jueves, 12 de enero de 2023

Mi Vecino: Capítulo 52

Durante un instante estuve a punto de replegar, pero sus ojos volvieron a brillar y esa vez estaba segura de que lo que había detrás de ellos era pura lujuria.


—Sí, lo digo intencionadamente. Toda mi vida ha discurrido por canales seguros hasta. .. hasta que te he conocido a tí.


—¿Pretendes que te pida disculpas por haber alterado tu forma de vida?


Yo no sabía lo que quería, pero desde luego no que me pidiera disculpas.


—Contigo me siento… Fuera de control.


—Eso es culpa de la pasión.


—¿La pasión?


—La pasión, el deseo, las ganas de vivir. Me parece que sabes a qué me refiero, ¿No? —dijo con mayor amabilidad.


—Sí, claro que sí—repuse recordando el breve episodio erótico de la tarde.


—¿Has hablado con tu madre desde que estás en Londres? — preguntó él.


¿Mi madre? ¿Cómo había entrado ella en la conversación?


—Llamó para decirme que habían llegado bien, pero yo no estaba en casa.


—Es la hora del desayuno en Australia, ¿Por qué no la llamas ahora?


La tentación de llamar era grande, pero me resistí a complicarles la vida a mis padres con mis problemas mientras se encontraban de viaje de placer.


—¿Crees que ella puede adivinar donde he perdido las llaves? — pregunté maliciosamente.


—Creo… Creo que debes hablar con alguien en quien puedas confiar. Alguien que sólo se preocupe de tu bienestar personal. Creo que has perdido el norte y que te encuentras algo desconcertada. Llámala y cuéntale que has perdido las llaves y que vas a pasar la noche en casa de un amigo que piensa en tí con lujuria. Pídele consejo materno.


Intenté buscar una sonrisa en sus labios, pero ni el menor asomo.


—¿A eso te dedicas? —pregunté—. ¿A pensar en mí con lujuria? A mí me parece que tienes tu ansia de poseerme y tus instintos carnales totalmente bajo control.


—Sí, es cierto, estoy algo chapado a la antigua, pero necesito toda tu colaboración, ni se te ocurra provocarme. Has tomado una decisión y, en lo que a mí respecta, te puedo asegurar que tu honor va a quedar completamente a salvo. Puedes quitarte el abrigo.


Lo hice.


—Lo siento…


—¡No! No quiero que te sientas culpable por nada —dijo acercándose a mí de tres zancadas para tomarme por la cintura—. No quiero que sufras por mi causa —murmuró sobre mi pelo—, jamás haría algo que pudiera hacerte daño. Quiero que lo sepas, quiero que me creas.


Lo miré y luego tomé su rostro entre mis manos.


—¿Cómo podría dudar de tí, Pedro? —sus ojos se cerraron en un gesto de dolor—. Te has convertido en mi ángel de la guarda desde que llegué a Londres. ¿Te crees que no me he dado cuenta del mal rato que has pasado para refrenar tus instintos cuando estuvimos a punto de hacer el amor hace un par de horas? Sé lo que sentiste porque yo también te deseaba, Pedro, me moría por hacer el amor contigo…


—¡Para! —exclamó apartándose de mí—. No digas ni una palabra más, Paula, por favor —cuando estuvo seguro de que yo no hablaría más, me tomó las palmas de las manos y las cubrió de besos, antes de interrumpiese de nuevo con un deje de amargura.


—Quizá sea mejor que vuelvas a ponerte el abrigo, después de todo. Vamos, te prestaré una camiseta para dormir —añadió tirando de mi mano.


No podía dormir. La habitación era preciosa y la cama cómoda, pero yo llevaba puesta una camiseta de algodón que pertenecía a Pedro Alfonso y su aroma me tenía hipnotizada, provocaba en mi sucesivas oleadas de deseo. Le oía en la habitación de al lado, dando vueltas en la cama, tan inquieto como yo, y deseé que no hubiera un tabique por medio. Aún no sé como fui capaz de resistir la tentación de levantarme para reunirme con él, abrazarlo, sentir su cálida piel contra la mía, compartir nuestra ternura… Descubrir, por fin, lo que pasaba cuando un hombre y una mujer se unían físicamente. Sólo la convicción de que primero tenía que contarle la verdad a David me permitió seguir a solas en la cama de invitados. Una vez roto el compromiso con David, podríamos entregamos el uno al otro sin la menor sombra de culpabilidad. La noche se estaba haciendo eterna y ya había amanecido cuando finalmente se apoderó de mí el sueño.


—¿Paula? —ni siquiera el sonido de una taza de café depositada sobre la mesilla fue suficiente para que abriera los ojos.


Me limité a gemir con pereza.


—Venga, preciosa —dijo Pedro sentándose sobre el borde la cama—. No puedo dejar que sigas durmiendo.


¿Preciosa? Aunque estaba destrozada, eso no me impidió sentir lo aterciopelada que era su voz, así que me di la vuelta, parpadeé y, finalmente, me incorporé con los ojos abiertos.


—Hola —dije con una timidez incomprensible, deseando que él me besara.


—Hola, guapa —repuso él sin intención de besarme—. ¿Has dormido bien?


—No demasiado —Pedro me llevaba la delantera; estaba duchado, desayunado y vestido, pero tampoco parecía que hubiera dormido mucho—. ¿Y tú?


—Sobreviviré. Si piensas ir hoy a Maybridge.—dijo dejando la frase en suspenso a propósito por si yo había cambiado de idea. La tentación de volverme a dejar caer sobre las almohadas, y olvidarme de la pesadilla que supondría el viaje hasta la casa de David, era casi irresistible. El plan del día no me apetecía lo más mínimo, pero era una obligación.


—Tengo que ir —dije tomando un sorbo de café.—Aunque no creo que Sofía se alegre de que llame a su puerta a estas horas de la mañana.


—¡Son más de las once! —exclamó Pedro.


—¿Qué? —abandoné el café, me destapé de un plumazo y puse los pies en el suelo—. A este paso voy a llegar a Maybridge de noche.


—No te preocupes. He hablado con Carolina y me ha prestado su coche. Voy a llevarte a casa.

Mi Vecino: Capítulo 51

 —A lo mejor se te han caído mientras estabas en mi departamento —dijo el—. Cuando sacaste el teléfono para llamar a un taxi… O cuando te estuviste arreglando en el cuarto de invitados.


—Es posible —admití.


Pedro me devolvió el abrigo, se dirigió directamente hacia su departamento y sacó la llave del bolsillo como si intentara demostrarme lo fácil que era. Yo lo seguí con cautela, rebuscando aún dentro del bolso mientras él abría la puerta.


—Aquí no están —dijo echando una mirada a la alfombra del vestíbulo—. ¿Quieres mirar en la habitación de invitados? Registré primero la superficie del lavabo del cuarto de baño de invitados y luego escruté cada centímetro de suelo con lupa, así como la papelera donde había arrojado el pañuelo de papel que había usado para quitarme el pintalabios. Finalmente, miré detrás de la puerta. Nada.


Pedro enarcó las cejas cuando salí.


—¿Ha habido suerte? —yo meneé la cabeza—. Voy a llamar a Nico, puede que las hayas perdido allí.


—Estoy segura de que no he abierto el bolso en el restaurante de Nico —dije observando la enorme alfombra persa que había delante de la chimenea—. ¿Has mirado bien por aquí? Podrían pasar desapercibidas en medio de estos dibujos tan intrincados.


—Compruébalo tú misma —propuso, y se quitó el abrigo para colgarlo en el perchero.


Yo tuve una sensación de déjà vu. Pedro desabotonándose la camisa, desnudándose para ir a darse una ducha… Me invadió una oleada de calor estremecedora.


—Voy a preparar un café —dijo él, devolviéndome a la realidad.


—De acuerdo.


Me quité los zapatos, me puse de rodillas sobre la alfombra y pasé las manos por toda su superficie. Nada. Estaba empezando a pensar que quizá, con las prisas, en el último momento me había olvidado de meterlas en el bolso. Era posible que Pedro tuviera razón sobre mí: no se me podía dejar sola porque, de una manera u otra, siempre me las arreglaba para meterme en algún lío. A lo mejor me estaba volviendo loca. Me reuní con él en la cocina y me dejé caer sobre un taburete, con el abrigo puesto, mientras observaba como él preparaba el café.


—Sofía tardará horas en volver a casa y Lorena va a quedarse a dormir com su novio —anuncié.


—No hay ningún problema, Paula —repuso él sin mirarme. Mi corazón sufrió un acelerón y me quedé sin aliento—. La habitación de invitados está preparada.


Fui incapaz de darle las gracias, jamás había conocido a un hombre tan considerado. Era un santo.


—Mi vida era muy aburrida —dije al cabo de unos instantes.


—Me resisto a creerlo.


—Es verdad, Mis compañeros de estudios me eligieron «La chica mejor preparada para el matrimonio» cuando tenía quince años. No creo que fuera exactamente un cumplido. En realidad, creo que pensaban que yo era la chica más aburrida que habían conocido en toda su vida. Y nada cambió en los años posteriores. Seguía teniendo el mismo novio y había encontrado un trabajo aburrido, pero seguro. Nunca he bebido ni he fumado y ésta es la primera vez que pierdo las llaves de casa. Aunque en mi pueblo no hubiera supuesto ningún problema. Mi madre siempre guardaba un juego de llaves en la casa del vecino.


—¿Dónde si no? —preguntó Pedro con un cierto sarcasmo.


—No en la casa de la madre de David —aclaré rápidamente—. No se puede decir que ellas dos hayan sido nunca íntimas. Aunque se tratan con educación, claro.


Él se volvió para mirarme con los ojos brillantes de pasión o… De furia. Su comportamiento conmigo se había enfriado un tanto desde que le había dicho que debía regresar a casa.


—¿Y?


—«Y» ¿Qué?


—Me estabas explicando que hasta ahora habías llevado una vida sin incidentes. Supongo que lo dices por algo.

Mi Vecino: Capítulo 50

Has perdido la cabeza por un hombre al que acabas de conocer. El deseo apenas te deja llevar una vida normal, pero tus amigas y amigas te advierten que todo el asunto va a acabar en lágrimas, las tuyas. ¿Qué harías?


a. Le das una patada a las precauciones. Sólo se vive una vez y la aventura apasionada que estás a punto de disfrutar es más importante que la pasible decepción que puedas sufrir más tarde.


b. Aceptas que los hombres y las lágrimas de las mujeres van siempre de la mano. Al menos, en ese caso habrá merecido la pena.


c. Te ríes. Ese hombre va a darte de comer y beber y va a hacerte sentir como una estrella de cine. Así que… ¿Para qué llorar?


d. Te pones inmediatamente a llorar. Sabes que tus amigas tienen razón.


e. Les dices que entregar el corazón es lo que nos hace humanos. Y que también es muy humano que las personas se hagan daño.



Pedro se detuvo ante la puerta de mi apartamento.


—¿Cuándo piensas marcharte?


—Cuanto antes mejor. Mañana, supongo.


—Los trenes van a rebosar los domingos.


—Lo soportaré.


—No es necesario. Si ya has tomado una decisión. —se paró para tomar aliento com esfuerzo, pero yo levanté una mano y se la enredé en el pelo, preocupada—. Si estás completamente segura, te llevaré en coche —dijo—. ¿A las once? ¿Tendrás suficiente tiempo para arreglarte? ¿Arreglarme‘? ¿Pensaba que me iba a vestir de forma especial para la ocasión? ¿Pensaba que iba a ponerme especialmente guapa para que Don se diera cuenta de lo que se había perdido?


—Gracias, pero… ¿No crees que podría resultar… Insensible?


—Podrías dedicar un poco de esa sensibilidad para tener en cuenta mis sentimientos —yo lo miré, confusa—. Si te vas sola, estaré preocupado por tí durante todo el día.


—¿En serio?


—En serio.


—De acuerdo —dije, comprensiva, aunque todo ese asunto de que yo no podía dar ni un paso sin que alguien me llevara de la mano estaba afectando seriamente a mi sistema nervioso—. Tal y como me pones las cosas, no entiendo cómo he podido sobrevivir durante veintitrés años sin que alguien como tu estuviera pendiente de todos mis desplazamientos. Ni siquiera mi madre se preocupa tanto.


—Créeme, Paula, mis sentimientos no son en absoluto maternales —dijo con una mirada llameante que me encendió el corazón—. Lo único que pasa es que no puedo soportar la idea de imaginarte pasando frío dentro de un vagón de tren. Piensa que en vez de un coche tengo un taxi, si eso te ayuda.


—No, Pedro, en serio. Esto es algo que tengo que hacer yo sola —él me miró con frustración—. Pero puedes llevarme hasta la estación si quieres —añadí.


Aceptó tan de inmediato que supe que volvería a insistir en llevarme personalmente hasta Maybridge. Supuse que había pensado esperarme en la cafetería de la estación del pueblo para luego traerme de vuelta a Londres. Deseé abrazarlo, pero él se mantenía a una prudente distancia.


—Solo hasta la estación, Pedro —insistí—. Por favor, dime que entiendes por qué no quiero… Es decir, por qué debo hacerlo.


—¿Quieres que te mienta? Jamás lo haré.


—Inténtalo —dije.


Por supuesto, no deseaba que me mintiera, pero sí que me entendiera, que comprendiera que si iba a iniciar una relación con él, lo lógico y lo más sensato era romper antes con mi novio de toda la vida. No comprendía su distancia. A lo mejor se estaba arrepintiendo de no haber aprovechado la oportunidad de acostarse contigo aquella misma tarde, cuando ambos habíamos perdido la cabeza. Me dí cuenta de que Pedro me mostraba la palma de la mano desde hacía rato para que le entregara las llaves de mi piso. Busqué en el bolso, revolviendo todo su contenido.


—Lo siento, tienen que estar por alguna parte. —dije olvidando el bolso para concentrarme en los bolsillos del abrigo—. Sé que tienen que estar por aquí —añadí, sabiendo que estaba metida en un nuevo lío. Le tendí el abrigo y volví a registrar el bolso—. Tengo que tenerlas, no quería depender de Sofía para volver a casa…

Mi Vecino: Capítulo 49

 —Así que me fui al Museo de Ciencias —continué—, a ver el precioso ejemplar del Austin de mil novecientos veintidós, a recordar todas las tardes y fines de semana que había pasado junto a David en un garaje sin calefacción, la cantidad de años que había pasado así mientras él luchaba con motores estropeados para devolverlos a la vida.


—¿Por qué lo hiciste? Lo de los años, no lo del Museo.


—Porque desde que tenía diez años le había considerado un héroe y, desde los trece, estaba impresionada por su estatura y su cabello rubio. Porque nunca me dijo que me marchara y dejara de molestarlo, como hacían mis hermanos. Nunca me torturo con arañas. Siempre se mostro amable. Éramos amigos… Porque… —me quedé con la vista fija en el vacío, un lugar oscuro y peligroso, pero no me detuve—: porque después de haberle declarado al mundo entero, cuando tenía diez años, que iba a casarme con él, nunca se me ocurrió pensar en que podría no ser así.


—Nunca debió permitir que te alejaras de él.


Yo estaba empezando a plantearme si se habría dado cuenta de que ya no estaba allí. Era posible que estuviera echando de menos mi ayuda en el garaje o las tazas de café que solía prepararle. Pero todo lo que David había hecho por mí durante todos esos años había sido contestarme con monosílabos, e incluso parecía haber hecho un verdadero esfuerzo para mantener ese tipo de conversación cuando un manguito se negaba a ajustar en el motor. Me había librado de atravesar dramas amorosos parecidos a los de mi hermana y mis amigas, a las que había dejado sollozar sobre mi hombro, mientras me sentía por completo a salvo en mi pequeño mundo, quitándoles importancia a las pequeñas bajadas de tensión en la relación que mantenía con David. Pero con Pedro había aprendido a disfrutar de una clase de amor de mucha mayor altura, la clase de amor por la que llevaba suspirando toda la vida. Sin embargo, no me engañaba: La realidad era que Pedro jamás podría hacer una vida hogareña y, además, iba a emprender un nuevo viaje a corto o medio plazo. La «tigresa» que llevaba dentro sería capaz de soportar todo eso, pero en mi fuero interno yo deseaba tener una vida tranquila, una familia. ¿Merecería la pena afrontar el riesgo?


—¿Paula?


—¿Qué? —pregunté sorprendida, comprendiendo al instante que debía llevar mucho rato abstraída y en silencio—. Lo siento, estaba a muchos kilómetros de aquí.


—¿En Maybridge? —inquirió el—. ¿Pensando en David?


—No… —dije con tono de poca convicción—. Es decir, sí. Tengo que volver a casa, Pedro.


—¿A casa? ¿Ya has tomado una decisión?


—He tomado una decisión —confirmé—. Es necesario. Hemos sido… —busqué la palabra adecuada para definir mi relación con David— amigos durante mucho tiempo. No puedo mandarlo todo a la porra en un instante y…


—Por favor, Paula, no necesitas justificarte conmigo —me interrumpió Pedro, al tiempo que hacia un gesto con la mano para llamarme la atención sobre los platos—: ¿Has terminado?


—No pretendía dar la impresión de que deseaba irme en este preciso instante.


—Ya lo sé, Paula —repuso él con la mandíbula tensa—. ¿Quieres un postre o un café? —añadió al cabo de un momento, más relajado.


Hacía horas que sonaba con tomarme un postre lleno de chocolate, pero era evidente que él deseaba marcharse, así que agité la cabeza rechazando la oferta.


—Vámonos, pues.


Pagamos, bueno, pagó él, y nos pusimos los abrigos. El propio Nico apareció para asegurarse de que habíamos disfrutado de la cena y despedirnos. Pedro atravesó unos instantes de irritación, pero después recobró su encanto natural. Se disculpó por no haber terminado la sopa mientras me ayudaba a ponerme el abrigo. Salimos a la calle y me tomó del brazo hasta que llegamos al elegante edificio que su padre había diseñado y dentro del cual vivíamos como vecinos. Aunque no había pasado nada extraño, yo tenía la sensación de haber interrumpido la velada abruptamente. Todo había ido de maravilla hasta que había dicho que tenía que volver a Maybridge. Pero… Cualquiera se daría cuenta de que no podría limitarme a escribirle una cana a David, después de tantos años. Tenía que verlo, decirle a la cara que, cualquiera que fuera a ser mi futuro, él ya no estaba incluido en los planes.

martes, 10 de enero de 2023

Mi Vecino: Capítulo 48

 —Se acabó el sermón —dije recuperando la cordura mientras alejaba mi mano de la suya con el pretexto de apartarme un mechón de cabello de la cara—. Y ahora, dime, Pedro… ¿Quién es exactamente «George el Magnífico»? Si Julián no es tu amante, ¿por qué intentó asesinarme con la mirada el día que nos conocimos?


Una vez efectuado el cambio de tema, agarré el tenedor y ataqué mi plato. Pedro me imitó al cabo de unos instantes.


—Alquilé el departamento a George Mathiesen durante mi estancia en África. Se mudó la semana pasada. Supongo que es a él a quien te refieres.


—De acuerde, ese era «George», pero… ¿Era magnífico?


—Como inquilino era perfecto —dijo sin comprometerse—. De acuerdo —añadió al ver la curiosidad pintada en mi mirada—, es modelo de pasarela y mide un metro ochenta y cinco, tiene unos ojos tan azules que lo más probable es que lleve lentillas de color y sus pómulos parecen esculpidos en mármol. ¿Contenta?


—No necesitaba una explicación tan detallada. Me hubiera conformado con un simple «Sí».


—No tienes de qué preocuparte, Paula —me dijo con una sonrisa—. Te aseguro que no es mi tipo.


—¿De veras? ¿Y Julián?


—No sé qué decirte sobre Julián. Creo que es mejor que se lo preguntes a su mujer.


—¿Mujer? ¿Está casado?


—Pareces sorprendida —me dijo en tono de guasa.


—Entonces, si no estaba celoso, ¿Qué problema tenía conmigo esta mañana?


—Vino a buscarme para que nos fuéramos juntos a echar un primer vistazo a la cinta. Pero yo le dije que tenía ya un compromiso previo que no pensaba cancelar.


—¿No tuvo nada que ver con el paraguas?


—No llegó a mencionarlo —admitió Pedro—. Le dí el que había comprado por la mañana y ni siquiera se percató de la diferencia.


Pero parecía tan… Irritado… Me resultó tan…Grosero…


—No era nada personal, Paula. Está obsesionado con el trabajo. Se había pasado toda la noche editando la cinta y deseaba a toda costa que yo fuera a felicitarlo. Nada más.


—No lo entiendo. ¿Por qué te tomaste tan en serio la búsqueda de un paraguas adecuado si él no iba a notar la diferencia?


—Porque cuanto más alargara la búsqueda, más tiempo podría pasar en tu compañía, Paula. Me resultó muy duro tener que meterte en un taxi, dejar que desaparecieras de mi vista —traté de concentrarme en la comida para mantener mis reacciones físicas bajo control—. Jay me saludó desde la ventana y yo le devolví el saludo. Cuando volví la vista, tu taxi ya había desaparecido. Me sentí como si el corazón me hubiera dejado de latir…


Durante unos segundos, Pedro se mantuvo en silencio, como si sopesara la posibilidad de comprometerse aún más y seguir hablando de los sentimientos que me profesaba. Yo levitaba.


—Parece una tontería —prosiguió al fin—, pero cuando me di cuenta de que no ibas a contestar a mis mensajes, se me pasaron por la cabeza cientos de posibles catástrofes. Finalmente, decidí interrumpir la sesión con Julián y…


—Gracias —lo interrumpí—. Ahora jamás podré librarme del odio de Julián.


—No, Paula. Julián es obsesivo, pero no inhumano. Me dijo que me fuera a resolver mis asuntos mientras él se dedicaba a lo verdaderamente importante. —Por primera vez, pensé en él con simpatía—. Solo quería verte, asegurarme de que te encontrabas bien.


—No soy del todo idiota, Pedro. Soy capaz de poner en práctica mis planes sin que nadie me lleve de la mano.


Él levantó las manos en gesto de rendición.


—Supongo que, entonces, el idiota soy yo —dijo—. La verdad es que deseaba volver a verte, mirarte…Aunque supiera que no debía tocarte. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, te ví vestida como en mis mejores sueños, pero no para mí ni para Don, sino para irte de juerga con Sofía. Y perdí la cabeza, por eso te besé. Si estabas disponible, yo te quería para mí.


—Estaba disponible y podrías haber hecho el amor conmigo, Pedro —le aclaré tranquilamente.


—Ya. Y después… ¿Qué? Me hubiera sentido culpable de haberme aprovechado de tu… Inocencia. —mi corazón dió un respingo pensando que, por alguna oscura razón, ese hombre había sido capaz de descubrir mi secreto mejor guardado—. En realidad estaba pensando en tu vulnerabilidad —se explicó—. Me habrías odiado, Paula al menos tanto como yo me habría odiado a mí mismo.


—Antes me has preguntado por qué no había contestado a tus mensajes —dije, pensando que Pedro se merecía que yo fuera tan sincera como él—. Me metiste en ese taxi y me besaste en la mejilla —relate tocándome con la mano el lugar donde él me había besado, recordando la mezcla del aire fresco con su masculino aroma—. Durante un instante pensé que te ibas a quedar conmigo, que mandarías a Julián a la porra y te meterías en el taxi. Sin duda, era una locura, pero te deseaba de tal manera que no podía pensar con sensatez.


—Me habría gustado…


—Pero no lo hiciste. Te alejaste del taxi y saludaste a Julián. Al verlo, sentí que me habías olvidado por completo en un abrir y cerrar de ojos.


—¡No!


—Me sentía tan… Tan celosa, que no pude contenerme. Hacía ya un rato que yo jugaba con uno de mis rizos, enroscándolo y volviéndolo a desenroscar.


Pedro me tomó por la muñeca, solté el rizo, que se enroscó de nuevo y depositó mi mano sobre la mesa y puso la suya encima.

Mi Vecino: Capítulo 47

Alargó una mano y tomó la mía, como si necesitara que lo comprendiera. Yo volví la palma hacia arriba y apreté la suya para confirmarle que comprendía perfectamente sus sentimientos.


—No es eso, ¿Verdad? —dije al cabo de unos instantes—. Ese no es tu verdadero secreto.


—Eres muy lista, ¿No?


—Tú lo has dicho, no yo —repuse, dispuesta a abandonar el tema, puesto que no me veía capaz de confesarle mi más oscuro secreto—. ¿Qué pasó después?


—Abandoné la universidad.


—¿Y nadie te lo recriminó? El tono en que tu hermana te preguntó si habías hablado con tus padres…


—Tuvimos una pelea tremenda. Mi madre me aconsejó que me tomara un año sabático, para aclararme las ideas. Pensó que si tenía que soportar las dificultades de trabajar como ayuda de cámara bajo las inclemencias del tiempo, en un país extranjero y tercermundista, acabaría entendiendo que la seguridad laboral que me ofrecía mi familia era la mejor opción. Pero mi padre intuyó la verdad desde un principio, sabía que jamás volvería a la universidad.


—¿Trató de presionarte?


—Es demasiado inteligente para hacer algo así. Prometió regalarme el departamento en el que vivo si terminaba los estudios. Sólo pretendía eso, que me licenciara. Después, hablaríamos de nuevo.


—¿El departamento? ¿Te refieres al número setenta y dos?


—Él diseñó el edificio.


—Es precioso, Pedro.


—Recibió un premio por él. Los Alfonso somos una familia de triunfadores —dijo con una sonrisa—. Mi padre es un hombre muy inteligente y tiene mucho talento. El constructor atravesó una mala racha financiera y mi padre renunció a sus honorarios a cambio de tres departamentos. Mis padres se alojan en el ático cuando vienen a Londres. Carolina recibió el departamento más pequeño como regalo de boda. Y a mí me ofrecieron el número setenta y dos a cambio de que renunciara a mis ilusiones como cineasta de documentales sobre la vida salvaje de los animales.


—Pero si no renunciaste… —me encontraba confusa.


—Se lo compré cuando salió al mercado hace un par de años. Como declaración de que seguía unido a la familia, pero a mí manera —yo silbé entre dientes, asombrada—. ¿Piensas que hice mal? —me pregunto.


—Eso solo lo puedes saber tú. ¿Apareció tu padre para felicitarte?


—Si vino alguna vez, puedo asegurarte que yo no estaba en casa. Es inteligente y tiene talento, pero no por ello deja de ser un cabezota.


—¿Y no has intentado arreglar las cosas por tu cuenta?


—¿Quién? ¿Yo? —exclamó con una carcajada.


—No debes alimentar el resentimiento, Pedro —lo amonesté.


—Lo he intentado…


—No, no lo has intentado. Lo que has hecho es estamparle tu éxito en plena cara. Lo que has hecho es decirle: «Ves, aquí estoy, he comprado tu maldito apartamento con mi propio dinero. Eres tu el que está equivocado y yo no necesito tu ayuda para nada». Creo que sería oportuno demostrar un poco de humildad, ¿No te parece? Dejarle saber que te has convertido en el hombre que eres gracias a la educación que te han dado tus padres, aunque vuestros intereses difieran. Ahora puedo ver tu carácter con claridad: eres inteligente y tienes talento, pero también eres un cabezota.


—Por favor, no te andes con rodeos, Paula, si piensas que me he equivocado, dímelo claramente.


—No necesitas mi opinión. Lo único que tienes que hacer es pensar en cuales serán tus sentimientos con respecto a él cuando estés de pie frente a su tumba dentro de veinte años. En lo diferente que hubiera sido tu vida si te hubieras atrevido a arrinconar un poco tu orgullo para facilitar las relaciones familiares —él se estremeció y yo le apreté la mano comprensivamente para que supiera que entendía que la tarea no era fácil—. Dentro de poco será Navidad, aprovecha el momento para hacer algo que te acerque a ellos.


—¿Qué me sugieres? ¿Que me pegue un tiro y les mande mi cuerpo como regalo? —preguntó él con amargura.


Había hablado demasiado, me dije, echándole la culpa a la margarita y al vino.


—Si vas a pegarte un tiro, prefiere que me mandes el cuerpo a mí —dije con fingida desenvoltura—. Desgraciadamente, ese día estaré compartiendo un pavo con mi tía abuela Alicia y no creo que ella pudiera soportarlo.


Se produjo un silencio espeso, largo e incómodo como respuesta a mi frívolo comentario.

Mi Vecino: Capítulo 46

 —Es tuyo, haz lo que quieras con él.


Rompí el envoltorio a jirones, pero le salvé la vida al lazo. Sabía que guardaría esa cinta decorativa en el fondo de algún cajón durante el resto de mi vida. Dentro de la cajita había un llavero con una alarma anti agresión en miniatura. No era una alarma barata, como la que me había entregado mi madre, sino un aparato de acero inoxidable de alta tecnología que, sin duda, resistiría los golpes de cualquiera, incluidos los del zapato de Pedro Alfonso.


—Quería reemplazar el que machaqué a pisotones —explicó él.


—¿Piensas que puedo sentirme segura con esto en tu presencia?


—Si te sientes amenazada, aprieta el botón.


Me reí.


—Te gusta el peligro, ¿Eh?


—Detesto el aburrimiento.


—¿Cómo lo sabes? Por lo visto, no has abandonado el riesgo desde que quemaste el juego de cama de tu madre para escapar a tu destino como arquitecto.


—A diferencia de tí, que tienes un trabajo seguro, un novio seguro y una vida segura —comentó meneando la cabeza—. Olvida lo que acabo de decirte. Eso es lo que tú deseas, así que,.. ¿Quién soy yo para criticarte?


¿Era eso lo que yo deseaba?


—He abandonado mi hogar —contraataqué—, tengo un trabajo en Londres, me he comprado un vestuario completo y estoy cenando con un hombre al que acabo de conocer.


—¿Qué te parece? —anuncié sintiéndome bastante satisfecha de mí misma durante las ultimas veinticuatro horas.


—Vives en un piso que te ha buscado tu madre y, por lo que me has contado, te resististe hasta el último momento antes de aceptar el traslado a Londres. Además, siento arruinar la imagen que te has formado sobre mí, pero te aseguro que se necesita mucho más que una sábana quemada para escapar al destino que ha trazado para tí tu familia.


—¿Forma esa frase parte de la filosofía vital de Pedro Alfonso? Es muy profundo lo que dices.


—Me limito a destacar que es más fácil aceptar lo que a uno le viene dado que luchar por un futuro diferente.


—Y tu has renunciado a lo fácil, ¿No?


—Estuve a punto de perder la partida en un par de ocasiones—admitió—. Durante años estuve ahorrando para comprarme cámaras y filtros bajo la atenta mirada de mis padres, a los que había jurado que el cine solo era un simple pasatiempo que jamás alteraría mis planes universitarios. Les prometí que estudiaría Arquitectura y que me uniría a la empresa familiar.


—¿Pensabas cumplir tu palabra?


—La arquitectura, especialmente cuando eres socio propietario, es mucho más lucrativa que hacer documentales sobre la vida secreta de las palomas. Yo lo sabía y me hice a la idea de que podría sentirme satisfecho dedicándome a ello como pasatiempo. Así que empecé la carrera de Arquitectura para satisfacer a mis padres, pero solo duré dos años.


—¿Qué pasó?


—Conocí a alguien en la universidad —dijo, mirándome con intensidad para asegurarse de que yo entendía la importancia que aquello había tenido para el—. Era una mujer inteligente, adorable y creativa que se mató en un estúpido accidente. Resbaló en una escalera cubierta de hielo y se rompió el cuello, mientras se dirigía a toda prisa para asistir a una conferencia que ni siquiera le interesaba demasiado.


—Lo siento mucho, Pedro… —dije sintiendo la necesidad de alargar la mano para acariciar la suya.


Sin embargo, me contuve, no quería entrometerme en su dolor.


—Tenía solo veintiún años, Paula, y estudiaba Matemáticas en vez de música para complacer a su padre. Él pensaba que su hija no podía echar a perder su vida dedicándose al canto. Tenía una voz que lo mismo podía hacerte llorar que reír.


—Tú la amabas, ¿No?


—Es posible. La amaba de esa manera despreocupada en que se aman los jóvenes que se creen inmortales. Mi dolor se debe tanto al pesar que me causé su muerte como a la pérdida definitiva de la inocencia que todo ello supuso para mí. Todo lo que sé es que ella dejó de lado su vocación para satisfacer a otras personas y, mientras escuchaba el responso frente a su tumba, me juré que yo jamás cometería el mismo error.