jueves, 13 de enero de 2022

Curaste Mi Corazón: Capítulo 42

A la hora de la cena, Pedro se obligó a bajar. No tenía el más mínimo apetito, pero estaba seguro de que si no hacía acto de presencia Paula subiría como una furia a exigirle una explicación. La preocupación que vió en su mirada cuando entró en la cocina se le clavó en el corazón como una daga.


–Estoy bien –le dijo, antes de que pudiera preguntar.


Se llevó la jarra de agua y los vasos al comedor, y ella lo siguió poco después con una suculenta fuente de espaguetis con albóndigas. Les sirvió a ambos y se sentó frente a él, pero no empezó a comer, sino que tomó su vaso con la mano temblorosa, y tomó un trago antes de decir:


–Deduzco que tu visita no ha ido como esperábamos, ¿No?


Él sacudió la cabeza.


–Adrián está hecho polvo, Paula.


–Bueno, lo que ha pasado es algo traumático.


–Y que yo fuera a verle no ha ayudado en absoluto; no hice sino empeorar las cosas.


–¿Cómo? –inquirió ella en un susurro.


Pedro tuvo que inspirar antes de continuar.


–Me detesta. No quiere ni verme, tal y como decía su madre.


Paula se quedó callada, como si no supiera qué decir.


–¿Y qué piensas hacer? –inquirió finalmente.


Pedro tomó su tenedor y removió con desgana los espaguetis.


–Volver al plan inicial. Tengo que centrarme en ganar el suficiente dinero para que Adrián siga teniendo la mejor atención.


–Pero… Pero entonces… ¿Qué pasa con nosotros? –inquirió Paula con voz queda.


Pedro sintió un resquemor amargo en la garganta.


–No puede haber un «Nosotros», Paula. Al menos no en un futuro inmediato.


Ella se quedó mirándolo durante unos segundos que se le hicieron largos y dolorosos, como si no lo hubiera oído bien. Luego dio un respingo, al comprender, y palideció. Pedro se sentía como un canalla y quería rogarle que lo perdonara, pero no le salían las palabras. Paula apretó los labios y, saliendo del estado de aturdimiento en el que estaba, le espetó con ojos relampagueantes:


–¿Vas a rendirte solo porque el primer golpe te ha derribado? ¿Vuelves a casa corriendo con el rabo entre las patas, como un perro asustado?


Pedro no dijo nada. Si Paula necesitaba desahogarse, dejaría que lo hiciera. Se merecía todo lo que pudiese decirle.


–¿Es que siempre lo has tenido todo tan fácil que nunca has tenido que luchar por nada? –lo increpó Paula. Se rió con amargura y añadió–: Federico solía alardear diciendo que eras algo así como una especie de genio, que ibas de triunfo en triunfo –se puso de pie–. Pero la realidad es que todo lo que has conseguido, lo has conseguido tan fácilmente que te has convertido en un… ¡En un perdedor!


Las palabras de Paula eran cortantes como latigazos, pero continuó callado.


–Cuando de verdad te importa algo, Pedro, sigues luchando hasta que vences, por más veces que te caigas. Si de verdad te importara Adrián, te esforzarías más.


Lo que estaba diciendo en realidad, era que si ella le importaba, lucharía por ella. Y tenía razón, porque Paula merecía que luchara por ella. En cuanto a Adrián… No quería verlo; no había vuelta de hoja. Y bastante daño le había hecho ya.


–Pero no vas a hacerlo, ¿Verdad? –añadió Paula. Su voz estaba teñida de decepción, y la idea de defraudarla era peor que el que se enfadara con él.


Paula sacudió la cabeza y se marchó, y Pedro se sintió como si su corazón hubiera dejado de latir. 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 41

Paula se sacó el móvil del bolsillo por decimonovena vez, pero seguía sin tener ningún mensaje. Hacía dos días que Pedro se había ido, y en ese tiempo ella le había mandado cinco mensajes. Miró a Rocky, que estaba echada en su cesta, en un rincón de la cocina, con el hocico entre las patas. Era evidente que ella también echaba de menos a Pedro.


–¿Tú crees que cinco mensajes son muchos, Rocky? ¿Le pareceré muy desesperada?


Se dejó caer en una silla y empezó a contar con los dedos de la mano:


–Uno preguntándole «¿Has llegado ya?». Dos, en el que le decía «Me acuerdo mucho de tí». Tres, en el que le puse «¿Qué tal por ahí? Por aquí todo bien». Cuatro, el mensaje en el que le decía: «Te echo de menos», y… ¡Ay, Rocky, sí que son muchos!


Dejó caer la mano en el regazo y suspiró. El último, que le había enviado el día anterior, había sido simplemente un mensaje de buenas noches antes de irse a dormir. No podía ser tan patética, se dijo levantándose.


–Venga, Rocky, vamos a dar un paseo.


El animal se levantó de mala gana y la siguió con la cabeza gacha.


–Anímate –le dijo Paula inclinándose para acariciarla–, Pedro volverá pronto, ya lo verás.


Apenas había abierto la puerta del vestíbulo cuando de repente Rocky se puso como loca, como si hubiera oído algo, y salió corriendo al porche y bajó las escaleras. ¿Qué diablos…?


–¡Rocky, espera! ¡Llevas un montón de cachorritos en la tripa! –la llamó Paula, yendo tras la perra–. ¡Tienes que tener cuidado!


Y entonces ella también lo oyó: El ruido de un motor, de un vehículo acercándose. El corazón le palpitó con fuerza. ¿Podía ser que hubiera vuelto Pedro? Sintió deseos de ir corriendo a su encuentro, como Rocky, pero no habría sido muy decoroso. Cuando salió fuera comprobó que Rocky no se había equivocado. Su todoterreno, con Pedro al volante, estaba deteniéndose frente a la casa. Se lo había prestado para el viaje porque habían pensado que así le resultaría más fácil pasar desapercibido ante los paparazzi. Estaba ansiosa por saber de qué posibles proyectos habían hablado Adrián y él. Era lo que  necesitaba: Llenar su futuro con esperanzas, planes y sueños, se dijo bajando las escaleras del porche. Sin embargo, cuando se bajó del vehículo, se quedó espantada al ver lo pálido que estaba y las ojeras que tenía. Cuando llegó junto a ella lo asió por el brazo, y le habría dado un abrazo, pero él la apartó.


–Ahora no, Paula.


Ella intentó no tomárselo como algo personal. Era evidente que las cosas no habían ido bien en Sídney.


–No tienes buen aspecto. ¿Quieres que llame a un médico?


Pedro sacudió la cabeza.


–Entonces, ¿Por qué no te tumbas en el sofá? Te prepararé un sándwich y te lo llevaré con una cerveza.


–Voy a darme una ducha.


Ni siquiera había acariciado a Rocky, pero al menos dejó que lo siguiera cuando entró en la casa. Tenía más suerte que ella. Aturdida, Paula se sentó en los escalones del porche. «Ten paciencia con él», se dijo. Le dejaría que se duchara y que descansara un poco sin molestarlo. Y luego le prepararía algo rico de comer. Tal vez para entonces ya estaría de mejor humor para hablar. Espaguetis con albóndigas, eso era lo que iba a cocinar. A ella siempre le levantaban el ánimo. Se puso de pie y entró en la casa.



Pedro apoyó los brazos en los azulejos y cerró los ojos mientras el chorro de la ducha caía sobre él, pero no podía borrar de su mente la imagen de Adrián. Había quedado grabada en ella para atormentarlo toda la eternidad. Después de seis meses aún tenía que llevar el traje de compresión, una prenda diseñada para las víctimas con quemaduras graves en la mayor parte de su cuerpo. Después de seis meses todavía tenía dolor. Y nada más verlo aparecer se había puesto muy alterado y le había gritado que se marchase. Por más meses y años que pasasen, nunca podría deshacer el daño que le había hecho. Y luego había aparecido su madre y había montado un escándalo tremendo. Había sido un completo error ir allí. Por lo menos el médico de Adrián había tenido la amabilidad de dedicarle unos minutos. Le había explicado que se estaba recuperando mejor de lo que habían esperado. De hecho, según parecía había tenido intención, hacía varias semanas, de mandarlo a casa. Sin embargo, Adrián no había querido. No se lo había dicho con esas palabras, pero se lo había dado a entender. Le había explicado que estaban haciéndole un «seguimiento psicológico», esas habían sido sus palabras exactas, lo cual, según le había dicho, no era un procedimiento inusual en sus circunstancias. Cerró el grifo y salió de la ducha, pero mientras se secaba no pudo dejar de seguir dándole vueltas al asunto. Por lo que veladamente le había dado a entender el médico, temían que Adrián estuviese pensando en suicidarse. No le extrañaba que su madre lo detestase. Se vistió, colgó la toalla y echó la ropa sucia en el cesto. No podía quedarse arriba eternamente; en algún momento tendría que bajar y hablar con Paula. Al llegar, cuando la había visto al pie de los escalones del porche, bañada por la luz del sol, se le había hecho un nudo en la garganta. No se la merecía. Hasta que Adrián no se hubiese recuperado por completo él no merecía ser feliz. Además, ella se merecía a alguien mejor que él.

martes, 11 de enero de 2022

Curaste Mi Corazón: Capítulo 40

 –Me gustas, Paula; me gustas mucho. Y sí, te deseo, pero te mereces mucho más que una relación pasajera.


Sí, claro. Bla, bla, bla.


–Yo quiero más que eso.


Paula frunció el ceño. Eso no solía ser parte del discurso. ¿Dónde quería ir a parar?


Pedro golpeó su hombro suavemente contra el de ella y le dijo:


–Quiero más que eso contigo, Paula.


Ella parpadeó.


–¿Es que no vas a mirarme?


Finalmente Paula giró la cabeza hacia él y vió una expresión sincera y vulnerable en sus ojos azules. Tuvo que tragar saliva antes de hablar.


–¿Estás diciéndome…? ¿Estás diciéndome que quieres una relación seria conmigo?


–Sí.


El corazón de Paula empezó a elevarse, como si tuviera alas.


–Pero…


El corazón de ella se detuvo por un instante. Apartó de nuevo la vista de él.


–¡Por amor de Dios, Paula! –exclamó Pedro–. No te estoy rechazando ni nada de eso. Lo que estoy intentando decirte es cómo querría que fuesen las cosas a partir de este punto. Yo… Entiendo que puede que no haya sitio para mí en tu futuro. Sé que el que quiera una relación contigo no implica que tú quieras lo mismo.


Paula giró la cabeza hacia él, anonadada, y vió que tenía la cabeza gacha y los puños apretados. Estaba… Estaba tenso por lo que ella le fuera a responder. Tragó saliva.


–Tú sabes que yo también te deseo –le dijo.


Pedro alzó la vista hacia ella.


–Y sospecho que también sabes que me gustas, ¿No? –añadió Paula.


Pedro asintió vacilante.


–Pues entonces sigue hablando, porque soy toda oídos.


Pedro se irguió, sonrió, y tomó su mano entre las suyas.


–Hay algunas cosas que debo poner en orden para poder ser libre de seguir lo que me dice el corazón.


–¿Te refieres a Adrián?


–Sí, tengo que asegurarme de que está bien, como tú dijiste. Debo ir a verle.


Paula estaba impresionada del cambio de actitud que estaba produciéndose en él.


–He pensado salir mañana. No sé cuánto tiempo estaré fuera –Pedro le apretó la mano–. No estoy seguro de si…


–¿De qué no estás seguro? –lo instó ella, al verlo vacilar.


–Pues de si estarías dispuesta a esperar –murmuró él, bajando la vista a sus manos entrelazadas–. Y no me refiero solo a esperar a que vuelva de Sídney; me refiero a que no sé si querrás ser paciente conmigo y darme tiempo: Mi vida todavía está patas arriba. Antes del accidente habría podido ofrecerte la luna, pero ahora… Ahora no tengo nada sólido que ofrecerte.


–Por supuesto que esperaré a que vuelvas –le dijo Paula, y añadió con una sonrisa–: Alguien tiene que vigilar a Rocky. Y después iremos paso a paso; ya sabes que yo tampoco tengo claro qué quiero hacer con mi vida. La incertidumbre no me asusta.


Pedro se llevó su mano a los labios y le besó la palma con ternura.


–Gracias, Paula.


–¿Qué has pensado decirle a Adrián?


–Lo que me comentaste de proponerle algún tipo de proyecto conmigo cuando esté repuesto. Creo que es buena idea. Me mudaré a la ciudad para que no tenga que desplazarse. Y así podré verte. Como me dijiste que quieres vivir en la ciudad…


–Será estupendo –dijo Paula apretándole la mano.


Pedro se la besó y murmuró mirándola a los ojos:


–¡Bendito el día en que viniste aquí, Paula! Me has abierto los ojos a posibilidades que ni siquiera había considerado –se inclinó y la besó con dulzura–. Y aunque sé que no acabas de creértelo, eres preciosa.


Paula no lo contradijo, sino que respondió:


–Tú haces que me sienta preciosa.


Pedro sonrió de oreja a oreja, se puso de pie, y la hizo levantarse a ella también.


–Vamos, es hora de cocinar.


–¿Qué vamos a hacer?


–Macarrones. Conozco una receta mejor que esa que sacaste de Internet. Además, necesitas practicar.


Paula se rió y lo siguió hasta la cocina, casi flotando. 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 39

 –Mira, Pedro, no haces más que decirme que soy preciosa, y esperas que me lo crea, pero tú en cambio te ves como a un monstruo por más que te diga que no lo eres.


Sus cicatrices eran horrendas; eso no podía negarlo. Y, sin embargo, a Paula su aspecto no parecía repelerla. La miró a los ojos y tragó saliva. Tal vez, igual que ella, otras personas serían capaces de ver más allá.


–Llama a Adrián, Paula. Llámalo para ver cómo está, y dale un motivo para vivir.


Al ver que él no decía nada, se cruzó de brazos y se quedó mirándolo. Pero es que no podía decir nada, porque se le había hecho un nudo en la garganta.


–Prométeme que al menos lo pensarás –le pidió Paula.


Pedro asintió.


–Y mañana creo que deberíamos probar algo distinto –añadió Paula–. Mañana bajarás aquí, a la cocina, y prepararás una de tus recetas, me irás dictando los pasos mientras la haces, y yo los iré anotando.


Pedro no estaba seguro de si sería capaz de hacerlo. Ella, como si hubiese notado su vacilación, le dijo:


–Creo que ha llegado el momento de que decidas qué es más importante para tí: Ese castigo que te has autoimpuesto, o acabar de escribir el libro.


Al día siguiente Paula se pasó toda la mañana limpiando para mantenerse ocupada, pero aun así no podía dejar de acordarse del beso del día anterior. Cuando ya no le quedaba nada más por hacer, se sentó fuera, en las escaleras del porche, a mirar el mar, y al poco apareció Rocky y se sentó a su lado.


–¿A tí también te está evitando Pedro? –le preguntó, rascándole entre las orejas.


No lo había visto en toda la mañana y eran ya…, Miró su reloj, casi las tres. Lo había oído bajar cuando estaba tendiendo la ropa, y por las pruebas del delito que se había encontrado al volver a la cocina, parecía que se había hecho unos sándwiches y había vuelto arriba.


–Como no baje pronto a cocinar una de esas recetas suyas como le dije ayer, Rocky, esta noche le pondré varitas de merluza para cenar.


–Eso sería peor que la muerte.


Al oír la voz de Pedro, Rocky se levantó y corrió hacia la puerta. Paula se volvió, pero no de inmediato.


–Buenos días, Paula –la saludó Pedro mientras acariciaba a la perra–. ¿Cómo va tu mañana?


–Bien; productiva. Estaba esperando que bajases. ¿No te parece buena idea lo que te propuse ayer?


–No, sí que es buena idea, y vamos a hacerlo.


¡Sí! «Y mañana le daré la lata hasta que me enseñe a hacer el relleno de los macarrones y a montar la pirámide», pensó Paula.


–Sabia decisión –le dijo–; te has salvado de las varitas de pescado.


Pedro sonrió levemente, pero luego se puso serio y se sentó a su lado.


–Antes quería que aclaráramos lo del beso de ayer. O al menos de intentar explicarme.


A Paula se le encogió el estómago. Apartó la vista de él y miró al frente. Sabía lo que iba a decirle, el típico discurso a modo de disculpa, para decirle que en realidad no estaba interesado en ella.


–A pesar de lo que te dije ayer, no quiero que te lleves una impresión equivocada.


Lo sabía, lo sabía…, Se dijo Paula con amargura. Pero permaneció en silencio. No tenía ánimos para tomar parte en la conversación.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 38

 –Porque lo eres, eres preciosa –insistió él.


–Pues igual que tú, yo quiero que te des cuenta de que no fuiste responsable de aquel accidente.


El corazón de Pedro palpitaba con pesadez, le latían las sienes, y le estaba entrando dolor de cabeza.


–Adrián tampoco.


–No, por supuesto que no. No fue más que un horrible accidente. Solo espero que no esté fustigándose por ello como tú –le dijo Paula–. Mira, Pedro, acabas de ayudarme a hacer los macarrones. No –se corrigió sacudiendo la cabeza–, haciendo honor a la verdad, has sido tú quien los ha hecho. Y el mundo no se ha venido abajo, ¿Verdad?


Pedro tragó saliva.


–¿Qué estás intentando decirme?


–Te estoy diciendo que lo llames.


Aquello lo preocupaba demasiado como para dejar las cosas como estaban. Tenía que averiguar si Adrián se culpaba por el accidente, como estaba haciendo él, y si así era tendría que calmarlo y hacerle ver que se equivocaba. Pero su madre había dicho…


–¿Pedro?


–No quiero empeorar las cosas.


En ese momento sonó la alarma del horno, y los dos dieron un respingo. Paula sacó la bandeja del horno y la puso sobre la encimera.


–Mira –dijo señalándola–, los tuyos han quedado perfectos.


Pedro se levantó para verlos, y no pudo evitar sentir un cierto orgullo.


–Los míos, no tanto.


–Lo único que necesitas es práctica, Paula.


Ella se encogió de hombros, y señalando la bandeja y a su alrededor con un ademán, le respondió:


–Cocinar es tu vida, Pedro; lo adoras.


No podía negarlo. En cuanto Paula le había puesto la varilla en la mano y había empezado a batir las claras se había sentido como si pudiera volar.


–Y estoy segura de que para Adrián es igual.


Se quedaron callados, y Pedro recordó entonces qué habían estado haciendo justo antes de empezar esa conversación.


–Casi has hecho que me olvide de lo del beso. Eres muy astuta – murmuró enarcando una ceja. No sabía si estaba enfadado con ella, o si debería estarle agradecido.



Paula suspiró.


–Yo… No imaginé que fuera a surgir esa chispa entre nosotros. Y nunca había experimentado algo tan intenso con alguien a quien he tratado durante un periodo de tiempo tan corto.


Pedro se frotó la cara con la mano y Jo se irguió y le dijo, un poco a la defensiva:


–Y no vayas a interpretar que estoy enamorada de tí o alguna tontería semejante, porque no es de eso de lo que estoy hablando. Lo que hay entre nosotros es… No es una amistad, pero tiene parte de eso. Y no es algo puramente sexual, aunque también hay parte de eso –sacudió la cabeza–. Quizá sea porque pasamos todo el día juntos, y porque estamos prácticamente aislados del resto del mundo –alzó la barbilla–. ¿Sabes a lo que me refiero o…?


–Sí, lo sé, sé a lo que te refieres –respondió él, no sin cierta frustración–. Yo tampoco puedo explicarlo, pero es evidente que hay una conexión entre nosotros.


Y no era algo que entrase en sus planes, aunque ella le gustara. Paula bajó la vista a sus manos entrelazadas.


–Cuando pienso en algunas de las cosas que te he dicho me avergüenzo de mí misma. Pero es que es como si estuviésemos en una burbuja; es como si no estuviéramos en el mundo real.


Pedro se rascó la nuca.


–¿Hay alguna otra cosa que quieras decirme… Y que no me dirías si estuviésemos en el mundo real?


Ella se quedó pensativa un momento y asintió.


–Creo que deberías ayudar a Adrián a que se diese cuenta de que tiene futuro, que tiene que intentar mirar hacia delante. A los dos os apasiona cocinar y he pensado que… Bueno, a lo mejor a Adrián le gustaría ayudarte con el libro.


–Pero aún está hospitalizado; sigue convaleciente.


Paula hizo como si no lo hubiera oído y añadió:


–Quizá si trabajan bien juntos podrían hacer su propio programa de cocina en la tele, como tú creas que debería ser.


El corazón de Pedro palpitaba con fuerza.


–Nos verían como a un par de personajes deformes salidos de un circo, como el hombre elefante.


–¿Tú piensas eso de Adrián, o de tí, o de otras personas que han sufrido quemaduras?


–No, por supuesto que no, pero la gente puede ser muy cruel.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 37

 –Las manos quietas –le recordó, murmurando las palabras contra sus labios, antes de besarlo de nuevo.


En cambio, fue ella quien lo asió por la nuca con ambas manos para atraerlo hacia sí, e hizo el beso más profundo, enredando su lengua con la de él. Pedro no quería que aquel beso acabase nunca. Besar a Paula lo hacía sentirse vivo; lo hacía sentirse libre. Cuando ella se apartó finalmente de él, un gemido de protesta escapó de su garganta. Paula se quedó mirándolo, con el pecho subiendo y bajando y las yemas de los dedos apoyadas en sus labios hinchados. Pedro alargó una mano hacia ella, pero Paula retrocedió y sacudió la cabeza.


–¿Te he hecho daño? –inquirió él con voz ronca.


Paula dejó caer su mano.


–No, por supuesto que no. Es que… –intentó lanzarle una mirada irritada, pero no resultó muy convincente–. ¿No me habías prometido que te comportarías como un caballero conmigo?


Sí, se lo había prometido.


–Perdona, he perdido la cabeza. Pero es que… Lo de que besarnos es una mala idea… ¡Es una chorrada! Me gusta besarte; me encanta besarte. Y creo que deberíamos hacerlo más a menudo.


–No.


–¿Por qué no?


Paula lo miró furibunda.


–Tú mismo dijiste que una relación no haría sino complicar las cosas –le espetó.


Fue a la nevera y sacó un par de latas de Coca-Cola. Puso una en la mesa, que Pedro supuso que era para él, y la otra la abrió y tomó un largo trago. No podía apartar los ojos de su garganta, y cuanto más la miraba, más sed tenía, sed de ella.


–Pedro, ¿Quieres dejar de mirarme así?


–No puedo evitarlo.


Y tampoco quería evitarlo. Fuera o no fuera correcto, quería volver a besarla, y desnudarla, y hacerle el amor.


–Te deseo y me encanta mirarte.


Paula sacudió la cabeza y se pasó una mano por la cara.


–Lo haces a propósito, ¿No? Hacer esto más difícil de lo que ya es.


–Me vuelves loco, Paula, y si de verdad quieres que echemos el freno, por mí bien, pero tienes que saberlo, tienes que saber cuánto te deseo.


–Ya. Pues entonces quien se va de la cocina soy yo.


–No puedes irte; tienes los macarrones en el horno.


–Pues vete tú; llévate a Rocky a dar un paseo, o vuelve al trabajo.


Pedro sacudió la cabeza.


–Esta es mi casa; no tengo por qué irme.


Paula alzó la barbilla desafiante.


–Entonces, ¿Estás decidido a quedarte conmigo aquí, en la cocina?


Por toda respuesta, Pedro se sentó, tomó la lata y la abrió para beber de ella. Paula dejó su lata en la mesa y se sentó también.


–Muy bien. Pues en ese caso te diré algo que he estado pensando acerca de Adrián.


¿Estaba intentando molestarlo para que se fuera? Pues no le iba a resultar tan fácil.


–¿Ah, sí?, ¿El qué?


Paula se quedó callada un momento, escrutándolo, antes de responder.


–Imagina por un momento que tu situación y la de Adrián estuvieran invertidas, que él fuera el jefe, y tú el aprendiz. El otro día, pensando en ello, se me ocurrió que es posible que él esté tan atormentado por la culpa como tú.


Pedro se quedó paralizado al oír eso.


–Al fin y al cabo –añadió Paula–, fue él quien vertió esa bandeja de marisco con hielo en el aceite hirviendo. Él fue el causante directo del fuego. Tú sabes que fue un accidente, y yo también, pero… ¿Y Adrián? ¿Crees que lo ve del mismo modo? ¿O se sentirá responsable por lo que ocurrió?


La sola idea espantó a Pedro.


–No, ¡Él no puede pensar eso!


–¿Que no? ¿Cómo te sentirías tú en su lugar? –le espetó ella, señalándolo con el dedo.


A Pedro se le secó la boca. ¿Que cómo se sentiría si hubiera sido él el que hubiese dejado caer el marisco con hielo en el aceite hirviendo? Horriblemente culpable. Sus dedos apretaron con tal fuerza la lata de Coca-Cola que llegaron a estrujarla, y el líquido salió a borbotones, derramándose por su mano y por la mesa. Apenas conocía a Adrián. No habrían cruzado ni veinte palabras, y había tenido la sensación de que, como a la mayoría de los nuevos aprendices, su presencia lo intimidaba.


–Tú quieres que crea que soy guapa –le dijo Paula, pasándole una bayeta húmeda para que se limpiase la mano y secase la mesa. 

jueves, 6 de enero de 2022

Curaste Mi Corazón: Capítulo 36

Paula enarcó una ceja.


–¿De qué?


–De un beso.


El estómago de Paula se llenó de mariposas. Pedro sonrió, como si aquello lo divirtiera. ¿Qué se creía, que iba a amilanarse?, se dijo ella, alzando la barbilla.


–Hecho.


Además, como no había dicho qué clase de beso, se lo daría en la mejilla, se dijo muy ufana, reprimiendo una sonrisa.


–Un beso en los labios –puntualizó él entonces, como si le hubiera leído el pensamiento.


Paula entornó los ojos.


–Creía que pensabas que lo de besarnos no era una buena idea.


–Estaba equivocado; me muero por besarte. De hecho, querría hacer mucho más que besarte.


Sus palabras la hicieron titilar por dentro. Sabía que debería salir corriendo de allí, pero las piernas le temblaban.


–Muy bien, pues un beso en los labios, entonces. Pero las manos quietas. Y no podrás besarme hasta que los macarrones estén en el horno.


–Hecho.


Paula retiró los macarrones fallidos de la bandeja y puso sobre ella otro papel de hornear. Luego tomó una cuchara.


–Te tiembla la mano –observó Pedro.


Paula apretó los dientes y le tendió la cuchara.


–Porque cocinar me pone nerviosa. Enséñame cómo haces la forma de los macarrones, ahora que ya tenemos la mezcla.


–No se hace con una cuchara, sino con una manga pastelera.


Pedro abrió un cajón, sacó una bolsa de congelados y le cortó con una tijera la punta de uno de los extremos. Paula observó cómo llenaba la bolsa con la mezcla, y luego procedía a formar una hilera de montoncitos redondos sobre el papel de hornear.


–Nos turnaremos –le dijo tendiéndole la manga–. Tú haces la siguiente hilera.


A él no le temblaban las manos y a ella sí. Ese debía ser el motivo por el que sus montoncitos no quedaron tan bien como los de él. Y aunque se reprendió, diciéndose que debería estar atendiendo a sus indicaciones mientras él hacia la siguiente hilera, no pudo evitar admirar sus bonitas manos, y lamentarse por haberle dicho que esperaba que las mantuviese quietas cuando la besara. ¡Con lo maravilloso que habría sido sentir sus dedos recorriéndola!


–Ya está, listos para hornear –anunció Pedro cuando ella hubo terminado otra hilera.


A Paula se le disparó el pulso y le flaquearon las rodillas. «No te muestres débil», se dijo tomando la bandeja.


Pedro abrió la puerta del horno, ella introdujo la bandeja, y cuando cerró la puerta y se volvió, una enorme sonrisa de satisfacción adornaba el rostro de él.


–Y ahora, me debes un beso.


Nerviosa, Paula puso los brazos en jarras y le espetó:


–No pienso dártelo. No está bien que me hayas chantajeado para conseguir un beso.


–No haber accedido –contestó Pedro–. Además, si no me lo das tú, me lo cobraré yo. Y más vale que no me pongas a prueba en eso –añadió divertido–, porque no sabes qué podría pedirte a cambio la próxima vez.


–¿Qué te hace pensar que habrá una próxima vez? Si estos macarrones salen bien, ya no necesitaré más tu ayuda.


–Sí que la necesitarás –replicó él con una sonrisa perversa–, porque todavía tienes que aprender a hacer el relleno… Y a montar la pirámide.


Probablemente nada lo había satisfecho nunca tanto como la expresión patidifusa de Paula en ese momento, pensó Pedro.


–Eres preciosa, y no te imaginas hasta qué punto te deseo –murmuró dando un paso e inclinándose hacia ella.


–¿Quieres parar de decir eso? Sé que no es verdad; ni siquiera soy bonita.


–Si lo quieres es que me calle, ya sabes cómo hacerlo: no tienes más que besarme –la picó Pedro–. Tienes un rostro tan hermoso que ni un poeta podría haberlo imaginado. Y hablando de imaginar… ¿Sabes con qué no puedo dejar de fantasear? –le preguntó en un murmullo–. Con desabrocharte la blusa, liberar tus hermosos pechos, y devorarlos con los ojos hasta que ya no pueda resistir más y tenga que acariciarlos y besarlos y…


De pronto Paula siguió su consejo y atrapó sus labios con los suyos para imponerle silencio. Su mente se quedó completamente en blanco, como si hubiese perdido la capacidad de razonar y ya solo pudiera sentir. Tomó su rostro entre ambas manos, pero ella se las apartó de inmediato.