jueves, 16 de diciembre de 2021

Curaste Mi Corazón: Capítulo 13

Pedro, al ver que estaba observándolo, la miró irritado y le espetó:


–¿Qué?


–Imagino que no estarías dispuesto a vender tu coche, ¿no?


Pedro parpadeó.


–¿Podrías permitirte pagarme lo que cuesta?


–Bueno, en los últimos ocho años he ganado bastante con el trabajo que tenía y buena parte la he ahorrado.


–Pero ahora mismo estás ganando bastante poco y, si quieres darle un giro a tu vida, quizá deberías usar ese dinero en formación para conseguir otro empleo.


Paula se rascó la cabeza.


–Ya. Supongo que no sería muy inteligente por mi parte, ¿No?


–Pues no, la verdad es que no.


¡No quería venderlo! Paula reprimió una sonrisa. Parecía que no todo estaba perdido. Pedro aún tenía apego por la vida.


–Pero mi ofrecimiento sigue en pie –añadió Pedro–. Puedes ir a dar una vuelta con él cuando quieras.


–¿Cuando quiera? Dios, no digas eso o no haré ni una sola de las tareas de la casa. No sabes las ganas que tengo de probarlo.


Pedro se rió, y le brillaron los ojos y las facciones de su rostro se suavizaron. Paula no podía apartar la vista.


–¿No querrías…? –se humedeció los labios–. ¿No querrías acompañarme, verdad?


De inmediato, las facciones de Pedro se endurecieron de nuevo. Si hubiera podido, Paula se habría pegado a sí misma un puntapié.


–Supongo que no. Estás ocupado con tu libro y todo eso.


–Pues sí, y ahora que lo mencionas… –Pedro se levantó, con la evidente intención de volver al trabajo.


Ella lo siguió con la mirada mientras salía de la cocina, y se le cayó el alma a los pies. «Enhorabuena, Paula», se reprendió con sarcasmo.


–¿Seguro que no te importa? –insistió Paula una vez más, cuando Pedro le plantó las llaves del deportivo en la mano.


–Pues claro que no. Han pasado dos días desde que te dije que podías llevártelo a dar una vuelta y estás cumpliendo con tu trabajo. Puedes tomártelo como una recompensa. 


Paula bajó la vista a las llaves en su mano antes de mirarlo de nuevo.


–No estaré fuera mucho tiempo; veinte o treinta minutos como mucho – le prometió.


Él se encogió de hombros.


–Mientras no te pongan una multa por conducir muy deprisa…


Cuando entró en el garaje y se subió al deportivo, Paula se quedó un buen rato allí sentada, disfrutando del momento y familiarizándose con todos los mandos del salpicadero. Giró la llave en el contacto, y ronroneó de satisfacción al oír el suave rugido del motor. Sacó el coche del garaje con cuidado, decidida a devolverlo sin un solo rasguño, y cuando salió a la carretera dio un grito de emoción, entusiasmada con su potencia y su eficiencia. Exploró los alrededores de la propiedad de Pedro, y descubrió dos pueblecitos encantadores, Diamond Beach y Hallidays Point, y pasó por otros lugares con impresionantes paisajes costeros. De pronto un cartel llamó su atención: "Refugio de animales". Una sonrisa iluminó su rostro, y dejándose llevar por un impulso tomó aquel desvío. «¡Pedro pondrá el grito en el cielo!», exclamó la voz de su conciencia. «¿Y qué?», le espetó otra voz, insolente. «Pues que es su casa», reconvino su conciencia. Bueno, pensó Paula, no le había dicho que no pudiera tener una mascota… Cuando estacionó frente a las instalaciones, un anciano se apeó de un sedán a un par de metros, y un collie de la frontera saltó del vehículo detrás de él. Una mujer vestida con un mono salió del recinto vallado donde tenían a los perros.


–Usted debe ser el señor Cole, ¿No? –dijo dirigiéndose hacia el anciano para estrecharle la mano–. Y supongo que este es Rocky –añadió, bajando la vista al collie–. Enseguida estoy con usted –le dijo a Paula, saludándola con la mano.


Paula cerró la portezuela del deportivo y se quedó esperando. El señor Cole posó la mano en la cabeza del animal y sus ojos se llenaron de lágrimas.


–Tener que dejarlo aquí me parte el corazón.


A Paula se le hizo un nudo en la garganta. La mujer miró a la pareja que estaba sentada en el interior del sedán.


–¿Su familia no puede hacerse cargo de él? –le preguntó.


El señor Cole sacudió la cabeza y Paula tuvo la sensación de que el problema no era que no «Pudieran». 

martes, 14 de diciembre de 2021

Curaste Mi Corazón: Capítulo 12

Levantó una de las dos puertas enrollables del garaje, y al encontrarse con que el interior de esa plaza estaba vacío, por curiosidad subió también la otra, y se quedó boquiabierta al ver la belleza que tenía delante. «¡Oh… Dios… mío!». Allí estacionado había un deportivo clásico de los ochenta de color azul celeste, el coche de sus sueños hecho realidad. Lo rodeó para admirarlo desde todos los ángulos, pasando una mano por la carrocería. ¡Lo que daría por darse una vuelta en él! Se apresuró a bajar la puerta, porque había que proteger a una maravilla así de los elementos, que podrían dañarla, y estacionó a La Bestia en la plaza de al lado. Le lanzó una última mirada soñadora al deportivo de Pedro antes de bajar también la segunda puerta, y regresó a la casa. Él aún estaba sentado en la cocina, pero se había terminado la manzana y estaba tomándose un sándwich. También había puesto agua a calentar para hacer té. Cuando Paula entró, como se quedó mirándolo, debió pensar que había hecho algo mal, porque le dijo:


–No hay problema en que tome lo que quiera de las cosas que has comprado, ¿No?


Ella, que seguía agitada por el descubrimiento que acababa de hacer, ignoró su pregunta y exclamó:


–¡Tienes en el garaje el coche de mis sueños!


–¿Eso es un sí? –inquirió él, flemático.


Paula lo miró contrariada.


–¿Eh? Ah, que te refieres a la comida. ¡Pues claro que puedes! –dijo lanzando los brazos al aire y sacudiendo la cabeza–. Todo lo que hay en esta cocina es tuyo; puedes tomar lo que necesites.


Él se quedó mirándola y sus ojos se oscurecieron. Se pasó la lengua por los labios, y de pronto Paula tuvo la sensación de que no estaba pensando en la comida que había comprado, sino en otra necesidad más básica y primitiva. Una ola de calor la invadió. «¡No seas ridícula!». Los hombres como Pedro no encontraban atractivas a las mujeres como ella. Él apartó la vista, como si hubiese llegado a la misma conclusión, y Paula se frotó la nuca, sintiéndose tremendamente incómoda.


–¿Me estabas diciendo algo de mi coche? –inquirió Pedro.


Paula tragó saliva.


–Sí, yo… Que es una belleza. 


Él la miró y enarcó una ceja, pero no dijo nada. En ese momento el hervidor empezó a silbar. Paula apagó el fuego, e iba a verter el agua hirviendo en la tetera con las hojas de té cuando Pedro le dijo:


–Pues cuando quieras puedes darte una vuelta en él.


Paula no se esperaba ese ofrecimiento, y al oírlo perdió la concentración un instante y el hervidor se bamboleó ligeramente entre sus manos. Pedro se incorporó como un resorte.


–¡Cuidado, no vayas a quemarte!


Paula dejó a un lado el hervidor y le puso la tapa a la tetera.


–Estoy bien; no he derramado ni una gota –respondió, aunque el corazón parecía que fuese a salírsele del pecho–. Aunque debo decirte, Pedro, que no deberías ofrecerle a una chica lo que más ansía cuando está manipulando agua hirviendo –añadió sonriendo.


Pero Pedro no sonrió, sino que se quedó mirando el hervidor con expresión atormentada. Paula puso la tetera en la mesa, se sentó como si no hubiese pasado nada, y le preguntó:


–¿De verdad me dejarías dar una vuelta en tu coche?


Pedro volvió a sentarse también y se pasó una mano por el rostro antes de encoger un hombro.


–Claro –dijo en un tono despreocupado. Pero se acercó su taza y se sirvió él el té antes de que ella pudiera hacerlo–. No le vendría mal; un par de veces por semana lo arranco, pero nunca lo saco a dar una vuelta.


Ella se quedó mirándolo boquiabierta.


–¿En serio que no te importaría?


Pedro volvió a encoger un hombro.


–¿Por qué iba a importarme?


–Pues porque… No sé, ¿Y si le doy un golpe?


–El seguro lo cubriría. Paula, no es más que un coche.


–No, no lo es. Es… –Paula intentó hallar la palabra adecuada–. Es una joya, una belleza. Es…


–No es más que un coche.


–Es una pieza de ingeniería alemana que funciona con una extraordinaria precisión.


Paula estuvo a punto de preguntarle cómo podía tener un coche así y no conducirlo, pero se dio cuenta de que sería una falta de tacto por su parte. Había sufrido un terrible accidente que le había dejado cicatrices que tendría de por vida, y los medios habían estado acosándolo. Comprendía que no tuviera ganas de salir. Pero entonces, ¿Por qué no lo había vendido? Se quedó mirándolo con los labios fruncidos. ¿Podría ser que no hubiera perdido por completo las ganas de vivir? 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 11

Cuando todas las bolsas estaban ya en la cocina, Pedro no sabía muy bien qué hacer, así que se sirvió un vaso de agua y se quedó apoyado en el fregadero, tomándoselo a sorbos mientras ella sacaba las cosas. Había comprado varias bandejas de carne: Filetes de ternera, carne picada, pollo…, Pero también vió salir de las bolsas unos cuantos precocinados que le hicieron fruncir el ceño: Pastel de carne y pizza congelada. ¡Y varitas rebozadas de merluza, por amor de Dios!


–¿Qué diablos es eso? –dijo señalándolos.


–Me imagino que esa pregunta no estás haciéndomela en sentido literal, ¿No? –contestó ella.


Lo había dicho en un tono burlón, como el que una madre emplearía con un niño travieso.


–¿Es un castigo por haberme negado a enseñarte a cocinar?


Paula acabó de guardar los congelados y se volvió hacia él con los brazos en jarras.


–Pues claro que no, ¡Qué tontería! He ido a comprar comida y…


–Eso no es comida. ¡Es basura precocinada con un montón de aditivos!


–Si no quieres comer lo que he comprado, no tienes por qué hacerlo.


Además, seguro que hasta todos esos precocinados que he traído son mejores que la comida con la que has estado subsistiendo Dios sabe cuánto tiempo. Porque cuando llegué ayer encontré poco más que latas de alubias, galletas saladas y cereales. Bueno, en eso tenía parte de razón. Daba igual lo que comiera, y cuanto más insípido o repugnante resultara lo que comiera, mejor. Había sido su búsqueda de la excelencia lo que había provocado aquel incendio que casi le había costado la vida a aquel chico. Sintió una punzada en el pecho. Alargó una mano temblorosa hacia una silla y se sentó. Tenía que recordar qué era lo que de verdad importaba; tenía que expiar su culpa.


–Pedro, ¿Estás bien? –inquirió Paula.


Él asintió.


–No me mientas; ¿Quieres que llame a un médico?


–No.


–Federico me dijo que físicamente ya estabas recuperado.


–Y lo estoy –Pedro inspiró–. Es solo que no quiero hablar de nada que tenga que ver con la cocina, ni de comida.


La expresión de los ojos verdes de Jo cambió, como si comprendiera de repente.


–Es porque te recuerda al accidente, ¿No?


No solo por eso. Le recordaba todo lo que había tenido, y todo lo que había perdido. 


Pedro se tensó de repente cuando le puso la mano en el hombro, y Paula se apresuró a apartarla. Parecía tan abatido que lo que habría querido hacer era darle un abrazo y decirle que no se preocupara, que todo se arreglaría. Pero si el solo contacto de su mano lo había puesto así de tenso, un abrazo habría sido aún peor. Y la verdad era que no podía asegurar que todo fuese a arreglarse.


–¿Sabes qué?, al menos puedo prometerte una cosa –le dijo.


Pedro alzó la vista.


–Te prometo que no te obligaré a comer varitas de merluza.


Él no se rió. Ni siquiera sonrió. Pero pareció relajarse un poco, y le volvió el color a la cara.


–Bueno, supongo que debería agradecerte que te compadezcas de mí.


–Desde luego. ¿Has almorzado ya?


Cuando Pedro negó con la cabeza, tomó una manzana de las que acababa de colocar en el frutero y se la lanzó. Eso tampoco lo hizo sonreír, pero bromeó diciendo:


–Veo que contigo aquí voy a disfrutar de los mejores cuidados.


–Ya lo creo –asintió ella. Tomó las llaves de su todoterreno de la encimera, donde las había dejado–. Voy a meter a La Bestia en el garaje.


Pedro no dijo nada; solo le dió un mordisco a la manzana. En cuanto hubo salido de la casa, Paula dejó caer los hombros y suspiró preocupada. Si Pedro se ponía así de mal solo por hablar de comida, probablemente debería perder toda esperanza de que accediera a darle clases de cocina. La verdad era que había sido muy desconsiderado por su parte habérselo pedido siquiera. «¿Es que nunca piensas antes de actuar, Paula?», se reprendió, y con otro suspiro subió a su todoterreno y rodeó la casa con él para llevarlo al garaje. Parecía que no podría contar con Pedro para solucionar su problema. Necesitaba hacer una pirámide de macarrones dulces, y apenas tenía algo más de dos meses para aprender cómo. «Es igual», se dijo irguiendo los hombros. Podía aprender sola; seguro que en Internet había recetas y vídeos donde lo explicaran. Tampoco sería tan difícil, pensó mientras detenía el todoterreno delante del garaje y se bajaba.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 10

Se levantó y salió al balcón, bañado por la luz de la luna. Bajo el oscuro paño estrellado del cielo, el mar estaba en calma. Recordó el modo en que había abandonado el comedor, y se pasó una mano por el cabello. Paula debía estar pensando que había perdido el juicio, tanto tiempo allí encerrado. Inspiró, y apoyó las manos en la barandilla. Quizá no pudiera hacerle el favor que le había pedido, pero tal vez si pudiera ayudarla en la búsqueda de su nueva vocación. Cuanto antes la encontrara, antes se marcharía y lo dejaría en paz. Una risa amarga escapó de su garganta. Jamás hallaría la paz porque no la merecía. Pero si al menos conseguía que ella se fuese, con eso se daría por satisfecho. Pedro llevaba una hora despierto cuando oyó a Paula subir con paso firme las escaleras, recorrer el pasillo, y abrir una puerta. Sin duda iba a limpiar la habitación frente a la suya, como le había prometido. Necesitaba su «Dosis» de cafeína para empezar el día, pero no se había atrevido a aventurarse fuera del dormitorio porque no se sentía preparado para ver a Paula después de su comportamiento de la noche pasada. Podría aprovechar y bajar ahora que estaba ocupada, pensó. Si se diese prisa en bajar y subir tal vez no se la encontraría. Sin embargo, no quería que pareciese que la estaba evitando porque podría contárselo a Federico. Apartó la ropa de la cama, se puso unos vaqueros limpios y una sudadera, y entró en el baño para echarse un poco de agua en la cara. Luego fue hasta la puerta del dormitorio, contó hasta tres, y la abrió. Paula estaba en la habitación de enfrente, barriendo el suelo de espaldas a él.


–Buenos días –la saludó.


Ella se volvió.


–Buenos días. ¿Has dormido bien?


Por sorprendente que fuera, la verdad era que sí.


–Sí, gracias –contestó, y luego recordó que debía ser cortés y le preguntó–: ¿Y tú?


–No, pero la primera noche que paso fuera de casa nunca duermo bien. Además, ayer conduje un montón de horas, y estaba agotada. Seguro que esta noche dormiré como un bebé.


Pedro movió los hombros para desentumecerlos.


–¿Cuántas horas tenías de trayecto hasta aquí?


–Cinco.


¿Cinco horas? Pedro se sintió avergonzado de sí mismo. Había conducido cinco horas y al llegar se había encontrado con un cretino que la había tratado de un modo de lo más grosero. 


–Pedro, tenemos que hablar de cuáles serán mis tareas –le dijo Paula–. Quiero decir que todavía no sé si quieres que te prepare el desayuno cada mañana, por ejemplo. ¿Y qué hay del almuerzo?


–El almuerzo me lo prepararé yo. Y en cuanto al desayuno… Bueno, por eso tampoco tienes que preocuparte.


–¿Eres de los que se toman un café bebido y poco más?


Había dado en el clavo. No respondió, y se quedó esperando que le echara un sermón, pero en vez de eso Paula le confesó:


–Igual que yo. Ya sé que dicen que es la comida más importante del día y todo ese rollo –dijo poniendo los ojos en blanco–, pero yo tan temprano no tengo mucha hambre, y si alguien me toca las narices antes de que me haya tomado mi taza de café, no respondo de mis actos.


Pedro se rió, pero se cuidó de mantener ligeramente girado el rostro, para que no pudiera ver sus cicatrices. Paula no había dado muestras de que la repugnaran ni nada de eso, pero él sabía qué aspecto tenían, y si podía ahorrarle el tener que verlas, iba a hacerlo.


–Y hablando del desayuno, he preparado café, por si quieres un poco – añadió Paula.


Él asintió, y estaba ya llegando a las escaleras cuando se volvió y la llamó. Paula asomó la cabeza por la puerta abierta.


–¿Sí?


–No vayas a intentar dejar toda la casa reluciente hoy –le dijo Pedro–. Hace tiempo que decidí prescindir del servicio y el tema de la limpieza lo he tenido un poco abandonado –cuando ella enarcó las cejas al oír eso, puntualizó–: Bueno, bastante abandonado.


Paula se limitó a asentir antes de volver al trabajo, y él bajó a la cocina, a tomarse esa taza de café que él también necesitaba para empezar el día. Cuando oyó a Paula llegar a casa tras su expedición a Forster en busca de víveres, la reacción instintiva de Pedro fue seguir escondiéndose de ella en su habitación. Miró la receta a medio escribir en la pantalla del ordenador y se levantó. Tal vez si bajara e hiciese algo distinto durante media hora podría recordar cuánto había que reducir el caldo. Si pudiese verlo físicamente en una cacerola y olerlo obtendría la respuesta al instante… Maldijo entre dientes y bajó a ayudarla a descargar las cosas del todoterreno.


–¿Has tenido problemas para encontrar el supermercado? –le preguntó mientras llevaban las bolsas dentro, por hablar de algo.


–No, una mujer muy amable me indicó dónde estaba. 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 9

La admiraba; él se había aislado del mundo y estaba compadeciéndose de sí mismo, mientras que ella estaba decidida a pelear y cambiar las cosas. Quizá pudiera aprender de ella y rehacer su vida… Cortó de inmediato ese pensamiento. No, no lo merecía. Había arruinado la vida de otra persona; lo único que merecía era pasar el resto de su vida redimiendo su culpa.


–Estás equivocada, ¿Sabes? –le dijo.


Ella alzó la vista y parpadeó.


–¿Respecto a qué?


–Pues a que parece que piensas que eres fea; invisible incluso.


–¿Invisible? –Paula se rió por la nariz–. Mido un metro ochenta y dos y tengo una constitución física que algunos, de forma caritativa, llaman «Generosa». Si algo no soy, es invisible.


«De constitución generosa» era la forma perfecta para describirla, se dijo él, pensando en las gloriosas curvas de su cuerpo.


–Pues a mí me parece que eres una mujer llamativa –comentó. No podía creerse lo que le estaba diciendo. Solo le faltaba ponerse a babear–. ¿Y qué si eres alta? Tu figura está bien proporcionada. Además, tienes unos ojos preciosos, un pelo brillante, y un cutis por el que muchas mujeres matarían. Puede que no encajes en los cánones de belleza de las portadas de las revistas, pero eso no significa que no seas guapa. Deja de tirarte por tierra a tí misma. Te aseguro que no eres nada fea.


Ella se sonrojó, y se quedó mirándolo boquiabierta. Pedro frunció el ceño y se movió incómodo en su asiento.


–Es verdad, no lo eres.


Paula, aún azorada, cerró la boca y se quedó callada un instante antes de balbucir:


–Hay… También hay otra razón por la que acepté este trabajo.


Aquella confesión y lo adorable que estaba cuando se sonrojaba, hizo que a Pedro le entraran ganas de sonreír.


–¿Cuál?


Paula se humedeció los carnosos labios.


–La otra razón por la que acepté este trabajo es que… Que quería pedirte que me enseñes a cocinar –contrajo el rostro–. O, bueno, para ser más exactos, que me enseñaras a hacer una pirámide de macarrones dulces.


Pedro se quedó paralizado, como si todos los músculos se le hubieran puestos rígidos. Tuvo que tragar saliva tres veces porque se le había hecho un nudo en la garganta del tamaño de una pelota de golf.


–No –la palabra salió de sus labios como un graznido–. Ni hablar. No volveré a cocinar nunca.


–Pero…


–Jamás –la cortó, fijando su mirada en ella. Paula se estremeció–. Ni hablar –repitió, y se levantó de la mesa–. Y ahora, si no te importa, voy a seguir con mi libro un poco antes de irme a la cama. Mañana me llevaré mi ropa al dormitorio de enfrente, para cumplir con tu condición de que no duerma donde trabajo.


Ella pareció recobrar la compostura.


–La limpiaré mañana a primera hora –murmuró.


Eso le recordó a Pedro que había dicho que al día siguiente iba a ir a comprar comida.


–En la encimera de la cocina hay una bote de lata con dinero, para que puedas comprar lo que haga falta: comida, productos de limpieza… Lo que sea.


–Bien.


Pedro se dió la vuelta y, aunque le temblaban las rodillas, subió al piso de arriba y no se detuvo hasta llegar a su habitación. Se sentó frente al escritorio y hundió el rostro en las manos mientras intentaba calmarse. ¿Enseñarle a cocinar? Imposible. El corazón le martilleaba, igual que la cabeza, y los latidos resonaban con tal fuerza en sus oídos que no podía oír nada más. No supo cuánto tardó su corazón en calmarse, ni cuánto tardó su respiración en retornar a un ritmo natural. Se le hizo una eternidad. Cuando por fin levantó la cabeza, se repitió con firmeza que no podía hacer lo que le pedía Paula. Le había salvado la vida a su hermano y estaba en deuda con ella, pero no podía enseñarle a cocinar. 

jueves, 9 de diciembre de 2021

Curaste Mi Corazón: Capítulo 8

 –¿Estás enamorada de él? Es mayor para tí, ¿Sabes?


Aquello la sorprendió tanto que se echó a reír.


–Estás de broma, ¿No? –le preguntó, rebañando con un trozo de pan la salsa que quedaba en su plato.


Él volvió a fruncir el ceño.


–No.


–Quiero a tu hermano, pero solo como amigo; no estoy enamorada de él. Eso sería una pesadilla –contestó ella, limpiándose las manos en la servilleta.


–¿Por qué?


–Porque no soy masoquista. Tu hermano y tú tienen gustos parecidos en lo que a mujeres se refiere. Los dos salís con rubias bajitas y delicadas, perfectamente maquilladas, que llevan vestidos atrevidos y tacones de vértigo.


Ella no había metido ni un vestido en la maleta, ni tenía un solo par de zapatos de tacón. El rostro de él se ensombreció, y apartó el plato.


–¿Y qué diablos sabes tú de qué clase de mujer me gusta? –se giró, ocultándole las cicatrices del rostro.


–Nada –admitió ella–. Mis suposiciones se basan en las fotos que he visto en la prensa y en lo que me ha contado Federico.


–Pues haces que suene como si fuésemos de lo más superficiales. Pero puedo asegurarte que esas mujeres que has descrito ahora mismo ni me mirarían.


–Solo si fuesen superficiales –apuntó ella–. Además, la belleza y la superficialidad no siempre van de la mano –apostilló.


Pedro abrió la boca para decir algo, pero ella lo interrumpió.


–Y de todos modos, que sepas que no voy a sentir lástima por tí. Yo nunca he sido lo que la gente considera «Guapa», y he aprendido a valorar otras cosas. Tú crees que ahora los demás, cuando te miren, ya no verán tu atractivo físico, pero…


–¡No lo creo; lo sé!


Estaba equivocado, completamente equivocado.


–Pues nada, bienvenido al club.


Él se quedó boquiabierto.


–No es el fin del mundo, ¿Sabes? –le dijo Paula.


Pedro continuó mirándola un buen rato antes de inclinarse hacia delante para preguntarle:


–¿Vas a decirme cuál es el verdadero motivo por el que has venido aquí?


Paula lo miró también, y le entraron ganas de echarse a llorar, porque quería pedirle que le enseñara a cocinar, pero él parecía tan enfadado y traumatizado por lo del accidente que sabía que le respondería con un no rotundo.


–Si he venido, es para asegurarme de que no echarás a perder todos mis esfuerzos con Federico.


Pedro se echó hacia atrás en su asiento.


–¿Tus esfuerzos?


Paula sabía que lo que debería hacer era levantarse y empezar a recoger la mesa, pero Pedro tenía que enterarse al menos de un par de cosas.


–¿Tienes idea de lo agotador que es hacerle la reanimación cardiopulmonar a una persona durante cinco minutos seguidos? –era lo que ella había hecho por Federico.


Pedro negó lentamente con la cabeza.


–Pues lo es; es agotador. Y durante todo ese tiempo el pánico se apodera de tí, y tu mente no para de intentar llegar a algún acuerdo con Dios.


–¿Un acuerdo… con Dios?


–Sí, piensas cosas como: «Si salvas a Federico, te prometo que no volveré a hablar mal de nadie», «Me portaré mejor con mi abuela y mi tía abuela», «Me enfrentaré a mis peores temores»… –Paula se echó el pelo hacia atrás–. Ya sabes, la clase de promesas que son casi imposibles de cumplir –bajó la vista a su vaso de agua–. Fueron los cinco minutos más largos de mi vida.


–Pero le salvaste; hiciste algo extraordinario.


–La verdad es que aún no me lo creo.


–Y has venido para tenerme vigilado y asegurarte de que no interferiré en su recuperación, ¿No es eso?


–Algo así. Quería venir él a ver cómo estabas, pero no me parecía que fuera una buena idea. Pero, volviendo a mí, no lo has entendido bien: Es Federico quien me está haciendo un favor a mí al haberte convencido para que me contratases. ¿Sabes?, cuando tuvo el infarto, el miedo que pasé hizo que me replanteara mi vida. Me obligó a reconocer que hasta ahora no he sido muy feliz, y que no me gustaba el trabajo que hacía. No quiero pasar los próximos veinte años sintiéndome así –le explicó–. Por eso, cuando Federico se enteró de que necesitabas una empleada del hogar y me preguntó si estaría interesada, le dije que sí sin pensármelo. Así tendré tiempo para pensar y trazar un nuevo rumbo.


Pedro se quedó mirándola.


–O sea, que quieres darle un giro a tu vida.


Paula asintió.


–¿Y qué quieres hacer?


–No tengo ni idea.


Pedro no quería dejarse conmover por su historia, pero la verdad era que lo había conmovido. Tal vez porque se la había relatado sin darse importancia por haberle salvado la vida a su hermano. O quizá porque comprendía muy bien esa sensación de insatisfacción que le había descrito.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 7

Pedro frunció aún más el ceño.


–¿De verdad piensas que esto va a funcionar?, ¿Que puedes hacer que mi vida cambie con solo…?


Paula soltó los cubiertos y sacudió de nuevo la cabeza, con incredulidad.


–No todo gira en torno a tí, ¿Sabes? –le espetó–. Puede que tenga algún motivo personal para haber venido. Te estás comportando como un idiota, ¿Sabes? Si quieres que te sea sincera, me da igual si quieres autodestruirte, pero al menos podrías esperar a que a Federico lo hayan operado y se haya recuperado.


–No estás siendo muy educada.


–Tampoco tú. Y me niego a hacer ningún esfuerzo por mostrarme educada contigo mientras sigas comportándote como un niño con una rabieta. No soy tu madre; no tengo que hacerte carantoñas para que se te pase el enfado.


Él se quedó mirándola boquiabierto.


–Come algo –lo instó Paula–. Si estamos ocupados masticando, no tendremos que hacer un esfuerzo por conversar.


Sus palabras hicieron reír a Pedro, y la risa transformó su rostro por completo. Las cicatrices de las quemaduras seguían ahí, sí, pero sus ojos se iluminaron, y por un momento le recordó al Pedro al que tantas veces había visto en televisión. Él cortó un trozo de albóndiga, se lo llevó a la boca con el tenedor y masticó en silencio.


–No está mal –dictaminó, y probó también los espaguetis–. De hecho, está bastante bueno.


Ya… Seguro que solo estaba haciéndole la pelota porque tenía miedo de lo que pudiera decirle a Federico.


–O, para ser justos, debería decir que está muy bueno, teniendo en cuenta lo poco que tenía en la nevera.


Al oírle decir eso Paula casi le creyó. Era verdad que la nevera estaba casi vacía.


–Mañana iré a comprar comida. Creo que estamos a medio camino entre Forster y Taree, ¿No? ¿Alguna sugerencia de a dónde debería ir?


–No.


Paula se quedó esperando a que dijera algo más, y cuando Pedro no añadió nada a esa áspera negativa, sacudió la cabeza y siguió comiendo. Había sido un día muy largo y estaba hambrienta y cansada. Sin embargo, cuando se dió cuenta de que él había dejado de comer y estaba mirándola, detuvo su mano en el aire, con el tenedor a unos centímetros de su boca y le preguntó:


–¿Qué pasa?


–No pretendía ser grosero con esa respuesta. Es que no he estado ni en Forster ni en Taree. Pero pedía por teléfono lo que necesitaba a un supermercado de Forster.


–¿Has dicho que lo «Pedías»?


Pedro frunció el ceño.


–El tipo que traía los pedidos era incapaz de seguir mis instrucciones.


Ah… Lo cual traducido al lenguaje común sin duda significaba que el repartidor había invadido su privacidad, la privacidad de la que era tan celoso.


–Ya. Bueno, entonces supongo que probaré suerte en Forster – respondió ella. Cuando Pedro continuó comiendo, carraspeó y le dijo–: Espero que Federico te advirtiera de que lo de cocinar no se me da muy bien.


Él dejó de comer y levantó la vista del plato.


–En realidad me dijo que no cocinabas mal del todo –contestó con franqueza–, y a juzgar por lo que has preparado, diría que es una descripción bastante acertada. ¿Te intimida cocinar para…?


–¿Para un chef de renombre mundial? –acabó Paula la frase por él–. Pues sí, un poco. Solo confío en que no esperes demasiado de mis guisos.


–Te prometo que no criticaré lo que cocines; me limitaré a mostrarme… Agradecido por lo que me sirvas.


–He visto que tienes garaje –dijo Paula alargando la mano hacia el plato con los panes de ajo.


Pedro también había alargado la suya para tomar uno, pero se detuvo y dejó que ella se sirviese primero. Tenía unas manos bonitas, fuertes y con unos dedos largos; se había fijado en sus manos muchas veces cuando lo había visto en televisión.


–Me preguntaba si podría aparcar dentro mi todoterreno yo también. Imagino que la brisa del mar no debe ser muy buena para la carrocería.


–Claro, no hay problema.


Mientras seguían comiendo, se dió cuenta de que Pedro estaba observándola por el rabillo del ojo. Se preguntó qué pensaría de ella. Desde luego no se parecía en nada a las mujeres con las que aparecía siempre en las revistas y los periódicos. Para empezar por su altura; era más alta que la mayoría de los hombres.


–Por lo que me ha dicho Federico, te preocupas mucho por él –dijo Pedro de pronto.


Ella levantó la cabeza.


–Bueno, es lo normal, ¿No?


Pedro frunció el ceño.