jueves, 7 de octubre de 2021

Deja Que Te Ame: Capítulo 35

Cuando Paula se despertó, estaba acurrucada de espaldas al cálido cuerpo de Pedro, cuyo brazo descansaba pesadamente en torno a ella. Podía sentir su respiración contra la espalda, y su aliento en la nuca. Notaba sus miembros pesados, cansados, pero era un cansancio delicioso. Sabía por qué él le había hecho el amor, que solo había sido otro intento de despegarla del hogar al que se aferraba y en el que él pensaba que se aislaba del mundo, pero no le importaba. No podía sino sentir una gratitud renovada por ese segundo regalo maravilloso que le había hecho, el hacerla sentirse deseada, y fue gratitud lo que le demostró cuando Pedro se despertó también y volvieron a hacer el amor. Una hora después los dos estaban desayunando juntos en albornoz en el salón de la suite. Mientras tomaba un sorbo de zumo de naranja, Pedro se recreó mirando a Paula: El cabello alborotado, la abertura del albornoz que dejaba entrever sus senos, y ese brillo que parecía desprender tras la noche de pasión que habían compartido. Paula, que estaba tomándose su café a sorbitos, le lanzaba miradas furtivas por encima de la taza, como si ella también quisiera devorarlo con los ojos, pero se sintiera demasiado tímida para hacerlo abiertamente. Él dejó su vaso en la mesa, tomó un cruasán y cortó un trozo con los dedos.


–Tenemos que ir a por tu pasaporte –le dijo.


Paula, que estaba absorta pensando en que le recordaba a un pirata así, sin afeitar, y en el poder de ese brillo de sus ojos, que la hacía derretirse por dentro, dió un respingo al oírle decir eso.


–¿Cómo? –inquirió confundida, parpadeando.


–Tu pasaporte –repitió Pedro. Esbozó una sonrisa, como divertido–. Para poder ir a visitar mi complejo turístico en el Caribe. Lo hablamos anoche en la cena, ¿Te acuerdas? Además, no habrás pensado que con una sola noche contigo me bastaría, ¿Verdad?


Observó a Paula mientras asimilaba sus palabras, unas palabras que ya se habían formado en su mente nada más despertarse. ¿Una sola noche con ella? ¡Ni hablar! No era suficiente; ni mucho menos.


Paula vaciló un instante. ¿Sería una locura que fuese con él a ese viaje?, ¿No estaba retrasando lo inevitable? «¡Ve con él!», la apremió su vocecita interior. «La fiesta de anoche, hacer el amor con Pedro… Ha sido como un sueño. ¿Cuándo volverás a vivir algo tan maravilloso? ¡Aprovecha el momento, ve con él!». Y él la deseaba; quería que fuese con él… Sus dudas se disiparon, su rostro se iluminó, y cuando él le preguntó: «¿Vendrás conmigo?», se dibujó una sonrisa radiante en sus labios y asintió.



–¡No hay paredes! –exclamó Paula sorprendida.


Acababan de entrar en el bungaló en el que iban a alojarse, que se alzaba sobre un risco poco elevado en la bahía del islote en el que estaban.


–No, solo mosquiteras –asintió Pedro.


La condujo hasta la puerta situada en el extremo opuesto, que también estaba formada solo por el marco y una tela mosquitera, y salieron a una amplia terraza.


–¿Te gusta? –le preguntó a Paula, apoyando las manos en la barandilla de madera.


A la izquierda había una escalera que bajaba hasta la playa de blanca arena, y Paula sintió como si el tranquilo mar, de un azul celeste, estuviera llamándola. Giró la cabeza hacia Pedro y con una mueca de fingido desagrado lo picó diciendo:


–¡Esto es horrible! ¿Cómo has podido traerme a un sitio así? Es que, ¡Por favor, si no hay un solo club nocturno, ni un solo restaurante de alta cocina! ¡Por no haber no hay ni paredes!


Ya no se sentía tímida ni insegura a su lado; de hecho, ahora se sentía muy cómoda con él, y había descubierto que le encantaba hacerlo reír y bromear con él como estaba haciendo en ese momento.

Deja Que Te Ame: Capítulo 34

Paula se llevó las manos a la espalda para desabrocharse el sujetador. Lo hizo sin apartar sus ojos de los de él, con la barbilla levantada y los labios entreabiertos. Cuando sus pechos quedaron libres y hubo dejado caer al suelo el sujetador, Pedro, que estaba devorándola con la mirada, se humedeció los labios.


–Mi hermosa leona… –dijo con voz ronca.


Alargó ambas manos y rozó con las yemas de los dedos los pezones de Paula, que se endurecieron aún más. El estremecimiento de placer que sintió la hizo gemir y echar la cabeza hacia atrás. Pedro masajeó con las manos sus voluptuosos senos y tomó sus labios con un beso lento, sensual. Ella dejó que la empujara hacia la cama, que secolocara encima de ella y se regocijó al sentir el excitante peso de su cuerpo sobre sí. Pedro seguía besándola y mientras que una de sus manos continuaba masajeándole el pecho, la otra se ocupó de deshacerse del último obstáculo que lo impedía hacerla suya. Paula levantó las caderas para que pudiera quitarle las braguitas, y cuando lo hubo logrado abrió las piernas y dejó que deslizara la mano entre sus muslos. Los dedos de Pedro obraron magia explorando la parte más íntima de su cuerpo, haciéndola gemir y suspirar, y, cuando al cabo de un rato se apartaron y sintió su miembro erecto contra los pliegues húmedos de su sexo, experimentó una mezcla de sorpresa y deleite al comprobar que estaba tan excitado como ella.


Pedro tomó sus manos y se las levantó por encima de la cabeza, haciendo que se levantaran también sus pechos. Paula alzó la vista hacia él y Pedro le sonrió de un modo muy íntimo y posesivo. Dejándose llevar por un instinto ancestral, se encontró arqueando las caderas hacia él, ansiando que la poseyera. Susurraba su nombre en una abierta invitación, suplicándole que la hiciera suya. Pedro volvió a sonreír y de pronto, sin previo aviso, se apartó de ella. Paula parpadeó, aturdida, pensando que había cambiado de opinión, hasta que vio que alargaba el brazo hacia el cajón de la mesilla para sacar un preservativo. Se lo puso y volvió a colocarse entre sus muslos. Arqueó las caderas de nuevo, ofreciéndose a él, y él la penetró despacio. Ella contrajo el rostro, pero el dolor pasó pronto, y se deleitó en la sensación de su miembro deslizándose dentro y fuera de ella, desencadenando el estallido de sus terminaciones nerviosas y oleadas sucesivas de placer. ¿Cómo podía ser algo tan maravilloso… tan increíble? El tenerlo dentro de ella, ese fundirse en uno con él… De pronto se dio cuenta de que Pedro se movía más despacio, de que estaba haciendo un tremendo ejercicio de autocontrol para esperarla, para que ambos llegasen juntos al orgasmo. Mientras que se aferraba a sus hombros, él se apoyaba en las manos para no aplastarla con su peso mientras continuaba sacudiendo suavemente las caderas. Pronto ella sintió que estaba llegando al límite, y alzó el rostro hacia él para mirarlo a los ojos. Pedro dejó de controlarse, empezó a moverse más deprisa. Paula profirió un intenso gemido de placer y se arqueó hacia él, rodeándole las caderas con las piernas y clavándole las uñas en los hombros y echó la cabeza hacia atrás. Sin dejar de moverse, él admiró la belleza de su rostro,transfigurado por el orgasmo, antes de hundirse una última vez en ella, gritando su nombre. La atrajo hacia sí, acurrucándola contra su cuerpo mientras aún duraban los coletazos del clímax, y poco a poco notó cómo se relajaban sus muslos y se desmadejaba en sus brazos, con el aliento entrecortado y la piel perlada de sudor. Se quitó de encima de ella y se tumbó a su lado. Le acarició el cabello y le susurró tiernas palabras en su idioma. La besó en la frente, con las pocas energías que le quedaban, y sintió que un sopor delicioso se apoderaba de él. Era el cansancio que sobrevenía a la pasión. Plantó otro beso en su hombro y se acurrucó contra ella.


–Duerme –le susurró al oído–. Descansa…


Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Paula, a quien también parecían pesarle los párpados. Se habían entregado el uno al otro por completo, sin reservas, y pronto el sueño los arrastró así, el uno en brazos del otro.

Deja Que Te Ame: Capítulo 33

Pedro estaba mirándola de un modo turbador, y una sonrisa sensual curvaba sus labios. Ella ya no era la persona que había sido hasta entonces; ahora era distinta, una mujer nueva. ¿Una mujer a la que un hombre como Pedro podría desear?, se preguntó. Acudió a su mente un recuerdo de sus años de universidad, cuando todos sus compañeros andaban ligando, pasándolo bien… Ella se había pasado todos esos años yendo con la cabeza gacha y nunca se había atrevido a nada. Pero eso se había acabado. Se recostó en el asiento y se concentró en esa corriente eléctrica que parecía zumbar dentro de ella, in crescendo, apoderándose de todo su ser. El deseo se disparó por sus venas. Le pesaban los párpados, su aliento se había tornado entrecortado… Fue Pedro quien dió el primer paso. Sin decir nada, dejó su copa en la mesa y le quitó de la mano el vaso de licor para hacer otro tanto. Le pasó la mano por la nuca para atraerla hacia sí, y cuando sus cálidos labios se cerraron sobre los de ella todo pensamiento racional se desvaneció. Se había abandonado a las sensaciones que se estaban despertando en ella, unas sensaciones tan intensas, tan arrebatadoras, tan excitantes, tan maravillosas, tan placenteras, que no dejaban espacio para nada más. Él besaba con maestría, sin prisas, avivando el fuego en su interior, mientras con los dedos dibujaba arabescos en su nuca. Separó sus labios de los de ella y le mordisqueó el lóbulo de la oreja suavemente, con dulzura. Paula se notaba los pechos tirantes, pesados, y al cerrarse la mano de Pedro sobre uno de ellos se produjo dentro de ella un estallido de placer. Un gemido ahogado escapó de su garganta cuando le frotó el pezón con el pulgar a través del vestido, haciendo que se endureciera.


Paula le plantó ambas manos en el pecho y, como por instinto, sus dedos encontraron y fueron desabrochando uno por uno los botones. Cuando deslizó las palmas por su torso desnudo y dejó que descendieran hasta la cinturilla del pantalón, Pedro gimió y cerró la mano sobre su seno al tiempo que devoraba sus labios de nuevo. Ella despegó su boca de la de él, y enredó los dedos en los mechones de su nuca, peinándolos distraídamente mientras lo miraba con los ojos encendidos de deseo y los labios entreabiertos. Un sentimiento de impaciencia la consumía; era como si la adrenalina se hubiese disparado por sus venas. Sabía lo que quería, lo que necesitaba, igual que una leona en celo… Los labios de Max se curvaron en una sonrisa. Era una sonrisa de triunfo, y ella lo sabía, pero eso no hizo sino excitarla aún más. De pronto el sofá en el que estaban tumbados parecía demasiado pequeño y él, que parecía estar pensando lo mismo, se levantó y la alzó en volandas como si fuera una pluma. Pedro la llevó a su dormitorio y la depositó en la cama, pero no se tumbó a su lado, sino que permaneció allí de pie. Se desprendió de la camisa, que arrojó a un lado, y una prenda tras otra se quitó toda la ropa. Paula, que se había quedado mirándolo embelesada, iba a despojarse de su vestido cuando él la detuvo.


–Ah, no –protestó Pedro–. De eso me ocupo yo.


La levantó, sin el menor pudor por su desnudez ni por su incipiente erección. Y tal vez por eso ella perdió la vergüenza también y se quitó el pasador que le sujetaba el cabello y sacudió la cabeza para liberar su rizada melena. Como no habían encendido la luz la habitación estaba en penumbra, pero tampoco necesitaban más luz que la de la lámpara del salón de la suite, que no se habían molestado en apagar. Pedro asió con ambas manos el dobladillo del vestido de Paula y se lo fue levantando poco a poco para finalmente sacárselo por la cabeza y arrojarlo a un lado.

martes, 5 de octubre de 2021

Deja Que Te Ame: Capítulo 32

Frenó esos pensamientos, tomó su copa y empezó a hablar otra vez para conducir a su mente de nuevo a un terreno seguro.


–Me gustaría conocer tu opinión sobre mi proyecto de un complejo turístico ecológico en el Caribe. ¿Crees que atraería a alguien a quien le gusten los deportes?


Paula levantó la cabeza y parpadeó.


–¿Qué clase de deportes se podrán practicar? –le preguntó.


–Bueno, deportes acuáticos para empezar, por supuesto. Nada que implique vehículos a motor, claro, pero sí windsurf, vela… Y también buceo, buceo de superficie… De hecho, hay un arrecife espectacular, y voy a contratar a un biólogo marino para que me asesore sobre cuál sería la mejor manera de preservarlo. Ah, y quizá también se pueda practicar voley playa.


–Suena bien –dijo ella.


–¿Te gustaría venir conmigo a verlo antes de que lo inauguremos? Tendríamos todo el complejo para nosotros.


Paula se quedó mirándolo anonadada.


–¿Me estás proponiendo que me vaya contigo al Caribe? –dijo, como si le hubiera propuesto un viaje a Marte.


–¿Por qué no? Estás de vacaciones, ¿No?


Ella abrió la boca para objetar algo, pero al momento volvió a cerrarla y se limitó a sacudir ligeramente la cabeza, como si fuera una locura. Pedro no dijo nada más. Él ya había plantado la semilla; ahora solo le quedaba esperar a que germinase, se dijo, y se puso a contarle más acerca de sus planes para ese proyecto suyo. No iba a presionarla; estaba disfrutando de la cena, de poder pasar tiempo con ella, y estaba impaciente por lo que quería que pasase después de la cena. Cuando se montaron en el ascensor los dos solos para volver a la suite, de repente parecía demasiado pequeño. Y, cuando empezaron a subir, Paula sintió como si le diese un vuelco el estómago, pero no por efecto del movimiento del ascensor, sino por la proximidad de Pedro. Le sonrió cuando las puertas se abrieron, y dejó que ella saliera primero. La moqueta del pasillo, que estaba completamente desierto, amortiguaba sus pasos. Un cosquilleo eléctrico recorrió el cuerpo de Paula, igual que le había pasado durante la cena, cada vez que sus ojos se habían encontrado. Al entrar en la suite, él solo encendió un par de lámparas, cuya suave luz creaba una atmósfera muy íntima.


–¿Una copa? –le preguntó Pedro dirigiéndose al mueble bar.


Paula sabía que debería rehusar, que debería decirle algo como «No, gracias. Ha sido un día muy largo y me voy a dormir ya», pero en vez de eso se encontró asintiendo con la cabeza. Fue hacia el sofá con el corazón palpitándole con fuerza y sintiendo de nuevo ese cosquilleo eléctrico en las venas. Se quitó los zapatos, se sentó con las piernas dobladas bajo el cuerpo y apoyó el codo en el brazo del sofá. Pedro se acercó con una copa de coñac en la mano derecha y un vasito de licor en la izquierda que le tendió antes de sentarse en el otro extremo del sofá. Era un sofá grande, pero de pronto a ella le parecía como si hubiese encogido. Tomó un sorbito del licor. No quería beber mucho porque parecía fuerte, y ya había bebido vino en la cena. Estaba nerviosa, pero no sentía esa inseguridad que la había asaltado otras veces. La noche anterior Pedro le había dicho que era una «leona», y era así como se sentía en ese momento: tenía un cuerpo trabajado y torneado, sin un centímetro de grasa, pero curvilíneo y femenino. De pronto era extremadamente consciente de cómo marcaba su cadera el cojín del sofá y de cómo sus senos estiraban la fina tela de su vestido, que por alguna razón se notaba de repente… Como más pesados. El sorbo de licor hizo que una oleada de calor se extendiera por todo su cuerpo. Se sentía distinta… tan distinta… Se sentía libre… atrevida…

Deja Que Te Ame: Capítulo 31

Pedro sonrió con cautela.


–Eso es cierto –se limitó a murmurar–. ¿Te ha gustado tu primer paseo en helicóptero? –le preguntó cambiando de tema.


–¡Ha sido increíble! –exclamó ella–, una experiencia completamente nueva para mí.


Pedro se llevó su copa a los labios.


–Eso es precisamente lo que tienes que hacer: experimentar cosas nuevas, disfrutar de la vida… –respondió–. Dime, ¿Cuándo fue la última vez que viajaste al extranjero?


Ella se quedó pensativa.


–Pues… El curso pasado, en otoño, acompañé al equipo de lacrosse del colegio a un partido en Holanda –recordó en voz alta–. Y el año anterior hice un viaje a Islandia con un grupo de sexto curso. Fue genial. Los paisajes son espectaculares.


A Pedro se le estaba ocurriendo una idea, y aunque quizá fuera demasiado pronto para expresarla, pensó que no perdía nada tanteando a Paula.


–¿Y qué me dices del sol, la arena y el mar; las playas tropicales y todo eso? –le preguntó–. ¿O ibas a la costa de vacaciones con tus padres?


Paula sacudió la cabeza.


–No, mi madre prefería destinos turísticos culturales. Con ellos fui a sitios como París, Florencia… –su rostro se ensombreció–. Y la verdad es que no sé si me gustaría volver a esos lugares, porque probablemente visitarlos de nuevo me haría ponerme triste ahora que mis padres ya no están.


Él asintió. Sabía muy bien a qué se refería.


–Yo tampoco he vuelto a pisar el lugar donde me crie, salvo una vez –le dijo–. Y fue para comprar la taberna en la que mi madre trabajó como una esclava durante años. Ahora utilizo el local como un centro para preparar a jóvenes desempleados, de los cuales por desgracia hay demasiados en Grecia.


–¿Y no te gustaría volver a vivir en Grecia, establecerte allí? –le preguntó Paula.


Él sacudió la cabeza.


–He pasado página. Corté los lazos con ese doloroso pasado y rehice mi vida –la miró a los ojos, y le dijo–: Tal vez haya llegado el momento de que tú hagas lo mismo: empieza una nueva vida; piensa en el futuro en vez de aferrarte al pasado.


Las facciones de Paula se endurecieron. Bajó la vista y dijo con aspereza:


–No quiero hablar de eso. Y sigo sin querer vender mi parte de Haughton, así que no insistas más. 


Aunque disfrutase de su compañía, no iba a olvidar ni por un segundo por qué Pedro estaba teniendo tantas atenciones con ella.


En ese momento llegó el camarero con el postre, y no pudo agradecer más esa interrupción. Cuando el hombre se hubo retirado, Pedro se quedó mirando a Paula un momento, lleno de frustración, pero luego inspiró y optó por dejarlo correr. Le había dicho lo que quería decirle; lo mejor sería no decir más y dejar reposar el consejo que le había dado, dejar que lo meditase. Además, pensó mientras la observaba, que tenía la cabeza gacha, con la vista fija en el postre que se estaba tomando, la verdad era que él tampoco quería hablar del tema. Ni tampoco quería pensar en las obtusas razones por las que no quería venderle su parte de Haughton. Porque en lo único en lo que podía pensar en ese momento era en el efecto que ella estaba ejerciendo sobre su libido. Sus ojos descendieron hasta sus tentadores labios, cuyo dulce sabor había probado la noche anterior antes de darle las buenas noches. Bajó la vista para no seguir atormentándose, pero entonces sus ojos se encontraron con los senos de Paula, cuyas generosas curvas se marcaban bajo la fina tela del vestido. Y entonces recordó el momento en que, mientras la besaba, los había sentido apretados contra su pecho. Quería volver a tenerla entre sus brazos, quería…

Deja Que Te Ame: Capítulo 30

 -¿Que tal llevas lo de volar? –le preguntó Pedro a Paula mientras salían de la boutique, cargados de bolsas.


Ella se quedó mirándolo sin comprender.


–¿Volar?


–Hay una propiedad en los Chilterns que quiero ir a ver y tengo un helicóptero esperándome –le explicó él–. ¿Te gustaría venir?


–¿En serio? –balbució ella–. Nunca he montado en helicóptero.


Pedro sonrió.


–Estupendo; una nueva experiencia para tí. Te encantará –le aseguró mientras echaba a andar hacia donde los esperaba su coche.


No iba a darle la oportunidad de objetar nada, igual que no la había dejado huir de la boutique. Cada vez que había salido del probador para pedirle opinión sobre cada modelo que se había probado, le habían entrado ganas de lanzar un puño al aire y gritar «¡Sí!», porque todos le sentaban de maravilla. De hecho, estaba fabulosa con el que llevaba puesto en ese momento: Unos pantalones de color paja que parecían amoldarse a sus caderas y un jerseybeige de cachemira que resaltaba la silueta de sus voluptuosos senos. Una chaqueta larga y un bolso de cuero completaban el conjunto. Su chófer se encargó de meter las bolsas en el maletero y se subieron al coche. Paula se sentía como si estuviera en un sueño. Cuando en la caja la dependienta le había dicho el total del importe de su compra había contraído el rostro, espantada, pero luego había apretado los labios y le había tendido su tarjeta de crédito. Tendría que vender otro cuadro, pero, si Graciela y Jimena lo hacían, ¿Por qué no habría de hacerlo ella por una vez? Y era dinero bien gastado, se dijo. Al mirarse con cada modelo en el espejo del probador no había visto a Paueleganta, grande, torpe y mal vestida, sino a una Paula atractiva y a la moda que se sentía capaz de salir al mundo a pisar con garbo y paso firme. Era una sensación agradable, una sensación fantástica. Un cosquilleo la recorría, como si acabase de beberse una copa de champán. Iba a disfrutar al máximo de aquel momento, ¡a disfrutarlo todo!, incluida la novedad de montar en helicóptero. Presa de la emoción cuando el ruidoso aparato se elevó en el aire, miró hacia abajo con los ojos muy abiertos, viendo cómo Londres se iba haciendo cada vez más pequeño y se alejaban, dejándolo atrás para dirigirse a la campiña. Cuando volaron en círculos sobre la propiedad a la que Pedro quería echarle un vistazo, se quedó asombrada. Era una casa de campo enorme, de estilo victoriano, mucho más grande que Haughton. Ese pensamiento hizo que su rostro se ensombreciera, porque le recordó que corría el peligro de perder su hogar. ¿Por qué, si podía comprar una casa donde quisiera, estaba empeñado en arrebatarle el lugar que tanto amaba? Un mar de emociones encontradas se agitó dentro de ella. Pedro se había portado tan bien con ella que, aunque sabía por qué estaba haciéndolo, no podía dejar de sentirse agradecida por el inmenso regalo que le había hecho. «Siempre, siempre le estaré agradecida». Y así se lo hizo saber esa noche, mientras cenaban en el restaurante del hotel.


–Lo único que he hecho –le respondió él con una sonrisa–, es hacerte ver a la Paula que siempre había estado ahí, en tu interior, eso es todo. Siempre has sido así de hermosa, solo que no dejabas que los demás lo vieran, y ahora ya sí. Así de sencillo.


Sus ojos la recorrieron con deleite. Llevaba aquel vestido azul que había sabido nada más verlo en la tienda que le sentaría bien, el cabello recogido en un moño desenfadado y se había maquillado. Estaba preciosa.


–Bueno, y entonces… ¿Vas a comprar esa propiedad que hemos ido a ver esta tarde con el helicóptero? –le preguntó Paula.


–Puede. Tendré que ir a verla en persona, naturalmente, pero cumple varios de los requisitos que buscaba. El precio de venta es razonable, la casa es muy bonita, y está cerca de Londres.


–¡Mucho más cerca que Haughton! –se oyó exclamando ella al instante. 


Pedro entornó los ojos.


–Ese es un asunto muy distinto –dijo–. Tengo… Otros planes para Haughton.


–Si consigues hacerte con la propiedad –replicó ella, alzando desafiante la barbilla.


Y, sin embargo, nada más decir esas palabras deseó no haberlo hecho. No quería hablar de eso. Esa noche solo quería disfrutar el presente, de aquella velada con él.

Deja Que Te Ame: Capítulo 29

 –Está decidido –le dijo–. No hay ninguna prisa por que vuelvas a casa, así que nos vamos de compras.


Paula quería decirle que aunque no tuviese un motivo para marcharse ya, en ese momento no podía permitirse gastar dinero en ropa. Su sueldo se le iba en pagar las facturas junto con el caro estilo de vida al que estaban acostumbradas Graciela y Jimena. Y, sin embargo, nada más pensar eso sintió que algo en su interior clamaba en rebeldía. Si ellas vendían cuadros de su familia para seguir dándose los caprichos que les venían en gana, ¿no se merecía ella darse alguno también por una vez en su vida? Aunque finalmente había accedido a ir de compras con Pedro, cuando entraron en la primera boutique se le puso cara de pánico y miró de reojo a las otras clientas, que parecían clones de Jimena, todas delgadas como palillos. De pronto la estaban asaltando las dudas. Como no había podido ir a casa a cambiarse, llevaba puesta la misma ropa del día anterior –el anticuado conjunto de falda y chaqueta que reservaba para las reuniones con los padres y las ceremonias del colegio–, y rodeada de tanta elegancia sintió que flaqueaba su frágil autoestima. «Están todas mirándome y preguntándose qué está haciendo aquí un espantajo como yo», pensó angustiada. «Seguro que a sus ojos soy una ofensa al buen gusto y están deseando que me marche…». La dolorosa y humillante inseguridad que tanto tiempo la había acompañado estaba apoderándose de nuevo de ella, doblegándola. Estaba a punto de sucumbir al impulso de salir corriendo de allí y volver a Haughton en busca de refugio, de la soledad, lejos de esas miradas desaprobadoras.


–Dudo que aquí vaya a encontrar nada de mi talla –le dijo nerviosa a Pedro.


–Tonterías –replicó él–. Esto seguro que te quedará bien –dijo con decisión, tomando una percha con un vestido corto de color caramelo–. Y esto y esto también –añadió descolgando también un vestido azul y una chaqueta entallada.


Se lo plantó todo en los brazos y empezó a mirar los pantalones para finalmente sacar unos negros y otros marrones. No contento con eso, escogió también un par de jerseys de cachemira. Llamó a una de las dependientas que estaba cerca, y le dijo:


–Vamos a necesitar mucha más ropa para la señorita: Blusas, faldas, zapatos… Y complementos.


La mujer miró a Paula de arriba abajo, visiblemente espantada por lo que llevaba puesto.


–Ya lo creo… –murmuró para sí, y luego, con una sonrisa profesional, le respondió a Pedro–: Enseguida, señor.


Pedro condujo a Paula a uno de los probadores y le tendió el resto de la ropa.


–Adentro –la instó, dándole un empujoncito.


No iba a dejar que las dudas y los miedos empezasen a apoderarse de ella de nuevo, se dijo, y Paula, aunque reacia, obedeció. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de Pedro, y se sentó a esperarla en un sillón mientras hojeaba una revista.