jueves, 2 de marzo de 2023

Desafío: Capítulo 51

Paula no podía dormir. La imagen de aquella rubia besando a su marido se repetía en su cabeza una y otra vez. Lo lógico sería que Pedro pidiera el divorcio. Eso sería lo mejor. Así cada uno podría hacer su vida…


—Pau.


Al oír su nombre se incorporó, sorprendida.


—¿Qué haces aquí?


—Es mi casa, ¿Recuerdas?


—Sí, es verdad —suspiró ella—. Si me das un par de horas, me iré…


—¿Te vas? ¿Por qué?


—Porque esto ya no tiene sentido.


—¿Qué dices? Por favor, Pau, deja que te explique…


—No hay nada que explicar. He estado pensando y esto no podría funcionar nunca, Pedro. No hay nada más que hablar.


—No te entiendo, de verdad no te entiendo —suspiró él, pasándose una mano por el pelo—. Al menos dime cómo te encuentras.


—Bien, estoy perfectamente.


—¿Podrías hacerme un último favor? —preguntó Pedro entonces.


—¿Qué?


—¿Quieres venir conmigo? Me gustaría enseñarte algo.


—Muy bien, de acuerdo.


Paula se vistió antes de reunirse con él en el porche.


—¿Dónde vamos?


Pedro la llevó en la camioneta hasta un prado cercano al valle de los caballos salvajes. Estaba rodeado de árboles y, a la luz de la luna, el riachuelo parecía de plata. Como sus ojos.


—¿Te gusta?


—Es… Precioso.


—No sabes cómo me alegra oír eso.


—¿Qué quieres decir?


—Voy a construir mi casa aquí —dijo Pedro entonces.


—¿Vas a quedarte en San Angelo? —preguntó Paula, sorprendida.


—Sí, éste será mi hogar. Llevo algún tiempo pensándolo y ya estoy decidido.


—Pero has vuelto al rodeo…


—No, no he vuelto, Paula. Me he retirado.


—Pero… ¿Por qué no me lo habías dicho?


—Porque no lo he sabido yo mismo hasta que monté ese toro. Entonces me dí cuenta de que ya no tenía que hacerlo —suspiró Pedro—. He descubierto que hay algo que me importa mucho más. Tú.


—Ya, claro. Hasta que aparezca otra rubia…


—Paula, por favor. Lara se acercó para que nos hicieran unas fotos. No tengo el menor interés en ella. Nunca lo he tenido. Te lo juro, Pau.


Paula apartó la mirada.


—No funcionaría, Pedro. No podemos seguir fingiendo que el nuestro es un matrimonio de verdad…


—¿Sabes por qué quería volver al circuito? —la interrumpió él—. Porque es el único sitio que conozco, el único sitio en el que me siento a gusto. La gente sólo juzga si eres capaz de mantenerte encima del toro el tiempo necesario. Y allí me sentía importante. Ése era mi sitio. Hasta ahora. Tú lo has cambiado todo, Pau. No sabes cómo le necesito, cariño. Tú eres lo más importante de mi vida. Yo… no puedo dejar de pensar en tí ni un minuto. He intentado decirte esto muchas veces, pero no era capaz. No sabía cómo hacerlo.


Paula se llevó una mano al corazón.


—¿Estás hablando en serio, Pedro?


—No he hablado más en serio en toda mi vida. Te quiero, Pau. Te quiero tanto que no sé cómo decírtelo. Y quiero a nuestra hija… Por eso te he traído aquí. Quería enseñarte el sitio donde quiero echar raíces. Contigo.


—Oh, Pedro… Te quiero, yo también te quiero…


Él la apretó contra su corazón, temblando, sintiendo que estaba dando un paso definitivo en la vida.


—Nunca te he dado las gracias por devolverme la vida.


—Ni yo a tí, amor mío.


—¿Volvemos a casa? —sonrió él entonces.


—Claro. Quiero ver a El Diablo en acción —rió Paula.


—Créeme, será un placer.

Desafío: Capítulo 50

El sábado por la mañana, Pedro no fue a la arena sólo para firmar autógrafos. Se había apuntado al concurso. Un año antes estaría encantado con la atención de sus fans, especialmente las mujeres, pero aquel día sólo deseaba estar solo. Tenía que concentrarse. Habían cambiado tantas cosas desde que conoció a Paula. Le habría gustado hablar con ella, oír su voz. Tanto que tuvo que resistir la tentación de guardar sus cosas y volver a San Angelo. Pero no podría lidiar con el futuro hasta que hubiese lidiado con el pasado. Tenía que probarse a sí mismo, tenía que saber si seguía siendo el mejor. Pedro oyó la voz por megafonía anunciando el comienzo del rodeo, pero cuando se dirigía al portón una rubia lo tomó del brazo. Era Lara Sue Hartley, una aficionada al rodeo, o más bien a los campeones del rodeo, con la que se había corrido un par de juergas. Nada serio.


—¿Cómo estás, Pedro?


—Bien, ¿Y tú?


—Echándote de menos —contestó la rubia.


—Sí, bueno, perdona pero tengo que irme. Están a punto de empezar.


Cuando llegó al portón, tuvo que controlar el temblor de sus manos. Pero tenía que hacerlo, se dijo. No podía volver con Paula hasta que hubiese matado sus demonios personales. Su toro era una bestia de mil kilos, que bufaba en el cajón mientras él se ponía los guantes. Había llegado la hora de la verdad. Era todo o nada. Y él lo quería todo. Pedro se subió al toro, sujeto por los peones, y agarró la cuerda con una mano mientras levantaba la otra para que abriesen el portón. El animal salió despedido hacia la arena, moviéndose de un lado a otro como una fiera para quitarse la carga de encima. Pedro conseguía anticipar todos sus movimientos, aunque la pierna le dolía horrores. Incluso se mantuvo encima cuando empezó a cocear salvajemente. Entonces sonó la campana y el público prorrumpió en aplausos. Se tiró del toro y cayó rodando por la arena antes de subirse a la valla.


—Parece que El Diablo ha vuelto —anunció el presentador por megafonía.


—Noventa y tres puntos —sonrió Tomás—. Has pasado a la final.


Le daba igual. Sólo quería probar que aún podía montar un toro, que aún era un campeón. Pero ya no necesitaba más cinturones, ya no necesitaba más palmaditas en la espalda… En ese momento apareció Lara Sue de nuevo con un par de periodistas. Pero cuando iba a besarlo en la boca, él se apartó.


—Estoy casado, Lara.


—¿Y dónde está tu mujer?


—En casa. Está embarazada.


—¿Ah, sí? —sonrió la rubia, apretándose descaradamente contra él—. Entonces, supongo que necesitas un poco de diversión.


—No, gracias —contestó él. 


Entonces oyó su nombre y giró la cabeza. Era Federico. ¿Federico? ¿Qué hacía allí?, se preguntó. ¿Le habría pasado algo a Paula? ¿O a la niña? Entonces la vió. Sólo habían pasado dos semanas, pero se le puso el corazón en la garganta, estaba tan guapa con el pelo suelto…


—¡Pau! ¿Qué haces aquí?


—Había venido a verte, pero está claro que no me necesitas — contestó Paula, mirando a la rubia.


—No, espera. Te estás confundiendo…


—No lo creo. Fede, te espero en el coche.


—¡Pau!


Pedro intentó seguirla, pero su hermano se lo impidió.


—Déjala, ahora está enfadada y no va a escucharte.


—Pero tengo que hablar con ella…


—Ya lo sé. Mira, vuelve a casa. Nosotros llegaremos en un par de horas, tú puedes llegar por la noche. Quizá para entonces se le habrá pasado —suspiró Federico.


—Muy bien, de acuerdo.


—Nos vemos luego, Pedro.


Poco después, apareció Tomás.


—¿Quieres cenar algo antes de la final?


—No voy a presentarme a la final —contestó él.


—¿Por qué? ¿Te has hecho daño?


—No, he encontrado algo que me importa mucho más que la final. Pero tengo que convencerla.


Tomás sonrió.


—Pues buena suerte. Me alegro de que sigas siendo el mejor.


Pedro no se sentía así. De hecho, se sentía como un completo imbécil.


Desafío: Capítulo 49

 —Hola, Pedro.


—Hola, Tomás. ¿Qué tal?


—Bien. Venía a preguntarte si querías practicar mañana. Mi padre ha comprado un par de toros y he pensado que, a lo mejor, te gustaría probarlos.


Pedro se quedó inmóvil. Aquélla era la oportunidad que había estado esperando.


—No sé… No había pensado montar todavía.


—Sí, claro, entiendo. Aún no estás bien del todo —sonrió Tomás.


—De todas formas, podríamos hablarlo mientras cenamos.


—Ah, genial. Venga, yo invito a las copas.


Estupendo. Quizá el alcohol le haría olvidar a cierta pelirroja.




—¿Seguro que estás bien? ¿No necesitas nada? —preguntó Federico.


—Estoy bien y no necesito nada —contestó Paula.


—Entonces, ¿Por qué sigues trabajando?


—Soy una mujer embarazada, Fede, no una inútil. Además, sólo estoy ayudando un poco al doctor Morris…


—Pedro debería estar a tu lado —la interrumpió él.


—No, Pedro está donde quiere estar.


—No sé si eso es verdad —suspiró Federico—. Nunca había visto a mi hermano tan feliz como cuando está contigo.


—Cielo, sube a darle un beso a los niños —lo llamó Romina.


—Sí, ahora voy.


—No, creo que es mejor que vayas ahora mismo —insistió su mujer.


Evidentemente, quería quedarse a solas con Paula.


—¿Qué pasa, cariño?


—Nada… O todo. Este matrimonio ha sido un error. Pedro sólo se casó conmigo para solucionar el problema con mis padres…


—Eso no es verdad. Pedro se sintió atraído por tí desde el principio.


—Sí, claro, porque soy una diosa del sexo —bromeó Paula, mirando su abultado abdomen.


—Pedro no es tan frívolo como la gente cree.


—Lo sé, lo sé, pero…


—Siempre dice que no quiere sentar la cabeza, que no quiere tener un hogar. Porque no lo tuvo nunca. Hasta los diez años, Federico y él vivieron en un tráiler. Su padrastro no los quería y su padre, Francisco Ramírez, es un auténtico canalla. Por eso arriesga su vida… es una necesidad de probar que merece la pena, que vale algo — suspiró Romina—. Pero que se haya casado contigo significa mucho, Paula. Si no le importaras de verdad, no lo habría hecho. El problema es cómo hacer que mi cuñado admita eso. Los Alfonso son muy testarudos.


—Pero no me quiere…


—¿Quién ha dicho eso? Pedro está loco por tí.


—Entonces, ¿Por qué se ha ido?


—No tiene nada que ver contigo. Supongo que era una forma de probarse a sí mismo —contestó Federico, que acababa de entrar en la cocina.


Su marido no tenía que probarle nada, pensó Paula. La cuestión era si ella estaba dispuesta a aceptarlo como era. ¿Lo estaba? Sí, definitivamente. Quería estar con él, eso era lo único importante.


—Federico, ¿Dónde está?


—Este fin de semana estará en Fort Worth. Yo puedo llevarte, si quieres.


—¿Lo harías?


—Claro que lo haría. Eres de la familia, ¿No? Pero debo advertirte algo: Mi hermano se ha apuntado al concurso del sábado. Va a montar un toro.


Paula se llevó una mano al corazón.


—Muy bien —dijo, casi sin voz.


Pasara lo que pasara, le haría saber que iba a esperarlo. Que estaría en casa cuando volviera.

martes, 28 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 48

Esa tarde, Pedro fue a la consulta del doctor Morris.


—Tiene buen aspecto —murmuró el médico, examinando la pierna—. No puedo creer que seas el mismo hombre que hace un par de meses, ése que se veía pegado a la silla de ruedas de por vida. Pero, claro, una buena fisioterapeuta hace milagros. Aunque no tengo que decírtelo a tí. Por cierto, ¿Dónde está Paula?


—En casa —contestó Pedro.


—No sé qué habría sido de tí de no ser por ella. La verdad, era nuestra última esperanza.


—Sí, paula es maravillosa —murmuró él, apartando la mirada—. Doctor Morris, me gustaría saber si ya puedo volver al circuito. ¿Estoy recuperado del todo?


—Has recuperado masa muscular y el hueso ha curado muy bien, aunque siempre cojearás un poco. En cuanto al rodeo, la verdad es que no me hace ninguna gracia decirle esto a un paciente, pero… No hay ninguna razón médica que te lo impida.


Pedro asintió. Después de tanto tiempo, había llegado el día. Sin embargo, no estaba seguro…


—Gracias, doctor Morris.


—Dale las gracias a tu mujer. Ella es la que te ha devuelto a la vida. Por cierto, esos clavos en la pierna no te aseguran nada. Si vuelves a caerte del toro y caes mal… La lesión podría ser irrecuperable. A lo mejor es hora de pensar en un cambio de vida, ¿No?


Cuando salió de la consulta, Federico lo estaba esperando.


—¿Qué te ha dicho?


—Que estoy bien del todo.


—¿Y qué piensas hacer?


—Lo que siempre he querido hacer: Volver al rodeo.


—Pero… ¿Paula y la niña?


—Paula y yo hemos hablado mucho sobre esto. Ella sabe que es lo que quiero hacer.


—Ya, pero seguramente preferiría que te quedases en el rancho —suspiró Federico—. Y yo también, por cierto. Lo de la sociedad sigue en pie.


—Ya sabes que yo necesito un poco de emoción en mi vida — intentó sonreír Pedro—. Me gustar estar en la carretera, de un lado a otro…


Aunque Paula cada día era más importante para él, ¿Cuánto tiempo podría estar encerrado?, se preguntó. ¿Y si no podía darle lo que ella necesitaba?


—Ya, pero es que nunca has probado otra cosa —replicó su hermano—. A lo mejor te sorprendes.


—Sí, es verdad. Pero también es posible que haciendo otra cosa sea un completo fracaso.



Seis días después, Pedro estaba en un hotel de Lubbock, mirando el teléfono. Llevaba una semana separado de Paula y estaba empezando a resultar insoportable. Había vuelto al circuito, aunque sólo para firmar autógrafos. En otras circunstancias, estaría encantado con la atención de las mujeres, de la prensa, de los fans… Sin embargo, no lo estaba. Ni siquiera estaba seguro de querer volver a montar un toro. Sólo podía pensar en Paula, cómo estaría, si el embarazo se le notaría un poco más… Frustrado, se acercó a la ventana. Tenía que dejar de pensar en ella. Pero cuando no pensaba en Paula, pensaba en la propuesta de su hermano. Federico incluso le había ofrecido venderle parte de su rancho… ¿No sería lo mejor?, se preguntaba. En ese momento llamaron a la puerta. Era Tomás Andrews, uno de los jóvenes prometedores del circuito.

Desafío: Capítulo 47

Dos semanas después, Pedro despertó con Paula entre sus brazos. Para ser un hombre que no solía compartir cama, se le daba bastante bien eso de abrazar a su mujer. Y la idea de despertar solo empezaba a parecerle… Extraña. Pero había llegado el momento de hacer planes. Su representante llamó el día anterior para ofrecerle un tour firmando autógrafos, pero aún le parecía pronto para marcharse. Demasiado pronto, pensó, mirando a su mujer. En ese momento, Paula abrió los ojos.


—Buenos días —murmuró Pedro, inclinándose para besarla.


—Me encanta cómo me das los buenos días —dijo ella, medio dormida.


—¿Ah, sí? Pues esto es sólo el principio.




Una hora después, Pedro estaba observando el toro que había comprado su hermano.


—Es un Brahma. Mira qué fiera —sonrió Federico.


Él lo miraba como hipnotizado. Por primera vez en mucho tiempo sintió la emoción del peligro, el deseo de dominar a aquella bestia.


—¿Qué te parece? ¿Crees que Tornado será un buen toro de rodeo?


—¿Tornado?


—Te juro que me lo vendieron con ese nombre —rió su hermano.


—¿Lo han montado ya?


—No, pero vamos a intentarlo esta mañana.


—Podría hacerlo yo.


—¿Tú? ¿Estás loco? No puedes hacerlo, Pedro…


—¿Por qué no? Si puedo montar a caballo, también puedo intentar averiguar si Tornado es un buen toro. Te habrá costado un dineral, ¿No?




Paula estaba aburrida. Pedro parecía creer que necesitaba dormir horas y horas, pero ella estaba acostumbrada a moverse. De modo que, después de desayunar, se puso la cazadora y decidió echar un vistazo en los corrales. Seguro que Pedro andaba por allí. Iba sonriendo… hasta que lo vió sobre el portón, a punto de montar a un toro. ¿Qué iba a hacer? ¿Estaba loco? No podía verlo, no podría soportar que le pasara algo… Pero tampoco podía prohibirle que lo hiciera. Entonces, como si hubiera intuido su presencia, Pedro giró la cabeza. Incapaz de decir nada, Paula se dió la vuelta. Quería volver a casa, esconderse, olvidar que lo había visto sobre el portón, olvidar que aquel toro podría matarlo…


—¡Pau!


Ella no le hizo caso y siguió caminando sin detenerse. No quería pensar en Pedro Alfonso, no quería pensar en aquel hombre que le partía el corazón. Cerró de un portazo, pero Pedro entró un segundo después.


—¡Paula!


—No me apetece hablar —dijo ella, sin mirarlo.


—Pero tengo que explicarte…


—No tienes que explicarme nada. Dijiste desde el principio que tu objetivo era volver al rodeo, ¿No? Pues felicidades, parece que estás a punto de hacerlo.


—No he montado al toro, Pau. No iba a hacerlo, sólo estaba enseñándole unos trucos a los peones…


—¿Y tenías que subirte al portón?


—Sólo estaba… Pau, tú sabes que quiero volver al circuito. Ése es mi trabajo, es mi vida.


Sí, lo sabía. Pero esperaba que ella fuera más importante. Y, de nuevo, había vuelto a equivocarse.


—Muy bien. ¿Por qué no dejas de hablar y te vas de una vez?


—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Pedro.


—Sí, eso es lo que quiero.


Desafío: Capítulo 46

La despertó la luz del sol. Paula intentó abrir los ojos, pero tuvo que cerrarlos de nuevo. Estaba en la cama de Pedro. No debería haber ocurrido, pensó. Pedro se marcharía algún día, quizá muy pronto. Pero, ¿Cómo iba a lamentar haber hecho el amor con él? Thiago nunca fue tan tierno, nunca la abrazó así después de hacer el amor. Nunca se preocupó por lo que ella quería o deseaba… En ese momento se abrió la puerta y Pedro asomó la cabeza.


—Buenos días, señora Alfonso.


—¿Qué hora es?


—Tarde —rió él.


—Pero tenemos que hacer rehabilitación.


—No te preocupes, antes hay que desayunar. ¿Lamentas lo que pasó anoche?


Paula apartó la mirada.


—¿Estás buscando un halago?


—No, todo lo contrario. Quiero que seas sincera —suspiró él.


—Perdona, Pedro. Esto no se me da bien.


—Estamos casados, Pau. No ha pasado nada malo.


¿Y cuando me dejes?, se preguntó ella.


—Nuestro matrimonio no es real y tú lo sabes.


Pedro la miró entonces como si lo hubiera abofeteado.


—Ah, claro. Perdona, yo pensé que lo nuestro era algo especial.


Después de decir eso salió de la habitación dando un portazo. Paula se mordió los labios. ¿Qué podía hacer? Estaba completamente enamorada de él. Quizá tendrían poco tiempo, pero debía aprovecharlo… Tenía que convencerlo de que tanto ella como su hija lo necesitaban. Una hora después, fue al establo. Sabía que lo encontraría allí.


—Ten cuidado con Cheyenne —murmuró Pedro a modo de saludo—. Esta mañana no está de buen humor.

—No pasa nada, estoy acostumbrada a los caballos.


—¿Querías algo?


Paula dejó escapar un suspiro.


—¿Podemos hablar, Pedro?


—¿De qué?


—De lo que ha pasado esta mañana.


—No hace falta. Creo que has dejado muy claro lo que sientes.


—No, eso no es verdad. Es que tenía miedo —suspiró ella—. No lamento lo que pasó anoche, de verdad. Pero no sabía cómo portarme…


—Sí, entiendo.


—De verdad, Pedro. Nunca lamentaré haber hecho el amor contigo. Aunque haya sido sólo una vez.


—¿Sólo una vez? ¿Quieres decir que no puede volver a pasar?


—No, no quiero decir eso.


—¿Entonces?


—¿Podemos hablar en privado? No quiero que nos oiga nadie.


—Muy bien, vamos.


Hicieron el camino en completo silencio y, una vez de vuelta en casa, Pedro se cruzó de brazos.


—Dime.


—Las cosas han cambiado entre nosotros —empezó a decir Paula—. Y no sé… No sé si quieres seguir casado conmigo.


—Claro que quiero.


—Yo también, pero debes saber que no intentaré detenerte si vuelves al rodeo. Y, como acordamos, dentro de seis meses decidiremos si el matrimonio sigue adelante o…


—Pase lo que pase, no abandonaré a la niña.


—Lo sé, pero…


—Esta niña tiene un padre, así que deja de ser tan testaruda — la interrumpió Pedro—. Esto puede funcionar, Paula. Confía en mí.


Deseaba tanto creerlo. Pero, ¿Confiar en él? Ese era el problema.

Desafío: Capítulo 45

 —¿Quieres que te ayude a poner la mesa?


—No, por favor, siéntate. Debes estar agotada.


—No, estoy bien.


—¿Ah, sí? En menos de una semanas has tenido que organizar una boda, has visto tu luna de miel interrumpida por un tornado y, encima, haciendo rehabilitación con Pedro. Yo estaría por los suelos.


—Verás, es que…


—Paula, no tienes que darme ninguna explicación —la interrumpió Romima.


—Todo ocurrió tan rápido que no sé… Pedro se ha casado conmigo porque mi padre quería saber de quién era el niño. Yo no sabía qué decir y Pedro soltó que el padre era él. Así, de repente.


—Porque le importas de verdad. Así son los Alfonso —sonrió sucuñada—. Además, yo creo que eres perfecta para él.


—Pero Pedro no quería casarse.


—Ningún hombre quiere casarse, tonta. Hay que convencerlos.


—¿Y qué pasará cuando vuelva al rodeo?


—Podría cambiar de opinión, ¿No? A lo mejor descubre que le apetece vivir una vida tranquila. ¿Crees que podrá irse cuando conozca a su hija?



Cuando volvieron a casa, Paula intentó disimular un bostezo.


—Deberías haberme dicho que estabas cansada. Habríamos vuelto antes.


—No, estoy bien. ¿Y tú? Deberías estar agotado.


—Para mí ha sido un día perfecto —sonrió Pedro—. Y no quiero que termine —añadió, inclinándose para buscar sus labios. 


Paula no protestó. No podía hacerlo.


—Pedro…


—Dime que tú también lo deseas —musitó él, con voz ronca—. Dime que también quieres lo mismo que yo. Quiero hacerte el amor, Paula.


—Yo también —susurró ella.


En silencio, Pedro la llevó de la mano a la habitación y cerró la puerta. No tuvo tiempo de llegar a la cama, no podía esperar. Mientras la besaba, acariciaba su espalda por debajo de la camisa. Luego desabrochó el sujetador y acarició sus pechos con ansia. La oyó gemir y ésa fue la señal… Él le quitó camisa y el sujetador de un tirón, inclinando la cabeza para chupar sus pezones.


—¿Te gusta? —preguntó, con voz ronca.


—Sí —logró decir Paula.


—Entonces, te va a encantar lo que tengo en mente.


La desnudó poco a poco, tumbándola después en la cama. Ella se dejaba hacer. Quería estar en sus brazos, quería sentirse amada por él.


—Eres preciosa —murmuró Pedro, deslizando una mano por su cuerpo—. ¿Seguro que podemos hacerlo? —preguntó, dejándola reposar sobre su abdomen.


—Claro que sí. La doctora Parks dice que no tengo ningún problema y que las relaciones sexuales son buenas para la madre y para el feto.


—Si tienes alguna duda, dímelo…


—No tengo ninguna duda —lo interrumpió ella—. Hazme el amor, Pedro.


Él se desnudó en menos de un segundo. Le temblaban las manos mientras abría sus piernas. Pero Paula estaba preparada. Más que eso. Parecía haber estado esperándolo siempre. Cuando por fin estuvo dentro de ella, empezó a moverse despacio hasta que sintió que eran uno solo. Estaba ardiendo, pero intentaba controlarse para darle placer. Cuando Paula enredó las piernas alrededor de su cintura, tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse ir. Quería disfrutar de aquel momento… Pero no pudo esperar mucho. Paula dejó escapar un gemido al sentir las convulsiones y Pedro perdió el control. Se quedaron abrazados, sin separarse un solo centímetro hasta que el sueño los atrapó.