martes, 18 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 46

Paula sonrió plácidamente. Ambos bromearon unos instantes. Se iban a sentar tranquilamente pero los invitados seguían acercándose a Sam, que respondía todo el rato con buen humor y delicadeza. Esto emocionó a la joven que logró terminar su plato, mientras que el homenajeado sólo pudo probar un par de bocados de los deliciosos manjares del buffet. Cuando Pedro observó la blancura del plato de ella, se rió y le dió su parte a su acompañante. Él seguía atendiendo a clientes potenciales, repartiéndoles tarjetas del estudio. Como se les iba agotando la paciencia, decidió que comerían más tarde. De momento, tomó a Paula de la mano y ambos se marcharon a la sala de exposiciones a ver las fotos de las obras. Allí tampoco hallaron intimidad.


—Volveremos mañana —dijo Pedro de buen humor—. Vayamos al teatro: Seguro que no hay nadie.


Allí, sobre el escenario, había una pequeña orquesta que tocaba música de baile, con luz tenue.


—Nunca me habías dicho que te gustaba bailar —dijo Paula.


—Es que no he tenido oportunidad de hacerlo…


La pareja permaneció entrelazada, dejándose llevar por la música.


—¿No te he dicho todavía que estás muy elegante?


—Ya me lo has dicho, pero puedes seguir diciéndomelo todas las veces que quieras —contestó Paula.


—¿Por qué te has puesto los guantes largos?


—Para cubrir mis manos… No quería que pensaran que soy una obrera de la construcción —comentó Paula, divertida.


Pedro la estrechó entre sus brazos y posó su barbilla sobre la cabeza de la joven, dando un suspiro.


—Por fin, parece que puedo relajarme…


—Has estado maravilloso. Estoy muy orgullosa de tí, Pedro —le comentó Paula.


—Estaba muerto de miedo, hasta que te reconocí entre el público. A partir de ese momento, estuve tranquilo. Era como si me hubieses transmitido toda tu calma y la fuerza de tu espíritu.


—Ni soy tranquila ni ecuánime —dijo Paula, riendo—. No soy…


—Lo fuiste con la nieve y la avería eléctrica. 


—Estaba demasiado deprimida para ponerme nerviosa. Lo único que me apetecía era acurrucarme en una esquinita… Bueno, el caso es que allí estuviste tú para ayudarme. Se lo debo a Luisa.


—Pero no perdiste el control —insistió Pedro—. Acércate, que estás muy lejos…


Los dos estaban siguiendo el ritmo de la música, compartiendo su calor. Paula notó la fortaleza y la buena forma del cuerpo de Pedro. Se dió cuenta de que estaba tan pegada a él que se le iba a arrugar el vestido. Pero no le importó y siguió bailando placenteramente. Se estaban excitando mutuamente, y se sentían completamente ajenos al resto del mundo. Ella se preguntaba cuándo podrían estar solos. En ese instante, alguien lo reconoció y Pedro mantuvo una breve conversación con él, sonriendo diplomáticamente. Había posado su mano masculina sobre una de las caderas de la joven y, cuando la banda de música comenzó a tocar una canción romántica, se puso a bailar con Paula, pidiendo excusas por retirarse. La tomó en sus brazos y se la llevó bailando entre otras parejas. Él seguía el ritmo de la melodía perfectamente, o quizá se trataba de una sincronía entre ellos dos… Bailando al mismo son. Parecía como si hubiesen sido pareja toda la vida y ella empezó a notar cómo le subía la temperatura, teniendo el cuerpo de Pedro tan cerca del suyo. No iba a poder resistir esa posición mucho tiempo más, ni él tampoco…


—Vayámonos a otra parte —propuso Pedro, esquivando a nuevos invitados que querían felicitarle.


Estaban ya en el vestíbulo, cuando de repente se encontraron con los padres de Pedro.


—Hola querido, nos preguntábamos dónde estarías… ¿Les apetece un café en algún lugar tranquilo?


Paula no se esperaba este nuevo encuentro… Y ahora no podían escapar. ¿O sí era posible?


—Lo siento —dijo el arquitecto sonriendo, esta vez sinceramente—. Paula está despierta desde las cuatro de la mañana y yo llevo durmiendo una media de tres horas al día, desde hace una semana. Teníamos ganas de retirarnos. Mañana voy a visitarlos, ¿De acuerdo? 

Refugio: Capítulo 45

Todo el mundo quería hablar con Pedro porque la noticia del premio se propagó rápidamente entre el público asistente. Paula estaba a su lado hablando únicamente cuando le dirigían la palabra, pero disfrutando de la perspectiva externa del teatro. Le apetecía mucho ver el resto de los detalles que había creado él con su equipo. Era un conjunto fascinante, cálido y con personalidad. Ella se lo podía imaginar como un lugar muy apreciado por los londinenses. Una vez dentro, el escenario se proyectaba ligeramente sobre el auditorio, consiguiendo una sensación de intimidad difícil de igualar. Paula se figuraba que las diferentes partes de la escena se podrían moldear de acuerdo con las necesidades de cada producción. La joven estaba deseando conocer al detalle el conjunto de la obra de Pedro. Sin embargo, no era el momento apropiado para visitar más edificios. Al contrario, el cocktail comenzó en seguida. Los asistentes hablaban entre sí, decían cosas brillantes e ingeniosas. Mientras tanto, Paula sonreía sin parar, hasta que le dolió la mandíbula. Segundos después, empezó la ceremonia de apertura. Pedro se fue a toda velocidad a escena con las personalidades oficiales, que estuvieron un buen rato comentando lo importantes que habían sido los edificios de la fábrica de cerveza para la comunidad local. También elogiaron el proyecto de él y su equipo, por haber restaurado y reciclado el complejo industrial, convirtiéndolo en un centro cívico de referencia. A continuación, las autoridades del distrito elogiaron el papel de Pedro en la nueva etapa de la obra arquitectónica.


—Decidimos sacar a concurso internacional la puesta en marcha del proyecto. Parecía lo más sensato teniendo en cuenta que los edificios tenían que resultar un lugar emblemático, a las puertas del segundo milenio. Recibimos miles de proyectos como respuesta y uno de ellos era el de Pedro Alfonso. Se trataba de un arquitecto joven, sin mucha andadura, pero con una idea muy concreta de lo que tenía que ser una obra de este calado. Sus diseños nos parecieron muy buenos y el proceso de su elaboración mostraba una madurez propia de un profesional experimentado. El hecho de ser el supervisor de todo el proyecto le hizo ganar numerosos puntos por su categoría no sólo como director sino también como ser humano. Su equipo tuvo que competir con un gran número de participantes procedentes de todo el mundo. Pero, por lo que podemos ver esta noche, está claro que hemos acertado confiando en él. Acaban de comunicarnos que le han otorgado el Premio de Diseño por este proyecto y estamos orgullosos de habernos asociado con él. ¡Enhorabuena, Pedro! Señoras y señores, con ustedes, Pedro Alfonso.


—Muchas gracias —dijo Pedro, con una amplia sonrisa—. Nuestra idea desde el principio fue ganar un desafío, y no estábamos seguros de haberlo conseguido. Pero esta noche, aquí, mi equipo y yo estamos seguros de haber acertado con nuestra filosofía. Gracias a Dios hemos terminado a tiempo, omitiendo las travesuras de algún pequeño duende que nos ha jugado malas pasadas.


El público rió con la broma y Pedro continuó hablando.


—El premio lo hemos recibido como una enorme gratificación. Desde aquí le doy las gracias a todos los miembros del equipo. Deseamos de todo corazón que los habitantes del distrito puedan disfrutar de las posibilidades de ocio que ofrece este centro cívico. Les damos las gracias por haber podido crear este lugar insignia para todos ustedes. Gracias por haber confiado en mí.


Cuando Pedro hubo terminado su pequeño discurso, se sentó en su asiento con un clamor de aplausos. El concejal del distrito descubrió una placa conmemorativa de la inauguración y, a continuación, invitó a los asistentes a una cena en el restaurante del centro. También comunicó a los invitados que había una muestra en la sala de exposiciones sobre la evolución de las obras de restauración. Entre tanto, Paula estaba perdida entre el gentío que reía y hablaba en alto, esperando a que regresara. Por fin, llegó. Todo el mundo quería charlar con él; señoras enjoyadas y esbeltas junto a sus maridos, le paraban para saludarle. Los intelectuales, que iban elegantemente vestidos y disfrutaban con sus brillantes conversaciones, también le detenían para tener unas palabras con él en esa noche tan especial. Por fin, Pedro se acercó a Paula y se la llevó con él, presentándosela a todo el que le dirigiera la palabra. Le tomó la mano y entró con ella en el restaurante.


—Estás espléndida —dijo Pedro observando a Paula. 

jueves, 13 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 44

Salió del departamento con prisa, bajó por el ascensor y cruzó el patio acristalado casi corriendo de impaciencia. Un portero con librea le paró.


—Buenas noches. ¿Me puede enseñar la invitación, por favor?


—La invitación… —dijo Paula, sorprendida—. He venido con Pedro Alfonso.


—Los acompañantes del Sr. Alfonso tienen todos invitación…


Paula se quedó sin pasar. ¡Qué frustración!


—Resulta que acabo de bajar de su departamento, y por eso no tengo entrada. ¿Podría usted avisarle para que yo entrara en el recinto?


—Lo siento, señora, pero en estos momentos está muy ocupado…


—Pero es que tengo que darle una noticia importante.


En ese momento, entre un grupo de personas, Paula reconoció al arquitecto y lo llamó.


—Hola, Paula. ¡Estás guapísima! Ven, te voy a presentar a mis colegas —y sin darle tiempo a hablar, la llevó hacia su equipo de colaboradores.


—Pedro, tengo que decirte algo…


—Más tarde, ahora no puede ser. Acaban de llegar las autoridades y tengo que estar presente para saludarles.


Paula no sabía cómo atraer su atención. De pronto, tuvo una idea. Le pidió un bolígrafo a un compañero de Pedro, y escribió un mensaje en la palma de la mano, previamente desenguantada. Cuando él lo leyó, comenzó a hacerle más preguntas a Paula.


—Cuando estaba saliendo del departamento, sonó el teléfono. Era para decirte que te han concedido el premio de diseño.


—¡Qué estás diciendo! —preguntó el arquitecto, mientras se sofocaba y se quedaba rígido por la impresión.


Paula le volvió a dar la noticia. 


—Acababan de salir de la reunión y, como sabían que esta noche era la inauguración, querían darte la noticia antes de los actos de apertura. Dijeron que te llamarían a tu móvil una tal Marcela Cárter o algo así.


—Cartwright —dijo Pedro y sus ojos empezaron a brillar como nunca de alegría—. ¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos ganado!


—Me alegro mucho, Pedro —y, alzándose sobre la punta de los pies, lo besó suavemente en la boca.


El joven empezó a reír y a dar abrazos a Paula, levantándola del suelo en volandas. Las autoridades asistieron a tal entusiasmo con expresión de sorpresa.


—Señores, me acaban de comunicar que hemos conseguido el premio de diseño para el cual habíamos quedado como finalistas.


Entonces, se produjo una reacción de júbilo general. Unos se daban palmadas en la espalda, otros se felicitaban entre sí. A continuación, Paula conoció a los padres del arquitecto. El padre era un hombre mayor, pero era el vivo retrato de su hijo y su madre tenía los mismos ojos y la sonrisa de Pedro.


—Estoy muy orgulloso de tí, hijo —dijo su padre.


—Espera un momento —le ordenó su madre que quería quitarle una mancha de carmín con su pañuelo—. Muy bien, hijo. Estoy muy orgullosa de tí.


Paula se quedó sonriendo, preguntándose si el rímel que se había puesto sería resistente a las lágrimas…

Refugio: Capítulo 43

Paula se puso a pensar en su modo de vida tan provinciano… Lo más probable era que Pedro la estuviera utilizando como pago de su ayuda en la granja. Súbitamente, se puso a llorar. Estaba a punto de descolgar el vestido, meterlo en la maleta y marcharse a su casa cuando apareció el arquitecto.


—¿Qué tal? —y la tomó en sus brazos sin darle tiempo para rechistar—. Humm… ¡Qué bien hueles! ¿Te apetece una taza de té?


—Claro que sí —dijo Paula, sonriendo.


—No he podido parar en todo el día. ¿Qué opinas del departamento?


—Es precioso —respondió la joven sinceramente, consciente de que ya no podría escapar hasta después de la inauguración…


—Paula, tengo que volver abajo. Usa el baño a tu antojo y vístete tranquilamente. Si bajas a las siete y media, te estaré esperando en la entrada.


Paula sintió una ola de pánico, pero en seguida recuperó el control. Después de todo, ya era mayorcita y había hecho cosas peores. En efecto, había batallado por sus clientes en los tribunales con cierta seguridad.


—Está bien, Pedro.


Ambos se despidieron con un beso en los labios.


—Me voy a duchar rápidamente para dejarte el cuarto de baño libre lo antes posible.


Al cabo de media hora, apareció vestido con un elegante traje. La única nota negativa la proporcionaba la corbata, que estaba mal anudada.


—¿Sabes hacer nudos de corbata?


Paula sonrió y dijo:


—Es mejor que la planchemos primero un poco.


Ambos fueron a la cocina y sacaron una tabla de planchar de uno de los armarios. Encendieron el aparato y, cuando estuvo caliente, Paula alisó con cuidado la seda de la corbata. Pedro estaba realmente nervioso. Miró el reloj e hizo una mueca.


—No te agobies, que esto ya está listo —dijo Paula con mucho remango—. ¿Tienes un pañuelo limpio? 


—¿Me lo pides para sonarte?


La abogada utilizó el pañuelo para humedecerlo y ponerlo sobre la corbata de seda. Con habilidad, Paula dejó las dos prendas convenientemente planchadas. A continuación, le puso la corbata al joven y le hizo un nudo que quedó perfecto. Ella era la única en su casa que le anudaba adecuadamente la corbata a su padre. Tenía que asistir a numerosas recepciones y siempre confiaba en su hija para el detalle final.


—Ya está. Ahora ya puedes bajar a la inauguración —ordenó suavemente la abogada.


—Estupendo. Entonces, nos vemos a las siete y media.


Pedro tomó el rostro de Paula y de dió un beso rápido. La joven le quitó una mota de los hombros y le dió otro beso en los labios.


—Buena suerte.


—Gracias.


Paula pudo ver su sonrisa, pero también el grado de tensión que le tenía atemorizado. Tampoco había tenido noticias del premio para el que había sido nominado. Esto suponía una pequeña preocupación más… La joven se metió en el cuarto de baño y se introdujo en el jacuzzi, disfrutando de los chorros de agua templada y de las burbujas. Se lavó el pelo, consciente de que debería darse un poco de prisa. Se maquilló y comenzó a vestirse. Necesitaba la ayuda de alguien, pero al final se las arregló para ponerse el vestido negro y el resto de los complementos. Se secó el pelo, que, desde que vivía en plena naturaleza, tenía mucho mejor aspecto, y lo peinó cuidadosamente. Ahora le tocaba el turno a las manos. Las untó con una crema apropiada y se puso los guantes largos. ¡La única persona que la había visto con ellos alguna vez era el veterinario! ¿Por cierto, cómo estarían los animales? Quizá tendría que llamar a Agustín… Descartó la idea y terminó de arreglarse. Bajó al piso de abajo para contemplar el resultado final e incluso ella misma se encontró estupenda. Se preguntaba qué es lo que pensaría Pedro. Como ya estaba lista, iba a salir del departamento. De repente, sonó el teléfono, pero, en vez de contestar, dejó que saltara el contestador automático. 

Refugio: Capítulo 42

Ambos siguieron abrazándose y bromeando, mientras que Pedro llevaba su maleta.


—No he traído el coche, porque el tráfico está fatal. Venga, démonos prisa: Todavía tengo cosas que hacer…


Tomaron un taxi que les llevó a través de la ciudad, hasta un centro cívico con un patio con gravilla rodeado de edificios de ladrillo. Por los alrededores, había gente que colocaba plantas ornamentales, otros llevaban banderas, los de más allá comprobaban el buen funcionamiento de las luces… Aquello era un enjambre de actividad. Pedro llevó a Paula a una zona acristalada entre dos de los edificios. Se trataba de algo realmente espectacular: Había verdor, luz, aire y espacio para dar y tomar. Paula se enamoró del lugar nada más verlo. Un ascensor transparente les llevó hasta el ático, donde se encontraba el departamento de Pedro. El joven introdujo la llave en la cerradura y dijo:


—Ésta es mi casa.


Paula se quedó impresionada por la altura de los techos y el lujoso juego de luces. Las paredes eran blancas, la madera del suelo clara y las viejas vigas del techo daban ese toque de glamour postmoderno, característico del conjunto arquitectónico. El fondo del departamento tenía dos pisos. Para acceder a la planta de arriba, había que subir por una escalera hecha de planchas de vidrio transparente, con un original pasamanos de arce. Como los peldaños eran transparentes, se podía ver la puerta de la terraza superior desde los primeros escalones. Al fondo de la planta baja se encontraba el estudio de Pedro. Había una mesa de dibujo con algún que otro diseño, fotos y un teléfono con el cual se comunicaría con los clientes y los constructores. Daba la sensación de que allí trabajaba una persona organizada y trabajadora. El piso de arriba era la zona donde estaban los sofás, delicadamente tapizados en color crudo, y elegantemente dispuestos alrededor de una mesa redonda. Se imaginó a Luna volviendo de un paseo y sentándose en uno de los maravillosos sofás de piel… ¡Qué espanto!  Todo estaba limpio y ordenado. En las paredes había cuadros originales, colocados de modo apropiado. Todo el ambiente despedía sencillez y buen gusto. Ella pensó en la cocina de la granja, donde ambos habían pasado momentos inolvidables. ¿Cómo podría soportar Pedro un lugar tan caótico y viejo, después de vivir en un sitio tan elegante?


—¿Qué te parece, Paula?


—Es maravilloso… —comentó la joven impresionada, mientras que Pedro la estrechaba en sus brazos.


—Ahora tengo que irme. Puedes hacer lo que quieras hasta que venga a recogerte.


Paula se dirigió hacia la cocina para prepararse un té. La habitación estaba decorada con madera de arce, acero inoxidable y cristal transparente. El conjunto dejó a la joven entusiasmada. De nuevo pensó en su cocina, con la estufa de leña tan anticuada… Su seguridad en sí misma empezó a debilitarse. Puso agua a calentar en un hervidor de diseño, que parecía más una obra de arte que un utensilio de cocina… Mientras el agua se calentaba, se paseó por toda la casa. La habitación de Pedro era amplia, ordenada y sencilla. Tenía una terraza que daba al Támesis y un cuarto de baño propio, lo que confirmaba que, más que un dormitorio, se trataba de una suite. Se acercó al salón y se dejó caer sobre uno de los sofás. Por fin, se preparó una taza de té. Esta vez, en vez de sentarse, subió al piso de arriba para disfrutar de la infusión junto a la terraza. Estaba empezando a anochecer, pero todavía podía apreciarse la fealdad del paisaje urbano. Sin embargo, las luces de la ciudad se fueron encendiendo poco a poco. ¡Ahora sí que podía disfrutar de la vista de la ciudad en todo su esplendor! Cuando se terminó el té, fue a buscar una percha para su vestido. Abrió el armario y sacó una. Se quedó impresionada por la cantidad de trajes, pantalones y jerséis que había. Casi toda la ropa era de diseño y cara. Todo lo que había allí dentro servía para vestir a un hombre de éxito, con una rica vida social. 

Refugio: Capítulo 41

La tienda de ropa de segunda mano se encontraba en la parte trasera de un emblemático edificio de dos plantas. El establecimiento era pequeño, pero había cosas preciosas. Ella sabía muy bien lo que quería: un sobrio vestido negro, sin mangas y largo hasta la rodilla. Lo encontró entre un montón de trajes de cocktail. Era muy sencillo y le sentaba de maravilla. Se compró también unos guantes negros, largos hasta el codo. En casa tenía unos zapatos que pegaban con el conjunto. Unas medias oscuras harían el resto… ¡Estupendo! Antes de tomar el autobús de vuelta a casa, se paró en el escaparate de una agencia inmobiliaria, visó que había algunas granjas parecidas a la suya, cuyo precio era mucho más alto de lo que ella había declarado para poder recibir la herencia del tío Tomás. Se puso muy contenta: tenía el privilegio de poseer la pequeña explotación de su familia. A continuación, la joven subió al autobús, que la llevó hasta casa. Una vez allí, subió a su cuarto y colgó sus adquisiciones en el armario. Se quitó el traje que llevaba puesto y se vistió de faena para comenzar a ordeñar a las vacas.


El jueves, Paula recibió una carta de parte de la secretaria de Pedro. Contenía un billete de tren para ir a Londres, así como unas breves líneas del arquitecto. En ellas le comunicaba  que un taxi la llevaría desde la granja hasta la estación. Tras la llegada a la capital, el propio Pedro la recogería para llevarla a la inauguración. La víspera, él habló por teléfono con la joven, que estaba dormida. Nada más oír la llamada, Paula se lanzó escaleras abajo.


—¿Dígame? —dijo la granjera.


—Hola, Paula. ¿Qué tal estás? 


—Bien. Estaba durmiendo…


—Perdona. Se me había olvidado que madrugabas tanto. ¿Recibiste la carta de Valeria?


—Sí, claro… Gracias, Pedro. Agustín y tus abuelos están de acuerdo para cuidar a los animales… Pedro, ¿Habrá que ir muy elegante a la inauguración?


Paula sintió pánico de repente, pensando en su vestido de segunda mano.


—Sí, claro. Un vestido de cocktail sobrio y distinguido sería lo aconsejable. ¿Te parece bien?


—Estupendo —mintió Paula, mientras pensaba en el dinero para reparar el tractor…


De todas maneras, estaba contenta con el atuendo elegido. ¿Qué cara pondría Pedro cuando la viera con el vestido?


—¿Cómo va el trabajo? —preguntó la joven.


—Oh, estoy deseando que termine todo para poder dormir tranquilamente… Por lo pronto, ya tengo otro proyecto en marcha… Bueno, te tengo que dejar porque todavía estoy ocupado. Sólo quería comprobar que habías recibido el billete de tren. Hasta el viernes. Cuídate mucho.



La granjera estaba impaciente. Parecía como si el viernes no fuera a llegar nunca. Paula se levantó temprano, ordeñó a las vacas, se ocupó del resto de los animales, hizo la limpieza del establo y llevó los perros a casa de Alfredo y Luisa. A continuación, se dio un buen baño, se puso un traje sastre y metió en la maleta el vestido y todo lo demás. Con todo preparado, bajó al piso de abajo. No tuvo tiempo de comer nada porque, en ese mismo instante, apareció puntualmente el taxi que la llevaría a la estación. El tren llegó puntualmente a Londres, donde la esperaba el brillante arquitecto.


—¡Paula!


La joven corrió a su encuentro, sintiéndose absurdamente feliz. Pedro la besó y la abrazó hasta que, al fin, la dejó sobre el suelo. ¡Era la primera vez que la veía limpia y atractiva, lejos de la granja! 


martes, 11 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 40

 —Más o menos bien —dijo el arquitecto suspirando—. Hay mucho trabajo y estamos muy presionados. Quiero decirte que te echo de menos.


—Yo también. Parece como si estuvieras en otra galaxia.


Pedro rió con un leve tono de amargura.


—Te llamaba porque… Quiero pedirte que me acompañes en la inauguración del edificio. Es la semana que viene… El viernes por la noche.


—¿Yo? —dijo sorprendida Paula.


—Sí, tú. Pensé que te gustaría ver el proyecto una vez construido… Para ser honesto, necesito tu apoyo. Es la primera vez que me voy a enfrentar a una situación de esta envergadura y estoy muerto de miedo.


—Y necesitas alguien que te anime…


—Necesito tu presencia, compartir el momento contigo…


—Tus padres van a ir, ¿No es así?


—Sí, claro. Pero no es lo mismo. Quiero que me acompañes, pero también quiero celebrarlo contigo. Será algo muy especial.


—Primero tengo que ver si Agustín se puede ocupar de las vacas. Todavía lleva la escayola. Yo creo que si sólo se trata de una noche, podrá arreglárselas bien. Por lo tanto, tendría que volver el sábado por la mañana.


—Yo te podría traer a la granja el sábado. Lo que no voy a poder es llevarte el viernes a Londres. Voy a estar muy ocupado.


—Iré en tren, aunque primero tendré que dejar al ganado en manos de Agustín y a los perros con tus abuelos. La verdad es que me apetece mucho ir…


—Estupendo —dijo Pedro—. Bueno, te dejo, que aún hay un montón de cosas que hacer para mañana, además de otro proyecto que tengo entre manos. Ya te llamaré. Cuídate mucho.


—Tú también. Hasta pronto.


Paula colgó cuidadosamente el teléfono, pensando que tan sólo llevaban viéndose diez días. De pronto, se acordó de que no tenía nada que ponerse. Subió a su habitación y abrió el armario. En efecto, no encontró ningún vestido para llevar en tal evento.  Tenía ahorrada una pequeña suma de dinero para reparar el tractor. Pero lo que iba a hacer era sacar el dinero y tomar el autobús para ir a Dorchester. Allí, se dirigiría a una tienda de ropa de segunda mano, que estaba muy bien. Si sólo se ponía el vestido una vez, podría cambiarlo de nuevo por el dinero. De ese modo, sólo perdería la pequeña comisión de la venta. Sin embargo, para ir a Dorchester, necesitaría dejar a algún vecino cuidando a sus animales y eso podría ser más complicado. La joven fue a la granja de Agustín y le encontró luchando con la horca y el heno.


—Hola, Agustín. ¿Cómo te encuentras? ¿Has sabido algo de Fiorella?


El granjero rió y paró de trabajar.


—Me dijo que los vió a tí y a Pedro el otro día en el pub… Me da la impresión de que le molestó verte de nuevo.


—Sí, en efecto —dijo Paula, riendo—. A Pedro le guiñó el ojo, para fastidiarme.


—¿Y lo consiguió?


—En absoluto —dijo Paula—. Agustín, quería pedirte un favor. ¿Tú podrías ordeñar a mis vacas el viernes por la noche y el sábado por la mañana? Yo estaría de vuelta a mediodía del mismo sábado.


—Bueno, está bien. Creo que podré arreglármelas con todo. Teniendo en cuenta de que me lo pides tú, y que Pedro es parte de tu vida…


La granjera lo abrazó rápidamente.


—Yo me ocuparé de las gallinas antes y después de marcharme. No te supondrá un gran esfuerzo.


—Cuando vivía Tomás, solía ayudarlo con frecuencia… El favor que me pides no me molesta en absoluto.


—Gracias, Agustín.


—¿Qué vas a hacer si te dice que te cases con él?


—¿Casarme con él? —repitió Paula, atónita—. Pero si apenas lo conozco…


—Ya… —dijo Agustín, sin creérselo demasiado.


A continuación, Paula tomó el autobús para ir a Dorchester. Se quedó pensando lo de un posible enlace entre el arquitecto y ella. ¡Qué tontería! La relación no duraría más que unas semanas, lo justo para que el joven se relajase un poco de la tensión del trabajo. Se sintió defraudada…