jueves, 24 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 20

Esa tendencia a pensar en Paula era lo último que deseaba. No tenía ningunas ganas de pasar por otro desastre romántico. Las carcajadas de los niños fueron seguidas por la voz de ella, que estaba narrando un cuento. Pedro tomó aire y se acercó al dormitorio. Para su sorpresa, la habitación estaba a oscuras. Logró ver que la cama de Paula se había convertido en una tienda, hecha con sábanas enganchadas a los postes y unidas a la mitad por grandes imperdibles. Se veían las siluetas de los niños y su niñera iluminadas por una linterna en el interior. Parecía tremendamente divertido. Pedro se quedó en la puerta, observándolos, recordando su propia niñez solitaria en aquella casa, con las peleas constantes entre sus padres. Nunca había vivido algo tan divertido ni de tanto compañerismo. De más mayor, sí disfrutaría de historias alrededor de una hoguera, y descubriría la camaradería de los vaqueros, pero su niñez había estado plagada de tensión e infelicidad. En contraste, Paula estaba desviviéndose para que los niños estuvieran entretenidos, felices y a salvo. Su generosidad era apabullante. Sintiendo que estaba a punto de llorar, inspiró hondo y llamó a la puerta.


—¿Quién es? —preguntó Nicolás, haciéndose el importante.


—El Búho Hector —respondió Pedro con su voz más grave.


—¡Papá! —gritaron los mellizos, y sacaron las caritas por una de las improvisadas paredes—. Estamos viendo una función de marionetas.


Con una amplia sonrisa, Nicolás levantó la sábana, y mostró a Paula iluminada por la linterna, sentada a lo indio a los pies de la cama. En una mano llevaba un guante que intentaba parecerse a un pato. Pedro vió que ella se ruborizaba.


—Estábamos haciendo tiempo hasta que llegaras a casa.


—No quiero poner fin a su diversión, sigan. Sólo díganme, ¿Qué tal les fue en el colegio?


—¡Fabuloso! —exclamaron los mellizos al unísono.


Camila estaba exultante.


—Es un colegio de cohetes, papá. Nico, Pau y yo estamos en uno y hablamos por radio con todos los otros niños en los otros cohetes.


—Parece emocionante —comentó Pedro, atónito.


—Lo es. Y ya hemos aprendido sobre matemáticas y wombats.


Pedro sonrió a Paula.


—Ya me contarás los detalles después.


Últimamente sonreía muy a menudo, se dijo. De hecho, estaba deseando hablar con ella. 



—¿No vas a jugar ahora con nosotros? —le pidió Nicolás.


Pedro dudó. Seguramente estaban representando otro cuento que él no conocía. Tenía ya una excusa preparada.


—Toma, papá, una marioneta —le dijo Camila con autoridad, tendiéndole una tela rosa—. Serás el cerdo.


Pedro se sentía incapaz, pero, a pesar de su recelo, necesitaba aprender a hacer aquello. Por el bien de sus hijos, tenía que aprovechar al máximo mientras Paula estaba allí para enseñarle cómo funcionaba todo.


—Por supuesto —dijo, acercándose a la cama con valentía y agarrando el cerdo—. ¿Qué tengo que hacer?


—¿Y bien? —preguntó Pedro, después de oír el informe completo de Paula sobre el primer día de colegio de los mellizos—. ¿Nuestro outback es tan malo como esperabas?


Sonreía, pero a ella le pareció que estaba tenso, como si realmente le importara su respuesta.


—No esperaba que fuera malo —aclaró.


—¿Ni siquiera después de las advertencias de Lara?


Paula negó con la cabeza.


—Yo no soy como ella —le espetó—, Lara era una chica de ciudad, lo sabes de sobra.


Estaban sentados en un extremo de la mesa de la cocina, dando cuenta de su cena recalentada. El cuento con las marionetas había sido un éxito. Luego, Cecilia se había retirado a su casa y los niños estaban dormidos, así que Paula y Pedro se encontraban solos en la enorme y silenciosa casa. Él se había duchado y puesto una camisa blanca que hacía destacar su garganta morena. Tenía el cabello húmedo y se había afeitado. Paula se fijó en una cicatriz en la mandíbula que no había visto antes. Se repitió a sí misma que aquélla era una cena habitual y que no tenía sentido ponerse nerviosa cada vez que sus miradas se encontraban.


Secreto: Capítulo 19

Luchando contra su cansancio, abrió un ojo y vió la luz de la luna entrando por una ventana desconocida. Por un instante, le invadió el pánico. ¿Dónde se encontraba? Lo recordó al instante y se incorporó de un salto, con el corazón desbocado. Tiritando de frío, pues allí era invierno, encendió la lámpara de su mesilla y se estremeció cuando sus pies tocaron el gélido suelo. No había tiempo para buscar una bata. Los gritos de Anna habían aumentado considerablemente. Paula se lanzó al pasillo, camino del dormitorio de los niños. Pedro ya estaba allí. Entre las sombras, lo vió sentado al borde de la cama de su hija, intentando tranquilizarla.


—Tranquila, pequeña —murmuró, abrazándola—. No pasa nada.


Pero ella siguió gritando.


Paula se acercó y, aunque no podía ver el rostro de Pedro, supo lo impotente que se sentía. Suavemente, acarició el cabello y la suave mejilla de la niña.


—Cami —comenzó, con su voz más tranquilizadora—. No pasa nada, cariño. Has tenido otra pesadilla, pero ya ha terminado. Estás bien. Estoy aquí contigo, y papá también.


Para alivio suyo, los gritos fueron sustituidos por fuertes sollozos. Paula notó que Pedro suspiraba pesadamente.


—Será mejor que me la lleve a mi cama —ofreció ella, sabedora de que el extraño entorno haría más difícil que la niña volviera a dormirse.


—De acuerdo. Gracias. La llevaré en brazos hasta allá —aceptó Pedro, sin dudarlo.


Paula asintió y se acercó a la cama de Nicolás.


—¿Estás bien, campeón?


—Sí —murmuró el niño, medio dormido.


—Voy a llevarme a Anna a mi habitación, ¿De acuerdo?


Paula lo abrazó, lo arropó y se marchó con Pedro por el gélido pasillo hasta su dormitorio. Tiritaba conforme se metió en la cama de nuevo. Tenía tanto frío que ni se preocupó de la intimidad de tener a Pedro Alfonso en pijama en su habitación. Al menos, Camila estaba más tranquila. Conforme Pedro la dejaba en su cama, sus brazos se rozaron, y Paula sintió una descarga eléctrica que la dejó casi temblando. Miró a Pedro, que estaba muy preocupado.


—Camila está bien ya —afirmó.


—¿Estás segura? —inquirió él, incapaz de ocultar su ansiedad.


—Sí, Pedro, ya ha pasado todo. Estoy segura. 


El colchón se hundió cuando él se sentó en el borde. Paula vió que le temblaba la mano al acariciar el cabello de su hija.


—Lo siento mucho, pequeña —dijo tenso, como si él fuera responsable de su angustia.


Paula quiso asegurarle que estaba haciéndolo muy bien con sus hijos, pero no era el momento.


—Vas a dormirte, ¿Verdad, Cami? —preguntó a la pequeña, que se acurrucó contra ella y, sin abrir los ojos, asintió.


A pesar de todo, Pedro continuaba sentado, observándola. Paula se obligó a mantener la calma. Él estaba tan cerca que casi podía sentir el calor de su cuerpo. Era tan guapo, tan masculino… Lo vió inclinarse para besar a su hija y aspiró el aroma de su perfume.


—Buenas noches, tesoro —dijo él, y le brillaban los ojos cuando sonrió tristemente a Paula—. Gracias, Paula, eres maravillosa.


Y, antes de que ella se diera cuenta de lo que sucedía, sintió que la besaba en la mejilla. Se encendió toda entera al instante. No había sido más que un roce amistoso, pero muy cerca de su boca. Pedro se puso en pie y se estiró.


—¿Hay algo que pueda hacer por tí? ¿Algo que desees?


Paula se habría echado a reír de no estar tan excitada. Menos mal que Camila estaba allí, evitando que dijera alguna insensatez.


—Estoy bien, gracias —logró articular—. Cami y yo vamos a estar bien.


Pedro las miró muy serio.


—Entonces, buenas noches —dijo, y sonrió de medio lado, de lo más sexy—. Que duerman bien.


Incapaz de hablar, Paula asintió y le observó marcharse, con su cabello brillante, sus hombros anchos, su trasero perfecto y sus largas piernas.


—¿Nico? —susurró Pedro en la semioscuridad—. He venido para asegurarme de que estás bien.


La luz que llegaba del pasillo le permitió ver a su hijo acurrucado de lado, con las sábanas hasta la barbilla y el cabello oscuro enmarcando sus suaves mejillas. Sólo tenía seis años, pero a veces Pedro creía ver destellos del hombre que llegaría a ser. Cuidadosamente, se sentó en el borde de la cama, y notó que el pequeño le hacía sitio.


—Asusta bastante cuando Camila grita así, ¿Verdad? 

Secreto: Capítulo 18

Luchando contra su cansancio, abrió un ojo y vió la luz de la luna entrando por una ventana desconocida. Por un instante, le invadió el pánico. ¿Dónde se encontraba? Lo recordó al instante y se incorporó de un salto, con el corazón desbocado. Tiritando de frío, pues allí era invierno, encendió la lámpara de su mesilla y se estremeció cuando sus pies tocaron el gélido suelo. No había tiempo para buscar una bata. Los gritos de Anna habían aumentado considerablemente. Paula se lanzó al pasillo, camino del dormitorio de los niños. Pedro ya estaba allí. Entre las sombras, lo vió sentado al borde de la cama de su hija, intentando tranquilizarla.


—Tranquila, pequeña —murmuró, abrazándola—. No pasa nada.


Pero ella siguió gritando.


Paula se acercó y, aunque no podía ver el rostro de Pedro, supo lo impotente que se sentía. Suavemente, acarició el cabello y la suave mejilla de la niña.


—Cami —comenzó, con su voz más tranquilizadora—. No pasa nada, cariño. Has tenido otra pesadilla, pero ya ha terminado. Estás bien. Estoy aquí contigo, y papá también.


Para alivio suyo, los gritos fueron sustituidos por fuertes sollozos. Paula notó que Pedro suspiraba pesadamente.


—Será mejor que me la lleve a mi cama —ofreció ella, sabedora de que el extraño entorno haría más difícil que la niña volviera a dormirse.


—De acuerdo. Gracias. La llevaré en brazos hasta allá —aceptó Pedro, sin dudarlo.


Paula asintió y se acercó a la cama de Nicolás.


—¿Estás bien, campeón?


—Sí —murmuró el niño, medio dormido.


—Voy a llevarme a Anna a mi habitación, ¿De acuerdo?


Paula lo abrazó, lo arropó y se marchó con Pedro por el gélido pasillo hasta su dormitorio. Tiritaba conforme se metió en la cama de nuevo. Tenía tanto frío que ni se preocupó de la intimidad de tener a Pedro Alfonso en pijama en su habitación. Al menos, Camila estaba más tranquila. Conforme Pedro la dejaba en su cama, sus brazos se rozaron, y Paula sintió una descarga eléctrica que la dejó casi temblando. Miró a Pedro, que estaba muy preocupado.


—Camila está bien ya —afirmó.


—¿Estás segura? —inquirió él, incapaz de ocultar su ansiedad.


—Sí, Pedro, ya ha pasado todo. Estoy segura. 


El colchón se hundió cuando él se sentó en el borde. Paula vió que le temblaba la mano al acariciar el cabello de su hija.


—Lo siento mucho, pequeña —dijo tenso, como si él fuera responsable de su angustia.


Paula quiso asegurarle que estaba haciéndolo muy bien con sus hijos, pero no era el momento.


—Vas a dormirte, ¿Verdad, Cami? —preguntó a la pequeña, que se acurrucó contra ella y, sin abrir los ojos, asintió.


A pesar de todo, Pedro continuaba sentado, observándola. Paula se obligó a mantener la calma. Él estaba tan cerca que casi podía sentir el calor de su cuerpo. Era tan guapo, tan masculino… Lo vió inclinarse para besar a su hija y aspiró el aroma de su perfume.


—Buenas noches, tesoro —dijo él, y le brillaban los ojos cuando sonrió tristemente a Paula—. Gracias, Paula, eres maravillosa.


Y, antes de que ella se diera cuenta de lo que sucedía, sintió que la besaba en la mejilla. Se encendió toda entera al instante. No había sido más que un roce amistoso, pero muy cerca de su boca. Pedro se puso en pie y se estiró.


—¿Hay algo que pueda hacer por tí? ¿Algo que desees?


Paula se habría echado a reír de no estar tan excitada. Menos mal que Camila estaba allí, evitando que dijera alguna insensatez.


—Estoy bien, gracias —logró articular—. Cami y yo vamos a estar bien.


Pedro las miró muy serio.


—Entonces, buenas noches —dijo, y sonrió de medio lado, de lo más sexy—. Que duerman bien.


Incapaz de hablar, Paula asintió y le observó marcharse, con su cabello brillante, sus hombros anchos, su trasero perfecto y sus largas piernas.


—¿Nico? —susurró Pedro en la semioscuridad—. He venido para asegurarme de que estás bien.


La luz que llegaba del pasillo le permitió ver a su hijo acurrucado de lado, con las sábanas hasta la barbilla y el cabello oscuro enmarcando sus suaves mejillas. Sólo tenía seis años, pero a veces Pedro creía ver destellos del hombre que llegaría a ser. Cuidadosamente, se sentó en el borde de la cama, y notó que el pequeño le hacía sitio.


—Asusta bastante cuando Camila grita así, ¿Verdad? 

Secreto: Capítulo 17

Aquella noche, el cielo ofreció un espectáculo como sólo puede verse en el outback, con un millón de estrellas de un extremo al otro del horizonte. Pedro admiró el paisaje desde la entrada de la casa, empapándose de su silencio y grandeza. Tras el ritmo frenético de Nueva York, los aeropuertos y Sídney, agradecía que la tranquilidad de su hogar penetrara de nuevo en sus venas. Desde la muerte de Lara había vivido en una constante montaña rusa de preocupación y desesperación, pero por fin se sentía tranquilo. Dentro de casa, Cecilia se afanaba en recoger la cocina. Paula se encontraba en el dormitorio de los mellizos, calmándolos para que se durmieran después de la emoción de la llegada y de descubrir a los cachorros en la cocina, junto a la estufa. Le debía mucho a Paula. Había sido fabulosa mientras viajaban, manteniendo a Camila y Nicolás entretenidos, y recordándoles lo que podían esperar en cada tramo del viaje. No sólo era capaz, además tenía un gran cariño a los niños. Iba a resultarle muy duro separarse de ellos. De hecho, ella le había sorprendido enormemente: Resultaba ser la chica de campo que decía ser. Recordó la sonrisa que le había dirigido tras descubrirle que había crecido en una granja. Sus ojos oscuros habían brillado, sus labios se habían curvado y…


—Pedro.


Se giró bruscamente. Ella estaba en la puerta y sonreía tímidamente.


—Dos personitas están esperando su beso de buenas noches.


—Voy —murmuró él, desprevenido—. Gracias.


Se acercó a donde ella estaba, alumbrada por la luz del pasillo. Tenía los ojos brillantes, los labios rosados e incitantes… Sería tan fácil y tentador preguntarle si ella también quería un beso de buenas noches… Estaba a la distancia justa, y olía a flores, y… Y lo último que él deseaba era flirtear con la prima pequeña de Lara, que además había ido hasta allí como un favor especial a sus hijos. «Hoy se me va la cabeza». Aliviado de haber recuperado el juicio a tiempo, pasó por delante de ella y se dirigió a la habitación donde Camila y Nicolás lo esperaban.


Paula estaba tumbada bajo su cálido edredón. Escuchaba los sonidos nocturnos del outback: Silencio, principalmente, y de cuando en cuando, el ulular de algún búho o el mugido del ganado en la distancia. Era increíble lo lejos que se encontraba de Vermont y, sin embargo, los sonidos eran los mismos con los que había crecido.  Estaba agotada después del largo viaje, ni siquiera había leído antes de acostarse. Pero quería tomarse un momento, antes de dormir, para revivir su primera noche en Jabiru. Para su sorpresa, le habían gustado muchas cosas: aquel agradable dormitorio, por ejemplo, con la fabulosa cama antigua con cabecero de metal, o la amplia cocina llena de aparadores de madera y deliciosos aromas. También le encantaba el acogedor porche con sus tumbonas de mimbre. Por no hablar de los preciosos cachorros que habían encandilado a los niños. Le gustaba incluso el olor a césped, animales y polvo que llegaba del exterior. Se sentía increíblemente en casa, le costaba recordar que se encontraba en mitad de ninguna parte. Había esperado sentirse sola y aislada, pero con sólo mirar por la ventana, veía las luces de las viviendas de los vaqueros y peones, brillando amigablemente en la noche. Pensó en Lara. ¿Cómo se habría sentido la primera noche allí? Nacida y criada en Nueva York, debía de haberle resultado todo bastante extraño. Los niños, sin embargo, parecían haberse adaptado bien, aunque Pedro no estaba tan relajado como ella esperaba. De hecho, algo en él la desconcertaba. La mayoría del tiempo, él rezumaba seguridad y confianza, algo que daba mucha tranquilidad. Pero, a veces, ella captaba un destello de su vulnerabilidad en su apariencia fuerte. Lo había advertido cuando menos lo esperaba, como esa misma noche cuando le había avisado para que fuera a dar las buenas noches a sus hijos. ¿Acaso le preocupaba su responsabilidad más de lo que ella había creído? ¿Le asustaba que sus hijos se aburrieran de aquel lugar y quisieran regresar a Nueva York? A ella no le parecía que eso fuera a suceder, y haría todo lo posible para que Camila y Nicolás se adaptaran lo más fácilmente posible. Aunque, tras la reacción de Lara ante Jabiru, comprendía la preocupación de Pedro. Una cosa sí que le había sorprendido acerca de él: Sus libros. O más bien, la falta de ellos. ¿Dónde los guardaba? Como amante de la lectura que era, ella siempre curioseaba las estanterías de los demás. Le fascinaba lo que los libros revelaban de sus propietarios: sus aficiones, intereses y gustos. En aquella casa, había visto algunos libros de recetas y revistas femeninas en la cocina, que obviamente pertenecían a Cecilia. Tal vez él era muy ordenado y le gustaba tener todo su material de lectura en un lugar, seguramente su estudio. Contenta con esa idea, se durmió rápidamente. Paula estaba en pleno sueño cuando comenzaron los gritos. Una parte de su cerebro le urgía a responder, pero estaba agotada. Entonces recordó que era Camila quien gritaba. 

martes, 22 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 16

 Él la miró, descolocado.


—De veras, ¿Quiénes es?


Paula lo miró boquiabierta. ¿Cómo podía preguntarlo?


—Winnie The Pooh es el protagonista de un cuento infantil. Seguro que lo leíste cuando eras pequeño. Es un oso al que le encanta la miel.


Él puso cara de póquer y se encogió de hombros.


—Lo que sea. Aún nos quedan unos tres cuartos de hora de viaje, así que, si crees que alegrará a estos pequeños, ponlo.


Desconcertada, Paula metió en CD en el reproductor, y pronto la hermosa voz del narrador inundó la cabina. Los mellizos dejaron de pelearse y prestaron atención. Pedro también escuchó, y rió las bromas de los famosos personajes como si fueran la primera vez que las oía. El CD aún no había terminado, cuando se detuvieron frente a unas enormes puertas de metal, debajo de un cartel donde aparecía el nombre Jabiru Creek pintado en blanco.


—¡Hemos llegado! —exclamó Camila entusiasmada—. Éste es tu rancho, ¿Verdad, papá?


—Así es, pequeña, pero aún nos quedan unos quince minutos hasta la casa.


Los niños se sentaron de nuevo con resignación.


—Abriré las puertas —anunció Paula—. Soy una chica de granja.


—¿Cuándo has estado tú en una granja? —preguntó él, atónito.


—Crecí en una en Vermont —gritó ella, bajándose del coche.


A través del polvoriento parabrisas, le vió sonreír con una nueva luz en su mirada, de auténtico interés. Paula se ruborizó y se concentró en abrir las puertas. Dentro ya de la propiedad, continuaron su camino y ella reanudó el CD, evitando así preguntas sobre su niñez en la granja. ¿Por qué importaba dónde se hubiera criado? Había más arbustos, y los árboles de caucho proyectaban sus sombras sobre el camino de tierra. Varias veces, Pedro tuvo que frenar en seco cuando algún canguro aparecía por el borde de la carretera de improviso. Los niños y Paula celebraban cada encuentro, pero la aparición súbita de los animales era un peligro. Ella apagó el CD para que él pudiera concentrarse.


—No ha sido un mal cuento —señaló él y habló hacia el asiento trasero—. ¿Qué opinan, niños? ¿Ese pobre oso es tan interesante como el Búho Hector y el Ratón Tomás?


—Qué va, el Búho Hector es mucho mejor, mata a la malvada Rata del Arbusto —contestó Nicolás, aunque había escuchado atentamente el CD.


Paula sonrió. ¿Cómo iba a competir el pobre Winnie con un búho justiciero? Seguía descolocándole que Pedro no conociera a Winnie the Pooh. ¿Debería temer lo que le esperaba? ¿La casa de él sería tan poco atractiva y acogedora como la de las cartas que había llevado? Enseguida lo averiguaría. Tomaron una curva y salieron de nuevo a campo abierto. Paula vió múltiples cercados con madera en lugar de alambrada, como había visto siempre. Junto a ellos había múltiples edificios: Naves para maquinaria, silos, barracones, garajes, incluso un hangar para un avión. Era una ciudad en miniatura. Claramente, Jabiru Creek era un rancho mucho más grande de lo que ella había conocido.


—¿Cuál es tu casa, papá? —inquirió Camila.


—Aquel edificio de allá con el tejado plateado —respondió Pedro, señalando un edificio bajo de madera blanca rodeado de hierba sorprendentemente verde.


Aliviada, Paula comprobó que resultaba acogedora. Era una casa sencilla, pero grande y con un porche alrededor. El césped se encontraba dividido por un camino de gravilla, y a cada lado se levantaban grandiosos árboles que daban buena sombra.


—Hay un columpio —gritó Camila, señalando un neumático colgando de uno de los árboles.


—Está esperándote —le dijo Paula.


Podía imaginarse a Camila y Nicolás jugando en aquel hermoso césped, columpiándose, montando en bici, jugando a la pelota, corriendo detrás de los cachorros… La puerta principal se abrió, dando paso a una mujer con una amplia sonrisa que se limpiaba las manos en su delantal. Debía de tener más de sesenta años. Llevaba un vestido de flores y el cabello recogido en un moño en lo alto de la cabeza.


—El ama de llaves, Cecilia —anunció Pedro tras apagar el motor—. Nos ayudó a cuidar a los mellizos cuando eran unos bebés, está deseando verlos de nuevo.


Era perfecta, pensó Paula, viendo su alegría al saludar a los niños.


—Vengan adentro, está caliente —ofreció la mujer tras haberlos saludado a todos, incluida Paula, con un gran abrazo—. Ahora empieza a refrescar temprano, y tengo un calentador en la cocina.


El interior de la casa era acogedor y lleno de deliciosos aromas. Paula se alegró de que sus temores hubieran sido infundados. Por supuesto, las primeras impresiones podían ser engañosas. Sin duda, Jabiru Creek revelaría pronto sus desventajas. Algo había hecho huir a Lara de allí. 

Secreto: Capítulo 15

Pero la llegada de los bebés había coincidido con un mal momento en la industria del ganado. Sus ingresos se habían visto muy mermados y se había visto obligado a despedir a bastante de su personal y hacerse cargo él de sus tareas, con lo cual el tiempo que podía ayudar en casa se había reducido al mínimo. Había mantenido al ama de llaves, que también ayudaba con los pequeños, pero el conjunto había resultado una carga demasiado grande para Lara. Pedro se había asustado al verla adelgazar y palidecer, así que la había enviado a Sídney cada poco tiempo para que se tomara un descanso. Y, tal como le había confesado a Paula, los períodos que pasaba fuera cada vez se habían alargado más. Y un día, cuando ella le había dicho que necesitaba regresar a Nueva York, la había dejado irse, junto con los niños. Él no podía acompañarlos. E intentar haberla retenido habría sido cruel. Más tarde le había anunciado por teléfono que no iban a regresar. La noticia le había entristecido, pero no sorprendido. Había accedido al divorcio porque no tenía otra opción. Se había esforzado todo lo posible y había fracasado. Mejor admitir la derrota que ver cómo su esposa se amargaba, sintiéndose atrapada, igual que le había ocurrido a su madre. No podía soportar la idea de que su amor hubiera hecho infeliz a su esposa, y estaba decidido a no fallar a sus hijos. Los próximos dos meses serían determinantes. Se dejaría guiar por Paula, olvidaría su orgullo y aceptaría sus consejos. Seguro que habría momentos humillantes, cuando su incompetencia se pusiera de manifiesto una vez más y probablemente ella lo despreciara tanto como Lara. Pero podía afrontar el desprecio de otra mujer, siempre y cuando sus hijos estuvieran orgullosos de él. Siempre y cuando no les fallara.


A la tarde siguiente, se dirigían hacia el interior de North Queensland en un enorme todoterreno que levantaba una nube de polvo. El vehículo llevaba un portaequipajes en el techo, parachoques delantero para proteger el motor en los golpes con los canguros, según dijo Pedro, y bidones de agua. A Paula le parecía una expedición. En el asiento trasero, los niños contemplaban el paisaje emocionados, deseando ver su primer canguro.


—Esta es mi tierra —le dijo Pedro a Paula, especialmente orgulloso. 


Había algo primitivo y casi espiritual en aquel espacio tan vasto y tan vacío, algo más grande que ella misma, admitió. Extrañamente, se parecía mucho a lo que había sentido la primera vez que había entrado en la centenaria Biblioteca Pública de Nueva York. De cuando en cuando, el coche subía una pequeña cresta, y veían extenderse los pastos hasta el horizonte. En otros momentos, la carretera descendía hasta un puente de madera sobre un río. Algunos arroyos sólo eran un vado de cemento sobre el que transcurría agua llena de barro.


—En la temporada seca, aquí no hay nada de agua —le informó Pedro.


Llegaron a un ancho torrente y, mientras lo atravesaban, el agua estuvo a punto de colarse por debajo de las puertas.


—Aquí fue donde me rompí el tobillo, pero el agua bajaba mucho más rápido y con más caudal entonces —comentó él con una sonrisa—. Estaba comprobando el fondo antes de pasar con el coche y metí el pie en una grieta.


Las plantas de las orillas aún estaban aplastadas, y los pequeños árboles habían quedado doblados en la misma dirección, evidencia de lo fuerte que debía de haber sido la crecida del río. Paula sintió un escalofrío al intentar imaginarse atravesando la crecida en el todoterreno.


—Creí que tenías una pista para aviones en Jabiru —comentó.


—El suelo estaba demasiado cenagoso para que pudiera aterrizar un avión normal, y todos los helicópteros estaban dedicados a rescates de emergencia. Esperé a que el agua descendiera un poco, y me arriesgué.


—Pero no estabas solo, ¿Verdad?


—Claro que sí.


—¿Quieres decir que tuviste que rescatarte a tí mismo?


Pedro miró un momento hacia atrás y bajó la voz.


—O eso, o estos dos se habrían quedado huérfanos.


Paula se estremeció, y lamentó haberse quejado cuando Pedro la había telefoneado avisándole de que no podía abandonar Australia por las crecidas y un tobillo roto. Viendo el lugar donde se había producido el accidente, estaba horrorizada. No le extrañaba que él diera sensación de que podía con cualquier cosa. Una vez vadeado el río, y de nuevo en la llanura, los gritos desde el asiento de atrás recordaron a Paula por qué estaba allí. Camila y Nicolás, aburridos, empezaban a pelearse el uno con el otro. Sacó un CD de su bolso y se lo entregó a Pedro.


—Esto los entretendrá —anunció—. Es Winnie The Pooh.


—No los conozco. ¿Es un grupo nuevo?


Paula rió.


—Muy bueno. 

Secreto: Capítulo 14

La tarde en Sídney fue muy divertida. Los cuatro cenaron en un restaurante tailandés y luego regresaron caminando a su hotel, disfrutando de la suave noche invernal y el cielo estrellado. Los niños estaban agotados, y Pedro tuvo que llevar a Camila en brazos el último tramo del camino. Nicolás y ella se durmieron nada más tumbarse en la cama. Le propuso a Paula tomar una copa en el salón de la lujosa suite que había reservado. Sacaron hielo, copas y pequeñas botellas del minibar y se sentaron en cómodas butacas. Y de pronto, él le preguntó por su ruptura con Daniel:


—¿Qué ocurrió? —inquirió, mirándola con ojos entrecerrados.


Paula sólo había hablado de eso con su madre y un par de amigas, le resultaba difícil explicárselo a un hombre a quien apenas conocía.


—Lo habitual —comenzó—. Él estaba más interesado en otra mujer.


—Menudo imbécil —dijo Pedro empático.


—Sí, un auténtico idiota —respondió ella, forzando una sonrisa—. Pero en parte fue culpa mía, supongo. Me vine a Nueva York y, en este caso, la ausencia no ayudó a que me quisiera más.


Pedro asintió pensativo y dió un sorbo a su copa.


—No sé si te ayudará, pero cuando Lara se marchó con los niños, creí que nunca lo superaría. Sin embargo, después de un tiempo, los sentimientos más dolorosos fueron desvaneciéndose.


Paula quiso preguntarle qué había fallado en su matrimonio, pero no se atrevió.


—Supongo que a Lara le encantaba Sídney.


A Pedro se le borró la sonrisa instantáneamente.


—Seguro que te contó lo que le parecía esta ciudad.


—No —aseguró ella, sorprendida—. No hablaba mucho de su vida en Australia.


Pedro se terminó su whisky de un trago y se quedó mirando el vaso con el ceño fruncido. Paula se sintió obligada a explicarse.


—Tan sólo me sorprende lo ajetreada y cosmopolita que es la ciudad, con sus rascacielos, tanta gente, teatros y restaurantes… Tiene todo lo que Lara adoraba.


Pedro frunció los labios, y luego suspiró.


—Sí, a Lara le encantaba esto. Solía venir para un par de días y al final se quedaba un par de semanas. Aquí tenía todo lo que necesitaba —señaló Pedro sombrío.


¿Habría sido aquél el problema de su matrimonio? ¿No podría él haber dejado su rancho para intentar algo más acorde a la personalidad y el talento de su esposa? 


—¿Alguna vez te planteaste mudarte aquí? —preguntó Paula con cautela—. ¿O vivir más cerca?


—Mudarse no era una opción —afirmó él con rotundidad.


Quedaba muy claro, el tema terminaba ahí. ¿Sería la falta de flexibilidad uno de los defectos de Pedro Alfonso? ¿O estaba siendo muy dura con él? Después de todo, su prima había asegurado al casarse que renunciaba con gusto a su carrera para vivir con él en su outback.


—Estoy deseando que llegue mañana y conocer tu casa —dijo, para cambiar de tema.


Vió que Pedro relajaba los hombros y le dirigía una sonrisa que la encendió por dentro.


—Yo también —dijo él, con una mirada llena de calidez—. Siempre me alegro de volver a casa.


Sentía nostalgia de su hogar en el enorme y vacío outback. Paula lo comprendía, ella siempre se emocionaba al regresar a la granja de su familia en Vermont. Por su bien, y especialmente por el de Pedro, esperaba que a Camila y Nicolás les gustara su nuevo hogar. Era labor suya asegurarse de que así fuera.


Pedro no podía dormir. Se levantó de la cama y se paseó por la habitación del hotel intentando sacudirse la tensión que lo mantenía despierto. Le había mentido a Paula. Le había dicho que los sentimientos y los recuerdos se desvanecían con el tiempo pero, tras la gélida bienvenida de su madre en el aeropuerto, y tras la conversación con ella sobre Lara, se encontraba de nuevo luchando contra los sentimientos de incompetencia y fracaso que lo habían acosado toda su vida. De pequeño, nunca había cumplido las expectativas de su madre. Ni siquiera se había acercado a ellas. Aún podía escuchar cómo le gritaba a su padre: «El chico no tiene remedio, es imposible enseñarle. Menuda desgracia». Tanto tiempo después, el recuerdo aún le hizo golpearse el puño contra la palma de la mano. ¿Siempre iba a repetir el mismo patrón de fracaso? Primero había sido su madre la que había abandonado Jabiru, para no regresar jamás; luego, su esposa. En ambas ocasiones, él había sido una de las principales causas de sus problemas. Si hubiera podido, se habría establecido con Lara en Sídney, como Paula había sugerido tan inocentemente. O en Nueva York, o donde ella hubiera querido vivir. Pero, debido a su analfabetismo, nunca encontraría trabajo en la ciudad. Además, aunque vendiera su rancho e invirtiera en ganado y acciones para ganarse la vida, se volvería loco en una claustrofóbica ciudad. Después de un día, siempre estaba deseando escapar a la naturaleza. Se había esforzado al máximo para que Lara fuera feliz en Jabiru. Y, al nacer los mellizos, se había desvivido para mantener unida a su familia, repartiéndose las tareas de cuidarlos.