martes, 7 de diciembre de 2021

Curaste Mi Corazón: Sinopsis

La mujer que le hizo volver a sonreír.


Paula Chaves no se esperaba lo que se encontró cuando llegó a la casa de Pedro Alfonso, el hombre que la había contratado como empleada del hogar. Seis meses atrás había sido un carismático y célebre chef, pero ahora estaba recluido en sí mismo y acomplejado por las cicatrices que le habían quedado por un incendio.


Lo último que le faltaba a Pedro era que llegase una extraña decidida a hacerle enfrentarse a sus inseguridades... Y más cuando esa persona tenía también las suyas. ¿Cómo podía una mujer preciosa y llena de vida creer que era fea? Quizá pudiera ayudarla a darse cuenta de lo especial que era en realidad.

jueves, 2 de diciembre de 2021

Indomable: Epílogo

Seis semanas más tarde, Paula se convirtió en la señora de Pedro Alfonso ante doscientos invitados, en una ceremonia formal celebrada en el jardín del Rancho P.A. Su prima Malena era la madrina. Su marido, Rafael, era el padrino de Pedro. Kiara causó un pequeño revuelo cuando alguien olvidó cerrar la puerta de la casa y apareció corriendo para unirse a la ceremonia. Con habilidad eludió los brazos del padrino y fue a sentarse a los pies del sacerdote para observar con canino placer a la enfadada novia y al paciente novio. Al acallarse las risas, Paula y Pedro se juraron su amor y entregaron su vida al otro. En el momento en que el sacerdote los presentó ante los invitados como marido y mujer, Kiara los siguió por el pasillo hasta la recepción.



Un año después, con un día de separación, Paula Alfonso y Malena Duvall dieron a luz a sus hijas en el hospital de Coulter City. Para las dos fue un momento profundo. Para Malena, que había perdido a su madre, el nacimiento de su hija tenía una tristeza y júbilo añadidos. También llegaría a ser madre de dos hijos. Para Paula, que nunca volvió a oír nada de su madre después del accidente de avión, el nacimiento de su hija fue un acto de sanación. Jamás tendría la relación íntima y cariñosa que siempre había anhelado con su madre, pero en cuanto miró a los ojos de su bebé, comprendió que con su hija recibía una segunda oportunidad para llenar ese espacio triste y solitario en su corazón. Y el profundo vínculo entre las dos primas se tornó más precioso al darse cuenta de que sus hijas no sólo crecerían siendo muy amadas por madres y padres que se amaban entre sí, sino que las dos pequeñas primas repetirían, en su propia generación, la misma amistad íntima que sus madres tendrían toda la vida. Kiara se entregó por completo a la pequeña de Paula, que pasó a ser su compañera de conspiración. Al igual que las dos hijas que tendría en el futuro. 






FIN

Indomable: Capítulo 49

 -Siempre quise tener a una pequeña rubia entre el heno y hacer el amor locamente con ella. Supongo que nunca se me presentó la oportunidad.


Se inclinó, apoyó el hombro contra su cintura y la levantó. Caminó con paso firme hasta la escalera. Kiara enloqueció y ladró hasta quedarse afónica. Paula jadeó y apoyó la mano libre en la espalda de Pedro para erguirse. ¡La cargaba como si fuera un saco de pienso! ¡A ella, a Paula Chaves! ¿No había visto algo parecido en un episodio de Bonanza, o quizá había sido en Valle de Pasiones? Al vivir una experiencia igual, se dió cuenta de que sin duda en alguna película de machos del oeste algún vaquero había subido a una mujer a su hombro para dirigirse a un lugar donde poder besarla. John Wayne había cargado a muchas mujeres de esa manera, y con un atisbo de histeria se preguntó si el Duque habría llevado alguna vez a una mujer de otro modo que no fuera ése. No pudo recordarlo. La sorpresa de la situación y el absurdo de sus pensamientos desbocados le provocaron una risita.


-¡No! ¡Pedro, por favor! ¡Bájame! -las protestas se vieron estropeadas por las risitas compulsivas que interrumpieron cada frase.


-Cuidado con la cabeza -advirtió él al empezar a subir por los escalones.


Paula se sentía mareada por estar boca abajo, y cuando Pedro llegó arriba se sentía completamente desorientada. Notó que subía a lo alto del heno hasta depositarla con cuidado encima de las balas. La atrapó bajo su cuerpo y le sujetó las manos por encima de la cabeza. Sus labios descendieron con rapidez, pero ella estaba tan dominada por las risas que no fue capaz de mantenerlos quietos para recibir un beso decente. Al final giró la cara cuando él se incorporó.


-Pequeña diablesa. Maldita sea si no eres una caja de sorpresas -el hosco afecto en las palabras de Pedro cayó como una lluvia de dulzura sobre su corazón-. He tomado la decisión de tenerte, Paula -continuó, y la súbita seriedad de su voz la sosegó.  Giró la cabeza para mirar en la turbulencia de sus ojos. En ellos vió deseo, sinceridad y un afecto intenso. Mezclado con todo eso había una solemnidad que le indicó que ése era el momento, todo lo que había esperado, necesitado y anhelado su corazón-. No he esperado mucho para tenerte, pero a mí me parecen años. Quiero casarme contigo, Paula Chaves. Sé que no soy el hombre cultivado y refinado que podrías haber...


Él había aflojado las manos en torno a sus muñecas, y Paula las liberó para aferrado por los hombros y levantar la cabeza para plantar los labios con fuerza contra los suyos. Pedro titubeó, luego se apoyó en ella, y su boca se adueñó de la situación en un beso tan hondo y carnal que ella tuvo la certeza de que el heno que los rodeaba se iba a incendiar.


-Te amo, Paula -musitó al apartarse, con respiración tan agitada como la de ella-. Paula, por favor, cásate conmigo.


-Oh, Pedro -le acarició el mentón con mano temblorosa-, te amo tanto. Me casaré contigo cuando tú lo digas.


-Y eso de la mujer que hace menos de tres horas me dijo que nunca me daría poder absoluto sobre ella o me permitiría dictar cómo iba a vivir -sonrió.


-No le des tanta importancia a una concesión de adolescente, vaquero -asió su pelo y tiró de él-. Además, probablemente sea la última de la que vas a disfrutar.


-Me arriesgaré, cariño -volvió a besarla.


Abajo, Kiara cejó en su empeño de llamar la atención de alguien. El caballo negro sacó la cabeza por encima de la puerta de la cuadra y observó a la pequeña perra. Kiara mordió la correa, se alzó sobre sus patas traseras y se apoyó contra la pared. Al rato logró soltar la correa del pomo, saltó de la bala de heno y corrió a reunirse con su amigo equino para alardear del éxito del plan que había unido a sus dos seres humanos favoritos. 

Indomable: Capítulo 48

Paula había querido demostrar su independencia. Le preocupó no haber logrado su intención. Sin importar que Pedro estuviera o no celoso, y no creía ser capaz de eso, una cosa sí parecía clara; se había ganado su desaprobación. Eso la desilusionó. En secreto, había deseado que pensara bien de ella, había querido su aprobación. Podía estar enfadada con él, pero lo respetaba. De hecho, iba contra la percepción que tenía de Pedro pensar que pudiera parecerse a la gente que la había abandonado en la vida y que le había provocado tanto dolor. Empezó a preguntarse si no había reaccionado con exceso a su ausencia durante esas semanas. Pedro dirigía un pequeño imperio de ranchos, negocios e inversiones. El accidente y sus consecuencias probablemente le habían complicado la vida aún más. Así como no quería que prescindiera de ella, también entendía que el mundo no giraba alrededor de sus deseos. Se hallaba a punto de entrar cuando Kiara tiró de la correa. No la había estado sujetando con fuerza, por lo que se le escapó de los dedos. Cuando quiso agacharse para recogerla, la perra salió disparada.


-¡Kiara! -fue tras ella. La perra rodeó a toda la multitud y se dirigió al establo nuevo.


Paula gimió cuando comprendió hacia dónde iba. A Kiara le encantaron los caballos de Malena; les ladraba, los perseguía y por lo general se arriesgaba a que uno la pisara. Para la perra todo era diversión. Kiara fue directamente hacia la cuadra de su caballo favorito, que resultaba ser el de Malena. Las luces del establo se habían atenuado, pero pudo ver con claridad el pasillo que llevaba a la cuadra del corcel negro, situada en el otro extremo. La perra saltaba ante su puerta, ladrando con entusiasmo. Corrió pasillo abajo y la recogió en brazos.


-Eres una niña mala -reprendió con suavidad, sosteniéndola ante su cara.


La voz de Pedro desde la otra punta la sobresaltó.


-Ha adquirido la costumbre de plantarse ante animales peligrosos.


Paula miró por encima del hombro, luego se volvió con Kiara en brazos.


-Se parece mucho a tí.


Las palabras bajas enviaron una vibración de alarma y excitación por su cuerpo. Él se acercó y Paula sintió la impresión de un varón peligroso y viril que le desbocó el corazón. ¡Qué aspecto tan maravillosamente sexy tenía! El sombrero negro sumía su rostro en sombras, ese rostro atractivo y agreste, los hombros anchos, la cintura y las caderas estrechas, los poderosos muslos. Y la potencia y la poesía de cómo caminaba. El recuerdo intenso y profundo de ese cuerpo grande y duro contra ella provocó un cataclismo en su interior, seguido de la lava caliente de su anhelo y expectación. Se sintió tan perturbada que no fue capaz de hablar. Kiara se retorcía con frenesí, ansiosa por captar la atención de Pedro. El ladrido excitado que soltó hizo que él bajara la vista. Paula contuvo el aliento, porque tenerlo delante hizo que fuera consciente de su pequeña estatura y de su femenina fragilidad. Entonces él se detuvo y le quitó a la perra de los brazos. Cuando le sonrió al animal sintió que la tensión existente entre ellos se mitigaba un poco; después de decirle unas palabras, la depositó sobre una bala cercana de heno y enganchó la correa en el pomo de la puerta que conducía al cuarto de las sillas de montar. Cuando se volvió hacia Paula, ésta retrocedió medio paso ante la intensidad de sus ojos encendidos.


-¿Recuerdas lo que te dije hace un tiempo? ¿Qué casi todas las palabras que salen de tu boca representan un desafío? -ella no respondió y abrió aún más los ojos-. Bueno, al fin lanzaste tu último reto.


Entonces alargó los brazos. Paula alzó las manos para mantenerlo apartado, aunque no sabía por qué. Sabía que no iba a lastimarla, pero su vehemencia sexual resultaba tan abrumadora que se sintió débil. Pedro le asió la muñeca, provocándole un jadeo. Experimentó una descarga de electricidad por todo el cuerpo. Apoyó la mano libre contra su torso porque su proximidad parecía arrebatarle el aire de los pulmones.


-¿Qué? ¿No tienes nada que decir? -una sonrisa lenta se extendió por los arrebatadores labios de Pedro-. ¿Ninguna declaración? ¿Ni un «Cómo te atreves?»


Paula intentó apartarse, pero los dedos de él apretaron más con delicadeza. La presión no le causaba dolor, pero resultaba inquebrantable.


-¿Captas ese heno fresco ahí arriba?


La pregunta la dejó confusa unos momentos y automáticamente alzó la vista al techo del establo que era el suelo del enorme almacén que había sobre sus cabezas. Pero cuando bajó la vista y sus ojos se conectaron, comprendió su significado. Abrió mucho los ojos y se esforzó por soltarse.


-¡No te atreverías! 


Indomable: Capítulo 47

Finalizada su declaración, se apartó, quitó la mano de Pedro de su cintura y lo condujo de vuelta al lado de su anterior compañera de baile. La ira le proporcionó una fuerza sorprendente. Tomó los dedos bien cuidados de la morena y los depositó en la palma de él. Se obligó a sonreír.


-Aquí tienes, encanto, es todo tuyo.


Dió media vuelta y se fue de la pista, sin detenerse hasta atravesar el patio y entrar en la cocina por la puerta de atrás. Kiara había estado montando guardia junto a la mesa de la cocina, y cuando Paula entró, soltó una serie de ladridos excitados. Se agachó para recogerla; llevándola apretada contra su pecho, cruzó la casa hacia la puerta de entrada. Como Malena estaba tan entusiasmada como ella con la pequeña perra, había incluido a Kiara en la invitación para pasar la noche. Hacía rato que no salía a dar un paseo, de modo que recogió la correa de la mesa del recibidor, la enganchó al collar del animal y salió. La llevó al costado de la casa, donde no habría invitados, y la bajó al suelo. Temblaba después de su exabrupto. Había jurado cambiar de actitud, y lo había hecho bastante bien en las últimas semanas. Pero perdió los estribos con Pedro. Por otro lado, necesitaba dejarle todo bien claro con el impacto necesario. No imaginaba haber podido hacerlo de otra manera. Kiara no tardó en estar lista para entrar, sin duda por el aire acondicionado que había en el enorme rancho. En el interior le quitó la correa, y se dirigió al cuarto de baño que había junto a la sala de la parte de atrás para refrescarse y cepillarse el pelo. Regresó a la fiesta cuando se iniciaba otra canción; de inmediato la invitaron a bailar. Sonrió y aceptó, sumergiéndose en el baile y en la celebración con un entusiasmo fogoso que nunca había sospechado que poseyera.


Pedro no perdió de vista a Paula durante las dos horas siguientes, a pesar de que ambos habían pasado por una docena de parejas distintas. No cabía duda de que estaba en plan de guerra, y puede que la situación le hubiera divertido si no hubiera captado todo el dolor que había detrás. Había asistido a la barbacoa para ver cómo le iba a Paula, pero no había sido capaz de mantenerse apartado de ella. Las últimas semanas había sido un santo, dándole tiempo para que encontrara su camino con los demás. El principal motivo para ello era que había escuchado los rumores que corrían sobre los dos. Los risueños comentarios de que había «Domado a la fierecilla» habían sido de mal gusto, y lo pusieron furioso. Sabía que él tenía algo que ver en la nueva conducta de Paula, pero se consideraba a sí mismo y al accidente como catalizadores de algo que con el tiempo ella habría descubierto en sí misma. La había evitado porque los rumores lo sensibilizaron. Ella necesitaba tiempo para establecer el cambio de actitud sin que existiera una conexión visible entre los dos. Como todo el mundo sabía que habían pasado solos todo el tiempo después del accidente, y algunos habían llegado a la conclusión de que lo dedicaron a disfrutar del sexo bajo la manta, había esperado que mantenerse alejado de ella la ayudaría a restaurar su reputación. La maniobra había funcionado. Por lo que él sabía, los comentarios habían cesado y la gente ya empezaba a vislumbrar a la nueva Paula. Y su intención también había sido mantenerse alejado de ella esa noche, por las dudas, pero no había sido capaz. Hacía semanas que había tomado su decisión sobre Paula, y no veía sentido en extender la espera. Por como marchaban las cosas, si no actuaba pronto, quizá se viera obligado a vadear un mar de pretendientes para reclamar su atención.


Paula se excusó del baile siguiente y entró en la casa para sacar a Kiara a dar otra vuelta. En esa ocasión necesitaba más tiempo para darle a sus oídos un descanso de la música sonora. Se puso la chaqueta porque con la noche había refrescado. Sacó a Kiara y permanecieron en el patio delantero; se apoyó en la casa para pensar. Mientras bailaba en todo momento había podido ver el ceño cada vez más fruncido de Pedro. No había pretendido darle celos, aunque la sorprendía que los celos pudieran justificar el modo en que la había estado mirando. 

Indomable: Capítulo 46

Y de inmediato comprobó que más osado. En el acto la pegó a su cuerpo, bajando el brazo por su espalda para acercarla con una familiaridad sensual que le desbocó el corazón. El calor de su cuerpo atravesó su ropa y la abrasó. Inclinó la cabeza y posó los labios cerca de su oreja. Paula no apartó la vista de su mandíbula. Apenas podía respirar. Le temblaban las piernas, aunque el ritmo lento del baile le permitió ocultarlo.


-Parece que esta noche eres muy popular, señorita Paula.


La primera impresión que recibió fue de celos, pero lo descartó de inmediato como una proyección de su fantasía. Poco podía importarle a Pedro cómo o con quién pasaba su tiempo. No había realizado ningún movimiento para reclamar territorio con ella, ningún esfuerzo para verla durante las semanas pasadas; ni siquiera la llamó para saber cómo estaba Kiara.


-Y tú has estado ocupado manteniendo felices a las damas -replicó con rigidez.


-Tengo entendido que has emprendido algunos cambios.


-Me he esforzado algo -musitó. Era una tortura estar contra él. Tenía que hacer algo para distraerse-. Malena me ha comentado que tienes interés en comprar el Broken B.


Pedro no respondió de inmediato y empezó a conducirla hacia el borde de la pista.


-Esta noche no tengo ganas de hablar de negocios.


Su voz ronca le sugirió cosas maravillosas e imposibles. La decepción atenazó el corazón de Paula. Ya no podía enfrentarse al dulce placer y al dolor secreto de permanecer otro momento en sus brazos. Dejó de bailar y se apartó.


-Perdona, pero necesito beber algo -contando con el elemento de la sorpresa, realizó un movimiento rápido para escapar, luego atravesó la pista con toda la dignidad que pudo. 


Se detuvo ante la mesa de refrescos y se sirvió una limonada. El líquido helado mitigó su sed y le calmó los nervios. Como si el breve encuentro con el cuerpo grande de Pedro le hubiera magnetizado el suyo, al instante notó cuando iba a reunirse con ella. Temblaba, pero se terminó el resto de la limonada. Dejó el vaso y se volvió hacia la dirección opuesta, dando a entender que era ajena a su presencia. Pedro le asió el brazo antes de que pudiera dar un paso. Paula se paralizó. Podía soltarse y arriesgarse a que alguien lo viera o quedarse donde estaba y oír lo que tuviera que decirle. 


-Me preguntaba si podía llevarte a casa. Fuera lo que fuere lo que había esperado oír, no era eso.


-Aún no ha oscurecido. Además, he traído mi coche.


-Haré que alguien te lo lleve -se acercó más.


-Aún no estoy lista para marcharme -probó a continuación. 


¿Por qué no se había negado a su petición? Además, ¿Por qué quería llevarla? Y tan temprano. Como iba a ser una noche larga, Malena la había invitado a quedarse a dormir en el rancho. Cuando Pedro se inclinó sintió su cálido aliento en la mejilla.


-De acuerdo, señorita Paula. Imagino que debes disfrutar de la noche en la que eres la heredera más pretendida de Texas. Pero no se te ocurra iniciar nada con uno de esos vaqueros o petroleros.


Le soltó el brazo. Cuando pudo volverse para mirarlo, él se alejaba. Casi al instante salió a su encuentro una morena alta. Pedro oyó lo que le dijo la mujer, luego le pasó el brazo por la estrecha cintura y la condujo a la pista de baile. Paula se quedó mirándolo fijamente, aturdida por lo que le había comentado y por el significado que le había dado a esas palabras. Y entonces sintió la lenta y ardiente furia que creció en su interior. Llevaban semanas sin verse. De pronto aparecía en la barbacoa de su prima, prescindía de ella hasta el inicio de la música, y entonces no sólo sintió el capricho de bailar, sino de manejar su vida. De llevarla pronto a su casa Dios sabía por qué motivos. Y cuando se había negado a marcharse, con magnanimidad le «Permitió» quedarse, aunque ordenándole que no coqueteara con ningún hombre. El atrevimiento colosal de ese hombre la ponía furiosa. Pedro Alfonso, sin importar qué pasara por su dominante cerebro tejano, había resultado ser otro más en la larga fila de gente que sólo de vez en cuando sentía el deseo de disfrutar de su compañía. Tenía una vida nueva y no pensaba volver a esperar que un rico vaquero arrogante encontrara tiempo en su apretada agenda para llamarla con el dedo o con un silbido. Más crispada aún por esa imagen, lo buscó con los ojos, lo localizó y con agallas se dirigió hacia donde bailaba con la morena; tocó el hombro de ésta y le sonrió con dulzura cuando le lanzó una mirada asesina por su intrusión.


-Perdona, encanto -dijo mientras apartaba la mano de Pedro de la cintura de la mujer y la hacía a un lado-. Te prometo que te lo devolveré en seguida -lo alejó tres pasos antes de detenerse y colocar la mano de él en su cintura. Le tomó la otra mano y gruñó-: Baila, vaquero -lo vio titubear, y luego ceder cuando decidió dejar que se saliera con la suya. La condescendencia que leyó en ese pequeño acto la enervó todavía más-. Agradezco que cuidaras de mi en las montañas y que me sacaras de allí a salvo -espetó-, pero si diste por hecho algo más entre nosotros, el momento para haberlo demostrado pasó hace semanas. En cuanto a quién elija para iniciar algo esta noche, es asunto mío -los dos dejaron de bailar-. Y sin importar cómo hubiera podido funcionar lo nuestro cuando regresamos a Texas, jamás te daría poder absoluto sobre mí ni permitiría que dictaras cómo debo llevar mi vida -se sintió impulsada a repetir-: Iniciaré lo que me apetezca con cualquiera de los hombres que hay aquí. 

Indomable: Capítulo 45

Aunque en esas últimas semanas Paula realizó un esfuerzo sincero para disculparse con todas las personas que pudo, aún le aterraba la forma en que reaccionaría la gente. Sin la armadura de la arrogancia, se sentía patéticamente vulnerable, y era aún más consciente de lo sensibilizada que estaba a que la aceptaran. Con dieciocho años, su aspecto mejorado y la fortuna que había heredado le habían dado acceso instantáneo a todo lo que había deseado, de modo que en realidad jamás había tenido que enfrentarse a relaciones profundas. Con Damián muerto y Malena separada de ella, había evitado todas las relaciones que no fueran superficiales y acumulado un puñado de conocidos casi tan ricos y frívolos como había sido ella. Por ende, éstos se mostraron espantados ante el cambio que había experimentado. Sabía que era cuestión de tiempo que se alejara de ellos, lo que estaba bien, ya que dudaba de que encajaran en la nueva vida que pretendía llevar. Avergonzada por el estilo de vida hedonista del pasado, se concentró en un puñado de organizaciones con fines caritativos que estaban interesadas tanto en la donación de su tiempo como en la de su dinero. Aunque los organizadores se mostraron un poco cautos con ella, dieron la bienvenida a su interés y Paula sintió que había dado un buen paso para hacer algo útil con su vida. 



La gran barbacoa de otoño en el Broken B estaba bien concurrida. La organizaban Rafael y Malena, pero Paula creía que se trataba de una especie de recibimiento oficial para la nueva Paula Chaves. Se había puesto un vestido de algodón con múltiples rayas de tonalidades pastel, con tiras a los hombros, ceñido a la cintura y amplio de falda hasta las rodillas. Las sandalias rosa que lucía hacían juego con una de las rayas del vestido. Aunque no era caro ni representaba la cumbre suprema de la moda, resultaba sencillo y atractivo. Con un mínimo de maquillaje, tenía un aspecto más normal, que esperaba que la hiciera parecer más abordable. Los invitados a la barbacoa eran un cruce animado de la sociedad y la cultura de Texas, entre los que se incluían todo el personal del rancho Broken B, vecinos, gente de la ciudad, varios asociados de negocios de Rafael, y conocidos de la industria ranchera y petrolera. Paula no había preguntado si Pedro estaba invitado, pero era un vecino y sabía que tenía interés en comprar el Broken B. Dió por hecho que aparecería, aunque se afanó por no buscarlo constantemente con la vista. No estaba segura del lugar que ocupaba en la diversa multitud. Malena y Rafael la ayudaron a introducirse, presentándole a todos los que aún no conocía. El número de asistentes era un poco abrumador, pero no tardó en relajarse. Para su sorpresa, descubrió que era el centro de varios de los solteros presentes, desde vaqueros hasta magnates del petróleo.


Cuando Pedro Alfonso llegó después de las seis, Paula no hizo ningún esfuerzo especial para gravitar en su dirección y, para su íntima consternación, vió que él tampoco. Un poco más tarde se sirvió la barbacoa y quedaron separados en la informal cola del bufé al menos por cincuenta invitados. Luego se sentaron a dos mesas todavía más distanciadas. Cuando el grupo country que animaba la fiesta inició una balada, alguien tocó el hombro de su pareja de baile y de pronto se encontró en brazos de Pedro. La sorpresa le provocó titubeos. Ya había bailado con varios hombres, pero la diferencia con él fue inmediata. Era más alto que la mayoría y su carácter dominante resultó obvio incluso en la pista. Exhibía mucha más seguridad que los demás, y decididamente era mejor bailarín.