martes, 10 de noviembre de 2020

Promesa: Capítulo 30

Al principio Pedro pensó que estaba soñando. Parpadeó varias veces y se pasó una mano por los ojos. Era imposible que Paula Chaves hubiera ido a su casa a las tres y media de la mañana… casi las cuatro. No podía ser más que una extraña coincidencia que un coche idéntico al suyo estuviera pasando por su calle. Pero cuando pasó bajo la farola comprobó que era Paula quien iba al volante. Ella se detuvo en seco frente a la casa y salió del coche. Por la desgana que había en sus movimientos, intuyó que se sentía incómoda… o culpable por algo. Y que habría preferido que no la viera. Pero ¿Qué podía querer de él a esas horas?


–Hola.


–Hola –contestó Pedro. 


Si no estaba equivocado, debajo de la chaqueta llevaba el pijama rosa. Y, por primera vez en su vida, entendió que la gente se pellizcara para comprobar si estaban despiertos.


–¿Qué haces aquí fuera? –le preguntó Paula.


–El libro sobre educación canina dice que es más fácil entrenarlo si lo saco un par de veces cada noche.


–Para eso hace falta mucha disciplina –asintió ella, con gesto de aprobación.


Ese gesto le recordó que debía tener cuidado con Paula. Un hombre podía buscar su aprobación y olvidarse completamente de preguntar qué demonios hacía allí a las cuatro de la mañana, por ejemplo.


–¿Sabes ya qué nombre vas a ponerle? –preguntó Paula entonces, señalando al cachorro.


Sólo quería ganar tiempo y, por alguna razón, Pedro se lo permitió. Era una situación mágica estar allí, en su calle, a las cuatro de la mañana, los dos en pijama, hablando de un perro. Había viajado por todo el mundo en busca de experiencias y aventuras cuando la persona adecuada, o al menos esa persona, podía cambiar su mundo en el jardín de su casa. Era como un misterioso destino para él. Un hombre tardaría una vida entera en conocerla.


–No lo sé. Le llamo Caquitas o Cagón, depende de si estoy de buen o mal humor. Pero aún no he decidido un nombre. Y mejor no te cuento lo que le he llamado cuando se ha hecho caca en el jardín de la vecina.


–No, en realidad, quiero que me lo cuentes.


Un detalle pequeño, insignificante, pero lo había dicho como si de verdad tuviera interés por él, como si quisiera conocerlo todo, incluso sus momentos menos elegantes. Así que le contó el horrible insulto que había lanzado sobre el pobre animal y Paula soltó una carcajada.


–No sabes con qué cara me ha mirado la vecina. Es una señora tipo Diana.


–Ah, ya veo que no tienes mano izquierda con las ancianas.


–No, desde luego que no. Pero la verdad es que no sé si voy a poder quedarme con él.


–Eso es lo que yo pensaba después de las primeras noches con Valentina. No es que me preguntase si podría quedármela, claro, pero pensé que nunca sería capaz de hacerlo bien. 

Promesa: Capítulo 29

Esa noche, Paula soñó con el cachorro. En su sueño, llevaba un precioso lazo rojo y Pedro se lo daba como regalo. Cuando despertó, sorprendida, recordó su encuentro con él en la casa O’Brian. Recordó su expresión cuando le mostró el cachorro, como si no supiera lo que estaba pasando… ¡El cachorro había sido un regalo para ella! De repente, irracional o no, tenía que saber si era verdad. Si Pedro le había comprado un cachorro o todo era fruto del sueño. Y quería saberlo en persona.  Miró el despertador. Eran las tres y media de la mañana… No podía ir a casa de Pedro a las tres y media de la mañana. Por otro lado, decidió, ser impulsiva estaba bien. De modo que se puso una chaqueta y unos vaqueros sobre el pijama y subió al coche. Estaba casi llegando a casa de él cuando se dió cuenta de que lo que iba a hacer era una locura. ¡Pero si iba en zapatillas! Además, no podía hablar con Pedro sobre el cachorro sin saber si lo quería o no. Era un cachorro monísimo, pero ella no quería un perro. En aquel momento de su vida, lo importante era ella misma. Sería fácil dejarse llevar por lo que otras personas esperaban de ella. Sería muy fácil dejar que la ternura que sentía por él nublara su juicio… Entonces se dió cuenta de algo. Aquel viaje de madrugada hasta la casa de Pedro Alfonso no era por el cachorro. Era para ver si estaba solo. Un hombre como él no podía estar solo. Seguramente, sería igual que Antonio… No le gustaba pensar así de Pedro. No le gustaba sentir ese peso en el corazón. Por otro lado, ya la habían engañado una vez y eso le había dejado una marca imborrable. ¿No sería mejor ser precavida ahora que lamentarlo más tarde?


–Muy bien –dijo en voz alta–. ¿Qué pasaría si fuera a su casa? Si no hay otro coche en la puerta, sabré que está solo.


Pero cuanto más se acercaba, más se daba cuenta de que no quería hacer eso. Quería confiar. En Pedro, desde luego. Pero sobre todo en sí misma. Quería ser la clase de mujer que sabe juzgar a la gente, que puede confiar en su instinto. Además, si se dejaba llevar por la tentación, ¿Qué haría después? ¿Llamar por teléfono en medio de la noche? ¿Hacer de detective con los números de su móvil?


–No quiero ser esa persona.


Pero era demasiado tarde porque ya estaba en la calle de Pedro, una calle sin salida, y no había forma de escapar de allí si no era llegando hasta el final para luego dar la vuelta. La casa estaba a oscuras y no había otro coche estacionado. Pero cuando estaba empezando a respirar, aliviada, se encendió la luz del porche y él salió de la casa con un albornoz oscuro sobre el pijama y el cachorro en brazos. Medio dormido, dejó el cachorro en el suelo y miró alrededor. Y entonces la vió. Y se quedó inmóvil. Paula quería esconderse debajo del volante o pisar el acelerador, pero era demasiado tarde. Suspirando, se dio cuenta de que iba a tener que salir del coche y darle una explicación. Ninguna excusa, tendría que confesarle su crimen. Quería confesarle su crimen. Porque quería lo que nunca había tenido. Quería que la quisieran como era. Quería que la quisieran aunque se mostrase suspicaz, desconfiada. Quería que la quisieran a pesar de sus heridas; heridas que no tenían nada que ver con él. Si pudiera confiar en su corazón… porque le estaba diciendo que Pedro Alfonso podía ser el hombre que la querría tal y como era. 

jueves, 5 de noviembre de 2020

Promesa: Capítulo 28

Paula lo acompañó, esperando que fuese un catálogo. Pero Pedro abrió el capó del coche y sacó una cesta… una cesta en la que había una bolita de pelo negro mirándola con cara de sueño.


–¡Dios mío, un cachorro!


Pedro tomó al cachorro y lo apoyó sobre su hombro.


–Dámelo, qué monada. Es precioso.


El animalillo bostezó perezosamente y apoyó la cabeza en su pecho.


–Es bonito, ¿Verdad?


–Siempre te he imaginado con un perro, Pedro.


–¿A mí?


–Sí, claro. La verdad, empezaba a preocuparme que tuvieras miedo del compromiso. Y un perro es un compromiso tremendo. Además, evidentemente éste es un perro para un hombre… mira qué patas. Va a ser enorme.


–Pero…


–Parece mezcla de labrador y newfoundland. ¿Dónde lo has encontrado?


–En un refugio. En realidad, no era lo que pensaba llevarme, pero me miró con esos ojazos marrones y no pude evitarlo.


–Pues vas a ser un papá estupendo para él –sonrió Paula–. ¡Y yo iré a verte a casa de Pedro! –añadió después, acariciando la cabecita del animal–. ¿Te parece bien?


–Sí, bueno, supongo que sí –contestó él, desconcertado.


¿Qué le pasaba? ¿Por qué no le decía que era para ella?


–Puede que yo algún día adopte un perro –dijo Paula entonces–. Pero anoche me dí cuenta de lo maravilloso que es ser responsable sólo de mí misma durante un tiempo.


–¿Ah, sí?


–Sí, claro. Ven, vamos a ver si encontramos un palo.


Paula dejó al cachorro en el suelo. Era demasiado joven para estar interesado en palos, pero se dedicó a explorar el jardín. Al principio, Pedro se quedó mirándolo, con las manos en los bolsillos del pantalón y gesto indiferente, pero al final el cachorro lo enamoró. Pronto estuvieron corriendo tras él, las orejitas al viento, riéndose al verlo hacer monadas. Después, ella le enseñó cómo iba la renovación de la casa. Aunque la había visto dos días antes, los cambios eran enormes. Aquel día habían puesto armarios de roble en la cocina y encimeras de mármol negro. Estaba quedando espectacular.


–Paula, estás haciendo un trabajo extraordinario. No sé si voy a poder vender esta casa.


–¿Sabes por qué me gusta tanto?


–¿Por qué?


–Porque me da esperanzas. Una casa vieja, descuidada… con todos esos elementos geniales, esa materia prima increíble, esperando que alguien le prestase atención.


–¿Y eso te da esperanzas?


–Claro. Porque yo creo que a la gente le pasa lo mismo.


–No estarás diciendo que tú eres vieja y descuidada, ¿Verdad?


–Sí, bueno, era las dos cosas. Y ahora siento que lo que me pasa a mí es lo que le está pasando a esta casa. Me estoy renovando.


–¿Ah, sí?


–Mi espíritu se está renovando. Y quiero darte las gracias por ello. Sé que habría encontrado el camino de vuelta en algún momento, pero me alegro mucho de que tú me hayas dado un empujón.


Se salvaron de un momento incómodo cuando el cachorro empezó a hacer pis sobre la inmaculada camisa blanca de Pedro. Riendo como niños, los dos salieron corriendo a la puerta.


–Gracias por restaurarme –dijo Paula.


Luego se puso de puntillas, le dió un beso en la cara y volvió al interior de la casa para evitar el mal trago. 

Promesa: Capítulo 27

 Entonces empezó a sonar el teléfono y corrió a la cocina para contestar. Era Valentina.


–No te imaginas lo que he estado haciendo estos días.


Le contó a su hija lo de la casa O’Brian, la excursión en moto con Pedro, le habló de Diana, de Marcos… hasta le contó el destrozo de cristales que había en el sótano.


–¿Mamá?

Paula se dió cuenta entonces de que Valentina estaba llorando.


–¿Qué te ocurre, cariño?


–No me pasa nada. Es que hacía años que no parecías tan feliz. Y eso me hace muy feliz a mí.


–Quieres decir que no me habías visto tan feliz desde que murió tu padre.


–No, no quiero decir eso. Quiero decir que nunca te había visto tan feliz.


Todos esos años intentando organizar el cumpleaños perfecto, haciéndole disfraces para las fiestas del colegio, ocupándose de que hiciera los deberes a tiempo y decorando la casa para Navidad… nada de eso había podido engañar a una niña.  Siguieron charlando durante un rato y, después de colgar, Paula se acercó a la ventana. Ahora entendía su fascinación por esa garza real. Ese ave representaba lo que ella no había tenido nunca: libertad. La oportunidad de ser feliz. Era la primera vez en muchos años que era responsable sólo de sí misma. Podía romper todas las figuritas de cristal que quisiera, tumbarse en la hierba, comprar el coche que le diera la gana, vestirse y peinarse como mejor le pareciese. Se abrazó a sí misma, mirando las estrellas, y pidió un deseo: saber lo que era alcanzar una de ellas, perseguir un sueño y poder tocarlo con los dedos. A la mañana siguiente, estaba en una ampliación del porche trasero de la casa O’Brian, una ampliación porque no estaba en el plano original, con Marcos. La madera estaba por completo carcomida, pero no le importó porque el sentimiento de felicidad que había experimentado la noche anterior seguía con ella.


–Yo creo que deberíamos tirarlo.


–Estoy de acuerdo. 


Estaba quitándose telarañas del pelo cuando vió el coche de Pedro en la puerta… Paula se quitó el mono de trabajo a toda velocidad y Marcos la miró de arriba abajo, apreciativo.


–¿Qué vas a hacer para el día de Acción de Gracias, Marcos?


–Pues… no lo sé.


–Mi hija volverá a casa de la universidad. A lo mejor te gustaría cenar con nosotras.


–¿Tu hija? –repitió él, sorprendido–. Sí, bueno, no sé… ya hablaremos.


Después de eso, se alejó hacia el otro lado de la casa.


–¿Dónde va con tanta prisa? –preguntó Pedro.


–Le he preguntado si quería cenar conmigo y con Valentina el día de Acción de Gracias… pero me parece que no le ha gustado mucho la idea.


–Ya me imagino. Una madre sólo quiere presentar a su hija cuando tiene ciertas intenciones. Además, la hija podría tener dos cabezas o pesar doscientos kilos.


–Yo no tengo ninguna intención. Y ya sabes que Valentina tiene una sola cabeza y pesa lo que tiene que pesar.


–Sí, yo lo sé. Pero no creo que Marcos lo sepa.


–¿Se puede saber qué tienes contra Marcos?


–Nada. Pero es un hombre. Y yo sé cómo piensan los hombres. No quiere salir con tu hija porque tendría que ser decente con ella… ya que te conoce a tí.


–¡Pedro! Eres un cínico.


–Sí, bueno, ¿Qué se le va a hacer? Ven, tengo algo para tí en el coche. 

Promesa: Capítulo 26

 Él no estaba preparado. No quería ver a Paula saliendo con otro hombre. Cuando colgó el teléfono, Pedro intentó decidir qué significaba eso. De repente, tuvo una inspiración. No iba a darle esos libros. Y tampoco iba a darle su número de teléfono a alguien como Ramiro. Nada de lecturas sobre los peligros del mundo. Paula nunca encontraría al hombre perfecto porque él sabía por experiencia que no había ningún hombre perfecto. La respuesta era tan evidente. La felicidad de Paula no pasaba por encontrar a un hombre. Ésa era una idea antigua y debería darle vergüenza haberlo pensado. No, la felicidad estaba en tener un propósito en la vida, como la casa O’Brian. De modo que tenía que encontrar un pasatiempo para ella. Algo que hacer cuando volviese de trabajar. ¿Qué sabía de ella? Le gustaban los pájaros, le gustaban las cosas antiguas. Le gustaba cocinar… ¡Clases de cocina! Eso era. La convencería para que fuese a una escuela de gastronomía. Pero ¿En qué estaba pensando? Eso debía de ser el equivalente a un club de solteros para mayores de treinta años. No, no. De vuelta a la casilla número uno. Unos buenos libros, quizá algunas películas en DVD. De nuevo, encendió el ordenador y se puso a buscar en Internet: Observación de aves para principiantes. Restauración de muebles antiguos. Una guía para hacer pan casero. Sonreía mientras llenaba su carrito virtual. Y entonces se detuvo. Por alguna razón, recordó su expresión mientras le preguntaba a Marcos cómo esperaba que fuera su futuro. Cuando Marcos contestó que quería tener un cachorro, Paula prácticamente se derritió. ¡Eso era, un cachorro! Una tonelada de libros y un cachorro para Paula Chaves. ¡Su vida estaría llena de cosas que hacer! ¿Y dónde iba a encontrar compañía más perfecta que la de un perro? Un amigo leal, afectuoso. Incluso podría aportarle seguridad en ese barrio tan poco seguro que había elegido para vivir. Silbando de alegría por haber encontrado, al fin, la respuesta, sacó del maletín todos los libros sobre cómo encontrar al hombre perfecto y los tiró a la basura. Ahora, lo único que tenía que hacer era encontrar al perro perfecto. 




Paula estaba sentada en el cuarto de estar, rodeada de cajas. Abrió una, sin el menor interés: fiambreras. Qué emocionante. Cerró la caja y escribió: "Cocina". Luego abrió la siguiente: toallas. Suficientes toallas para una mansión con cuatro cuartos de baños. Toallas que Antonio había usado. Cerró la caja y escribió: "Para la parroquia". No quería pensar en Antonio, de modo que dejó las cajas y fue al baño. Le gustaba lo que veía en el espejo: el pelo despeinado, las mejillas rojas del sol.  Sus ojos eran los de una persona que había decidido vivir. Y confiar. Pensó en Pedro dándole absurdos consejos para conocer hombres y tuvo que sonreír. Qué buen amigo. ¿Algún día sería algo más que eso? Él la hacía reír. En cierta forma, era tan cómodo como un sillón viejo y, por otro lado, era excitante estar con él. Había un mundo inexplorado en el verde de sus ojos.


–No te pases –dijo en voz alta–. Tienes que ir despacio. 


Eso era lo que le había enseñado la vida. Y, sobre todo, la muerte de su marido, mezclada con el descubrimiento de su infidelidad. Antonio había muerto en el incendio de un hotel en compañía de su amante de la que Paula jamás supo nada. Su marido había estado engañándola durante años mientras ella se ocupaba de dirigir la casa y criar a su hija. Pero las cosas entre ellos nunca fueron bien. Antonio se había casado con ella por obligación. Ese matrimonio y la niña habían sido su razón de vivir y una condena para él. De modo que siempre intentó compensarlo, tratando desesperadamente de ser lo que él quería para que no la odiase. Ni a ella ni a Valentina. Paula respiró profundamente. ¿Por qué seguía teniendo tanta influencia sobre ella? ¿Cómo se había atrevido a hacerla sentir culpable por el nacimiento de Valentina? ¿Cómo se había atrevido a tratar la idea de tener más hijos con desdén? ¿Cómo se había atrevido a tratar su amor por él como una obligación?  La siguiente caja que abrió estaba llena de carísimos objetos de cristal. A Antonio le encantaban los símbolos de riqueza. En los cumpleaños, aniversarios o Navidades siempre le regalaba algún objeto de cristal para añadir a su colección sin pensar siquiera que lo único que ella quería era un regalo hecho con cariño. Cerró la caja, pero no puso una etiqueta. La bajó al sótano y, después de dejarla sobre el duro suelo de cemento, tomó una figurita de cristal… que lanzó contra el suelo con todas sus fuerzas. Cuando terminó con la caja, el sótano estaba cubierto de cristales y ella había gritado hasta quedarse ronca. Había insultado a Antonio como no lo hizo jamás en veinte años de matrimonio. Y ahora, agotada, miró la pila de cristales y le dio un ataque de risa. Paula Chaves, sola en el sótano de su casa, gritando como una loca, diciendo palabrotas que harían sonrojar a un marinero. Pero ahora se sentía en paz. 

Promesa: Capítulo 25

Si era sincero consigo mismo, no le hacía mucha gracia. No quería pensar en Paula saliendo con otro hombre. El mundo era una jungla y, al final, alguno de ellos le haría daño. Entonces volvió a mirar la lista. Una cosa estaba clara: el hombre perfecto para Paula era él. Salvo por una cosa. Aún no había sido completamente sincero con ella. Y como le había dado su palabra de honor a un hombre muerto, nunca podría serlo. Pedro pensó en el secreto de Antonio, sintiendo un peso en el corazón. Había una niña por ahí. Ahora tendría casi dos años. Su tía Fernanda, la hermana de la amante de Antonio, joven y asustada, se había hecho cargo de ella. Pedro controlaba el fideicomiso que Antonio había dejado para ella y estaba en contacto con la joven, que no siempre sabía qué hacer con una niña tan pequeña. El secreto de Antonio. Y el suyo. Suspiró, enterrando la cara entre las manos. ¿Por qué pensaba en contárselo a Paula? ¿No había sufrido ya suficiente? ¿Qué conseguiría contándole la doble traición de su marido? Pero ese secreto, y su papel en él, significaba que no era el hombre perfecto para ella. Y eso lo entristecía y lo aliviaba al mismo tiempo. Se obligó a sí mismo a mirar la lista de nuevo, analizándola para ser práctico. Si no podía ayudarla a encontrar al hombre perfecto, al menos podría ayudarla a desarrollar un criterio adecuado. Pero él no podía ser ese hombre porque Paula no le perdonaría nunca que le hubiera escondido la existencia de la otra hija de Antonio. Por eso, haber pasado el día con ella había sido un error. Porque él sabía algo que Paula no sabía: que nunca podría haber nada entre ellos. Aun así, se sentía tan responsable por ella como por el secreto de Antonio. De modo que tomó el teléfono y marcó su número.


–Hola. ¿Qué tal si cenamos juntos mañana?


–Sí, claro –Paula parecía sorprendida y contenta a la vez.


Con los libros envueltos en papel de regalo, Pedro se sentó a cenar con Paula al día siguiente. Pero el momento perfecto para sacar los libros del capó del coche no parecía llegar nunca. De modo que pasó por la casa O’Brian al día siguiente. Y allí estaba ella, con el pelo cubierto de polvo. Era una especie de visión de lo que sería dentro de treinta años. Sería tan guapa con el pelo blanco como lo era en aquel momento. Y él terminó hablando de la casa en lugar de darle los libros. Bajo la supervisión de Paula, la casa empezaba a parecer una auténtica mansión. Sus ideas sobre el color y los materiales la estaban transformando por completo. Incluso Diana, que estaba allí para ayudar a elegir los azulejos de la cocina, le sonrió. Y Pedro decidió invitarlas a comer. Se juró a sí mismo que le daría los manuales para encontrar al hombre perfecto la próxima vez que la viera. Pero entonces le invitaron a ver una casa que acababa de ser renovada. ¿A quién le gustaría eso más que a Paula? La recogió en la casa O’Brian y fueron paseando por las agradables calles del viejo barrio. Las hojas empezaban a volverse rojas y doradas y crujían bajos sus pies. La casa en venta era de un competidor con el que Pedro mantenía una buena relación y estuvieron haciendo comparaciones y buscando ideas. Luego le presentó a su competidor, Ramiro Jurrassi, un hombre al que apreciaba y respetaba. 


Ramiro lo llamó por la noche.


–¿Hay algo entre la mujer con la que fuiste a la inauguración y tú? ¿Has dicho que era la directora de uno de tus proyectos?


–Y la viuda de Antonio.


–Ah.


Un «ah» cargado de significado. Todo el mundo se había enterado de lo de Antonio.


–Mira, no sé si te importará que la llame un día de éstos.


–¿Como qué, como directora de algún proyecto?


Ramiro rió, incomodo.


–No, algo de naturaleza más personal.


Pedro se quedó callado. ¿No era eso lo que quería para Paula? ¿Un hombre respetable, con dinero, maduro? Un hombre que era, en su opinión, absolutamente honorable. Ramiro era viudo también y un buen padre para sus hijos.


–No está preparada –se oyó decir a sí mismo–. La muerte de Antonio aún está muy reciente. 

martes, 3 de noviembre de 2020

Promesa: Capítulo 24

 En la puerta de su casa, Pedro observaba a Paula, que se despedía de él sacando la mano por la ventanilla de su diminuto coche. «Esto no ha salido como yo quería», pensó. Su objetivo aquel día había sido educarla, ayudarla a entrar en el mundo de los solteros… un mundo lleno de hombres lujuriosos que le mentirían para aprovecharse de ella. Al fin y al cabo, Paula era una mujer muy guapa y con dinero. Eso podría convertirla en el objetivo de muchos sinvergüenzas. Pero el objetivo se le había olvidado por completo, perdido en su risa, en la sensación que provocaba tener sus brazos alrededor mientras iban en la moto, sus piernas rozando las suyas. ¿Cómo iba a recordar un hombre lo que debía hacer en esas circunstancias? Seguramente habría hecho el ridículo, pero al menos había descubierto que Paula no era tan ingenua como pensaba.


–O sea, que ahora hay mujeres mayores que buscan chicos jóvenes para salir –le había dicho, irónica–. Pero eso ha ocurrido siempre, hombre.


–Sí, bueno, es posible. Pero ahora ocurre más a menudo.


–¿Y tú crees que yo podría ser una de esas mujeres?


–¡No, por favor! Pero un chico joven, Marcos, por ejemplo, podría pensar que es así.


En fin, si Marcos la llamaba «mamá» eso sería un poco difícil.


–¿Y dónde has aprendido tú esas cosas? –sonrió Paula.


–En la televisión. ¿Es que tú no ves la televisión?


–No, cuando tengo tiempo libre prefiero leer.


Pedro asintió con la cabeza. Allí, en el restaurante, tomando un café, se daba cuenta de lo a gusto que estaba con ella. Una mujer de su generación, que entendía la vida como él, con tantas cosas en común. Hablaron sobre Valentina, sobre casas viejas y nuevas… La conversación fluía con facilidad y se reían de todo. No sabía que su vida se había vuelto tan seria hasta que Paula le devolvió la risa. Después del café, dieron una vuelta por las tiendas de antigüedades de la zona: Longview, Black Diamond, Turner Valley, Bragg Creek. No había esperado que se les hiciera de noche, pero así fue. Y, sin embargo, no le apetecía nada que terminase el día. Pero había sido ella quien insistió en volver a casa.


–¡Tengo que sacar las cosas de las cajas! Aún no he podido abrirlas todas.


Ahora, viéndola alejarse en su diminuto coche, recordó que había prometido ayudarla. ¿Debería ir a su casa? No. Ése no era el plan. Desde el primer momento, Pedro había sabido que necesitaría un plan para tratar con Paula Chaves. Y aquel día no había puesto el plan en acción. Todo lo contrario. Disciplinado, entró en su casa y encendió el ordenador para hacer una lista de todo lo que ella debía controlar cuando tratase con un hombre: saber si tenía trabajo y durante cuánto tiempo había trabajado en la misma empresa. Averiguar cuánto dinero ganaba, preguntarle por sus relaciones pasadas y cómo se llevaba con su familia. Debía descubrir si era una persona de confianza, si tenía amigos, si tomaba drogas, si hacía algo por la comunidad… No podía dejar que volviera a salir con hombres sin darle toda esa información. Le gustaba leer, de modo que buscó libros para ella en Internet. Había una gran selección de libros de autoayuda: Cómo encontrar al compañero perfecto, Cómo descifrar el lenguaje de los hombres… Pedro estaba agotado cuando terminó. Pero había pedido media docena de libros, los que le parecían más prometedores.