jueves, 21 de julio de 2022

Paternidad Inesperada: Capítulo 8

Hasta la noche en que le habían dado la noticia de la muerte de su padre. Aquella noche había perdido toda la fuerza y la confianza en sí mismo. Había sentido que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Había pensado que su padre era un hombre fuerte y seguro. Siempre había tenido todas las respuestas. Había sido un hombre inteligente y honrado, había querido a su madre… y Carlos había sido su mejor amigo. Habían sido casi inseparables, más que hermanos. Lo único que se había interpuesto entre sus padres había sido la sofocante presencia de Carlos en sus vidas, hasta que había ocurrido algo y todo había cambiado. Pedro había tenido la sospecha de que Carlos había intentado acercarse a su madre y su padre se había enterado. Tenía que haber sido algo así. Su padre había luchado para salvar el banco. Había trabajado incansablemente durante semanas, pero había sido muy difícil. Las personas con mucho dinero querían todavía más, mucho más. Y Carlos les había ofrecido un dividendo que no habían podido rechazar. Pero había sido la muerte de su padre lo que lo había destrozado, más que las pérdidas del banco. La pena de su madre había sido inconsolable y él se había quedado a su lado, la había cuidado y había tomado las riendas del banco a sabiendas de que habría sido lo que habría querido su padre. Y había pasado por todo aquello sabiendo que no podía ir a peor. Sabiendo que Macarena estaba a su lado. Por eso había decidido tomar un avión aquella noche, sabiendo que su cuerpo caliente lo estaría esperando, y después un taxi que dos horas más tarde lo dejaría en St Andrew’s en aquella mañana lluviosa y fría. Pensando en meterse a su lado en la cama, sentir su abrazo y enterrarse en ella para aliviar su dolor… ¿Cuántas veces reviviría aquellos momentos? El ruido de la gravilla, su aliento helado. El frío de la llave al meterla en la cerradura, las luces encendidas en el pasillo, la televisión, las gafas encima de la mesa. Había andado como un autómata en dirección al ruido del agua de la ducha al caer. Y entonces había visto a su preciosa Sophia, desnuda y mojada, abrazando con las piernas a otro hombre. Al entrenador del equipo nacional de rugby, que había ido hasta Escocia para pedirle a él que jugase para su país. ¿Cómo no iba a estar emocionalmente atrofiado? Lo estaría durante elresto de su vida.


–La mayoría de las personas no se creen todo lo que leen. Yo no lo hago. No sé si te sirve de consuelo.


Él miró a Paula, con su rostro de ángel, con esos enormes ojos marrones y esos labios rojos. Tan dulce. Y pensó que, si se estaba preocupando por él, estaba perdiendo el tiempo.


–No te preocupes por mí, por favor –le dijo, abrochándose el último botón de la chaqueta–. Soy un chico grande.


Le guiñó un ojo y sonrió. Apoyó una mano en su hombro, un hombro delicado y suave como la seda. Se acercó un paso más a ella y vio cómo se le dilatan las pupilas, era lo que solía ocurrir siempre que se acercaba a dar su primer beso a una mujer… ¿Acaso no sería perfecto empezar la velada dándole un beso a Paula? Se había sentido tentado nada más verla, y ella parecía corresponderlo. Al fin y al cabo, aquella podía terminar siendo la noche perfecta. Su erección se lo corroboró. Solo quedaba una cosa por hacer.


–Pero a su madre debe de dolerle leer esas cosas –dijo ella, girando elrostro.


Él se quedó inmóvil, se dió cuenta de que acababan de rechazarlo.


–Lo que sienta mi madre no es asunto tuyo ni de nadie más –se oyó decir–. Ojalá todo el mundo se ocupase solo de sus problemas.


Ella se ruborizó y Pedro se arrepintió inmediatamente de haber utilizado un tono tan duro. Paula no parecía dada a hablar de los demás. Solo había querido ser amable. Y lo peor de todo era que tenía razón. Él sabía que a su madre le dolía leer esas noticias en la prensa, y la culpa era solo suya.


Paternidad Inesperada: Capítulo 7

Pedro Alfonso iba a dejar el boxeo y el casino por ir al ballet? ¿De verdad? Se imaginó a sus amigos gritando y levantando las copas para brindar. Mientras sacaba el esmoquin y lo dejaba encima de la cama pensó que al menos a ellos les parecería gracioso. Había tenido muchas ganas de salir esa noche. Era una oportunidad para relajarse después del circo mediático que había tenido que soportar con Tamara. Y la noticia de que iba a poder hacerse con Arturo Finance era la guinda del pastel. Tenía la sensación de estar casi en la recta final. Pero todo tendría que esperar mientras él iba al ballet. Se secó los hombros y se echó a reír al pensar que la idea ya no le disgustaba tanto como media hora antes. Y todo gracias a Paula. No tenía la sensación de que esta quisiese sacar nada de su madre. Era como un soplo de aire fresco y él tenía ganas de novedad y, dado que estaba obligado a pasar las siguientes horas con ella, iba a disfrutarlo todo lo posible. Se estaba poniendo los pantalones cuando llamaron a la puerta. Se quedó escuchando y volvió a oír dos golpes muy suaves. Suaves, pero decididos. Se dijo que Paula quería tratar un tema de trabajo y eso lo decepcionó ligeramente. Se puso la camisa y abrió la puerta.


–Hola, ¿Va todo bien?


A juzgar por la expresión de Paula, no todo iba bien.


–Siento molestarle –le dijo esta, bajando la mirada–, pero tengo que darle esto para que se lo ponga.


Le tendió un paquete pequeño.


–De su madre.


Él continuó abrochándose la camisa y miró el paquete.


–¿Lo puedes abrir tú? –le preguntó mientras iba hacia la mesa en la que había dejado los gemelos.


Ella levantó la vista y la volvió a bajar, pero después de haberlo recorrido con la mirada. Él sonrió. El juego había empezado. Paula abrió el paquete y le tendió una pajarita roja y un pañuelo para lachaqueta.


–¿Va todo bien?


–¿Qué? Sí, por supuesto. Solo me preguntaba por qué se molesta con estascosas.


–¿Qué cosas?


–Los gemelos. ¿Para qué sirven? No lo entiendo.


–¿No te han dicho nunca que eres demasiado directa? –le preguntó él mientras se los abrochaba.


–Suelo decir lo que se me pasa por la cabeza. No pretendo ofender, pero es la primera vez que veo a alguien usándolos.


Él terminó y tiró de las mangas para comprobar que estaban perfectamente rectas. Ella lo observó y eso lo fue calentando cada vez más.


–Hacen que los puños de la camisa queden mejor. Me gustan. Una camisa bonita merece unos gemelos bonitos. Y, dado que veo que la respuesta no te convence del todo, añadiré que me los regaló una ex novia. Después de que rompiéramos.


Sonrió y después añadió:


–No soy tan malo como me pintan.


–Bueno… Por supuesto –comentó ella con poco convencimiento.


Él arqueó una ceja y se ató la pajarita.


¿Qué había esperado? Se giró a tomar la chaqueta mientras pensaba en las fotografías que sus amigos le habían enviado junto a comentarios relativos a su atrofia emocional. No se había molestado en leerlos en profundidad. Quien lo conociese bien sabía la verdad. Y quien lo conociese bien sabía que sus emociones se habían atrofiado con Macarena. Lo único de lo que él estaba convencido era que no podría encontrar a otra Macarena… Habían sido pareja durante toda la universidad. Ella, con su larga melena rubia y él, una prometedora estrella del rugby. Había sido la época más feliz de su vida. Había tenido la sensación de tener el mundo a sus pies. 

Paternidad Inesperada: Capítulo 6

 –¿Te han dicho que vengas? –le preguntó Pedro.


–Alguien tenía que hacerlo.


Él apoyó la espalda en el respaldo, los codos en los brazos del sillón de cuero color crema y dejó las manos delante de su pecho. Sus dedos estaban cubiertos de un fino vello oscuro. Ella mantuvo la mirada allí, se concentró en los fuertes huesos de sus muñecas para no mirarlo a la cara.


–¿Sacaste la paja más corta? –volvió a preguntar él, levantando su vaso de agua.


Ella se fijó en los gemelos de plata. Era la primera vez que veía a alguien con gemelos, de hecho, casi no conocía a nadie que llevase camisa.


–¿Preferirías estar en cualquier otro lugar? –insistió Pedro en voz baja yen tono burlón.


Paula levantó la vista. Se estaba burlando de ella, estaba sonriendo. Significaba eso que no creía que quisiese aprovecharse de su madre. Tal vez. Cambió de postura en el sillón y respondió:


–Preferiría estar actuando. Para mí es lo más importante.


–Lo entiendo –le dijo él en voz baja–. Lo entiendo muy bien.


Ella se miró las manos, que tenía unidas sobre el regazo, y esperó a que él volviese a hablar. No lo hizo. Se cruzó de piernas y Paula clavó la vista allí. Tenía las piernas largas y fuertes, casi más fuertes que las de un bailarín. Pedro apoyó las manos en los brazos del sillón y ella levantó la vista.


–Lo siento. Yo… Será mejor que nos centremos –dijo Paula, aclarándose la garganta–. Con respecto a la función, ¿Quiere que le cuente ahora los detalles?


–Por favor.


Ella frunció el ceño. Se sabía todos los pasos, pero no era eso lo que necesitaba saber, sino nombres, fechas, datos. Y lo tenía todo en sus notas, que debían de estar en la mesa de la cocina.


–Two Loves está basada en un poema.


–¿En un poema? ¿Me puedes contar algo más?


Sí, había mucho más que contar. Ella lo había anotado todo, lo había memorizado, pero en esos momentos le costaba encontrar la información en su cerebro. Aquello le recordó, una vez más, que lo único que sabía hacer era bailar, era un desastre en todo lo demás. 


–Es… Muy antiguo –balbució.


–¿Cómo de antiguo?


–Mucho, de hace como dos mil años. Y de origen persa. Ya me acuerdo. De un poeta persa llamado Rumi, famoso por sus poemas de amor.


–Ah, sí, Rumi. Los amantes no se encuentran en ningún lugar. Se encuentran el uno al otro todo el tiempo…Y toda esa basura.


–Bueno, pues con parte de esa basura se ha montado la obra de esta noche –le explicó ella, más animada al ver que se acordaba de algo.


–De acuerdo, pero dado que no creo que vaya a saludar al tal Rumi esta noche, ¿Sabes algo de los vivos? Suele haber una lista de las personas a las que tengo que darles las gracias.


–Sí –le respondió ella–. Lo tengo todo en mis notas.


–Bien –dijo él, mirándose el reloj–. Aterrizaremos dentro de media hora. Busca tus notas mientras yo me doy una ducha y me pongo el esmoquin. Los dos estamos de acuerdo en que cuanto antes terminemos con esto, mejor. 

Paternidad Inesperada: Capítulo 5

 –¿Está todo bien? –le preguntó él, estudiándola con la mirada.


–Sí. Iba a ponerle algo más de beber y algo de comer y…


–No necesito nada, gracias, pero al parecer ha habido un cambio de planes y voy a tener que ir al ballet en cuanto nos bajemos del avión.


–Sí. A ver el estreno de Two Loves. Estamos muy emocionados. Es una producción increíble.


Lo era, y ella habría dado cualquier cosa por poder participar, pero estaba lesionada. Así que tenía que ocupar sus días dando clases a jóvenes y en el fisioterapeuta. Y atendiendo a aquel hombre…


–Y tú eres el rostro del British Ballet. Qué bien –comentó él, mirándola fijamente y asintiendo–. Imagino que habrás hecho los deberes. Necesito saber los nombres y las biografías de todas las personas a las que vamos a ver.


Pedro echó a andar por la cabina y ella se quedó donde estaba, sin saber si debía seguirlo, tranquilizarlo, o desaparecer de la faz de la tierra. Lo vió mirar una pantalla con muchos números y después, poner un partido de rugby, deporte que la horrorizaba.


–¡Vamos! –gruñó Pedro.


Era evidente que a Pedro Alfonso le gustaba. Paula esperó y… Miró la pantalla, pero tuvo la sensación de que se había convertido en parte del mobiliario. Y pensó que era guapo, pero que no tenía el encanto de su madre. Entonces lo vió girarse hacia ella y fruncir el ceño. Apagó la pantalla conel mando a distancia y lo dejó caer sobre un sillón.


–Tengo planes para después, así que me gustaría acabar con esto a las diez. ¿Empezamos?


Le hizo un gesto con la cabeza para que se sentase en la pequeña sala de estar en la que había cuatro sillones y una mesita de café. Él se puso cómodo mientras que Paula se sentaba con la espalda recta, las rodillas juntas y una sonrisa clavada en el rostro.


–De acuerdo, vamos a empezar por lo básico. Eres bailarina de esta compañía, pero te has presentado voluntaria para ser mi asistente solo por esta noche.


–Más o menos –le respondió ella.


–¿Y cuál es tu historia? ¿Por qué tú? –inquirió él.


–No hay mucho que contar. Llevo con el BB desde que tenía once años –le explicó ella, dándose cuenta de que la estaban entrevistando para un trabajo que ni siquiera quería–. Esta noche no voy a bailar, así que supongo que era la opción más obvia.


–¿El BB es el British Ballet?


Ella sonrió al escuchar una pregunta tan tonta.


–Sí. La compañía tiene cincuenta años. Yo empecé en la escuela, después pasé al cuerpo y más tarde me convertí en solista. Algún día espero ser bailarina principal. Así que sé todo lo que hay que saber.


–¿También sabes todo lo que hay que saber acerca de los temas políticos que se van a tocar esta noche?


Ella lo miró y recordó sus notas. Se preguntó dónde las había puesto. Las había escrito en la cocina, las había numerado y… ¿Qué había hecho con ellas después?


–¿Estás preparada, verdad? Porque si hay algo que debes saber de mí es que no me gusta improvisar.


«A mí tampoco», quiso responderle Paula. Por eso había pasado tanto tiempo tomando notas acerca de temas que no le resultaban en absoluto interesantes, pero no podía darle una mala contestación a su patrocinador. Sobre todo, teniendo en cuenta que ella misma había conseguido una beca gracias a la generosidad de personas como Ana Alfonso, tal y como le había recordado el director de la compañía.


–No le defraudaré. La señora Alfonso confía en mí.


–Por supuesto –le contestó él.


¿Pero dónde tenía las notas? ¿En el bolso? ¿O en algún bolsillo? ¿Se las habría olvidado en el metro? Él echó la cabeza hacia atrás y la estudió con una ceja arqueada.


–Por cierto, ¿Desde cuándo conoces a mi madre? Al parecer, está encantada contigo.


–¿De verdad?


Pensó que había tenido las notas justo antes de subirse al coche…


–Sí. Y no serías la primera que quiere hacerse amiga de mi bondadosa e increíblemente generosa madre.


¿Por qué le estaba diciendo aquello? ¿Pensaba que quería ser amiga de su madre? ¿O que quería estar allí, haciendo aquello?


–No he venido a hacer amigos. Estoy aquí porque me han dicho que venga.


Él se puso más serio. Era evidente que había ido demasiado lejos. 

martes, 19 de julio de 2022

Paternidad Inesperada: Capítulo 4

El vuelo era a las seis, aterrizaba a las siete y media y tenían media hora para llegar al teatro. Sería un milagro si todo salía bien. Paula se detuvo en el centro de la cabina y miró hacia la puerta del dormitorio en el que estaba Pedro Alfonso. Sacudió la cabeza y se miró los brazos, donde estaban empezando a aparecerle manchas y ronchas, señal de que estaba fuera de su zona de confort. Llevaba meses sin poder bailar, esperando a que se le curase el ligamento, y en esos momentos iba en dirección a Londres, al estreno de Two Loves, donde tendría la función de convencer a su patrocinador de que merecía la pena seguir invirtiendo en el British Ballet. Era demasiada responsabilidad y ella no era la mejor persona para aquel trabajo. Si hubiese tenido que estar con Ana Alfonso no habría tenido ningún problema. Era la Gran Dama de la Danza y llevaba años apoyando a la compañía, pero en aquella ocasión iba a tener que estar con su segundo. El director la había mirado sonriendo al darle la nota que Ana Alfonso había escrito para ella: "¡Me encantó volver a verte ayer! Me he dado cuenta de repente de que serías la persona ideal para acompañar a mi hijo Pedro en la función benéfica del viernes. No es precisamente un aficionado al ballet, pero estoy segura de que tú lo vas a cautivar. Me he tomado la libertad de mandar algo de ropa para Pedro y para tí. No te disgustes si se enfada, en realidad es inofensivo. ¡Hasta pronto! Ana" Ella se había quedado mirando la nota con el corazón acelerado y después había abierto las bolsas y cajas de ropa. Había visto un vestido rojo, un chal, unos zapatos beis y un bolso de fiesta a juego. Después había encontrado una corbata roja y un pañuelo para Pedro, y un sobre con un cheque de mil libras dentro. ¡Mil libras! Eso había hecho todavía más imposible decirle que no. Nadie podía permitirse rechazar semejante cantidad. El director había sido muy directo al respecto.


–Confío en tí. Tal vez otra se habría dejado llevar, pero tú tienes la cabeza sobre los hombros. No nos defraudarás. Ni te defraudarás a tí misma.


En eso tenía razón. Llevaba en el British Ballet más tiempo que nadie, desde los once años, y no quería irse a ninguna otra parte. Se sentía segura allí. Era lo único que conocía y lo único que quería conocer. Otros llegaban, hacían amigos, amantes, y se marchaban. Tenían una vida fuera, iban a fiestas y hablaban de sus familias. Y sabían que a ella no le podían preguntar. Paula era consciente de que sentían curiosidad, pero respetaban su silencio. Y a ella no le apetecía hablar de aquel padre que no dejaba de viajar ni de la madre adolescente que no había sido capaz de aceptar el toque de queda impuesto por una recién nacida. Por suerte, tenía la danza.


–Hola, soy Pedro. Encantado de conocerte.


Se sobresaltó al oír su voz y dejó caer la bolsa de cacahuetes que había estado a punto de abrir. «Respira hondo, sonríe y gírate», se dijo.


–Hola, yo soy Paula –le respondió, recogiendo la bolsa y tendiéndole la mano.


Tenía que admitir que de cerca era muy guapo, y muy alto. Se había aflojado la corbata, tenía los hombros anchos, la mandíbula firme y unos labios generosos. La nariz era ancha y larga, y se la debía de haber roto en algún momento, y los ojos, marrones. Tenía el ceño fruncido. Pedro le dió la mano con firmeza y después la apartó. Y ella clavó la vista en su media sonrisa, se fijó en su pelo un poco largo y pensó que parecía más un poeta atrapado en un cuerpo de boxeador que un aburrido banquero. 

Paternidad Inesperada: Capítulo 3

Oyó suspirar a su madre y no le gustó.


–Lo siento, mamá, pero no puedo dar marcha atrás en el tiempo.


La mujer de rojo estaba guardando algo en el armario superior, sus brazos eran esbeltos y pálidos como unos lirios de tallo largo, y sus movimientos, elegantes. Llevaba el pelo recogido en una coleta morena, larga y brillante. Se giró a mirarlo, había inseguridad en sus ojos oscuros. Pedro conocía aquella mirada, sabía adónde podía llevar…


–Espera –fue hasta el dormitorio, que estaba al otro lado del avión, y cerró la puerta–. ¿Sabes algo de David? No está aquí y hay una mujer en su lugar. No suele mandar a nadie así, sin avisar…


–Ah, supongo que te refieres a Paula. ¿Qué te parece? ¿Verdad que es encantadora?


–No se trata de eso –le respondió él.


–No te disgustes, Pedro. Yo tengo mucho trabajo, así que le he pedido a David que termine el desarrollo de la marca con la nueva agencia de publicidad. No hay nadie que conozca nuestro negocio como él.


–¿Y me has dejado a mí con la nueva?


–Conozco a Paula –le dijo ella–, y a mí me impresionó. Aprende muy deprisa y creo que os llevaréis bien. Y te devolveré a David el lunes.


Él tuvo la sensación de que su madre le ocultaba algo.


–¿Y por qué va vestida así? Lleva un vestido muy bonito, pero no es lo más adecuado para venir a trabajar. ¿No se te estará olvidando contarmealgo?


Como el mes anterior, que se le había olvidado decirle que tenía que dar un discurso después de una cena. O cuando había tenido que presentar un premio en una guardería a la que financiaban. Su madre se estaba acostumbrando a pedirle favores de última hora relacionados con sus labores benéficas.


–Ah. Ahora que lo dices…


Ahí estaba.


–Me temo que yo todavía estoy en Senegal y hay un acto que habría que cubrir esta noche. De todos modos, vas a estar en Londres, y no está lejos de tu casa. Y, ¿quién sabe? ¡Tal vez consigas que la prensa diga algo bueno de tí! Eso sería estupendo, ¿No, Pedro? ¿Sigues ahí?


Pedro supo que debía ir olvidándose del boxeo.


–Es una obra benéfica, cariño, para los menos afortunados.


Por supuesto que sí. A eso se dedicaba su madre mientras él se ocupaba del banco. Se le daba muy bien conseguir que los ricos y famosos se involucrasen y a él le parecía bien, siempre y cuando lo avisase con antelación.


–Está bien. Iré –le respondió suspirando–. ¿De qué se trata?


–Es una función benéfica en el King’s.


–Siempre y cuando no sea ballet. No soporto a los hombres en leotardos


–Pues sí, y se trata de mi compañía favorita. No te preocupes, cariño, solo tienes que dejar que te fotografíen en la alfombra roja y saludar a algunas personas después. Le he pedido a Paula que se ocupe de todo. Ella tiene el itinerario y sabe mucho de danza, de hecho, es una de las solistas de la compañía, pero se está recuperando de una lesión. La pobre ha tenido un año horrible.


Él abrió la puerta y vió aparecer a Paula. Así que no la habían mandado de una agencia, sino que era bailarina. Lo cierto era que su postura era perfecta, su cuerpo era perfecto, pero ¿Por qué le estaba sirviendo agua fría otra vez? De repente, lo entendió. Volvió a cerrar la puerta del dormitorio.


–Es decir, que has vuelto a encontrarte a alguien con una historia dura y la has puesto bajo tu protección.


–Sé lo que estás pensando y no te voy a mentir. Paula lo ha pasado mal, pero no es una víctima. Esto no va solo en una dirección, relájate.


–Entonces…


Su madre era dada a sentir pena por muchas personas y no todas tenían buenas intenciones.


–Pedro, tú no te preocupes. Paula no va a intentar robarme. Está completamente volcada con la compañía, pero como está lesionada no puede bailar, así que esta es la manera de que esté ocupada. No obstante, si prefieres a uno de esos hombres en leotardos, seguro que lo puedo solucionar.


Él sacudió la cabeza con incredulidad. Su madre había vuelto a darle la vuelta a la tortilla. Y, después de todo lo que había hecho por él, no podía llevarle la contraria. Estaban muy unidos. Lo habían estado desde la muerte de su padre y lo estarían siempre. Era así de sencillo.Y si en algún momento le entraban las dudas, oía la voz de su padre, su conciencia, que le susurraba al oído que respetase los deseos de su madre.


–De acuerdo, siempre y cuando no se equivoque.


–Eso depende de tí, Pedro.


Él entendió lo que quería decirle. Su madre lo conocía bien y sabía que el hecho de que no quisiese una relación estable no significaba que quisiese pasar las noches solo.


–Está bien, mamá.


–Lo siento, cariño, pero es que sé que podrías ser feliz si sentases la cabeza con alguien. Al fin y al cabo, soy tu madre y solo quiero lo mejor para tí.


–Y lo que es mejor para mí es mejor para el banco, que es lo único que me interesa. No quiero sentar la cabeza con una mujer, al menos, por el momento.


Lo había dejado claro. No había lugar a interpretaciones erróneas. Solo quería cumplir el sueño de su padre, que en esos momentos era el suyo propio, nada más.

Paternidad Inesperada: Capítulo 2

Habían tenido que ir paso a paso para intentar salvar Banca Casa di Alfonso, el banco privado de los italianos ricos.


–Lo único que va a ocurrir es que vamos a volver a levantar el banco. Aunque no consigamos todos los clientes de Arturo, superaremos a Carlos. Eso es lo que importa, ¿No?


El avión llegó a una zona de turbulencias y Pedro vió por la ventanilla cómo una espesa nube gris cubría el paisaje. Ni siquiera una tormenta iba a conseguir desanimarlo. No con aquel arco iris en el horizonte. Hacía años que soñaba con aquello.


–¿Y el nombre? Tal vez habría que cambiar el nombre del banco. ¿Has pensado en ello?


–Por supuesto. BAA. Banca Arturo Alfonso. ¿Qué te parece?


–Oh, Pedro…


Él se sentía tan ilusionado como su madre. El banco había estado en su familia durante varias generaciones. Era una cuestión de vida o muerte.


–No es lo que quiero, pero si es el único modo… ¿De verdad tenemos una oportunidad, hijo?


Él levantó la vista cuando la mujer del vestido pasó por su lado. Volvió a mirar sus piernas. Muy bonitas. Y el modo en que la falda se ajustaba a sus elegantes pantorrillas despertó en él una sensación indeseada.


–¿Pedro?


–Sí, tenemos una oportunidad –respondió él, intentando centrarse–. No hay otro banco que huela tanto a dinero y valores antiguos. Carlos ha convertido el suyo en otra centralita orientada a las ventas. No es seguro, ni sólido, ni honesto. Nosotros somos únicos. Estamos detrás de Arturo en cuanto a estatura.


–Lo sé. Esperemos que sea estatura y honestidad lo que él está buscando.


–Lo más importante va a ser la química. Y el hecho de no haber salido todavía a Bolsa. En eso estamos por delante de Carlos, independientemente de la oferta que le haga. Estoy seguro. De hecho, estoy tan seguro que te apuesto a que me invitan a casa de Arturo durante la regata Cordon D’Or. Vamos a ir poco a poco, pero allí es donde pretendo empezar.


Se giró al oír que servían agua. Le dejaron delante un vaso. Vio unos dedos largos y elegantes, seguidos de unos brazos también largos y elegantes, desnudos, porque el vestido no tenía mangas. Y a un ángel con hoyuelos en las mejillas que le sonreía. Estaba demasiado ocupado como para distraerse. Volvió a preguntarse dónde estaría David.


–Eso será el comienzo, pero va a hacer falta algo más que hospitalidad durante el Cordon D’Or para ganárselo. Es el último de la vieja guardia. Será mejor que tengas tu perfil en las redes sociales bien limpio. Si intuye algún escándalo retirará el puente levadizo antes de que te hayas acercado a él.


–No te preocupes, no habrá más escándalos.


Lamentaba que los hubiese habido en el pasado. Golpeó la ventana con los dedos y siguió con ellos las gotas que iban resbalando por el cristal. Nunca había tenido problemas con su imagen hasta que había llegado su última ex, lady Tamara, que le había vendido la historia de su ruptura a la prensa y había dicho que Pedro era capaz de destrozar la vida de cualquier mujer, prometiéndole que se casaría con ella para después dejarla. Pero aquella no era la verdad. Él nunca prometía nada. A lo largo de los años había ido desarrollando una fobia al compromiso. Estaba casado con su trabajo y no volvería a comprometerse con ninguna otra mujer como lo había hecho con su primera novia, Macarena. Había perdido a su padre, había perdido el rumbo en la vida y, después, a ella. Y jamás volvería a ser tan vulnerable.


–Tenías que haber dejado que David se ocupase de eso. Al menos, el daño habría sido menor.


–No es mi estilo. Me niego a jugar los juegos de los medios. Y no voy a meterme en una discusión acerca de un tema que solo es asunto mío. Tamara estaba enferma. Es la única explicación. Ella creía en algo que no era real y, cuando no ocurrió, decidió ir a la prensa, pero si yo me hubiese metido habría sido peor. Solo habría conseguido prolongar esa triste situación.


–Lo sé, pero como te negaste a hacer ninguna declaración, la gente piensa que eres un paria. No soporto que piensen mal de tí, sabiendo cómo eres en realidad. Me disgusta mucho leer esas cosas.


–Pues haz como yo y no las leas.