martes, 27 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 16

 Por la mañana llamó a su contratista favorito, un ambicioso y brillante joven llamado Marcos, y le pidió que se encontrase con él en la casa O’Brian.


–Esta mañana no puedo.


–Tiene que ser esta mañana –insistió Pedro.


–¿Por qué tanta prisa?


–Porque tengo este proyecto entre manos desde hace mucho tiempo y quiero que conozcas a la nueva directora.


–Muy bien, de acuerdo. ¿A qué hora nos vemos allí?


–Dentro de una hora.


Cuando Pedro llegó a la casa, allí estaba el Smart de Paula, pero no había ningún otro coche. Y la razón por la que había llamado a Marcos era, básicamente, para no estar a solas con ella. Respirando profundamente, tomó la carpeta de información que había reunido para Paula y subió los escalones del porche. Tenía la angustiosa impresión de que era un hombre dirigiéndose hacia su destino. 




Paula paseaba por la casa O’Brian, pensativa. El día anterior le había parecido preciosa y llena de promesas. Aquella mañana, con el cuaderno en la mano, le parecía un proyecto lleno de dificultades. Como su encuentro con Pedro. Se habían besado. No había sido un beso apasionado. De hecho, había sido algo casi platónico. Un roce más que un beso. Pero la ternura de sus labios había despertado en ella algo que estaba dormido. ¿Sería la esperanza? ¿La esperanza de que hubiera un hombre decente en el mundo? ¿La esperanza de poder confiar otra vez? Pero él había mentido sobre sus razones para ir a verla. ¡Y ésa no era una buena base para una relación!


–No tengo una relación con Pedro –se dijo a sí misma. Pero su voz hizo eco en la casa vacía.


Aunque Pedro no había mentido exactamente. Sólo omitió contarle que Valentina lo había llamado por teléfono. Pero no había sido idea suya ir a verla… no había querido que trabajasen juntos en la casa O’Brian. En realidad, debería estar furiosa con él.


–Debería haberle dado una bofetada. Y quizá lo haré la próxima vez que le vea.


Ella no era una mujer apasionada ni dada a arranques de temperamento. Por otro lado, seguía intentando descubrir quién era. Quizá era una de esas mujeres que podían abofetear a un hombre y volverle la cara. Desagraciadamente, esa idea la hizo reír. Tenía treinta y ocho años y estaba riéndose como una colegiala pensando que iba a darle una torta a Pedro. Era una persona diferente a la que había sido el día anterior. Antes de que ese maldito beso lo estropease todo.


–Concéntrate –se dijo a sí misma, percatándose de que estaba adquiriendo el hábito de hablar sola. Desgraciadamente, eso decía de ella mucho más que la bofetada. Era una excéntrica, una solitaria. Era lógico que se entendiera tan bien con Diana Housewell…


–¿Paula?


Ella se quedó inmóvil. ¿Estaba preparada para verlo de nuevo? Era una bobada querer esconderse en un armario, desde luego. Además, no serviría de nada. 


–¡Estoy arriba! –gritó, estirándose la falda. 


Lamentaba ahora que el traje fuera tan sencillo: una falda gris con rebeca a juego y zapatos planos. No era un atuendo adecuado ni para un beso ni para una bofetada… aunque quizá sí lo era para alguien escondido en un armario. «No mires sus labios», pensó, mientras oía sus pasos por la escalera. Pero cuando Pedro entró en la habitación, lo primero que hizo fue mirar sus labios. Eran unos labios muy sensuales y… Pero no podía pensar en eso. Podía pensar en cualquier cosa menos en eso.


–Buenos días.


–Hola, Paula.


Su voz era tan masculina, tan profunda, tan sensual. «Deja de pensar tonterías».


–Se me había olvidado…


–¿Qué te parece si…?


Los dos habían empezado a hablar a la vez y se echaron a reír, incómodos. Paula, que estaba mirando sus zapatos, levantó la cabeza y… ¡Pedro estaba mirando sus labios! Y en aquel momento lo último que se le ocurriría era abofetearlo. Incluso si volvía a besarla.


Promesa: Capítulo 15

 Pedro llegó a la puerta de su casa y respiró profundamente, como si hubiera salido vivo de un campo de minas. Mientras conducía iba tan distraído que era un milagro que no le hubiese pasado nada, desde luego. Había besado a Paula. Paula, la viuda de su mejor amigo. Había sido un beso rápido, apenas un contacto… pero la había besado. Y ese beso le había mostrado algo que estaba perdido dentro de él. Lo había turbado mucho más de lo que debería.  Cuando entró en el salón de su casa, su sitio favorito, miró alrededor con cierta desesperación, deseando que sus cosas lo devolvieran a la realidad. El sofá y el sillón de cuero eran grandes, masculinos, tan sólidos como antes de ir a casa de Paula. En aquella habitación había recuerdos de todos sus viajes: esculturas africanas, un paño de seda de la India, una alfombra persa que había comprado, regateando, en un mercado turco, una taza de peltre de Londres. Sus cosas. Que siempre lo habían hecho sentir cómodo, a gusto con su casa y consigo mismo. Pero aquella noche todo era diferente. Aquella noche la había besado  y era como si, de repente, todo lo de antes hubiera sido una ilusión. Un hombre no podía llenar su alma con posesiones materiales. Esas cosas no podían tocar aquel sitio en su corazón que, había descubierto repentinamente, estaba vacío.


Haciendo un esfuerzo para olvidar lo que acababa de descubrir sobre sí mismo, que era un hombre profundamente solitario, Pedro tocó la madera de un baúl de madera que había comprado en China. No sintió nada. Su casa olía a… nada. Y él quería que oliese a galletas de chocolate. Entonces miró el reloj. No era demasiado tarde para ir al supermercado. Podría hacer galletas para él solo. Podía llenar su casa de aquel aroma. No necesitaba a Paula. Pero sería una tontería. ¿Hacer galletas a las once de la noche? Suspirando, abrió las puertas del armario que escondía la televisión y se dejó caer en el sofá. Empezó a buscar con el mando para ver si encontraba algo que distrajera su atención, pero nada le interesaba. Había besado a Paula Chaves. Cuando sus labios rozaron los de ella fue como si… como si hubiera esperado toda su vida para llegar a ese momento. Todo lo demás, sus viajes, su trabajo, su colección de recuerdos, palidecía por comparación. Todos los momentos de alegría y los momentos de tristeza de repente se convertían en algo trivial e insignificante. En la oscuridad de los ojos de ella, en la suavidad de sus labios, había encontrado el único sitio al que no había viajado nunca: su propio corazón.


–Tengo que alejarme de ella –murmuró, desesperado.


En el espacio de unos segundos, en el roce de sus labios, se había perdido a sí mismo. Y lo peor de todo era que tendría que volver a verla. 

Promesa: Capítulo 14

 Desde el divorcio, Pedro había viajado más que nunca. Había estado en Jordania, respirando el aroma de los jazmines, el de las especias en India, el de las rosas en los jardines ingleses. Pero, sentado allí, en la humilde cocina de Paula, estaba seguro de no haber respirado nunca un aroma tan exótico, tan excitante, como el olor del jabón mezclado con el de las galletas. Ella estaba allí, concentrada en los presupuestos. Y era como volver atrás veinte años. Parecía la joven que había sido: valiente, animosa, dispuesta a todo. Pero su rostro había madurado de una forma que la hacía más bella que antes. Y hablaba en serio cuando le dijo que estaba más guapa que nunca. Y con aquel jersey de angora… Entonces sonó el teléfono. Quizá por fortuna.


–Es Valentina –sonrió Paula–. ¿Cómo estás, cariño?


Salió al pasillo para hablar con su hija y cuando volvió a la cocina su expresión había cambiado por completo.


–¿Esto ha sido idea de mi hija? ¿Has pasado por aquí esta mañana porque ella te llamó por teléfono?


–Bueno… sí y no –contestó Pedro.


–¿Te importaría aclararlo?


–Sí… bueno, Valu me llamó porque estaba preocupada. Habías vendido la casa, el coche… me pidió que viniera a verte porque… pensaba que te sentías sola –se defendió él.


–Llévate tus galletas y vete de mi casa.


–Paula, por favor…


–¡No me digas nada y vete de aquí!


–Pero tienes que escucharme.


Naturalmente, Paula no estaba dispuesta a escuchar nada. De hecho, parecía dispuesta a tirarle algo. Y lo hizo. Tomó una pasta de la caja y se la tiró a la cabeza. Pedro se apartó y la pasta pasó rozándolo.


–¿Has venido aquí porque te doy pena?


–Si fuera por eso por lo que he venido… –otra pasta pasó rozándole una oreja– no es por eso por lo que sigo aquí. Paula, cuando te ví hablando con Diana me dí cuenta de que la casa O’Brian y tú eran perfectas la una para la otra.


–Vete.


–No hasta que resolvamos esto de una forma madura.


–Yo no quiero resolver nada.


Pedro dió un paso adelante.


–¿Qué haces? –exclamó Paula, amenazándolo con una nueva pasta–. No des un paso más.


–Tienes chocolate ahí –dijo él, rozando sus labios con un dedo.


Paula no se movió. No se apartó ni le dio una bofetada. Lo miraba como pidiéndole que explicase por qué estaba allí. Y no quería que dijera que le daba pena. Ni porque fuera patética. Sino porque la encontraba irresistible. Más guapa que nunca. Pedro se llevó el dedo con chocolate a los labios y ella formó una O adorable con los suyos. Y, de repente, sin pensar, se inclinó para besarla. Sólo entonces se dió cuenta de que llevaba veinte años queriendo hacer eso. Por eso su amistad con Paula siempre le había parecido algo más. El contacto de sus labios lo había despertado… y le hizo dar un paso atrás, atónito. También había sorpresa en los ojos de Paula.


–Bueno –murmuró–. Bueno…


–Supongo que debería irme.


–Sí, supongo que sí –asintió ella, aunque sin convicción.


Pedro dió un paso atrás. Se alejó de aquello que lo empujaba hacia ella.


–Te necesito –dijo entonces–. Quiero decir, la casa O’Brian te necesita.


Paula asintió con la cabeza.


–¿Entonces, lo harás?


Ella asintió de nuevo, como si estuviera en trance.


–Muy bien –Pedro empezó a guardar los papeles en su maletín, intentando recordar qué debía dejar allí y qué debía llevarse. Luego se volvió, temiendo que si la miraba a los ojos de nuevo, no podría controlarse. Tiraría el maletín y se lanzaría a sus labios como un bucanero.


¿Un bucanero en un barco pirata?, se dijo a sí mismo, irónico. «Pedro, despabílate».


–Buenas noches –se despidió, dirigiéndose a la puerta. 


–Pedro –lo llamó ella cuando tenía la mano en el picaporte.


–¿Sí?


–Gracias –dijo Paula–. Por las galletas –añadió rápidamente.


Pero los dos sabían que no era a eso a lo que se refería. Y Pedro sabía que sería tentar a los dioses decir una sola palabra. Porque estaban a un paso del peligro. 

Promesa: Capítulo 13

 –Cuidado, te estás manchando de harina –dijo él entonces, para romper la tensión.


–No pasa nada.


Charlando y riendo, prepararon la masa para las dos galletas, le dieron forma y las metieron en el horno.


–Muy bien. Ahora podemos ponernos a trabajar… Pero te has manchado el jersey de harina.


Paula bajó la mirada. La tensión que había entre ellos aumentaba por momentos. Muy bien, si él intentaba limpiar esa mancha de harina, estaban perdidos. Afortunadamente, no lo hizo. Una vez sentados, Pedro sacó unos papeles del maletín.


–Esto es lo que pagamos por la casa.


–Pues me parece una ganga –murmuró ella.


–Ése es mi trabajo, encontrar gangas. Yo busco lo que todos los demás se pierden.


–Otros vieron el trabajo y el dinero que habría que invertir. Tú viste el resultado.


–Exactamente. Y éste es mi presupuesto para la reforma.


Paula tragó saliva.


–Es muchísimo dinero, Pedro. Y yo hace años que no hago nada de esto…


–Pero puedes hacerlo.


–¿Cómo lo sabes?


–Lo veo en tu cara.


De nuevo, Paula tuvo que controlar el deseo de echarse a llorar. ¿Por qué le hacía eso? ¿Por qué veía en ella cosas como belleza y talento cuando nadie las había visto en tanto tiempo? ¿Y por qué que Pedro Alfonso creyese en ella hacía que ella creyera en sí misma?


–Yo creo que podríamos vender la casa por esta cantidad… después de las reformas.


–La carrera de mi hija está a salvo contigo, ¿No?


–Bueno, hay muchas variables entre esta estimación y la realidad. Pero tiene que estar por ahí.


Paula se dió cuenta de que ella era también una variable. Pedro la veía como una mujer preciosa y capaz de llevar a cabo ese trabajo, pero ¿Y si no lo era? De repente, sintió miedo de fracasar. Pero entonces pensó que la casa también era muy bella y que necesitaba a la persona adecuada para descubrir toda su gloria. Y esa persona era ella. Sus dudas desaparecieron mientras estudiaban los presupuestos de los contratistas. Era una tarea emocionante… Pero en ese momento sonó el timbre del horno.


–Te dejo todos estos papeles para que eches un vistazo… No, siéntate. Yo las sacaré del horno. La presentación es esencial en los negocios. 


Casas antiguas o galletas, aquel hombre sabía cómo hacer las cosas. Pedro encontró una bandeja y colocó las dos galletas. La de él, bastante deforme, la de ella, perfectamente redonda.


–Prueba la mía. A ver qué te parece.


–A ver… no está mal –sonrió Paula, después de dar un mordisco.


–Y ahora, veamos la tuya… no sé, a mí no me gusta del todo. Demasiado perfecta.


Paula probó su redonda galleta.


–Tienes razón. La galleta número uno es la ganadora.


Y luego se comieron las dos mientras hablaban del presupuesto para la casa O’Brian. 

jueves, 22 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 12

 Aunque al mirarse en el espejo, notó ciertas señales de edad: delicadas arruguitas alrededor de los ojos, una arruga en el entrecejo, la típica arruga de preocupación, el óvalo de la cara menos pronunciado que antes. Quizá era por eso por lo que cuando dieron las ocho y media estaba tan nerviosa como una adolescente esperando que llegase el chico que iba a llevarla al baile.


–Ridículo –se dijo a sí misma–. ¡Es Pedro!


Un hombre al que conocía desde siempre. Qué absurdo sentir ansiedad. Pero así era. De hecho, estaba de los nervios cuando abrió la puerta. Justo a las ocho y media. Puntual, pensó, como si estuviera evaluándolo para… ¿Para qué? Para el futuro. Enfadarse consigo misma por portarse de una forma tan juvenil no sirvió para terminar con la evaluación. Cuando lo miró de cerca, descubrió que también podían verse en él signos del paso del tiempo: las mismas arruguitas alrededor de los ojos que parecían llamar la atención hacia sus largas pestañas, canas entrelazadas en el pelo castaño que lo hacían parecer más… interesante. ¿Por qué la madurez hacía que algunos hombres fuesen más atractivos que nunca? Pedro iba en vaqueros y con una camisa de color verde bosque que destacaba aún más el color de sus ojos. No se había afeitado, pero sí se había pasado el peine, aunque aquel mechón seguía siendo igual de rebelde que por la mañana. Sus dedos cosquilleaban por el deseo de echárselo hacia atrás, de modo que se puso las manos a la espalda. Por si acaso.


–Hola.


–Te he traído un regalo –dijo Pedro, con el maletín en la mano y una bolsa en la otra.


–¿Un regalo? ¿Por qué?


–Para tu casa.


–Pero no tenías que hacer eso –replicó Paula. Aunque, secretamente, se alegraba.


Había apartado la mayoría de las cajas del salón, de modo que podían sentarse allí, pero Pedro miró alrededor y se dirigió a la cocina. ¡Ah, muy bien, ya se sentía como en su casa! Después de dejar el maletín en el suelo, empezó a sacar cosas de la bolsa y Paula tuvo que soltar una carcajada. Era masa para hacer bollos. O galletas.


–Ya te dije que sabía de repostería. Y, por cierto, también he traído trocitos de chocolate para ponerlos en las galletas.


–¡Qué maravilla!


–Ya sabía yo que dirías eso.


–¿Por qué?


–Imaginaba que serías una de esas chicas que adoran el chocolate.


Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba «chica». Y le gustó.


–Además, he traído otra cosa –Pedro sacó de la bolsa una caja de pastas.


–Ah, las traes ya hechas, por si acaso –rió Paula.


–Podemos dejarlas para otro día, si quieres.


«Para otro día».


Allí era donde estaba el peligro. No en el hecho de que hubiera aceptado un trabajo, sino que hubiera aceptado a Pedro de nuevo en su vida.


–¡Y también he traído esto! –siguió él, sin percatarse de su incomodidad.


Luego, riendo, le mostró un bote de disolvente industrial. Y Paula se sintió ridículamente emocionada por el gesto.


–Gracias –dijo, apretando el bote contra su corazón–. Ahora tengo un plan estupendo para el sábado por la noche.


Una sombra apareció en los ojos verdes.


–¿Ah, sí? ¿Burbujas, velas?


–¡No, me refería a limpiar la bañera!


–Ninguna mujer está tan obsesionada con limpiar una bañera si no tiene una buena razón para ello.


–Pues… –Paula no sabía qué decir. ¿Y por qué la miraba así? ¿Estaría pensando reunirse con ella en la bañera?


Pero debía de estar equivocada porque Pedro se dió la vuelta tranquilamente.


–¿Una pastita?


–Ah, sí, claro.


–Y ahora mira y aprende –sonrió Pedro, sacando la masa pastelera de su envoltorio de plástico–. Hacer galletas es un arte.


–¿Ah, sí? No te creo.


–Muy bien, yo haré una galleta y tú harás otra. A ver cuál es la mejor.


–¿Piensas usar las manos? ¿No sabes que existen utensilios de cocina? –rió Paula.


–¿No te gusta que use las manos? Pues no he traído guantes de plástico.


¿Cómo iba a ponerle pegas a sus manos si tenían un aspecto tan… comestible? 


–No, no, me parece bien –murmuró, cortada.


–No arrugues el ceño, sólo vamos a hacer galletas.


–A mi edad, ya he aceptado que tengo arrugas. Una nueva cada mañana.


–¿Ah, sí? Pues yo no te veo ninguna. Yo diría que estás preciosa. De hecho, estás más guapa que nunca.


Los dos se quedaron parados. Por un momento, Paula tuvo la impresión de que iba a ponerse a llorar. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que alguien le dijo que era guapa. Tanto, tanto tiempo.


Promesa: Capítulo 11

 -¿Puedo pasar por tu casa esta noche?


Pedro había parado el Cadillac delante de su casa y estaba mirando el reloj. Ese gesto, aunque quizá poco importante, recordó a Paula que ella no era una persona ocupada, con muchas cosas que hacer. Su hija había sido la razón por la que se levantaba cada mañana y ahora estaba a cuatro mil kilómetros de casa… y su vida, a veces, le parecía insoportablemente vacía, sin propósito alguno. Y, sin embargo, aquella mañana la garza real le había parecido insuficiente. Su casa le había parecido insuficiente. Qué curioso que fuera precisamente un hombre quien había despertado esa repentina insatisfacción… No quería que Pedro se fuera. Le gustaba estar con él. Ver garzas reales al amanecer no iba a ser suficiente para curarla de su soledad, pensó. Incluso antes de la muerte de su marido, Valentina lo era todo en su vida… ¿Habría usado a Valentina como excusa para no relacionarse con los demás? ¿Se habría convertido en una reclusa, sin dejar que otras personas se acercaran a ella? ¿Se habría convertido en una mujer solitaria y patética? Bueno, pues si era así, estaba decidida a no seguir siéndolo.


–¿Esta noche? Lo siento, Pedro, pero tengo planes.


Él levantó una ceja. Pero Paula no pensaba contarle nada. Que pensara que tenía una cita, por ejemplo. Aunque sus verdaderos planes no eran muy emocionantes: limpiar la bañera para intentar quitarle las manchas de óxido y abrir cajas. Pero él no tenía por qué saberlo.


–Muy bien. ¿Qué tal mañana? Traeré el presupuesto y una lista de mis contratistas favoritos. ¿Quieres un salario o ir a porcentaje?


–A porcentaje –contestó Paula, sin dudar. 


De repente, se dio cuenta de que tenía otro objetivo en la vida. No quería jugar a nada con Pedro. Eso sería como su matrimonio, un juego de ajedrez que nunca produjo nada que se pareciera a una intimidad real. La nueva y mejorada Paula Chaves no iba a jugar ni a manipular la impresión que otros tuvieran de ella.


–Bueno… ¿Por qué no te pasas por aquí esta noche? En realidad, lo que tenía planeado no es tan urgente. Iba a limpiar la bañera.


–Ah, genial. Cuanto antes empecemos con esto, mejor. ¿Te parece bien a las ocho y media?


–Sí, está bien.


Pedro desapareció, diciéndole adiós con la mano, y ella se quedó en la puerta, pensativa.


–Paula… estás jugando con fuego.


Luego dejó escapar un suspiro. Tenía muchas cosas que hacer… ¡Y ni siquiera había empezado a abrir cajas! Estaba empezando una nueva vida. Una vida en la que podría haber tiempo para observar a las garzas reales y renovar una casa preciosa… Una vida mucho más interesante que el mundo pequeño y seguro en el que había querido esconderse cuando compró aquella propiedad.


–Esto va a ser bueno para tí –se dijo a sí misma, con determinación.


Luego, aunque sabía que sacar las cosas de la cocina era una de las prioridades, fue al dormitorio y empezó a buscar en las cajas. Encontró sus perfumes y sus cosméticos, un suave jersey blanco de angora, unos pantalones negros y unos pendientes con un diamante diminuto y pulsera a juego. Luego, como si no tuviera miles de cosas urgentes que hacer, se probó el atuendo. La imagen que vio frente al espejo era perfecta: suave, seductora… pero discreta al mismo tiempo.


–¿No decías que no querías manipular la impresión que dabas a los demás?


¡Pero ella no estaba intentando manipular nada! Sólo quería estar atractiva para que Pedro olvidase la triste imagen del pijama rosa. No había nada malo en intentar mostrarse atractiva. Aunque hubiera pasado más de un año desde la última vez que hizo el menor esfuerzo. Después de elegir el conjunto, Paula pasó el resto de la tarde sacando cosas de las cajas. Incluso encontró tiempo para limpiar la bañera. Más tarde se dió una ducha, se vistió y consiguió darle a su pelo cierta semblanza de orden. Como toque final, un poquito de perfume y un poquito de maquillaje. 

Promesa: Capítulo 10

 –¿Y podría verlas?


–¿Para que? –respondió la mujer, suspicaz.


–Diana… su familia vendió esta casa cuando su madre murió.


–¡Pero yo no quería venderla! ¿Cómo pudieron hacerme eso?


–Supongo que no podían pagar todos los arreglos que eran necesarios para que siguiera siendo habitable. O quizá no estaban interesados. Va a costar mucho, pero esta casa merece ser restaurada para que recupere su belleza original. Por eso me gustaría ver las fotos. Y espero que usted me ayude.


Diana miró a Pedro como diciendo: «¿Lo ve? Alguien reconoce el valor que tengo para esta casa». Pero él se preguntó si Paula sabía dónde se estaba metiendo al pedirle ayuda. Y entonces se le ocurrió que parecía muy interesada, como si de verdad fuera a ocuparse de las reformas. Diana empezó a hablar de los bailes que organizaba su padre, de los invitados que llenaban el jardín… y Paula escuchaba con el interés y la compasión de alguien que sabe lo que es el sufrimiento, lo que es perder lo más querido. Y no sólo por culpa de Antonio. Le debía algo, pensó Pedro. Y Valentina sabía eso cuando lo llamó. No había hecho lo decente al mantener en secreto lo que sabía de Antonio durante tantos años. Pero ¿Qué haría con el secreto que aún guardaba? ¿Destrozaría a Paula del todo saber hasta dónde había llegado la infidelidad de su marido?


–No creo que podamos hacer las cosas exactamente como usted quiere que se hagan –estaba diciendo Paula en ese momento–. Pero quiero que sepa que conservaremos el espíritu de la casa y preservaremos su dignidad. Va a quedar maravillosa cuando hayamos acabado con ella.


Diana, que con Pedro se había portado como si fuera una tirana, se puso a llorar. Aquello era exactamente lo que esperaba, que la casa fuera querida y respetada, que se conservaran los recuerdos, que se honrase a su familia. Pedro sacudió la cabeza. Paula había sabido cómo tratar a Diana desde el primer momento y ahora lo miraba con una sonrisa de satisfacción en los labios. Antonio y él no habían podido poner nunca el corazón en el negocio. Ella sí.


–Vas a hacerlo, ¿Verdad? –le preguntó después, cuando se despidieron de Diana.


–¿Qué? 


–Vas a encargarte de las obras de restauración.


Pedro sabía que Paula quería negarse. Y también sabía que no sería capaz de hacerlo.


–Me encantaría, sí.


Fuera lo que fuera lo que parecía estar uniéndolos de nuevo hizo que suspirara, satisfecho. Lo que no sabía era si él podría resistirse ante tanta belleza. Y no la belleza de la casa, sino la de sus ojos.