jueves, 7 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 35

Pedro suspiró.


—Mi madre lo intentó.


Paula recordó la tensión palpable entre ella y su hijo en el aeropuerto.


—¿Vivía aquí contigo?


—Sí. Dábamos las clases, si es que podían llamarse así, en esta misma habitación. Yo las odiaba —explicó Pedro—. Amaba a mi madre, por supuesto, pero temía nuestras sesiones de lectura.


—¿Por qué?


—Sabía que a ella le suponían una carga, y además siempre tenía prisa. Yo me esforzaba al máximo por agradarla, pero me entraba el pánico y entonces iba más lento, y ella se frustraba y terminaba llorando.


Paula se imaginó a aquel pequeño intentando agradar a su madre y fallando sin remedio. Pedro terminó su whisky y dejó el vaso en la mesa.


—No ayudaba mucho el que mi madre detestara vivir aquí. Mi padre y ella discutían horriblemente casi todo el tiempo. Iban camino del divorcio, aunque por entonces yo no me daba cuenta. Mi lectura, o mi falta de ella, se convirtió en una de las causas de su separación. Se acusaban el uno al otro de mi fracaso.


—¿Discutían acerca de tu problema con la lectura delante de tí?


—A veces —respondió él, sombrío—. Pero, aunque cerraran la puerta, podía oír sus gritos. Me sentía culpable. Si supiera leer, volverían a quererse y todo recuperaría la normalidad. Pero mi madre ya se había desentendido de mí.


Se levantó para servirse otro whisky, pero lo pensó mejor y volvió a sentarse.


—No tiene sentido emborracharse por algo que sucedió hace tanto tiempo.


—Puedes beberte el mío si quieres —le ofreció Paula—. Sólo he dado un par de sorbos.


Pedro agarró el vaso con sonrisa temblorosa.


—Gracias —dijo, y bebió un poco—. Tienes razón, hablar de esto ayuda. Nunca me había permitido a mí mismo reflexionar sobre ello.


—Ya entiendo por qué no podías leer —dijo ella—. Desarrollaste un bloqueo emocional.


—Y mi escritura era igual de pésima. La hora de la verdad llegó justo antes de que mi madre abandonara Jabiru. Yo quería rogarle que se quedara, y pensé que, si le escribía una nota diciéndole cuánto la quería, se quedaría sin dudarlo.


Forzó una risa, pero Paula captó el dolor en el fondo. Quiso abrazarlo y consolarlo.


—La carta iba a ser una maravillosa sorpresa para ella —continuó él—. La deslicé por debajo de la puerta de su dormitorio… Fue el peor error de mi vida. Mispadres tuvieron la peor de sus peleas a causa de mis faltas de ortografía. Lo oí todo.


Ella dijo que mi letra era ilegible y que yo no tenía solución, que era una desgracia. Paula se estremeció. Podía imaginarse la nota llena de faltas, sin puntuación, con mala caligrafía. Pero era un mensaje desde el corazón de un niño angustiado. ¿Cómo podían haber ignorado eso sus padres?


—Parece que tu madre no pudo soportar la situación —señaló—. ¿Tu padre salió en tu defensa?


Pedro sacudió la cabeza.


—Ese era el otro problema. Mi padre no confiaba en los libros. Él tampoco había recibido mucha educación, al igual que la mayoría de sus amigos, y aseguraba que estaban bien. ¿Quién necesitaba al maldito Shakespeare y las enciclopedias? Los libros no podían ayudar a un hombre a capturar a un toro salvaje, ni a arreglar una alambrada.


Paula asintió, imaginando la situación: El ganadero terco y analfabeto casado con la mujer de ciudad, tensa e infeliz. En la generación siguiente, la historia se había repetido al casarse Pedro con Lara.


—¿Tu madre se marchó?


Pedro suspiró pesadamente.


—A los pocos días. Se fue a vivir a Sídney. Y no tardó mucho en encontrar un nuevo marido, dueño de una inmobiliaria. Su hijo fue a los mejores colegios, y ahora es un brillante banquero de inversiones.


—¿Y tú te quedaste aquí con tu padre?


Pedro asintió.


—Mi educación fue puramente práctica a partir de entonces —afirmó y, entrecerrando los ojos, sonrió de medio lado.


Paula se estremeció de placer. Cuando él la miraba así, sólo podía pensar en abrazarlo y acariciarlo. Se sujetó las manos firmemente para evitar tocarlo.


—De acuerdo, no tenías niñera —se obligó a continuar—. ¿Qué me dices del Colegio del Aire?


Pedro negó con la cabeza.


—¿Quieres decir que no recibiste ninguna educación?


—Me temo que no.


—¿Cómo logró tu padre salirse con la suya? Seguro que de vez en cuando venía alguien del Departamento de Educación preguntando sobre tí…


—Probablemente —dijo él, y se encogió de hombros—. Mi padre se aseguraba de que yo estuviera reuniendo al ganado siempre que algún funcionario venía a fisgonear. Se enorgullecía de haberme enseñado habilidades prácticas y haberme mantenido apartado de los libros y el colegio. Al mirar atrás, no puedo evitar pensar que me alejó de los libros como reacción a que mi madre nos abandonara. 

Secreto: Capítulo 34

Paula contuvo el aliento mientras le observaba: el exitoso y orgulloso ganadero, en mitad de su estudio, con fotos de toros galardonados en las paredes y una estantería llena de trofeos, cruzado de brazos, firmemente plantado en el suelo, y con el ceño fruncido de concentración ante el papel… Entonces, vió que empezaba a mover los labios conforme seguía las palabras, pronunciando cada sílaba conocida en voz baja. Se le encogió el corazón al ver a aquel hombre tan capaz reducido a la vulnerabilidad de un niño. Tragó saliva y se esforzó por contener las lágrimas. Él continuó hasta llegar al final de la página. Entonces, miró a Paula con un brillo de esperanza en la mirada y las mejillas encendidas.


—Lo siento. Ni siquiera te he ofrecido asiento —se disculpó, señalando el sofá—. Por favor, Paula.


Mientras ella se sentaba, él regresó a su escritorio y, como si no pudiera resistirse, comenzó a leer su poema de nuevo. Al terminar, elevó la vista.


—¿Cómo funciona esto? ¿Es como un código? ¿Si me familiarizo con estas palabras, crees que podré descifrar las demás?


—Es uno de los sistemas que puedes utilizar —respondió ella—. En cuanto a las marionetas, puedo leerte la obra, y podemos ensayar tu parte, igual que hacen los actores. No es lo que se dice una obra maestra de la literatura. Seguro que Camila y Nicolás ni se darán cuenta si cambias alguna línea que otra.


Pedro asintió lentamente y sacó el guión de un cajón del escritorio con la mirada brillante.


—De acuerdo, profe. Juego si tú juegas —dijo, guiñándole un ojo, y se sentó a su lado.


Fue muy divertido. Demasiado, de hecho. Paula disfrutó de cada minuto, aunque intentó ignorar los estremecimientos que le provocaba su cercanía. Al poco tiempo, él había captado la esencia de la sencilla historia y de su personaje, y sólo necesitó un poco más para aprenderse sus líneas. Tenía una memoria excelente y bien ejercitada. Cuando acabaron, se quedaron sentados en silencio, recreándose en la sensación de logro.


—Camila es muy lista, ¿A que sí? —comentó él, maravillado, contemplando el guión.


—Es hija tuya, Pedro.


—Es hija de su madre. Lara era inteligente y creativa.


—Y tú también lo eres —afirmó ella, y vio que él ponía cara de póquer—. Es cierto, eres tan listo como Lara, o como tus hijos. Tan sólo te falta una habilidad, y puedo ayudarte con eso.


Pedro gimió y se puso en pie. Ella lo imitó.


—Sentiría mucho verte huir de esto de nuevo.


Él la fulminó con la mirada. Paula no se arredró. 


—Te has aprendido tus líneas hoy, y mañana representarás la obra de maravilla. ¿Qué sucederá el resto de veces? Sabes que habrá más desafíos.


—Me las apañaré.


—Cierto. Llevas haciéndolo desde hace mucho tiempo, pero te manejarías mucho mejor si supieras leer y escribir.


Ya estaba, había sacado la dura verdad a la luz. A Pedro se le escapó un horrible sonido, como si algo en su interior se hubiera roto. El dolor le contrajo el rostro, y Paula no pudo detener las lágrimas. Aquello era tan duro para él… ¿Había sido demasiado cruel al pronunciar lo que él detestaba? Sólo había hablado porque estaba segura de que podía ayudarlo. Si ambos eran lo suficientemente fuertes, podía ayudarle a superar aquello. Y entonces, él sería libre… Se enjugó las lágrimas bruscamente y le tocó en el brazo.


—¿Y si hablamos de ello? —propuso con suavidad.


Él contestó con un suspiro. Pero Paula no iba a rendirse.


—Me imagino que sucedió algo cuando eras pequeño. ¿Me lo cuentas?


—¿Para qué?


—Podría ser importante. Eres inteligente y enormemente capaz, lo cual quiere decir que, seguramente, hay una razón emocional por la que no aprendiste a leer. ¿Has hablado de esto con alguien?


—No.


—¿Ni siquiera con Lara?


Él negó con la cabeza. A Paula no le sorprendía. Sospechaba que su prima se había enamorado de su fabuloso aspecto, pero no había logrado conectar con sus necesidades más profundas. Lo cual significaba que llevaba demasiado tiempo portando aquella carga él solo.


—Yo no soy psicóloga, pero hablar de ello es el primer paso.


—¿Quieres que me tumbe en el sofá y te cuente mi niñez? —le retó él, mirándola fijamente.


Paula contuvo el aliento, y esperó. Entonces, para alivio suyo, vió que él sonreía.


—De acuerdo, doctora Chaves. No pierdo nada por probarlo.


No se tumbó, sino que los dos se pusieron cómodos en el sofá. Sirvió un par de copas de whisky. Paula no solía beber pero, por ser amigable, aceptó el vaso. Pedro dió un sorbo a su bebida.


—Muy bien… ¿Por dónde crees que debería empezar?


—¿Alguien empezó a enseñarte a leer? 

Secreto: Capítulo 33

 —Una obra, ¡Qué listos son! —alabó él.


—Tienes que poner tu voz más grave —le advirtió Nicolás.


Pedro dió golpecitos a su papel, pensativo.


—¿Han cambiado mucho mi historia?


—¡Muchísimo! —exclamó Camila, señalando el guión—. Lo tienes todo ahí escrito. Hemos creado una historia completamente nueva, para que podamos tener al búho y al ratón, además de una rana, un wombat y un cerdo. Todo el mundo tiene un papel.


Pedro pareció a punto de enfermar. Contempló el guión en sus manos, luchando contra el pánico. Como siempre, entendía alguna palabra, pero el resto no sabía lo que decían. No podía respirar. El corazón iba a estallarle. «Tengo que tranquilizarme. No puedo perder el control».


—No se puede hacer una obra de marionetas sin marionetas, y no tienen una de un búho, ¿Verdad? —dijo, con tanto desenfado como pudo—. Tendré que fabricar una antes de la función.


—No hace falta, papá —dijo Nicolás—. Cecilia ya nos ha hecho uno con un cubreteteras.


Pedro conocía bien el cubreteteras que Janet solía usar, seguro que resultaba una perfecta marioneta de búho.


—Esto de la obra suena genial —intervino Paula—. Pero ahora, su padre y yo tenemos que recoger las cosas del coche, y luego asearnos para la cena.


Agradecido por su intervención, Pedro fue a por las mochilas. Sorprendido, vió que Paula lo acompañaba.


—Haz que te llamen por teléfono —le sugirió ella, mirándolo con determinación—. Si uno de tus amigos te llama justo después de cenar, con una importante llamada de negocios que tendrás que atender en tu estudio, te perderás las marionetas, pero los mellizos superarán su decepción.


Pedro se la quedó mirando, atónito. Paula sonrió y le tocó en la muñeca.


—Cecilia y yo participaremos en la obra. Se irán a dormir felices.


Cielos, Paula conocía su secreto. Pedro sintió un nudo de vergüenza en la garganta. Esa mañana, la había besado para evitar hablar de ello. Y, a punto de quedar en ridículo delante de sus hijos, ella estaba ofreciéndole una salida. Tuvo que controlarse para no abrazarla.


—Tienes razón. Una llamada es una buena idea. Gracias —dijo, bastante bruscamente.


Cerró la puerta de la camioneta y se echó la mochila al hombro. Conforme volvían juntos a la casa, no fue capaz de mirar a Paula. Le costaba admitir que la vergüenza que había encubierto con éxito durante más de veinte años, había quedado expuesta. Se sentía un fraude. Ella acababa de salvarle, pero ¿Qué pasaría la próxima ocasión? No podía seguir ocultando la verdad a sus hijos. El destino más temido, estaba allí, y no tenía más opción que prepararse para la humillación.  Alrededor de las ocho y media, Paula llamó a la puerta del estudio.


—Soy yo —anunció.


—Entra, está abierto.


Abrió y encontró a Pedro sentado frente a su escritorio, iluminado por una lámpara. Le vió ponerse en pie tenso. Parecía que en la última hora y media, después de la cena, hubiera envejecido repentinamente.


—¿Ya se han dormido los mellizos? —preguntó.


—En la cama están.


—¿Y felices?


—Como perdices —respondió Paula, y sonrió como si no hubiera ningún problema—. Les ha entristecido que no pudieras compartir la diversión, pero han comprendido lo de la llamada de teléfono.


—Gracias —dijo él, con extraña formalidad.


—Camila y Nicolás han considerado la función de hoy como un ensayo general —le advirtió ella.


Pedro intentó sonreír.


—Entonces, ¿Planean seguir haciendo la gran actuación?


—Eso me temo. Con todo el reparto, incluido el héroe, el Búho Hector.


—¿Cuándo? ¿Mañana por la noche? —preguntó él, sonriendo levemente.


—Así lo esperan.


Paula lo vió asentir sombrío, y estuvo a punto de echarse a llorar.


—No te preocupes, Pedro —se apresuró a decir—. Puedo ayudarte con esto. De hecho, se me da bastante bien este tipo de problema.


Él negó con la cabeza.


—Estoy seguro de que eres una profesora brillante, pero…


—Antes de que continúes, mira esto.


Sacó una hoja de papel de un bolsillo y se la tendió. Inspiró hondo. Estaba tan nerviosa como él. Pedro desdobló el papel y lo ojeó. Frunció la boca.


—¿Qué es esto? —inquirió, entre la furia y la desesperación.


—Es tu poema, Pedro. Lo he fotocopiado para tí.


—¿Mi poema? —cuestionó él, mirándola incrédulo, pero se fijó en el papel de nuevo. 

martes, 5 de abril de 2022

Secreto: Capítulo 32

Mientras subían con más facilidad que el descenso, Pedro fue consciente de que había estropeado un día perfecto. Había permitido que Paula creyera que la había besado para distraerla. Lo cual era cierto, hasta un punto. Ella había forzado la conversación en una dirección que él no quería tomar, le había presionado a desvelar su secreto, y había tenido que detenerla. Era un mal hábito que había comenzado en su matrimonio. Siempre que su esposa le presentaba uno de sus planes para abandonar Jabiru Creek, le resultaba más fácil seducirla que confesarle la verdad: que no tenía aptitudes para ningún empleo, aparte de dirigir aquel rancho. De todas formas, aunque su impulso inicial de besar a Paula había sido por autoprotección, todo había cambiado en cuanto sus labios se habían tocado. Entonces, una especie de hechizo se había apoderado de él. Hacía mucho tiempo que no besaba a una mujer, eso explicaría por qué se había excitado tanto. Pero la abstinencia no explicaba por qué había sentido una conexión emocional con ella, ni por qué sentía que besarla era lo correcto, tanto como simplemente estar a su lado. A pesar de sus preguntas, ella era una compañía tremendamente agradable, y se sentía como en casa en el outback. Deseaba una conexión más profunda con ella, y su cuerpo latía de deseo de entregarse a su dulce abrazo. Afortunadamente, oírla gemir le había devuelto a la realidad. Sin esa advertencia, tal vez no habría encontrado la fuerza de voluntad para detenerse. Pero, al ponerse a la defensiva, había herido a Paula y estropeado algo especial. Debería haberlo sabido. ¿Acaso su matrimonio no le había enseñado que él no tenía nada que hacer con una mujer inteligente y culta? ¿Aún no había aprendido que estaba mejor solo? O lo estaría hasta que la educación de sus hijos lo superara.



El viaje de regreso se produjo en un incómodo silencio, con lo cual Paula tuvo mucho tiempo para rumiar lo sucedido. Durante un momento, mientras Pedro y ella contemplaban el cañón, había experimentado una auténtica conexión con él. Y a la vez, se había dado cuenta de que, aunque no quería que ocurriera, se había enamorado de él. Lo cual significaba que él podía hacerle tanto daño como Daniel. No debería haber permitido que la besara. ¿Por qué no había sido más juiciosa? Lo último que necesitaba era otra relación, especialmente con el ex marido de Lara. Quería libertad, no complicaciones. ¿Para qué iba a poner en peligro su corazón, cuando tenía un fabuloso empleo esperándole en casa?  «No le des mucha importancia», había dicho él. ¿Cómo podía haberla besado sólo para hacerla callar? ¿Qué problema había en preguntarle por su colegio? O por su falta de libros… De pronto, le recorrió un escalofrío conforme muchas de las rarezas de Gray empezaban a cuadrarle: Su desconocimiento de Winnie the Pooh; su reacción en Nueva York, cuando ella le había animado a leerles un cuento a sus hijos; su falta de atención a los menús, y al folleto de Central Park… Lo observó de reojo, desde el bulto en su entrepierna hasta su marcado perfil. Pedro Alfonso, experto ganadero, atractivo y capaz… ¿Era analfabeto? Resultaba difícil de admitir. Pero si había crecido allí, a cientos de kilómetros de un colegio y seguramente sin un tutor, no era difícil imaginar que tal vez no supiera leer ni escribir. Seguramente conocía unas cuantas palabras que le permitían manejarse en la vida, y ya. Paula recordó la falta de afecto de su madre. ¿Qué rol había tenido en la infancia de su hijo? ¿La tensión entre ellos habría empezado mucho tiempo atrás? Los problemas de analfabetismo solían estar causados por asuntos emocionales de la niñez. Pero los analfabetos podían ser muy astutos y competentes, y Pedro era un claro ejemplo de inteligencia y talento. Creaba poesía de memoria. ¿Cuánta gente era capaz de eso? Y, con Ted llevando la contabilidad, dirigía su negocio con gran éxito. Sintió compasión de que un hombre tan orgulloso y capaz como él tuviera un problema que se veía obligado a esconder. A pesar de eso, se había manejado fabulosamente en la vida. Aunque tal vez ella exageraba y estaba completamente equivocada. Las últimas luces del día teñían los prados de rosa y malva, cuando Paula y Pedro alcanzaron la casa. Grillos y saltamontes cantaban sus melodías en los árboles junto al arroyo. Camila y Nicolás, recién bañados y en pijama, corrieron a saludarlos, seguidos por Cecilia.


—No han dado ningún problema —aseguró la mujer a Pedro—. Han estado metidos en el estudio casi todo el día.


—Creí que jugarían con las marionetas —comentó él.


—Las han usado, pero principalmente han estado haciendo los deberes.


—Yo no les había encargado nada —intervino Paula, frunciendo el ceño.


—Han estado escribiendo algo para las marionetas —explicó Cecilia y rió—. Definitivamente, voy a apodarlos Shake y Speare.


—Vamos a hacer una función después de cenar —explicó Camila entusiasmada— . Y todo el mundo tiene un papel. 


De los bolsillos de su camisón, sacó unas hojas dobladas e, ilusionada, separó tres páginas para Paula, tres para Cecilia y otras tres para Pedro. Eran fotocopias de su bella caligrafía.


—Papá, tú eres el Búho Héctor, yo soy el Ratón Tomás, y Nicolás…


Paula no escuchó el resto. Estaba demasiado ocupada viendo la mirada horrorizada de Pedro. Miró sus papeles. Camila había escrito un rudimentario guión. Era el tipo de ejercicio que los gemelos habían sido animados a hacer en su pionero colegio de Manhattan. Debería estar dando saltos de alegría por ellos. De hecho, sí que estaba emocionada, pero también muy preocupada por Pedro. ¿Serían correctas sus sospechas? ¿Sería aquello crucial para él? A juzgar por su repentina palidez y el gesto de su boca conforme miraba el papel, la respuesta era… Sí. Se le rompió el corazón al verle forzar una sonrisa.


Secreto: Capítulo 31

 —¿Sí? —dijo él, cómodamente apoyado en la roca, con su té en la mano.


—¿Existía el Colegio del Aire cuando eras pequeño?


—¿Tenemos que hablar del colegio precisamente ahora?


—No es imprescindible, pero acabo de contarte acerca de mi profesora preferida. Y estaba pensando en tu precioso poema, preguntándome dónde habrías aprendido poesía.


—No fue en el Colegio del Aire, eso te lo aseguro.


—¿Estuviste en un internado?


Pedro suspiró pesadamente.


—¿No podemos dejar el tema, Paula?


—Soy profesora, no puedo evitar querer saber estas cosas. ¿O es otro tema tabú?


Pedro frunció el ceño.


—¿A qué te refieres?


—Tengo la impresión de que, cada vez que hablamos, cometo algún error. Siempre hay algo de lo que no quieres hablar. De Lara, puedo entenderlo. Pero ¿Qué tiene de malo hablar del colegio?


—El colegio al que uno va no importa aquí, en plena naturaleza. No somos unos esnobs que necesitemos impresionar a otros.


—No te estoy pidiendo que te pavonees. Sólo tengo curiosidad, cualquier cosa acerca de tu colegio me serviría. Tu mejor profesor, o el peor. Tu materia preferida, el deporte que más te gustaba…


Vió movimiento a su lado y, al instante, Pedro estaba sobre ella. Se dió cuenta de que tenía intención de besarla, y se encendió por dentro. Debería decir algo para impedírselo, pero su cerebro no cooperaba.  Él la besó suavemente en la boca, y ella se derritió y respondió como si aquello fuera un sueño. La boca de él era como un sol abrasador, avanzando sobre sus labios centímetro a centímetro, con cautela al principio. Paula no se movió, por si en cualquier momento se despertaba y tenía que comportarse responsablemente. Porque no quería ser responsable. Al principio, le pudo la curiosidad, y luego se quedó hechizada con el encanto absolutamente masculino de él. Derretida, entreabrió los labios. Pedro aceptó su invitación sin dudarlo. La sujetó por la nuca, y su beso, con leve sabor a naranja y a té, se volvió experto y tremendamente seductor. Paula podía oler el sol en su piel, sentir el calor en sus párpados cerrados, entregada por completo a aquella boca sabia. No podría resistirse aunque quisiera.  Una dulce urgencia nació en su interior, empujándola a acercarse a él, a abrazarlo por el cuello y devolverle el beso, a comunicar con su cuerpo la abrumadora impaciencia que estaba apoderándose de ella. «Como se detenga, me muero». Un gemido rasgó el silencio. Era suyo, pero no era momento de preocuparse por el decoro. Para su consternación, Pedro se apartó. «¡No!», pensó ella, con los ojos aún cerrados. En el silencio que los rodeaba, podía oír su corazón desbocado y los jadeos de Pedro. Él la besó tiernamente en la nariz y se separó aún más.


—Lo siento —se disculpó, mirándola arrepentido.


¿Cómo podía él haberle brindado el beso más apasionado de su vida, posiblemente el beso más fabuloso desde el principio de los tiempos, y pedir perdón como si fuera un error?


—¿Por qué te disculpas? —preguntó, destrozada.


—No debería haberte besado —respondió él, y tragó saliva—. Por favor, no le des mucha importancia.


—¿Por qué lo has hecho?


Él sonrió compungido.


—Me pareció una buena idea.


—¿Me has besado para hacerme callar?


Lo vió asentir, y se apoyó contra la piedra sin dar crédito. Qué ingenua. Se había dejado llevar completamente, mientras que para él había sido una manera de evitar preguntas incómodas.


—Soy una idiota —afirmó.


—No, Paula.


—¿Qué soy entonces?


Él sacudió la cabeza mientras sonreía.


—¿Otra pregunta? Debería haber sabido lo peligroso que es besar a una profesora.


—Sí, deberías aprender algunas cosas —le espetó ella con brusquedad.


Las bromas no eran su fuerte, y menos aún cuando estaba tan enfadada. Maldito Pedro. Aún podía sentir sus cálidos labios besándola. Aún podía olerlo y saborearlo, y sentir las olas de placer en su interior. Y para él sólo había sido un juego… Evitando mirarlo, se puso en pie y empezó a recoger el picnic. 

Secreto: Capítulo 30

 —Me gustaría anotar tu poema.


—¿Por qué? —gruñó él suspicaz, pensando aún en Lara.


—Porque es maravilloso, me gusta mucho. Quiero poder leerlo de nuevo cuando me encuentre en Estados Unidos.


Se colocó el cuaderno en el regazo y preparó un bolígrafo. Pedro se obligó a relajarse. La petición de Paula no era ninguna amenaza. De hecho, le gustaba imaginársela sacando su cuaderno, de regreso en la bulliciosa Manhattan, y leyendo su poema… Tal vez recordaría aquel momento, aquella paz. Con timidez, pero ya no incómodo, comenzó de nuevo: «He atravesado tierras duras y rojas…». La mano de Paula volaba sobre el papel, dejando una caligrafía impoluta. Asintió entusiasmada cuando Pedro terminó la primera estrofa y añadió una segunda.


—Es fabuloso. Gracias —alabó al finalizar, guardando el cuaderno con las mejillas encendidas y la mirada brillante.


—De nada.


—Tener una copia de tu poema convierte esta excursión en algo aún mejor.


Pedro estaba más contento de lo que debería, pero no iba a mostrarlo.


—¿Te gustaría llegar hasta la base del cañón? —ofreció, con cara de póquer.


—Ya lo creo —contestó ella, levantándose y agarrando su mano con confianza casi infantil—. Te sigo.


De la mano de Pedro de nuevo, mientras descendían los escarpados escalones, Paula se dió cuenta de que se había metido en un lío. Acababa de descubrir dos cosas muy importantes acerca de él: Que amaba profundamente su tierra, y que había existido una razón para la ruptura de su matrimonio. También había descubierto algo acerca de sí misma. Sentada en la hermosa cueva, escuchándole recitar tímidamente su poema, le había sucedido algo crucial, inesperado y que le rompería el corazón. El sol del mediodía se colaba hasta el fondo del cañón, calentando las rocas donde iban a disfrutar de su picnic: Sándwiches de huevo y lechuga en pan casero, bizcocho de frutas, y naranjas. Paula hundió la mano en el agua cristalina mientras Pedro encendía una hoguera para el té. 


—¿Está fría el agua? —preguntó.


—Fría sí, aunque no gélida.


—Podríamos darnos un baño si no temieras a los cocodrilos.


—Por supuesto que los temo, ¿Quién no lo haría?


Al verle sonreír, supo que bromeaba. Le observó mientras trabajaba: la piel bronceada de su cuello, la camisa abrazando sus anchos hombros, sus largos dedos partiendo ramitas hábilmente y lanzándolas al fuego. Se imaginó poniéndose el bañador y remojándose con él, y se estremeció de placer.


—El agua aún tardará unos minutos en hervir —anunció él, sacándola de sus pensamientos—. Será mejor que empecemos a comer.


Paula estaba más hambrienta de lo que creía, y los sándwiches le supieron a gloria. El cañón se hallaba completamente en silencio. Con el calor, los pájaros habían desaparecido. Pedro había apoyado la espalda sobre una pared de roca, y tenía las piernas estiradas y el rostro protegido del sol por su sombrero de ala ancha. Parecía muy relajado. Imaginaba que comerían en silencio, segura de que él lo prefería, así que le sorprendió cuando empezó a hablar.


—¿Qué te hizo decidirte a ser profesora?


—La que tuve en cuarto de primaria, la señorita Potter. Era amorosa, brillante y amable. Consiguió que toda la clase nos aficionáramos a la lectura.


Pedro asintió lentamente, observándola por debajo del ala de su sombrero.


—Empecé a dar clases en Vermont —explicó Paula—. Eso estuvo bien durante unos años, pero me atraía mucho la biblioteca, así que decidí formarme para dirigir una biblioteca escolar. Por eso fui a Nueva York.


—Dejando atrás a tu novio.


—Sí —reconoció Paula.


Esperaba el acostumbrado dolor que le invadía cuando pensaba en Daniel. Y lo sintió, pero no inmediatamente, y mucho más suave que otras veces. Advirtió que Pedro la estaba observando, y que apartó la mirada rápidamente, fijándola en el fuego. Apartó el cazo, añadió la infusión, y la dejó reposar.


—¿Lista para el té? —preguntó, tras unos minutos.


—Gracias —dijo Paula, agarrando la taza con té caliente, negro y dulce.


Dió un sorbo, que le ayudó a calmar la tensión de su interior, una tensión que no tenía nada que ver con Daniel y sí con su actual compañía.


—Pedro… 

Secreto: Capítulo 29

 —Esta tierra debe de ser fuente de inspiración para músicos y artistas —estaba diciendo ella—. Y escritores. No conozco nada de literatura sobre tu outback, pero debe de haber novelas y poesía. ¿Tienes algún…?


Se detuvo a mitad de frase y se ruborizó, como dándose cuenta de que había cometido un terrible error.


—Lo siento, ya sé que no lees mucho.


Pedro se tensó y le invadió el miedo al ridículo del que nunca había conseguido librarse. Lo único que deseaba en aquel momento era cambiar de conversación.


—Puedo recitarte algo de poesía local —se apresuró a decir.


La vergüenza de recitar no era nada comparado con que se descubriera su gran defecto.


Al ver el rostro atónito de ella, se sintió aún más estúpido.


—Me encantaría oírlo.


—Son poemas muy sencillos, nada que ver con Shakespeare —advirtió, deseando poder zafarse de aquello.


—Las cosas sencillas suelen ser las más auténticas.


Maldición, estaba arrinconado. Parecería aún más tonto si se negaba. Carraspeó y, con la mirada clavada en el cañón, recitó: «He atravesado tierras duras y rojas de fantasmales cauchos que brillan blancos, y dunas de arena que invaden el cauce del río, y todo el día rezaba por que llegara la noche. He oído a la tierra cantarme cuando aquietaba mi mente, un canto del Tiempo del Sueño proveniente de las rocas y los árboles…».


Pedro hizo una pausa y se dió cuenta de que Paula lo miraba interrogante.


—Lo siento —se disculpó, con las mejillas encendidas. ¿Por qué había recurrido a un poema para salir del apuro?


—No te disculpes. Me ha encantado, Pedro.


Él se encogió de hombros con exageración y desvió la mirada al cañón, donde un grupo de ualabíes se alimentaban de la vegetación húmeda al pie de una poza.


—¿Cuándo aprendiste ese poema? —preguntó ella, con la curiosidad propia de una profesora.


—No lo recuerdo.


—¿Quién lo escribió?


Pedro se ruborizó aún más y contestó bruscamente, sin mirarla:


—Es una tontería… El poema es mío.


Ella ahogó un grito.


—¿Es tuyo? ¿Cuándo lo escribiste?


Él encogió de nuevo sus anchos hombros.


—Hace años, ya no lo recuerdo. Fue estando aquí, junto a una hoguera, yo solo.


Presa de una terrible vergüenza, se puso en pie y recogió su mochila, deseoso de acabar con aquella conversación.


—Pedro, por favor, no te molestes, pero es maravilloso que hayas creado un poema tan bonito. Estoy impresionada.


—Gracias.


—¿A Lara le gustaba?


Él suspiró, y luego contempló el cielo azul y las paredes de arena roja.


—Compartí mis poemas con ella una vez, pero sólo vio una excusa más para rogarme que renunciara a mi ganado y nos instaláramos en la ciudad. Quería que fuéramos una pareja de artistas: Ella, coreógrafa en Sídney, y yo, recitando mis poemas.


—Eso no suena muy práctico…


—Estaba convencida de que sería un éxito. Siempre me estaba buscando una ocupación distinta de cuidar ganado.


Paula no dijo nada, pero tenía el ceño fruncido. Entonces, presa de una gran idea, abrió su mochila y sacó un cuaderno.