martes, 6 de abril de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 47

 -Aún dispone de la compañía de Laura Myss. En todo caso, ella me ha comentado que usted no tardará en regresar a la capital -comentó con fingido entusiasmo-. Estoy ansiosa por conocer la ciudad.


-¿Tienes dónde quedarte?


Ella asintió, con la esperanza de que no la invitara a quedarse en el palacio.


-Laura me ha ofrecido que me quede en casa de su familia. Me presentó al propietario de una galería de Solano, quien ha aceptado exponer algunos de mis cuadros. No espero que se vendan, ya que soy una desconocida, pero me gustará ver mi obra expuesta.


-¿No te arrepientes de nada?


-He disfrutado trabajando para usted y para Joaquín, alteza -repuso, malinterpretándolo adrede.


-Maldita sea, Paula -frunció el ceño-, no tengo por costumbre declararme a mi personal. Sabes muy bien que eres más que una empleada para mí.


Pensando en el cielo que había estado a punto de encontrar en sus brazos, supo que lo amaba. Esperó con tensión, deseando que le diera alguna señal de que él sentía lo mismo. Cuando permaneció en silencio, ella supo que todo había acabado.


-Hablaré mañana con Joaquín y me encargaré de que comprenda por qué he de irme -huyó para que no le viera los ojos llenos de lágrimas.





Después de la tranquilidad de Allora y de la villa real, Solano le resultó atestada, colorista y bulliciosa. La atmósfera subtropical le recordó a su nativa Brisbane y al instante se sintió como en casa. El piso de la familia de Laura daba al mar, próximo a la plaza central llena de cocoteros. El único inconveniente era la presencia del palacio real en un promontorio que daba a la plaza, diseñado para exhibir lo mejor de la arquitectura europea y del Pacífico. Cada vez que Paula regresaba a la casa sentía como si Pedro la mirará desde lejos. El portero del edificio le explicó que la bandera azul y jade de Carramer que ondeaba en lo alto del palacio significaba que el príncipe había vuelto. De algún modo era más fácil pensar que Pedro y Joaquín seguían en la villa, y no tan cerca como para poder encontrárselos en cualquier momento. Desterró el pensamiento de la mente. No iba a pasar cerca del palacio. Eran casi las seis de la tarde y tenía una cita con el propietario de la galería. La perspectiva la animó. Antonio, el dueño, no solo había mostrado entusiasmo por su obra, sino que había aceptado exponer todo lo que había pintado en la villa. Su mayor alabanza la había reservado para el retrato de Pedro. De modo que ahí estaba, tres semanas después de haber dejado de trabajar para el príncipe, preparándose para observarlo en el óleo que sería la pieza principal de su exposición. Antonio le sonrió al recibirla en la entrada de la galería. La tomó de las manos y la condujo hacia la sala donde se exponían sus cuadros.


-Tengo una sorpresa para tí, querida -comentó.


Era un buen amigo de la familia de Laura Myss y como un tío para la niñera, por lo que se había otorgado el mismo papel con Paula. Ella había agradecido esa muestra de amistad.


-¿Qué? -preguntó al captar el entusiasmo en la voz de él-. No me digas que alguien ha comprado uno de mis cuadros...


-Mejor que eso -afirmó-. Míralo por tí misma.


Al llegar a la sala la hizo pasar por delante. Al principio Paula no notó nada raro, salvo la incómoda sensación de que Pedro la observaba desde el lienzo. Reconoció que tenía sus ventajas pintar a alguien con amor. Entonces comprendió por qué Antonio estaba tan entusiasmado y se quedó boquiabierta.


-No puedes haberlos vendido todos -comentó sorprendida al ver las etiquetas rojas en todos los marcos-. ¿Quién compraría tantas obras de una desconocida artista australiana? -no era necesario que se lo dijera.  De algún modo lo supo. Movió la cabeza con vehemencia-. No, he decidido que no están en venta -y menos para Pedro Alfonso.


-No puedes retirarlos ahora -manifestó Antonio aturdido-. Mi comprador...


-Es el príncipe Pedro, lo sé -comentó, obteniendo confirmación por el rubor del galerista- En realidad, no quiere comprar mis cuadros; a la que quiere comprar es a mí.


-Correcto en todos los sentidos -corroboró una voz demasiado familiar.


A Paula se le aflojaron las rodillas; Antonio hizo una profunda reverencia:


-Alteza, es un placer inesperado. No estaba informado de que nos visitaría. 


-Ni yo mismo lo había decidido hasta que me informaran de que la artista vendría hoy -indicó sin apartar la vista de Paula-. Me alegra haberlo hecho. Es un placer verte de nuevo, Paula. Joaquín te ha echado de menos.


Antonio se mostró impresionado. Por Laura, sabía que Paula había estado empleada con la familia real, pero eso era todo.


-¿Cómo se encuentra Joaquín, alteza? -preguntó ella con tono de voz cuidadosamente neutral.


-Está bien, aunque pregunta por tí todos los días. Espero que el comienzo de la escuela lo distraiga de tu ausencia.


-¿Le permite ir a la escuela? -inquirió con los ojos muy abiertos.


-Un buen gobernante sabe cuándo aceptar un buen consejo -la inmovilizó con la mirada.


Paula no podía creer que hubiera tenido un efecto semejante en él.


-Me alegro por el bien de Joaquín -musitó-. Por favor, transmítale todo mi cariño.


-Preferiría darle mucho más.


-Por favor, Ped... alteza -se pasó una mano por los ojos-, ya hemos hablado de esto. Comprar mis cuadros no modificará nada.


-Entonces no tendrás problema en aceptar cenar conmigo esta noche - indicó con expresión pétrea-.Para cerrar los últimos detalles de la compra - añadió.


Ella había olvidado la solícita presencia del dueño de la galería. Pedro había apostado que no discutiría con él delante de Antonio. Como de costumbre, el príncipe tenía razón.


-Muy bien, cenaré con usted... para hablar de los cuadros -concedió, preguntándose en que se estaba metiendo.


Por primera vez notó que Pedro había llegado sin guardias. Lucía un impecable traje gris oscuro con una camisa blanca y una corbata de color burdeos, nada que sugiriera su condición real. Podría haber sido un hombre corriente invitándola a cenar. Pero ambos sabían que no era así. Fue una experiencia extraña entrar en un restaurante del brazo de un príncipe sin que nadie reconociera quién era él. Sospechaba que Pedro había elegido adrede un restaurante francés alejado del centro, donde la iluminación era tan tenue que tenían que mirar muy bien dónde pisaban. 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 46

Lo primero que sintió Paula al abrir la puerta de sus aposentos fue la fragancia a orquídeas, muchas orquídeas. Se quedó quieta y boquiabierta. Las superficies libres del salón estaban ocupadas por jarrones de las deliciosas flores por las que Carramer era famosa. Era como si hubiera una cosecha entera en la habitación. Era igual en el dormitorio. Los muebles antiguos se hallaban prácticamente ocultos por ramos de orquídeas pequeñas. Como toque final, unos pétalos de rosa cubrían la cama.


-Pedro -dijo en voz alta. Tendría que haber imaginado que no se rendiría con facilidad. 


Mientras regresaban a Turtle Bay en el barco, debió instruir al capitán para que diera orden de que las flores estuvieran esperándola cuando volvieran al palacio de verano. La extravagancia del gesto era arrebatadora. La fragancia de las flores la envolvió de manera increíblemente seductora. Se sentía acalorada porque nunca había sido cortejada de forma tan manifiesta y molesta porque se debía a los motivos equivocados.


-Pedro Alfonso, ¿Por qué no puedes aceptar un no por respuesta? - ¿Qué seguiría a continuación?  El único requisito que recordaba, aparte de las flores, era la conversación íntima durante una cena iluminada por velas. ¿Le habría mencionado el champán?-. No se habrá atrevido -corrió al cuarto de baño de mármol que se comunicaba con el dormitorio. Allí había pocas flores, pero la enorme bañera estaba llena hasta el borde y borboteaba. Metió un dedo y se lo llevó a la boca-. Champán -gimió. Esa extravagancia le recordó con quién estaba tratando.


Durante un momento de locura pensó en desvestirse y meterse en la bañera para poder decir que se había bañado con champán. Luego la dominó la seriedad de la situación. Pedro no solo la estaba cortejando, sino que intentaba derribar sus defensas, y ella temía que tuviera éxito si no ponía fin de inmediato a la situación.


Sin cambiarse de ropa, salió en busca del príncipe. Lo encontró tomando una copa de jerez en la terraza, en compañía del doctor Pascale. Pareció feliz al verla aparecer con los bermudas y la camiseta.


-Pediré otra copa. 


-No, gracias -replicó, ganándose una mirada de curiosidad del doctor. Habría preferido no tener público, pero si se retiraba, quizá no volviera a tener valor para enfrentarse a Pedro-. ¿Qué cree que está haciendo, alteza? -exigió saber con los dientes apretados.


-Veo que has encontrado las flores y el champán -su expresión se suavizó.


-¿Encontrarlos? No habría podido esquivarlos ni aunque hubiera querido. En cuanto al champán, ¿No ha oído hablar de que en el mundo hay gente que se muere de hambre? Con lo que costó llenar la bañera, probablemente habría podido alimentar a media docena de personas durante una semana. Es excesivo.


-Se lo dije -Andrés Pascale tosió con discreción. Pedro y Paula lo hicieron callar con la mirada. Impasible, el hombre mayor alzó las manos. Recogió la copa de jerez y dijo-: Si los tortolitos me perdonan, terminaré la copa en la biblioteca.


-En el yate -dijo Pedro cuando se quedaron a solas-, cuando te pregunté si querías ser cortejada, mencionaste flores y champán -le recordó. - Hablábamos de un cortejo hipotético.


-Entonces, hipotéticamente, ¿Cuántas flores serían suficientes? ¿Cuánto champán sería el correcto antes de que puedas aceptar mi proposición de matrimonio?


-El matrimonio no es algo que dependa de los números -suspiró-, al menos no para mí. Me conmueve las molestias que te has tomado con las flores, de verdad, y con el champán en la bañera. Estuve tentada de meterme en ella.


-¿Qué te detuvo? -los ojos le brillaron como si la imaginara.


-No quiero regalos suntuosos. Solo significan algo cuando son... -se mordió los labios antes de decir «por amor»- cuando tienen algún sentimiento detrás. De lo contrario, son gestos vacíos. Gestos grandiosos, pero vacíos.


-¿Con sentimiento? -pareció pensativo-. ¿Cómo puedes saberlo?


-Cuando el otro te toca -estaba demasiado agitada para evitar caer en la trampa-, sientes algo.


Antes de que ella pudiera reaccionar, recorrió la distancia que los separaba y la tomó en brazos. 


-¿Te refieres a esto?


Intentó mantenerse rígida, pero no sirvió. La presión de las manos de Pedro en su cintura le quitó el aliento. Al abrir la boca para respirar, Pedro aprovechó el momento para besarla con pasión. Paula se sintió consumida por el fuego. No pudo evitar responder con todo su amor. «Tonta», le dijo una voz en la parte de su mente donde prevalecía la cordura. Había intentado devolverle los regalos, decirle que ese no era su precio. No había contado con que él supiera exactamente cuál era y se lo pagara con una moneda que no tenía fuerzas para rechazar. Cuando sus rodillas amenazaron con ceder, se aferró a Pedro. Tembló al ser consciente del efecto que surtía sobre él. Aunque no era el único, ya que Paula también se sentía increíblemente excitada. Como una sonámbula, le separó la seda de la camisa e introdujo las manos para acariciarle el estómago liso y sentir las palpitaciones del corazón en contrapunto con las del suyo. La respiración de él se tornó trabajosa y sus dedos se enredaron en el cabello de ella, echándosela hacia atrás hasta tenerla jadeante delante de su cara. Le dió un beso fiero y posesivo y, antes de que ella hubiera podido asimilarlo, se separó.


-Y ahora dime que no sientes nada por mí.


Como un cubo de agua helada, las palabras la devolvieron a la realidad. ¿Qué estaba haciendo? Era hora de bajar a la tierra.


-Lo que siento no tiene nada que ver -repuso, consciente de lo severa que sonaba, como la maestra que en realidad era. Una de las cosas que más le costó hacer fue retroceder y obligarlo a soltarle el pelo. Respiró hondo-. ¿Hablabas en serio cuando mencionaste que quedaba liberada del vínculo?


-Bajo nuestras leyes, no podía pedirte que te casaras conmigo si seguías vinculada a mí -suspiró.


-¿Entonces mi libertad es condicional? -el corazón se le atenazó.


-No, aunque desearía que así fuera.


-Ahora que soy libre, he decidido ir a Solano para continuar con mis vacaciones -manifestó antes de perder el coraje-. ¿Acepta mi dimisión con efecto inmediato, alteza?


-¿Tengo elección? -respondió con tanta amargura que ella lo miró asombrada. Pero no tardó en descubrir la causa-. Joaquín te va a echar de menos.

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 45

 -Una esposa no es algo que contrates, como una niñera o una acompañante -comenzó con cautela. Carraspeó para desterrar la emoción que la dominaba-. Deja de pensar en ello como un puesto a ocupar y escucha a tu corazón. A mí me da la impresión de que quien lo piensa todo es el príncipe, cuando una decisión semejante tendría que tomarla el hombre y solo el hombre.


-Son un todo indivisible.


Lo miró y al instante se arrepintió. Lo amaba con todo su corazón. Quería casarse con ella. Debía estar loca para decirle que no. Decidió resistir. Pedro podía pensar que el príncipe y el hombre eran lo mismo, pero ella sabía que no.


-Por eso mismo no puedo casarme contigo -repuso, asombrada por lo mucho que le costaba pronunciar las palabras-. Yo no estoy hecha para la realeza y para tener que compartir a mi marido con el país. Quiero... -no pudo continuar. Lo que quería y lo que él podía ofrecerle eran cosas muy distintas.


-Quieres que te corteje -concluyó él, malinterpretándola- Claro, tendría que haberlo visto.


-¿De qué hablas? -lo miró aturdida.


Él giró el cuerpo hasta que sus rodillas casi se tocaron.


-Dime cómo se desarrollaría en tu país el romance ideal.


Paula se humedeció los labios. 


-Sí, mi idea del romance ideal incluye que me cortejes -se oyó admitir como desde muy lejos-. Mi amor me traería flores y champán. Hablaríamos en voz baja cenando a la luz de las velas. Y, poco a poco, descubriríamos lo importantes que éramos el uno para el otro y lo poco que significaría la vida si tuviéramos que estar separados. 


-¿Se besarían?


-Es lo que hacen los enamorados -sintió un nudo en la garganta.


La voz le vibraba y tenía los ojos húmedos al terminar de hablar. Debía de estar loca para compartir su fantasía con él, cuando nada de eso iba a pasar. Pedro tenía razón. El príncipe y el hombre eran uno. El hombre podía contemplar un cortejo lento e íntimo como el que ella había descrito, pero el príncipe estaba demasiado atado por el protocolo.


-Pareces muy segura de lo que quieres -observó él.


No parecía complacido y Paula se preguntó si habría preferido que le pidiera diamantes y rubíes como precio de su amor. Al menos en ese caso habría sabido qué hacer.


-Estoy segura -confirmó.


Él le quitó la copa de champán y sus dedos se rozaron en un toque sutil. En ese momento comprendió que era libre. Con el fin de declararse, Pedro la había liberado del vínculo. Una punzada de angustia la pilló desprevenida. ¿Era posible que quisiera seguir atada a él, sabiendo que no había futuro en la relación? Como mujer libre podía volver a tomar las riendas de su vida, seguir adelante, encontrar a alguien que la pudiera amar de verdad. Aquella idea no la consoló tanto como había imaginado. 

jueves, 1 de abril de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 44

 -¿Casarnos? -casi se atraganta con el champán-. ¿No hay leyes en contra? Después de todo, aún sigo vinculada a tí -sabía que divagaba, pero la proposición le había arrebatado todo pensamiento coherente.


-Tú misma sugeriste la solución anoche -le recordó-. Ahora mismo te libero de toda obligación de vínculo. Considéralo una reducción de la condena por buena conducta.


-¿Y por qué diablos querrías casarte conmigo? -preguntó.


-Eres hermosa, sabes comportarte socialmente como ha de hacerlo mi consorte y, por encima de todo, eres buena para mi hijo.


-Pero sin duda una niñera...


-Ya tiene una -no le permitió terminar-. Lo que no tiene es una madre. 


-Sin importar lo mucho que lo deseara, yo no puedo ser su madre.


-El instinto maternal no es solo biológico. Lo veo en la forma en que lo tratas y cómo Joaquín te responde. Serías una madre excelente para mi hijo.


«Pero, ¿Y una esposa para tí?». La cabeza le dió vueltas, rechazando la proposición. La idea de ser la esposa de Pedro cuando él no la amaba le resultaba intolerable.


-No funcionará -susurró-. Sería la repetición de tu primer matrimonio.


-La última vez elegí con el corazón, no con la cabeza. Ahora será diferente.


«Porque no me ama», concluyó, herida. Cerró con fuerza los dedos alrededor del pie de la copa de cristal y tuvo que contenerse para no arrojarle a la cara el contenido. ¿Es que no veía que pedía lo imposible?


-Sería una solución ideal para ambos -continuó Pedro, sin darle la oportunidad de discutir-. Ninguno de los dos desea estar atado por el amor. Tú tendrías la vida que quieres, libre de toda responsabilidad salvo como mi esposa y madre de Joaquín.


-Pareces muy seguro de que no deseo ninguna responsabilidad -él había sacado la conclusión errónea, y todo por culpa de ella.


-¿Y no es así? -enarcó una ceja-. ¿No es el motivo por el que jamás te ataste a una relación seria y la razón de tu presencia en Carramer?


No iba a casarse con él, pero eso no bastaba para que siguiera creyendo en una mentira. 


-Puede que así te lo parezca, pero no es verdad. Tuve que asumir grandes responsabilidades mucho antes de lo debido -con voz trémula le explicó el abandono de su padre y cómo se había visto obligada a asumir responsabilidades a una edad en que la mayoría de las chicas solo pensaba en ropa y en divertirse.


-Mi pobre Paula -él respiró hondo-. ¿En qué pensaba tu familia al dejar que soportaras esas cargas?


-Ya forma parte del pasado. Mi madre ha vuelto a casarse y al fin es feliz, y ahora que mi hermana ha de pagarse ella misma la universidad, se ha centrado en los estudios. Bien está lo que bien acaba.


-Salvo para tí. ¿Quién va a devolverte tus años perdidos de adolescencia? -sonó enfadado, aunque a ella le costó creer que fuera por su situación.


-Quizá por eso vine a Carramer, para disfrutar siendo joven y despreocupada durante un tiempo -explicó, entendiendo por primera vez sus propios motivos.


-Comprendo por qué te resulta tan difícil contemplar la idea de casarte conmigo. Al fin te ves libre de toda atadura, de manera que unas nuevas no han de resultarte atractivas.


Si él deseara casarse con ella porque la amara, la respuesta habría sido muy distinta. El recuerdo de las constantes discusiones de sus padres antes de que su padre se marchara era demasiado vivido para considerar un matrimonio sin amor.


-Tienes razón, quiero disfrutar de mi libertad durante un tiempo. En cualquier caso, no puedes ordenar que alguien se enamore de tí por decreto real.


-¿Por qué no? -inquirió después de beber un poco de champán.


Era tan típico de Pedro, que Paula tuvo que contener una sonrisa. Podía responder sin tener que revelar la agitación interior que la dominaba.


-No sería un buen ejemplo para Joaquín.


Él permaneció en silencio largo rato antes de preguntar:


-¿Y cuál crees que sería el mejor ejemplo para mi hijo?


Anheló decirle que el niño necesitaba unos padres que se amaran y lo quisieran a él, que el amor que sintieran el uno por el otro emanara de ellos de forma natural, abarcando al pequeño y a todo lo que los rodeara. ¿Era mucho esperar? Quizá había idealizado el amor por su ausencia en el seno de su propia familia, pero no quería cambiar. Tenía que haber algo mejor a lo que aspirar que la clase de matrimonio que habían soportado sus padres y Pedro. No podía aceptar que la gente se conformara con un sucedáneo cuando el amor verdadero existía en el mundo y era posible llegar a experimentarlo.


Conquistar Tu Corazón: Capítulo 43

Por parte de él no había amor, sino una necesidad física nacida de tanto tiempo en soledad. Pero en cuanto recuperó la cordura, se había parapetado tras su rango. Le gustara o no, el príncipe era la parte principal del hombre que amaba, la parte que se hallaría siempre fuera de su alcance. Después de cerciorarse de que Joaquín se encontraba a salvo al cuidado de su padre, subió al barco y se metió bajo la ducha para quitarse el agua salada. Cuando Pedro y el niño emergieron del agua, ya se había secado y puesto unos bermudas blancos y una camiseta color cereza. Estaba sentada bebiendo un refresco en el salón. Joaquín subió corriendo los escalones y empapado se arrojó a los brazos de Paula, se sentó en su regazo y le rodeó el cuello con los brazos.


-¿Lo has visto? ¿Me has visto tocar al delfín? Le gusté.


Abrazó el pequeño cuerpo, quizá debido a su agitación interior. Sentía los ojos húmedos y tuvo que parpadear con furia para recuperar el control sobre sus emociones.


-Lo ví, cariño -musitó-. Uno de los delfines se acercó a saludarte, así que seguro que le caíste bien.


-Estaba así de cerca -Joaquín se llevó un dedo a la nariz-. Tenía el hocico blanco y muchos dientes, pero no me asustaba.


-Eres el niño más valiente de Carramer y sin duda el más mojado -rió ella-. Vamos a ducharte y a secarte.


Pedro se estaba secando cuando regresaron a la zona de las duchas, donde estaban situados los vestidores. Paula fue consciente de que la camiseta mojada se le pegaba al cuerpo. Saber que amaba a Pedro le hacía casi imposible compartir un espacio tan reducido sin agitarse. Su atractivom cuerpo, apenas cubierto por el escueto bañador, le provocaba pensamientos que no tenía derecho a albergar.


-Veo que Joaquín no pudo esperar a transmitir sus noticias -comentó mientras el pequeño disfrutaba bajo la ducha. Ella asintió, sin poder hablar- . Significas mucho para él.


-Y él para mí -repuso-. Es un niño especial -«con un padre especial», añadió una voz interior.


-Necesita una madre. 


Era lo último que había esperado que dijera Pedro y se quedó boquiabierta. Un abismo se abrió a sus pies. ¿Acaso iba a informarla de que tenía a alguien en mente? Lanzó una mirada de advertencia en dirección a Joaquín antes de cerrar la ducha.


-Hablaremos después de comer, mientras Joaquín duerme la siesta -añadió, revolviendo el pelo de su hijo.


-No quiero dormir -el niño hizo un mohín.


-Tampoco el delfín bebé, pero viste cómo su madre se lo llevó, ¿Verdad? -inquirió Paula.


-¿Se iba a dormir una siesta?


-Pues claro.


-Está bien... -el pequeño suspiró con resignación.


Paula notó la mirada de Pedro mientras se llevaba a Joaquín arriba. Discutir la vida amorosa del príncipe carecía de atractivo para ella. Por suerte él no sabría que la sometería a una tortura muy sutil. Sin embargo, tenía razón. El niño necesitaba una madre. Pero esperaba que hubiera olvidado el tema para cuando terminaran de comer. Vistió al pequeño en uno de los espaciosos camarotes; al salir, Pedro esperaba en la cubierta con una botella fría de champán y copas preparadas en una mesa frente a dos cómodos sillones. Un toldo proporcionaba sombra del sol tropical y el mar era como una lámina de cristal alrededor de la embarcación. Se sentó en el sillón que retiró para ella y aceptó la copa que le ofreció. El silencio duró hasta que tuvo ganas de gritar por los nervios. No dejaba de imaginarlo en brazos de otra mujer y la angustia que experimentó casi la ahoga. Pedro jamás podría pertenecerle, pero el problema radicaba en convencer a sus emociones.


-Pareces nerviosa -murmuró él.


-¿Quería hablar de algo conmigo, alteza? -preguntó, desesperada por acabar de una vez.


-Los tratamientos de respeto no resultan apropiados entre nosotros, dado lo que tengo en mente -comenzó en voz baja-. He decidido pedirte que te cases conmigo. 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 42

 -No lo creo -manifestó el otro con impaciencia-. He empezado a salir con ella hace poco.


-Otra nueva -Pedro suspiró-. ¿Cuándo vas a empezar a comportarte como requiere tu rango, Leandro?


-¿No crees que es un día demasiado bonito para mantener esta discusión? -inquirió con irritación rápidamente controlada.


Pedro dió la impresión de querer decir algo más, pero al fin fue consciente de la presencia de Paula.


-Estoy de acuerdo por ahora, pero considéralo una postergación. Ni siquiera un príncipe puede evadir eternamente sus responsabilidades.


Atracado en un muelle próximo a Turtle Bay, el yate de Leandro era una estilizada embarcación de dieciocho metros de eslora con un trampolín para zambullirse en la popa y todos los lujos posibles en el interior. Una copa de champán les dio la bienvenida a bordo, con zumo de naranja para Joaquín. Tan suave fue la partida que apenas notó que se movían hasta que notó que la isla se alejaba a popa. La escolta los seguía en un segundo barco a cierta distancia. Había contado con que los agentes de seguridad sirvieran de muro entre Pedro y ella. La tripulación del barco era invisible. Aparte de Joaquín, bien podrían haber estado solos. Ponerse un traje de baño parecía una locura, pero a Paula no se le ocurrió ninguna escapatoria. No podía vigilar al niño desde el salón y se negaba a que sus sentimientos hacia Pedro le impidieran cuidar adecuadamente del pequeño. Sintió los ojos del príncipe sobre ella en cuanto salió del camarote con el traje de baño azul marino que había comprado hacía poco con Laura. Era mucho más recatado que el biquini que llevaba cuando conoció a Pedro, pero el corte alto de las piernas y el pronunciado escote de la espalda revelaban bastante; además, la tela de licra se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Sintió como si él admirara algo que le pertenecía. Ya había dejado claro que no hacía el amor con una criada vinculada. De repente una idea hizo que frunciera el ceño. ¿La molestaba la falta de libertad o que el vínculo prohibiera la proximidad entre el príncipe y ella?  «No», pensó. El vínculo le había evitado entregarse a Lorne cuando nada bueno podría salir de ello. No obstante, la garganta se le resecó y tragó saliva cuando él se levantó. Llevaba un bañador negro que se ceñía a unas caderas tan duras como el acero. Agradeció que Joaquín se reuniera con ellos en el salón.


-¿Han llegado ya los delfines?


-Vamos a averiguarlo -repuso, mirando al niño.


No supo por qué tembló cuando Pedro alargó la mano para ayudarla a bajar a la zona de popa donde estaba situado el trampolín. Un tripulante les entregó máscaras y tubos de respiración. El pequeño también llevaba un traje salvavidas y escuchó con atención las palabras de su padre sobre la necesidad de agarrar la mano de Paula o la suya en el agua.


-Recuerda nuestras lecciones y si te sientes cansado flota de espaldas - concluyó.


 Joaquín asintió.


Nadar en las aguas cristalinas fue maravilloso. Paula contemplaba como hechizada los peces que se movían entre los corales. De repente, un grupo de delfines moteados se puso a flotar en torno a Joaquín y a, ella, que estaban tomados de la mano. Una de las criaturas acercó la cara a la máscara del pequeño y a punto estuvo de tocarla con su hocico. El pequeño no cabía en sí de entusiasmo. Costaba creer que algo que pesaba más de doscientos kilos pudiera ser tan grácil y juguetón. Un delfín joven se acercó demasiado y fue alejado por una madre ansiosa. Paula le sonrió al pequeño príncipe cuando pasó una mano por el lomo de un delfín, con el rostro encendido por el asombro. Pedro flotaba cerca de ellos. No podía ver su expresión, pero tenía que estar sonriendo. La escena la conmovió. La familia de delfines no dejaba de protegerse y su unión era una imagen tierna. Era una pena que el hombre al que amaba y ella no pudieran estar así de cerca. El hombre al que amaba. El pensamiento la impactó con tanta fuerza que le quitó el aire y tuvo que salir a la superficie a respirar. Jadeante, se enfrentó a la verdad. A pesar de todo, había cometido lo impensable y se había enamorado de Pedro. No del príncipe, sino del hombre; comprendió que esa era la razón por la que la noche anterior se había querido entregar a él y el por qué de que su rechazo le hubiera dolido tanto. 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 41

Una vez terminado el cuadro, experimentó una especie de liberación, aunque ahí se terminaba todo parecido. Aún la dominaba el dolor de la soledad. Dejó el pincel y le faltaron fuerzas para ordenar. Deseó que no hubiera insistido en que los acompañara a la isla cercana gobernada por su hermano, el príncipe Leandro. Lo odiaba por haberla hecho descubrir lo mucho que ansiaba ser amada. Le había ido bastante bien sola, llevando su vida como había llevado las de su madre y su hermana, temiendo soltar las riendas por si no hubiera nadie para recogerlas. Con sus besos Pedro la había hecho enfrentarse a lo que durante tanto tiempo había escondido en su interior. Temía amar y perder. Que el cielo la ayudara, pero temía amarlo y perderlo a él. 




El día del Viaje era un festivo oficial en Carramer. Desde el helicóptero real, Paula contempló una flotilla de embarcaciones pequeñas que moteaban el estrecho entre la isla principal de Celeste y la Isla de los Ángeles.


-Parece que toda Carramer se ha hecho a la mar -le comentó Paula a Joaquín. El pequeño apenas podía contener su entusiasmo, tanto por la novedad de viajar en helicóptero como por la aventura que lo esperaba.


-¿De verdad vamos a nadar entre delfines? -le preguntó.


-Vamos a nadar donde suelen estar, coquin -repuso Pedro-. Depende de ellos si -Vendrán si les dices quién soy -manifestó con tanta confianza que Paula se echó a reír.


-Probablemente lo harían -sintió el amor que le inspiraba el pequeño, y la curiosa mezcla de arrogancia real y encanto infantil amenazó con derretirle el corazón. Cuánto daría porque tuviera una madre que le diera los hermanos que merecía. El corazón casi se le detuvo al considerar lo que haría falta para cumplir ese deseo. Miró a Pedro; él la estaba estudiando. Se ruborizó al imaginar que quizá hubiera adivinado lo que pensaba y apartó la vista. A través de la ventanilla vió que la Isla de los Ángeles se aproximaba a toda velocidad y de inmediato comprendió su nombre. Desde el aire, su forma de alas de ángel, se podía ver con claridad. Al aterrizar vislumbró unas playas blancas bordeadas de bosques tropicales. Había creído que Celeste era hermosa, pero esa le quitó el aliento. Era un lugar mágico y romántico, posiblemente el último de la Tierra donde debería estar con Pedro. Un convoy de todoterrenos de lujo los recibió en la pista y fueron conducidos al palacio de Aviso, donde el hermano de Pedro, Leandro, tenía la sede de su gobierno. Con los ojos muy abiertos,  Joaquín no dejaba de saltar en el coche.


-¿Nos estará esperando el tío Leandro?


 -Desde luego -rió Pedro-. Quédate quieto, coquin, o asustarás a los delfines. 


-¿Crees que me han visto? -le preguntó a Paula. 


-Has dejado de moverte justo a tiempo -respondió ella, conteniendo a duras penas una sonrisa.


El palacio apareció a la vista y los delfines quedaron momentáneamente en el olvido cuando Joaquín se esforzó por ver a su tío. Paula también sentía curiosidad por conocer al hermano menor de Pedro. El palacio era un edificio de color coral con columnas talladas que sostenía un techo bajo el cual se detuvieron los vehículos. Salió del vehículo en el instante en que un hombre alto de buena planta bajaba por los escalones de dos en dos. Adivinó que se trataba de Leandro Alfonso. Como mucho parecía dos años menor que Pedro y exhibía los mismos rasgos elegantes, los pómulos salientes y la mandíbula fuerte. Observó a Pedro mientras los hermanos se saludaban. Cuando la presentó, Leandro la evaluó, aunque Pedro no dió más explicaciones. Se preguntó si tendría la costumbre de llevar a los miembros del personal a las reuniones familiares. La niñera de Joaquín no había sido invitada. Leandro sentó al pequeño en sus hombros y abrió el camino.


-¿Cómo está mi sobrino favorito?


Parecía cómodo con el niño y Paula se preguntó si tendría hijos propios. De ser así, no vió señal de ellos. Mientras los hermanos intercambiaban noticias, se dedicó a servir el té ya preparado. Pedro le regaló una sonrisa de agradecimiento cuando le entregó una taza, pero no le prestó más atención que a los sirvientes que iban y venían. Se sintió irritada. ¿Qué había esperado? ¿Champán y rosas? Sabía que él lamentaba el momento de pasión que habían compartido, pero le dolía descubrir que volvía a ocupar su antiguo sitio, invisible salvo cuando le servía. Ocultó su furia y se concentró en los hermanos.


-El yate está listo, pero no me uniré a ustedes -decía Leandro.


-¿Por qué no? -Pedro frunció el ceño.


-¿Creerías que tengo que atender un asunto de estado? -repuso con ligereza, aunque Paula detectó el resentimiento por ser cuestionado.


-Asunto, tal vez -Pedro apretó los labios-. De estado, lo dudo. ¿He conocido a la mujer que te impide sumarte a una reunión familiar?