martes, 6 de julio de 2021

Quédate Conmigo: Capítulo 31

 -Sí, claro. Después del funeral, te llevará a Salcombe. El señor Trump me ha dicho que tienes que arreglar algunas cosas allí.


-Muchas gracias. Pero me imagino que querrás volver a Holanda lo antes posible...


-No, no tengo que volver hasta dentro de unos días. El tiempo suficiente para que arregles tus asuntos. Cuando todo esté listo, te llevaré de vuelta conmigo -le dijo con una sonrisa.


Después de tomar un té, Pedro le recordó que la llevaría a Salcombe.


-El señor Trump me ha dicho que tienes algunas deudas que saldar y una cita con el director del banco.


El funeral transcurrió de forma tranquila. No había ningún familiar cercano, aunque sí varios amigos de su madre. Cuando se despidieron, el señor Trump le dijo que podía contar con él para lo que fuera.


-El chalet de Salcombe es tuyo, por supuesto, pero creo que no hay nada más. Tendrás que hablar con el director del banco, dile que se ponga en contacto conmigo si hay dificultades.


Paula tenía muchas cosas en las que pensar durante el viaje. Por eso fue un alivio cuando Pedro le ofreció:


-¿Quieres hablar? Quizá así dejes de darle vueltas a la cabeza.


-Llevo dándole vueltas toda la semana y no me ha conducido a nada.


-Entonces habla en voz alta. Quizá yo pueda ayudarte.


-Debería haber llamado a la señora Pike -le explicó Paula-. Ella solía ir a conectar la electricidad y a dejarlo todo preparado para cuando llegáramos.


-Eso ya está hecho -le dijo él-. También habrá comida en el frigorífico.


-Qué amable ha sido la señora Trump.


Él no la corrigió.


-Un problema resuelto. ¿Qué más?


A continuación se puso a enumerar todas sus preocupaciones, pero no dijo nada de la que más la atormentaba: Su futuro. Él no le había vuelto a decir nada sobre su regreso a Ámsterdam y no lo podía culpar por ello. Ya le había causado demasiadas molestias. Pero si no tenía mucho dinero en el banco, tendría que ponerse a buscar trabajo sin demora.


-¿Y Polo? -preguntó de repente. 


-Lo he dejado de muy buen humor. Prince y él se llevan estupendamente, incluso duermen juntos en la cesta de Prince.


Paula estuvo a punto de decirle que se echarían de menos, pero se detuvo justo a tiempo. Pedro podía pensar que estaba intentando sonsacarle sobre su trabajo.


-Tengo que arreglar algunas cosas en el chalet.


Era una tarea que temía, pero que había que hacer. Tenía que decidir qué hacía con la ropa de su madre, con sus cosas, mirar los papeles...


-Solo después de que hayas hablado con el director del banco.


A mitad de camino, pararon para tomar algo.


-¿Te apetece un té? Todavía nos queda mucho hasta Salcombe.


-¿No tendrás que volver esta noche, verdad? Siento mucho estar causándote tantas molestias.


-En absoluto, Paula. Me voy a quedar en Salcombe hasta que acabes lo que tienes que hacer.


-¿Te vas a quedar? Pero puede llevarme días...


-No te preocupes, me he tomado unos días libres -le dijo con una sonrisa tan amable que su corazón dió un salto.


Iba a quedarse con ella, para ayudarla.


-Qué bien. Eres muy amable -le dijo devolviéndole la sonrisa.


Él pidió otra taza de té y Paula, que se sentía feliz, se comió un gran trozo de pastel. 


Ya era de noche cuando estacionaron frente a la casa. Él tomó el equipaje de los dos y juntos caminaron hacia la puerta. En la sala, había troncos listos para encender la chimenea y eso fue lo primero que hizo Pedro.


-Mientras preparas un té -dijo con rapidez- voy a subir las maletas. ¿Cuál era tu habitación?


-La de la izquierda... ¿Las maletas? Yo solo he traído una.


Él estaba a mitad de las escaleras y se quedó mirando su cara de sorpresa.


-No pensarías que te iba a dejar sola...


-La verdad es que tenía miedo de quedarme aquí sola. Pensé que habrías reservado una habitación en el hotel. 

Quédate Conmigo: Capítulo 30

A Paula el día se le hizo interminable. Se preparó una bolsa de mano e hizo todo lo que pudo para tomarse la comida que Julia Smith le preparó. Intentó pensar en el futuro inmediato, pero su mente volvía a su madre y la rapidez con la que todo había sucedido. Necesitaba saber qué era exactamente lo que había pasado. Quizá cuando lo supiera no se sentiría tan mal. Por eso deseaba marcharse inmediatamente. Por fin dieron las cinco y bajó al recibidor a esperar a que Pedro llegara. Él solo tardó diez minutos, pero los nervios de ella ya estaban a flor de piel. Cuando Julia Smith le ofreció al médico un café y algo de comer, hubiera querido gritar. Él notó la tensión con solo una mirada y declinó la oferta, a pesar de que se encontraba cansado y hambriento. Se despidió con rapidez de Julia y se preguntó dónde tomarían el transbordador. Seguro que llegaban a la casa del señor Trump bien entrada la noche. Como si le hubiera leído el pensamiento, él le dijo:


-No tardaremos mucho. Hay un avión esperando por nosotros en Schipol, llegaremos a Heathrow en una hora.


Paula apenas se enteró del viaje, pero se sentía muy agradecida de poder llegar tan pronto. Cuando llegaron al aeropuerto, había un coche esperándolos para llevarlos a Richmond. El doctor, que no había hablado mucho en todo el camino, le preguntó:


-¿Sabes dónde vive el señor Trump? Tengo su dirección, pero no estoy muy familiarizado con la ciudad.


Media hora más tarde, estaban sentados en el despacho del señor Trump tomando un café mientras su esposa preparaba unos sandwiches. Le ofrecieron una cama al doctor para que pasara la noche, pero este la rechazó.


-Es muy amable -respondió agradecido-, pero tengo que ver muchos pacientes por la mañana y no puedo faltar a la consulta. Mi avión sale a las once.


La normalidad de la casa del señor Trump había restaurado la calma de Paula.


-No puedes marcharte así -declaró-. Debes estar exhausto. ¿No hay alguien que pueda sustituirte...? 


Cuando llegó a ese punto, deseó no haber dicho nada. Él se había tomado muchas molestias para acompañarla hasta allí, pero, por supuesto, tenía que volver a su casa y a su consulta lo antes posible.


-Perdona. Por supuesto, tú sabes lo que es mejor. Te estoy muy agradecida. Nunca podré agradecértelo lo suficiente...


Pedro se levantó para marcharse.


-Volveré para el funeral de tu madre, Paula -dijo tomándola de, las manos-. El señor Trump se encargará de todo -se inclinó y le dió un beso en la mejilla-. Sé fuerte.


El señor Trump lo acompañó hasta la puerta. Los dos hombres habían hablado por teléfono a lo largo del día y Pedro le dijo al abogado:


-Voy a dejarlo todo organizado para venir al funeral y quedarme unos cuantos días. Han sido muy amables al invitar a Paula.


-Mi esposa y yo le tenemos mucho cariño. Se portó con mucha entereza cuando murió su padre. Ahora queda por resolver el asunto de Salcombe.


-Yo la puedo llevar hasta allí.


-Quizá sea una buena idea.


Pedro condujo de vuelta a Heathrow y de allí voló a Schipol, donde estaba su coche esperándolo para regresar a casa. Al día siguiente lo arreglaría todo para volver con Paula. 


La señora Trump intentó evadir la pregunta de Paula sobre la muerte de su madre.


-Ahora estás muy cansada, cariño, y es mejor que te vayas a la cama -le aseguró-. Mañana por la mañana, te lo contaré todo. Pero puedes estar tranquila: Tu madre y su amiga murieron instantáneamente, no se enteraron de nada.


Paula, agotada por el dolor y por un día de pesadilla, se quedó inmediatamente dormida. Al día siguiente, sentada frente al señor Trump en el despacho, este le contó todo lo que había pasado y le explicó lo que había que hacer.


Una semana más tarde, la noche anterior al funeral de su madre, Paula fue al despacho del señor Trump y se encontró allí a Pedro.


Él se levanto y fue a saludarla.


-Paula, ¿Qué tal estás?


-¿Has venido...? ¿Estarás aquí mañana? 

Quédate Conmigo: Capítulo 29

La carta era del señor Trump. Esto sería un gran disgusto para ella, había escrito. Su madre y su amiga habían muerto en un accidente de coche mientras hacían una corta visita a unos amigos de Richmond. Afortunadamente, alguien que las conocía le había llamado y él se estaba encargando del trágico asunto. No sabía cómo localizarla por teléfono, pero le suplicaba que se pusiera en contacto con él lo antes posible. Era una carta amable en la que le ofrecía su apoyo y ayuda. La volvió a leer y se quedó en silencio hasta que la voz de Julia Smith, un poco impaciente, penetró el vacío que se había hecho en su cerebro. Quería que le llevara al doctor su café inmediatamente, o éste no tendría tiempo de tomárselo antes de que el primer paciente llegara. Paula preparó el café y se lo llevó a su despacho. Llamó a la puerta y pasó sin esperar respuesta. Cuando le estaba dejando el café sobre la mesa, él levantó la vista.


-¿Qué te pasa, Paula? ¿Estás enferma? -entonces recordó la carta-. ¿Has recibido malas noticias de tu casa?


Ella no tenía fuerzas para hablar, así que sacó la carta del bolsillo y se la entregó para que la leyera él mismo.


-Pobre Paula. ¡Qué desgracia tan grande!


La ayudó a sentarse en una silla y llamó a Julia Smith.


-Smitty, Paula ha recibido malas noticias de su casa. Por favor, tráele un poco de coñac.


Cuando la mujer volvió con la bebida, él le explicó en holandés lo que había sucedido.


-Por favor, acompáñala a casa y quédate con ella todo el tiempo que haga falta -después se dirigió a Paula-. Tómate esto, Paula. Julia Smith te acompañará a casa y yo telefonearé al señor Trump para ver qué se puede hacer.


-Tengo que ir...


-Por supuesto. No te preocupes, yo lo organizaré todo. Ahora sé buena chica y tómate todo el coñac.


En sus mejillas apareció un poco de color y él le tomó las manos.


-Haz lo que Julia Smith te diga y espera hasta que yo llegue.


La voz tranquila de Pedro penetró sus sentidos adormecidos, y Paula entendió que él haría todo lo que estuviera en sus manos para ayudarla. Como una niña obediente, hizo todo lo que Julia Smith le pidió: Se tomó un té y se tumbó en la cama. Se dió cuenta de que la mujer estaba hablándole en un tono tranquilizador y cariñoso mientras le sujetaba la mano. Tenía que pensar en lo que debía hacer, pero su mente no podía concentrarse en nada. No sabía cuánto tiempo llevaba tumbada en la cama cuando llegó el doctor Alfonso. Julia Smith se apartó y él se sentó en la silla para tomar las manos de Paula entre las suyas. Ella abrió los ojos y lo miró; después se sentó en la cama y el recuerdo de lo que había sucedido la hizo despertar del trance.


-Mi madre... -balbució, y rompió a llorar.


Pedro se sentó en la cama junto a ella, la tomó en sus brazos y la dejó llorar para que se desahogara. Cuando logró parar, él le secó la cara y le dijo:


-Esa es mi chica valiente. Y tienes que seguir siéndolo, Paula. Te voy a llevar a Inglaterra esta noche. Iremos a casa del señor Trump, donde pasarás un par de días. Él te ayudará y te aconsejará. Ahora vamos abajo a tomar algo. Nos iremos en cuanto acabe la consulta de la tarde.


Ella lo miró con ojos lacrimosos.


-¿No voy a volver aquí?


-Por supuesto que vas a volver; yo iré a buscarte. Pero de eso hablaremos después. Llévate cosas para unos cinco o seis días. Me voy a llevar a Polo para que se quede con Prince hasta que tú regreses.


-¿Has hablado con el señor Trump? Siento ocasionar tantas molestias...


—Sí lo llamé y él estará esperándote. No te preocupes por nada, Paula; él te lo explicará todo esta noche.


-Pero no puedes marcharte; los pacientes, el hospital...


-No te preocupes por eso. Vendré a buscarte las cinco. 

jueves, 1 de julio de 2021

Quédate Conmigo: Capítulo 28

Encontró la pequeña iglesia en Beguine Court, donde Julia Smith le había explicado. Al salir de misa, paseó por los alrededores admirando las preciosas casas y, después, entró en una cafetería para comer algo. Más tarde fue a la estación para hacerse con un horario de trenes y se montó en un barco que daba un paseo por los canales. El barco estaba lleno de turistas, sobre todo estadounidenses e ingleses. Desde los canales se disfrutaba de una magnifica perspectiva de la ciudad, de las casas antiguas que daban a los canales, algunas con patios amurallados y otras con las ventanas casi al nivel del agua. Si hubiera tenido tiempo, se habría montado de nuevo, pero ya eran casi las cuatro y quería tomar un té antes de volver a casa. Encontró el café donde Polo la había llevado y, sin tener en cuenta los precios, se tomó un té y un trozo de pastel enorme.


La tarde discurrió agradablemente en compañía de Julia Smith, charlando mientras la mujer tejía un intrincado diseño con envidiable facilidad. Paula presintió que, aunque disfrutaban de su mutua compañía, nunca iban a ser tan amigas como para contarse cosas muy personales. Pero le bastaba con que pudieran vivir en armonía. Según pasaban las semanas, se iba dando cuenta de que cada vez se hacía cargo de más tareas en la consulta y Julia Smith podía pasar más tiempo frente al ordenador. A pesar de su aspecto anticuado, trabajaba con las últimas herramientas informáticas. Si ella quería tener algún porvenir, debía aprender a manejar el ordenador. Pero primero, pensó, debía empezar a estudiar el idioma. Hacia el final de la semana recibió una carta de su madre. Estaba muy contenta, algo que nunca le había sucedido mientras estaba con ella, pensó Paula. Alejandra y ella se habían instalado en el pueblo con facilidad. Habían encontrado a una mujer que les limpiara la casa y se habían apuntado a un club de bridge. Cada mañana tomaban café con la señora Craig y otras amigas. Al final de la carta, le deseaba que fuera feliz. Llevaba allí un mes cuando decidió que podía permitirse un abrigo de invierno. Ya conocía el centro de la ciudad bastante bien y sabía dónde encontrar tiendas de ropa que no fuera muy cara. Una mañana estaba buscando el historial de un paciente cuando el doctor salió de su despacho y le dejó una carta sobre la mesa.


-Ha llegado una carta para tí -le dijo con una sonrisa y se marchó antes de que ella pudiera decir nada. 


Paula recogió la carta. El sobre parecía oficial, estaba escrito máquina y era urgente. Lo abrió lentamente. ¿Habría dejado alguna factura sin pagar? ¿O sería algo relacionado con el banco? 


Quédate Conmigo: Capítulo 27

 -Sí, claro. Pero primero vamos a mi casa a tomar un café. Después podemos dejar allí a los perros; no creo que les guste mucho ir a visitar monumentos.


Lo que dijo sonó tan razonable que Paula no se lo discutió. Además, cuando llegaron a su casa, Polo se mostró encantado de quedarse en el jardín con Prince. Pedro la acompañó a la habitación donde habían desayunado el primer día. Paula sirvió el café de una cafetera de plata en unas pequeñas tazas de porcelana fina y, en silencio, disfrutó de los lujos de la casa del doctor. Era una pena que no pudiera ver las otras habitaciones, pensó mientras tomaba una pasta. Seguro que estaban llenas de muebles preciosos... Cuando volvieron a Ámsterdam, él estacionó el coche junto a la consulta.


-Primero voy a enseñarte un plano de la ciudad para que te familiarices con las calles principales. En primer lugar iremos a la estación, considérala el centro de una tela de araña. Las calles principales salen de ese centro y los canales lo rodean. Lleva siempre la dirección de Julia Smith y mi teléfono, por si te pierdes, y no te alejes mucho de las calles principales hasta que conozcas la ciudad mejor.


Caminaron a paso rápido hasta la estación y después, bajaron por Damrak hasta la plaza que llevaba el mismo nombre. Allí estaba el palacio real. Siguieron caminado por las calles principales hasta la hora de comer. La llevó a un hotel al lado del mercado de flores y Paula comió con apetito por el extenuante paseo.


-Muchas gracias -le dijo mientras tomaban el café-. Todo estaba delicioso.


-Me alegro. Ahora te enseñaré dónde están los museos y las iglesias, la plaza del ayuntamiento, los hospitales y los bancos.


Así que volvieron a partir. No se trataba de una salida de amigos, pensó Paula, consciente de que le estaban empezando a doler los pies. Sin embargo, después de eso le iba a resultar mucho más fácil moverse por la ciudad. Eran las cuatro de la tarde cuando Róele dijo por fin:


-¿Te apetece tomar algo?


La llevó a un elegante café. Nada más entrar, Paula se hundió en el asiento. 


Fue un alivio descubrir que estaban muy cerca de la casa de Julia Smith.


-Ya está bien por hoy -le dijo el doctor-. Entra, yo iré a buscar a Polo.


Si los pies no le hubieran dolido tanto, quizá habría insistido en ir con él. Pero tal y como estaba, entró agradecida en la casa.


-Volveré dentro de quince minutos -le dijo él desde la puerta.


Paula se quitó los zapatos y se puso unas zapatillas de estar en casa. Cuando él volvió con Polo, tenía una bandeja lista para tomar café. Pedro se la quedó mirando de arriba abajo. Su cabellera pelirroja tenía un increíble brillo bajo la luz tenue del recibidor y el largo paseo le había dado a sus mejillas un color espléndido. Él sintió la tentación de tomarla en sus brazos y besarla, pero se resistió, plenamente consciente de que no era ni el lugar ni el momento.


-¿Te apetece un café? -preguntó ella.


-Tengo una cita -respondió él-. Espero no haberte cansado demasiado.


-No, no. He disfrutado mucho. Me será de gran ayuda en el futuro. Muchas gracias.


Él le dedicó una sonrisa, se despidió de ella y se marchó. Mientras le daba de comer al perro, Paula pensó en el día que habían pasado juntos. Le encantaba estar con él porque era muy agradable y la hacía sentirse cómoda a su lado, pero lamentablemente dudaba de que volviera a tener muchas oportunidades como la de aquel día. Él había considerado su deber enseñarle Ámsterdam; eso era todo. Era su empleada y eso era algo que no debía olvidar, a pesar de toda su amabilidad. Julia Smith le había dicho que volvería tarde, así que se preparó la cena y se puso a escribirle una carta a su madre. Tenía muchas cosas que contarle y acababa de terminar la carta cuando Julia Smith entró. Se sentaron juntas hasta la hora de ir a la cama intercambiando información sobre lo que habían hecho durante el día. «Mañana», pensó Paula soñolienta, «tengo que ir a misa; y después me iré a explorar». Cuanto antes conociera la ciudad, mejor. 

Quédate Conmigo: Capítulo 26

La oficina de correos estaba a solo cinco minutos. A Paula le habría gustado quedarse por allí un rato mirando a la gente, pero eso tendría que esperar hasta que tuviera un día libre. Volvió deprisa y se encontró a Julia Smith sentada en su escritorio, pero no había ni rastro del doctor.


-Toma la llave de casa, yo todavía tardaré un poco.


Paula volvió a la casa y Polo la recibió muy alegre. Julia Smith estaba sentada frente al doctor, escuchándolo.


-Sí -le respondió-. La señorita Chaves, que desea que la llame Paula, se ha instalado sin problemas. Es una chica muy sensata y tiene muy buenos modales. También es rápida para entender las cosas - Julia Smith miró al doctor fijamente-. ¿Quiere que la prepare para que me sustituya?


-¿Sustituirla? ¿No querrá retirarse, verdad? No imaginaría que eso era lo que yo tenía en mente... No me puedo imaginar cómo sería esto sin usted; le explicaré...


Y así lo hizo. Aunque, no le habló de sus sentimientos, pero cuando Julia Smith se levantó para marcharse le preguntó:


-¿Desea casarse con ella?


Él levantó la vista de los papeles.


-Esa es mi intención, Smitty.



Paula, ajena al futuro que él había planeado para ella, se fue a dar un paso con Polo. Las hileras de casas parecían muy iguales y lo mismo sucedía con los canales. De regreso, volvió a pasar por la consulta y vió que las luces seguían encendidas. Esperaba que el doctor no estuviera trabajando todavía. 


Esa noche escuchó las instrucciones de Julia Smith, que le explicó cómo hacer la colada y la plancha, la hora del día en la que podía considerar el baño como suyo y los trabajos de la casa que tendría que hacer, que no eran muchos porque una mujer iba a limpiar dos veces por semana. Ella solo tendría que encargarse de limpiar su habitación y de ser ordenada. Además de ayudar con las comidas y limpiar la cocina. Con un diccionario de holandés y un libro de frases, Paula pasó la mayor parte de la noche en la habitación de al lado de la cocina. Justo antes de irse a la cama, se dirigió a la sala para tomar un té y decir buenas noches. Estaba contenta, pero sabía que le llevaría algunas semanas adaptarse a la nueva vida. Al día siguiente era sábado y no tenía que ir a trabajar. Pensó que se compraría un mapa y daría una vuelta por la ciudad. El domingo buscaría una iglesia y dedicaría la tarde a escribir cartas. Ya había escrito a casa para decir que había llegado bien y para darle a su madre la dirección y el teléfono. También tendría que comprar postales para enviar a Mariana, a la señorita Johnson y a la señora Craig. Cuando le contó sus planes a Julia Smith, esta le dió un mapa y le explicó dónde podía encontrar una iglesia inglesa. Luego le dijo que ella iba a pasar el sábado con una prima.


-Estarás sola todo el día, Paula. Tienes una llave y espero que te encuentres como en tu propia casa.


Paula se dijo que era una chica muy afortunada. Tenía un trabajo, una casa y a Polo. Además, su madre era muy feliz. Por la mañana ayudó a Julia Smith a recoger, después subió a su habitación a buscar su chaqueta y su bolso y, cuando bajó, se encontró a Polo esperándola. También estaba allí el doctor Alfonso.


-Si te apetece dar un paseo, he pensado que podría enseñarte Ámsterdam. Al principio puede ser un poco complicado para un extranjero.


Ella se quedó mirándolo.


-Gracias. Pero no se me ocurriría hacerte perder el tiempo. Tengo un mapa...


-Pero yo soy mucho más fácil de entender que un mapa -le dijo él con una sonrisa-. Los canales se parecen mucho unos a otros, ¿No está de acuerdo, Smitty?


-Sin lugar a dudas, doctor. Y luego será mucho más fácil para Paula moverse por la ciudad, después de que alguien se la haya enseñado.


Paula intentó pensar en algo que no sonara maleducado. Parecía que le estaban planificando su día libre y, aunque le encantaría pasarlo con él, no podía dejar de pensar que estaba con ella por compasión. Pero no podía negarse; por nada del mundo quería ser grosera.


-Eres muy amable. ¿Puedo llevarme a Polo?


-Claro, le hará compañía a Prince.


Al salir, Paula vió el Rolls estacionado en la puerta.


-Pensaba que íbamos a dar un paseo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 25

 -Buenos días, doctor. Me imagino que usted es la señorita Chaves. Y el perro -dijo fijándose en Polo-. ¿Quieren tomar un café?


-Me alegro de verte de nuevo, Smitty. Primero, tengo que pasarme por el hospital, así que será mejor que me marche enseguida. Llévate a Paula a la consulta y explícale un poco el trabajo. Seguro que aprende rápido.


Julia Smith acompañó al doctor a la puerta y después le dedicó una sonrisa a Paula.


-Vamos a tomar un café.


-¿Sabía que iba a traer a Polo conmigo?


-Sí, me lo dijo el doctor. En la parte de atrás hay un patio pequeño y podemos dejar la puerta de la cocina abierta. Creo que ahí estará bien.


-Seguro que sí. ¿De verdad no le importa?


-No, en absoluto. Ahora le enseñaré su habitación, señorita Chaves.


La habitación daba a la calle, estaba muy limpia y era alegre. Los muebles eran sencillos y la cama estaba contra una de las paredes.


-Mi habitación está al otro lado. Entre los dos dormitorios hay un cuarto de baño. Si desea estar a solas, hay una habitación pequeña junto a la cocina.


Paula miró por la ventana intentado buscar la manera más apropiada de preguntarle sobre la renta. Julia Smith no era una casera habitual. Fue la mujer la que sacó el tema.


-El doctor me va a pagar por su alojamiento; por esa razón, su sueldo será más bajo.


-Ah, gracias. Su inglés es perfecto. ¿Ha vivido en Inglaterra?


-Sí, hace varios años. Verá que la mayoría de los holandeses hablamos ingles, aunque nos gusta que los extranjeros hablen nuestro idioma. Yo le recomendaría que tomara clases.


-Sí, muy buena idea. Y, por favor, llámeme Paula.


Pusieron una manta en el suelo de la cocina para Polo y dejaron la puerta del jardín abierta. Después, se fueron caminando a la consulta. Tardaron cinco minutos en llegar a la entrada imponente que daba a un vestíbulo igual de imponente. Allí había varias puertas y una de ellas tenía una placa con el nombre del doctor Alfonso. Julia Smith le enseñó la consulta y dónde se guardaban todas las cosas; después le pidió que se sentara junto a ella.


-Antes de ser de utilidad, tienes que aprender toda la rutina, así que presta mucha atención.


Paula se sentó a su lado pensando que Julia Smith, además de parecerse a la señorita Johnson físicamente, era igual de severa. Se sentía un poco abrumada. Nunca se había imaginado que el doctor fuera tan rico. Él nunca le había dado ninguna pista; pero ¿Por qué debería haberlo hecho? Además, había ido a Ámsterdam a trabajar para él y no tenía por qué conocer su vida privada, aunque no le importaría saber un poco... La primera persona que llegó fue el doctor Alfonso, que cruzó hacia su despacho con un breve saludo. Cinco minutos más tarde, una enfermera que saludó amigablemente a Julia Smith y ni siquiera le dijo hola a Paula. Después fueron llegando otras personas: un hombre gordo con la cara colorada, una mujer muy delgada, una jovencita acompañada por una madre de aspecto fiero... Cuando todos se marcharon, Julia Smith le explicó:


-Esta es una mañana típica. Ahora el doctor se va al hospital y después, a media tarde, volverá para recibir a más pacientes. Prepárale un café antes de que se marche.


-¿Llamo a la puerta? -preguntó Paula con la taza en la mano.


-Sí, pero no digas nada si él no habla primero.


Paula llamó y pasó. Él estaba sentado en su escritorio escribiendo y ni siquiera levantó la vista. Ella dejó el café sobre el escritorio y volvió a salir, un poco decepcionada. Al menos, podría haber levantado la cara para dedicarle una sonrisa... Ellas también se tomaron un café y, justo cuando acababan, salió Pedro. Las tareas de Paula serían sencillas. Recoger y llevar cosas, preparar café, encargarse de que el escritorio del doctor estuviera cada mañana exactamente como a él le gustaba, ordenar las revistas y, cuando estuviera a gusto con esas tareas, empezaría a encargarse de archivar nuevas entradas en los historiales de los pacientes y del correo.


-Son tareas pequeñas, pero que a mí me quitan mucho tiempo. Si las haces tú, yo podré ocuparme de la contabilidad y el papeleo.


Volvieron a casa a la hora de comer y, en ese rato, Paula sacó a Polo. Después regresaron a la consulta. Solo vió al doctor en un par de ocasiones y él apenas le dedicó un saludo. Había sido un día muy agradable, pensó Emma enroscada en su cama. Julia Smith tenía un aspecto serio y severo, pero ella estaba convencida de que un día podrían ser amigas. El trabajo era fácil y, para vivir, tenía una habitación agradable y suficiente comida. Además, estaba segura de que Polo era bien recibido. Lo único malo era que el doctor parecía haberse olvidado de ella. El día siguiente discurrió bien, aunque parecía que los pacientes no se iban a acabar nunca. Aparte de un rato para comer, no habían tenido un solo respiro. Así que cuando Julia Smith le dijo que llevara unas cartas al correo, ella fue encantada. Ya era casi de noche y hacía frío, pero era muy agradable estar en la calle después de llevar tantas horas metida en la consulta.