jueves, 4 de agosto de 2022

Paternidad Inesperada: Capítulo 23

Sacó el teléfono, miró la hora. Faltaban diez minutos para que se subiese el telón. Aquella noche todo dependía de él. Su madre había dado un paso atrás, pero él se alegraba de que fuese feliz trabajando para los niños de África. Nunca la había visto tan feliz desde la muerte de su padre. Cómo lo echaba él de menos. Demasiado. Se tocó la muñeca con la mano derecha, tocó el reloj de su padre, lo único que había sobrevivido al accidente. Jamás podrían demostrar que Carlos había provocado aquel accidente. Nadie lo acusaría de haber abierto la botella de whisky y habérselo hecho beber a su padre, pero era el único que había sabido de su alcoholismo, había estado a su lado mientras luchaba contra él. Y había sido la persona que había hecho que volviese a caer. Su padre y él habían discutido y después Carlos le había robado los clientes y había abierto su propio banco. El día del funeral, aquel terrible día, Carlos se había acercado a él con los brazos extendidos. Había querido enterrar el hacha de guerra, y Pedro había necesitado que lo reconfortasen. Carlos había sido el mejor amigo de su padre y parecía arrepentido, y él había deseado abrazarlo. Había estado a punto de hacerlo cuando había oído decir a su madre:


–Apártate de mi hijo. No lo toques. No sé cómo te has atrevido a venir aquí, no vuelvas a hacerlo…


Y entonces Pedro lo había entendido todo. Carlos no había estado enamorado de su madre, sino de su padre. Aquel era el motivo por el que su presencia había ensombrecido su vida durante años. Su padre, su héroe, su pilar. ¿Quién era el hombre al que acababan de enterrar? Polvo y cenizas y la verdad en la tumba con él. Y había sentido que toda su vida se convertía en polvo también. Entonces había levantado el puño y lo había golpeado. Su madre había gritado, al igual que otras mujeres. Y varios hombres se habían acercado a sujetarlo. Carlos había retrocedido con la mano en la mandíbula.


–¡Márchate de aquí! ¡Vete de nuestra casa o te mataré!


Recordó su propio grito. Recordó lo que le había dicho. Recordó las caras de los policías mientras le decían que no iban a denunciarlo por agresión, pero que tenía suerte. Y que no culpase a nadie de la muerte de su padre, que no se podía probar que el alcohol que habían descubierto en su sangre fuese responsabilidad de nadie más. Su madre se había derrumbado después de haber confesado sus secretos. Y él se había enterado de que la relación de su padre con Carlos había sido algo más que una amistad. Después había hecho aquel viaje de vuelta a St. Andrew’s, a ver a Macarena, a verla sonreír y sentir sus brazos. Pero no había podido perderse en ellos porque se la había encontrado desnuda con otro hombre. Se había sentido rodeado por la traición. Había sentido que nada era seguro. Que el amor no servía para nada.


–¿Pedro?


Oyó la voz de David.


–¿Sí?


–Tal vez deberías ir a ejercer de anfitrión.


Estaba allí. Entonces. Su padre había hecho lo que había hecho, no iba a regresar, pero después de muchos años de trabajo, él iba a conseguir que el banco volviese a despegar. Iba a conseguirlo. Y tal vez consiguiese sentir que la sombra de Carlos no lo acechaba más.


–Vamos –dijo.


Él atravesó el jardín. La gente se giró a mirarlo. Notó las miradas de interés de las mujeres y sus risas al pasar. Vió las escaleras de mármol blanco y las subió. Al llegar arriba vió a los jóvenes que habían ganado la Medaille d’Or aquella tarde. Bronceados y felices, dispuestos a pasarlo bien. Los saludó y siguió avanzando entre la multitud. Todo el mundo le sonreía. La marca del banco iba en alza. Era lo que su padre habría querido. Volver a jugar en primera división. Recibió las alabanzas con una sonrisa, pero sintió que no se las merecía. Hasta que no consiguiese los clientes de Arturo Finance, no se sentiría satisfecho. Atravesó la terraza y dejó su vaso vacío en una bandeja. Alargó la mano para saludar al hombre que se acababa de acercar a él, el alcalde de la ciudad, con su esposa. Presentó al alcalde al equipo ganador, se hicieron fotografías, y entraron en la residencia a recibir a más invitados. Una actriz y su novio, recién llegados de Cannes. 

Paternidad Inesperada: Capítulo 22

Pedro se puso los gemelos. Se abrochó el único botón de la chaqueta del traje y estiró el cuello. ¿Debía ponerse corbata o no? No. Ni pañuelo en el bolsillo tampoco. Se miró en el espejo por última vez. Su imagen no era estupenda. Tenía que cortarse el pelo, pero no había tenido tiempo, y también debía haberse afeitado. Al menos el bronceado ocultaba sus ojeras. Había merecido la pena pasar dos días en el yate, convenciendo a algunos de los hombres de Europa de que formasen parte del programa de apadrinamiento de jóvenes. Se acercó a la mesa, tomó las llaves y el teléfono. Tocó la pantalla, abrió los contactos y buscó el que quería: Paula, Ballet. Tenía que borrar aquel número. Había hecho bien al no llamarla, solo podía causarle problemas. Le había costado concentrarse a partir de aquella noche y esos momentos no tenía tiempo para eso. A decir verdad, la jugada le había salido bien. Se bajó las mangas de la camisa por última vez y atravesó las puertas de la terraza del castillo de la Croix. David había hecho un trabajo brillante. Se había superado a sí mismo en la organización de la regata Cordon d’Or aquel año, alquilando aquel castillo. No había un evento igual en toda la Riviera. Fuera se estaban ultimando los preparativos. Habían colocado tres carpas enormes en el jardín. El pequeño muelle del castillo ya estaba lleno de lanchas que trasladaban a los invitados desde barcos más grandes. En el cielo, el ruido de los rotores anunciaba la llegada de la prensa. Y entre todas aquellas personas estarían el tranquilo, conservador y religioso Augusto Arturo y su esposa, Rosario. Caminó entre un mar de sillas forradas de lino blanco y de mesas cubiertas de manteles. Las carpas estaban decoradas con enormes lazos dorados y cintas de seda también dorada. Había centros de rosas blancas sobre las mesas y las mismas flores decorando los arcos. Los invitados estaban empezando a llegar y los jóvenes que habían navegado aquella mañana estaban brindando ya. Él los envidió por su libertad y despreocupación. Había sido inocente en el pasado.


–Ya va tomando forma, David –dijo, aceptando la cerveza que le ofrecía su asistente y echando a andar con él–. ¿Va todo tal y como estaba planeado?


–Hasta el momento, sí. Arturo y Rosario llegarán en media hora. Haré esperar a los otros invitados hasta que estén dentro. Un par de fotos y después podrás llevártelos a la terraza oeste. La puesta de sol será preciosa. Y tú, irresistible, estoy seguro.


–¿Y Carlos? –le preguntó él–. ¿Piensas que intentará hacernos alguna jugarreta más?


–Bueno, el montaje que hicieron anoche acerca de tus exnovias no fue de mucha ayuda, pero no sé si tiene algo más.


Pedro se quedó pensativo. ¿Tendría Carlos algún as en la manga?


–Yo tampoco sé de nada más, pero eso no significa que no lo haya. Hay que mantenerse alerta.


–Lo he analizado desde todos los ángulos una y otra vez. Y no pienso que pueda sacar nada para lo que no estés preparado. Hemos sobrevivido a Tamara, ¿No? Y no ha salido nada de esas fotografías tuyas con aquella bailarina.


–Cierto.


Había llegado al borde del lago. Pedro clavó la vista en el agua y pensó en ella. Había pensado que conocía a las mujeres, pero aquella mañana se había dado cuenta de que no sabía nada de ellas. Él había estado dispuesto a tener una segunda cita y ella…


–No eres mi tipo –le había dicho.


Tal vez no conociese a las mujeres, pero sabía cuándo le mentían. Sacudió la cabeza e intentó borrarla de su mente. Se giró hacia el castillo de nuevo. Sus invitados iban allí a pasarlo bien y después se marcharían a otro lugar a seguir pasándolo bien. Él, no. Después de la noche con Paula no había vuelto a estar con nadie. 

Paternidad Inesperada: Capítulo 21

 –Sé que la noticia te ha sorprendido. Puedo pedir que alguien hable contigo, que te ayuden… ¿No tienes a nadie? ¿El padre?


El padre era Pedro Alfonso. Aquello era lo que ocurría cuando uno se dejaba llevar. ¡Un desastre! No podía haber bajado la guardia con una persona peor. Había pensado que tal vez Pedro la llamaría, pero no lo había hecho. Ya se habría acostado con muchas otras mujeres desde entonces. Paula ni siquiera sabía si admitiría que habían estado juntos. Había utilizado protección y a ella le había parecido muy bien porque no podía correr el riesgo de quedarse embarazada.


–Voy a buscar unos folletos. Barajaremos varias opciones.


Ella no podía pensar en opciones. Pedro tendría que asumir su responsabilidad y permitir que ella continuase con su vida. No había más. No podía ser madre. Respiró hondo e intentó tranquilizarse. Pensar. Se puso en pie.


–Entonces, si lo he entendido bien, tengo el alta de la rodilla y los ligamentos están bien, puedo volver a bailar.


–Tu cuerpo cambiará durante el embarazo, pero recibirás la ayuda que necesites.


Su cuerpo era su única arma en aquel mundo. Necesitaba que funcionase bien. Se le cerró la garganta, tenía miedo. «Céntrate, céntrate», se dijo. «Has llegado muy lejos. Ya casi lo has conseguido. Céntrate en lo bueno y olvídate de todo lo demás, como cuando llamas a mamá».  Tragó saliva.


–¿Los análisis han salido bien? ¿Todo está bien?


–Paula, estás embarazada. Sé que no te lo esperabas, pero estoy aquí para ayudarte.


Ella se puso el bolso en el hombro, miró dentro, tenía el monedero, el teléfono, las llaves. Todo. Tenía que marcharse. Se miró el reloj. Eran las once y media. Tenía todo el día por delante. Pronto tendría los días completos otra vez. Cada cosa a su tiempo.


–Gracias, te llamaré si necesito algo. Qué día tan bonito –comentó, mirando por la ventana.


Salió de la consulta y avanzó por el pasillo, pasó por delante de la sala de espera y de la recepción y salió a la luz del sol. Podía volver a ensayar. Y eso era estupendo. «Vas a tener un bebé». Se dijo que debía llamar a alguien para darle la noticia. La noticia de que podía volver a bailar. Iban a empezar a ensayar para la temporada de invierno. Tenía la oportunidad de conseguir un papel principal. Para diciembre. Se vino abajo. ¿Cómo estaría en diciembre? No le darían ningún papel, no contarían con ella hasta después del nacimiento del bebé. ¿Y qué haría hasta entonces? ¿Y después? No podía permitirse tener un bebé. Llegó sin darse cuenta al metro. Bajó y esperó en el andén, sintiendo el insoportable calor que la rodeaba. Oyó llegar al tren en la distancia. Y pensó que solo podía hacer una cosa. 

martes, 2 de agosto de 2022

Paternidad Inesperada: Capítulo 20

La sala de espera de la clínica era alegre y luminosa. Las revistas estaban ordenadas en un revistero que había colgado de la pared y debajo había una fuente. Enfrente, encima de un sofá, había una televisión y, a su izquierda, las recepcionistas vestidas de blanco daban la bienvenida a los pacientes y hacían otras labores. Paula estaba sola. Recta y con las rodillas juntas, agarrada al borde de la silla, esperando. Cuando la llamaron, se levantó de un salto. Una mujer vestida de blanco, con una carpeta en la mano, le preguntó:


–¿No la ha acompañado nadie?


Ella negó con la cabeza. ¿Por qué siempre le preguntaban eso? La expresión de la otra mujer se suavizó ligeramente.


–Sígame.


Paula avanzó con cuidado. No sentía dolor. Estaba bien. Todo iba a salir bien. Siguió a la mujer por un pasillo. Era la primera vez que estaba en aquel hospital. El equipo médico solía ir a su estudio, pero su doctora trabajaba allí y le había pedido que fuese a verla. Desde que le habían dado la cita, había estado nerviosa y preocupada. No tenía por qué significar que fuesen a darle una mala noticia. Tal vez la doctora prefiriese verla en la consulta. Aunque sabía que a nadie le pedían que fuese allí.


–Entra, entra –le dijo la doctora, poniéndose en pie al verla llegar–. ¿Has venido con alguien?


Paula se contuvo para no contestarle mal y, en su lugar, negó con la cabeza. La habitación era como una caja cuadrada y estéril, con una ventana y un escritorio. Encima de este había papeles y un ordenador. Se sentó en una silla con cuidado. No sintió dolor. Iban a darle el alta. Podría volver a ensayar. Todo iba a salir bien.


–¿Qué tal la rodilla?


–Bien. He tenido mucho cuidado. La fisioterapia y la hidroterapia me han ayudado. Y he seguido la dieta. Estoy deseando volver.


–¿Y el otro dolor?


–Ya casi no lo noto, creo.


La doctora asintió.


–Te hicimos unos análisis, como sabes, cuando mencionaste que te dolía la espalda.


Paula era consciente. Llevaba una temporada sintiéndose cansada, con sueño. Apretó las rodillas y se sentó todo lo recta que pudo. Levantó la barbilla y se preparó para oír lo que tuviesen que decirle.


–¿Hay algo que quieras contarme?


La doctora se había puesto a leer algo en la pantalla.


–¿No? En ese caso, te diré que te hicimos también una prueba de embarazo, como a todas las mujeres en edad fértil.


No era posible. No podía estar embarazada, sintió náuseas solo de pensarlo.


–Eso explica el resto de los síntomas. La bajada de tensión, el dolor de espalda…


–Pero soy bailarina –respondió ella, aturdida.


–Las bailarinas también tienen bebés –respondió la doctora, como si fuese algo obvio y maravilloso.


–Pero yo no puedo tener un bebé.


–¿Por qué no?


Ella pensó en su madre, enfadada, llorosa. Paula estaba sentada a su lado en un banco de un parque, de niña, con la mano apoyada en su pierna para reconfortarla.


–¿Estás bien, mamá?


–No, Paula, no estoy bien. ¡Odio esta vida! Es tan injusta…


Su madre nunca había sonreído cuando estaban las dos solas, solo cuando había habido alguien más. Entonces, le había pedido que bailase para ellos y todo el mundo había sonreído, también su madre. Y aquello era lo único que ella había querido, ver a su madre sonreír, hacerla feliz. Pero después se acababa la música, se marchaba la gente, y volvían a estar solas y tristes. Ella se quedaba en su cama, en silencio, sabiendo que su madre quería salir con sus amigos, y rezando porque no la dejase sola. No, no podía tener un hijo porque no quería volver a aquel mundo. No podía cuidar de un bebé ni darle todo lo que necesitaba. No podía causar tanto dolor. De hecho, solo conseguía aliviar el suyo bailando. No podía ser responsable de otro ser vivo.


Paternidad Inesperada: Capítulo 19

Suspiró y él respondió con un gruñido, como si la hubiese oído. Paula se preguntó por qué estaba así. Por qué no podía dormir. Ya le habían dicho antes que le ocurría algo, porque no era capaz de pasar la noche entera con un hombre. Pero tuvo la sensación de que marcharse de la cama de Pedro, después de lo que habían compartido, no estaba bien. En la oscuridad de la habitación empezó a distinguir una silla, una mesa, una fotografía enorme de una isla. El haz de luz que entraba por debajo de la puerta iluminaba suavemente la ropa tirada en el suelo. Su vestido rojo estaba encima de una silla. Le había gustado ponérselo la noche anterior. Había recibido muchos cumplidos, pero era un vestido que no volvería a utilizar. Pedro no tardaría en marcharse a Roma, asistiría a más fiestas elegantes con personas elegantes. Se lo imaginó en ellas. Con lady Tamara y otras mujeres como ella. Intentó recordar si la había mencionado, o a alguna otra, la noche anterior, tenía la sensación de que no. En realidad, no había hablado casi de él, solo le había contado lo del rugby. Pero sabía que había estado con muchas mujeres. Y que ella era una más… Eso la hizo sentirse incómoda. Pedro volvió a gruñir. Estaba empezando a despertarse. Si ella se quedaba inmóvil, tal vez volviese a dormirse más profundamente. Entonces, podría escapar sin tener que hablar con él. La respiración de Pedro volvió a hacerse más intensa y Paula supo que tenía que aprovechar la oportunidad. Salió de debajo de su brazo y de la cama y, con sumo cuidado, apoyó un pie en el suelo y después el otro. Buscó los zapatos y recogió el vestido de la silla. Y después atravesó el dormitorio de puntillas, abrió la puerta con cuidado y salió al pasillo. Tenía que llamar a un taxi y salir de allí lo antes posible. Se vistió y buscó su bolso, y entonces se giró y se dió cuenta de que Pedro la estaba observando desde la puerta de la cocina.


–Hola –le dijo con voz ronca–. Veo que ya te has levantado.


–Sí –le respondió ella–. Tengo que marcharme. Tengo mucho que hacer.


Él abrió el grifo y llenó un vaso de agua.


–Me lo podías haber dicho y habría puesto la alarma. ¿Quieres agua?


Él bebió y se limpió la boca con el dorso de la mano. Y Paula se quedó hipnotizada mirándolo, pero negó con la cabeza y giró el rostro.


–No, gracias. ¿Puedes llamar a un taxi?


Él puso la cafetera y la miró por encima del hombro.


–¿Un taxi? –le preguntó–. ¿No quieres quedarte a desayunar? Puedo pedir que nos traigan lo que te apetezca. Anoche tenías mucho apetito…


–Tengo prisa.


Él volvió a mirarla, había algo en su mirada que Ruby no supo descifrar.


–En ese caso, no quiero entretenerte.


–Tenía que habértelo dicho anoche, lo siento.


–No pasa nada.


Pedro la miró y después añadió:


–Anoche fue estupendo, Paula. Una noche increíble.


–Sí. Gracias.


Él levantó ambas manos.


–¿Gracias? No termino de entender lo que está ocurriendo aquí. ¿No te apetece quedarte un rato más?


Se acercó a ella y alargó las manos para apoyarlas en sus hombros, pero Paula se apartó. Luego lo miró y, por un instante, deseó poder meterse entre sus brazos y volver a disfrutar con él. Pero no se movió de donde estaba. No podía volver a dejarse llevar. Así que negó con la cabeza.


–No puedo. Tengo que marcharme. Lo siento. Tengo… Cosas que hacer.


Él la estaba estudiando con la mirada.


–Está bien. No tienes que darme ninguna explicación. Yo también tengo mucho que hacer.


–Sí, espero que todo vaya bien. ¿Puedes llamar a un taxi, por favor? 


Él la miró y tomó el teléfono.


–Que venga el coche –dijo.


La miró a los ojos y el café empezó a subir.


–No tardará.


–Puedo esperar abajo.


–Si lo prefieres.


Paula atravesó el recibidor y sintió que las fotografías que había colgadas en las paredes se burlaban de ella, que estaba desesperada por salir de allí. Se miró en el espejo y entonces sonó la campana del ascensor.


–Espera –le dijo Pedro, apareciendo con unos pantalones de deporte.


Las puertas se abrieron y ella entró y deseó que volviesen a cerrarse antes de que a Pedro le diese tiempo a llegar, pero llegó y su presencia lo invadió todo.


–No hace falta que hagas esto –le dijo ella, bajando la cabeza.


–Te voy a acompañar al coche.


Bajaron los treinta pisos en silencio. Ella, mirándose los zapatos. El satén de uno de ellos estaba rallado. Él iba descalzo.


–Tengo la sensación de que aquí pasa algo –comentó Pedro–. ¿Qué es lo que he dicho? ¿Qué he hecho mal?


Estaban casi en la puerta. Delante tenían una mesa redonda de cristal con un frutero encima. Apareció un coche. Él la hizo girarse y Paula lo miró a la cara. Memorizó las líneas de sus párpados, el puente de su nariz, su labio inferior. No volvería a verlo.


–Lo siento –le respondió–. No eres mi tipo.


Él puso gesto de dolor, como si lo acabase de abofetear. Un portero apareció en la puerta y la abrió. La puerta del coche también estaba abierta. Paula avanzó y entró.


–Nadie lo es –añadió en un susurro mientras el coche aceleraba.

Paternidad Inesperada: Capítulo 18

Unos segundos después la estaba besando en los labios para después bajar por el pecho. Paula arqueó la espalda, desesperada porque llegase a sus pechos.


–Por favor, Pedro… –gimió.


Él la miró con malicia y retrasó el momento.


–Vas a tener que aprender a ser paciente –le dijo antes de bajar para cubrir con la boca uno de sus pezones rosados.


–Sí… –dijo ella.


–Sí –repitió él.


Jugó con su pecho hasta que se hubo cansado de él y después pasó al otro. Cuando terminó la hizo bajar en la cama para colocarla mejor y le preguntó:


–¿Debo tener cuidado con tu rodilla? ¿Puedo hacerte daño?


Ella negó con la cabeza.


–Solo si me dejas caer con fuerza.


–No tenía pensado hacer eso. Se me ocurren cosas mucho mejores.


–¿Como qué? –le preguntó ella en un susurro.


–Todavía llevas demasiado ropa –le dijo él, bajando con los labios hasta el ombligo, apoyando las manos en su trasero y sujetándola como si se tratase de un objeto muy valioso.


–Soy feminista –le informó ella, agarrándolo por el cuello–. Lo que es bueno para tí, es bueno para mí.


–Y eres fuerte, ¿Verdad? –le dijo él–. No debería meterme contigo.


–Si quieres luego peleamos, pero antes vamos a divertirnos un poco más – le respondió Paula, tirando de sus calzoncillos para bajárselos.


Pero él la hizo rodar en la cama y la besó. Después, se quitó los calzoncillos y le quitó también a ella la ropa interior. Luego buscó un preservativo en el cajón de la mesita de noche. Ella se quedó mirando cómo se lo ponía.


–Separa las piernas –le pidió Pedro con voz ronca.


Paula clavó la mirada en el techo mientras él se colocaba encima y volvía a besarla justo antes de penetrarla.




Paula despertó en mitad de la noche, en una cama extraña, en una habitación que no era la suya, con el cuerpo en tensión. Estaba en la más completa oscuridad y en silencio, lo único que se oía era la respiración de Pedro a su lado. Pedro Alfonso, el Director General de Banca Casa di Alfonso, que tenía fama de mujeriego y que era al patrocinador del British Ballet. El último hombre de la tierra con el que debía haberse acostado. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había podido terminar en su cama? Repasó mentalmente los acontecimientos de la noche anterior. Se dijo que había habido demasiada emoción, que había desenterrado demasiados recuerdos. Y que había bebido demasiado champán y vino. Ese había sido sin duda el problema. Intentó recordar cuántas copas se había tomado. ¿Dos? ¿Tres? ¿Era la resaca la culpable de que le doliese la cabeza? Porque aquello era peor que una resaca. No tenía sentido engañarse. Jamás debía haber accedido a pasar la noche allí. Tenía la sensación de haber entregado algo que jamás podría recuperar. Sabía que tenía fama de rara, pero si en ocasiones se apartaba del resto no era porque se sintiese superior, sino todo lo contrario… Se dijo que tenía que salir de allí cuanto antes. Pero entonces notó el peso del brazo de Pedro en la cintura. Quería salir de la cama, pero no se movió. Se quedó muy quieta. Se dijo que tenía que pensar antes de salir corriendo hacia la puerta. Despertar en la cama de un hombre no era lo peor que le podía pasar en la vida. Le ocurría a muchas personas. Pero su brazo pesaba tanto, lo tenía tan cerca. Aspiró su olor y después espiró lentamente. Qué noche. Había hecho muchas cosas por primera vez, como sentir y dar placer hasta quedarse profundamente dormida. Y Pedro, tal y como ella había imaginado, había sido un amante increíble. Y considerado. No tenía mucho con qué compararlo, pero sabía que había sido la primera vez que se había sentido así.

Paternidad Inesperada: Capítulo 17

 –Olvídate de la apuesta y llévame a la cama –le pidió.


Y él dejó de besarla. Paula lo miró a los ojos castaños y esperó a que tomase el control e hiciese lo que tenía que hacer. Alargó una mano y le tocó los labios.


–Eso es exactamente lo que tenía pensado hacer –respondió él. 


Pedro tomó su mano y la llevó al interior. Atravesó el salón, donde Paula había dejado el bolso, encima del sofá de cuero oscuro y donde él se había deshecho de la pajarita también. Vió a través de una puerta abierta un cuenco lleno de fruta, el único rastro de vida en una cocina reluciente y estéril. En el pasillo a oscuras distinguió algunas fotografías, una de su madre con el pelo suelto, en la proa de un yate, que la hizo sentirse incómoda, desleal. Él debió de notarlo porque se giró y la miró a los ojos. Tomó su barbilla y la besó con deseo. Después atravesó una puerta que daba a un dormitorio. Su dormitorio. La moqueta color ocre estaba cubierta por alfombras y varios muebles, y estaba iluminada solo por el resplandor de las dos lamparitas que flanqueaban la cama. Ella entró en la habitación. Ya estaba hecho. Allí era donde la iban a seducir. Miró a su alrededor con el corazón acelerado y Pedro tendió una mano hacia ella.


–Llevo toda la noche admirando tu vestido –comentó, pasando un dedo por el escote–. Y preguntándome cómo estarías sin él…


Rozó la parte alta de sus pechos con el dedo y ella tembló y cerró los ojos. Después la agarró por las caderas y le dió un beso. «Bésame y no pares», pensó Paula, encantada con la sensación, preguntándose cómo había podido negarse durante tanto tiempo semejante placer. Apoyó las manos en su pecho y sintió el vello en las palmas, acarició sus musculosos pectorales y lo oyó gemir de placer. Con manos temblorosas, le desabrochó la camisa y se la abrió para descubrir un pecho bronceado cubierto por una fina capa de pelo que bajaba en forma de flecha hasta perderse debajo del pantalón. Le sacó la camisa de los pantalones y clavó la vista un instante en el bulto de la bragueta. Había visto muchos cuerpos de hombre, hombres físicamente perfectos, bañados de sudor, completamente depilados, pero ninguno tan masculino como el de Pedro. Se mordió el labio inferior, lo miró a los ojos y sonrió con malicia.


–¿En qué estás pensando? –le susurró él, guiándola hasta la cama y colocándola encima de él. 


Ella se levantó la falda hasta la cintura y se sentó a horcajadas.


–En tí –le respondió, balanceándose con suavidad, hacia delante y hacia atrás.


Su erección aumentó con el contacto. La tela de las braguitas de Paula era muy fina y la sensación le resultó casi insoportable. Volvió a moverse encima de él. Era maravilloso. Pedro alargó las manos para tocarla, pero Paula se lo impidió.


–No te muevas –le dijo.


Cerró los ojos y volvió a frotarse. Estaba a punto de llegar al orgasmo.


–Por favor, no te muevas.


Y él no se movió, pero su erección creció.


–Eres una chica muy, muy mala.


Paula lo miró… Y volvió a moverse.


–¿Quieres que me quede aquí parado, entre tus piernas, y que no te toque mientras llegas sola al clímax? ¿Es eso lo que quieres?


Ella echó la cabeza hacia atrás y se frotó con más fuerza. Notó que Pedro la agarraba de los brazos.


–Vas a pagar por esto, Paula.


–¡Sí, sí! –gritó ella, moviéndose con más intensidad.


En el silencio de la noche podía oír el ruido que hacía la tela de su vestido, podía sentir la suavidad de las sábanas en los pies. Y oír cómo sus pieles se rozaban, y la respiración de Pedro, y su pasión.


–Venga, Paula, venga.


Y entonces explotó. Luego se dejó caer sobre su pecho, con el corazón acelerado. Él le acarició la espalda, el pelo, y un segundo después la hizo girarse.


–Me alegro de haberte ayudado. Ahora, si no te importa…


Buscó la cremallera del vestido y se lo desabrochó muy despacio. Luego se echó hacia delante y la besó en los labios antes de tirar hacia abajo para quitárselo. Ella se quedó tumbada, aturdida después del orgasmo, solo con la ropa interior. Sintiéndose bien, maravillosamente.


–Eres todavía más preciosa de lo que imaginaba –susurró Pedro, desabrochándose los pantalones y quitándoselos.


Ella volvió a arder de deseo al verlo desnudo. Alargó las manos para tocarlo, pero él le agarró las muñecas y se las bajó.


–No, no. Ahora me toca a mí.