jueves, 9 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 25

Luego fueron al tráiler de Pedro para que sacase algo de ropa y los cinturones de campeón que iba a enseñarle a Nicolás. También pasaron por el establo para echarle un vistazo a su caballo.


—Hola, amigo —sonrió, acariciando a Cheyenne.


El animal levantó la cabeza para saludarlo y Pedro intentó mantener el equilibrio, pero Cheyenne estaba demasiado emocionado. Afortunadamente, su hermano lo sujetó.


—Parece que te ha echado de menos.


—No puedo darle lo que necesita, una buena carrera.


—Está todo el día en el corral, no te preocupes. Y lo monta uno de los peones para que haga ejercicio. ¿Alguna cosa más?


—No, nada —suspiró él.


Al salir del establo, se subió el cuello de la chaqueta vaquera porque hacía frío, pero le gustaba sentir aquel viento fresco en la cara.


—Mira, son de raza Hereford —dijo su hermano, señalando unas vacas.


—No me puedo creer que te dediques al ganado.


—¿Por qué? Nuestro abuelo materno fue un ganadero muy conocido.


—Ya.


—Mira, Pedro, sé que no quieres reconocer a nuestro padre biológico, pero Alberto Ramírez no tuvo nada que ver con las circunstancias de nuestro nacimiento. Él no era un canalla, como Francisco. Además, el ganado da buenos beneficios. Y soy socio del Mustang Valley.


—Parece que los Ramírez y tú se llevan muy bien, ¿No?


Pedro sentía cierta envidia, no lo podía evitar. Toda su vida habían sido Federico y él, nada más. Y de repente…


—Sí, nos hemos hecho amigos. Si hicieras un esfuerzo por conocerlos verías que son muy buena gente.


—No tengo nada contra los Ramírez, pero mi vida no está aquí. Está en el rodeo y tú lo sabes.


Federico asintió.


—Muy bien, pero cuando decidas retirarte podrías vivir aquí. Podemos dividir el rancho.


—¿Y qué haría yo en un rancho?


—Lo que mejor se te da, enseñar a montar. Abrir una escuela. Tu nombre atraería a muchísima gente —contestó su hermano—. Además, podrías ayudarme a comprar ganado. Tú sabes bien cuando un toro es bueno y cuándo no.


Pedro no quería reconocer que se sentía entusiasmado con la idea.


—Te agradezco la oferta, pero ya veremos.


—Como tú quieras. Pero es mejor que volvamos a casa antes de que Paula envíe una expedición de búsqueda.




Pedro llegó alrededor de las diez. El salón estaba desierto, pero oyó ruido en el cuarto de baño. Paula estaba vomitando.


—Paula, ¿Te encuentras mal?


La respuesta fue un gemido.


—Paula, voy a entrar —le advirtió.


La encontró tumbada sobre la alfombra, al lado de la bañera, aún en pijama.


—¿Qué ha pasado?


—Por favor, déjame —murmuró ella.


—Voy a llamar al médico.


—No, por favor. No hace falta.


—¿Cómo que no? Voy a llamar ahora mismo.


Usando la muleta, Pedro salió del baño. Entonces empezó a pensar… Paula estaba vomitando y el otro día, cuando le dijo que alguien estaba embarazada, ella se puso pálida… Sin decir nada, entró en su habitación y tomó una almohada. Luego volvió al cuarto de baño y se fijó en su abdomen. Parecía ligeramente abultado.


—Toma, ponte esto bajo la cabeza —murmuró.


Cuando lo miró a los ojos, Pedro tuvo la respuesta. No se había equivocado.

martes, 7 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 24

 —Pero estoy hablando con el tío Pedro…


—Catalina, por favor.


—Bueno —murmuró la niña, saliendo de la cocina con la cabeza gacha. 


Romina soltó una carcajada.


—Los niños tienen mucha imaginación.


—Ya lo he visto. Hay que tener cuidado con ella.


—¿Por qué, porque ha visto que hay algo entre Paula y tú? — preguntó Federico.


—No, porque me contó la semana pasada que Romina tenía un niño en la barriga —rió Pedro—. Por lo visto, los oyó hablar en el dormitorio.


Romina se puso colorada.


—Será gamberra…


Federico levantó los ojos al cielo.


—No me preocupa que haya oído lo del niño. Pero a saber qué habrá oído…


—¡Federico! Creo que deberías hablar con ella.


—¿Yo? Por favor, Romina. Sabes que no puedo regañarla.


—Ah, qué hombre. Tendré que hacerlo yo —suspiró su mujer—. Bueno, voy a subir a vestir a Catalina. Vuelve cuando quieras, Pedro.


—Lo haré.


—Fede, no olvides llevar a Nicolás al Lazy S esta tarde, después del colegio.


—No lo olvidaré.


Cuando su cuñada salió de la cocina, Pedro le dió un codazo a su hermano.


—Te tiene dominado.


—Sí, bueno, hay cosas peores. Y ahora cuéntame qué pasa con Paula.


—Nada. Es mi fisioterapeuta, nada más.


—Ya, seguro. O sea, que eres totalmente inmune a una pelirroja guapísima, ¿No?


Pedro dejó escapar un suspiro.


—Fuiste tú quien la contrató, listo. Pensé que te gustaría saber que no hay nada entre nosotros.


—¿Por qué? ¿Tiene novio?


—Lo tuvo —contestó él, recordando la expresión de tristeza de Paula cuando habló de Thiago—. Pero da igual. Pronto volveré al circuito y ella volverá a su vida normal.


—Pero si no volvieras al circuito… Lo digo por decir, ¿Eh? ¿No te gustaría Paula Chaves?


Pedro se lo pensó un momento.


—Claro que sí. Es una mujer guapísima, pero ya sabes que a mí no me gustan los compromisos —contestó. Pero tenía que cambiar de tema lo antes posible—. ¿Qué tal si me enseñas el rancho?


Federico levantó una ceja.


—¿En serio? ¿Quieres verlo?


—Claro. Quiero echarle un vistazo a esos toros que voy a montar.


Su hermano soltó una carcajada.


—Tengo algunos jóvenes que prometen mucho, pero Gabriel y los peones se llevaron a los buenos al rodeo de Arizona.


—¿Y por qué no has ido tú?


Federico tomó su taza de café y apoyó la espalda en el respaldo de la silla.


—Eso es lo bueno de ser el jefe. Ya he viajado más que suficiente. Además, tengo tres buenas razones para quedarme en casa. Y para ser feliz. Bueno, cuatro con el niño que estamos esperando.


Media hora después, Federico y Pedro estaban visitando el rancho. Era impresionante, con cercas altas y modernos establos donde Federico guardaba sus pura sangre. Había invertido mucho dinero en el rancho y estaba consiguiendo beneficios.

Desafío: Capítulo 23

Al día siguiente, Pedro se levantó a las seis de la mañana y fue a casa de su hermano en el coche de golf, que podía conducir sin usar las piernas. El doctor Morris había dicho que podía empezar a usar sólo una muleta y apoyar el peso del cuerpo en la pierna herida, pero sólo unos minutos al día. Y él estaba cada día más convencido de que volvería a caminar. Usando la barandilla, consiguió subir los escalones del porche y apoyar un poco el peso en la pierna izquierda. La notaba muy dura, pero no había dolor. Cuando entró en la cocina, se encontró a Federico y Romina abrazados, mirándose a los ojos.


Pedro tosió suavemente.


—Perdón…


—¡Pedro!


—¿Es que no paran nunca? Recuerden que en esta casa hay niños inocentes.


—A esta hora sólo hay hermanos inconvenientes —rió Federico.


—No seas tonto —lo regañó su mujer, que estaba un poco despeinada… Seguramente por las caricias de su marido—. Pedro, tú eres bienvenido a la hora que quieras. Por favor, siéntate. Llegas justo a tiempo para desayunar.


—Eso es lo que yo llamo una bienvenida. Gracias, Romina.


—Espera, un momento —dijo Federico entonces—. Me parece que has perdido una muleta.


Pedro se dejó caer en la silla.


—No, está fuera, en el coche. He pensado que era el momento de probar la pierna.


—¿Y qué tal?


—Regular. No voy a correr una maratón por ahora, desde luego.


—¿Y has venido para presumir o querías contarnos algo? —rió su hermano.


—¿No puedo venir a verte y a desayunar contigo?


—Paula te ha echado de casa.


—No —rió Pedor—. Sólo ha sugerido que salga un poco de casa. Además, no ha tenido un día libre desde que llegó y ya era hora.


—Pobre, ése es un castigo demasiado cruel.


Pedro fulminó a su hermano con la mirada.


—¿Estás intentando decir que soy insoportable?


—Más o menos. Pero te queremos de todas formas.


En ese momento, Catalina entró en la cocina con su pijama rosa.


—¡Tío Pedro! —gritó, echándose en sus brazos—. ¿Vas a desayunar con nosotros?


—Si no te importa…


—¡Puedes comer aquí todos los días! —exclamó la niña.


—Me parece que tus papas se cansarían de verme —rió Pedro.


—Pero yo no, yo te quiero —dijo Catalina entonces.


A él se le hizo un nudo en la garganta. No sabía por qué, pero tanto Catalina como Nicolás habían conseguido meterse en su corazón.


—Yo también te quiero. ¿Quieres ser mi chica?


—¡No puedo! Tu chica es Paula.


—No, cielo, Paula me está ayudando a caminar —dijo él entonces, un poco cortado.


—Pero te gusta, ¿Verdad?


—Sí, bueno…


—A mi mamá le gusta mi papá y van a tener un niño. A lo mejor tú también puedes tener un niño con Paula…


—¡Catalina! —exclamó Romina—. Venga, tienes que vestirte para ir al colegio. Yo subiré enseguida para peinarte.

Desafío: Capítulo 22

 —No. Quizá por eso la relación de Romina y Federico me parece tan especial.


—Aquí parece que hay una epidemia. Me sentía como un intruso en esa fiesta. ¿A tí no te ha pasado lo mismo? —suspiró Pedro.


Paula asintió con la cabeza.


—Sí, un poco. Por cierto, ¿Has visto cómo se miran Luis y Rosa?


—Vaya, pensé que sólo lo había visto yo —rió Pedro—. Tengo que salir más.


—Esa es una buena noticia. Significa que estás recuperándote.


—Pero no puedo conducir.


—A tu hermano le encantaría enseñarte el ganado, los pastos y todo lo demás. Y puedes ir en el cochecito de golf, ¿No?


—Sí, no sé…


—Podrías darle una sorpresa —insistió Paula.


—No lo sé, es posible. Oye, pareces cansada. ¿Por qué no te tomas un día libre?


—No puede ser. Tienes que hacer ejercicio todos los días. Estamos en una fase crítica.


—No te preocupes, no quiero dejar de hacerlo. Mírame, estoy mejor que nunca —sonrió él—. Incluso he engordado un poco. A lo mejor podría usar una sola muleta, ¿No te parece?


—No, será mejor esperar hasta que vayas a la consulta del doctor Morris.


—Sí, es verdad.


Pedro fue a levantarse pero, al hacerlo, resbaló. Paula intentó ayudarlo y acabaron los dos encima de la cama.


—Gracias por tu ayuda, Paula. Pero a partir de ahora, me levanto solo —sonrió él.


Paula intentaba quitarle importancia a la situación, pero le resultaba difícil teniéndolo encima.


—Lo hago por instinto. Normalmente, no dejo que mis pacientes se caigan —dijo, tragando saliva.


—Hace mucho tiempo que no necesito ayuda para levantarme de una cama —sonrió Pedro.


Ella se puso colorada al recordar su cuerpo desnudo.


—Deberías estar orgulloso. Has progresado mucho en poco tiempo.


—Estaré más orgulloso cuando pueda tirar las muletas — suspiró él, apartándose—. Oye, muchas gracias por ir conmigo al rancho.


—De nada. Lo he pasado bien.


—Ya te ví, con ese niño en brazos parecías muy feliz.


Paula apartó la mirada.


—Sí, es que me gustan los niños.


Él se quedó mirándola un momento.


—Siento que las cosas no funcionaran entre Thiago y tú. Tú mereces algo mejor, Paula.


Ella no supo cómo responder. Pero Pedro no parecía esperar respuesta porque salió de la habitación sin decir nada más.


—No sé si yo merezco algo mejor —dijo en voz baja—. Pero mi hijo sí.

Desafío: Capítulo 21

Pero no podía dejar de mirar a Paula. Con aquel niño en brazos estaba preciosa, como si hubiera nacido para ser madre. Y ésa era una buena razón para alejarse de ella. Aunque no resultaba fácil, sobre todo después de haberla besado. Pedro no podía dejar de recordar aquel beso… Pero si quería volver al circuito del rodeo, lo mejor sería dejar de pensar en ello.


—Admítelo, los Ramírez no son tan malos —insistió Paula cuando volvían a casa.


Pedro tenía la mirada fija en la carretera.


—No, pero eso no significa que vayamos a ser como hermanos.


—Seguro que al principio Federico pensaba lo mismo. Date tiempo para conocerlos.


—Muy bien, lo haré. Pero de todas formas pienso volver al circuito. Si no recuerdo mal, para eso me convenciste, ¿No? Prometiste que volvería a caminar. ¿Estás diciendo que eso no puede ser?


—Yo no he dicho eso. Sólo que me parece absurdo que arriesgues tu vida…


—Paula, es mi vida —la interrumpió él—. No es asunto tuyo.


—Muy bien. Mi trabajo es que vuelvas a caminar, lo que hagas después es cosa tuya —dijo Paula entonces, frenando bruscamente frente a la casa.


Ni siquiera intentó ayudarlo a bajar de la furgoneta porque Pedro lo hizo por su cuenta. Y cuando entraron en casa se metió en su habitación y cerró de un portazo. Maldito Pedro Alfonso, pensaba. ¿No había aprendido la lección de una vez por todas? Pero no, su vida era el rodeo y no podía vivir sin ello. Prefería eso a una familia. Y no volvería a mencionar el tema. Thiago le había enseñado una amarga lección: Ella no era tan importante como para que un hombre abandonara una vida peligrosa. Suspirando, se dejó caer sobre la cama, con la mano en el abdomen. Aquella noche, viendo el cariño que los Ramírez sentían por sus mujeres, se sintió muy sola. Sabía que ninguna de las parejas lo tuvo fácil, pero todo salió bien y cada uno había conseguido su final feliz. Quizá ella no tendría esa suerte. Jason había muerto y su hijo no tenía padre. Y pronto no podría esconder que estaba embarazada. Además, tenía que contárselo a su familia y en cuanto su madre la viera sabría que pasaba algo… Entonces oyó un golpecito en la puerta.


—Entra.


—Quiero pedirte disculpas —murmuró Pedro—. No debería haber dicho eso.


—Y yo no debería insistir en lo que debes o no debes hacer — suspiró ella—. Mira, haber ido al Círculo B esta noche ha hecho muy feliz a tu hermano, eso es lo que cuenta.


—No creo que a mi hermano le resulta difícil ser feliz. Lo que más le importa es su mujer y su familia. Y ahora que va a ser padre…


—Sí, es verdad. Está encantado.


Pedro se dejó caer sobre la cama, a su lado. Paula iba a protestar, pero le pareció absurdo.


—¿Tú eras feliz con… Thiago?


Ella lo miró, sorprendida por la pregunta.

jueves, 2 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 20

La siguiente en llegar fue Josefina Ramírez, que estaba casada con el hermano menor, Ezequiel. Tenían una niña de dos años, Bianca. Josefina era hija biológica de Luis, un hecho que habían descubierto sólo un par de años atrás. Poco después llegó Daniela Shayne Trager, que estaba casada con Javier, otro hijo ilegítimo de Francisco Ramírez. Daniela tenía un hijo de cinco años, Luca, y otro niño en camino. Por fin, Romina se reunió con ellas y anunció que Federico y ella iban a tener un hijo en septiembre. Los Ramírez se mostraron encantados. Paula no pudo aguantar más y le pidió a Agustina que le dejara tomar en brazos a Germán, que se parecía mucho a su padre y, sorprendentemente, también a Pedro. Entonces se preguntó a quién se parecería su hijo. ¿Sería igual que Thiago? El mayor problema era explicar la situación a su familia. ¿Aceptarían con entusiasmo la noticia de que iban a ser abuelos, aunque no estuviera casada? ¿Y cómo se lo tomaría Pedro? ¿Dejaría que siguiera siendo su fisioterapeuta?


—Miren eso —rió Juana, asombrada—. Los seis hermanos juntos. Al fin.


Pedro respondía a las preguntas de Cristian, Diego y Ezequiel por turnos y escuchaba las historias de su infancia. Enseguida supo lo duro que había sido para ellos. Aunque Luis los crió como si fueran sus hijos, no les resultó fácil. Tuvieron que convencer a mucha gente de que no eran como su padre.

 

—Nuestras vidas deben parecerte aburridas en comparación con la tuya —sonrió Ezequiel—. Supongo que echas de menos el rodeo.


—Sí, lo echo de menos —admitió Pedro—. Pero mira cómo me he quedado. Aún me queda mucho para poder competir otra vez.


—¿Piensas volver al circuito? —le preguntó Diego.


—Me encantaría. No sé hacer nada más.


—Yo lo que quiero es que se quede aquí y sea mi socio en el rancho —intervino Federico.


—Aún no estoy preparado para retirarme —dijo su hermano—. Con la rehabilitación lograré recuperar la movilidad de la pierna y aún me queda por lo menos un año de competiciones.


Diego soltó una carcajada.


—Cómo se nota que eres soltero. Agustina me mataría si intentara hacer algo peligroso.


—Y Juana, y Josefina —afirmó Cristian—. Pero una mujer de verdad es más excitante que un toro. No lo digo para ofenderte, Pedro.


—No, claro que no. Cuando uno se enamora hace muchas tonterías.


—Desde luego —rió Javier—. Yo me he hecho carpintero, Cristian está con sus caballos, Diego con las acciones del rancho y Ezequiel con la empresa de seguridad. Yo diría que todos nos hemos rendido de una forma u otra.


Pedro asintió, pero él no era como sus hermanastros. Todos tenían un hogar, una familia… Una mujer especial. Él no quería eso. Entonces, ¿Por qué sentía cierta envidia? Cuando miró alrededor buscando a Paula la vió charlando con las esposas de los Ramírez. Tenía un niño en brazos y sonreía con una expresión de auténtica felicidad. Entonces, como si hubiera notado que él la miraba, volvió la cabeza y sus ojos se encontraron. Pedro tuvo que tragar saliva. Cristian le dijo algo, pero no lo oyó.


—Déjalo, ¿No ves que está distraído? No ha oído una sola palabra —rió Diego.


—¿Qué? ¿Qué estaban diciendo?


—Nada importante, no te preocupes.


—Pues yo sí tengo algo importante que decir —sonrió Federico entonces—. Romina está embarazada.


Después de dar la noticia, recibió palmaditas en la espalda y apretones de manos. Pedro también se alegraba.

Desafío: Capítulo 19

 —Los Ramírez no van a obligarte a nada. Sólo quieren conocerte un poco, como Luis. Y están impresionados por tu fama.


—Sí, debería haberme traído los cinturones de campeón — replicó él, irónico.


—No te pongas así. Recuerda que también ellos debieron quedarse de piedra al saber que tenían dos hermanos más.


—Sí, tienes razón —suspiró Pedro—. Me comportaré, no te preocupes.


—Luis dice que ahora que la familia ha crecido tanto, cada vez que se reúnen para comer tienen que hacerlo en el comedor de los clientes —sonrió Paula, mientras pasaba bajo el cartel del Círculo B.


—Sí, bueno, vamos a acabar con esto de una vez —suspiró Pedro cuando ella detuvo la camioneta frente a la casa.


—Espera —lo detuvo Paula—. Por supuesto, no quiero que lo pases bien. Si empiezas a pasarlo bien, avísame y te sacaré de aquí a toda velocidad.


—Muy graciosa.


Pedro bajó con la ayuda de las muletas y ella lo ayudó a subir los escalones del porche. Federico salió a recibirlos.


—Ya era hora. ¿Algún problema?


—Nada que no pueda solucionar —contestó Paula.


—Bueno, esta tarde no estás de servicio. Yo me encargo de mi hermano, tú pásalo bien.


—Lo intentaré.


Paula conocía a los Ramírez, pero no mucho. Eran mayores que ella y, en el colegio, iban varios cursos por delante. El comedor estaba lleno de gente y había muchos niños correteando de un lado a otro. Dejó la tartera con arroz con setas sobre una mesa, donde había varias tarteras más, bandejas y hasta una cacerola llena de pollo frito.


—¡Pero si es Paula Chaves! —oyó a sus espaldas.


Al darse la vuelta, se encontró con el ama de llaves del Círculo B, Ella. Era una mujer mayor con pantalones vaqueros y una camisa a cuadros.


—Hola, Rosa. ¿Qué tal estás?


El ama de llaves le dió un abrazo.


—Como siempre, pero tú te has convertido en una belleza. Me habían dicho que habías vuelto a casa… Seguro que tu madre está encantada.


—Sí, aunque no he podido pasar mucho tiempo con ellos. Estoy trabajando.


Ella levantó una ceja.


—Ya sé que los Alfonso son muy guapos, pero no olvides visitar a tus padres, ¿Eh?


—Te lo prometo. Pero es que Pedro necesita toda mi atención durante estas primeras semanas.


—Pues parece que le va bastante bien —sonrió la mujer.


Poco después, se acercaron Juana y Agustina Ramírez. Juana estaba casada con el hermano mayor, Cristian. Tenía una hija, Martina y un niño de tres meses, Germán. Agustina estaba casada con el segundo de los Ramírez, Diego. Tenía dos niños, Ignacio y Santiago.