédate quieta —dijo Pedro, quitándose su elegante traje de vestir y tirándolo al suelo.


A continuación tomó a su amante, que emitió un pequeño gemido de alivio, cuando se vió envuelta por los brazos masculinos… Tanto el traje de Pedro como el vestido de Paula tenían pelusas de la lana de la moqueta. La granjera los recogió y los sacudió para dejarlos sobre una silla. Paula se puso las bragas negras de encaje y la camisa de su amante. Fue a la cocina y puso agua a calentar. Eran las cinco y media de la mañana, la hora de ordeñar a las vacas que era su despertador biológico. Como Pedro estaba durmiendo y no tenía nada que hacer, subió al salón del piso de arriba y se puso a tomar el fresco en la terraza. El aire resultaba ligeramente cargado, se notaba el tráfico por la cantidad de bocinas que sonaban y por el río también había mucha actividad. Paula se dió cuenta de que echaba mucho de menos a las vacas, las gallinas y al tordo que cantaba todas las mañanas. Ése era el mundo de Pedro. Había sido el suyo, pero ya no se sentía a gusto en la gran ciudad. En ese momento se sentía ajena totalmente a ese ritmo de vida. Estaba tiritando de frío, cerró la terraza y se encontró con él en lo alto de la escalera.


—Te echaba de menos. Me desperté y te habías levantado —dijo el hombre.


—Es la hora del ordeño —replicó Paula, envolviéndose con sus propios brazos.


—Estás tiritando, vuelve a la cama… He hecho un poco de té.


Paula le siguió y sonrió ampliamente para ocultar su infelicidad. En la cama, Pedro la rodeó de almohadones para que estuviera cómoda, se tumbó a su lado y le ofreció una taza de té. Se inclinó sobre ella y le dió un beso suave.


—Buenos días. 


Bebiéndose la infusión de una vez, exclamó:


—Realmente lo necesitaba. ¿Queda más té?


—Ahora mismo voy a hacer más —dijo Pedro, abrazándola—. Quiero agradecerte que hayas pasado la velada de ayer conmigo, porque estaba muy nervioso.


—No tiene importancia —respondió Paula.


El hombre le estaba acariciando el brazo y miraba la mano donde le había escrito el mensaje sobre el premio…


—Estoy muy orgullosa de tí —murmuró la granjera sonriendo y besándolo en la boca.


Iba a echarlo mucho de menos, cuando volviera a Dorset…


—Paula, te quiero —dijo Pedro de repente y la mano de la joven que le acariciaba la mejilla se quedó helada—. De hecho, creo que te he querido siempre, desde que tenías seis años. Ahora te quiero como no he querido nunca a nadie. Es la primera vez que me pasa esto. Tengo miedo de que te vayas porque eres lo más importante de mi vida.


—¡Oh, Pedro! Yo también te quiero —exclamó Paula, llorando a lágrima viva.


—¿Quieres casarte conmigo? —murmuró el hombre—. Quédate conmigo hasta el resto de nuestros días. Te necesito tanto… Paula no pudo contener el llanto de dolor.


—No puedo, Pedro. ¿Qué voy a hacer con las vacas?


—Véndeselas a Agustín.


—El asunto es más complicado… Me fui de Londres porque odiaba la vida en la capital y este fin de semana he vuelto a detestarlo. Este lugar no es para mí…


—Podríamos mudarnos a otro sitio, si no te gusta mi apartamento…


—No se trata de tu casa o de este conjunto arquitectónico… Que me gustan muchísimo. Me parecen maravillosos y comprendo que estés orgulloso de haberlos creado tú y tus colegas. Lo que me molesta es la gente que va de guapa y brillante por la vida, cuyo único interés es perseguir sueños de fama y dinero. ¡Son tan falsos! Aquí no hay gente como Agustín o tus abuelos… No son personas en las que puedas confiar cuando tienes problemas. La gente de tu mundo no piensa más que en ir a lo suyo.