martes, 22 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 13

 —Entonces, ¿Lo dices de veras? —le preguntó Pedro, serio de nuevo—. ¿Vendrás a Australia?


De pronto, Paula sintió como si aquello fuera algo inevitable. El destino. Como si, de siempre, él le fuera a hacer esa pregunta. Y como si la respuesta sólo pudiera ser…


—Sí. 


A Pedro le sorprendió lo feliz que le hizo saber que Paula les acompañaría en el viaje de regreso. El resto de los días, según terminaban de empaquetar todo, incluso Camila llegó a considerar el cambio como una gran aventura. Llegaron al aeropuerto JFK deseando despegar. Mientras esperaban en la cola del control de seguridad, sonó el móvil de Paula. Para oír mejor, ella se giró y se tapó el otro oído con la mano, al tiempo que fruncía el ceño y se concentraba totalmente en la llamada. Pedro se dió cuenta de que estaba observándola con demasiada atención, pero no podía evitarlo. Tal vez no fuera tan guapa como Lara, pero tenía algo especial y más duradero que la belleza. Vió que sonreía al contestar, con las mejillas encendidas, feliz. Al terminar, se giró hacia él exultante.


—¿Buenas noticias? —preguntó él.


—Sí. Al principio temí que fuera Dan… Alguien que me llamaba para despedirse. Pero es mejor que eso: he encontrado empleo.


Sorprendentemente, Pedro se alarmó. ¿Cómo afectaría aquello a sus planes? ¿Aún podía ayudarlos?


—¿Cuándo empiezas?


—Hasta agosto, nada —respondió ella, bailando de alegría—. No puedo creerlo, ¡Es el empleo de mis sueños! El colegio en el que siempre había querido enseñar.


Pedro deseó alegrarse. Seguro que había sido la mejor candidata. Entonces se dió cuenta de que apenas la conocía. Parecía una profesora de primera. Sus mellizos tenían mucha suerte de haber contado con ella unos pocos meses. Sí que se alegraba por ella. De hecho, se alegraba por los cuatro. Todo estaba saliendo a la perfección. En agosto, sus hijos ya se habrían adaptado a su nuevo entorno y, con ayuda de Paula, tendrían una nueva niñera. Y ella regresaría a casa para empezar su fabuloso empleo.


—Enhorabuena, es fantástico —afirmó, alargando la mano.


Y, por fin, sonrió.


Sídney resultó una sorpresa total para Paula. Durante el vuelo, se había preparado mentalmente para el outback, un entorno hostil de amplias llanuras, aislamiento, polvo y calor. Sin embargo, no había pensado mucho en Sídney: Ni en las fabulosas playas de arena dorada, ni en la enorme y moderna ciudad plagada de rascacielos. Tampoco esperaba encontrar a la madre de Pedro esperándolos a su llegada al aeropuerto. Ni que recibiera tan fríamente a su hijo. Nada de sonrisas y abrazos. Tan sólo:


—Hola, querido.


—Hola, madre.


Y ella ofreció su mejilla expertamente maquillada para que Pedro la besara. La tensión podía cortarse. Sin embargo, desapareció en cuanto Ana Zolezzi vió a sus nietos. Afortunadamente, los niños sonrieron y soportaron los achuchones sin quejarse.


—Vuestra abuela los ha echado mucho de menos —anunció, entregándoles varios regalos.


Paula se alegró al ver que Camila y Nicolás se acordaban de dar las gracias. Dió un respingo al notar una mano en su hombro. Era Pedro.


—Tal vez no recuerdes a mi madre, Ana Zolezzi.


Con el hombro aún cosquilleándole, Paula extendió la mano.


—Sí que la recuerdo, señora Zolezzi. ¿Cómo está?


La mujer le estrechó la mano con cautela, como si temiera que la manchara.


—Paula fue una de las damas de honor de Lara —recordó Pedro.


—Sí, y ahora es la niñera —señaló la mujer.


—Va a ayudamos con el Colegio del Aire —explicó Nicolás con orgullo.


Ana enarcó las cejas y lanzó una penetrante mirada a Pedro.


—¿Está debidamente preparada?


Molesta de que se hablara de ella como si no estuviera allí, Paula intervino:


—Tengo el título de profesora de Lengua.


La mujer sonrió levemente.


—Gracias al cielo por los pequeños regalos.


¿Qué demonios sucedía allí? Camila rompió la gélida tensión, porque necesitaba ir al servicio. Agradecida por la excusa para escapar, Paula la acompañó. Para cuando regresaron, Ana se había marchado.


—Mi madre tenía que atender a un evento —explicó Pedro, mucho más tranquilo, y sonrió—. En marcha, busquemos un taxi. 

jueves, 17 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 12

Paula había pasado por la peluquería como parte de su plan de recuperación después de Daniel, y le maravilló que Pedro se hubiera dado cuenta.


—Gracias —dijo, elevando su copa—. Porque los mellizos se adapten felices a Australia. Que todo vaya sobre ruedas.


—Brindo por eso —secundó él, y se sentó en una silla, estiró las piernas y cruzó los tobillos.


Paula intentó no mirarlo, pero era tan atractivo… Sus vaqueros, desgastados, le abrazaban los poderosos muslos. Sus botas de cuero, hechas a mano, estaban usadas pero impecables. La luz de la lámpara hacía brillar su cabello y acentuaba los marcados rasgos de su rostro. Tal vez no debería proponer lo de Australia. No quería pasarse los dos meses siguientes observando de reojo al ex marido de Lara, sólo porque no tenía novio. Se suponía que iba a continuar con su emocionante vida de soltera, y a hacer planes para su brillante carrera profesional. Dió un sorbo a su copa, preparándose para abordar la charla, y se le escaparon las palabras.


—He estado pensando que vas a necesitar ayuda con los niños nada más llegar a Australia.


Pedro asintió suavemente.


—He pensado lo mismo. Tal vez debería llamar a la agencia de empleo antes de llegar.


A Paula le invadió una emoción tan intensa, que se asustó.


—Yo no tengo nada que hacer.


¿Cómo podía ser que lo que había repetido miles de veces en su cabeza sonara bien, y al decirlo en voz alta pareciera una estupidez? Tampoco ayudaba la mirada atónita de Pedro.


—¿A qué te refieres con eso? —inquirió él en voz baja.


—Estoy libre durante un mes más o menos. Los colegios aquí cierran en verano —explicó, intentando que no le temblara la voz—. Hasta agosto, o posiblemente septiembre, no empezaré el nuevo empleo.


—¿Entonces estás libre el resto de junio y julio? —inquirió él, con los ojos como platos.


—Siempre y cuando tenga acceso al teléfono y a Internet. Para posibles entrevistas.


Viendo la reacción de Pedro, se puso aún más nerviosa.


—Sólo es una idea.


—Una idea fantástica —recalcó él, con los ojos brillantes, y sonrió ampliamente—. Serías perfecta.


«Por todos los santos, Paula, no te emociones». 


—¿Tienes pasaporte? —preguntó él, sin duda pensando con más claridad.


Paula asintió. Había estudiado italiano en el colegio y sus padres habían ahorrado y la habían enviado a un maravilloso viaje de estudios a la Toscana. El pasaporte seguía en vigor. Pedro frunció el ceño de pronto.


—¿Seguro que no te importa renunciar a tanto tiempo?


—Me encantará ir con ustedes. Me interesa mucho el Colegio del Aire, quiero ver cómo funciona. Y, por supuesto, deseo ayudar a Camila y Nicolás a que se adapten a aquello.


Pedro se puso en pie y empezó a pasearse agitado.


—Te prometo que no tendrás que preocuparte acerca de venirte allí —tragó saliva y la miró de reojo—. Quiero decir, que nadie sacará conclusiones acerca de tí y de mí… De si somos pareja.


Evidentemente incómodo, soltó una risa forzada. Paula sintió horrorizada que se ruborizaba.


—Bien —se apresuró a decir—. Por mi parte, tampoco tienes que preocuparte de eso. No tengo ninguna intención de enamorarme. Acabo de terminar una relación larga, y ha sido angustioso, así que transcurrirá mucho tiempo antes de que busque otra.


Pedro asintió pensativo, con mirada comprensiva, y Paula sintió un gran alivio por saber que habían dejado las cosas claras. Al mismo tiempo, le dolió aquella ansia de Pedro de querer aclarar que no estaba interesado en ella a nivel romántico. ¿No era una locura? Clavó la vista en su copa y se recordó por qué se había ofrecido. Él necesitaba ayuda, Camila y Nicolás una niñera, y ella necesitaba sentir que había hecho todo lo posible por los hijos de Lara.


Secreto: Capítulo 11

 —Va a ser genial vivir con papá —le aseguró a su hermana suavemente.


—No, si Paula no viene con nosotros —señaló la niña, y rompió a llorar.


Paula vió tensarse a Pedro, al tiempo que sintió arder sus mejillas. Se puso en el regazo a la pequeña.


—Cariño, ¿Cómo lloras en medio de esta encantadora cena que tu padre ha preparado?


La pequeña la abrazó fuertemente, llorando desconsolada.


—¿Por qué no puedes venir con nosotros?


Fue un momento muy difícil. Aquella reacción de Camila sólo aumentaría la falta de confianza de Pedro en su capacidad para cuidar a su frágil hija. Paula sentía además una tensión diferente: Camila había expresado la misma pregunta que ella llevaba haciéndose todo el día. El curso escolar en Estados Unidos no empezaba hasta el otoño, con lo cual podía pasar junio y julio en Australia, ayudando a los mellizos a adaptarse a su nueva vida, y regresar a tiempo para empezar su nuevo empleo. Además, después de haber oído nombrar el Colegio del Aire, le atraía mucho la idea. Claro que no todo sería sencillo. Después de los últimos meses, le hubieran gustado unas vacaciones de verdad, porque yéndose a Australia tendría pocas oportunidades de descansar. Por otro lado, no tenía ningún plan para las próximas semanas, y no le apetecía regresar a Vermont, donde se pasaría todo el tiempo, bien evitando a Daniel, bien soportando la compasión de familia y amigos. El único factor negativo era la atracción que sentía hacia Pedro, pero seguro que pronto dominaría esa tontería. No había peligro en que se enamorara de él, ya que aún le duraba el dolor de haber sido plantada por Daniel. Iba a ser muy cautelosa en lo relativo a los hombres, especialmente los atractivos.


—¿Qué tal si acuestas a los niños y les lees un par de cuentos? —propuso Paula a Pedro al terminar la cena.


—¿Ellos no esperan que lo hagas tú? —inquirió él, claramente nervioso.


Paula lo miró desconcertada, parecía que le hubiera encargado una horrible tarea. A lo mejor el llanto de Camila durante la cena le había afectado más de lo que aparentaba. Intentó que se sintiera más seguro.


—A Camila y Nicolás les encantaría que fueras tú quien les leyera esta noche — aseguró—. Necesitan acostumbrarse a pequeños cambios, y éste sería un buen primer paso. Sus libros preferidos están apilados en la mesilla.


Pedro tragó saliva, incómodo.


—De acuerdo. 


Paula le observó salir de la cocina con cierta reticencia. ¿Le ponía nervioso estar a solas con sus hijos? ¿Temía que Camila llorara de nuevo? ¿Debería haberse ofrecido a acompañarlo? Estuvo a punto de gritar que la esperara, pero algo en su forma de cuadrar los hombros y su paso firme, la detuvieron de hacerlo. Parecía un soldado marchando a la guerra. Al final, todo fue bien. Mientras ella recogía la cocina, oyó el grave murmullo de la voz de Pedro y las risas de los mellizos. Estaban pasando un buen rato. Al terminar, fue al salón e intentó relajarse, acurrucada en el sofá con una novela. En cuanto Pedro terminara de leerles el cuento, hablaría con él de Australia. Le sorprendía lo mucho que le ilusionaba la idea de ir para allá. Pasado un largo rato, él apareció. Sonreía, y sus ojos reflejaban alivio y una felicidad nueva.


—Diría que ha ido bien —lo recibió Paula.


Él se detuvo en mitad de la habitación, con las manos en las caderas, y sonrió.


—Sí. Creo que he pasado mi primera prueba como padre soltero.


—Eso es fantástico. Supongo que Josh te convenció para que les leyeras el cuento de piratas.


—De hecho, les he contado un cuento nuevo. Uno que me he inventado, sobre el búho Hector y el ratón Tomás —explicó, y la miró de reojo—. Tus expertos no se opondrían, ¿Verdad?


—Por supuesto que no. Sólo estoy maravillada. Me encantan los cuentos, pero, aunque me pagaras millones, no podría improvisar uno. Parece que a Camila y Nicolás les ha encantado el tuyo.


Pedro se encogió de hombros y cambió de tema.


—¿Te apetece otra copa del vino que abrimos anoche?


—¿Por qué no?


El vino seguramente le aplacaría los nervios, pensó. Mientras él iba a por el vino y las copas, Paula dejó el libro y, poniéndose en pie, se miró en el espejo de la pared. Qué tonta. A Pedro no le importaba si estaba bien peinada, cómo le sentaban los vaqueros ni la caída de su blusa. Pero la conversación que iba a iniciar era casi una entrevista de trabajo. Comprobar su aspecto fue un acto reflejo.


—Estás muy guapa —alabó Pedro, regresando antes de lo que ella esperaba.


Paula se ruborizó y se sentó enseguida, deseando que se le ocurriera una respuesta ingeniosa.


—En serio, ese nuevo peinado te favorece —añadió él, tendiéndole una copa del tinto australiano. 

Secreto: Capítulo 10

Apelar al cariño que sentía por los mellizos sería chantaje emocional. Ojalá él confiara más en su habilidad para criar a sus hijos. Su formación era lo que más le preocupaba. Por diferentes razones, sus padres habían descuidado su educación formal. Aún recordaba con amargura las peleas entre sus padres. Su escolarización había terminado nada más empezar, al tiempo del divorcio de sus padres. Sólo años después, siendo ya adulto, había comprendido su desventaja. Para entonces, se había creado una dura capa y había logrado superar casi todos los desafíos, sin darse cuenta de que sus fracasos volverían para minarlo, y fallaría a su esposa. Si no tenía cuidado, tal vez fallara también a sus hijos. No. No permitiría que Camila y Nicolás crecieran con las mismas limitaciones que él. Pero, si quería darles las mejores oportunidades, necesitaba ayuda. Necesitaba a alguien como Paula. Ojalá ella estuviera libre… 


«Ha estado bien», pensó Paula al final de todo el día preparando las maletas. Gracias a la participación de Pedro, apenas había sido un proceso doloroso. Su sentido del humor, algo que ella desconocía hasta entonces, había salvado algunos momentos peliagudos a la hora de desprenderse de ciertos juguetes. Y luego, le había sorprendido aún más ofreciéndose a preparar la cena.


—Tú has trabajado muy duro hoy —había comentado él, con una sonrisa tímida de lo más sexy—. ¿Te gustan los espaguetis a la boloñesa? Me temo que mi habilidad en la cocina es algo limitada.


Paula le aseguró que le encantaban los espaguetis a la boloñesa. Cualquier cosa le parecía bien cuando él le sonreía así. Aunque ella no quería que le afectaran esas sonrisas, ¿Cierto? Tan sólo le agradecía el té chai latte que le había subido de la tienda a dos manzanas, y la oportunidad de darse un buen baño caliente antes de disfrutar de una cena no preparada por ella. Camila y Nicolás se pasaron toda la cena hablando de Australia. Se emocionaron al saber que el rancho de Pedro tenía su propia pista de aterrizaje, y que el correo y los suministros llegaban por avión.


—Volaremos a Normanton, y desde ahí iremos en coche a Jabiru Creek — explicó Pedro.


Paula se imaginó a Pedro y los niños en un gran todoterreno, atravesando largas llanuras rojas hacia un lejano rancho, y le invadió una ola de soledad. ¿Qué le ocurría? Sabía desde el principio que aquello sucedería. Pero no podía evitar sentirse fatal. Todas las personas importantes de su vida le estaban siendo arrebatadas: Lara, Daniel… y pronto Camila y Nicolás. 


«Comenzaré de nuevo, y me construiré una vida alrededor de mi nuevo empleo», se dijo. Aunque, en aquel momento, la idea no logró hacerla feliz. De pronto, oyó que Josh le preguntaba a su padre por su nuevo colegio. Para su sorpresa, vió que Pedro se sonrojaba y carraspeaba.


—El colegio en el outback es algo diferente a lo que están acostumbrados. Se llama Colegio del Aire.


Esa vez fue Paula quien intervino, tremendamente interesada.


—¿Y cómo funciona?


—Es como una clase normal, pero por radio. Los niños viven en ranchos repartidos por todo el outback, y cada rancho tiene un receptor-transmisor de radio. Así, el profesor puede hablar con todos sus alumnos y ellos con él, y entre ellos — explicó Pedro—. Parece que funciona muy bien.


—¿Clase por radio? ¡Genial! —comentó Nicolás, visiblemente emocionado.


—Sí, suena estupendo —coincidió Paula.


Para su sorpresa, sentía celos de la niñera que cuidaría de Camila y Nicolás en su adaptación a ese sistema de enseñanza tan poco ortodoxo. Sonrió a los niños.


—¡Qué suerte tienen!


Camila, sin embargo, no parecía muy convencida. Se giró hacia Paula.


—¿Seguirás siendo nuestra niñera?


Ella contuvo el aliento. Temía no poder ocultar sus sentimientos si contestaba. Para su alivio, fue Pedro quien respondió.


—Paula no puede venir a Australia, Cami. Ya lo sabes. Pero encontraremos una buena niñera australiana.


Camila se entristeció.


—Yo quiero a Paula. Y me gusta mi colegio de aquí. ¿Por qué tienes que vivir en Australia? ¿No puedes vivir en Nueva York?


Paula advirtió que a Pedro se le ensombrecía la mirada y le temblaba la sonrisa. Era evidente que le preocupaba la reacción de su hija. Aunque había decidido mantenerse fuera de la conversación, salió en su ayuda.


—¿Cómo iba a vivir su padre en este departamento? —preguntó, con una sonrisa—. ¿Qué haría con todo su ganado?


Camila se encogió de hombros.


—¿Guardarlo?


—Como si fuera posible —gruñó Nicolás, poniendo los ojos en blanco.


Se produjo un incómodo silencio. Pedro seguía preocupado y Camila estaba a punto de echarse a llorar. Al verla, aumentó el nerviosismo de Nicolás. 

Secreto: Capítulo 9

Vió que se ponía en pie.


—Gracias por el vino —dijo.


—¿Otra copa?


Ella negó con la cabeza.


—Necesito irme a dormir. Mañana nos espera un nuevo día —respondió, tensa. Y, sin decir nada más, dejó la copa en la cocina y se marchó a toda prisa.


Estaba molesta. ¿Habría intuido lo que él había pensado?, se preguntó Pedro. Una vez en la cama, no lograba conciliar el sueño. Su mente no se lo permitía, repasando lo sucedido durante el día, y también los tremendos altibajos de su romance con Lara. Había conocido a la madre de sus hijos cuando ella se encontraba en el norte de Queensland, de gira con una compañía de danza estadounidense. Y había cometido tantos errores con ella… Nunca había conocido a una mujer tan delicada ni tan hermosa. Había sido amor a primera vista, apasionado y obsesionado. Con la imprudencia de la juventud, la había seguido de regreso a Nueva York, y la había cortejado con la pasión y determinación de cualquier joven desesperadamente enamorado. Tras un compromiso precipitado, una boda en Central Park y una luna de miel maravillosa en París… habían regresado a Jabiru Creek. Al outback australiano. Antes del primer mes, Lara había sido consciente del error que había cometido. Amaba a Pedro, de eso nunca hubo duda, pero en el outback se había marchitado como una flor sin agua. A él se le puso un nudo en la garganta al recordar su rostro lleno de lágrimas mientras le hablaba:


—Hemos cometido un error, Pedro. ¿No crees que deberíamos separarnos ahora, antes de que esto se complique? Eres un buen hombre. Y yo debería haber sido más sincera. No quería hacerte daño.


Por supuesto, él debería haber renunciado entonces. Pasado el tiempo, era fácil ver lo ciego que había estado para besarle las lágrimas, y rogarle que se quedara y le diera otra oportunidad. Unas pocas semanas después, ella había descubierto que estaba embarazada, así que se había quedado con él… 




—Despiértale tú.


—No, tú.


Risas infantiles invadieron el sueño de Pedro. Maldición, ¿Ya era de día? Había tardado mucho en dormirse, y estaba completamente agotado. Tal vez, si no se movía, sus hijos se marcharían y lo dejarían dormir. Ni por asomo. Pequeñas manitas estaban moviéndolo.


—¡Papá!


Él gruñó a modo de protesta.


—¡Papi! —gritó Camila, llena de pánico.


Pedro abrió los ojos al instante, y los entrecerró ante la luminosidad de la habitación.


—Buenos días —murmuró—. ¿Qué hora es?


—Muy tarde —le informó Nicolás—. Hemos desayunado hace siglos.


Pedro se incorporó sobre un codo, bostezó y se frotó los ojos con las manos.


—¿Estás bien, papi? —preguntó Anna preocupada.


—Sí, cariño, sólo un poco dormido. Mi cuerpo cree que aún está en Australia.


Se sentó en la cama y se apoyó con los codos en las rodillas. El jet lag era espantoso.


—Paula ha dicho que te avisáramos de que ha hecho café —anunció Nicolás.


Bendita Paula. Un café era justamente lo que necesitaba. Después de una buena ducha.


—¿Y ustedes dos, qué han planeado para hoy? —preguntó, alborotándoles el cabello.


—¡Hacer las maletas! —exclamaron a coro.


¿Cómo podían estar tan contentos?


—¿Hacer las maletas les parece divertido?


—Paula nos ha enseñado un juego nuevo: estamos guardando todos nuestros juguetes en una caja que es un cohete mágico y que va a llegar a Australia volando.


Paula sí que sabía tratar a los niños. Qué pena que no pudiera acompañarlos. Mientras se duchaba, se recordó que no debía presionarla a que los ayudara. Ella ya se había desvivido por los mellizos, cuando tenía su propia vida de la que ocuparse. Como era comprensiva y generosa, nunca reconocería que estaba deseando liberarse de su compromiso con los pequeños para comenzar su carrera, volver a salir y encontrarse un novio. 

martes, 15 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 8

Pedro agradeció enormemente que Paula quisiera tomarse algo con él a medianoche. Aunque Camila se había tranquilizado rápidamente en sus brazos, sus gritos lo habían conmocionado. Más que nunca, era consciente de su falta de habilidades al respecto. Desconocía tanto de sus hijos… Y no sería capaz de leer libros de expertos psicólogos cuando, dentro de poco, se hiciera cargo él solo de Camila y Nicolás. De pronto, la ilusión de tenerlos de nuevo en su vida se empañó con terror. Le acosaron todos sus fracasos, esos problemas que acarreaba desde su infancia y que le habían costado el matrimonio. ¿Cómo iba a ser un modelo para los niños? Había decepcionado a sus padres y a su esposa. ¿Decepcionaría también a sus hijos? Las preguntas le agobiaban, conforme Paula y él se sentaron en unos sofás con vistas a la ciudad. Encendieron una luz tenue, y dejaron las cortinas abiertas para contemplar los rascacielos salpicados de luces. De la calle llegaba el rumor del tráfico. Nueva York, la ciudad que nunca dormía. ¿Cómo iba a hacerlo con aquel ruido constante?, pensó Pedro con ironía. Paula se sentó con los pies recogidos bajo ella, de lado, y la copa de vino en sus delgadas manos.


—Es un Margaret River, debería ser bueno —comentó Pedro—. Salud.


—Salud —contestó ella con una leve sonrisa, elevando su copa.


Lo probaron y sonrieron satisfechos. Era un vino extraordinario. Comenzaron hablando de cosas prácticas, como la ropa que necesitarían los niños al llegar a Australia, y la que podía enviarse por correo. También tenían que decidir sobre los juguetes: Los favoritos se los quedarían y otros los regalarían a organizaciones sociales.


—¿Qué tal llevarán el dejar atrás a sus amigos? —preguntó Pedro.


—No creo que eso sea un problema. Cuando eres un niño, los amigos entran y salen de tu vida —respondió Holly, y sonrió—. No te preocupes tanto, Pedro. Nico está como loco por llegar a tu rancho.


Sintiéndose un poco más seguro, él formuló lo que más le preocupaba.


—En cuanto a las pesadillas de Cami… ¿Sabes a qué se deben? ¿Podría ser porque se encontraba con Laura cuando… El aneurisma?


—Es muy posible —contestó Paula, clavando la vista en su copa—. Lara estaba preparándole un sándwich cuando se desmayó.


Era demasiado terrible hasta imaginarlo. Qué impotente y aterrada debía de haberse sentido Camila. Y seguramente, también culpable. Pedro suspiró pesadamente.


—¿Nico también tiene pesadillas? 


Paula negó con la cabeza.


—Creo que Nico es más fuerte que Cami. Él telefoneó a la ambulancia, hizo todo lo que pudo. Seguro que eso le ha ayudado a superarlo, aunque sea a nivel subconsciente.


Pedro se sintió orgulloso de su hijo.


—Aún necesito aprender tanto… ¿Hay algo más que deba tener en cuenta?


Paula frunció el ceño y tomó otro sorbo de vino antes de contestar.


—Me gustaría que Nico mostrara más su dolor. Lo ha estado almacenando, y estoy segura de que llorar le haría bien.


—Probablemente crea que llorar es de chicas.


—Es posible. Mis hermanos así lo creían —dijo Paula y suspiró—. Seguramente necesita que se le anime a hablar de ello.


Pedro hizo una mueca. Hablar de sentimientos no era su terreno. Toda su vida, había sido un hombre de acción, no de palabras. Viendo su reacción, Paula cambió de tema.


—Dirigir el rancho debe de tenerte muy ocupado. Supongo que has contratado a una niñera para que te ayude con los niños.


Pedro inspiró hondo.


—Hasta ahora, he organizado un equipo para que se ocupe de reunir al ganado, lo cual me ha liberado bastante. Mi plan era esperar hasta ver cómo eran Camila y Nicolás. Había pensado ayudarlos a que se habituaran al cambio primero, y luego buscar a alguien. No tendría sentido contratar a una niñera que no les gustara — añadió, dejando su copa vacía en la mesa.


—Cierto, tendría que ser alguien apropiado —dijo ella, apartando la mirada.


Pedro creyó ver lágrimas en sus ojos, y se le hizo un nudo en la garganta. Había creído que ella estaría deseando verse libre de los niños, pero parecía que le apenaba separarse de ellos.


—¿Cami y Nico podrán decidir cuando elijas a su nueva niñera? —inquirió ella, de pronto.


—Serán consultados. ¿Alguna recomendación por tu parte? —respondió él, queriendo ser diplomático.


—Antes debo reflexionar sobre el asunto —dijo ella, bajando las piernas al suelo.


Pedro no pudo evitar contemplar aquellas piernas largas, torneadas y con las uñas pintadas de un rojo muy sexy. Con la bata de seda verde y el cabello oscuro, Paula resultaba una imagen encantadora, como un cuadro. Chica a medianoche. Pensó en lo perfecto que sería, para los niños, por supuesto, que ella continuara siendo su niñera. Los comprendía a la perfección, y ellos la adoraban. Además, poseía grandes dotes didácticas. Con su ayuda, la transición a Australia apenas sería traumática. Aunque eso no sucedería nunca, claro. Ella estaba a punto de empezar su nueva carrera profesional allí. ¿Por qué iba a renunciar a todo eso y marcharse al outback? Era una chica urbana, prima de su ex mujer, igual de cultivada que ella. Si detestara el rancho igual que Lara, podría influir en los niños.


Secreto: Capítulo 7

 —Gracias, suena estupendo —dijo Pedro y se giró hacia su hija—. ¿Y tú, princesa, qué quieres comer?


La observó estudiar el menú, siguiendo la lista con un dedo.


—Un sándwich de queso gratinado —decidió.


—Yo quiero un perrito caliente —dijo Nicolás.


—«Por favor, papá» —le recordó Paula.


—Por favor, papá —repitió el niño sonriente.


—Sos unos lectores excelentes —alabó Pedro.


Vió que le sonreían sin darle importancia.


—¿Y tú, Paula, qué vas a tomar? Déjame adivinarlo: ¿Una ensalada griega?


Eso era lo que Lara pedía siempre y, a juzgar por lo delgada que estaba su prima, debía de cuidar igualmente su dieta.


—De hecho, preferiría unos nachos con queso, guacamole y crema amarga — contestó ella con una sonrisa.


Horas después, cerca de la medianoche, Paula se despertó al oír un grito de terror. Se levantó con el corazón desbocado: Camila estaba teniendo otra pesadilla. Se apresuró a su dormitorio sin encender la luz, conocía el camino de sobra. Pero esa noche, en mitad el pasillo, se dio de bruces con algo sólido: Un hombre de metro ochenta de estatura, con el torso desnudo, y hombros anchos y musculosos. Y que sólo llevaba puestos unos pantalones cortos. Paula se sonrojó.


—¿Qué le ocurre a Camila? —inquirió él, camino de la habitación de los mellizos.


—Es una de sus pesadillas.


Conforme le seguía, Paula se reprendió mentalmente. De acuerdo, encontrarse a aquel hombre medio desnudo volvería loca a cualquier mujer, pero ¿dónde estaban sus prioridades? ¿Y la pobre Camila?


En el dormitorio, encendió una lamparita que bañó todo en luz rosada. Camila estaba hecha un ovillo en mitad de su cama, llorando y gritando: «¡Mamá! ¡Mamá!». Pedro no sabía qué hacer, pero Paula estaba tristemente acostumbrada a esa escena. Se arrodilló junto a la cama y abrazó a la pequeña.


—Ya, cariño. No pasa nada. Puedes despertarte, estás bien.


El colchón se hundió bajo un peso extra: Pedro se había sentado al otro lado de la cama, con cara de preocupación. Acarició suavemente a su hija en la mejilla.


—Cami, mi pequeña —susurró.


—¡Papá! 


La pequeña se soltó del abrazo de Paula y se fundió con su padre. A los pocos minutos, dejó de llorar y temblar. Paula no podía culparla. ¿Qué niña no querría que la rodearan aquellos brazos fuertes y masculinos? Al mismo tiempo, no pudo evitar sentirse rechazada. Tras semanas de atender a la pequeña en sus crisis nocturnas, de pronto ya no era necesaria. Miró a la cama de Nicolás. Al principio, era el primero en levantarse e intentar tranquilizar a su hermana. Últimamente, se quedaba tumbado, sabedor de que Paula acudiría y, pasados unos instantes, la tormenta se calmaría.


—Buenas noches, campeón —le susurró Paula.


—Buenas noches —respondió el niño, y bostezó.


—Vuelve a dormirte —dijo ella y lo besó en la mejilla.


Era un niño estupendo. Lo adoraba. Los adoraba a ambos. Al girarse para ver cómo seguía Camila, se encontró con la mirada ardiente de Pedro, y sólo entonces recordó que no era el único adulto semidesnudo en la habitación. A ella, el camisón le cubría poco más que una camiseta larga. Intentó hacer caso omiso de la intimidad de aquella situación, pero tras la velada en el parque y la posterior cena, sus lazos se habían estrechado. Parecía casi como si fueran una pequeña familia. «¡Por todos los… ¿Qué estoy pensando?». ¿Cómo podía traicionar a Lara con pensamientos así? Pronto estaría despidiéndose de aquel padre y sus hijos. Y en otoño, se embarcaría en una emocionante aventura nueva, su carrera.


—Creo que Camila estará bien —dijo suavemente, decidida a ser juiciosa—. Tal vez quiera un poco de agua.


Le tendió a Pedro el vaso que había en la mesilla y observó a Camila mientras daba unos sorbos.


—Dejaremos la lámpara encendida cinco minutos más —anunció.


—¿De acuerdo, princesa? —comentó Pedro, dejándola de nuevo en la cama.


—Buenas noches —se despidió Paula, arropándola con las sábanas.


La pequeña pareció tranquila de nuevo, con sus rizos rubios brillando mientras se abrazaba a su koala de peluche. Pedro la besó, y a Nicolás le dió un suave toque en el hombro.


—Buenas noches, papá.


De vuelta en el pasillo, Pedro dejó escapar un suspiro.


—Cielo santo, qué susto —murmuró—. Prefiero oír el gruñido de un cocodrilo junto a mi tobillo que a mi hija gritar.


—Los gritos de Camila le encogen a uno el corazón —secundó Paula. 


—¿Esto ocurre a menudo, desde que Lara…?


Paula asintió.


—Al principio era peor, pero la cosa va mejorando. Es la primera pesadilla en bastante tiempo.


—Tal vez hoy ha tenido demasiadas emociones fuertes.


—Puede ser.


Pedro suspiró pesadamente.


—Ahora no podré volver a dormirme —comentó, peinándose el cabello con una mano temblorosa—. Son las dos de la tarde en Australia. ¿Sería mucha molestia si me preparo un té? ¿Quieres tú uno?


—Ningún problema, pero me temo que sólo tengo té verde o manzanilla.


—Entonces, ¿Qué tal algo de vino? Compré un par de botellas de tinto australiano en el aeropuerto.


Debería marcharse directa a su habitación, pensó ella, en lugar de tomarse una copa de vino en mitad de la noche, vestida sólo con su camisón, con el apuesto padre de sus adorados sobrinos…


—Tomaré una copa. Sólo voy a… Por algo de abrigo.


«De acuerdo, soy una tonta, pero tengo una buena excusa», se consoló mientras salía corriendo. Pedro necesitaba hablar de sus hijos, sobre todo después del susto con Camila. Cuando entró en la cocina, tapada con una bata de seda que le cubría hasta las rodillas, Pedro se había puesto unos vaqueros y una camiseta, afortunadamente, y estaba descorchando una botella.