jueves, 3 de marzo de 2022

A Mi Medida: Capítulo 47

 —Facilísimo —le aseguró Pedro agarrando una botella de vino—. Vamos a tomárnosla tranquilamente al salón, que he encendido la chimenea.


—¿Y la tortilla?


—Para luego —contestó acomodándola en el sofá—. Bébetelo. Te dará fuerzas.


Paula tomó el vaso y lo miró a los ojos.


—¿Por qué eres tan bueno conmigo?


—Porque me gusta —contestó Pedro—. Porque eres muy especial.


—No sé qué decir…


—No digas nada. Bébete el vino y disfruta del fuego.


Pedro dejó su vaso en la mesa, se sentó a su lado y levantó el brazo para invitarla a apoyarse en él, lo que Paula hizo como si fuera lo más natural del mundo.


—¿Cómo se llamaba? —le preguntó al cabo de unos segundos.


—Romina—contestó Pedro—. Ojos azules y pelo rubio como el trigo. Era como un ángel, pero de plástico, como los que se ponen en el árbol de Navidad.


—Gracias —dijo Paula relajándose.


—De nada. Ahora me toca a mí.


—Quieres saber qué hizo Damián, ¿Verdad?


La verdad era que Pedro imaginaba perfectamente lo que era, pero quería oírselo decir a ella porque sabía que le haría bien.


—Dilo, Paula. Quítatelo de encima. No te lo guardes dentro para que te envenene el alma.


—¿No serás psicólogo por casualidad?


—Recuerdo que mi tutor en la universidad me dijo que no estaba preparado psicológicamente para nada que no fuera jugar al rugby. Claro que eso fue hace por lo menos quince años y el hombre no tenía «Heol».


—¿Qué es eso?


—Es una palabra galesa que no tiene traducción. Es parecido al corazón, pero mucho más. Es todo lo que sientes por algo o alguien a quien amas. Por tu casa, tu país, una mujer…


—¿Un partido de rugby?


—Una final internacional, con cientos de miles de personas cantando el himno nacional, sí, desde luego —sonrió Pedro.


Paula se quitó los zapatos y se acurrucó contra él.


—Qué palabra más bonita.


—Cuéntamelo, Paula —la instó no queriendo que olvidara el tema del que estaban hablando.


—No creo que haga falta que te lo diga porque ya lo sabes, pero bueno. Me engañó —contestó mirándolo.


Qué sorpresa.


—Más.


Paula miró los leños que el fuego iba consumiendo y recordó.


—Damián se había ido a Londres para vender unos cuadros. Uno de sus alumnos estaba subiendo como la espuma y, además, se llevó cuadros de otra para enseñárselos al dueño de una galería con la que solía trabajar. Ahora que lo recuerdo, me parece tan obvio. En fin —dijo bebiendo un trago de vino—, ese día me cancelaron la última clase, así que me fui a casa a preparar algo especial para cenar. No esperaba encontrármelo allí. No me oyó entrar.


¿Había sucedido allí? ¿En su casa? Pedro no había contado con aquello. Ahora entendía el cambio de decoración.


—Paula…


—La puerta de la cocina no hace ruido —continuó ella—. Al principio no sabía lo que estaba pasando, pero luego lo ví con mis propios ojos.


—Paula, lo siento. No hace falta que sigas…


Era inútil decírselo. Ya había empezado y quería terminar.


—No hacía mucho que había llegado porque tenía el abrigo puesto. Estaba sentado en el sofá, con la cabeza echada hacia atrás y una de sus alumnas arrodillada entre sus piernas, agradeciéndole la venta de uno de sus cuadros….


—¿Estaba con una alumna?

A Mi Medida: Capítulo 46

Era cierto, claro. Le habían ofrecido unas tierras abandonadas en mitad de la ciudad, un lugar inhóspito que Pedro podría convertir en lo que quisiera. Oficinas, viviendas, parques. Todo un reto para alejarse de Lake Spa. Pero no podía irse mientras Paula lo necesitara. A pesar de que se moría por contárselo porque estaba entusiasmado, no lo hizo.


—Si hubiera sabido que te querías ir, habría colgado —dijo sinceramente.


—No pasa nada —contestó Paula—. El tiempo ha mejorado, ¿Verdad?


—Sí, me he dado cuenta. ¿Te sienta mal la primavera? Te encuentro baja.


—No, no es eso.


—He visto un sobre de la universidad. ¿Has hablado con Damián Jackson?


Paula negó con la cabeza.


—Sé que esa conferencia me vendría muy bien profesionalmente, pero no quiero tener nada que ver con él.


—Pues dile que no.


—Pero…


—Vino a buscarte, Paula. Quiere que lo hagas, ya lo oíste. Quiere publicidad aprovechando la boda de tu hermana. Quiere aprovechar la oportunidad.


—Sí, y sabe que es una oportunidad muy buena también para mí. Sabe que no puedo decir que no.


—Pues sorpréndelo —dijo Pedro abrazándola con fuerza.


Quería protegerla de todo lo malo, pero tenía que ser ella sola la que se deshiciera de sus viejos demonios.


—Habrá otras oportunidades —le aseguró.


—¿Tú crees?


—Lo sé. Dile que no vas a dar la conferencia, que sepa que ya no lo necesitas, que controlas la situación. Llámalo y cítalo mañana a comer en el club, que es tu territorio.


—¿Y si no quiere venir?


—No le dejes negarse. Dile dónde y cuándo, y si se pone pesado dí que estás ocupada y que tienes que colgar. Que será cierto, claro, de eso ya me encargo yo —sonrió Brad.


—La cinta de andar no, por favor —suplicó Paula riendo.


—No, te prometo que nada de cinta. Para mañana tengo preparada otra cosa.


—Uy, qué miedo me das —contestó Paula sin querer saber qué era—. Muy bien, imagina que consigo que vaya a comer conmigo al club. ¿Y luego?


—Le dices que te encantaría dar esa conferencia, pero que por motivos personales no puedes hacerlo. No hará falta que los expongas detalladamente. Sabrá perfectamente por qué lo dices.


—No creo que se rinda así como así.


—Pues le repites una y otra vez que te encantaría hacerlo, pero que no puedes…


—… por motivos personales —sonrió Paula esperanzada—. ¿Dará resultado?


—Seguro. Te diga lo que diga, tú dí una y otra vez lo mismo hasta que consigas que te escuche.


—Parece fácil.

A Mi Medida: Capítulo 45

 —Lo he superado, Paula —había dicho sinceramente.


—¿Pedro? —dijo Jimena—. ¿Sigues ahí?


—Sí, Jimena, perdona. Es que estaba pensando en mis cosas.


—¿Y Paula? ¿Está por ahí?


—No, está en Londres. Ha tenido que ir de repente a una prueba del vestido.


—Ah.


—Le he preparado una sorpresa para mañana. Cree que tiene sesión en el gimnasio, pero le he pedido hora para que le hagan la manicura, la pedicura y todo lo que quiera.


—Cómo me gustaría estar allí para ver todo esto. Espero que estés haciendo fotos.


¿Fotos? A montones. Del antes, del calentamiento, sudando, haciendo ejercicio, en bici…


—Muchas —contestó Pedro—. Por eso te llamaba precisamente, Jimena. Verás, ¿Estamos obligados a hacerlo? Quiero decir, ¿Has firmado un contrato?


—¿Cómo?


—Con Celebrity. Son ellos los que cubren la boda, ¿No?


—No sé de qué me estás hablando.


—¿El trato no era dejar que Paula usara las instalaciones del club gratis a cambio de vender las fotos de la hermana de la novia a una revista?


—No —contestó Jimena muy seria—. A cambio de utilizar el gimnasio gratis, Paula va a diseñar un tapiz para cubrir el enorme muro blanco de la recepción. Nadie, y digo nadie, va a utilizar ninguna foto de ella haciendo ejercicio. ¿Ha quedado claro? Aunque metenga que buscar otro trabajo, nadie se va a aprovechar de mi amiga.


Muy claro. Aquella mujer era buena, íntegra y leal. Pedro la quería en su equipo para siempre.


—Jimena, tienes otro trabajo —le dijo—. Te lo iba a decir cara a cara, pero, ya que ha salido el tema… Quiero que te hagas cargo de la dirección de todo el complejo, no solo del gimnasio.


Se hizo un grave silencio.


—Muy bien, Pedro. Me gusta la idea, pero antes quiero que me prometas que no vas a utilizar las fotografías.


—He sido yo el que te ha preguntado si habías firmado algún contrato que nos obligara a ello —le recordó—, pero, si te quedas más tranquila, te doy mi palabra.





Se suponía que Paula estaba trabajando, pero cuando Pedro se asomó al estudio se la encontró mirando fijamente las piezas del panel de invierno.


—Creí que lo tenías que tener terminado la semana pasada.


—Esa era la fecha que me había marcado yo personalmente, pero tengo un par de semanas para entregarlo.


—Entonces, ¿Te puedes tomar un descanso? Iba a hacer una deliciosa tortilla.


—Gracias, Pedro, pero no tengo hambre.


—Pero si no estás trabajando, solo mirando los paneles —insistió acercándose a ella y agarrándola de la mano, que estaba helada—. Anda, vamos.


Paula se dejó llevar hasta la cocina.


—¿Té, café, vino?


—No sé si debería tomar estimulantes…


—Paula, esto no es un castigo. Tienes que aprender a comer bien, pero eso no quiere decir que no puedas darte un gusto de vez en cuando. Lo estás haciendo muy bien. Hoy has ido al club en bici, has hecho una hora de ejercicio y has vuelto en bici a pesar de que yo me había ofrecido a traerte a casa en coche.


Paula sonrió ausente.


—He ido a buscarte, pero estabas hablando por teléfono como un millonario que estuviera cerrando un negocio de millones de dólares.


—Multimillonario.


—Ah, perdón.


—¿Y si te dijera que eso era exactamente lo que estaba haciendo? ¿Me creerías?


—No.

martes, 1 de marzo de 2022

A Mi Medida: Capítulo 44

 —Bien hecho.


¿Para qué contarle a Jimena que después la había invitado a cenar al restaurante más caro de la ciudad? No lo había hecho por ella, la verdad, sino por él. Quería conocerla. Sí, aunque había intentado convencerse de lo contrario, lo cierto era que quería conocerla. A fondo. Habían pasado la noche charlando de todo y de nada. De música, de cine, de lugares e incluso de su glamurosa hermana.


—¿Qué tal van los preparativos de la boda?


—Con precisión y secreto militar. No sé ni si Isabella sabrá qué día se va a casar. Ahora que la revista Celebrity ha entrado en juego, tengo la impresión de que lo único que tenemos que hacer es aprendernos unas líneas y decirlas cuando nos lo indiquen. Y como la madrina no habla, en fin, lo de siempre, la historia de mi vida.


—¿Te habría gustado ser una estrella como tu hermana?


—Mi madre quería una saga de actrices, pero yo no sirvo. La pobre lo ha intentado, me ha llevado a clases de teatro y todo, pero no se me daba bien. Nunca me gustó hablar en público.


—Pero ya no te da vergüenza. Das, dabas clase.


—Eso es diferente porque sabía de lo que estaba hablando, pero si me pides que recite un poema en una habitación llena de gente… —se había estremecido al recordarlo—. Fue un gran alivio cuando Isabella empezó a despuntar y demostró que tenía un talento natural para la interpretación. Entonces pude retirarme a un rincón con una hoja de papel y unos lápices de colores y…


Y en ese momento había sido como si entendiera de repente algo verdaderamente importante, algo como sentirse poco valorada y la comida, por ejemplo, pero había bajado la mirada y no había dicho nada más.


—¿Y tú? ¿Siempre quisiste jugar al rugby?


—Sí —había contestado decidido a prestarle toda la atención que quisiera en cuanto supiera cómo romper el círculo vicioso rechazo-comida.


Tenía que sentirse querida por sí misma, no porque hubiera perdido unos kilos.


—Fui a la universidad para jugar, no para estudiar.


—Pero, ¿Terminaste los estudios?


—Sí —había sonreído él.


—¿Y luego?


—Jugué en un club, decían que iba a ser una gran estrella.


—¿Ah, sí? Entonces tendría que haber oído hablar de ti.


—No creo. Eras muy pequeña. Debías de tener trece o catorce años.


—Entonces te lesionaste y se acabó el rugby. Debió de ser duro.


—Sí, pero la vida sigue y hay que luchar —había dicho él citando con amargura la frase que tantas veces había oído.


—No fue solo la pierna, ¿Verdad?


Él se había encogido de hombros.


—La vida sigue, pero cuando pasas de estar en lo más alto a no ser nadie en un día… Hay gente que no lo soporta.


—Una chica —había dicho ella sin pestañear—. Estabas enamorado.


—Con todo mi corazón, sí. Creía que ella también lo estaba de mí. De hecho, nos íbamos a casar, pero, por lo visto, de lo que estaba enamorada era de la fama.


—Lo siento mucho —había murmurado Paula acariciándole la mano.


Y él supo que lo decía sinceramente. No tenía ni idea de quién era él. No lo había dicho para quedar bien ni para obtener nada a cambio. Lo único que sabía de él era que era un hombre cuya carrera deportiva se había truncado. Aun así, lo había mirado a los ojos como si quisiera ayudarlo, como si quisiera hacer realidad sus sueños.


—Hace doce años de aquello —había dicho él—. Ha habido otras chicas.


—Pero no has querido a ninguna. ¿No has querido arriesgarte?


Lo decía por experiencia propia, estaba claro, porque sabía el daño que se podía sufrir cuando uno arriesgaba el corazón. Él había sentido deseos de retorcerle el cuello a Damián Jackson por haberle hecho conocer lo que era aquel dolor.

A Mi Medida: Capítulo 43

 ¡Ah, se refería a su casa! ¡Qué placer! ¡Mucho mejor que el de la comida basura!


—Puedes confiar en mí, pero prefiero volver a casa contigo —había contestado encantada—. ¿No me merezco un premio por lo de la hamburguesa? —había añadido mirándolo a los ojos con una franqueza que la había sorprendido a ella misma.


—¿Un premio? ¿Qué clase de premio?


Paula había dudado un segundo. Suficiente para que Pedro se inclinara sobre ella y la besara.


—¿Como este?


No había esperado una contestación. La había vuelto a besar, pero aquella vez había sido con una pasión desaforada que había hecho que Paula se apoyara en el coche y tuviera que sujetarse a su camiseta para no caerse. Unos chicos que pasaban por la calle silbaron y dijeron un par de obscenidades, así que dejaron de besarse. Jimena le había preguntado qué quería, y Pedro también. Ya lo sabía. Lo quería a él.


—¿Es suficiente, Paula? —había murmurado él.


—Bueno, más o menos —había contestado ella tragando saliva.


Aquello no había sido una descarga eléctrica sino algo mucho más peligroso.


—¿Seguro?


—Sí, sí. Era la oferta del día —había añadido al ver que Pedro no parecía muy convencido.


Él se había quedado mirándola un rato, la había soltado y había cerrado la puerta del coche con cuidado antes de meter la bici de Paula en la parte de atrás. Cuando se había puesto al volante tenía otra vez la situación bajo control, como de costumbre, pero ella estaba hecha un manojo de nervios.


—Supongo que lo de la invitación para cenar fuera ya no sigue en pie, ¿Verdad? —le había preguntado tras tomar aire varias veces.


—Tú hoy a pan y agua.


—No es justo —había protestado—. No me la he comido.


—Eso es cierto —había sonreído él—. Te daré también algo de fruta… Y algo de vino.


—¿Sin comida? Se me va a subir a la cabeza. ¿Y si das la vuelta y compramos algo en la hamburguesería? Si compramos patatas, sería una cena muy completa, ¿No? —había bromeado.


—Te estaría bien empleado que te hiciera algo así, sí —había bromeado él también—. ¿Conoces el restaurante italiano que hay al lado de la catedral?


—Yo no me puedo permitir ir a sitios así —había contestado ella sorprendida.


—Te has esforzado mucho esta semana, Paula, así que, si te vas a saltar el régimen, te mereces que sea con algo mejor que una hamburguesa.


—¿Sí? —había dicho ella muy sonriente—. Sí.





—Hola, Pedro, te iba a llamar luego. ¿Qué tal todo?


—El club va estupendamente. Has elegido un buen equipo, Gina. Trabajan mucho.


—¿Y qué tal Paula?

—Mejor de lo que ella cree. Es cierto que no está adelgazando un montón, pero está mucho más tonificada —contestó teniendo que tomar aire—. Ya no se queda sin aliento después de haber andado un par de kilómetros.


No como él, que la noche anterior, al verla con aquel vestido negro de escote para ir a Alfredo’s, se había quedado sin respiración. Tenía un precioso cuerpo de curvas femeninas que habían hecho las delicias de más de uno.


—Progresa entonces —dijo Jimena.


—He sido bastante duro con ella —admitió Pedro—. Solo me ha desobedecido una vez y la pillé a tiempo.

A Mi Medida: Capítulo 42

Pagó y se sentó en una mesa al aire libre a pesar del frío que hacía. Cuando había cerrado ya los ojos y estaba a punto de hincarle el diente a la maravillosa hamburguesa, sintió un cosquilleo en el cuello y se dió cuenta de que no estaba sola. Abrió los ojos, miró la hamburguesa y se dio la vuelta.


—Eres de lo más predecible, Paula —dijo Pedro arrebatándole la comida y tirándola a la papelera sin piedad.


—¿Cómo lo sabías? —le preguntó en un hilo de voz.


—Porque estabas tensa como una cuerda de guitarra.


—Y sabías que iba a necesitar comida basura para destensarme, ¿No?


—Cuando hemos pasado antes por aquí, te has quedado mirando.


—Porque tenía hambre y estaba desesperada…


—No tienes hambre —le había interrumpido Pedro—. No de comida… —había añadido metiéndose las manos en los bolsillos—. Lo has hecho muy bien esta semana, Paula.


—Pero si no he perdido ni un miligramo.


—Olvídate de eso. Lo perderás, pero tienes que seguir haciéndolo bien. Cada vez andas más y estás más fuerte. Piensa que la semana pasada no habrías podido venir hasta aquí en bici.


—La semana pasada no tenía bici —había contestado ella.


No la habría necesitado porque tenía comida en el frigorífico. Sin embargo, comprendió que la hamburguesa y el tipo de comida que solía tener en casa no la ayudaba a sentirse mejor.


—Ni siquiera estás sudando —apuntó Pedro.


—¿Por qué has tenido que decir eso? Ahora, además de hambrienta, me siento culpable.


—Me alegro. Va a ser la última vez que no te vigile. Y yo que he ido al estudio para preguntarte si querías cenar fuera…


—¿De verdad? ¿Se puede?


—Claro. Así te enseñaré cómo comer fuera de casa sin ingerir demasiadas calorías.


—Ah.


—Efectivamente. He ido a buscarte con toda mi buena intención y resulta que te habías largado.


—Necesitaba… Quería…


—¿Sí?


«Que me hicieras caso, que me tocaras, volver a la primera noche, antes de las barreras», pensó.


—Supongo que soy lamentable.


—Patética.


—Te he defraudado y lo siento mucho —había dicho sinceramente.


No por el episodio de la hamburguesa sino por haberse perdido una cena en un restaurante con él, maquillada y bien vestida y no como siempre sudada.


—Después de cómo te esfuerzas, te mereces algo mejor.


—No, Paula. Después de cómo te esfuerzas tú, te mereces algo mejor. Esto lo haces por tí, no por mí —le había dicho enfadado—. Sinceramente, a mí me parece que estás estupenda como estás, comiendo o no hamburguesas, pero mi opinión no cuenta. Tu objetivo es Marcos Gray y, según dicen, le gustan las mujeres muy delgadas.


—Pero yo no…


—¿Qué?


Iba a decir que todo aquel esfuerzo no lo estaba haciendo por Marcos Gray, pero si lo estaba haciendo por ella misma, lo de la hamburguesa había sido triste de verdad. ¿Y si lo estaba haciendo para impresionar a Pedro Alfonso? Qué estupidez.


—No soy muy delgada.


—No.


—Y nunca lo seré.


—No creo —había dicho él—. Me voy a casa.


Paula lo miró asustada ¿Se iba? ¿Solo por la hamburguesa? ¡Pero si no se la había comido! ¿No se merecía una segunda oportunidad?


—¿Te llevo la bici en el coche o puedo fiarme de tí?

A Mi Medida: Capítulo 41

 —¿Qué tal va todo?


Era Jimena desde Estados Unidos, así que había que ser breve y concisa.


—Si te digo que no he comido ni una hamburguesa de queso desde que Pedro Alfonso vive conmigo, ¿Qué me dirías?


—Que cómo lo ha hecho.


—Sin piedad. Parece que no se da cuenta de las necesidades de una mujer.


Jimena se rió.


—Replantéate cuáles son esas necesidades y descubrirás que Pedro es mucho mejor que una hamburguesa.


—No sé a qué te refieres —mintió recordando la escena del chocolate en el estudio.


Cuando la había pillado con una hamburguesa de queso triple con extra de pepinillos, sin embargo, no se había mostrado tan sensual. Simplemente se la había arrebatado y la había tirado a la basura. Tras una semana de comida y vida sana, haciendo todo lo que Pedro Alfonso le decía, lo había visto claro. Sentía un gran vacío porque no podía comer comida basura. Y eso era culpa de él. Tras el incidente de la bicicleta no la había vuelto a tocar, no se había vuelto a quitar la camiseta ni había vuelto a entrar en su habitación. Cuando le había tocado medirla para ver los progresos realizados, había puesto una excusa y una compañera lo había hecho por él. Cuanto más se esforzaba ella en hacer las cosas bien, más se alejaba él, como si el momento en el que podría haber sucedido de todo en el estudio jamás hubiera existido. Ella no podía controlarse. Su cuerpo le recordaba una y otra vez aquel episodio, seguía deseando a Pedro. Su cerebro tampoco la ayudaba demasiado, pues tenía grabadas las imágenes y las repetía constantemente. Cuanto más se alejaba él, más quería ella que se acercara. Estaba tan sensibilizada a su presencia que estaba segura de que, si la tocara, sería como una descarga eléctrica. Tal vez él también lo supiera. Tal vez por eso le había pedido a su compañera que se encargara de medirla. Aquel día apenas le había hablado durante el trayecto de vuelta a casa.


—Me voy a cambiar —había dicho tras bajar la bici del jeep—. Si quieres, ponte a trabajar. Ya hago yo la cena —había añadido.


Eso, cada uno por un lado. Así que no estaba dispuesto a darle consuelo, ¿Eh? Muy bien, pues ya se buscaría ella dónde encontrarlo.


—Gracias —le había dicho oliendo ya la cebolla frita y pensando cómo escapar—. Esto del ejercicio me sienta muy bien físicamente, pero no le va muy bien a mi creatividad.


—¿Te apetece cenar algo en concreto?


—Cualquier cosa que no sea pollo —había contestado ella rezando para que subiera las escaleras cuanto antes—. Bueno, me da igual, pollo está bien —había añadido soñando ya con la triple hamburguesa—. Bueno, estoy en el estudio…


Pedro no se había movido del sitio, pero Paula se había girado y había hecho un esfuerzo para no salir corriendo sino andando tranquilamente. Había entrado, encendido las luces y arrancado el ordenador. Por fin, tras lo que se le había antojado como una eternidad, había visto luz en el baño. Salió como una centella, se subió en la bici y pedaleó hasta la hamburguesería.


—¿Quiere patatas o bebida? Tenemos una oferta que…


—No, no, gracias —había contestado.


Tenía que darse prisa para volver antes de que Pedro la echara en falta. Era como si le leyera la mente. Imposible. Si le leyera la mente, no necesitaría comida basura para consolarse.