jueves, 6 de octubre de 2022

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 47

 —Esto es ridículo, Pedro. Ni siquiera tengo bañador.


—Muy bien —dijo en tono de broma—. Yo tampoco. Pero no te aflijas. Puedes bañarte en ropa interior si te sientes tímida. Desde luego, sólo será postergar lo inevitable. No me haré responsable si te quedas con la ropa mojada, así que tendrás que quitártela cuando salgas del agua.


Paula tragó saliva. Había muchas razones para pensar que era una mala idea, pero de alguna manera no podía empezar a preocuparse por lo que sucedería después, cuando en ese momento se sentía tan llena de vida.


—¿Y qué dirá la gente que vive en esa casa? ¿No pondrán objeciones a una pareja de extraños que se bañan desnudos en su playa privada?


—La casa está vacía —respondió Sebastian con un ademán que abarcaba todo el terreno—. Todo es nuestro.


—De acuerdo, ¿Y cómo vamos a hacerlo?


—Iremos al cobertizo de los botes. Una vez allí, yo me haré cargo del resto.


Cuando maniobraba la silla de ruedas, Paula fue consciente de lo que iba a hacer y sintió que le fallaba la confianza en sí misma. Iba a quitarse la ropa delante de Pedro a plena luz del sol de julio, sin un lugar donde ocultarse. Al parecer, las dudas se reflejaron en su cara, porque él le acarició la mejilla.


—Confía en mí, Paula.


«¿Por qué no?», Pala pensó de pronto. ¿Qué era lo peor que podía suceder? ¿Que tras una mirada a su cuerpo, Pedro deseara haber pasado la tarde de otro modo? ¿Sería problema de ella o de él?


—¡Esto va a ser divertido! —exclamó Pedro al tiempo que se quitaba la camisa.


—Desde luego que sí —convino ella mientras contemplaba los fornidos hombros masculinos.


Si hubiera sabido que Pedro la iba a llevar al mar, no habría olvidado meter la cámara fotográfica en el bolso. Sin embargo, si hubiera sabido que iba a llevarla al mar, se habría encerrado en su apartamento y por nada del mundo habría subido a su coche.  


Pedro se quitó los zapatos y los calcetines y los arrojó sobre la camisa, que ya estaba sobre la arena. Luego, como si fuese lo más natural del mundo, hizo lo mismo con los vaqueros. Paula notó en ese preciso instante que hacía mucho rato que había dejado de respirar. Él se volvió hacia ella, con los bóxers de color perla muy ajustados en la las caderas, dejando poco espacio a la imaginación. Finalmente había dado con un hombre que la desafiaba a ser tan audaz en los hechos como en las palabras.


—¿Necesitas ayuda? —preguntó Pedro.


—Mmm...


Como le pareció que la respuesta era afirmativa, se inclinó ante ella y le quitó los zapatos.


—Te has pintado las uñas de los pies en un tono púrpura —comentó.


—Solía combinar el color de las uñas con las mechas de mi pelo.


—¿Y por qué no lo haces ahora? Me parece que eres una mujer a la que le gusta causar impacto.


—Todos tenemos que madurar alguna vez.


—Aunque no es una excusa para convertirse en una aburrida.


—¡Aburrida! —exclamó con las manos en las caderas—. ¿Crees que una aburrida se quitaría la ropa como si nada para bañarse desnuda en el mar?


—¿Es eso lo que estás haciendo en este momento? Pensé que estabas sentada mirando el panorama.


—Hay mucho que admirar —comentó ella, sonrojada.


—¿En todo caso por qué no disfrutas y me dejas el trabajo a mí?


Sin esperar respuesta, empezó a desabotonarle la blusa de manga corta que llevaba sobre una falda larga. ¿Iba a desvestirla?


—¿Qué estás haciendo? 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 46

La marea estaba baja y se veían charcos en las rocas. Seguramente ahí el agua estaría tibia en un día como aquél. El lugar perfecto para sentarse y chapotear con los pies.


—Ahora tengo que limitarme a contemplar el paisaje —dijo ella.


—No tienes por qué hacerlo. La vida no se ha detenido, Paula.


—No —convino en tanto recordaba la última vez que había estado en la playa, paseando a la orilla del mar de la mano del hombre que con el que pensaba compartir toda su vida—. No se ha detenido, pero ha cambiado — observó mientras se volvía a mirarlo—. Estoy segura de que Carolina te dijo lo que tenía que hacer. Te habló de la rutina diaria de ejercicios para mantener los músculos en forma, y cosas por el estilo.


—¿Y qué problema tiene hacer ejercicio diariamente? Guillermo es diabético, tiene que inyectarse insulina todos los días y no anda gimoteando —declaró. Ella exhaló con fuerza como para demostrar su indignación. ¿Cómo se atrevía a sugerir que se quejaba?—. Para tu información —continuó él tranquilamente—, me limité a preguntarle dónde podría encontrar más información y ella me dió el nombre de un par de sitios en Internet.


—¿Por qué? — preguntó, pero le bastó una mirada a Pedro para comprender—. De acuerdo. Hemos bailado y me has alimentado más de una vez, así que ahora piensas que es hora de que nos dediquemos a tontear entre los arbustos. ¿Estoy en lo cierto? ¿Es que la silla de ruedas te excita, Pedro? No serías el único. A algunos hombres les encantan las mujeres imposibilitadas.


Sus palabras eran odiosas, pero no quería estar con él en ese hermoso paraje fingiendo que todo era normal. No, no lo era. Hiriéndolo y burlándose de él lograría impedir que continuara con lo que había planeado, fuese lo que fuese. Pero Pedro no parecía herido. Una emoción diferente ensombrecía sus ojos cuando se inclinó hacia ella y le besó la palma de la mano.


—No es la silla de ruedas lo que me enciende. Eres tú, Paula —dijo al tiempo que llevaba la mano de ella hasta su ingle. Paula dejó escapar un grito sofocado al notar su excitada virilidad. Luego abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla, porque no se le ocurría nada que pensar ni que decir—. Parece que por primera vez te he dejado sin habla, ¿Eh? — comentó él con una sonrisa.


—Yo... Tú...


—¿Por qué no utilizas la palabra «Nosotros»? —sugirió mientras le tomaba la mano—. ¿La natación forma parte de tus ejercicios rutinarios?


Ella se volvió hacia el mar.


—Voy a nadar a la piscina local un par de veces a la semana.


—¿Entonces nadas?


—No es lo mismo.


—No, la piscina es segura. ¿No te apetece una escapada? ¿Arriesgarte un poco?


—No he nadado en el mar desde el accidente.


—No has venido al mar desde el accidente, ¿Verdad?


—No... No podía soportarlo —confesó Paula finalmente.


Pedro sacó de la guantera el dibujo descartado que había recogido del suelo en el estudio de Paula.


—Mira, ya lo has hecho. Es hora de que dejes de castigarte, Paula.


—No me estoy castigando.


—Entonces déjate crecer el pelo, deja de negar que eres toda una mujer.


—Si sabías por qué me corté el pelo, ¿Por qué lo preguntaste?


—Quería asegurarme de que tú también lo sabías. Y ahora iremos a nadar.


—¿Cómo podría?


Pedro le tocó la mejilla volviendo su rostro hacia él.


—Porque lo deseas más que nada en el mundo —afirmó con seriedad—. ¿Me equivoco?


Tenía razón. Siempre le había encantado nadar en el mar, aunque estar con él en el agua era lo que lo convertía en algo especial. Lo hacía completamente irresistible. Aparentemente satisfecho con su silencio, Pedro salió del coche, sacó la silla de ruedas y, sin molestarse en preguntar, la tomó en brazos antes de acomodarla en la silla. 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 45

 —No soy especial, Pedro. Soy una mujer común y corriente que tiene un problema con las piernas —dijo antes de acelerar la silla de ruedas dejándolo atrás—. Y ahora vámonos, porque tengo que volver para acabar mi declaración de la renta. 


En lugar de rebatir, Pedro ayudó a Guillermo a embalar el equipo informático y, tras pedirle a Julián que estuviera de guardia en la oficina en caso de que surgiera algo imprevisto el día del encuentro con el comprador, puso todo en el asiento trasero del Bentley.


—¿Lista para ponerte en marcha? —preguntó Pedro cuando Paula apareció junto a ellos acompañada de Sonia.


—Totalmente.


Pedro deliberadamente se volvió a estrechar la mano de Guillermo, dejando que Paula entrara sola en el coche.


—No sabes cuánto agradezco el tiempo y las molestias que te has tomado, Guille.


—Lo hago por la familia. A nadie le interesa meterse en un lío económico que saque a relucir viejas historias familiares. Por lo demás, hemos disfrutado con el trabajo. Y si todo sale bien, hasta podremos ganar dinero.


—Espero que Paula y yo seamos capaces de estar a la altura de las circunstancias.


Pedro guardó la silla en el coche y se sentó tras el volante.


—Ven a vernos pronto, Paula. Deberías traerla a la fiesta del verano la próxima semana, Pedro —dijo Sonia.


—¿Por qué tendría que romper la costumbre de haberme negado toda una vida?


—Si él no quiere, ven tú sola, Paula. Así conocerás al resto de la familia.


—La familia es como Sonia, pero multiplicada por tres —advirtió el hermano.


—Gracias, Sonia —intervino Paula, ignorando las palabras de Pedro—. Si tengo tiempo, me encantaría venir.



—No hacía falta tanta diplomacia —dijo él cuando se dirigían a la carretera.


—No es eso, verdaderamente lo pensaba así.


—¿De verdad?


—No te preocupes. Encontraré algo que me mantenga ocupada el próximo fin de semana —anunció Paula al tiempo que miraba por la ventanilla—. ¿No deberíamos ir en dirección contraria? —preguntó al ver que enfilaba hacia el sur.


—Sólo si queremos volver a Londres. Debí haber aclarado que la única razón por la que no quería almorzar con Sonia y Guillermo era porque había planeado algo más interesante.


Paula esbozó una sonrisa de alivio. No se trataba de que él no deseara que conociera a su familia.


—¿Por qué no le dijiste a Sonia que tenías otros planes?


—Porque Guillermo y ella normalmente comen un bocadillo a la hora de almuerzo. Guille está ocupado en su taller o en el parque empresarial que es su verdadero trabajo, y ella tiene más de diez comités que mantener a raya. Créeme, cuando vine a comienzos de semana no me recibieron con un banquete.


—¿Cocinó especialmente para mí?


—Quería que te sintieras como en casa —dijo antes de encogerse de hombros—. Y desde luego quería someterte al tercer grado. Habría sido una crueldad desilusionaría. Por lo demás, tú misma dijiste que fuera más amable con mis hermanas.


—Debiste haberme advertido que iba a ser víctima de la Inquisición —dijo Paula, con una sonrisa.


—Lo hice, pero tú no me escuchaste.


—Hablaste con Carolina acerca de mí, ¿Verdad? ¿Cuál es su especialidad en la universidad?


Pedro se tomó un tiempo antes de responder.


—Medicina.


Bajo la luz del sol de la tarde, el coche se internó hacia el mar, que se mezclaba tan perfectamente con el cielo que era difícil saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Cuando Pedro entró en un camino vecinal, había un letrero que advertía que era propiedad privada, pero Paula ni siquiera se molestó en decírselo, concentrada en averiguar cómo le sentaba que él hubiese hablado sobre ella con su sesuda hermana. ¿Qué quería saber? ¿Qué le había dicho Carolina? El coche se detuvo en una pequeña cala rodeada de acantilados. Había una casita de piedra construida al abrigo de uno de ellos con un muelle de madera y un cobertizo para botes con una rampa para botar al agua una lancha neumática. 

martes, 4 de octubre de 2022

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 44

 —¿Gustavo Dymoke? ¿Está casado con tu prima?


—Sí. ¿Lo conoces?


—No mucho, pero venía a ocasionalmente a la casa familiar a ver a Pedro.


—Bueno, ya que lo conoces, no hace falta que continúes con la entrevista. Estoy segura de que te daría buenas referencias sobre mí.


Sonia la miró un instante y luego se echó a reír.


—No hace falta, querida. No hace falta. Es bueno ver a mi hermano con alguien que lo hace sonreír. Desde Brenda... —Sonia se paró en seco.


—Me habló de Brenda.


—Ah, entonces lo comprendes. Pedro cambió totalmente. Antes era muy divertido, pero tras la ruptura se volvió insensible a cualquier emoción. Como si sólo quisiera ponerse fuera del alcance de cualquier persona —dijo. Paula comprendió su temor al compromiso, el temor a la cercanía del otro. Y al parecer lo había extendido a su familia—. Cuando Carolina me llamó para hablarme de tí...


—¿Carolina?


—Es la mayor, la hermana sesuda. Somos tres hermanas. Carolina, Luciana, que vive en Francia, y yo. Aunque de pequeño Pedro era molesto como un grano en el trasero, ninguna de nosotras quiere volver a verlo tan herido, Paula.


—No voy a hacerle daño. La nuestra es una relación de negocios. La empresa requirió mis servicios como asesora —aseguró, más para convencerse a sí misma que a Sonia. De acuerdo. ¿Y el beso en el parque? ¿Y ese vals tan íntimo antes de salir de casa? Ella sabía cómo se había sentido. Pero, ¿Y él? Paula decidió que, fuera como fuese, eso tenía que acabar—. Intento colaborar para que Coronet salga adelante y Pedro pueda reanudar su vida en Nueva York lo más pronto posible.


—Está haciendo un trabajo excelente —se oyó la voz de Pedro, que se acercó a la mesa y tomó un trozo de bizcocho—. Julián está imprimiendo montones de tarjetas. ¿Quieres ir a verlo?


Oh, Dios. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Qué había oído?


—Yo también voy — dijo Sonia, con naturalidad. Estaba claro que el hecho de que su hermano la hubiese sorprendido hablando de su bienestar no la incomodaba en absoluto—. Pedro, lleva el plato con el bizcocho. Estoy segura de que ese chico no come. No me extrañaría que sealimentase de la luz que arroja la pantalla del ordenador —añadió antes de echar a andar delante de ellos.


Cuando se quedaron solos, Pedro se volvió hacia Paula.


—¿Te ha sometido al tercer grado?


—No sé de qué hablas.


—Te lo advertí.


—Para tu información, Sonia no es nada mandona. Al contrario, me parece encantadora.


—¿Y de qué han hablado?


—De la vida en el campo, de los problemas del transporte público y de tus otras hermanas. Por ejemplo, ahora sé que Carolina es la sesuda de la familia.


—Así es. Tiene una cátedra en la universidad.


—También hablamos de Gustavo. No me dijiste que Sonia lo conocía.


—No, sólo lo vió un par de veces cuando vino a casa conmigo. No se puede decir que lo conozca.


—Es cierto. A mí me has visto un par de veces y no me conoces en absoluto.


—No es lo mismo. Puedo apostar a que sé más de tí que la mayoría de la gente. Eres una mujer muy especial.


Paula había pensado que podía controlar sus sentimientos. Tarde o temprano Pedro se marcharía. Tenía que concentrarse en Leticia, en Coronet, en su propio futuro. Todo el resto nada tenía que ver con la realidad. Sabía que iba a sufrir. Era inevitable. Lo había sido desde el primer momento en que lo había visto ensimismado con su copa de champán. Pero ella no iba a hacerle daño.


Mi Destino Eres Tú: Capítulo 43

Paula pasó la hora siguiente trabajando con Julián, el pálido y magro joven que había hecho maravillas con la programación sin tardar casi nada. Juntos suprimieron las últimas imperfecciones mientras Pedro y Guillermo trabajaban en los costos.


—Te manejas muy bien con el ordenador—la elogió Julián—. Si hubieras venido antes, lo habríamos terminado durante la semana.


—Paula tenía cosas más importantes que hacer, Julián —intervino Pedro. Ella se sintió culpable. Le había pedido que lo acompañara, pero había estado más interesada en protegerse de él que en ocuparse del sistema informático—. ¿Cuánto más van a tardar? Sonia acaba de avisar de que la comida está lista.


Julián negó con la cabeza.


—Vayan ustedes. Necesito revisar el sistema a fondo si quieren llevárselo esta misma tarde.


—¿Te traemos algo de comida? —preguntó Paula, que en el fondo deseaba quedarse con él para no tener que enfrentarse a la terrible hermana de Pedro.


Julián negó con la cabeza, absorto en lo que hacía, así que lo dejaron trabajando y fueron a la cocina, donde Sonia los esperaba con los platos en la mesa. Guillermo y ella vivían en una gran casa campestre detrás de las caballerizas, con sus dos hijas adolescentes y muchos perros. Lejos de mostrarse aterradora, Sonia la recibió con simpatía y, a diferencia de Guillermo, no demostró la menor sorpresa al ver la silla de ruedas.


—¿Necesitas ayuda? —preguntó con toda naturalidad.


—No, puedo manejarme sola, gracias.


Más tarde, mientras las mujeres cargaban el lavavajillas y los hombres se disponían a volver al taller, Sonia sugirió que tomaran el café en la terraza para disfrutar del paisaje marino.


—Éste es un lugar encantador —comentó Paula. 


—Nos gusta, y mis padres viven un poco más lejos de modo que podemos estar pendientes de ellos, les guste o no —dijo mientras señalaba hacia la gran mansión entre los árboles que Paula había vislumbrado al llegar—. Ahí está. Le habría pedido a Pedro que te llevara a ver los jardines, pero habría sido un esfuerzo inútil.


Paula observó que era una imponente casa solariega.


—Hermosa mansión...


Sonia le tendió un plato con dulces.


—¿Quieres ayudarme con esto? Las niñas han estado experimentando con recetas para el puesto de bizcochos que van a instalar en la fiesta del verano. ¿Tú también vives en Londres?


—¿También? Ah, te refieres a Pedro. Sí —respondió, y al ver que Sonia hacía una mueca, añadió—: Vivo en un lugar encantador. Es un departamento en el jardín de la casa de mi prima Daniela y su marido Gustavo. Ellos viven en las plantas superiores. Aunque debo admitir que me muero por trasladarme al campo.


—A la mayoría de las personas que viven en la ciudad les sucede lo mismo, porque suelen venir en días de sol. Aunque no es tan bonito en pleno invierno con el barro, la nieve y el viento.


—Viví en el campo hasta que fui a la universidad.


—¿Sabes conducir?


—Sí, tengo un coche especialmente adaptado. Intenté venir en él, pero Pedro me raptó.


—Es inútil vivir en el campo si uno no sabe conducir. Especialmente cuando se tienen necesidades especiales.


—No es divertido vivir en ninguna parte cuando se tienen necesidades especiales.


—¿Cómo se conocieron?


Paula se dió cuenta de que aquello no era tanto una conversación como un interrogatorio. Y decidió que ésa sería la última pregunta. Tenía deseos de decirle que no era asunto suyo, pero seguramente Sonia pensaba que sí era asunto suyo si su hermanito se liaba con una mujer parapléjica que no le causaría más que sufrimientos.


—El año pasado mi prima Daniela se casó con Gustavo. Hace poco celebraron la recepción de la boda y Pedro fue a la fiesta.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 42

 —Ella insistió, querido muchacho. Ha estado trabajando al calor de los fogones toda la mañana. No apuesto un centavo por mi vida si os dejo marchar sin haberos alimentado.


—Debe de ser cosa de familia —observó Paula al tiempo que le estrechaba la mano—. Pedro también tiene la obsesión de alimentar a la gente.


—Paula, éste es Guillermo. Sé buena con él, el pobre diablo está casado con mi hermana.


¿Qué planes tenía Pedro? A Paula no se le había escapado el hecho de que él no le había consultado si quería comer con su familia. Probablemente no quería que ellos se enteraran de su atracción hacia una mujer en silla de ruedas. Deseó que el detalle no le causara tanto dolor.


—Eso ya lo sé. Lo que ignoro es con cuál de ellas —replicó con ese tono despreocupado que le era tan útil para evitar que la gente tuviera piedad de ella.


—Con Sonia. Cuando tiene un buen día prefiere que la llamen So —la informó Guillermo.


—Intentaré recordarlo. ¿Hoy es un buen día?


Guillermo se echó a reír sin soltarle la mano, esperando que ella se apoyara en él para salir del coche. Pero antes de que Paula pudiera dar explicaciones, Pedro se adelantó.


—Déjamelo a mí, Guille. Paula necesita su silla.


—¿Silla?


—Silla de ruedas —aclaró Paula al tiempo que buscaba en su bolso—. Pedro no tiene mucha experiencia, así que nos llevará algún tiempo. Mientras tanto, ¿Quieres ver el disco que hemos actualizado? —sugirió al tiempo que se lo tendía.


—De acuerdo, se lo entregaré al chico maravillas.


Finalmente, Pedro se acercó con la silla de ruedas y la puso junto al coche.


—Veamos, chica lista, ¿Quieres que te ayude a instalarte en la silla o quieres presumir? Tienes un minuto para decidirte. 


—Cuando estoy en mi coche lo único que tengo que hacer es utilizar el elevador.


—Pero como eso no va a suceder, ¿Por qué no me rodeas el cuello con los brazos y yo hago el resto? Porque la tentación podría transformarse en hábito.


—Porque no necesito que me lleves en brazos como si fuera un bebé. Y porque deberías cuidar tu espalda. Mira, toma mi bolso y deja la silla muy cerca de mí —ordenó al tiempo que le daba un pequeño empujón.


—¿Necesitas que me quede?


—No, gracias —replicó, aun sabiendo que no era del todo cierto.


La verdad era que necesitaba un buen par de manos a una distancia segura.


Pedro se limitó a asentir y luego se volvió con la intención de seguir a Guillermo, que se encaminaba al establo. Había sido su orgullo el que había rechazado la ayuda que le ofrecía. Y el orgullo quedaría muy herido si se cayera y tuviera que llamarlo para que la ayudaran a levantarse del suelo. Con un gran esfuerzo, finalmente logró acomodarse en la silla y luego maniobró para poder cerrar la puerta del coche. Cuando lo hubo hecho, se dió cuenta de que Pedro no se había marchado. Se había quedado muy cerca por si necesitaba ayuda.


—Eres asombrosa.


Paula sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al pensar que no merecía su bondad.


—No ha sido nada —replicó con brusquedad.


—Si tú lo dices... Ven a ver lo que Julián y Guillermo han hecho. 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 41

 —Suelo viajar con la última mujer con la que esté saliendo. Para ser sincero, no me importa mucho quién sea.


—No es una manera muy amable de referirte a ella.


—Prefiero salir con mujeres que no esperen amabilidad por mi parte. Es menos complicado.


—Todos esperamos consideración, Pedro —observó, y él tuvo la sensación que acababa de abrir la puerta a su mundo y que, a pesar de su brillante carrera y su alto estilo de vida, ese mundo estaba vacío—. ¿No hay nadie especial?


—No, Paula.


Hacía rato que habían abandonado la carretera principal y ya se internaban por una estatal. En ese momento, Pedro vislumbró la casa solariega de sus padres a través de los árboles, pero antes de llegar a ella, cruzó una verja y se internó por un patio pavimentado donde se encontraban las caballerizas que Guillermo utilizaba como taller. Tras apagar el motor, se quedó sentado un instante en silencio, pensando en que tenía que hablarle de Brenda.


—Una vez tuve alguien especial, pero no funcionó.


Paula sintió una mezcla de celos y de compasión.


—¿Estuviste casado? —preguntó, con la esperanza de que su interés pareciera simple cortesía.


Después de todo, ya se había dado cuenta de que un hombre de esa edad tenía que haber estado enamorado una o dos veces en su vida.


—La iglesia ya estaba reservada, la encantadora novia había pasado horas escribiendo las invitaciones y las amonestaciones estaban hechas —le informó. Eso explicaba su conocimiento sobre el tema, pensó Paula—. En suma, un desastre, porque no llegamos al altar.


Ella no pensó en el problema de cancelar todo lo que se había organizado, sino en que la mujer que él amaba hubiera cambiado de parecer a última hora. Sin pensarlo, cubrió la mano de Pedro con la suya.


—Lo siento —murmuró.


Él la miró con una sonrisa irónica.


—No malgastes tu piedad en mí, Paula. Temo no haber sido el hombre que Brenda quería que fuera.


Paula se la imaginó alta, con cabellos de un tono rubio oscuro, con todos los atributos que Pedro buscaría en una esposa.


—¿Eso fue cuando te marchaste de Londres para ir a América?


—Sí, pero ya me habían ofrecido el empleo. Fue cuando le dije lo que quería hacer, cómo veía mi futuro. Y quedó bastante claro que nuestras aspiraciones eran muy diferentes. Pensé que me conocía bien y que yo la conocía a ella. Parece que ambos nos equivocamos.


—Ella canceló la boda.


—No, Paula. Lo hice yo.


A pesar de la tibieza del sol, Paula sintió un escalofrío.


—¿El trabajo significaba mucho para tí?


—No tuvo nada que ver con el trabajo.


—Entonces, no...


—¡Pedro! —la puerta del establo se abrió de par en par y un hombretón se acercó a ellos.


«No comprendo», pensó Paula. O tal vez sí comprendiera...


—¿Se van a quedar ahí sentados todo el día? —preguntó el hombre, y al ver que ninguno de los dos se movía, añadió—: Vamos, todo está preparado para ustedes. Tú debes de ser la talentosa Puala. Sonia se sentirá muy aliviada de poder conversar con alguien juicioso a la hora de comer —dijo con una amplia sonrisa.


—¿Comer? —intervino Pedro rápidamente—. No, Guillermo, tengo otros planes.