jueves, 14 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 42

 —Y he vivido muchas experiencias nuevas.


Se concentró en sus manos. Se había pintado las uñas del mismo color que el vestido, pero en aquella cocina resultaban fuera de lugar. Forzó una risa.


—Escúchanos, estamos hablando como si me marchara ya, y aún me quedan unas semanas.


Pedro carraspeó incómodo.


—De eso quería hablar contigo.


A Paula le dió un vuelco el corazón.


—¿Quieres que me vaya antes?


—En absoluto. Puedes quedarte tanto como quieras —se apresuró a contestar él, y suspiró pesadamente—. Pero ya es hora de buscar a la nueva niñera, y esperaba que pudieras ayudarme a redactar el anuncio.


Era ridículo sentirse tan mal de repente, se dijo Paula. Afortunadamente, él nunca sabría que, aunque ella había insistido en que no intimaran, y aunque tenía un empleo importante al que regresar, se había enamorado de él.


—Por supuesto —dijo—. Me encantará ayudarte con el anuncio.


Tenía que mantenerse ocupada, y guardar la compostura.


—¿Quieres que lo hagamos ahora? Hay papel y lápiz en el cajón —balbuceó, sacándolos y sentándose a la mesa de la cocina.


Pedro se tomó su tiempo. Se sentó frente a ella, apoyó la espalda en el respaldo y estiró las piernas debajo de la mesa. Para no mirarlo a los ojos, Paula mantuvo la mirada clavada en el papel.


—Veamos qué necesitas. Imagino que alguien mayor de edad.


Como él no respondió inmediatamente, lo fulminó con la mirada.


—Quieres que una adulta cuide de tus hijos, ¿Verdad, Pedro?


—Claro —respondió él incómodo, con el ceño fruncido.


—¿Alguien que disfrute y valore el trabajo con niños? —preguntó ella, empezando a escribir una lista.


Pedro asintió.


—¿Con titulación de primeros auxilios?


—Supongo que eso sería útil. Sobre todo, quiero una buena profesora.


—No creo que consigas a alguien con titulación en Magisterio, pero sí deberías intentar que pueda crear actividades estimulantes para los niños, que les ayuden a aprender a manejarse en la vida.


—Tienes razón —dijo él.


Aquello estaba matándola. 


—Querrás poder comprobar las referencias de la persona.


Él asintió desanimado.


—¿Qué me dices de un seguro de responsabilidad civil?


—Tendremos que pensar algo. Ya tengo un seguro de empleados.


Pedro suspiró y comenzó a mover el salero y el pimentero sobre la mesa como si fueran fichas de ajedrez. Por debajo de la mesa, Paula apretó el puño izquierdo, clavándose las uñas en la palma. Cuanto más le doliera, mejor, lo que fuera para no echarse a llorar.


—Creo que esta lista incluye los principales requerimientos. ¿Se te ocurre algo más?


—No.


—Si me dices en qué periódicos quieres poner el anuncio…


—Le diré a Leonardo que te dé una lista por la mañana. Creo que también hay páginas en Internet.


—Fabuloso.


Paula soltó el bolígrafo y se frotó los brazos. De repente, tenía frío.


—Supongo que hoy será mejor que no demos la clase —dijo Pedro.


—Sí, será lo mejor —respondió ella, evitando su mirada—. Ha sido un gran día. Siempre puedes leer uno de tus nuevos libros… En la cama.


Se ruborizó. «No pienses en eso», se ordenó. Se frotó los ojos como si tuviera mucho sueño, aunque en realidad quería asegurarse de que no lloraba. Luego, arrancó la hoja y guardó el cuaderno y el lápiz en su lugar. A su espalda, oyó a Pedro levantarse de la silla. Se dió cuenta de que estaba temblando del esfuerzo de contenerse. Era una idiota. No podía derrumbarse sólo porque habían redactado un anuncio para su sustituía. Sabía que aquello sucedería, era lo que había planeado desde antes de llegar allí. Cualquiera diría que acababa de firmar su sentencia de muerte. Regresó a la mesa a recoger la lista, pero seguía sin poder mirar a Pedro, aunque se le había acercado bastante. Le oyó suspirar y sintió el eco por todo su cuerpo.


—Ojalá fueras tú —le oyó decir, y se quedó helada.


—Sé que es muy egoísta —continuó él—. Pero ojalá no tuviéramos que buscar una nueva niñera.


Entonces, se permitió mirarlo. Le brillaban los ojos, y fruncía la boca como si él también estuviera conteniendo sus emociones. Sonrió de medio lado y se encogió de hombros.


—¿Dónde vamos a encontrar a otra Paula?


A ella se le aceleró el corazón. Una loca esperanza la invadió. Intentó ignorarla.


—No soy imprescindible.


 —Sí que lo eres.


Paula se agarró al respaldo de la silla.


—¿Estás diciéndome que quieres que me quede?


—Sé que no puedes quedarte. Tienes por delante una brillante carrera.


—Pero si realmente me necesitaras…


—¿Te quedarías? —preguntó él, abriendo mucho los ojos.


—A lo mejor.


¿Realmente había dicho eso? ¿Estaba loca?


—Sería perfecto, ¿No crees? Los niños te adoran. Les haces mucho bien, Paula — continuó él, muy serio.


Paula esperó que continuara. «Por favor, que él también me necesite». Tal vez era el momento de confesarle que se había enamorado de él. Podrían admitir que su noche juntos y la intimidad que habían compartido en tantos niveles había evolucionado hacia algo más profundo, duradero y maravilloso. De pie en mitad de la cocina, sintió que la noche del outback los envolvía. El único sonido provenía del viejo reloj de la pared. Vió que él cerraba los puños y volvía a abrirlos. Y recordó cuando esas manos fuertes la habían abrazado antes de cenar, y el deseo que había percibido en él. «Dí algo, Pedro. No me quedaré a menos que me quieras, así que dime lo que sientes. Da igual si me quieres aquí o me dejas marchar, pero no me tengas en la incertidumbre».


—¿Y tú? —preguntó, viendo que él no decía nada—. ¿Quieres que me quede? 

Secreto: Capítulo 41

Con la garganta seca y las manos sudorosas, recorrió el pasillo y llamó a la puerta.


—La cena está casi lista —informó.


La puerta se abrió y Paula se mostró hasta la cintura. Estaba bellísima. Siempre era guapa, pero se había hecho algo especial en el cabello, y se había maquillado. El resultado era arrebatador.


—Estás estupenda —murmuró él.


—El vestido es perfecto —dijo ella—. Pero tengo un problema.


Sonriendo tímidamente, abrió la puerta. El vestido le sentaba de maravilla. Paula parecía una estrella de cine, excepto… Pedro clavó la vista en sus pies. Llevaba deportivas.


—¿No quedan muy bien, verdad? —inquirió ella, algo avergonzada—. No he traído tacones, Pedro. Venía al outback, así que sólo tengo deportivas y botas.


Él contuvo una carcajada.


—Es culpa mía —dijo—. Debería haber encargado también los zapatos.


Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, la abrazó. Se recreó en su cabello, sedoso y fragante, en su piel suave, en la forma en que el vestido moldeaba sus curvas… En un segundo, se vio abrumado por el deseo que llevaba conteniendo desde su noche juntos. Desgraciadamente, lo que tenía ganas de hacer arruinaría el maquillaje e incluso el vestido… Se separó antes de que su fuerza de voluntad flaqueara.


—Creo que ese calzado es perfecto para hoy —le murmuró al oído—. A todo el mundo le va a encantar tu look.


Tal vez fuera mejor no haberse puesto tacones, pensó Paula, camino de la cocina. Aún le temblaban las piernas tras el maravilloso abrazo, que había despertado cada recuerdo de su única noche juntos: el aroma de su piel, la firmeza de su cuerpo, la intimidad de sus caricias y los increíbles fuegos artificiales entre ambos. Afortunadamente, para cuando llegaron junto a los demás, había respirado hondo y estaba más tranquila. Las deportivas supusieron una buena distracción. Todo el mundo sonrió comprensivo y alabaron lo bien que le sentaba el vestido. Paula se sintió realmente la invitada de honor.  La cena estuvo deliciosa, y todo el mundo disfrutó de haberse engalanado y cenar en el comedor. Toda la velada, Paula fue muy consciente de Pedro. Cada vez que sus miradas se cruzaban, un cosquilleo le recorría la piel. Él también recordaba todo lo que se suponía que debían olvidar. Le supuso un alivio, al final de la cena, ofrecerse a recoger la mesa.


—No tienes que hacerlo, Paula —protestó Cecilia.


—Ya lo creo. Llevas todo el día preparando esto, y te estoy muy agradecida. Pero ahora voy a recoger todo mientras Pedro les cuenta un cuento a los niños antes de dormir. Tú vete a casa, a descansar.


Paula no comprobó qué le parecía el asunto a Pedro. Necesitaba quedarse sola un rato, por simple autoprotección.


—Eres un tesoro —alabó Cecilia—. Admito que los juanetes me están matando. Pero, al menos, usa el delantal.


Paula seguía con el delantal puesto cuando Pedro regresó a la cocina al cabo de media hora, justo cuando ella terminó de recoger. Con el enorme delantal, los guantes y las deportivas, no resultaba nada glamurosa, pensó ella. Mejor así. Había pasado una velada encantadora, con un vestido precioso, pero era hora de regresar a la tierra. Pedro se había quitado la corbata y soltado el primer botón de la camisa. Seguía igual de atractivo.


—Esta noche eres una auténtica Cenicienta —comentó—. Vuelves a casa del baile y te metes en la cocina.


Paula se quitó los guantes de goma y sonrió.


—No me importa. Es lo menos que podía hacer después de la fabulosa cena que ha preparado Cecilia.


Quitarse el delantal con Pedro mirándola fijamente fue casi como hacer un striptease. Se concentró en no ruborizarse conforme colgaba el delantal en su lugar.


—Creo que ese vestido es la mejor compra que he hecho en mi vida —aseguró Pedro, viéndola de espaldas.


—Ha sido todo un detalle que me compraras algo tan hermoso —respondió ella, concentrándose para mantener la calma.


—Tú sí que has tenido un gran detalle renunciando a tus vacaciones para ayudar a los niños. Y ahora, también estás ayudándome a mí…


Paula se giró lentamente, y se encontró con la intensa mirada de él. Clavó la vista en sus deportivas, eso la tranquilizaría.


—No siento que haya renunciado a nada. Quiero a Camila y a Nicolás, y…


Se contuvo antes de decir algo que luego lamentara. 

martes, 12 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 40

Aquella noche, cuando él regresó a casa, advirtió la alegría del ambiente. De la cocina llegaban deliciosos aromas, y en el comedor, Cecilia estaba poniendo la mesa con la mejor vajilla y cubertería de plata. Una vez en su dormitorio, se sorprendió al ver que Cecilia había seleccionado la ropa que debía ponerse: Pantalones de algodón, una camisa azul claro, su mejor chaqueta azul oscuro y una corbata plateada. No había duda de que la mujer quería que la velada fuera un éxito. Paula le gustaba mucho, por eso había dedicado tanto tiempo a ayudarlo a elegir el mejor regalo para ella.


—Ese vestido es perfecto —le había asegurado—. Paula nunca se lo compraría para sí misma.


A él le preocupó que no quisiera algo tan elegante. Sólo la conocía con sus sencillas camisetas de algodón y vaqueros. En ropa, era casi lo opuesto a Lara, que siempre había querido destacar. Pero el estilo sencillo de Paula iba acorde con su personalidad cálida y tranquila, a la que estaba tan agradecido. Ella había acertado al detener su aventura antes de que empezara realmente. Casi se había vuelto loco cada noche, aprendiendo a leer y escribir con ella, en lugar de hacerle el amor larga y sensualmente. Pero había progresado muchísimo. A su lado, leer se había convertido en un emocionante desafío. Había querido agradecérselo, y Cecilia le había convencido de que el vestido era la menor manera.


—Paula lo contempló durante horas en el catálogo —le había asegurado—. Cuando la veas con él, te vas a quedar pasmado. Espera y verás.


Habría dicho que la mujer intentaba emparejarlos, pero ¿Para qué iba a hacerlo? Sabía tan bien como él que Paula se marcharía en cuestión de semanas. Además, ella había sido testigo del desastre en que había convertido su matrimonio.  También le sorprendía que Cecilia hubiera impulsado la cena de gala. De hecho, cuando había encargado el vestido, no esperaba que Paula se lo pusiera en Jabiru Creek. Aunque sí había querido que, cuando lo luciera en Estados Unidos, en algún elegante cóctel lleno de intelectuales, se acordara de él. Y de los niños. Y del tiempo que había pasado allí. ¿Los echaría de menos tanto como ellos a ella? Alarmado por el desánimo que lo invadía, Pedro se apresuró a su cuarto de baño para afeitarse.


—¡Estás fabuloso, papá!


Camila fue la primera en saludar a Pedro cuando apareció en la cocina, elegantemente vestido y con ganas de cenar.


—Tú sí que estás muy guapa —alabó, viéndola girar sobre sí misma—. Y tú también, Nicolás.


El niño, con vaqueros y una camisa, estaba entregado a jugar con los cachorros. Cecilia se afanaba en la cocina. Llevaba un delantal encima de su mejor vestido negro y unos pendientes de turquesa. Leonardo también se encontraba allí, en una esquina, limpio y con el cabello cuidadosamente peinado sobre su calvicie.


—Que los cachorros no te manchen la camisa —le advirtió Cecilia a Nicolás.


Examinó a Pedro con la mirada, y asintió aprobadora.


—Gracias por elegirlo —dijo él.


—No quería que fueras vestido de cualquier manera.


—Me conoces demasiado bien —apuntó él con una sonrisa—. La cena huele deliciosa. ¿Qué es?


—Costillas de cordero con pudín Yorkshire.


—Fantástico. Me comería un caballo.


—¡Papá! —exclamó Camila, horrorizada.


Pedro rió.


—¿Dónde está Paula?


—Todavía en su habitación —respondió la niña haciendo una mueca—. Lleva horas arreglándose.


—A lo mejor quiere impresionarnos —señaló Cecilia.


—Ese no es su estilo —aseguró Pedro.


—Aquí ya está todo casi preparado —comentó la cocinera—. ¿Por qué no vas a avisarle? 


Él sintió un relámpago en su interior. Ir al dormitorio de Paula no era buena idea, con todas las fantasías que tenía sobre ella a todas horas. Iba a sugerir que fuera Camila a buscarla, pero la curiosidad le pudo. Estaba deseando verla arreglada.


Secreto: Capítulo 39

Paula le pidió un momento para comentarle su idea de intercambiar libros entre las mujeres que había conocido a través del Colegio del Aire. A Jorge le pareció una gran idea y prometió que la difundiría. De regreso en la cocina de la casa, comprobaron su correo. Se trataba de las facturas habituales, cartas para que las revisara Leonardo, y libros que había ordenado por Internet, para ella, los mellizos, y, discretamente, también para Pedro. Progresaba de manera espectacular. Esa semana, había también un paquete inesperado.


—Lleva tu nombre, Paula —informó Camila, y tocó el paquete—. Parece ropa.


Paula la miró extrañada.


—Yo no he pedido nada de ropa.


Vió que Pedro y Cecilia se intercambiaban una mirada de suficiencia. ¿Qué ocurría? Camila le pasó el paquete por encima de la mesa.


—Ábrelo —le urgió emocionada.


—No sé si debería. Tal vez sea un error.


Paula agarró el paquete con cautela. Parecía ropa. Comprobó la dirección: el paquete iba dirigido a ella.


—Qué extraño, viene de Melbourne.


—Hay unas preciosas tiendas de vestidos en Melbourne —señaló Cecilia, con la mirada clavada en la tetera.


—Vamos, ábrelo —le urgió Pedro, casi con el ceño fruncido, aunque le traicionaba el brillo de su mirada—. Está claro que es para tí.


Resultaba una tontería seguir dudando. Paula agarró unas tijeras con el corazón acelerado. Todo el mundo la observaba, especialmente Pedro.


—Está envuelto en un precioso papel y parece algo terriblemente caro — anunció, conforme abría el paquete.


Miró abrumada a Cecilia. Unos diez días antes, en aquella misma cocina, las dos habían estado revisando varios catálogos juntas. Habían encargado ropa de montar a caballo para los mellizos y, una vez solucionado ese tema, habían hojeado las páginas de moda femenina. Paula se había quedado prendada del vestido más hermoso del mundo. Había sido divertido. Ella nunca se gastaba cantidades desorbitadas de dinero en su ropa. Lara había sido la loca por la moda, mientras que ella se había centrado en los libros.


—Ábrelo de una vez —dijo Nicolás, dándole un codazo. 


Con todos los ojos puestos en ella, abrió el paquete cuidadosamente, para no romper el delicado papel. Y, de pronto, ahí estaba: el bellísimo vestido de crêpe rojo del catálogo. Paula se quedó sin habla. Miró interrogante a Cecilia, que se encogió de hombros y señaló a Pedro con la cabeza.


—¿Te gusta? —preguntó él, con el ceño fruncido.


—Es fabuloso —susurró ella.


—Estíralo —le pidió Camila—. Queremos verlo.


Paula se puso en pie y apoyó el vestido sobre ella. Era divino, refinado, con una terminación exquisita, y color llamativo pero no chillón.


—Ese rojo va perfecto con tu cabello oscuro —aseguró Cecilia.


—Parece de tu talla —comentó Pedro con despreocupación, aunque mirándola con impresionante intensidad.


—Así es —dijo ella, comprobando la etiqueta—. Pero… No lo entiendo.


—Es un regalo de agradecimiento —explicó él—. De parte de todos.


Paula se alegró un instante y, de pronto, se entristeció. Todos ellos estaban preparándose para decirle adiós. Sin embargo, a ella cada vez le resultaba más difícil la idea de marcharse. Amaba a aquella gente. Más que nunca, Camila y Nicolás parecían sus propios hijos, Cecilia se había convertido en una buena amiga, y Pedro… Bueno, sus sentimientos hacia él eran algo entre ambos. Todo el mundo de Jabiru Creek le era muy querido. Tuvo que contenerse para no llorar. Qué tontería. Todavía no iba a marcharse de allí.


—Gracias —logró articular—. Nunca había tenido un vestido tan bonito.


—Deberías probártelo —le urgió Camila.


—¿Ahora?


—Póntelo hoy para nosotros —le sugirió Cecilia—. Cocinaré algo especial para la cena, y la tomaremos en el comedor.


—Y yo me pondré corbata —añadió Pedro, guiñándole un ojo.


—¡Una fiesta por el nuevo vestido! —exclamó Camila, dando palmas de alegría.


—Mejor eso que una fiesta de despedida —se le escapó a Paula.


Su comentario dejó a todos descolocados. Fue a su habitación, colgó el vestido en una percha, y decidió que seguramente había sacado conclusiones precipitadas acerca de ese regalo. Tan sólo era un detalle amable, no un adiós. Todavía le quedaba un mes antes de regresar a Estados Unidos. Una cosa sí tenía clara: No iba a ponerse ese vestido sin antes arreglarse como era debido. Le hubiera encantado acercarse al salón de belleza más cercano para quela dejaran perfecta de pies a cabeza, pero, como eso no era posible, se metió en su cuarto de baño en cuanto los niños terminaron las clases. Se lavó el pelo y lo secó con secador, se hizo la manicura y pedicura, se depiló las piernas. Deseaba estar tan perfecta como el vestido se merecía. Escogió su mejor sujetador y tanga y, cuando estuvo lista, se probó el vestido delante del espejo de su armario. Increíble. ¿La mujer del espejo era ella? Se giró para comprobar todos los ángulos. El vestido tenía un corte perfecto, realzaba sus curvas y le dotaba de un glamour que nunca habría soñado. Incluso el cabello le brillaba más de lo habitual. Sintió un cosquilleo. ¿Qué pensaría Pedro de su maravilloso regalo cuando la viera? 

Secreto: Capítulo 38

A la mañana siguiente había colegio, y Paula agradeció la rutina del desayuno, hacer las camas y preparar la clase. Pedro había desayunado y salido antes de que los niños y ella se despertaran, así que no tuvo que encontrárselo en la cocina. Lo cual era bueno. Si lo hubiera visto, se habría ruborizado. ¿Y quién no, después de la noche anterior? Tenía todo el día para tranquilizarse y convencerse de que eso había sido una celebración, nada más. Ambos se habían emocionado al ver el gran avance de Pedro y se habían dejado llevar. Pero debía recordar que él no estaba buscando una relación seria. Lo de la noche anterior había sucedido probablemente porque era la única mujer joven en muchos kilómetros a la redonda. En cuanto a ella, concluyó que hacer el amor con Pedro había sido un paso necesario en su recuperación del fracaso con Daniel. Como un tónico curativo. O al menos, eso era de lo que intentaba convencerse, aunque nada más despertarse por la mañana, se había recreado en todos los detalles de la maestría de Pedro al hacer el amor. Pero debía aparcar esos recuerdos. Era hora de mirar con perspectiva las últimas semanas que le quedaban con Pedro y sus hijos. En un mes, o tal vez menos, una nueva niñera, australiana, ocuparía el puesto de profesora en el estudio de él, participaría en las obras de marionetas y, sin duda, sería llevada a contemplar el hermoso cañón. Tal vez incluso montara a caballo con Pedro y los mellizos. Su futuro estaba en Estados Unidos, en una nueva ciudad y un nuevo colegio, se recordó. Ahí se le abrirían multitud de oportunidades. Tal vez incluso encontrara un nuevo hombre. ¿Por qué no se sentía más feliz?


—Creo que ambos estamos de acuerdo en que lo de anoche no puede repetirse, ¿Verdad?


Paula había pasado el día entero ensayando esas palabras y, cuando se encontró con Pedro por la noche para una nueva clase de lectura, agradeció poder pronunciarlas. Especialmente, dado que entre ellos saltaban más chispas que la noche anterior.


—Ambos sabemos que entre nosotros no podría haber más que una aventura — añadió—. Y las aventuras son…


—¿Divertidas? —sugirió Pedro, con una sonrisa difícil de interpretar. 


—Iba a decir peligrosas —replicó ella, sentada en el sofá, muy remilgada—. Después de todo, soy la niñera de tus hijos.


—Eso es cierto —reconoció él, poco convencido.


—Tenemos que pensar en ellos —añadió Paula, antes de olvidarse de su prudencia—. Podría ocurrir un desastre si se dieran cuenta de que entre nosotros hay algo.


—Puede que tengas razón —dijo él, suspiró y apretó suavemente su mano—. Supongo que los profesores siempre sois juiciosos y correctos.


Al sentir su cálida mano, Paula estuvo a punto de lanzarse en sus brazos. Una vez más. Menuda hipócrita estaba hecha. Gray estaba de acuerdo con ella, y se sentía decepcionada. Nunca había experimentado un sexo tan excitante, no sabía que podía ser tan apasionada. Pero tenía que olvidar su libido reactivada y recordar por qué había empezado aquella conversación.


—Los niños no suelen comprender las relaciones fortuitas, no es saludable para ellos. Y después de lo que ambos han pasado…


Pedro asintió y frunció el ceño.


—No sé qué decir. Tengo que agradecerte tanto, Paula… —dijo, con sonrisa triste, y le recogió el cabello detrás de la oreja—. Anoche fue maravilloso, especial. No deberíamos considerarlo un error. Necesitamos que nuestra amistad dure mucho tiempo.


—Sí —dijo ella, con un hilo de voz.


—Lo que estás haciendo por mis hijos es más importante que nada.


Decidida a no llorar, Paula habló sin mirarle.


—Mi trabajo es preparar a Camila y Nicolás para su nueva niñera.


Sintió alivio al ver que Pedro estaba de acuerdo. O al menos, lo sentiría una vez de regreso en su casa, y embarcada en su nueva carrera. El asunto de la niñera sustituta cobró relevancia dos semanas después. Habían comenzado el día muy bien, cuando el avión del correo semanal aterrizó con sus periódicos, cartas, catálogos y paquetes. Se trataba de un acontecimiento social, y Paula y los niños se acercaron a saludar a Jorge, el cartero, y los pasajeros que llevara. A veces, Jorge tenía tiempo para tomarse un té, pero esa semana llevaba prisa, ya que tenía que entregar unas piezas de motor en otro rancho. 

Secreto: Capítulo 37

 —Ahora es el turno de Paula —anunció Pedro a sus hijos—. Va a demostramos cómo monta a caballo una chica de Vermont.


Los había despertado temprano, anunciando que darían la clase de hípica antes del colegio, y había sacado al picadero cuatro de sus caballos más tranquilos. Camila y Nicolás, con aire de suficiencia, estaban sobre unos pequeños ponis, mientras Pedro sujetaba sus riendas. Paula hubiera preferido probar sin público la primera vez, pero tres pares de ojos la observaban. Los miró con el ceño fruncido. 


—Les advierto de que hace mucho tiempo que no me subo a un caballo.


—No habrás olvidado cómo se monta —le aseguró Pedro.


—Tal vez mis músculos sí que lo hayan olvidado.


—Eso no es más que charla derrotista —dijo él sonriendo.


Paula sabía que él tenía razón. Pero, por más que lo intentaba, no lograba pasar la pierna derecha por encima de la montura.


—Deja que te ayude —se ofreció él.


Entregó las riendas a los mellizos y les dijo que no se movieran hasta que él regresara.


—Estoy segura de que lo conseguiré —insistió Paula, elevando la pierna una vez más.


Entonces, sintió las manos de Pedro en su trasero. De un firme empujón, la elevó y ella pudo acomodarse fácilmente en la montura. Camila y Nicolás gritaron de alegría.


—Gracias —dijo Paula, y al mirar a Pedro a los ojos, se quedó sin aliento.


Su mirada tenía un brillo especial. Sólo por ella. Sintió pequeñas explosiones en su interior y recordó el beso en la cueva. Seguro que él también estaba recordándolo. Ella había creído que la había besado para hacerla callar, pero ya no estaba tan segura… Aquella noche, el ambiente en el estudio fue diferente desde el principio. Pedro estaba exultante después de la obra con las marionetas. A los niños les había encantado su interpretación del Búho Hector, algo comprensible, pues se había entregado de lleno al personaje. Los mellizos estaban tan emocionados, que habían necesitado más tiempo del habitual para dormirse, pero por fin estaba todo tranquilo. Cecilia se había retirado a su casa, y Paula se había reunido con Pedro en el estudio. Él estaba deseoso de empezar con sus clases de lectura, le brillaba la mirada.


—Mira esto —le dijo a Paula, sacando un sobre de su escritorio y repartiendo pequeños trozos de papel sobre la superficie.


Paula tomó uno, que contenía la palabra «rojo».


—Esta es mi letra. ¿La has sacado de tu poema?


Pedro sonrió.


—Lo he fotocopiado y he recortado todas las palabras —explicó, tremendamente orgulloso de sí mismo—. Ponme a prueba, a ver cuántas me sé. 


Paula dudó. Quería preguntarle si había tenido suficiente tiempo para aprenderse todas las palabras. Después de todo, eran muchas. Pero no quería debilitar su confianza.


—No te preocupes —dijo él, advirtiendo sus dudas—. Me he pasado toda la tarde practicando en la nave.


—Qué aplicado —alabó ella.


Escogió un papel y se lo tendió.


—«Tiempo del sueño» —dijo él, sonriendo ampliamente.


Le mostró otra palabra, y otra más, y él las acertó. Paula sonrió, emocionada de verlo tan contento consigo mismo.


—Sabía que eras brillante.


Y, de pronto, él la abrazó y bailaron de alegría, tropezándose con el escritorio y tirando una silla, y les dio igual. Sin aliento de tanto reír, se dejaron caer en el sofá, sonrientes. Paula nunca se había sentido tan feliz. Ni tan excitada. Entonces, Pedro se quedó muy quieto y el ambiente se cargó de tensión, por ambas partes.


—Paula —susurró, acariciándole la clavícula con un dedo.


Ella intentó responder, pero no podía articular sonido. Estaba demasiado pendiente de aquel cuerpo junto al suyo, de su propia excitación y del deseo que la invadía. Se obligó a ignorarlo. Aquello no debería estar sucediendo. ¿No se suponía que debía seguir enamorada de Daniel, lamentando su abandono? Pedro era completamente diferente de su ex novio: Más grande y musculoso, más intenso. Todo en él era diferente: El tacto de su piel, su aliento rozándole el cuello… Desde el beso del día anterior, ella había deseado más. Aunque había intentado atribuir el beso a un error, ansiaba sentir aquellos labios sobre los suyos, sus brazos rodeándola… No podría soportar que él la apartara en aquel momento.


—Por favor, no me digas que esto es un error —susurró.


—Cómo iba a hacerlo.


Era el permiso que ambos necesitaban. Pedro la besó en la mejilla y continuó hasta su boca, donde le mordisqueó el labio inferior en un acto de íntima posesión. Era un experto, comprobó Paula agradecida, devolviéndole el beso sin poder contenerse. Se acomodó contra su erección y oyó el gemido de placer de él. Sus lenguas se encontraron y se besaron apasionadamente. Momentos después, estaban desvistiéndose el uno al otro. 

jueves, 7 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 36

«¡Eso es un crimen!», quiso gritar Paula, pero se contuvo. Criticar al padre de Pedro no iba a ayudar en nada.


—Para cuando comprendí mi desventaja, ya era demasiado mayor, orgulloso y terco —concluyó, y se encogió de hombros—. Como te he dicho, he salido adelante.


—Y de forma brillante.


—Aprendí a escribir mi nombre y mi dirección, a rellenar formularios sencillos. Si hubiera querido, habría encontrado la forma de aprender más por mi cuenta. Pero nunca he necesitado leer en mi tipo de trabajo. Aunque ahora…


Se detuvo y frunció el ceño, con la vista clavada en su vaso.


—Supongo que prefieres que Camila y Nicolás no conozcan tu falta de escolarización.


Dejó el vaso, aún a medias, a un lado.


—No puedo seguir ocultándoselo. Y ya es demasiado tarde para empezar a aprender.


—No lo creo —replicó Paula con suavidad y, sin poder contenerse, lo besó en la mejilla—. De hecho… Estoy segura de que no es demasiado tarde.


Sus rostros se encontraban a meros centímetros de distancia. Paula notó que se encendía por dentro. Parecía que sus últimas palabras, «Estoy segura de que no es demasiado tarde», ya no se refirieran a la lectura. Pedro la miró con tal intensidad que la dejó sin aliento. Sería tan fácil acercarse un poco más e invitarle a repetir el beso… Era lo que más deseaba. Pero logró encontrar la fuerza para separarse. Tenía que pensar con claridad. Debía recordar que el beso junto al cañón no se debía a que él la deseara. Pedro lo había dejado muy claro. Lo importante en aquel momento era recordar que sólo le quedaban unas semanas más en Australia, y que tenía que empezar a enseñarle a leer. Nunca se lo perdonaría si no lo intentaba.


—De hecho, se ha hecho un poco tarde para empezar con las clases de lectura —dijo, sin levantar la vista—. Pero podemos comenzar mañana por la noche, cuando los niños estén ya acostados.


Lo miró, y vió su mirada cargada de emoción.


—Gracias.


—No hay de qué.


—Lo digo en serio, Paula. Muchas gracias. Eres una mujer fabulosa. No tienes ni idea…


—Sí que la tengo —le interrumpió ella, forzando una sonrisa—. Tengo mucha idea, por eso me gustaría ayudarte.


Pedro sonrió. De pronto, parecía más joven, más libre, más relajado. 


—Has hecho mucho por mí. ¿Cómo puedo agradecértelo?


«¿Besándome de nuevo?», pensó ella. Cielo santo, ¿Dónde estaba su sentido común?


—¿Podrías organizar que montáramos a caballo? No sólo yo, los niños también.


—Por supuesto. Será lo primero que haga por la mañana.


Pedro se quedó sentado durante siglos después de que Paula se marchara, contemplando las cuatro paredes de su estudio y reviviendo los recuerdos que acababa de revelar. Para su sorpresa, ya no le hacían tanto daño. Era como si al hablar de ellos ya no fueran sus pesadillas privadas, sino algo más real, pistas en un crimen. En el fondo, siempre había creído que el hecho de ser analfabeto era culpa suya. Había permitido que Lara se marchara porque no se creía digno de ella. Pero la realidad era que su madre no había sabido enseñarle, y su padre le había impedido recibir una educación decente. Cierto, su padre le había enseñado casi todo lo que sabía acerca del ganado, máquinas y carpintería, pero el mundo era grande y complicado, y los conocimientos prácticos sólo permitían llegar hasta un cierto punto. El outback era un lugar limitado, y él quería que sus hijos tuvieran oportunidades que él nunca había tenido. Y para eso necesitaban estudios. Por primera vez, se permitió aceptar que no era totalmente culpable de su analfabetismo. Sí que era culpa suya no haber hecho nada para solucionar el problema con el que ellos le habían dejado. Si hubiera tenido una desventaja a nivel físico, habría buscado consejo médico, no habría intentado ocultarla. Paula nunca imaginaría cuánto le había costado admitir que no sabía leer ni escribir. Ya no se sentía impotente al respecto. Por fin iba a ponerle remedio, con su ayuda. Se sentía como un hombre al que acababan de soltar de la cárcel. Debería contárselo a Paula, seguramente le haría sonreír. Y le encantaba verla sonreír.