jueves, 10 de marzo de 2022

Secreto: Sinopsis

Paula Chaves había creado un fuerte vínculo con los pequeños gemelos de su recién fallecida prima. Cuando su padre, Pedro Alfonso, acudió para llevárselos a su rancho en el interior de Australia, era evidente que estaba desbordado. 


Paula se enamoró rápidamente del misterioso Pedro. Ver cómo alegraba la vida a sus hijos la animó e incluso empezó a curar sus heridas emocionales. Sabía que no le resultaba indiferente a Pedro, pero había algo que lo impulsaba a alejarla de él… 

martes, 8 de marzo de 2022

A Mi Medida: Capítulo 53

El Castillo de Melchester era una construcción preciosa del siglo XIX, y desde el helicóptero se veía perfectamente. Cuando aterrizaron, un enjambre de criados se abalanzó sobre ellos y quedaron sorprendidos de que solo llevaran una maleta entre los dos.


—Creíamos que era usted la señorita Chaves —le comentó una doncella.


—Y lo soy —contestó Paula—. Isabella Chaves es mi hermana pequeña.


Su madre estaba en la recepción.


—Ah, eres tú, Paula. Me había parecido oír un helicóptero.


—Voy a necesitar una triple hamburguesa con queso —murmuró Paula apretando los dientes y mirando a Pedro, que estaba firmando el libro de registro—, pero creo que voy a tener algo mucho mejor —sonrió.


La ceremonia fue sencilla, sin pajes ni damitas de honor que le robaran protagonismo a la madrina. La novia estaba maravillosa y el novio la miraba embelesado. Marcos Gray, tan guapo como en las pantallas, se hizo cargo de los anillos y del discurso con aplomo y profesionalidad, como si llevara semanas ensayando el momento. Los recién casados bailaron ante la atenta mirada de los presentes y, entonces, llegó el gran momento. Marcos Gray se acercó a Paula y la invitó a bailar. Allí estaba su sueño hecho realidad, pero ella quería bailar con Pedro. Por desgracia, lo habían reconocido y estaba rodeado por un grupo de hombres, entre ellos su propio padre, que estaban reviviendo con él todos sus partidos. Lo miró, la miró y sonrió como diciéndole que disfrutara de su momento, que él se mantenía en segundo plano. Así que Paula bailó con Marcos Gray, que bailaba estupendamente y sonreía a las cámaras justo en los momentos apropiados. Al cabo de un rato, Pedro hizo su aparición en la pista de baile.


—Ahora —le dijo.


—Qué palabra más maravillosa —contestó Paula aceptando su mano.


Marcos Gray se quedó como si nunca lo hubieran dejado plantado en una pista de baile ni en ningún otro sitio, pero reaccionó con naturalidad, le dió un beso en la mejilla que se encargó de inmortalizar el fotógrafo de Celebrity y le dijo a Pedro lo afortunado que era, a lo que él respondió con una gran sonrisa que ya lo sabía.


—Paula, tu hermana va a subir a cambiarse —le dijo madre cuando ya se alejaban.


—¿Y? No creo que me necesite para desabrocharle el vestido teniendo a su marido, ¿No? —contestó Paula.


Al llegar a las escaleras, se encontraron con un montón de gente bloqueándolas porque Isabella iba a lanzar el ramo de novia.


—¡Paula! ¡Es para tí! —gritó su hermana viéndola.


El ramo habría pasado de largo sobre su cabeza si Pedro no lo hubiera agarrado al vuelo. Todos lo miraron y se hizo un gran silencio.


—¿Qué le parecería a usted, señorita Chaves, que esto tuviera continuación?


—¿Continuación? —dijo Paula confusa.


—Sí, como «La señorita Chaves se casa II» —dijo alguien.


Todos se rieron, pero Paula no los oyó. ¿Pedro le estaba pidiendo que se casara con él? No podía ser. Imposible. Docenas de personas la estaban mirando, esperando su contestación. Era el centro de atención. Sin embargo, la única persona que le importaba en aquellos momentos era la que tenía ante sí. Por una vez, Pedro Alfonso no sonreía. Estaba más serio que nunca.


—No quiero ser una estrella —dijo.


—Serás lo que quieras ser, Paula.


—Ya tengo lo que quiero —dijo echándole los brazos al cuello y besándolo apasionadamente mientras los presentes suspiraban emocionados.


—¿Mismo lugar? —murmuró Pedro mirándola a los ojos.


—Muy bien —contestó ella girándose y dándose cuenta de que todos los estaban mirando—. ¿Pedro?


—¿Sí, cariño?


—¡Ahora!


Sin dudarlo un momento, Pedro la tomó en brazos y la gente se apartó para dejarlos pasar en dirección a las escaleras.





A finales de junio, un día tranquilo y soleado, la familia Chaves se volvió a reunir en el Castillo de Melchester para celebrar su enlace. Paula le dió su ramo de novia a Jimena, que estaba tan embelesada con el padrino, que era un jugador de rugby amigo de Pedro, que estuvo a punto de no verlo. Él, por su parte, no dejaba de mirarla y tuvieron que preguntarle dos veces por los anillos. Aunque no había periodistas colgados de los árboles, como en la boda de su hermana, cuando Pedro le puso la alianza en el dedo anular y pronunció las palabras que los convertían en marido y mujer, fue el día más importante de la vida de Paula. De momento…






FIN

A Mi Medida: Capítulo 52

Le pareció que había transcurrido una eternidad desde entonces.


—¿Creías que ibas a conseguir un montón de publicidad a cambio?


—No me fui a vivir a tu casa por eso, Paula. Jimena me contó que querías que ella te vigilara y decidí hacerlo yo. Aquella primera noche me pusiste a mil y ya no pude irme. Te creías que lo hacía para hacerte sentir bien, ¿Verdad? Te equivocaste. Nunca he deseado tanto a una mujer.


—Pero eso fue antes de…


—Sí, antes de que adelgazaras y te pusieras reflejos en el pelo. Exacto.


—Ojalá lo hubiera sabido. Yo también te deseaba, Pedro. Cuando te fuiste, estuve a punto de desmayarme.


—Te aseguro que no fuiste la única. Cuántas veces he querido decirte lo mucho que significabas para mí, pero estabas baja anímicamente, no era el momento, no me habrías creído. Quería que supieras que iba en serio y quería saber que tú sentías lo mismo por mí.


—¿Que no me interesabas por el dinero? ¿Por qué? ¿Es lo que te han hecho otras?


—Efectivamente —contestó abrazándola.


—Ah.


—Anoche me dí cuenta de que quería y debía contarte la verdad, pero estaba seguro de que te ibas a enfadar por haberte mentido.


—No me has mentido nunca, Pedro —dijo Paula—. Yo saqué mis conclusiones y tú no me corregiste.


—Dicho así, incluso suena bien —sonrió mirándola a los ojos.


—Está bien. No me dijiste la verdad, pero no fue para hacerme daño.


—No, eso es lo último que haría en la vida. Necesitabas a alguien y decidí ser yo, pero creo que no te habría hecho mucha gracia que el jefe de Jimena se fuera a vivir contigo tres semanas.


—No —contestó—. No creo que hayas estado muy cómodo en esa cama incómoda y estrecha.


—He pasado varias noches en vela, pero no por la cama sino por la mujer que dormía al otro lado de la pared.


—Anoche…


—Anoche era demasiado pronto.


—¿Demasiado pronto?


—Sí, los dos teníamos que curarnos viejas heridas. Tú la de Damián y yo la amargura en general.


—Y yo, además, perder diez kilos.


—No has adelgazado diez kilos ni creo que los pierdas nunca —dijo acercándose a ella—. Nunca vas a ser delgada, pero te voy a decir una cosa —añadió dándole besos por el cuello en dirección a la boca—. Te quiero tal y como eres.


Paula lo miró anonadada. Le había dicho eso antes, pero entonces había dicho «me gustas», no «Te quiero». Sintió que el mundo se había parado y, al ver su sonrisa, comprendió que se lo estaba diciendo en serio. Aquella sonrisa le estaba diciendo también «Vámonos a un lugar más íntimo, donde te pueda desnudar y demostrarte cuánto te quiero».


—¿Ahora? —le preguntó Paula.


—Ahora —contestó él.


—¡Ah, estás aquí!


Paula dió un respingo al oír la voz de su madre.


—Te llevo buscando toda la mañana. Te he llamado mil veces al móvil. No sé para qué lo tienes si nunca lo contesta. ¿No escuchas los mensajes tampoco? —dijo como una ametralladora parándose ante ellos—. Menos mal que te has peinado. No te han dejado mal. No tan bien como a tu hermana porque a ella ya sabes que se lo corta… Bueno, da igual. Vamos, nos tenemos que ir ya. No hay tiempo.


—¿Tiempo para qué?


Su madre miró a Pedro de reojo.


—La boda —contestó en voz baja—. Es esta tarde. No queremos que se entere…


—¿La prensa? —preguntó Paula.


—¡Eso, grítalo! —exclamó Alejandra Chaves.


—Solo estamos nosotros tres, mamá. Por cierto, te presento a Pedro Alfonso. Pedro, ésta es mi madre.


Alejandra le estrechó la mano con premura.


—Muy bien, hala, vámonos ya.


—Mamá, Pedro va a venir a la boda.


—¡Paula! No te puedes dedicar a invitar a gente a última hora, de verdad.


—Jimena está todavía en Estados Unidos, así que no tengo acompañante —protestó Paula.


¿Y si Pedro no quería ir? Lo miró nerviosa.


—Su hija y yo tenemos asuntos pendientes —contestó él—, así que, donde vaya ella, voy yo.


—Muy bien, muy bien —dijo Alejandra—. Vámonos ya. La ceremonia es en el Castillo de Melchester a las seis en punto. No lleguen tarde, ¿De acuerdo? Por favor, Paula, no le estropees el día más importante de su vida a tu hermana.


—¿Y el mío, qué? —musitó Paula cuando su madre se alejó a toda prisa.


—Esto no ha terminado —dijo Pedro sacándose el móvil de bolsillo—. Me refiero a los asuntos que tenemos tú y yo pendientes. Espera a oír la palabra.


—¿Qué palabra?


Pedro se limitó a sonreír y, aquella vez, Dodie no supo qué quería decir aquella sonrisa.


—Vamos a casa a hacer la maleta —dijo pasándole las llaves de su coche—. Tú conduces y yo voy a ejercer un poco de empresario multimillonario por una vez en la vida, ¿De acuerdo? Tengo que reservar una suite en el Castillo de Melchester y creo que vamos a ir en un medio de transporte más rápido. Nos hemos portado bien y nos los merecemos.

A Mi Medida: Capítulo 51

Pedro estaba en el despacho de Jimena. ¿O sería el suyo? Por lo que le había dicho Diana, era el dueño de todo aquello y de mucho más. Estaba mirando por la ventana, esperándola.


—¿Arreglado? —le preguntó sin girarse.


—Arreglado —contestó Paula hecha un lío.


Estaba furiosa con él por haberla engañado, pero, entonces, ¿Por qué quería abrazarlo hasta dejarlo sin respiración?


—Obviamente, como lo has preparado todo, ya sabías cuál iba a ser el resultado —añadió con calma—. Me refiero a que Diana Armstrong no ha venido hoy por casualidad, ¿Verdad?


—No —admitió mirándola y encogiéndose de hombros—. Supongo que podríamos habernos ahorrado el numerito con Damián Jackson, pero creí que te haría bien decirle cara a cara que no.


—Gracias.


—No me des las gracias, Paula. Lo has hecho tú. Qué pena que no le hayas visto la cara cuando ha oído a Diana suplicándote que reconsideraras tu postura —sonrió.


¡Qué difícil era estar enfadada con él! ¿No se merecía acaso el beneficio de la duda?


—¿Qué le has dicho cuando lo has acompañado a la puerta?


—Solo que vaya pensando en dedicarse a otra cosa —contestó Pedro—. No soy un hombre tan «Ocupado» como él, ¿Sabes?, pero tengo amigos en las altas esferas —añadió—. ¿Quieres que demos un paseo?


Paula tragó saliva convencida de que aquello era el adiós definitivo.


—¿Tengo que hacer flexiones para calentar primero?


—No creo que sea necesario —contestó Pedro agarrándola de la mano.


—Me temo que Damián tiene un as en la manga —le dijo una vez fuera para romper el silencio.


Y le contó el episodio de la fotografía.


—Jimena me va a matar —dijo Pedro—. Le prometí que esas fotos no iban a salir de aquí. ¿Podrás soportarlo?


—Si estuviera como en la foto, no, pero creo que ahora solo servirá para hacerme publicidad… A mí y al club porque se ve perfectamente el nombre. A Jimena le vendrá bien… Y a tí.


—Por desgracia, me temo que Jimena va a creer que lo tenía todo planeado —dijo Pedro contándole el malentendido que había habido entre ellos.


—¿Creías que Jimena iba a utilizar las fotos para ganar publicidad gracias a mí? Vaya, gracias.


—Si te sirve, te diré que prefiero a la Paula Chaves de carne y hueso que a todo el dinero que podamos obtener de esa publicidad.


¿Por eso le había dedicado su tiempo? Paula retiró la mano y se sentó al final del muelle.


—No te preocupes. Le contaré a Jimena personalmente lo que ha pasado si tú me dices por qué ninguno de tus empleados te trata como a un empresario multimillonario.


—Seguramente porque no me comporto como tal —contestó él acariciándole la espalda.


Eso era cierto. Pedro Alfonso tenía un imperio y había pasado tres semanas en su casa durmiendo en una habitación que parecía una celda monacal, cocinando, fregando, dándole la vida, ayudándola a volver a confiar en sí misma… ¿Y lo había hecho por publicidad? No, no parecía probable.


—¿Sueles hacer de entrenador personal en tus ratos libres?


—No, solo contigo, Paula, y no lo voy a volver a hacer.


—¿Tan horrible ha sido?


—No, tú, no, pero lo de la fontanería…


Paula se rió al recordar que le había pedido que revisara los grifos de toda la casa.


—Qué vergüenza —reconoció—. Creí que…


—¿Te he defraudado? —le preguntó él agarrándola de la mano.


—No, lo has hecho muy bien. De hecho, le dije a Jimena que… —se interrumpió.


No, no podía decirle lo que le había contado a Jimena.


—No me dijo nada.


Y sabía por qué. Su amiga había estado jugando a Cupido y había dado en el blanco.


—¿Por qué no me dijiste quién eras? —le preguntó temblando un poco ante la brisa que se levantaba en el lago.


Pedro se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros.


—Me lo llevo preguntando toda la noche. Al principio, supongo que porque me pareció que no tenía importancia. Eras una mujer que necesitaba un entrenador personal.


Paula recordó aquellos momentos, cuando lo único que le importaba era adelgazar y estar guapa para la boda, para Marcos Gray, para todo el mundo menos para ella.

A Mi Medida: Capítulo 50

 —Sí, ya sé que me vendría muy bien profesionalmente, pero, desgraciadamente, la respuesta es no.


Damián se rió nervioso.


—Bien, supongo que quieres hacerte rogar un poco. Ya le he dicho al organizador que ibas a dar la conferencia y está encantado con la publicidad.


—Espero que no le hayas dicho que mi hermana iba a ir porque se va a llevar doble decepción.


Damián dejó de sonreír al darse cuenta de que Paula hablaba en serio.


—Sería mucho mejor para todos que dijeras que sí.


¿La estaba amenazando? ¿Aquel hombre que le había arrebatado la autoestima la estaba amenazando? ¡Lo que faltaba! Menos mal que, en las últimas semanas y con ayuda de Pedro, la había recuperado.


—Los dos sabemos que a tí lo único que te preocupa es tu carrera, no la mía —sonrió a la camarera—. No pierdas el tiempo, Damián. Ya he tomado una decisión.


—Tal vez esto te haga cambiar de opinión —dijo Damián entregándole un sobre.


—¿Qué es? Una nota del organizador.


—Un pequeño incentivo para que te portes bien.


—Dejé hace un año de ser tu felpudo —le recordó sin rastro de amargura.


Aquel hombre no merecía ni eso ya. Abrió el sobre y vio la fotografía que Pedro le había hecho toda sudada y acalorada, la que había desaparecido de la nevera.


—¿Has entrado en mi casa? ¿Sigues teniendo llaves?


—Por si acaso —admitió sin atisbo de culpa—. ¿Tienes idea de cuánto pagaría la prensa por una foto de la hermana mayor de Isabella poniéndose en forma para la gran boda?


Claro que tenía idea. Los periodistas llevaban dos semanas apostados en casa de su madre para conseguir algo de Isabella. Tenía sus ventajas ser el miembro invisible de la familia.


—No, pero seguro que tú, sí, Damián —contestó.


Ni se molestó en hacer trizas la fotografía. Obviamente, Damián habría pensado en ello y habría hecho copias.


—Mi respuesta sigue siendo no —dijo poniéndose en pie y devolviéndole el sobre—. La comida queda cancelada. Espero que sepas llegar a la salida.


Se giró pensando en cambiar las cerraduras de toda la casa y vió a Pedro andando hacia ella con una mujer alta y elegante de su edad. ¿La nueva e importante clienta? Sí, obviamente, alguien que podía pagar sus elevadas tarifas… Siempre había sabido que no era suyo, que era un lujo temporal que ella no podía permitirse, pero su corazón todavía albergaba la esperanza de que eligiera quedarse con ella. Qué estupidez. De haber sido así, la noche anterior no le habría dado un beso en la mejilla al desearle buenas noches en la puerta de su dormitorio. Se dió cuenta de que la mujer se acercaba a ella con la mano extendida.


—Señorita Chaves, encantada de conocerla. Pedro me venía diciendo precisamente que iba usted a realizar un tapiz para el club…


¿Cómo sabía Pedro aquello? Lo miró, pero él ni se inmutó.


—… y, cuando me dijo que estaba usted comiendo aquí hoy, le he rogado que nos presentara.


—Paula, te presento a Diana Armstrong, directora del grupo Armstrong Media. Su marido, Enrique, es el diseñador de muebles y promotor de las Conferencias Armstrong.


—Tuvimos la suerte de que uno de nuestros primeros conferenciantes fuera Pedro, ¿Sabe? Sí, habló de la importancia del deporte en la educación —dijo Diana sonriente—. Todo el mundo sabe que ha salvado muchas instalaciones deportivas de la especulación inmobiliaria.


—Ah —dijo Paula en un hilo de voz.


—Por ejemplo, cuando sacaron a la venta los terrenos deportivos de un colegio, los compró para que nadie pudiera construir y los donó al propio colegio —le explicó Diana.


Paula sintió un nudo en la garganta y no pudo mirarlo a los ojos.


—No lo sabía —dijo por fin.


Por lo visto, no sabía muchas cosas sobre Pedro Alfonso.


—Me encanta su obra, señorita Chaves…


—Paula, por favor.


—Paula —dijo Diana—. Tengo un tapiz suyo titulado «Diente de león». Es impresionante. Cada vez que lo miro, le veo algo diferente.


—Gracias —contestó Paula.


—Pedro me ha dicho que va usted a declinar la invitación para dar una conferencia este año con nosotros. Espero que, si yo se lo pido personalmente, reconsidere usted su postura.


—¿Qué les parece si comen las dos solas y lo hablan? —propuso Pedro sin darle oportunidad de preguntarle el millón de cosas que se agolpaban en su cabeza—. Damián, hola, ya te acompaño yo a la salida.

A Mi Medida: Capítulo 49

Tenía la sensación de que se iba a arrepentir toda su vida de no haber aprovechado aquella noche en el estudio, cuando él se había mostrado deseoso y dispuesto, pero… Pero su relación tocaba a su fin. Jimena volvía en breve y eso quería decir que Pedro pasaría a otra clienta. No había adelgazado una barbaridad, pero se encontraba mucho mejor tanto física como anímicamente. Había recuperado la confianza en sí misma, que era mucho más importante. Y si había descubierto demasiado tarde que lo que quería era a Pedro Alfonso, tendría que vivir con ello. Desde luego no estaba dispuesta a ahogar las penas en chocolate. La vida era corta y había que vivirla. Lo miró a los ojos y sonrió.


—Estoy preciosa gracias a tí, Pedro.


—¿Lo dices porque te han maquillado y peinado? No, lo importante es la percha. Estás igual de preciosa en chándal o recién levantada sin maquillaje y con un pijama de niña pequeña —sonrió— que en tí resulta de lo más sensual.


Le estaba subiendo el ánimo de verdad. Paula sintió que se sonrojaba y se le aceleraba el corazón.


—Esos conejitos… ¿Ves? Estás preciosa incluso sonrojada y sin aliento —continuó Pedro acariciándole la mejilla.


Paula estaba temblando, pero ya no era de miedo.


—¿Seguro que no eres psicólogo?


—¿Besaría un psicólogo a su paciente?


—No lo sé —contestó Paula—. ¿Me vas a besar?


Pedro la besó con cuidado.


—No queremos estropearte el maquillaje, ¿Verdad?


Paula sintió deseos de decirle que podía volver a pintarse los labios en un segundo, pero no lo hizo porque estaba claro que aquel había sido un beso de despedida.


—No, claro —contestó.


—Muy bien, ya ha esperado suficiente. Ve y dile a Jackson que no te interesa nada de lo que te pueda ofrecer —dijo abrazándola—. Yo tengo que enseñarle el club a un nuevo miembro muy importante.



Damián la observó mientras cruzaba el bar y se quedó anonadado. Sonrió encantado y Paula se dió cuenta de que creía que se había arreglado para él. Se creía que la tenía rendida a sus pies. Aquello fue suficiente para que Paula esperara a que se levantara y le apartara una silla para sentarse.



—No te reconozco —comentó Damián—. Te has cortado el pelo y has adelgazado. Estás increíble.


Patán embaucador.


—Agua mineral sin hielo —dijo ella.


Damián la miró confundido.


—¿No me habías preguntado qué quería beber?


Le había visto hacer aquello a Isabella en una película. Surtió efecto. Damián se sonrojó. ¿Cómo demonios podía haber estado enamorada de aquel hombre?


—Este sitio está muy bien —comentó Damián tras pedir las bebidas—. No me gusta nada hacer deporte, pero parece que viene gente de mucho dinero. Tal vez me apunte.


—Ya se lo diré a Jimena.


—¿Jimena?


—Es la directora de todo esto. Ahora mismo está en Los Ángeles. Una pena porque seguro que le gustaría darte la contestación personalmente.


Damián se rió sin ganas.


—Casi no, entonces.


—Ya me lo imaginaba.


—No me lo vas a poner difícil, ¿Verdad, Paula? Sé que estás enfadada conmigo, pero hace casi un año y las Conferencias Armstrong…

jueves, 3 de marzo de 2022

A Mi Medida: Capítulo 48

 —Sí. La chica me suplicó que no dijera nada y me juró que había sido culpa suya, que Damián la había llamado al llegar de Londres para decirle que sus cuadros habían gustado mucho y se había pasado por casa a darle las gracias…


—Damián no debería haberse aprovechado de la situación.


—Claro que no, pero ella tenía veintiún años y sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Los dos lo hicieron mal. Lo cierto es que, aunque no me lo hubiera pedido, yo no se lo habría contado a nadie. No me apetecía.


«Excepto a Jimena», pensó Pedro. La amiga buena, leal y protectora.


—¿Y dejaste el trabajo que tanto amabas?


—Sí, dejé el trabajo, eché a Damián de casa y tiré a la basura todo lo que me recordaba a él, las sábanas, las toallas…


Pedro sintió unos inmensos deseos de abrazarla y de confesarle lo que sentía por ella, pero Dodie no estaba aún preparada para oírlo.


—¿Tapizaste el sofá?


—No, lo vendí —contestó Paula—. Creí que eso sería suficiente para olvidarme de lo sucedido —suspiró—, pero no fue así. Cada vez que miraba a una alumna, la veía a ella y me preguntaba si habría sido la única. En lo más hondo de mi corazón sabía que no y no podía parar de preguntarme cuántas, quiénes…


—Mañana va a desear haberse portado mejor contigo. Lo vas a mirar a los ojos y vas a ver que se arrepiente de lo que hizo. Entonces quedarás libre —sentenció Pedro levantándose—. Ahora vamos a hacer la tortilla. Tú pelas y yo corto…


Abrió la nevera y la volvió a cerrar.


—¿Y tu foto?


Paula se encogió de hombros.


—Se habrá caído, supongo. Estará con las notas que se suelen caer debajo de la nevera. Mañana pongo otra.


—Ha llegado la persona que esperabas para comer, Paula —anunció una de las recepcionistas—. Pedro, con quien estabas citado a la una, también está aquí.


Paula, perfectamente peinada y maquillada, dió un respingo.


—Ahora mismo voy…


—Laura, lleva al señor Jackson al bar, sírvele algo de beber y dale la carta. Dile que Paula sabe que está aquí y que ahora va —dijo Pedro agarrando a Paula de la mano para que no se moviera—. Que espere —añadió cuando la recepcionista se hubo ido—. Tú controlas esta reunión, recuérdalo.


—Estoy temblando de pies a cabeza. Voy a tirar por la borda la oportunidad de mi vida.


—Habrá otras.


—Puede, pero no es solo eso. No estoy acostumbrada a decir lo que quiero de verdad, no estoy acostumbrada a que los demás me escuchen.


—Pues hoy te lo vas a pasar en grande —sonrió Pedro—. Dí todo lo que quieras.


—¿Me lo voy a pasar en grande?


—Esperaba que parecieras un poco más convencida.


—La actriz es mi hermana.


—Lo vas a hacer estupendamente. Estás preciosa, Paula —le aseguró sin soltarle la mano.


Paula se miró. Estaba mejor, sí, pero tanto como preciosa…


—Supongo que dos tallas era pedir demasiado.


—A mí me gustas así —contestó Pedro levantándole la cara y mirándola a los ojos—. Estás preciosa porque eres preciosa.


Paula sabía que se lo decía para darle ánimos, así que no le llevó la contraria, como habría hecho en otras circunstancias. Pedro estaba siendo increíblemente amable y se estaba portando, por desgracia, como todo un caballero.