martes, 14 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 30

Pedro se levantó antes del amanecer. Parecía un día normal, pero todo había cambiado desde el día anterior. Por la tarde fueron a visitar a los padres de Paula… Y allí se encontró con sus hermanos: Lautaro, Santiago y Marcelo. Pero fue Alejandra quien hizo más preguntas. Miguel, sin embargo, parecía encantado. Como para casarse por la iglesia católica debían esperar seis meses, tendrían que conformarse con una boda civil. Que tendría lugar unos días más tarde. Esa mañana, fue a visitar a Federico para darle la noticia.


—Buenos días, hermano.


—Buenos días, ¿Qué tal?


—Bien, todo bien. Bueno, en realidad, venía a darte una noticia.


—¿En serio? Espero que sea buena.


—Sí, es una buena noticia —sonrió Pedro, aclarándose la garganta—. Paula y yo vamos a casarnos.


Federico lo miró, muy serio, durante unos segundos.


—¿Desde cuándo estáis juntos?


—Desde hace… Algún tiempo. Ah, y por cierto, Paula está embarazada.


—Ah, muy buena la rehabilitación. Pero hay algo más, ¿No?


Pedro se encogió de hombros.


—No es asunto de nadie.


—Haz el favor de contarme toda la historia. Soy tu hermano.


Federico siempre había sido muy protector y Pedro no quería que lo convenciese de que no era buena idea. Pero no podía mentirle.


—No quiero que lo sepa nadie más, pero Paula estaba embarazada cuando la contrataste. El padre del niño murió en un accidente de ala delta hace tres meses…


—¿Y por eso vas a casarte con ella?


—Sus padres vinieron a verla hace dos días y no sabían nada, así que… Bueno, les dije que yo era el padre del niño.


Federico lanzó un silbido.


—Sigues tirándote de cabeza, ¿Eh?


—Tengo que hacerlo. Pau me ha ayudado muchísimo. Si no hubiera sido por ella seguiría muerto de asco.


—Y por eso vas a casarte.


—Sí, pero pienso volver al circuito. Ese niño necesita un padre, Fede, así que se quedarán en la casa, si no te importa.


—Es tu casa, ya lo sabes. Puedes hacer lo que quieras con ella.


—Gracias. Si el médico me da el alta, me gustaría seguir en lo mío. Pero volvería aquí entre rodeo y rodeo —sonrió Pedro—. Y también he pensado en esa escuela de la que me hablaste. La verdad, creo que sería una buena idea.


—Ah, esto me suena muy bien —sonrió su hermano—. Curioso que una mujer pueda hacerte ver las cosas de otra forma.


—No voy a cambiar —protestó Pedro—. Pero un hombre debe pensar en el futuro.


Tenía dinero en el banco, pero no duraría para siempre, de modo que la escuela podría ser una buena inversión. Además, tendría que abrir una cuenta para el niño de Paula.


—¿Cuándo se casan? —preguntó Federico.


—Probablemente, la semana que viene. ¿Quieres ser mi padrino?


—Por supuesto, encantado —sonrió su hermano, pasándole un brazo por los hombros—. Parece que el último de los Alfonso ha caído en el lazo, ¿Eh? Cuando encontramos a la mujer de nuestra vida, no perdemos el tiempo.


—No es eso, Fede —insistió Pedro.


—Ya, eso es lo que decimos todos.


Desafío: Capítulo 29

 —¿Y cómo explicaremos que el niño se haya concebido antes de que nos conociéramos?


Pedro lo pensó un momento.


—Podríamos decir que nos conocimos el verano pasado.


—No puedo mentirle a mis padres.


—Paula, no has sido exactamente sincera con ellos, ¿No?


—Sí, ya… No quiero que se preocupen por mí. Mi padre tiene muchas deudas y si le cargo con esto…


—Entonces, deja que te ayude —la interrumpió Pedro.


—Pero yo puedo cuidar de mí misma.


—Muy bien, no necesitas ayuda económica. Pero, ¿Y si llevaras mi apellido? A menos que tengas algo en contra. Ya sabes, por Francisco Ramírez.


—Claro que no. Pero no quiero cargarte con un hijo que no es tuyo —protestó Paula.


—Al contrario que Federico, yo nunca había pensado sentar la cabeza. Pero el matrimonio podría tener sus ventajas.


Sí, claro. Pedro El Diablo Alfonso podría usar una alianza para que las mujeres del circuito supieran que no podían esperar nada de él.


—En realidad, quiero hacerlo por tí. Estoy de pie gracias a tí, Paula. Si consigo volver al rodeo, será por tí.


—No es verdad. Tú querías volver a caminar. Si no fuera así, no te habrías esforzado tanto.


—Paula, por favor, deja que te ayude. Podrías vivir aquí con el niño… Yo estaré de acá para allá y cuando venga a casa podríamos seguir como hasta ahora.


Paula se mordió los labios. Estaba pensando seriamente aquella proposición.


—Puedes seguir trabajando o volver a la universidad para hacer un máster, lo que tú quieras. En un par de años, cuando me retire, quizá me haga socio de mi hermano.


—¿En serio?


—Sí, me ha propuesto abrir una escuela de rodeo en San Angelo y la verdad es que no me parece mala idea.


—Ya, pero… ¿Y el niño? Mi hijo se acostumbrará a tí y, de repente, un día, tú te marcharás.


Pedro la miró, sorprendido.


—Yo nunca haría eso. Si nos casamos, siempre estaré ahí.


Paula se dió cuenta de que quería que Pedro estuviera ahí para ella. Pero sabía que nunca iba a sentar la cabeza…


—¿Y si alguno de los dos conoce a alguien? Deberíamos poner una fecha. No sé, seis meses después de que nazca el niño. Entonces volveremos a hablar del asunto.


—¿Para qué?


—Por si alguno de los dos quiere el divorcio. Podríamos decirle a la gente que tu profesión nos ha separado.


—Si eso es lo que quieres —suspiró él—. Pero hay una cosa más. Para todo el mundo, este niño será hijo mío. Y yo seré su padre. Pase lo que pase entre nosotros, siempre cuidaré de él, Paula. ¿Estás de acuerdo?


Esa promesa hizo que los ojos de Paula se llenaran de lágrimas.


—Estoy de acuerdo.


—Bien —sonrió Pedro entonces—. Y ahora deberíamos ir a hablar con tu padre… Antes de que vuelva con un rifle.

jueves, 9 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 28

 —¿Estás loco? —exclamó Paula cuando se quedaron solos.


Pedro se estaba preguntando lo mismo, pero le había parecido la única solución. Cuando salió de su cuarto y vió el rostro angustiado de Paula supo que era lo que debía hacer.


—Seguramente. Pero no sería la primera vez que hago una locura.


—Pero ahora tengo que contarle la verdad a mis padres, ¿No te das cuenta? ¿No has pensado que mi padre espera que… Te cases conmigo? Lo siento, de verdad. No sé cómo nos hemos metido en este lío…


—Paula, no te preocupes. La culpa es mía. No quería complicar las cosas, pero he metido la pata.


Durante aquellas semanas se habían hecho amigos y Paula le importaba mucho. Y le rompía el corazón verla triste. Sin duda, era una mujer muy fuerte y podía resolver su problema ella sola, pero no pensaba dejar que lo hiciera. Tenían que pensar en el niño. Un niño inocente que no merecía llegar al mundo en aquella situación.


—Paula, escúchame —dijo entonces, abrazándola—. He tenido una idea que podría funcionar. Hablaremos con tus padres y les diremos que no tienen nada de qué preocuparse porque… Porque voy a casarme contigo.


Paula se apartó de golpe.


—¿Qué?


—Lo que has oído.


—Esto no tiene gracia, Pedro. Y no me gustan las bromas.


—No estoy de broma. Escúchame un momento, por favor.


—¿Para qué? Estamos hablando de mi vida, de mi hijo.


—Y yo también. Sé lo que es crecer sin un padre, te lo aseguro. Y sé que si Thiago no hubiera muerto, las cosas habrían sido completamente diferentes, pero no es culpa de tu hijo. Supongo que tus padres conocían a Thiago…


Paula negó con la cabeza, recordando la excusa que inventó cuando Thiago no fue a su ceremonia de graduación. Más tarde descubrió que la había plantado para bajar el río Colorado en canoa.


—Debían haberse conocido en mi ceremonia de graduación, pero no apareció. Y les dije que… Habíamos roto.


—Ah, pues entonces es creíble que yo sea el padre del niño, ¿No?


—¡No! Cuando nazca, todo el mundo se dará cuenta de que es imposible. Estoy embarazada de tres meses y medio y sólo llevo aquí seis semanas. Aunque hubiéramos estado juntos desde el primer día…


—Oye, que yo soy famoso por encandilar a las mujeres — intentó bromear Pedro.


—Pero yo no soy así. No me acuesto con cualquiera…


—¡Oye!


—No quería decir eso. Quería decir que… Sólo he estado con un hombre en toda mi vida.


La sonrisa de Pedro desapareció.


—Al contrario que yo, que he estado con cientos de mujeres. No sé de dónde he sacado el tiempo y la energía para convertirme en un campeón del rodeo —dijo, irónico.


—Perdona, no quería decir eso —suspiró Paula.


—Sí querías decirlo. Y te sorprendería saber que los campeones del rodeo somos atletas, o sea que tenemos que entrenar horas y horas. En un buen día, te cuesta trabajo hasta levantarte de la cama, así que imagínate ir de fiesta… No digo que sea un monje, pero todas las mujeres con las que he estado sabían que no soy de los que sientan la cabeza —explicó Pedro entonces—. Lo más importante para mí siempre ha sido mi trabajo.


—Más razón para olvidarnos de esa idea absurda.


—No estoy de acuerdo. Si nos casáramos, yo no tendría que preocuparme por las distracciones del circuito.


Aquello era una locura. Sin embargo, Paula empezaba a pensarlo…

Desafío: Capítulo 27

Alejandra Chaves seguía siendo una mujer muy hermosa con su pelo castaño y sus ojos de color ámbar.


—En realidad, hemos pasado por el rancho de Luis y él sugirió que viniéramos a verte. Dijo que al señor Alfonso no lo molestaría.


—Pero es que estoy trabajando ahora mismo…


Pedro se levantó de la silla.


—No pasa nada, Paula. Claro que puedes recibir a tus padres. Hola, señor y señora Chaves. Y soy Pedro, no el señor Alfonso.


—Encantada de conocerlo —sonrió Alejandra, acercándose para estrechar su mano.


—Lo mismo digo. Señor Chaves.


—Encantado. Llámame Miguel, por favor. Y mi mujer es Alejandra. Por cierto, veo que estás muy bien —dijo el padre de Paula—. Espero que mi hija haya tenido algo que ver.


—Por supuesto. Si no hubiera sido por ella, seguiría en la cama —sonrió Pero—. Bueno, voy a darme una ducha. Por favor, Paula, sírveles un café o lo que quieran.


Paula intentó sonreír, pero no las tenía todas consigo.


—Pensaba ir a verlos este fin de semana.


—Paula, ¿Te encuentras bien? Te veo muy pálida —dijo su madre.


—No, estoy bien. ¿Quieres un café, mamá?


—¿Seguro que no te pasa nada?


—Nada en absoluto —contestó ella, volviéndose para sacar las tazas del armario.


—Miguel, ¿Te importa traer las magdalenas del coche? —dijo su madre entonces.


—Ah, es verdad.


Cuando su padre las dejó solas, Paula se echó a temblar.


—Muy bien, hija. Ahora puedes contarme la verdad.


—Mamá, no me pasa nada…


Alejandra Chaves la miró de arriba abajo y se fijó en su cintura.


—Estás embarazada.


Ella se mordió los labios. Nunca había podido mentir y, en cualquier caso, tenía que contárselo tarde o temprano.


—Sí. Lo siento, mamá —murmuró, echándose en sus brazos— . Lo siento mucho.


—No llores, cariño. Todo va a salir bien.


—Yo no quería que pasara…


—Lo sé —la interrumpió Alejandra—. Pero ha pasado y ya está. ¿Qué piensas hacer?


—Trabajar y cuidar de mi hijo.


—¿Y el padre del niño?


Antes de que Paula pudiera hablarle de Thiago, su padre volvió a entrar con una caja.


—¿Qué ocurre?


Contárselo a su padre sería mucho más difícil, pero tenía que hacerlo.


—Cuéntaselo, Paula —murmuró su madre.


—Yo… Verás, papá. Voy a tener un niño.


Miguel Chaves abrió los ojos como platos.


—¡Pau! Hija mía, ¿Estás bien?


—Sí, sí, estoy bien. Y el niño está bien.


—Pues entonces dime quién es el responsable. Tendrá que hacerse cargo y…


—Papá, no lo entiendes.


—Claro que lo entiendo. Entiendo que el padre del niño tendrá que hacerse responsable. ¿Quién es? Dímelo, hija.


Paula no sabía cómo decirle que el padre de su hijo había muerto. Que su nieto sería hijo de soltera. Abrió la boca para hacerlo, pero en ese momento entró Pedro en el salón.


—Soy yo, señor Chaves. Yo soy el padre del niño.


Paula se quedó tan perpleja que no pudo decir nada. Miguel se acercó a Pedro, muy serio.


—Si eso es verdad, espero que hagas lo que debe hacer un hombre. Y lo antes posible.

Desafío: Capítulo 26

 —¿De cuántos meses estás?


—De tres y medio.


—¿Y sabías que estabas embarazada cuando aceptaste este trabajo?


—Sí.


—Supongo que el padre es Thiago.


—Sí, claro.


—Pero si has estado ayudándome, cargando con mi peso… ¡Maldita sea, Paula!


—Tenía que hacerlo. Necesitaba este trabajo —murmuró ella.


—¿Y tus padres? ¿Quieres que los llame?


—No, no. Aún no se lo he dicho.


—¿Por qué no? Supongo que podrán ayudarte.


—Mis padres tienen suficientes problemas. Pidieron un préstamo para enviarme a la universidad y no quiero pedirles ningún otro favor —suspiró Paula—. Por favor, Pedro, no digas nada.


—Muy bien, de acuerdo. Pero no podrás mantener el secreto para siempre, ¿No?


—Ya lo sé. Necesito un poco más de tiempo. Si quieres despedirme, lo entenderé…


—No digas bobadas —la interrumpió él—. Además, prometiste que volvería a caminar y te necesito aquí.


Paula levantó la mirada.


—Gracias.


Incapaz de resistir, Pedro se dejó caer en el suelo, a su lado, y la abrazó.


—¿Thiago sabía lo del niño?


—No. Murió antes de que yo misma lo supiera.


Un extraño deseo de protección lo envolvió entonces.


—¿Y has cargado con ese secreto tú sola?


—Este niño no es una carga, Pedro. Lo adoro…


Paula no pudo terminar la frase porque se deshizo en lágrimas.


—No llores, tonta. Ya verás, encontraremos la forma de solucionarlo —le dijo él al oído—. Te prometo que el niño y tú estarán bien.


Una hora después, Paula había conseguido calmarse. Encontró a Pedro en la cocina, calentando un bote de sopa.


—Siéntate, anda. Tienes que comer algo…


—¡Pero si vas con una sola muleta!


—Ah, sí, he probado la pierna mala esta mañana.


—¿Y qué tal?


—No está mal.


—No puedes seguir apoyando en ella todo el peso del cuerpo, Pedro. Si lo haces, te empezará a doler.


—Sí, señorita. Pero ahora siéntate y come algo. Ese niño tuyo debe estar hambriento.


—No tienes que cuidar de mí, Pedro. Estoy embarazada, no enferma —suspiró Paula—. Esta mañana me encontraba mal, pero ya ha pasado.


—De todas formas, tienes que comer algo. Siéntate.


—Muy bien, de acuerdo.


—Así me gusta. Para que sepas que aquí mando yo… Por hoy.


—Oye, Pedro, ahora que has tenido tiempo para pensar, necesito saber si de verdad quieres que me quede.


—¿Por qué no iba a querer? Por supuesto que sí, pero nada de cargar con peso. Si me caigo, me caigo. Ya me levantaré.


—¿Te han dicho alguna vez que eres muy mandón?


—No —contestó él—. Pero sexy sí.


Sin ninguna duda, pensó Paula. En ese momento llamaron a la puerta y ella se levantó a abrir. Era Miguel y Alejandra Chaves.


—¡Mamá, papá! ¿Qué hacen aquí?


—Vaya, nosotros también nos alegramos de verte —dijo su madre, abrazándola.


—¿No piensas invitarnos a entrar? —protestó su padre.


—Ah, sí, sí, claro —contestó ella, nerviosa—. Es que me ha sorprendido tanto verlos…

Desafío: Capítulo 25

Luego fueron al tráiler de Pedro para que sacase algo de ropa y los cinturones de campeón que iba a enseñarle a Nicolás. También pasaron por el establo para echarle un vistazo a su caballo.


—Hola, amigo —sonrió, acariciando a Cheyenne.


El animal levantó la cabeza para saludarlo y Pedro intentó mantener el equilibrio, pero Cheyenne estaba demasiado emocionado. Afortunadamente, su hermano lo sujetó.


—Parece que te ha echado de menos.


—No puedo darle lo que necesita, una buena carrera.


—Está todo el día en el corral, no te preocupes. Y lo monta uno de los peones para que haga ejercicio. ¿Alguna cosa más?


—No, nada —suspiró él.


Al salir del establo, se subió el cuello de la chaqueta vaquera porque hacía frío, pero le gustaba sentir aquel viento fresco en la cara.


—Mira, son de raza Hereford —dijo su hermano, señalando unas vacas.


—No me puedo creer que te dediques al ganado.


—¿Por qué? Nuestro abuelo materno fue un ganadero muy conocido.


—Ya.


—Mira, Pedro, sé que no quieres reconocer a nuestro padre biológico, pero Alberto Ramírez no tuvo nada que ver con las circunstancias de nuestro nacimiento. Él no era un canalla, como Francisco. Además, el ganado da buenos beneficios. Y soy socio del Mustang Valley.


—Parece que los Ramírez y tú se llevan muy bien, ¿No?


Pedro sentía cierta envidia, no lo podía evitar. Toda su vida habían sido Federico y él, nada más. Y de repente…


—Sí, nos hemos hecho amigos. Si hicieras un esfuerzo por conocerlos verías que son muy buena gente.


—No tengo nada contra los Ramírez, pero mi vida no está aquí. Está en el rodeo y tú lo sabes.


Federico asintió.


—Muy bien, pero cuando decidas retirarte podrías vivir aquí. Podemos dividir el rancho.


—¿Y qué haría yo en un rancho?


—Lo que mejor se te da, enseñar a montar. Abrir una escuela. Tu nombre atraería a muchísima gente —contestó su hermano—. Además, podrías ayudarme a comprar ganado. Tú sabes bien cuando un toro es bueno y cuándo no.


Pedro no quería reconocer que se sentía entusiasmado con la idea.


—Te agradezco la oferta, pero ya veremos.


—Como tú quieras. Pero es mejor que volvamos a casa antes de que Paula envíe una expedición de búsqueda.




Pedro llegó alrededor de las diez. El salón estaba desierto, pero oyó ruido en el cuarto de baño. Paula estaba vomitando.


—Paula, ¿Te encuentras mal?


La respuesta fue un gemido.


—Paula, voy a entrar —le advirtió.


La encontró tumbada sobre la alfombra, al lado de la bañera, aún en pijama.


—¿Qué ha pasado?


—Por favor, déjame —murmuró ella.


—Voy a llamar al médico.


—No, por favor. No hace falta.


—¿Cómo que no? Voy a llamar ahora mismo.


Usando la muleta, Pedro salió del baño. Entonces empezó a pensar… Paula estaba vomitando y el otro día, cuando le dijo que alguien estaba embarazada, ella se puso pálida… Sin decir nada, entró en su habitación y tomó una almohada. Luego volvió al cuarto de baño y se fijó en su abdomen. Parecía ligeramente abultado.


—Toma, ponte esto bajo la cabeza —murmuró.


Cuando lo miró a los ojos, Pedro tuvo la respuesta. No se había equivocado.

martes, 7 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 24

 —Pero estoy hablando con el tío Pedro…


—Catalina, por favor.


—Bueno —murmuró la niña, saliendo de la cocina con la cabeza gacha. 


Romina soltó una carcajada.


—Los niños tienen mucha imaginación.


—Ya lo he visto. Hay que tener cuidado con ella.


—¿Por qué, porque ha visto que hay algo entre Paula y tú? — preguntó Federico.


—No, porque me contó la semana pasada que Romina tenía un niño en la barriga —rió Pedro—. Por lo visto, los oyó hablar en el dormitorio.


Romina se puso colorada.


—Será gamberra…


Federico levantó los ojos al cielo.


—No me preocupa que haya oído lo del niño. Pero a saber qué habrá oído…


—¡Federico! Creo que deberías hablar con ella.


—¿Yo? Por favor, Romina. Sabes que no puedo regañarla.


—Ah, qué hombre. Tendré que hacerlo yo —suspiró su mujer—. Bueno, voy a subir a vestir a Catalina. Vuelve cuando quieras, Pedro.


—Lo haré.


—Fede, no olvides llevar a Nicolás al Lazy S esta tarde, después del colegio.


—No lo olvidaré.


Cuando su cuñada salió de la cocina, Pedro le dió un codazo a su hermano.


—Te tiene dominado.


—Sí, bueno, hay cosas peores. Y ahora cuéntame qué pasa con Paula.


—Nada. Es mi fisioterapeuta, nada más.


—Ya, seguro. O sea, que eres totalmente inmune a una pelirroja guapísima, ¿No?


Pedro dejó escapar un suspiro.


—Fuiste tú quien la contrató, listo. Pensé que te gustaría saber que no hay nada entre nosotros.


—¿Por qué? ¿Tiene novio?


—Lo tuvo —contestó él, recordando la expresión de tristeza de Paula cuando habló de Thiago—. Pero da igual. Pronto volveré al circuito y ella volverá a su vida normal.


—Pero si no volvieras al circuito… Lo digo por decir, ¿Eh? ¿No te gustaría Paula Chaves?


Pedro se lo pensó un momento.


—Claro que sí. Es una mujer guapísima, pero ya sabes que a mí no me gustan los compromisos —contestó. Pero tenía que cambiar de tema lo antes posible—. ¿Qué tal si me enseñas el rancho?


Federico levantó una ceja.


—¿En serio? ¿Quieres verlo?


—Claro. Quiero echarle un vistazo a esos toros que voy a montar.


Su hermano soltó una carcajada.


—Tengo algunos jóvenes que prometen mucho, pero Gabriel y los peones se llevaron a los buenos al rodeo de Arizona.


—¿Y por qué no has ido tú?


Federico tomó su taza de café y apoyó la espalda en el respaldo de la silla.


—Eso es lo bueno de ser el jefe. Ya he viajado más que suficiente. Además, tengo tres buenas razones para quedarme en casa. Y para ser feliz. Bueno, cuatro con el niño que estamos esperando.


Media hora después, Federico y Pedro estaban visitando el rancho. Era impresionante, con cercas altas y modernos establos donde Federico guardaba sus pura sangre. Había invertido mucho dinero en el rancho y estaba consiguiendo beneficios.