jueves, 21 de abril de 2022

Juntos A La Par: Sinopsis

Cuando el doctor Pedro Alfonso se presentó en la casa de huéspedes de Paula durante aquella tormenta invernal, a ella le causó una tremenda impresión… Porque no esperaba volver a verlo. Pero lo más sorprendente era el modo en el que Pedro parecía aparecer siempre que Paula tenía un problema.


Con un hombre tan atento y caballeroso resultaba muy difícil intentar ser una mujer independiente. Pero Paula tenía una enorme duda: ¿Sería aquella sincera amistad una buena base para el matrimonio?

martes, 19 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 48

 —Pocas palabras, menos riesgo de cometer faltas de ortografía.


—Me ha parecido muy valiente por tu parte —dijo ella, sabiendo lo que debía de haberle costado repetir una acción que le suponía tantos recuerdos tristes.


Él negó con la cabeza.


—No debería haberla dejado tan tarde. Debería habértelo dicho antes de que te marcharas.


Él la tomó de las manos. A Paula se le encendió el cuerpo entero.


—Tal vez yo debería haberte dicho que no quería marcharme.


Pedro sonrió.


—¿De verdad?


—Ya lo creo. Dejar Jabiru Creek ha sido lo más duro que he hecho en la vida.


—Me preocupaba tanto que te sintieras atrapada allí… Después de lo que ocurrió con mi madre, y con Lara, no quería fallarte a tí también —dijo él, y le apretó las manos suavemente—. Pero me has enseñado algo muy importante: a dejar los fracasos del pasado en el pasado.


Clavó la vista en sus manos, mientras las acariciaba.


—Me engañaba a mí mismo cuando dije que los mellizos se las arreglarían sin tí —confesó, sonriendo tímidamente—. Lo hemos intentado. Hemos jugado a las marionetas, leído cuentos y encendido hogueras junto al río. Pero nada de eso es divertido sin tí.


A Paula le invadió un enorme alivio.


—Y yo te he echado tanto de menos… —añadió él, acariciándole la mejilla con un dedo.


Ella se estremeció de felicidad.


Pedro sonrió, y luego se puso serio de nuevo.


—Tenemos que hablar de ese empleo tuyo. Sé lo mucho que tu carrera significa para tí, y…


Paula le interrumpió negando con la cabeza.


—El empleo es sólo eso, un trabajo. Cuando lo solicité, había al menos otros sesenta candidatos. Cualquiera de ellos puede quedárselo —dijo ella, sonriendo ampliamente—. Soy una chica de campo de Vermont, recuerda. Me encanta tu outback y, aún mejor, crecí en una familia formada de la mezcla de otras anteriores, ¿Recuerdas?


—Lo había olvidado.


—El único empleo que deseo es el que he dejado atrás en Jabiru.


Pedro rió, y le dió el beso más dulce, experto y apasionado de su vida. 


—Aún hay algo muy importante que no te he dicho —comentó él, terminado el beso, tomándola de las manos de nuevo—. Ahora, gracias a tí, puedo estudiar, adquirir habilidades nuevas y cambiar de trabajo.


—¿Y por qué ibas a querer cambiar de trabajo?


—Lo haría si tú me lo pidieras —respondió él, besándole las manos—. Si quieres vivir en Nueva York, puedo formarme para ser bombero, o lo que sea.


—Un bombero de Nueva York, qué opción tan interesante…


Paula supo entonces que todo iría bien entre ellos. Verlo tan dispuesto a abandonar la seguridad de su rancho por ella, era una señal de amor mucho más auténtica que las palabras.


—Te amo tal cual eres —le aseguró—. Pero me siento muy honrada de que estuvieras dispuesto a cambiar de vida por mí.


—Quiero que estemos juntos mucho tiempo.


—En eso sí que coincidimos —dijo ella con una sonrisa, y lo besó suavemente— . Soy una chica de gustos sencillos. Esto es lo que me hace feliz.


Esa vez, el beso fue aún más espectacular que el anterior. Al terminar, Pedro la subió en brazos y silbó sorprendido.


—Lo sé, peso mucho. Lo siento —se disculpó ella.


Él rió.


—No es eso. Acabo de ver tus preciosos zapatos nuevos —dijo, y le susurró al oído—. Aunque me encantas con deportivas. Tal vez te pida que las lleves en nuestra boda. ¿Qué me dices?


Paula sonrió, flotando de felicidad.


—Si nos casamos en tu hermoso desfiladero, tal vez las necesite.


—Me parece un buen plan —afirmó él, sonriendo.


—Un plan perfecto —secundó ella. 







FIN

Secreto: Capítulo 47

Había un sobre blanco en el suelo, junto a la puerta. Paula lo vió, debía de ser una factura del hotel y estaba demasiado triste para preocuparse por eso. Pasó por encima, diciéndose que se encargaría de ello por la mañana. Se metió en el lujoso cuarto de baño, con su enorme bañera. Un baño caliente le ayudaría a dormir. Abrió el grifo y echó sales con olor a jazmín y rosas. De pronto, recordó algo del pequeño sobre. Tal vez debería mirarlo de nuevo. Dejando el agua correr, regresó al vestíbulo de su habitación. Su nombre estaba escrito a mano en el sobre con una caligrafía torpe. Lo recogió con el corazón disparado. «Tranquilízate». No era una factura del hotel, sino lo último que habría esperado encontrarse. Le temblaban tanto las piernas que tuvo que apoyarse en la pared antes de leerlo. Era un mensaje muy sencillo: "Por favor, quédate. Te amo. P". Tuvo que taparse la boca para no gritar. Se le nubló la visión, y el corazón se le aceleró. ¿Cómo había llegado allí esa nota? ¿Dónde estaba Pedro? De pronto, oyó un goteo. «Maldición». El agua estaba rebosando la bañera. Corrió a cerrar el grifo, justo cuando sonaba el teléfono de su habitación.


—Lo siento, caballero. Todavía no responde nadie en la habitación 1910.


Pedro le dió las gracias y se retiró a una esquina del vestíbulo del hotel. No sabía cuánto más podría estar allí. Casi era medianoche. Había salido un par de veces a dar un paseo, pero al regresar siempre había llamado a la habitación. ¿Dónde estaba Paula? Empezaba a perder la esperanza.


—¿Señor Alfonso?


Pedro se volvió y vio a uno de los empleados del hotel.


—Sí, soy yo.


—La señorita Chaves ha regresado. Ha llamado a Recepción y ha dejado un mensaje para usted —informó, tendiéndole un papel doblado. 


Pedro lo abrió y quiso morirse. Era una nota manuscrita, y no entendía la caligrafía. El empleado estaba alejándose, así que corrió tras él.


—Disculpe.


—¿En qué puedo ayudarle, caballero? —preguntó el hombre, girándose.


Pedro se ruborizó y sintió un nudo en la garganta. En el pasado, no se habría sometido a esa vergüenza, se habría rendido antes de exponer su incompetencia. En aquella ocasión, le tendió la nota con mano temblorosa.


—¿Podría decirme lo que pone?


El empleado disimuló su sorpresa con profesionalidad.


—Por supuesto. Le pido disculpas por mi mala letra —dijo, y carraspeó—. La nota dice: "Perdona por no haber estado cuando llamaste. Ya he vuelto a mi habitación. Sube, por favor".


Paula estaba esperando junto a la puerta, y la abrió a la primera llamada. Pedro, con un traje oscuro y corbata, estaba más atractivo que nunca. Quiso lanzarse en sus brazos, entusiasmada desde que había leído la nota. Pero no se movió. ¿Y si su ilusión le había hecho malinterpretar el mensaje? Aunque, ¿qué se podría malinterpretar de esa nota? Aun así, no podía arriesgarse a dar nada por hecho.


—Sé que es tarde —se disculpó él—. Pero tenía que verte.


—He ido al teatro —explicó ella, intentando sonar tranquila a pesar de los nervios.


—¿Qué tal ha estado?


Él parecía igual de nervioso, probablemente porque le había visto lo hinchados que tenía los ojos y la nariz de tanto llorar.


—La obra ha sido magnífica —aseguró ella, y se frotó el rostro—. Disculpa mi aspecto. Estoy bien. Comportándome como una chica, como dirían mis hermanos.


—¿Puedo entrar, Paula?


—Claro, perdona.


Entre emocionada y temerosa, le invitó a entrar en el pasillo que daba a su habitación, dominada por una enorme cama de matrimonio. Aparte, sólo había una silla, una butaca en una esquina.


—Siéntate ahí —le indicó—. Yo lo haré en la cama.


—Preferiría no sentarme —dijo él, con los ojos brillantes—. ¿Has leído mi nota?


—Sí. Ha sido una gran sorpresa. 

Secreto: Capítulo 46

 —Eres una estampa —comentó Cecilia a la mañana siguiente, cuando Pedro entró en la cocina bostezando.


—Camila tuvo una pesadilla anoche —explicó él, frotándose la mandíbula sin afeitar—. Me la llevé a mi habitación, y no pude volver a dormirme.


—Es la primera pesadilla que ha tenido en mucho tiempo —señaló ella—. Sabes cuál es la causa, ¿Verdad?


—Supongo que echa de menos a Paula.


—Eso es evidente —dijo, y bajó la voz—. ¿Dónde están los niños ahora?


—Aún vistiéndose. Se han quedado dormidos. ¿Por qué?


—Tengo algo que decirte. Desgraciadamente, he tenido que esperar a que Paula se marchara, porque temía que no quisieras escucharme.


Cecilia lo estudió atentamente, y asintió.


—Te encuentras mal, ¿Verdad? No duermes, estás deprimido… Te has dado cuenta de que has cometido un gran error al dejar marchar a Paula.


Él iba a negarlo, pero ¿Qué sentido tenía?


—Tenía que hacerlo.


—Perdona que te lo diga, pero eso es basura. A esa maravillosa joven le encantaba vivir aquí, y era perfecta para Jabiru en todos los sentidos. Si crees que se parece a tu anterior esposa, no te has dado cuenta de nada —aseguró—. Y lo más terrible es que ella te ama, Pedro. Debes saber que está loca por tí. Nos quiere mucho a todos. Y ama este lugar. Pero hasta un ciego vería lo que siente por tí.


Pedro sintió que todo le daba vueltas.


—Pero su carrera…


—¿Crees que le importaría su carrera si pudiera quedarse aquí contigo?


Pedro apoyó la taza en la mesa, temiendo que se le cayera de sus manos temblorosas.


—¿He sido un cobarde, Cecilia?


—Cielo santo, no. Eres humano, y comprendo tu temor de que te hagan daño de nuevo.


—Pero con Paula no tengo miedo. Es su felicidad lo que me preocupa.


—Entonces, deberías dejar de preocuparte y ponerle remedio. Si permites que Paula regrese a Estados Unidos, nunca te lo perdonaré.


—Pero ella ya está en camino.


Cecilia negó con la cabeza. 


—Reservó dos noches en Sídney. Quería ver un poco más de Australia antes de marcharse.


—Entonces, sólo le queda una noche aquí. ¿Cómo voy a llegar a Sídney antes de esta noche?


Cecilia sonrió y le dió un suave golpe en la mejilla.


—Querer es poder.





Sídney era una ciudad muy bonita. Paula se despertó con un soleado día de invierno, y decidió aprovecharlo haciendo turismo por la bahía, viendo su famoso puente y la Casa de la Opera. Intentó divertirse, pero no era fácil, dado que no sentía nada. Aquella escala en Sídney no tenía nada que ver con la anterior, con Pedro y los niños, recién llegados a Australia, todos ilusionados con su nueva aventura. Le parecía que había sido hacía años. ¡Y sólo había pasado un mes! Por la noche, se obligó a salir de nuevo. Se había comprado unos elegantes zapatos de tacón para acompañar al vestido rojo. ¿Por qué desperdiciarlos? Acudió a una obra de teatro, donde dió rienda suelta a sus lágrimas en el tercer acto, llamando la atención de todo el mundo. Luego, se arregló el maquillaje en el tocador y cenó en un pequeño restaurante. Normalmente, el suflé de chocolate la alegraba, por más triste que estuviera. Pero no esa noche.



Pedro recorrió una vez más el pasillo al que daba la habitación de Paula, con el estómago encogido de nervios. Eran más de las once de la noche y ella no había regresado. ¿Cuánto más podía esperar antes de que algún empleado del hotel le tildara de acosador? Todo había ido como la seda hasta entonces. Por la mañana, había telefoneado a un amigo piloto quien, afortunadamente, había podido cambiar su turno para llevarle a tiempo a Sídney. Y Cecilia le había dicho dónde se hospedaba Paula. Pero ella había decidido aprovechar la noche, por lo que parecía. Le había dejado mensajes por teléfono, pero si ella regresaba muy tarde, seguramente no los comprobaría. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y sintió el pequeño sobre rectangular. Se puso aún más nervioso. ¿Podría hacerlo? Esa vez sí que tenía mucho que perder. Y también mucho que ganar. Sacó el sobre con mano temblorosa. Era pequeño, con pocas palabras. Conforme se arrodillaba frente a la puerta, le asaltaron los recuerdos de la otra vez que había intentado algo tan desesperado, rogando a su madre que no abandonara Jabiru. Entonces era un niño con el corazón roto, temblando de esperanza mientras pasaba la nota por debajo de la puerta. ¿Estaba loco por intentar de nuevo algo así?


Tras el café y el postre, Paula regresó a su hotel. Se sentía más sola que nunca. Las calles estaban llenas de parejas que reían, se besaban, paseaban juntas… Agradeció llegar al hotel. Pasó rápidamente por la recepción, compuesta pero sin novio, y subió a su habitación. Al salir del ascensor, vió su imagen reflejada en un espejo. El vestido le quedaba mejor que nunca: En la última semana había adelgazado, lo que le daba un aire de heroína trágica. «No tiene gracia», se reprendió. Llegó a su habitación y abrió la puerta. Menuda última noche en Australia. 

Secreto: Capítulo 45

 —¿Cuándo tienes que marcharte?


—He pensado en tomar el próximo avión del correo.


Pedro saltó de su asiento. 


—Eso es dentro de tres días. ¿Qué me dices de los niños? Va a ser un shock para ellos.


—No tanto. Saben desde el principio que yo iba a marcharme, y les he ido preparando para la nueva niñera.


Él se detuvo, pálido, con las manos hundidas en los bolsillos.


—Aun así, será un shock para ellos. ¿Cuándo vas a decírselo?


—Esperaba que se lo anunciáramos juntos mañana por la mañana.


Se produjo un silencio sepulcral.


—Me apoyarás, ¿Verdad, Pedro?


Pasó un siglo antes de que él contestara. Aliviada, Paula lo vió asentir.


—Por supuesto —dijo él.


Lo único bueno de los tres días siguientes fue que Paula apenas tuvo tiempo para pensar. Debía organizar muchas cosas: Los vuelos a casa, un hotel en Sídney, detalladas notas para la nueva niñera, y correos electrónicos de despedida para las madres, profesoras y niñeras que había conocido a través del Colegio del Aire. Pasó tanto tiempo como pudo con Camila y Nicolás, y hubo momentos de lágrimas, muchas preguntas y abrazos.


—Vendrás a vernos, ¿Verdad?


—Los veré cuando su padre los lleve a Estados Unidos a visitar a los abuelos —sólo pudo contestar.


Les creó cuentas de correo electrónico para seguir en contacto cuando ella se marchara.


No hubo más clases de lectura con Pedro. Las noches se dedicaron a actividades relacionadas con la despedida. Cecilia insistió en celebrar una fiesta e invitó a toda la gente del rancho. La última noche, él hizo una fogata a la orilla del río y asó peces que había pescado esa misma tarde. Los degustaron bajo las estrellas y resultó una velada mágica. Los niños bailaron alrededor del fuego y Pedro contó otra historia del Búho Hector. Paula no supo cómo logró contener las lágrimas. El peor momento, sin embargo, fue la separación, a la mañana siguiente. Nadie, ni siquiera Pedro, logró fingir que estaba alegre. De camino al avión, los niños se abrazaron a Paula llorando desconsolados.


—Te quiero, Paula —le susurró Nicolás.


—Yo también te adoro, cariño.


—¡No quiero que te vayas! —gritó Camila. 


—Lo sé, pero ahora estás con papá, cielo. ¿Recuerdas lo que dijimos? Que ibas a ser valiente.


A Paula se le partía el corazón. Aquellos maravillosos niños habían perdido a su madre, y ella también salía de sus vidas. Cecilia no podía hablar. Abrazó a Paula con fuerza. Lo que casi acabó con ella fue la expresión sombría de Pedro.


—Te deseo lo mejor en tu nuevo empleo —murmuró, abrazándola tan fuerte que pudo sentir su corazón—. Espero que en ese colegio sepan apreciar lo que tienen.


De milagro, Paula consiguió no llorar. Y lo peor estaba por llegar: Subir al minúsculo avión y contemplar cómo iban quedando atrás el rancho y sus habitantes. El piloto la miró empático.


—Volverás.


Paula negó con la cabeza. Escribiría correos electrónicos, cartas y hablaría por teléfono con Anna y Josh, y los vería siempre que viajaran a Estados Unidos, pero no regresaría a Jabiru Creek. No podría soportar ser recibida como una visitante en el lugar donde había dejado un buen pedazo de su corazón.



Por fin se habían dormido. Pedro contuvo el aliento mientras cerraba el libro de cuentos y salía de la habitación de los mellizos. Contrariamente a las predicciones de Paula, Camila y Nicolás habían reaccionado bastante mal a su partida, y esperaba que se despertaran de nuevo. Por el momento, afortunadamente, dormían tranquilos. Se dirigió a su estudio, preparándose para encontrar el sofá vacío. Aun así, la ausencia de Paula le partió el corazón. Era increíble la diferencia que aquella mujer había supuesto en la vida de todos en Jabiru. Los había alegrado con su chispeante personalidad. Todos la adoraban, habían respetado sus conocimientos y habilidades, y apreciado su interés y deseo de ayudar. Y con su proyecto de intercambio de libros, su bondad se había expandido a los ranchos vecinos. Él no podía ni plantearse las razones por las que la echaba de menos. No le habría costado tanto decirle adiós si hubiera estado seguro de que ella se alegraba de marcharse. Pero los últimos días había estado distinta. Daba la impresión de valentía, sonriendo en todos los eventos de su despedida, pero él había percibido su fragilidad y, casi diría, su temor a derrumbarse, si se despistaba un momento. Él había creído que hacía lo correcto al dejarla marchar, pero ya no estaba tan seguro. Y se sentía tremendamente solo. 

jueves, 14 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 44

Paula logró llegar a su habitación sin llorar, pero temblaba de pies a cabeza. En toda su vida, nunca había sentido tal desesperación. Y ni siquiera sabía cómo había llegado a ese punto. Hasta aquella noche, no había sido consciente de lo mucho que deseaba quedarse en Jabiru. Su felicidad dependía de ello. Pero sólo se quedaría si Pedro correspondía a sus sentimientos. Esa noche, sólo había hablado de las necesidades de sus hijos. ¿Acaso no sabía que ella lo amaba? No sabía cuándo había sucedido. ¿Había sido esa noche, al abrazarse? ¿O mientras escribía el fatídico anuncio? ¿O había empezado en la excursión al cañón? ¿Por qué no había tenido más cuidado? Desde el principio, sabía que él nunca se arriesgaría a casarse de nuevo, y menos con otra estadounidense. Porque, si le pedía que se quedara, se sentiría obligado a casarse. ¿Cómo permitía que le ocurriera de nuevo, tanto sufrimiento?, se reprochó. Aunque en aquella ocasión, era mucho peor que la ruptura con Daniel. Cuando se marchara de Jabiru, dejaría allí una parte de su alma. Pasó un siglo antes de que se levantara de la cama, se quitara cuidadosamente el precioso vestido y lo colgara en la percha. Luego, se puso el pijama y fue al baño a desmaquillarse, creyendo que la rutina le ayudaría. No fue así. Se metió en la cama y, sabiendo que no podría concentrarse en la lectura, recordó cada palabra de la conversación con Pedro. Luego, apagó la luz, hundió el rostro en la almohada y dió rienda suelta a sus lágrimas. 


—Ahora se te ve mucho más cómodo y confiado con tus hijos —alabó Paula, varias tardes después—. Las clases de hípica han marcado una considerable diferencia. Ahora, ellos son unos niños del outback en condiciones, y tú te las arreglarás bien solo.


—No creo que aún esté preparado para quedarme solo.


—Por supuesto que lo estás —le aseguró—. Has avanzado mucho con la lectura, ahora es cuestión de práctica. Deberías leerles a Camila y Nicolás. Les encantaría.


Pedro sonrió.


—Siento como si me hubiera quitado una pesada carga de encima.


—Me alegro —dijo ella, e ignoró los nervios que le encogían el estómago—. De hecho, con el nuevo giro que han dado las cosas, tendrás que apañártelas solo muy pronto.


—¿Qué nuevo giro? —preguntó él, frunciendo el ceño.


—He recibido un correo electrónico de la directora del nuevo colegio, quieren que empiece antes de lo que habíamos planeado en un principio.


Pedro se la quedó mirando, atónito, y luego entrecerró los ojos con suspicacia. Paula contuvo el aliento. ¿Adivinaría que ella había orquestado ese cambio? Quedarse en Jabiru Creek se había convertido en una tortura. Cada puesta de sol, cada comida en familia, cada clase a solas con él, le recordaban lo que iba a perder. Desesperada, había escrito a la directora, avisándola de que podía comenzar antes, si ellos querían.


—¿Por qué tanta prisa? —inquirió él, con un hilo de voz.


—Un benefactor ha fallecido, dejando una gran suma de dinero a la biblioteca del colegio, así que les gustaría que me incorporase antes, para ir comprando libros para el nuevo año escolar —explicó ella, forzando una sonrisa—. Voy a gastar dinero a mansalva, qué suerte.


Vió que Pedro se dejaba caer en su silla, con una expresión sombría que agradeció, pero ya no se engañó con que aquella tristeza significara algo más. Su marcha antes de tiempo era un inconveniente, pero él se las apañaría. Al igual que Camila y Nicolás. Tenían un padre que los amaba y haría lo que fuera por ellos. El anuncio buscando nueva niñera había sido publicado en varios periódicos y páginas de Internet, así que ese asunto ya estaba en marcha. Hasta que la nueva llegara, Cecilia aprendería a conectarse cada mañana al Colegio del Aire. Para Paula, salir de allí cuanto antes se había convertido en una necesidad.


Secreto: Capítulo 43

«¿Tú quieres que me quede?».


Pedro contuvo un gemido de frustración. Por supuesto que quería que Paula se quedara, pero eso significaba pedirle que renunciara a todo: su empleo, su hogar… Y que se comprometiera con su estilo de vida en el outback, sus hijos, su rancho. Y significaba llevar su relación a otro nivel, de mucho mayor compromiso. Se había jurado que nunca volvería a arriesgarse. Tanto su madre como Lara habían sido infelices en aquel lugar. No soportaría que a Paula también le sucediera. Ella reunía todo lo que deseaba en una esposa: era divertida y encajaba en Jabiru Creek como si se hubiera criado allí. Los mellizos la adoraban. Cecilia y Leonardo la adoraban. Él le debía mucho: Le había quitado un enorme peso de encima, le había enseñado que su futuro no estaba limitado por su pasado. Y además, era dulce, sexy… Se había ganado un lugar en su corazón. La deseaba. Había sido una tortura verla con aquel vestido rojo y tener que mantener las distancias. No dejaba de imaginarse desvistiéndola, lentamente, cubriéndola de besos hasta que ambos enloquecieran de deseo, y haciéndole el amor. Tierna o apasionadamente, lo que ella deseara. Pero no podía recrearse en sus fantasías egoístas. Tenía que ser práctico, pensar con claridad y recordar que, en lo relativo a mujeres, se había equivocado demasiadas veces. En algún momento, Paula se cansaría de aquello y querría regresar a su vida anterior. Debía ser fuerte y no tratar de aprisionarla. Debía enviarla a la brillante carrera que le esperaba en Estados Unidos. Hundió las manos en los bolsillos para evitar tocarla.


—No puedo pedirte que te quedes, Paula.


Ella elevó la vista, e iba a hablar, cuando él hizo un gesto para acallarla. Ya que había empezado, tenía que decirlo todo.


—Sé que mis hijos son muy importantes para tí; los echarás de menos y ellos, sin duda, a tí. Pero me esforzaré al máximo por ellos, Paula. Tú nos has enseñado el camino a seguir.


Tuvo que tragar saliva para aliviar el nudo de su garganta.


—Creo que me las arreglaré bien a partir de ahora. Siempre te estaremos enormemente agradecidos.


Vió que ella estaba a punto de llorar, y sintió que le fallaba el valor.


—Te espera un buen empleo, tu familia, y una vida maravillosa en Estados Unidos —se apresuró a decir, antes de cambiar de idea—. Sabes que no podría pedirte que renunciaras a eso. 


Ella estaba muy quieta, con la mirada perdida y abrazada a su estómago, como protegiéndose.


—Cuando te llamaron por teléfono en el aeropuerto, ofreciéndote ese empleo, se te iluminó el rostro como si acabaras de ganar una medalla de oro. Sé lo importante que es para tí.


Paula abrió los ojos sorprendida, como si lo hubiera olvidado.


—Necesitas regresar a casa, Paula.


—Quieres que me vaya —afirmó ella, más que preguntarlo.


—Lo que no quiero es que te quedes aquí atrapada.


La vió entrecerrar los ojos y creyó que iba a seguir discutiendo, pero ella forzó una sonrisa, agarró la lista que acababan de escribir, y salió casi corriendo de la habitación. Pedro la observó marcharse. De pronto, le pareció que el corazón se le había vuelto tan duro como una piedra.