jueves, 3 de febrero de 2022

A Mi Medida: Capítulo 15

 —¿Cómo? —dijo Paula horrorizada.


—Sí, con Lake Spa al fondo.


—Muy bonito.


Pedro la miró y sonrió. Aquello hizo que Paula acelerara el paso para alcanzarlo. ¿Por qué estaba haciendo aquello? ¿Para impresionar a un hombre al que, seguramente, no iba a volver a ver? ¿Para impresionar a otro que le había dejado muy claro que no quería nada con ella? ¿Estaba loca? Seguramente. Sin embargo, apretó los dientes y siguió andando unos diez minutos más, hasta que sintió un terrible dolor en el lateral.


—No puedo más —anunció poniéndose la mano en las costillas—. Te has salido con la tuya. Estoy hecha un asco. Tengo que parar.


—¿Por qué no lo has dicho antes?


—¿No te has dado cuenta?


—No, no se te notaba —contestó Pedro—. Está claro que eres tan buena actriz como tu hermana. Vamos, no te pares. Sigue andando en el sitio para que los músculos no se enfríen —dijo tomándole el pulso.


Paula le miró las manos mientras lo hacía. Eran grandes y fuertes, y se las imaginó agarrando un balón de rugby con fuerza.


—Está bastante mal, pero ya mejoraremos —dijo Pedro.


—¿Qué?


—Tu tasa de recuperación —contestó soltándola.


—Ah —dijo ella con el corazón latiéndole aceleradamente.


¿Solo por el esfuerzo físico o también por él?


—Muy bien, ahora podemos seguir, pero si un paseo por el campo puede contigo, vas a tener que trabajar duro, Paula.


—¿Cómo de duro?


—Por ejemplo, tendrías que ser capaz de hablar y andar a la vez.


¿Hablar? Ningún problema.


—Entonces, ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí, Pedro?


—Es mi primer día en Lake Spa. Por eso me tienes sólito para tí.


—Qué suerte la mía. ¿Y qué hacías antes?


—Tienes que ir más rápido —le advirtió.


—Si voy más rápido, no puedo hablar.


—Si vas así, vamos a tardar todo el día en dar la vuelta al lago. Y, cuando te he dicho lo de hablar y andar a la vez, me refería a la semana que viene.


—Sí, sigue soñando.


—Te recuerdo que la que tiene un sueño aquí eres tú. Yo solo te voy a ayudar a hacerlo realidad —dijo acelerando y dejándola con la impresión de que no quería contestar a sus preguntas.


Paula sintió las gotas calientes sobre la piel y gimió. Hacía un año que no andaba más allá de la tienda de la esquina para comprar pan, leche y chocolate. Lo podría haber comprado junto con todo lo demás en el supermercado, pero era su forma de forzarse a salir de casa de vez en cuando. Cuando tenía un proyecto entre manos, lo único que la animaba a dejar de trabajar era el chocolate. Sin embargo, sus incursiones a la tienda tres veces por semana no la habían preparado para aquello. Había vuelto al club de salud casi a rastras. Pedro, que le había asegurado que iría mejorando, apenas sudaba. De hecho, apenas se le notaba la cojera. Le había indicado que se duchara y que se reuniera con él en el restaurante para hablar del programa mientras comían.

A Mi Medida: Capítulo 14

 —¿Ves? Jimena no para de decirme que haga deporte, baloncesto o tenis o lo que sea, y yo le digo que me parece peligroso.


—El tenis es malo para los codos, sí —admitió Pedro—. Te prometo que no te va a pasar nada —la tranquilizó mientras bajaban las escaleras—. He visto en el formulario de admisión que eres diseñadora de telas. ¿Qué haces exactamente? Lo digo porque me interesa saber lo que haces un día normal. No te imagino corriendo alrededor del telar.


—No utilizo ningún telar. Soy una artista, así que utilizo mi imaginación y mi ordenador.


—Ah, estupendo. ¿Y cuando no estás sentada frente a él qué haces?


—Me paso mucho tiempo buscando materiales.


—¿Te refieres a que te pasas mucho tiempo de compras?


—No hay forma de engañarte, ¿Eh? Te aseguro que ir de compras puede resultar agotador. Hay que encontrar la tela perfecta, con la textura adecuada, el tamaño, la caída… En fin un montón de cosas que te hacen perder un montón de calorías.


—Que supongo recuperarás en un santiamén con un capuchino y unas galletas danesas en la cafetería del centro comercial.


—Cuando encuentro lo que estaba buscando —continuó Paula ignorando su comentario—, comienza el proceso creativo.


—¿Y eso en qué consiste exactamente? ¿En coser?


¡En coser!


—Sí, la verdad es que los días realmente duros son los que tengo que enhebrar las agujas —contestó con sarcasmo.


—No quería insultarte.


—Te sale de forma natural, ¿Eh?


—Solo quería hacerme una idea de qué tipo de vida llevas.


—¿Sedentaria?


—En ese caso, quiero que a partir de ahora vayas a todas partes andando.


—¿A todas partes? ¿También al trabajo? —preguntó malévola.


—Claro. ¿Está muy lejos? Bueno, entonces, ve la mitad del camino en coche y la otra mitad andando.


Paula hizo un esfuerzo para no reírse. El camino consistía en salir por la puerta de la cocina, atravesar el jardín y llegar al estudio. Unos diez metros. Estaban subiendo una cuesta y, aunque iban lentos, al cabo de un rato, no podía más.


—¿Y las fotos? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Qué te parece si las hacemos aquí? —añadió con la esperanza de que se parara.


—No —contestó Pedro—. Las quiero hacer desde el otro lado del lago.

A Mi Medida: Capítulo 13

Para que el padrino no se llevara una decepción y para que Damián se arrepintiera de haberla dejado. Y, sobre todo, para que los demás dejaran de tenerle lástima.


—Es eso lo que quieras, ¿Verdad?


Paula se encogió de hombros. Tal y como él lo había dicho, le había parecido frívolo. Quería algo más. Volver a sentirse segura de sí misma, pero decirle aquello a su entrenador personal era como desnudarse y no estaba dispuesta.


—Te prometo no quejarme —contestó.


—Muy bien. ¿Te importa levantar los brazos para que terminemos cuanto antes?


Paula tomó aire y obedeció. Cerró los ojos y sintió sus brazos alrededor de su cuerpo. Hacía mucho tiempo que no tenía a un hombre tan cerca. Tocándola. Más de un año. Sintió su aliento a pasta de dientes en la mejilla, mezclado con todo tipo de matices masculinos que despertaban en ella cosas que había enterrado hacía tiempo.


—Ya puedes respirar —anunció Pedro de repente.


—Perdón, me estoy comportando como una niña pequeña.


—Te entiendo, pero me temo que cuando decimos que somos entrenadores personales es porque lo somos de verdad. ¿A que no le dices cuánto pesas de verdad ni a tú mejor amiga?


Paula sonrió con amargura.


—Creo que ambos sabemos que no me lo confieso ni a mí misma.


—Te prometo que todos tus secretos están a salvo conmigo.


—Si tú lo dices.


—Te tengo que hacer un par de fotografías —anunció Pedro haciendo unas anotaciones y abriendo otro cajón—. Si encuentro la cámara, claro.


—Yo tengo una —contestó Paula decidida a acabar con aquello cuanto antes—. Toma. Es digital, pero te imprimiré una copia en casa.


—Buena cámara.


—Sí, la utilizo para trabajar.


—Muy bien, haremos las fotos fuera. Vamos a dejar tu bolso en una taquilla y, luego, iremos a dar un paseo.


—¿Un paseo? ¿Andando? ¿No vamos a correr? Andar se me da muy bien.


—Me alegro. Espero que sea cierto.


En cuanto se giró hacia la taquilla, Paula le sacó la lengua. Infantil, sí, pero se sentía mejor.


—¿Y tú puedes andar bien? —le preguntó viéndolo masajearse la pierna.


—Si no puedo, ya te lo diré —contestó él secamente.


—¿Qué te pasó? —le preguntó andando a su lado.


—Me caí y me cayeron encima seis hombres —contestó Pedro—. No fue adrede, son cosas que pasan en el deporte.


—¿Qué deporte?


—Rugby.


Paula lo miró con cara de dolor.


—Ganamos —apuntó Pedro.


—Supongo que entonces mereció la pena.


—Al principio eso pensaba yo.


—¿Hasta que te diste cuenta de lo grave que era?


Pedro se encogió de hombros.

martes, 1 de febrero de 2022

A Mi Medida: Capítulo 12

¿Qué había sido de la sonrisa? Hacía poco que lo conocía, pero aquel hombre las tenía para todos los gustos. Estaba la sonrisa educada de «Dios mío qué horror» de cuando la había agarrado para que no se cayera, aunque habría deseado no haberlo hecho. La sonrisa pensativa de «Dios nos pille confesados» de un hombre que creía que la mujer que tenía ante sí necesitaba realmente ayuda. Y la momentánea sonrisa que se había convertido en algo mucho más intenso cuando se había apartado de ella. Para terminar, la de hacía un segundo, era la sonrisa de no me creo una palabra de lo que has escrito aquí.


—Eso no es muy amable de tu parte, señor Alfonso. ¿Me estás diciendo que no me crees?


—Pedro —le recordó—. No, te estoy diciendo que no se te dan bien las matemáticas. ¿Te importaría subirte a la báscula, por favor?


Obviamente, iba a tener que ser así. Paula se quitó los zapatos y obedeció. Pedro deslizó el peso por la barra y, qué vergüenza, dos kilos y pico más de lo que ella había puesto.


—Madre mía —intentó disimular Paula—. Pues la báscula que tengo en casa es nueva. La voy a llevar a la tienda.


—Sí, más te vale.


—Claro que…


—¿Qué?


—No sé si estaba desnuda cuando me pesé.


—¿Ah, sí?


—¿Hay mucha diferencia de pesarse con ropa a hacerlo sin ella?


—¿Por qué no te la quitas y lo comprobamos? —sonrió Pedro con una nueva e impenetrable sonrisa—. No hay secretos entre una clienta y su entrenador personal.


¿Se creía que era tonta o era él el que era demasiado listo?


—No, gracias.


—Bien, entonces, vamos a medirte.


¡Estupendo! También se había puesto un par de centímetros de más. Aquella mujer era un caso perdido.


—No me digas nada —apuntó Pedro—. La última vez que te mediste, llevabas zapatos de tacón, ¿Verdad?


—Como todo el mundo, ¿No?


Paula creyó verlo sonreír de nuevo. ¿Cuándo conseguiría hacerlo reír?


—Muy bien, arriba las manos —dijo Pedro abriendo un cajón.


—No va a hacer falta. Ya me he rendido… —se interrumpió al ver que sacaba un metro—. ¿Eso para qué es?


Pedro enarcó las cejas.


—¿Me vas a medir? ¿Las caderas?


—Las caderas y todo lo demás. Para hacerte una tabla de ejercicio, tengo que saber exactamente de dónde tienes que perder.


—Pero, ¿No se ve a simple vista?


—Caderas, muslos, cintura —contestó Pedro.


—Sí, ya sé que tengo que adelgazar de todas partes.


—Bueno, sería una pena reducir tus encantos naturales —sonrió—. Si te pusieras un vestido con un buen escote, estoy seguro de que el señor Gray no podría mirarte otras zonas del cuerpo.


Paula gimió de horror. Había sido la primera chica de la clase en desarrollar y siempre le había dado vergüenza, pero nada comparado con que Pedro Alfonso le midiera los pechos.


—Lo volveremos a repetir dentro de una semana para ver el progreso —le informó.


—No creo que sea necesario, de verdad. Se ve muy fácil si has adelgazado. Yo lo sé por los vaqueros.


—Muy bien, pero yo prefiero un método un poco más científico. Por si tus vaqueros son tan flexibles como la báscula de tu casa, ¿Sabes?


—Te prometo no hacer trampas. Confía en mí.


—Primero, tienes que confiar tú en mí, Paula. Esto es trabajo en equipo. Si lo quieres dejar, no tienes más que decirlo. Todo lo que vamos a hacer es por tí, para que te sientas mejor y puedas disfrutar de la boda de tu hermana… Para que hagas realidad tu sueño.


Lo que Pedro le estaba preguntando era si estaba seguro de querer ser la guapa del baile. Obviamente, la estrella de la boda iba a ser su hermana, que para eso se casaba. Ella solo quería estar decente y presentable.

A Mi Medida: Capítulo 11

 —No entiendo…


—¿Me sigues?


Pedro se encogió de hombros. Paula lo tomó como un sí.


—Bien. Tú eres el padrino y te acabas de enterar de que mi hermana, la encantadora y deseable Isabella Chaves, es la madrina —le explicó enarcando una ceja—. Piénsalo.


Pedro lo pensó. Según los medios de comunicación, Isabella Chaves se había convertido en el sueño de muchos hombres desde la primera película que había interpretado. No solo era guapa sino que, además, tenía talento. Lo que Paula le estaba intentando hacer comprender era que, si él fuera el padrino e Isabella la madrina, nadie pensaría mal de él por querer ligársela. De hecho, todos querrían estar en su pellejo aunque solo fuera para besarle la mano. Entonces comprendió lo duro que debía de resultar ser la hermana mayor y gorda de Isabella Chaves y tener que oír una y otra vez el tono incrédulo de la gente al enterarse del parentesco. Era normal que Paula quisiera un cuarto de hora de fama. ¿Quién podía criticarla por ello? Además, Lake Spa se iba a beneficiar de ello.


—¿Me estás diciendo que hombres y mujeres son iguales incluso a la hora de soñar?


La vió sonreír ampliamente.


—Era más fácil de entender de lo que parecía, ¿Eh?


—Perdón, me temo que estoy un poco chapado a la antigua.


—No me lo creo. ¿Nunca te ha perseguido una mujer para besarte? Perdón, se me olvidaba que los hombres chapados a la antigua no hablan de esas cosas —sonrió.


—Efectivamente —dijo Pedro deseando besarla.


Hacía mucho tiempo que no sentía que se le paraba el corazón al mirar a una mujer. Se apartó de ella algo incómodo, pues no había sido su corazón la única parte de su anatomía que se había animado.


—Vamos a tener que trabajar duro para averiguar si Marcos Gray sabe mantener la boca cerrada también —dijo más cortante de lo que quería.


Paula dejó de sonreír y él aprovechó para ir hacia la zona de entrenadores personales. Que lo siguiera o no era su problema. Se quedó mirándolo mientras se reponía. Por un momento, había estado segura de que la iba a besar. Por un momento, había deseado que lo hiciera. Eso demostraba lo peligroso que resultaba no desayunar más que sopa de col. Para que el cerebro funcionara bien había que tomar, por lo menos, una napolitana de chocolate. Agarró su bolso y fue tras él. Al entrar en la pequeña habitación, se lo encontró de espaldas, leyendo el informe que Jimena había dejado sobre sus debilidades. Como no la veía, aprovechó para fijarse en su pelo, que se rizaba levemente en la nuca, en sus increíbles hombros, en su espalda fuerte y poderosa y en su cintura que se prolongaba hasta formar un formidable…


—¿Lista? —le preguntó girándose.


—No, pero qué se le va a hacer. ¿Qué hay que hacer?


—Pesarte.


Paula miró las básculas sin entusiasmo. De momento no pensaba subirse en una.


—No hace falta —le dijo cruzando los dedos a la espalda—. Ya he puesto lo que peso en el formulario —añadió con una gran sonrisa para convencerlo de que era una persona de fiar.


—Sí, ya lo he visto, y tu edad también —sonrió él.


Cuando lo hacía, se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos de lo más interesantes. Otro ejemplo de la desigualdad entre hombres y mujeres, porque eso mismo en las féminas se llamaba patas de gallo y había que eliminarlas a toda costa.


—¿Te importa que comprobemos cuánto pesas en realidad? —le preguntó muy serio.

A Mi Medida: Capítulo 10

Él no conocía al equipo y, además, si Paula quería conseguirlo iba a necesitar a alguien con dedicación absoluta para ella. No había ningún entrenador personal que pudiera hacerlo. Solo él. Era el único que tenía tiempo y el único del que se podía fiar en cuanto a la discreción. Así estaría ocupado.


—Muy bien, será mejor que nos pongamos manos a la obra cuanto antes porque tenemos mucho que hacer si queremos que la recompensa del señor Gray esté a la altura de las circunstancias —anunció.


Paula dejó de sonreír y lo miró enfadada. Mejor. La adrenalina era buena.


—Vamos a medirte y a pesarte y a hacer unas fotos.


Paula puso cara de terror.


—No te va a doler, te lo prometo.


—Qué sabrás tú.


Pedro recordó las imágenes que la prensa había publicado años atrás de él abandonando el terreno de juego en una camilla. Cómo odiaba verse así, con la pierna destrozada.


—Lo sé —le aseguró pensando en lo mucho que aquella fotografía le había servido para recuperarse después de las operaciones—. Es para que la pongas en la puerta de la nevera. Así recordarás todo esto cuando Marcos Gray no sea más que un recuerdo para contar a tus nietos.


—Gracias, pero prefiero poner una de él, que es más guapo.


—Como quieras —contestó Pedro negándose a piropearla. Iba a tener que trabajar duro si quería oír palabras de elogio—. Por aquí… —añadió levantándose y yendo hacia la puerta.


—Un momento… ¿Me estás diciendo que…? ¿Vas a ser tú mi entrenador personal?


—¿No quieres? Me temo que, al no estar Nadia…


—¡Liposucción! —exclamó Paula de repente.


Pedro no dijo nada.


—¿No te parece buena idea?


—Me temo que no. Succionar la grasa solo sirve si está concentrada en un solo lugar. Tú solo tienes que tonificar, pero el cuerpo entero.


—¿Solo? ¿Te haces una idea de cuánta carne tengo?


—Ahora lo voy a averiguar. Si haces todo lo que te diga y no comes chocolate, hamburguesas con queso y donuts… —dijo Pedro mirando los comentarios de Jimena.


—¡Dame eso! —exclamó Paula abalanzándose sobre él—. ¡No sé qué habrá escrito Jimena, pero es todo mentira!


Pedro apartó el formulario y la sujetó de la cintura. Al hacerlo, le llegó el aroma de su gel y su champú. Era la segunda vez que la tenía tan cerca. Y le gustaba. Tenía algo que lo atraía, algo femenino que no tenían las escuálidas modelos a las que estaba acostumbrado.


—Dieta equilibrada y un poco de deporte —le dijo—. Así, el señor Gray quedará prendado de tí.


No era cierto que fuera a ser solo un poco de deporte, pero no quería asustarla. Lo que no quería era que se apartara porque la tenía tan cerca que sentía sus pechos en el torso. La soltó a regañadientes decidiendo que ella estaba pensando en Marcos Gray y no en un ex jugador de rugby lesionado.


—¿De verdad quieres aparecer en portada sobre un titular que diga: Marcos Gray cae rendido a los pies de la hermana de la novia?


—¿No te parece bien?


No le parecía mal que quisiera adelgazar, pero el motivo, sí. Sin embargo, Paula Chaves era una adulta. Si quería hacer el tonto, no era asunto suyo. Él estaba allí para sacarle provecho a la situación.


—¿Por qué no me va a parecer bien? Quieres ponerte en forma, ¿No?


—Pero no te parece bien que lo haga por el padrino, ¿Verdad? Es curioso cómo cuando es un hombre el que quiere ligar, todo está permitido, mientras que cuando es una mujer…


—Mira…


—No, mira tú, señor Alfonso…


—Pedro —la corrigió.


—Muy bien, Pedro. Quiero que hagamos un pequeño ejercicio de imaginación, ¿De acuerdo? Quiero que te imagines el mismo escenario, la súper boda, pero esta vez vas a ser tú el padrino.

A Mi Medida: Capítulo 9

 —Ya lo entiendo —apuntó—. Esperas que el padrino se fije en tus amplios encantos si…


Aquella vez fue Pedro quien se interrumpió. No estaba siendo muy afortunado con sus comentarios, la verdad.


—¿Amplios? —dijo ella enarcando una ceja.


Sin esperar a que Pedro contestara, se inclinó hacia delante para sacar de su bolso una agenda. Al hacerlo, él tuvo un primer plano de su escote y se le secó la boca.


—El día D es el treinta de abril. Ese día tengo la última prueba de vestido. ¿Se puede hacer?


Llevaba los labios sin pintar, pero su boca era grande y atractiva, como el resto de ella.


—Tres semanas… —apuntó Pedro intentando concentrarse—. En ese tiempo se pueden perder alrededor de tres kilos.


—Yo tengo que perder diez.


—No nos gustan los regímenes ultra rápidos porque son malos para la salud y, además, el peso perdido se recupera. No te preocupes, entre la dieta equilibrada y el deporte, lo conseguirás. Si te lo tomas en serio, claro, y lo haces bien. ¿Estás convencida?


—¿Estoy convencida?


—Entiendo que quieras perder peso para la boda de tu hermana, pero te recomendaría que te lo tomaras con calma. Adelgazar mucho lleva su tiempo.


—Mira, ya he hablado de todo esto con Jimena, tu jefa, ¿De acuerdo?


—Mi jefa… —dijo Pedro disimulando una sonrisa—. Muy bien, pero que conste que lo que te he dicho ha sido porque me parece una salvajada realizar un esfuerzo sobrehumano solo para un día.


—¿Solo? —repitió ella echándose hacia delante, dejando el escote a la vista de nuevo—. Para que lo sepas, no es solo para un día. No soy la novia, pero el padrino va a ser Marcos Gray, ¿Sabes? Por eso es tan importante para mí adelgazar.


—¿Marcos Gray? —dijo Pedro como si aquel nombre no le dijera nada.


—¿No sabes quién es?


—No, lo siento.


—Un actor súper famoso de ojos oscuros, pelo rubio y trasero estupendo… Aunque dicen que utiliza dobles para las escenas de…


—Muy bien, muy bien —la interrumpió Pedro—. Ya sé quién es —añadió preguntándose qué tendría que ver Paula Chaves con aquel guaperas por el que todas las mujeres perdían la cabeza—. Supongo que es una buena recompensa por tener que vérselas con los ratones de los pajes.


—Desde luego —contestó Paula—. Aunque me gustaría ser yo la recompensa por que él no perdiera las alianzas.


De repente, Pedro entendió quién era Paula Chaves.


—¿Eres hermana de Isabella Chaves? —le preguntó recordando las portadas de aquella mañana que anunciaba su boda a bombo y platillo—. Perdona, no me había dado cuenta.


—No pasa nada. Todo el mundo se queda boquiabierto. Incluso a mi madre le cuesta entender que seamos hermanas y llevemos los mismos genes.


—A mí sí me parece que se parecen—dijo Pedro sinceramente.


Tenían los mismos ojos y, tal vez, tuvieran el mismo cuerpo, pero Paula lo había recubierto de una capa de grasa que su hermana había preferido evitar. Parecía que ahora Dodie estaba dispuesta a poner remedio a aquel error. Y deprisita. Por Marcos Gray. Ahora entendía las razones de Jimena para dejar que su amiga utilizara Lake Spa gratis. Se preguntó si estaría equivocado, pero comprendió que no porque Jimena había dejado instrucciones a Nadia de que tomara fotos de Paula antes, durante y después de su estancia. Era obvio que, aunque eran amigas, Jimena había visto el negocio. Claro. La prensa rosa pagaría una fortuna para, además de cubrir la boda de la hermana famosa, tener el reportaje humano de la hermana gordita. Ya se imaginaba las fotografías. Paula en mallas y con el pelo recogido de cualquier manera con una horquilla de un animalito. Obviamente se había vestido con lo primero que había encontrado a mano para que el resultado de la transformación fuera más espectacular. Sudando en nombre de la belleza, todo con el logo de Lake Spa en primer plano, claro. Y, por último, convertida en un cisne bailando con el galán de moda. Solo había un problema. Nadia estaba en el hospital. ¿Quién iba a hacer de hada madrina para obrar el milagro? Cuando se disponía a llamar a recepción para preguntar quién se podría hacer cargo de ella, dudó. Era un asunto delicado. La boda de Isabella Chaves era la noticia del año y era obvio que Jimena, que conocía a su equipo, había elegido a una persona discreta para hacerse cargo de la hermana de la novia.