martes, 13 de abril de 2021

Soy Tuya: Capítulo 2

Tenía que conseguir que Max se diera cuenta de que podía representar mucho más para la compañía que una cara sonriente. Quizá el rumor de que Max le ofrecería Roma como destino no fuera tan descabellado. Paula suspiró y se acomodó en su asiento. Roma era uno de los principales destinos de MaxAir, la joya de la corona de la compañía. ¡Ése sí sería un gran salto en su carrera! El ruido que hacía el motor cambió y dedujo que empezaban a descender. Miró por la ventanilla y vio la tierra ondulante y verde, las playas blancas y el mar azul oscuro. Cairns. El paraíso. Su hogar… Tuvo que respirar hondo y tratar de distraer su mente con pensamientos felices Se encendieron las señales que indicaban a los pasajeros que se pusieran el cinturón de seguridad. Por el rabillo del ojo vió que el pequeño Bruno intentaba ponérselo mientras sujetaba en un precario equilibrio la lata de refresco entre las rodillas. No lograba comprender qué tipo de padres podían considerar a un niño de cinco años lo bastante independiente como para volar solo. Lo había visto innumerables veces a lo largo de su carrera y seguía sin comprenderlo. Ella sabía por propia experiencia el efecto que podía tener en un niño ese tipo de actitud: convertirlo en un ser errático y agresivo, capaz de cualquier cosa para llamar la atención, para que alguien le impusiera disciplina y le marcara límites.


–¿Quieres que te ayude? –se oyó decir.


–Sí, por favor –dijo él con una sonrisa angelical. 


Alzó los brazos y Paula le abrochó el cinturón. Al alzar la vista vió dos lágrimas rodar por sus mejillas y no pudo evitar compadecerse de él. Así que, durante los siguientes quince minutos, se esforzó por distraerlo y animarlo. Para cuando aterrizaron y Jesica fue a recogerlo, se había transformado en un niño tranquilo y amable. Como no tenía prisa, ella esperó sentada a que el avión se vaciara. Luego, tomó su bolsa y la funda con el uniforme que llevaría en el viaje de vuelta a Melbourne el sábado por la noche, y desembarcó. El húmedo calor del norte de Queensland le golpeó el rostro. En el aire flotaba el olor a salitre del mar. Notó cómo el cabello se le rizaba al instante y le sudaban las manos. En la terminal, un hombre con bigote, vestido con un traje y un sombrero del color azul característico de MaxAir, completamente inapropiados para aquel calor, esperaba con un cartel en el que se leía: «CHAVES». Mandando un chófer, Max mostraba que le estaba dando un trato especial y aunque se sintió halagada, también notó que se le encogía el corazón.


–Soy Paula Chaves –dijo, acercándose a él.


El hombre asintió.


–Rafael –dijo con voz de barítono–. Maximilliano me ha pedido que esté a su disposición todo el fin de semana, señorita Chaves.


–Muy bien. Excelente –Paula se incorporó a la corriente de gente que abandonaba la terminal internacional. Podía ver a Rafael, con su equipaje, por el rabillo del ojo. Estaba segura de que si le señalaba a alguien y le daba la orden de matarlo, la cumpliría sin titubear.


–Tengo que hacer una llamada –dijo, justo antes de que salieran del aeropuerto. 


Rafael se detuvo de inmediato. Paula buscó un rincón tranquilo para hacer la llamada que llevaba días angustiándola.


–Hola –respondió su hermano Gonzalo.


Por un instante, Paula tuvo la tentación de colgar. ¿Por qué tenía que anunciarle su presencia? No era más que un viaje de trabajo. Gonzalo ni siquiera tenía su móvil, así que no podría identificar la llamada.


–¿Hola? –insistió él.


–Gonza. Soy Paula.


–Vaya, vaya, Piccolo –dijo él, tras una pausa–. Hacía tiempo que no oía tu preciosa voz –su tono sarcástico despertó en Siena el deseo de colgar–. Una momento –exclamó Gonzalo. Y Paula oyó un ruido seguido de gritos de niños–. ¡Agustín! ¡Leo! Sientense a la mesa. Mamá les traerá los cereales en seguida. Perdona, Piccolo, el desayuno puede ser una batalla. ¿Dónde estás? ¿En París, en Londres?


Había llegado el tan temido momento.


–En el aeropuerto de Cairns.


Se produjo un profundo silencio y Paula se dió cuenta de que Gonzalo estaba tan desconcertado como ella de que hubiera vuelto después de tantos años.


–Pero… Vaya… Nuestro pajarito ha vuelto al nido. ¿Quieres decir que voy a poder ver tu bonito rostro en persona y no sólo en las vallas publicitarias?


Paula cerró los ojos y apoyó la frente en la mano.


–Claro. Estoy aquí hasta el sábado por la noche. Mañana por la tarde tengo una cita con Maximilliano, pero, aparte de eso, este pajarito está libre.


–Genial. Dime en qué terminal estás y pasaré a recogerte.


–No es necesario. Tengo chófer –Paula sintió una mezcla de vergüenza y orgullo al decirlo, y esperó en tensión una de las características risas forzadas de Gonzalo, pero no llegó.

Soy Tuya: Capítulo 1

Paula Chaves volvía a casa, pero lo que para la mayoría de la gente era un motivo de alegría, a ella le causaba un profundo malestar. Y a su estado de ánimo se unía la incomodidad de tener el traje manchado por el refresco que su vecino de cinco años le había tirado encima. Al tiempo que se separaba del cuerpo la húmeda falda, miró hacia atrás buscando a la azafata de vuelo. Al no verla, se dijo que se trataba de una señal. Era un error ir a Cairns como pasajera en lugar de vestida de uniforme, en su condición de jefa de cabina de MaxAir, la cosmopolita y vanguardista línea aérea para la que trabajaba. Maximilliano Sned, el excéntrico septuagenario dueño de las aerolíneas, la había convocado a una reunión en su mansión del norte de Cairns para proponerle, según él, «un fantástico salto en su carrera». Y Paula no había podido negarse a acudir, a pesar de que temía que el «fantástico salto» significara tener que mudarse a Cairns. Una dolorosa patada en la espinilla la devolvió al presente. Tomó aire, cerró los ojos y trató de ignorar al inquieto pequeño que tenía a su izquierda invocando imágenes agradables: una playa en Hawai, una pista de esquí en Suiza, la zapatería de Madison Avenue en la que se gastaba parte de su salario… Pero no lo consiguió. Sólo podía imaginar el avión en el que se encontraba.


–Siento haber tardado tanto. En la última fila hay un chico que sabe hacer malabares con latas de refrescos y me ha estado enseñando. Casi lo consigo.


Paula abrió los ojos y vió a una atractiva azafata cuyo nombre, según indicaba la tarjeta que llevaba en el pecho, era Jessica. Con una encantadora sonrisa, la joven le dio un paquete de toallitas húmedas y otro refresco a su vecino de asiento. Supo entonces que su día no iba a mejorar. Siete años como azafata le habían servido para adivinar la personalidad de la gente a primera vista. Sabía qué pasajero intentaría fumar a escondidas en los lavabos, cuál necesitaría una copa para superar el miedo a volar, o cuál tendría que ser desplazado a un asiento de ventanilla para evitar que pellizcara a las azafatas.


Jesica acababa de darle al niño otro refresco. De haber sido ella, Paula habría optado por un vaso de leche y unos lápices de colores. Era evidente que Jesica era encantadora, pero incompetente, y por un instante Siena se preguntó si debía decírselo a Maximilliano. Pero le bastó pensar en su hermano, doce años mayor que ella, siempre dispuesto a darle consejos que ni siquiera le había pedido, para descartar esa posibilidad.


–A ver, Bruno –dijo Jesica con dulzura–, te he traído una pajita para que bebas con cuidado y no salpiques.


En cuanto el niño se puso a beber, Jesica se dirigió a Paula con su dulce sonrisa.


–Me resultas familiar. ¿Nos hemos visto antes? –preguntó.


«Ya empezamos…» Paula estaba acostumbrada a que la reconocieran. Durante el último año, su rostro aparecía por todo el país, sonriendo desde las vallas publicitarias de las aerolíneas MaxAir. De hecho, sospechaba que Max la había llamado para proponerle que se convirtiera en la imagen de la compañía, lo que significaría mudarse permanentemente a Cairns. Y si los rumores se confirmaban, no estaba segura de cómo reaccionaría. Su identidad y sus amistades estaban tan vinculadas a su trabajo que pensar en dejar la compañía le resultaba inimaginable, pero la idea de mudarse a Cairns era aún más inconcebible.


–Puede que hayamos coincidido en una fiesta de Navidad –Siena optó por decir una verdad a medias–. Soy azafata de vuelos internacionales con Max.


–Será de eso –dijo Jesica, animada–. ¿Estás de año sabático o vas a pasar el fin de semana a la playa?


Paula mantuvo la misma estrategia.


–Mi hermano y su familia viven en Cairns. Acaba de tener un hijo –no dijo que ni siquiera conocía a los gemelos de cuatro años.


–¡Caramba! –exclamó Jesica–. ¡Qué maravilla!


Pero Paula sabía que no estaba escuchando. Por el bien de la compañía confió en que fuera una novata.


–Bueno, ¡Feliz estela! –añadió la azafata mientras buscaba con la mirada al malabarista.


–¡Feliz estela! –Paula repitió el slogan de la compañía mecánicamente y vió cómo Jesica se alejaba en sus altos tacones, asiéndose a los respaldos de los asientos para no perder el equilibrio. 


Hacía años que ella había superado esa fase. Estaba hecha para volar…

Soy Tuya: Sinopsis

Había vuelto para huir… no para enamorarse.


Pedro Alfonso llevaba años dedicándose en cuerpo y alma al hijo que criaba solo. Pero cuando apareció en su vida aquella bella y elegante desconocida, no pudo ignorar la atracción instantánea que surgió entre ellos... Ni la felicidad que se reflejaba en los ojos de su hijo cada vez que ella estaba cerca. 


Paula Chaves no tenía intención de enamorarse. Pero cuanto más tiempo pasaba con el guapísimo Pedro y con su adorable hijo, más cuenta se daba de que estaba a punto de entregarles su corazón. El problema era que los errores del pasado seguían obsesionándola…

jueves, 8 de abril de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 51

Acompañada de una escolta motorizada, una limusina se detuvo ante el Teresa Denys Memorial Hospital y su alteza real el príncipe Leandro bajó del vehículo. En la entrada estuvo a punto de chocar con su hermana, la princesa Luciana.


-¿Golf? -preguntó ella al ver su atuendo informal.


-Biología marina -sonrió con ironía-. El primer día en meses en que podía practicar mi afición es el que elige nuestra cuñada para tener un bebé. ¿Hemos llegado a tiempo?


-Depende de los genes que ganen -repuso ella-. No sé cómo son las cosas en la familia de Paula, pero los Alfonso tienden a llegar a toda velocidad.


-Tú desde luego sí -Leandro la tomó del brazo y la acompañó dentro del hospital.


-Según Pedro, tú también -sonrió.


Fueron recibidos por el director, que invitó a la pareja real a seguirlo a una sala de espera privada reservada para ellos en el pabellón de maternidad.


-¿Cuándo nos llegará el turno de visitarte aquí? -le preguntó a Luciana.


-Cuando esté tan enamorada como Pedro y Paula -reconoció tras una larga pausa.


En ese momento se abrieron las puertas y entró su hermano. Un vistazo a la sonrisa que adornaba la cara de Pedro les reveló que todo iba bien.


-El personal me dijo que acababan de llegar. Justo a tiempo de saludar a su sobrina, Camila.


-La has llamado así en honor a su abuela -comentó Luciana con sonrisa nostálgica. Abrazó a su hermano-. ¿Cómo están Paula y el bebé?


-Ven a verlo por tí misma. 


La habitación de Paula estaba inundada con las orquídeas locales que tanto le gustaban. Pedro le había construido un invernadero para que pudiera cultivarlas. Con gran afecto, Leandro pensó que, aparte del agotamiento que los dominaba, parecían una familia feliz. La sonrisa de Paula les indicó que pasaran.


-Princesa Camila, quiero que conozcas a tus tíos Leandro y Luciana.


Leandro apartó un poco la manta para observar a la recién llegada. Con su pelo negro y sus pestañas largas, lo dejó sin aliento.


-Va a ser una belleza -comentó con admiración.


-Como su madre -Pedro acarició el cabello de Paula.


-Hablando de madres -Luciana se sentó en el borde de la cama—, ¿Cuándo va a llegar la tuya, Paula?


-Mi padrastro y ella lo harán hoy. Pedro los llamó antes y están impacientes por conocer a Camila. Mi madre dice que aún no se puede creer que es la abuela de una heredera al trono de Carramer.


Leandro pensó que ni la misma Paula parecía creérselo. Incluso después de dos años de matrimonio, todavía miraba a Pedro como si fuera un regalo que jamás había esperado recibir. Pedro le había confesado que sentía lo mismo.


-¿Y cuándo van a ayudar ustedes dos a la sucesión? -preguntó una voz desde la puerta.


Se volvieron para saludar a Andrés Pascale, con bata y una mascarilla colgándole del cuello.


-Que no les sorprenda tanto verme. Mientras respire, ayudaré a traer al mundo a los bebés Alfonso-agitó un dedo acusador hacia Leandro-. Aún no han respondido a mi pregunta.


Sin ceremonia le quitó el bebé a Paula y lo depositó en los brazos de Leandro. La sensación de tener ese cuerpo diminuto derritió algo en su interior, mientras acomodaba a la pequeña como si tuviera años de práctica.


-Hablas con un soltero declarado -rió sin mucha convicción.


-Es lo mismo que decía yo hasta que apareció Paula -rió Pedro-. Solo hace falta la mujer adecuada para cambiar de idea. 


-Apuesto que ahora mismo hay alguien esperándote en alguna parte - corroboró Luciana.


La expresión angelical del bebé no ayudó a que Leandro descartara las palabras de sus hermanos como una simple fantasía. ¿Acaso lo estaría esperando una felicidad similar a la que habían encontrado Pedro y Paula? Solo cabía esperar. 






FIN

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 50

 -Pedro, por favor, para -imploró-. No puedo dejar que hagas esto.


-Pararé cuando me digas la verdad -musitó con la boca sobre su cuello.


Ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, pero fue un error que solo sirvió para ayudarla a centrarse en lo maravilloso que era tener a Pedro cerca. Con un esfuerzo supremo reorganizó sus defensas.


-Te estoy diciendo la verdad. Que seas un príncipe o un mendigo no marca ninguna diferencia. Mi respuesta sigue siendo la misma.


-Entonces, ¿No te importa si entrego el trono?


-Haz lo que quieras -sin embargo, la agonía en su voz la delató. 


Para sorpresa de Paula, él no pareció oírla. Se levantó y le ofreció una mano.


-Creo que no hace falta decir nada más, salvo adiós.


Paula mantuvo los ojos apartados para que no viera la humedad que los empañaba. Ante la puerta, dijo por encima del hombro:


-Gracias por el romance de verano, alteza. En casa no se creerán con quién he salido -«Cuidado», se advirtió, «No te excedas». Llevó la mano al picaporte, pero su voz la frenó en seco.


-No tan rápido, Paula. Esto aún no ha terminado.


-Acabas de reconocer que no quedaba nada más por decir -irguió los hombros-. Así que... adiós -la voz casi se le quiebra.


-Date la vuelta -su voz sonó con toda la autoridad de su rango.


Paula sintió las piernas pesadas al obligarse a girar. El estaba rígido, con los puños apretados a los costados, pero fue la angustia que vió en sus ojos lo que le atravesó el alma. No pudo contenerse.


-Pedro, no...


-Podría decir lo mismo de tí -musitó él con voz tan desgarrada que ella avanzó un paso sin darse cuenta, para detenerse cuando añadió-: Estuviste a punto de engañarme hasta que cometiste el error de bromear con el «Romance de verano». No lo fue para ninguno de los dos.


-Fuera lo que fuere, se acabó -afirmó, acallando la esperanza que quería nacer en su pecho-. Así debe ser. No puedo permitir que dejes el trono por mí, sin importar cuáles sean mis sentimientos.


-¿Entonces reconoces que sientes algo? -un destello encendió sus ojos.


-Claro que siento algo. ¿Por quién me tomas, por un robot? -le espetó con la visión borrosa. 


-Un robot no me encendería como haces tú. Ni me impulsaría a cometer locuras.


-¿Como entregar el trono? -murmuró con tono torturado.


-Como enamorarme, algo que después de mi matrimonio juré que no volvería a hacer mientras viviera.


-¿Qué estás diciendo? -el corazón le dió un vuelco.


-¿Tú qué crees? Te amo, Paula. Si me cuesta la corona, mi país y todo lo que poseo, te perseguiré hasta que aceptes casarte conmigo.


-No tendrás que ir muy lejos -musitó. No podía creer que al fin hubiera dicho las palabras que había anhelado oír-. Yo también te amo, con todo mi corazón.


-Paula -en dos zancadas atravesó la estancia y la pegó a su pecho, cubriéndole el rostro con besos suaves.


Paula sintió que la dominaba un placer tan intenso que rayaba en el dolor, pero aún tenía que saberlo.


-¿Cómo puedes amarme cuando represento todo lo que te desagrada en una mujer?


-Independiente, pertinaz y porfiada -asintió-. En realidad, son cualidades que me gustan en una mujer, siempre y cuando ella me ame.


-Te amo -juró-. Fingir que no lo hacía ha sido lo más duro que he intentado jamás.


-Por suerte para mí, eres una mala actriz -le besó los ojos.


-Pero tú no actuabas, ¿Verdad? -abrió los ojos-. Habrías entregado tu trono para ir en pos de mí -su voz irradió el asombro de ser tan amada y el terror de que hubiera llevado a cabo su amenaza.


-Habría hecho lo que hiciera falta para retenerte a mi lado.


-Lo único que tienes que hacer es pedírmelo -lo instó.


-Paula Chaves, ¿Quieres casarte conmigo y gobernar Carramer a mi lado, como princesa?


La enormidad de lo que le pedía amenazó con abrumarla hasta que lo miró a los ojos y estuvo a punto de ahogarse en el amor que vió en ellos. ¿Cómo podía sentir miedo cuando él iba a estar a su lado, guiándola?


-Sí a todo, Pedro. Lo único que quiero es que estemos siempre juntos. 


Él soltó un suspiro ahogado, como si no hubiera tenido seguridad de la respuesta que iba a recibir.


-Mi Paula, mi amouvere. A partir de ahora mi corazón y mi reino son tuyos. Lo que quieras, solo has de pedirlo.


De pronto, tímidamente, ella bajó la cabeza y jugó con la pechera de su camisa. Era hora de poner en práctica algunas de las palabras que Laura le había enseñado.


-Lo único que quiero es tu amor, ma amouvere, ta´ ama ta´ vera.


Pedro rió entre dientes y con un dedo en la barbilla le alzó la cara.


-Me encanta que estés aprendiendo nuestra lengua, pero lo que has dicho... no es «Te amo». Acabas de invitarme a pasar una semana en tu cama.


-¿Y? ¿Te molesta eso?


-En absoluto, princesa -aseveró-. No hay sitio en el mundo donde preferiría estar. Pero como creo en establecer un buen ejemplo para mi pueblo, intentaré contenerme hasta que nos casemos. No resultará fácil si insistes en ese tipo de invitaciones.


-Intentaré comportarme, al menos hasta la ceremonia -prometió.


-Sabes que no hay divorcio en nuestro país -comentó él con seriedad-, de manera que espero que estés segura de qué es lo que quieres.


-Tú eres lo que quiero -no vaciló-. Lo percibí en cuanto la corriente me dejó a tus pies, pero después de ver el infierno por el que pasaron mis padres sin amor, pensaba que el matrimonio no era para mí.


-De modo que fingiste que no querías la responsabilidad de la vida real. Casi me convenciste, hasta que averigüé lo que habías hecho por tu madre y por tu hermana después de que tu padre los dejara. Pero yo también empecé a enamorarme de tí el día que te saqué del mar. ¿Por qué crees que te vinculé a mí?


-¿Porque te abofeteé? -alzó la cabeza.


-No soy tan frágil -sonrió-. Fue para retenerte aquí el tiempo suficiente para que te enamoraras de mí.


-Funcionó, pero pensé que solo por mi parte.


-Ahora ya conoces la verdad. Fui yo quien quedó vinculado a tí, de por vida. Te amo, ma amouvere. Ven, deja que te muestre el palacio, ya que será tu nuevo hogar. 


-¿Podemos empezar por los dormitorios? -preguntó con temeridad.


-¿Qué sugieres? -fingió asombro.


-Bueno, tenemos que asegurarnos de que el palacio tiene suficientes dormitorios para todos los hermanos y hermanas que va a tener Joaquín después de casarnos -dijo-. Siempre y cuando tú quieras más hijos -explicó con cierto nerviosismo. Se sintió aliviada cuando él asintió.


-Lo que hacía que fuera tan doloroso era pensar que jamás los tendría.


-¿A qué creías que me refería cuando te pedí que me mostraras los dormitorios?


-Tal vez, ma amouvere, ¿A ta'ama ta'vera? -rió con provocación. 


Sin advertencia previa, la levantó en vilo y ella protestó. .


-Bájame, Pedro. Solo bromeaba. No podemos irnos a la cama una semana entera.


La dejó en el suelo con renuencia.


-Eres una mujer dura, Paula. Y haces que me sienta un hombre duro.


Pegada a él, no tuvo ninguna duda al respecto. El deseo la atravesó, pero logró sonreír a pesar del nudo en la garganta.


-Mi objetivo es complacerte.


Con un gemido de entrega, la moldeó contra su cuerpo y con besos y caricias le demostró que había triunfado. 


Conquistar Tu Corazón: Capítulo 49

No supo si llamar a Pedro al palacio para despedirse, pero al final decidió no hacerlo. Ya se habían dicho toda la noche anterior. Incluso le había deseado un buen viaje. Aunque sí tendría que llamar para arreglar cómo devolverle las llaves del piso a Laura Myss. Alargó la mano hacia el teléfono y se sobresaltó cuando este sonó.


-¿Sí? -contestó.


-Paula, soy Andrés Pascale.


-¿Le ha sucedido algo a Pedro? -fue lo primero que se le ocurrió-. No estará enfermo, ¿Verdad?  


-No, a menos que la pérdida de la cordura sea una enfermedad -repuso el médico.


-No entiendo. ¿Qué ha hecho?


-No es lo que ha hecho, sino lo que piensa hacer. Habla de abdicar a favor de su hermano, Leandro.


-¿Abdicar? -sintió que no podía respirar-. ¿Por qué haría semejante cosa?


-Dígamelo usted -exigió el doctor-. Me llamó por la noche e insistió en que compartiéramos una copa, luego me contó lo que planeaba.


-¿Por qué cree que yo debería saber algo? -inquirió con súbita suspicacia.


-¿Anoche no estuvo con él? 


-Cenamos, pero... ¡Santo cielo! -le había dicho que dos personas que se amaban tenían que entregarlo todo para estar juntas-. No quería que lo tomara de forma literal -gimió.


-¿Estipuló usted la entrega del trono como condición para casarse con él? -el médico sonaba furioso, enterrada su cortesía bajo un manto de preocupación por el príncipe.


-Jamás soñaría con poner semejante condición -anhelaba el amor de Pedro, pero no a costa de todo lo que él quería.


-Es evidente que él cree que sí -indicó Andrés tras una pausa pensativa.


-¿Qué puedo hacer?


-Venga a verlo, déjele claro que no pretende que abdique por usted.


-Haré lo que pueda -aceptó con nerviosismo y oyó el suspiro aliviado del médico.


-La agenda de Pedro está libre desde las once hasta el mediodía. Si le envío un coche, ¿Podrá venir a esa hora? 


Durante un momento experimentó la tentación de, decir que no y dejar que Pedro abdicara. Entonces sí quedaría libre para ser fiel a su corazón. Se acabarían las agendas. No más exigencias. Podría amarla del modo en que ansiaba que la amara. Pero, ¿Cuánto duraría si dejaba que sacrificara su reino por su amor? En el fondo de su corazón conocía la respuesta. Tarde o temprano, el peso de su conciencia desgastaría su amor y no les quedaría nada.


-Estaré lista -aceptó.


Cuando la limusina con el escudo de armas real se detuvo ante su edificio, Paula ya sabía lo que tenía que hacer. Se preguntó si sería capaz de conseguir que Pedro pensara que le importaba tan poco como para convencerlo de que abandonar su trono era un gesto inútil. De algún modo tenía que lograrlo, si no ambos estarían perdidos. La recibió el ayudante de Pedro, quien la condujo directamente a ver al príncipe. Sorprendida, lo vió envejecido desde la noche anterior.


-Estás maravillosa esta mañana, Paula -rodeó el escritorio y le tomó las dos manos-. Me alegro de que hayas venido. Tengo algo que decirte.


-Yo primero -se adelantó sabiendo que, de lo contrario, no lo haría jamás.


Él la condujo a un sofá Chesterfield de piel y la sentó a su lado.


-¿Quieres que pida café?


-No, gracias. No dispongo de mucho tiempo -él enarcó las cejas-. Mi vuelo a Australia sale a las cuatro -le dió la impresión de que Pedro tenía que contenerse para no tomarla en brazos.


-Si has venido a despedirte, no es necesario -expuso él.


-Me temo que sí -bajó la vista a las manos, aún entre las de Pedro, y las liberó-. Dije algunas cosas en las que no creía. Deseaba disculparme y aclararlo todo antes de irme.


La tensión podía cortarse con cuchillo.


-Dijiste que querías ser amada -le recordó-. Yo quiero amarte, no como príncipe, sino como un hombre normal. Quiero abandonarlo todo y casarme contigo, Paula.


-¿Como madre para Joaquín? -no pudo evitar preguntar con amargura.


-Por encima de todo, como mi esposa y guardiana de mi corazón -la corrigió-. ¿Quieres decirme que no hablabas en serio al decir que era lo que tú también querías?


-Solo lo dije porque sabía que era imposible -fingió una risa ligera-. No puedo casarme contigo porque no te amo, Pedro. Entregar tu trono no cambiará mis sentimientos.


-No te creo -clavó la vista en ella. 


Tenía que creerlo. No podía permitir que abdicara, y el único modo que se le ocurría para detenerlo era convencerlo de que no le importaba.


-No quieres creerme -expuso sin rodeos-. Estás tan acostumbrado a dar órdenes que no soportas que te rechacen, Pedro. ¿No ves que con esa actitud no durarías ni cinco minutos en el mundo real, donde nadie estaría obligado a obedecerte?


-¿Es lo que piensas? -preguntó con cierta amargura. Se levantó y se dirigió a la ventana, donde le dió la espalda-. ¿Crees que solo te deseo porque eres inalcanzable? No es Verdad -giró-. Te deseo porque eres la única mujer a la que he amado de verdad. Incluso cuando mi matrimonio era relativamente feliz, jamás fue como lo nuestro -regresó al sofá y se inclinó para aprisionarla con un brazo a cada lado de ella-. Andrés te llamó, ¿Cierto?


-Me contó lo que planeabas, pero venir a verte ha sido idea mía.


Él maldijo en voz baja, ya que había esperado que la culpa fuera del médico. Paula no podía permitírselo. Incluso sin la petición de Andrés, habría intentado convencerlo de que no lo dejara todo por ella. Era lo único correcto. Deseó que se apartara para darle un muy necesario espacio emocional. Con su boca tan cerca, el recuerdo de sus besos amenazaba con distraerla de lo que debía hacer.


-¿Tienes que atosigarme? Me molesta -manifestó.


-¿Ahora sí? -esbozó una sonrisa sarcástica- Si de verdad no te importo no tendría que molestarte. No más que esto -su beso irradió tanta pasión y ternura que las lágrimas inundaron los ojos de ella. Él las vió y acercó un dedo a sus pestañas-. No pueden ser por mí. No me amas, ¿Lo has olvidado?


Empezaba a ser cada vez más difícil recordarlo, a medida que bañaba su cara y su cuello con unos besos que le derretían el corazón. Su determinación comenzó a agrietarse. 

martes, 6 de abril de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 48

 -Reservaste la mesa a mi nombre -se sorprendió ella, pensando que había estado muy seguro de que aceptaría.


-No habría podido hacerlo al mío -repuso y, en la oscuridad, dio la impresión de que sonreía.


-Supongo que no. ¿Lo haces a menudo?


-Eres la primera mujer con la que salgo desde mis tiempos de estudiante en la universidad.


-Me refiero a escabullirte del palacio y moverte de incógnito -corrigió, negándose a sentirse adulada por su atención.


-Has visto demasiadas películas románticas. Los riesgos de seguridad que plantea esa conducta son enormes. En cualquier caso, así puedo aprender tanto de mi pueblo como si leyera la prensa.


Sin embargo, se había arriesgado por ella.


-¿Por qué lo haces? -inquirió, incapaz de soportar más tiempo el suspenso.


-Quería verte -afirmó.


-Pero, ¿Por qué? Nada ha cambiado entre nosotros. Sigues siendo el monarca de Carramer y yo sigo siendo una plebeya australiana -«Y entre nosotros sigue sin haber amor», añadió mentalmente.


-Esta noche, no -señaló-. Esta noche soy un hombre de negocios normal que sale a cenar con una mujer hermosa -miró en torno a las pocas mesas ocupadas-. Nadie nos presta atención. ¿No puedes disfrutar de la experiencia durante una noche?


Había invertido la tradición, convirtiéndose en un plebeyo que cenaba con Cenicienta, con la diferencia de que a medianoche se convertiría en príncipe y ella seguiría siendo Cenicienta. No obstante, le ofrecía una fantasía maravillosa que estaba tentada a aceptar.


-Muy bien -convino-. Pero solo por una noche.


Fue una velada sacada de un cuento de hadas.


-Incluso pides la comida con tono real -comentó ella.


-¿Quieres decir que me falta gracia o humildad? -sonó preocupado.


-En absoluto. Pero la gente normal no tiene tu confianza ni seguridad - explicó-. Aún cuando intentas que no lo parezca, suenas como si estuvieras al mando. Imagino que se nace con ello. 


-¿Por eso no quieres casarte conmigo?


Hasta el momento, Paula había logrado mantener la conversación en terreno neutral, hablando de Joaquín, de los cuadros y de su estancia en Solano. Tendría que haber sabido que aquello no duraría.


-No puedo casarme contigo porque tú no me amas -reconoció-. Llámame sentimental, pero no quiero un matrimonio de conveniencia.


Él le tomó la mano y con el dedo pulgar le acarició la palma, provocándole escalofríos.


-Dudo mucho que fuera un matrimonio de conveniencia. Ya sabes cuánto te deseo, Paula.


Lo sabía, y la sola idea de compartir su cama hacía que se derritiera por dentro. Pero él aún no había comprendido cuáles eran las dos palabras que quería oír y sin las cuales nada era posible.


-El matrimonio no es solo sexo -insistió-. También incluye dos personas que anhelan tanto compartir sus vidas, que harían y darían cualquier cosa por estar juntas.


-¿Y yo no puedo sentir eso por tí?


-Creo que te gustaría -movió la cabeza-, pero tu rango no te lo permite. Este es un momento sacado del tiempo, que no puede durar. No tendría que haber aceptado venir a cenar contigo.


-Pero aceptaste -cerró los dedos en torno a su muñeca antes de que ella pudiera apartarla-. ¿Por qué, Paula?


-Porque... -contuvo un sollozo. «Te amo». Durante un momento de horror creyó que lo había dicho en voz alta, pero por fortuna solo había sido un pensamiento- sentía curiosidad.


-Ahora que la has satisfecho, se ha terminado -su voz volvió a ser tajante y real.


Con el corazón hundido, ella comprendió que había vuelto a convertirse en el príncipe. Había conseguido su objetivo de convencerlo de que no estaba interesada y tuvo ganas de morirse. Pedro se levantó y dejó unos billetes sobre la mesa, sin molestarse en esperar el cambio.


-Te llevaré a casa. 


Mantuvo una distancia discreta mientras caminaba a su lado hacia el edificio donde vivía en casa de la familia de Laura. Debía de ser tan raro para él caminar por las calles de noche como lo era para Paula, pero no lo demostró. Ella era dolorosamente consciente de que la persona que la acompañaba era el príncipe y no el hombre al que amaba. ¿Qué había esperado? Ni aunque pudiera lo cambiaría. Pero sus sentimientos eran otra cosa. Pedro insistió en acompañarla hasta arriba y esperar mientras abría la puerta. En el umbral Paula titubeó, incapaz de plasmar en palabras la sensación de pérdida que la dominaba. Podía ser la última vez que lo veía.


-Pedro, yo... 


-¿Sí?


-Gracias por una velada agradable -qué formal sonaba, cuando lo único que quería era invitarlo a pasar y encargarse de que no quisiera irse en mucho tiempo. 


Él le recorrió el cuerpo como si quisiera grabarlo en su memoria.


-Ha sido un placer, Paula. Que tengas un buen viaje de vuelta a casa - apoyó las manos en sus hombros, inclinó la cabeza y le dió un beso en la frente.


Luego se marchó, dejándola sola en la puerta con la vista clavada en el lugar vacío que él había ocupado mientras deseaba que ocurriera un milagro. Pero sabía que no tendría lugar. Contuvo las lágrimas y entró. Despertó de una noche inquieta con el único pensamiento de alejarse lo más posible de Carramer y Pedro. Se preparó un café, se sentó ante el teléfono y llamó a las líneas aéreas, consiguiendo reservar una plaza en el vuelo de la tarde con rumbo a Australia. Su siguiente llamada fue para hablar con Antonio en la galería y darle los detalles del banco de Brisbane adonde podía enviarle el dinero obtenido por los cuadros. El sonó aliviado de que no quisiera discutir la venta, aunque ya no importaba. Pedro había visto el retrato pintado con todo el amor de su alma. Si era tan ciego al mensaje que había en él, le daba igual si jamás volvía a ver el cuadro.