martes, 3 de noviembre de 2020

Promesa: Capítulo 23

 –Sólo somos amigos –se dijo a sí misma–. Y vamos a pasar el día juntos. Nada más.


Pero no era eso lo que vio en los ojos de Pedro cuando salió del baño.


–Estás muy guapa.


Paula lo fulminó con la mirada. Ésa no era manera de empezar un día con un amigo.


–¿Por qué me miras con esa cara?


–No quiero que las cosas se compliquen entre nosotros, Pedro.


–Muy bien. Nada de bañeras, nada de galletas y nada de besos.


–Perfecto –asintió ella–. Eso es lo que quiero.


Mientras salían de la casa, Pedro dejó escapar un suspiro. Pero se encargó muy mucho de disimular.


Paula había pensado que tendría miedo de viajar en la moto, pero Pedro conducía tan bien que, en cuanto salieron a la autopista, se sintió encantada. Además, era evidente que estaba en forma. Tenía que abrazarlo por detrás y podía jurar sobre la Biblia que no tenía una onza de grasa en el estómago. Hacía un día maravilloso, perfecto para ir de merienda. Las hojas de los árboles empezaban a volverse doradas y el sol caía suavemente sobre los campos que bordeaban la carretera. Pronto se cruzaron con un grupo de vaqueros moviendo ganado a los pastos del norte y, en la distancia, podían ver las Rocosas.


–Mira –dijo Pedro, deteniendo la moto en el arcén.


Estaba señalando un pájaro enorme que Paula reconoció porque había comprado recientemente un libro sobre aves. Era un águila dorada, más grande incluso que el águila calva. Estaba apoyada en un árbol, mirándolos. Pero, de repente, abrió las alas y salió volando.


–¿Qué tal? –preguntó Pedro, volviendo la cabeza.


–Bien, me encanta. Es tan… liberador. Seguramente viajar en moto es lo más parecido a volar.


–Y no tienes que usar paracaídas.


Estuvieron observando al águila durante unos segundos y luego Pedro arrancó de nuevo. Pronto llegaron a una carretera vecinal flanqueada por álamos y, unos minutos después, los árboles dieron paso a la hierba. Estaban en los famosos prados de Alberta. Cuando llegaron al pueblo de Longview, decidió parar en un restaurante para tomar café. Pero, con una sonrisa diabólica en los labios, pidió también dos galletas de chocolate.


–Prometiste que nada de galletas –protestó Paula.


–Debo tentarte con algo.


–¿Por qué?


–Porque te traído aquí con un motivo secreto.


–¿Ah, sí?


–Quiero que me cuentes qué sabes de la vida de los solteros.


–No te entiendo.


–Por ejemplo, ¿Tú sabes que ahora la gente se acuesta en la primera cita? Eso no pasaba cuando nosotros éramos jóvenes.


–¿Se puede saber qué clase de pregunta es ésa? –preguntó Paula, después de atragantarse con la galleta.


–Sólo era una pregunta. Por hablar de algo.


–Eso no es verdad.


–Sí, bueno, lo cierto es que estoy un poco preocupado por tí. Ya sabes, volver al mundo de los solteros… los jóvenes te encuentran atractiva y podrías… en fin, pasarlo mal.


–¿Los jóvenes me encuentran atractiva?


–Pues claro. Marcos, por ejemplo.


–Marcos me llama «señora» –sonrió Paula–. Incluso mamá.


–¿Ah, sí?


–Es que el otro día le llevé un bocadillo y limonada casera.


–Bueno, yo no estaba pensando específicamente en Marcos. Más bien en… no sé, hombres en general, desconocidos. Creo que deberías saber lo que puedes esperar.


Paula se alegraba de haber dejado la galleta porque seguramente volvería a atragantarse cuando le diera la risa. Pedro parecía haber olvidado que tenía una hija de dieciocho años, de modo que estaba muy al día sobre los «métodos» de ligoteo de los chicos y chicas de hoy en dia.


-Qué buena idea. ¿Por qué no me cuentas todo lo que sabes?

Promesa: Capítulo 22

 Había hecho bien en acompañarla. Porque Paula se mostró encantada con su amigo, el experto en restaurar antiguos suelos de madera, pero evidentemente el encanto era mutuo. ¿Pensaba que Eduardo no era un hombre como los demás sólo porque tuviera setenta años? Al final del día, Pedro estaba exhausto, pero Paula estaba más guapa que nunca y sus ojos brillaban de alegría mientras hablaba de sus suelos y de sus bañeras.


–Gracias, Pedro. Lo he pasado estupendamente.


Y sí, lo habían pasado bien. Había sido un día maravilloso y agotador. Y tenía tanto que enseñarle, que se sentía agotado sólo con pensarlo.


–¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta con la moto el sábado?


–Pues… no sé. Bueno, sí, la verdad es que me encantaría. ¿Qué me pongo para ir en moto?


De repente, Pedro tuvo la horrible, horrible impresión de que Paula con un pantalón de cuero iba a ser mucho peor que ella en una bañera. ¡Las cosas que hacía un hombre por cumplir con su deber!


–No te preocupes, yo buscaré algo para tí.


Paula comprobó la dirección por última vez, aparcó delante de la casa y bajó del coche. La casa donde vivía Pedro, de dos pisos, tenía un aspecto elegante y caro. El exterior era de ladrillo rojo y la puerta era un enorme portalón de madera labrada. Todo parecía muy masculino, algo que armonizaba perfectamente con su propietario. No lo había visto desde que fueron juntos a comprar la bañera unos días antes, pero había hablado con él por teléfono, a veces más de una vez al día, para comprobar detalles o para pedirle consejo. Cada día se enamoraba un poco más de la casa O’Brian, aunque era tan protestona y difícil como una anciana. Pero le encantaba su trabajo. Le encantaba levantarse por la mañana y tener un sitio al que ir, una ilusión. Pedro debía de estar esperándola porque abrió la puerta cuando iba a llamar al timbre. Llevaba una camiseta blanca y un pantalón vaquero. Parecía más un chico joven que el hombre de negocios que era. Y el pelo de punta pegaba con aquel Pedro. El pelo que ella había tocado mientras estaban en la bañera. Lo observó, recordando otras cosas. El sabor de sus labios, por ejemplo. La dureza de su cuerpo apretado contra ella… 


–Esto no es una cita, ¿Verdad? –preguntó, de repente. 


Pedro soltó una carcajada.


–Si eso te hace sentir incómoda, no. Además, una vez que has compartido una bañera con un hombre lo peor ha pasado. ¿Quieres ver la casa o nos vamos?


Por supuesto, Paula quería ver la casa… y los secretos que se escondían en ella. Tenía buen gusto, pensó, y la decoración era sofisticada. Pero el único secreto que descubrió fue lo que ya había imaginado: que el mundo de Pedro Alfonso era más abierto, más amplio que el suyo.


–Mientras yo pasaba el día cuidando de mi hija, tú estabas en África –dijo, suspirando.


–No digas eso como si una cosa fuera mejor que la otra. Eran diferentes, nada más. Yo no tengo una hija tan estupenda como la tuya.


–Sí, claro –sonrió ella.


–¿Sabes que a veces te miraba y pensaba que las cosas podían haber sido diferentes para mí?


–¿Cuándo?


–En Navidad, por ejemplo, después de mi divorcio. No sabes cómo me habría gustado ser yo quien decorase el árbol o el que montase el triciclo.


–¿Lo dices en serio?


–Claro que sí. 


Paula lo miró a los ojos y supo que era verdad. Pero su marido había tenido eso y jamás había mostrado agradecimiento alguno. El matrimonio, las obligaciones familiares eran una prisión para Antonio. Pero aquél no era el día para pensar en esas cosas.


–Toma, he encontrado unos zahones de cuero para tí. Así no se estropearán tus pantalones.


–Ah, gracias.


–Puedes ponértelos en el baño del pasillo… no tiene bañera, para que no sientas ninguna tentación.


Paula le dió un golpe en el hombro y él sonrió. Y las diferencias entre sus dos mundos desaparecieron. Si había esperado estar sexy con esos zahones de cuero, se había equivocado. Aunque era una prenda hecha para una mujer, le quedaban demasiado grandes. ¿A cuántas mujeres se los habría prestado?, pensó entonces. Aunque la vida privada de Pedro no era asunto suyo. Quizá debería haberle preguntado qué estaban haciendo antes de ir a su casa. ¿Dónde iba aquella relación? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Cuáles eran las suyas? Pero cuando vio su imagen en el espejo, pensó que estaba poniéndose demasiado seria. ¿No podía pasarlo bien sin darle tantas vueltas? ¿Tenía que analizarlo siempre todo? ¿Le rompería Pedro el corazón? 

Promesa: Capítulo 21

 –¿Recién casados? –preguntó el joven.


Paula se puso colorada.


–No, socios –contestó Pedro, sacando una tarjeta del bolsillo, una táctica de distracción para que el chico no mirase las piernas de Paula, que se había inclinado para ponerse los zapatos.


–Este modelo viene en tamaño extragrande –les explicó el joven–. Por cierto, me llamo Leonardo –añadió, mirando descaradamente a Paula.


–¿Mucho más grande? –preguntó ella.


–Voy a buscar la información. Enseguida vuelvo.


Mientras se alejaba, Pedro se puso los zapatos y Paula se dió una vuelta para ver otras bañeras.


–Demasiado moderno –murmuró, señalando un jacuzzi–. No va con la casa.


Pedro dió las gracias al cielo porque no había intentado meterse en él… aunque era más que evidente que cabrían dos personas. Afortunadamente, Leonardo volvió con la información antes de que Paula siguiera explorando. Después de encargar la bañera, el lavabo, el calentador de toallas, los grifos y todo lo demás, Pedro le dijo que lo pusiera todo en la cuenta de Chaves- Alfonso, pero el joven empleado encontró la manera de darle su tarjeta a Paula.


–Ha sido un detalle –sonrió ella, mientras salían de la tienda con una bolsa llena de toallas de baño, regalo de la casa.


Pedro intentó recordar si a él le habían regalado algo en alguna ocasión. No, estaba seguro de que no.


–¡Mira, ha escrito su número privado en el dorso de la tarjeta… por si tengo que llamarlo fuera de horas de trabajo!


–Sí, menudo detalle –murmuró él, irritado.


Evidentemente, Paula no se había dado cuenta de que el tipo prácticamente la estaba invitando a probar bañeras con él. No, ni idea. De modo que la educación de Paula Chaves sobre los métodos de conquista en la vida moderna dependía de él. ¿Por dónde empezaba un hombre una vez aceptada esa responsabilidad? No podía darle una charla sobre sexo. Tendría que darle pistas de lo que él había aprendido saliendo por ahí… y lo que había visto en televisión. Tendría que ser el epítome de la discreción y la sutileza. Tendría que hacerle saber lo que pensaban los hombres cuando estaban frente a una mujer guapa. Y sólo pensaban en una cosa.


–¿Te encuentras bien, Pedro?


–Sí, estupendamente.


–No me importaría ir a mirar suelos, pero eso puedo hacerlo sola.


¿Hacerlo sola? Sí, seguro. A saber qué clase de pruebas querría hacer con los suelos. A saber a quién se iba a encontrar en la tienda. ¡Había una versión de Marcos y otra del empleado de Serenidad en cada esquina! Y Pedro no podía decirle que todos querían lo mismo: besarla y meterse en una bañera con ella. Como él. Pero estaba siendo ridículo, pensó. Más que ridículo. Se había perdido dos reuniones aquella mañana… ¡y Pedro Alfonso nunca faltaba a una reunión! Aquello se le estaba escapando de las manos.


–Puedo ir a ver suelos contigo. No hay problema –se encontró diciendo, en cambio.

 

–Genial. 

jueves, 29 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 20

 Si se negaba, seguramente Paula se daría cuenta de que estaba sin respiración, pensó. ¿Y si hubiera ido Marcos en lugar de él?, se preguntó entonces. Seguro que Marcos no habría tenido el menor problema para meterse en la bañera. Y pedirle a un hombre que se meta en una bañera contigo es algo que la mente masculina interpretará siempre como una invitación, sean cuales sean las circunstancias. Paula estaba tumbada con su decente traje gris, pero se le había subido la falda y ella no parecía darse ni cuenta. Y Pedro no tenía pensamientos muy cristianos en aquel momento. Se fijó en los dedos de sus pies, con las uñas pintadas de rosa… seguramente para que hicieran juego con el pijama. Pero al final decidió entrar en la bañera. ¿Qué otra cosa podía hacer?


–Ven, ponte a mi lado. ¿No crees que dos personas que compran una bañera como ésta quieren tumbarse uno al lado del otro?


–No tengo ni idea –contestó él, asombrado de que le saliera la voz. Quería meterse en la bañera sin rozarla, pero resbaló y cayó de golpe a su lado.


–¡Ay!


–Vaya, lo siento.


Pedro intentó moverse, pero estaba encajado entre la bañera y el cuerpo de Paula.


–Como yo había pensado. Demasiado pequeña. Aunque estamos vestidos y, normalmente, la gente se baña… –Paula no terminó la frase. Ni siquiera se atrevió a mirar a Pedro–. Bueno, a ver, ponte del otro lado, frente a mí.


Que Dios tuviera piedad de él.


–No puedo, estoy encajado.


–¡No lo estás! –Paula movió un brazo para empujarlo. 


Pero eso pareció encajarlo aún más. Pedro llevaba calcetines y no podía apoyarse en la superficie pulida de la bañera sin resbalar.


–Vamos a intentar ponernos de lado. Así podré salir de aquí –dijo, suspirando–. Venga, una, dos y…


Se pusieron de lado, pero quedaron uno frente al otro. Pedro se encontró con los pechos de Paula pegados a su torso, su rostro a unos centímetros. Si era posible, estaba más atrapado que antes. Sus ojos se encontraron y la alegría que había en los de ella desapareció… para convertirse en otra cosa. Ella se pasó la lengua por los labios nerviosamente, pero el resultado fue tan sensual como una caricia. Pedro recordaba demasiado bien el sabor de esos labios. Y ahora, apretados como estaban el uno contra el otro, todo lo demás desapareció: las luces, la tienda, los sonidos, los empleados. Todo salvo ella. Paula levantó una mano y él contuvo el aliento, pensando que iba a tocar su cara… o sus labios. No, lo que tocó fue su pelo, el rebelde mechón que siempre quedaba de punta, algo que lo había atormentado, a él y a su madre, desde que era un niño. Pedro empezó a respirar de nuevo. Sólo entonces Paula pareció darse cuenta de que estaban juntos en una bañera, tumbados, su pecho aplastado contra el torso masculino.


–Oh, vaya… será mejor que salgamos de aquí.


–Bueno, bueno, que no cunda el pánico.


–¡No estoy asustada! –replicó ella. 


Pero Pedro podía sentir los fuertes latidos de su corazón.


–¿Puedo ayudarles? –preguntó entonces un empleado, con cara deperplejidad.


–Sí, por favor. Un abrelatas nos vendría estupendamente.


–Esta no es una bañera para dos personas –protestó Paula–. Se anuncia como una bañera para dos personas, pero no lo es. Mire en qué situación nos encontramos.


–A lo mejor la fabrican en un país donde la gente es más pequeña –sugirió el empleado–. O donde la gente se baña sin ropa. 


Pedro lo fulminó con la mirada mientras Paula, con toda la dignidad de una estrella de cine saliendo de una limusina, conseguía sacar una mano de la bañera. El empleado tiró de ella… pero no pasó nada. Tiró un poco más y, con un sonido como el del corcho de una botella de champán, Paula consiguió ponerse en pie. Aunque Pedro estaba en una posición desde la que podía haber mirado por debajo de su falda, se portó como un caballero. Cerró los ojos y luego tomó la mano que le ofrecía el empleado para salir de aquella trampa.


Promesa: Capítulo 19

 Pedro Alfonso no solía encontrarse incómodo en ninguna situación. Pero así era exactamente como se sentía cuando empujó la puerta del almacén. ¿De verdad había sentido celos de Marcos? ¡No, claro que no! Sencillamente, sentía cierto deseo de proteger a Paula. Había cosas que ella no sabía, cosas que no podía saber después de haber estado fuera de circulación tanto tiempo. Era un mundo completamente diferente. ¿Sabía que los chicos tomaban pastillas de éxtasis en las discotecas, que las relaciones sexuales habían dejado de tener algo que ver con el amor? ¿Sabía algo sobre los peligros de conocer a alguien a través de Internet? Aunque tampoco él sabía nada de eso hasta que vió un documental en televisión. Pero no le apetecía explicarle las realidades del mundo a ella. Ese no era parte de su acuerdo con Valentina. Había conseguido que volviera a trabajar, pero no había pensado lo que conllevaría eso. Y si no tenía cuidado, acabaría siendo tan controlador como lo había sido su ex mujer. Querer a alguien no significaba poseerlo o controlarlo, sino protegerlo y pensar en su interés. Pero ¿dónde se trazaba la línea de separación? Mirar bañeras juntos no parecía la mejor manera de empezar. Serenidad era una tienda estupenda. A Pedro le gustaba la calidad de sus productos y el cuidado que ponían en el diseño, pero aquel día sólo podía pensar que todo parecía diseñado para despertar los sentidos. Desde las luces a los aromas, aquélla no era una tienda para gente que pensaba que darse un baño sólo era una cuestión de limpieza.


–Dios mío –murmuró Paula–. Esto es muy romántico. Es exactamente el ambiente que queríamos para el baño principal, ¿Verdad?


«Queríamos. Romántico. Ambiente». Pedro empezó a sentir cómo una gota de sudor caía por su cuello.


–Mira qué bañera tan bonita –dijo ella entonces. No era la bañera con patas de león que había imaginado, pero tenía más o menos la misma línea. En lugar de garras de león, estaba subida en un pedestal de madera oscura. Los grifos eran antiguos, con un botón de porcelana en medio.


–Va muy bien con el carácter de la casa, ¿Verdad?


–Sí, la verdad es que sí –asintió él, tragando saliva.


–Aquí dice que es una bañera para dos personas –murmuró Paula.


A Pedro se le quedó la boca seca. ¡Por favor! Él no quería pensar en dos personas dentro de esa bañera. Ni en ambiente, ni en romances, ni en velas.


–¿Hay aire acondicionado aquí? –preguntó, pasándose un dedo por el cuello de la camisa.


–No creo que dos personas quepan aquí –siguió Paula, sin percatarse de lo incómodo que se sentía. 


Y luego se quitó los zapatos y se metió en la bañera tranquilamente. Primero se sentó y luego, agarrándose a los bordes, se tumbó para ver si cabía. Al hacerlo, la falda se levantó un poco, dejando al descubierto sus muslos… y haciendo que Pedro estuviera a punto de arder por combustión espontánea.


–Ven, métete –le dijo.


–¿Perdona?


–Creo que es suficientemente larga para alguien de tu estatura. Pero no sé si de ancho… tú eres un tipo más o menos normal. Métete, a ver si cabemos los dos.


–Pero… tú estás en la bañera.


–¿No me digas? Estoy intentando comprobar si caben dos personas.


Pedro miró alrededor furtivamente. No pensaba meterse en una bañera con Paula Chaves.


–Vamos, métete de una vez. 

Promesa: Capítulo 18

 –Holaaaaaaaa.


Pedro cerró los ojos.


–Mariel, el fantasma de la casa –dijo, suspirando–. Paula, creo que tú y yo deberíamos ir a ver un almacén de accesorios para el baño. Se llama Serenidad y tienen cosas estupendas.


Paula no sabía que iba a tener que elegir los accesorios con él. Y menos la bañera. No, la bañera no. Diana los esperaba al final de la escalera, con una sonrisa en los labios.


–Lo siento, señora Housewell, pero ya nos íbamos –dijo Pedro, muy antipático.


Paula lo regañó con la mirada.


–Pero yo volveré dentro de…


–Una semana –la interrumpió Pedro.


–¿Por qué no me da su número de teléfono, señora Housewell? –insistió Paula.


–Ah, me parece muy bien.


–Ahora tenemos que irnos. Marcos, estoy deseando trabajar contigo. ¿Cuándo crees que podríamos empezar?


–¿Qué tal mañana por la mañana?


–Estupendo.


Pedro abrió la puerta del Cadillac para ella. Parecía tenso, preocupado.


–¿Por qué esa mujer te irrita tanto?


–¿Quién? Ah, Diana.


¿No era Diana quien lo ponía tenso?


–Me recuerda a mi ex mujer –dijo Pedro entonces.


–¿A Carla? Carla era preciosa. ¡Diana es una anciana!


–Sí, bueno, da igual. No suelo hablar de mi ex mujer. 


–Pues a lo mejor deberías.


–¿Para qué?


–Puede que así te sientas mejor.


–¡No me sentía mal… hasta ahora!


–Si alguien como Diana te recuerda a tu ex mujer, debes de tener un serio problema.


–¡Yo no tengo ningún problema!


–Bueno, lo que tú digas.


Los dos se quedaron en silencio. Pedro, muy serio, salió a la carretera sin poner el intermitente.


–No soporto que mi matrimonio fracasara –dijo por fin–. Cuando me casé, pensé que sería para siempre. Fue el peor fracaso de mi vida.


–Lo sé.


–¿Lo sabes?


–Siempre supe que eso era lo que sentías, como si todo hubiera sido culpa tuya.


–Y lo fue. Debería haber conseguido que nos entendiéramos.


–Carla era preciosa –suspiró Paula–. Pero también era una persona egoísta, exigente y poco razonable.


Pedro suspiró como un hombre que hubiera guardado un secreto durante demasiado tiempo.


–Siempre estaba controlándome. Y por mucho que hiciera por ella, nunca era suficiente.


–Como Diana Housewell.


–Sí, supongo que sí –asintió él–. ¿Ése es tu don, Paula? ¿Haces hablar a la gente de cosas sobre las que les cuesta hablar para solucionar sus problemas?


–No seas tonto, yo no tengo ningún don.


–¿No? ¿No puedes volver loco a un hombre con un par de galletas? ¿O decir la palabra adecuada en el momento adecuado?


–¡No!


–¿Y qué tal una sonrisa? ¿Puedes encandilar a un hombre con una sonrisa?


–Eso es ridículo.


–¿De verdad? ¿Por que no le preguntamos a Marcos si es ridículo?


–¿Marcos?


–Él parecía encantado contigo.


Paula soltó una carcajada. 


–Además, nos viene muy bien que hayas vuelto a trabajar. Marcos ha dicho que empezaría mañana. Conmigo habría tardado un mes.


–Yo no he estado coqueteando con él, que quede claro.


Pedro sacudió la cabeza.


–Sólo quiero decir una cosa: has estado casada veinte años y no conoces las reglas del ligoteo. No sabes cómo son estos chicos jóvenes.


Ella soltó una risita.


–¿Estás intentando protegerme de las realidades del mundo, Pedro?


–Pues sí, eso es.


–No tienes por qué hacerlo. Ya soy mayorcita.


–Marcos estaba tonteando contigo. ¡Y tú lo animabas! «¿Qué crees que te espera en el futuro, Marcos?» –dijo Pedro entonces, imitando su voz.


–¿Quieres saber la verdad?


–Por supuesto.


–Me ha parecido un chico muy guapo.


–Lo sabía –murmuró él.


–Y quería saber si sería aceptable… para Valentina. No sé por qué. Seguro que mi hija se subirá por las paredes si se lo presento. Pero si hubieras conocido a su último novio me entenderías. Pedro, tocaba los bongos…


–¿Te gusta Marcos para Valentina?


–Pues claro. ¿No pensarías que me gustaba para mí? ¿Tú estás loco?


Él negó con la cabeza.


–Quizá lo estoy –suspiró, mirándola con una sonrisa de disculpa–. Bueno, ya hemos llegado –dijo entonces, deteniendo el coche frente a un almacén de estilo colonial con un cartel que decía: "Serenidad. Accesorios para baño".


Paula respiró profundamente. ¿Por qué le parecía que viendo bañeras con Pedro Alfonso lo último que iba a sentir era serenidad? ¿Y cómo podía temer la experiencia y estar deseándolo al mismo tiempo? 

Promesa: Capítulo 17

 –Se me había olvidado darte estos papeles.


La razón por la que lo había olvidado estaba en sus ojos. De verdad, debería ser ilegal que un hombre tuviera los ojos de un verde tan precioso… tan calmado y tan tentador como las aguas de un lago en un día de verano. Cuando tomó los papeles que le ofrecía, sus manos se rozaron. ¿Cómo podía ponerla eso tan nerviosa? Era Pedro. Pedro, que lo había cambiado todo cuando la besó la noche anterior.


–Gracias –dijo, después de carraspear–. Me gusta mucho esta habitación. Tiene potencial.


–A mí también me gusta, pero es muy pequeña.


–Por eso había pensado tirar ese muro –sugirió Paula, mirando sus notas.


–Sí, creo que tienes razón. Mira, sólo había pasado por aquí porque anoche me llevé toda la información sobre los contratistas.


Claro. Eso era todo. El negocio. El beso no lo había afectado como a ella. Sin embargo, seguía mirando sus labios…


–Bonita vista –dijo Pedro entonces, mirando por el balcón.


–Sí, desde luego. Da al jardín… algo extraordinario estando casi en el centro de una ciudad. Yo había pensado que esta habitación sería un baño estupendo. Una ventana grande, una bañera antigua… puertas francesas para entrar en el dormitorio principal.


Porras. No debería pensar en dormitorios cuando estaba con Pedro. Ni en lo que pasaba en los dormitorios. Pero lo pensaba. Podía ver la habitación: un sitio grande, con las paredes forradas de madera, una alfombra, una cama con dosel. Una bañera con agua perfumada y velas flotando… ¡Pero no había camas con dosel en su lista de restauración! ¡Ni velas, ni burbujas!


–Los cuartos de baño son importantes en casas como ésta –asintió Pedro, quitándole la carpeta–. Hay una fotografía en uno de los presupuestos que yo creo que captura el espíritu de la casa O’Brian… Mira, ésta.


–Ah, sí, es eso exactamente –murmuró Paula.


El baño de la foto era casi como el de un hotel de cinco estrellas. La sensualidad de su dormitorio imaginario no era nada en comparación con aquello: suelos de mármol travertino, luces encastradas, grifos dorados, dos lavabos, incluso un calentador de toallas. Pero fue la exquisita bañera lo que más llamó su atención. Una bañera antigua con patas de león… evidentemente para dos personas. Paula tragó saliva. ¿Qué estaba pasando? ¿Pedro se inclinaba hacia ella? ¿Iba a besarla otra vez?


–¿Pedro? ¿Estás ahí?


Debían de estar inclinándose el uno hacia el otro porque de repente se apartaron.


–Es Marcos. Quería que lo conocieras –explicó él–. A mí me parece el mejor contratista de Calgary y… en fin, cuanto antes empecemos, mejor.


–De acuerdo.


Marcos entró en la habitación. Era un hombre alto, de pelo rubio rizado, todo músculos y juventud.


–Hola, Marcos. Te presento a Paula Chaves, la nueva directora del proyecto.


–Encantado, Paula. Oye, no me dijiste que fuera una chica tan guapa.


Marcos era un chico encantador y extrovertido, con gran sentido del humor. Y Paula se rió mucho con él mientras miraban la casa. Pero después se encontró haciendo eso que las hijas tanto odian: preguntarse si le gustaría a Valentina. Por si acaso, le hizo algunas preguntas que podían considerarse preguntas profesionales y él pareció encantado de contestar. Y cuando, como dejándolo caer, le preguntó qué idea tenía para el futuro, Marcos respondió que esperaba tener una mujer, una familia y un cachorro. Paula sonrió. Un cachorro. El contratista aparentemente seguro de sí mismo no era más que un niño. Pedro, sin embargo, la estaba fulminando con la mirada. ¿Estaría interpretando su interés por Marcos como un coqueteo? Por favor… Pedro y ella habían intercambiado un beso, no habían hecho promesas de amor eterno ante el altar. Además, debería darse cuenta de que sólo estaban bromeando. El chico debía de tener al menos doce años menos que ella.