jueves, 22 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 9

 Pero estaba enredando su vida con la de Paula y eso era más de lo que le había prometido a Valentina. Aunque le gustaba ella. Siempre le había gustado. Y siempre había sabido que se había casado con un hombre que no era para ella. Un hombre que no la merecía. Pedro dejó escapar un largo suspiro. Paula lo miró y él temió por un momento que pudiera leer sus pensamientos. ¿Por qué le había preguntado antes si salía con alguien? ¿Cuántas razones podía haber para que una mujer le hiciera esa pregunta a un hombre? Se le ocurrió entonces que, aunque Paula y él se conocían desde hacía mucho tiempo, aquél era territorio nuevo para ambos. Por primera vez, ninguno de los dos estaba con nadie… ¡Y él se había ofrecido a hacerle galletas! ¡Eso, para una mujer viuda, debía de ser prácticamente una pedida de mano! Y si había algo que él no pensaba volver a hacer nunca era casarse. Cuando firmó los papeles del divorcio enterró una parte de sí mismo. La parte que podía resultar herida por otra desilusión.


Y, la verdad, le gustaba estar solo. Le gustaba la libertad de tomar su moto e ir donde le viniera en gana sin tener que dar explicaciones a nadie. Le gustaba poder reservar una habitación de hotel en Borneo o en México. Le gustaba despertar de madrugada y ponerse a jugar al ajedrez por Internet. ¡A Pedro Alfonso le gustaba ser soltero! Y ese algo que había sentido en la habitación de Paula podía poner en peligro su libertad. Pero no debía preocuparse. Por la expresión de Paula, preferiría compartir coche con Atila, el rey de los Hunos. Poco después entraron en la zona de Mount Royal, sobre una colina al sur del centro de la ciudad. Creado entre 1904 y 1914, había sido un barrio de lujo desde el principio. Los jardines eran grandes, las casas hermosas, las calles flanqueadas por árboles. A pesar de alguna construcción que no pegaba nada, seguía siendo un sitio para gente con dinero. La casa más barata se vendía por un millón y medio de dólares y por algunas se pagaba hasta tres veces esa cantidad. Pedro detuvo el coche frente a la casa O’Brian, una construcción típica de la zona. Tenía porches cubiertos en los dos pisos, grandes ventanales con los cristales emplomados originales y un enorme jardín. A pesar de la alegría que le daba ver una casa tan bonita, no pudo evitar un gemido. Porque la otra mujer en el mundo que lo veía como a Atila estaba sentada en el porche de su casa, en una mecedora, como si aún fuera siendo la propietaria.


–Ahí está Diana. Ten cuidado. Seguramente tendrá una escopeta de perdigones.


Diana, por supuesto, tenía el aspecto de una ancianita encantadora, de modo que Paula lo fulminó con la mirada y salió del Cadillac como si oliera mal.


–Paula Chaves, Diana Housewell –las presentó Pedro cuando la anciana bajó los escalones para recibirlos.


Lo que habría querido decir era: «Diana, sal ahora mismo de mi propiedad», pero no quería que Paula supiera lo malvado que podía ser.


–Antes me llamaba O’Brian –explicó la mujer, para dejar claro que aquella mansión había sido suya.


–¿Ah, sí? ¿Le importaría enseñarme la casa? –sonrió Paula, tomando el brazo de la mujer.


–Por supuesto –contestó ella, mirando a Pedro con cara de satisfacción.


Fue él, naturalmente, quien abrió la puerta y luego las dos mujeres se dedicaron a explorar, dejándolo atrás.


El abuelo de Diana había sido el primer propietario de la casa y cada una de las habitaciones tenía una historia, pero el estado del interior era terrible. Los suelos de madera necesitaban ser pulidos con urgencia, las paredes estaban desconchadas, había que cambiar las cañerías y el cableado eléctrico… La cocina había sufrido grandes daños después de la rotura de una cañería y algunas de las paredes seguían empapadas, de modo que todo olía a humedad. Pero la estructura de la casa, la escalera, los cristales emplomados, los techos altos, los detalles arquitectónicos que ya nadie podía permitirse… en resumen, que era maravillosa. Pedro conocía bien el mercado de Calgary y, aunque tuviera que invertir cien mil dólares para reformarla, merecería la pena porque después habría centuplicado su precio. Cuando miró a Paula, ella le devolvió una mirada casi sin querer. También ella amaba las casas antiguas, las que habían visto pasar generaciones y generaciones; en fin, las que tenían personalidad.


–¿Tiene fotografías antiguas de la casa, Diana? –le preguntó.


–Cientos de ellas. 

martes, 20 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 8

 Lo encontró fuera, esperándola, diez minutos después. Se había puesto los pantalones de color crema, la blusa azul de seda… y nada de maquillaje. Aunque no por decisión propia. Sencillamente, no había sido capaz de encontrar la bolsa de los cosméticos. Y llevaba el pelo tan despeinado como antes. Un pelo de punta que habría provocado un desmayo de Valentina. Pedro estaba inspeccionando su coche.


–Muy mono –dijo, sonriendo.


Paula se tocó el pelo. «Mono» no era lo que esperaba. Más bien «atractivo». Entonces  se dió  cuenta de que se refería al coche. Era un Smart, otro de los cambios en su vida, en lugar del Mercedes. Aunque lo fabricaba la misma casa.


–Valentina lo llama la «lata de judías». No puede creer que cambiase un Mercedes SL-500 por esto.


Pero Paula no pensaba lo mismo. Para ella era un paso adelante. O hacia atrás, hacia la joven que había sido una vez. Estaba harta de desperdiciar. El filete Wellington y el salmón tirados a la basura eran un buen ejemplo. Ahora los excesos le parecían intolerables. Ella ya había tenido el sueño: la casa frente al río, el cochazo, las joyas, los criados… y le habían chupado la energía como si se tratara de un vampiro. Ella quería simplicidad, quería volver a ser quien había sido.


–¿Te gusta? –preguntó Pedro, abriendo la puerta de su Cadillac.


–Me encanta.


–Pues me alegro por tí.


–¿Y a tí te gusta éste?


–Es una necesidad, parte del negocio. Llevo a los clientes a ver casas y quiero que el viaje sea tan cómodo y tan seguro para ellos como sea posible.


Paula asintió con la cabeza. Era tan diferente de Antonio, que sólo estaba interesado en el aspecto de las cosas, en manipular la impresión que causaba en los demás. Un coche como aquél, para Antonio, jamás habría tenido nada que ver con la comodidad de los clientes. ¿Y no era peligroso que comparase a Pedro con su difunto marido?


–Ya me conoces, Paula…


¿Lo conocía? Quizá no. Recordaba aquellos días, tras la muerte de Antonio, cuando empezó a averiguar la verdad… esa sensación de no conocer a nadie. Especialmente a sí misma. 


–Si no estuviera en este negocio seguramente seguiría llevando la moto. Sigo teniendo una y la uso durante los fines de semana.


¿Solo?, le habría gustado preguntar. Pero ya le había preguntado si tenía una relación y eso era mucho preguntar.


Durante el viaje, Pedro le habló de las personas a las que ella había dado la espalda. La vida, aparentemente, había seguido adelante para todos. Habían nacido niños, varias parejas se habían casado y divorciado, los padres de algunos amigos habían muerto… Le gustaba cómo conducía, sin mostrarse agresivo, sin mostrar impaciencia por el tráfico.


–Esa pobre chica tiene un serio problema –dijo al ver a una joven a un lado de la carretera, con el capó del coche levantado–. Voy a ver si puedo hacer algo.


Unos minutos después estaba de vuelta en el coche con las manos manchadas de grasa. Pero en lugar de protestar se las limpió con un pañuelo blanco como si no pasara nada. Evidentemente, no lamentaba su decisión de parar, aunque se hubiera ensuciado las manos.


–Ha sido un detalle que te parases a ayudarla –dijo Paula.


–No he podido hacer mucho. Sólo echar un vistazo y llamar a la grúa.


Aun así, era un detalle humano a tener en cuenta. Una antigua virtud que casi se había perdido.


–Me recordaba a Valentina –le explicó Pedro después–. Quiero pensar que alguien se pararía para ayudarla… o a tí, si hiciera falta.


Paula consideraba su peor defecto tener un corazón tierno. Guardaba esa parte de sí misma ahora sólo para una persona: su hija. Y, sin embargo, en aquel momento, se sintió invadida por una sensación de ternura. Pero Rick podía haberla ayudado. Podía haberle contado la verdad sobre su marido. Y había elegido no hacerlo. Eso era lo que debía recordar cuando se sentía perdida en el verde de sus ojos, en el aroma de su colonia, en sus manos, tan masculinas, sujetando el volante. Irritada consigo misma, se cruzó de brazos y miró por la ventanilla. Pedro no pudo dejar de notar el cambio de actitud. ¿Por qué? ¿Qué había hecho? ¿Ofrecerse a ayudarla con las cajas, ofrecerse a hacer galletas? Estaba negociando para conseguir lo que quería. Eso era lo que hacía todos los días para ganarse la vida. Eso era lo que se le daba bien. 

Promesa: Capítulo 7

 Ya estaba. Qué alivio. Paula se sentó en la cama, esperando oír el chirrido de la puerta principal, cuyos goznes necesitaban un poco de aceite. Pero lo que oyó fue un golpecito en la puerta de su cuarto. Y se quedó helada, inmóvil. Entonces la puerta empezó a abrirse y Pedro apareció en el umbral. Tan alto, tan guapo. Deseó que entrase y la tumbase en la cama para buscar su boca y… Y era por eso precisamente por lo que no pensaba ir a ningún sitio con él.


–¿Por qué no?


–¿Por qué no qué?


–¿Por qué no vas a venir conmigo?


–¿A ver la casa?


Tenía que concentrarse. Tenía que dejar de pensar en el aroma de su colonia y concentrarse.


–Eso es –dijo él, un poco sorprendido.


–No he sacado mis cosas de las cajas, tengo que ponerle aceite a los goznes de la puerta, tengo que hacer galletas… Una casa no es una casa hasta que has hecho unas galletas.


Hablaba como una idiota, sin pensar. Pero era culpa de Pedro. No tenía ningún derecho a entrar allí, ni a hacerla pensar en cosas que no debería pensar mientras sacaba… o más bien volvía a guardar sus prendas íntimas en una de las cajas.


–Vete, estoy ocupada.


–Si vienes conmigo a ver la casa, yo te ayudaré con las cajas.


Absurdo. Ella no necesitaba ayuda. La estaba confundiendo, poniendo su vida patas arriba cuando había creído que lo tenía todo solucionado.


–Pero quizá no con esa caja en particular –dijo él entonces, con una sonrisa en los labios.


Muy bien, sería muy agradable que alguien la ayudase a sacar sus cosas de las cajas, a mover los muebles más pesados… ¡Pero podía contratar a una empresa de mudanzas para eso! Y si tanto le gustaba ver hombres guapos, podía contratar a un chico de veinte años lleno de músculos. Para mirarlo, nada más. ¡Su hija se pondría enferma si supiera lo que estaba pensando! ¿Por qué, de repente, se sentía más patética que el día que descubrió que su marido la engañaba?


–No, yo…


–Y a hacer galletas. Te ayudaré a hacer galletas. 


Paula se volvió, con las manos en las caderas.


–¡Pedro Alfonso, tú no sabes hacer galletas!


–¿Y tú cómo sabes lo que sé o no sé hacer?


Ahora, sus ojos estaban clavados en los labios de Paula. Con deseo. Y algo más: anhelo. Bueno, eso no era tan sorprendente. Seguramente llevaba solo más tiempo que ella. Pero Pedro podría salir con cualquier mujer que le gustase. Estaba segura de eso.


Paula suspiró. Habría deseado echarse en sus brazos, aceptar su ayuda,aceptar su compañía, pero no podía ser débil. No podía mostrarse débil. Y se mostraría así si no iba con él a ver aquella casa.


–Si no recuerdo mal, tú eras una cocinera malísima. Seguro que le echarías disolvente a las galletas.


Estaba recordando algo que pasó mucho tiempo atrás. Sus primeros esfuerzos en la cocina, de recién casada, habían sido desastrosos. Pero Paula se había aplicado mucho y un día incluso logró hacer un pavo para una tropa de compañeras de Valentina. Aunque Pedro no sabía eso. Sólo sabía que Antonio había contratado a una cocinera en cuanto pudo permitírselo. Y el pavo se había convertido en «perdices con salsa de arándanos». Solía cenar sola. Salmón, ostras, suflé, filete Wellington… pero sola, siempre sola. Se le encogió el corazón como solía pasarle cada vez que recordaba su vida con Antonio. Se recordó a sí misma que sus comidas ahora consistían en un sándwich de manteca de cacahuete o una ensalada de tomate… Y así era como le gustaba vivir. Pero se dió cuenta también de que Pedro le estaba ofreciendo un respiro. Le estaba ofreciendo hacer algo para olvidar todos esos recuerdos y quiso agarrarse a él con todas sus fuerzas.


–Muy bien. Estaré lista en cinco minutos.


Él hizo un saludo con la mano y cerró la puerta. Paula volvió a dejarse caer sobre la cama. Ésa era la verdad: se sentía aliviada porque hubiera ocurrido algo inesperado… incluso por tener compañía. Estaba asombrada por tener sentimientos que no había esperado experimentar nunca más. Disgustada, desde luego, pero viva. Tan viva como se había sentido por la mañana mientras miraba la garza real.


–Paula –se dijo a sí misma–. Recuerda lo del reto a los dioses. Cuidado con la felicidad. 

Promesa: Capítulo 6

 -Tengo que cambiarme –dijo Paula, mirándose los pantalones arrugados del pijama. Y la camiseta gris… ¿por qué no se había puesto otra cosa?


Por la sorpresa, se dijo. La sorpresa de ver a Pedro de nuevo. Por eso había dicho que sí. Por eso iría a ver aquella casa… cuando no tenía ningún sentido hacerlo. Pedro Alfonso estaba ejerciendo el efecto más extraño en ella. Con su estatura hacía que la cocina pareciese aún más pequeña de lo que era. El aroma de su colonia la mareaba… la hacía sentir un extraño cosquilleo en el bajo vientre. Pedro y ella se conocían desde hacía veinte años y nunca antes había reaccionado así… Por supuesto, ella nunca antes había estado soltera y disponible. ¿Disponible? ¿Por qué se le había ocurrido eso? ¿Y cómo podía saber si él también lo estaba? No había vuelto a casarse, pero eso no significaba que no tuviera pareja. No había vuelto a tener trato con él, pero su hija sí. Pedro era su padrino, su tío honorífico. ¿De tener pareja se lo habría contado Valentina o eso le parecerían cosas de viejos a una chica tan joven? De repente, lamentó no haber devuelto ninguna de las llamadas de los empleados de la agencia.


–Pedro, ¿Estás…?


Se le atragantó la frase cuando él la miró. Al fin y al cabo, no era asunto suyo.


–¿Si estoy qué?


«¡No preguntes!».


–Si estás… en fin, saliendo con alguien.


¡Lo había preguntado! Por eso se había vuelto una reclusa, porque no podía confiar en sí misma. Sabía que su interés sólo podía ser interpretado de una manera…


–No.


Paula salió prácticamente corriendo de la cocina para entrar en su cuarto. Enfadada consigo misma, cerró la puerta y se apoyó en ella, suspirando. Valentina había insinuado que estaba perdiendo la cabeza. ¿Sería verdad? ¿Sería por eso por lo que se comportaba como una tonta delante de Pedro?


–No sales lo suficiente –dijo en voz alta.


De modo que iría con él a ver la casa. Sin duda, después de una hora, los latidos de su corazón volverían al ritmo normal. Por supuesto, se negaría a dirigir el proyecto de reformas de la casa eduardiana, por maravillosa que fuera. Luego llamaría a su hija y más tarde se apuntaría al club de observadores de pájaros. Y quizá había llegado el momento de empezar a buscar trabajo, aunque el dinero no era un problema para ella. Media hora antes estaba contenta con su nueva casa y su proyecto de vida y ahora… ahora se daba cuenta de que necesitaba algo que la hiciera menos susceptible ante la presencia de un hombre guapo. Mientras tanto, debía borrar la impresión que debía haber dado con aquel pijama. No quería que Pedro pensara que era una excéntrica, una loca que se había dejado ir tras la muerte de su marido. Pero cuando iba a abrir el armario recordó que la mayoría de su ropa seguía estando en cajas. Durante los últimos meses se había preocupado más bien poco de su vestuario. Especialmente porque ya no había nadie que arrugase la nariz. Su hija no podía regañarla diciendo: «¿Mamá, de verdad te vas a poner eso?». Y ya no tenía un marido al que, durante años, estuvo intentando conquistar, sin conseguirlo. De modo que sólo usaba vaqueros y camisetas. Y se sentía más cómoda que nunca. Ahora, de repente, tenía que volver a preocuparse por la ropa. ¿El pantalón beige con la blusa azul de seda? ¿Qué había en su armario? Prácticamente nada. ¿Debía ponerse pendientes, pintarse un poco? ¿Qué podía hacer con su pelo, que se negaba a dejarse domar por el peine? De repente, Paula tomó una decisión.


–¿Pedro? –lo llamó.


–¿Sí? –contestó él desde la cocina.


–No puedo ir. Pero gracias por pasar por aquí. 

Promesa: Capítulo 5

 –Tengo un problema con una casa.


-Ah. 


Pedro vió un brillo de interés en esos ojos que tanto lo turbaban.


–Es una casa de estilo eduardiano, construida en 1912. En Mount Royal. 



Paula apenas pudo contener un suspiro.


–Es una pesadilla –siguió Pedro. 


Luego le habló de los daños provocados por una inundación, las malas reformas que había sufrido durante los años y, especialmente, sobre la hija de la antigua propietaria, que había ido a la agencia llorando: «Tiene setenta y dos años y se tumbó delante del bulldózer cuando intentamos arreglar el porche. Ahora ha hecho que los vecinos firmen un montón de peticiones. Dos de los arquitectos han tirado la toalla».


–¿Y qué quieres que yo haga? –preguntó Paula.


–Que seas la directora del proyecto de reforma.


–No puedo hacer eso.


–Ayúdame, Paula. He cometido un error –admitió él–. Me encanta esa casa. La compré por pura emoción… y ya sabes que eso no es bueno.


La emoción, se recordó a sí mismo, siempre era algo malo. Siempre. Y por eso debía tener mucho cuidado con Paula. Porque sentía cosas que no debería sentir. 


Ella se dió la vuelta y lavó su taza de café en el fregadero, pero no antes de que Pedro hubiera visto algo en sus ojos. Recuerdos. Ése era el problema. Sus vidas se entrecruzaban y se separaban para juntarse de nuevo. En sus ojos había visto todos esos recuerdos como si fuera una pantalla de vídeo. Ella y Antonio, tan jóvenes, al principio, comprando esas casas horribles, pintándolas ellos mismos, poniendo macetas, haciendo reformas con sus propias manos y luego cruzando los dedos cuando ponían el cartel de "Se vende".


–Flip-flop –recordó en voz alta. 


Así era como Paula había querido llamar a la empresa. Antonio se negó, él quería un nombre más sofisticado. El que obtuvieron después de combinar los dos apellidos.  Paula se volvió, con una media sonrisa, y Pedro vió anhelo en sus ojos. ¿Anhelo del pasado? ¿De las risas y la emoción de las primeras ventas? ¿De esos primeros años? Valentina le había pedido que la ayudara. Más que eso, se lo había rogado. Y Paula seguía amando las casas viejas tanto como él, incluso más.


–¿Lo harás? Al menos, ve a verla. El dinero de esa casa es lo que pagará la universidad de tu hija.


–No, me parece que no.


Era la negativa que había esperado oír.


–Pero sigues siendo la copropietaria de la agencia.


–No, de verdad –contestó Paula, señalando las cajas–. Tengo un millón de cosas que hacer. De verdad.


Fue el hecho de que repitiera «de verdad» lo que hizo que Pedro supiera lo que «de verdad» quería Paula.


–Ayúdame a hablar con esa mujer por lo menos. Échale un vistazo a la casa…


–¿Para qué? No me necesitas para nada.


Ella no era la única persona perceptiva, pensó Pedro. Porque en esa frase estaba la verdad. Que necesitaba que alguien la necesitase; que la muerte de su marido y la estancia de Valentina en Ontario la habían dejado sola. Valentina tenía razón. Había abandonado a Paula cuando más necesitaba un amigo. Y eso no le hacía pensar precisamente bien de sí mismo.


–Claro que no te necesito –sonrió Pedro, moviendo diabólicamente las cejas– . Pero me gustaría tenerte a mi lado.


Paula rió, como él esperaba. Era un sonido que lo alegraba y lo preocupaba al mismo tiempo. Era un sonido al que un hombre podría acostumbrarse.


–Muy bien –dijo Paula por fin.


Y Pedro se dió cuenta de que esa respuesta la sorprendía y la asustaba tanto como lo sorprendía y lo asustaba a él. 

jueves, 15 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 4

 Paula volvió entonces a la cocina. No se había vestido; sencillamente llevaba una camiseta gris encima del pijama. Él estaba acostumbrado a que las mujeres hicieran más esfuerzos para impresionarlo pero, por alguna razón, le gustó que ella no se hubiera molestado. Le gustaba que, en alguna parte, bajo las capas de dolor y rabia, siguieran siendo Pedro y Paula, cómodos el uno con el otro. Sus ojos eran castaños, del color del chocolate derretido. Una vez le habían parecido los ojos más tiernos del mundo, pero ahora había sombras en ellos. Sombras de pena, de traición, de madurez. Pero todo eso la hacía más expresiva, como las sombras que le dan profundidad a un cuadro. Su pelo era dos tonos más claro que sus ojos. Y así, corto, sin estar sujeto en un moño, parecía más claro aún. Era como si antes hubiera llevado una máscara que escondía a la verdadera Paula Chaves.


–Bueno, dilo. Sé que lo estás pensando.


–En fin, el barrio no es precisamente recomendable.


–Ya.


–Y la casa… tendrás que reformarla. Es demasiado trabajo para una sola persona, ¿No?


–Eso es cosa mía, Pedro.


–¿Por qué vendiste la casa de Riverdale?


–Porque nunca fue mía. Era de Antonio y su obsesión por el status social estaba en todos los ladrillos. Yo odiaba esa casa. Especialmente después de reformarla. Una pared de cristal de quince metros es algo monstruoso. Además, era demasiado grande para mí sola.


A Pedro tampoco le había gustado mucho la casa después de los trabajos de reforma. Había perdido su encanto original para convertirse en algo pretencioso. Siempre había pensado que Antonio era el responsable por los problemas que tenía con su mujer. Pero empezaba a darse cuenta de que eran dos personas muy diferentes, con distintos valores. Paula era una persona más sencilla, incómoda con las aspiraciones de Antonio, con su ambición y su definición del éxito en términos estrictamente monetarios. Él no quería explorar las complicaciones de esa relación, pero siempre había sabido que Paula era demasiado compleja y profunda para su amigo. Demasiado buena para él. Y no quería estar allí, en su casa, pensando esas cosas.


–Buen café –murmuró, para concentrarse–. ¿De qué marca es?


–Lo mezclo yo misma… con granos diferentes. Café colombiano con brasileño… café de Uganda –contestó ella, con una ceja levantada. No pensaba dejarse engañar, estaba claro.


–¿Por qué no pusiste la casa en venta a través de la agencia? Es tu empresa… la mitad es tuya.


–Me parece que ya he creado suficientes rumores y especulaciones en Chaves- Alfonso. No quiero que ni una sola cosa más de mi vida se convierta en objeto de conversación mientras los empleados toman café por la mañana.


Pedro habría querido negar eso, pero no podía hacerlo porque era verdad. Todos los agentes inmobiliarios, secretarias y administrativos especularon sobre el escándalo que había rodeado la muerte de Antonio. Todos habían mirado a Paula con algo más que compasión en las raras ocasiones en las que los negocios la habían obligado a pasar por la oficina. No sabía cómo había logrado superar el funeral con tanta dignidad. Pero sí sabía que él no merecía que lo perdonase por la parte que le correspondía en el escándalo. No lo merecía porque aún guardaba uno de los secretos de Antonio. Y se sentía culpable por ello. «Haz lo que has venido a hacer y márchate», se dijo a sí mismo. Pero en lugar de eso se quedó mirando los diablillos en el pantalón del pijama, deseando saber más sobre la Paula Chaves que se pondría un pijama como aquél.


–Has dicho antes que tenías un problema –le recordó ella.


Pedro intentó pensar en un problema, pero no se le ocurría ninguno… Además de sus ojos color chocolate. Afortunadamente, tenía un plan. Por eso los hombres hacían planes, para momentos como aquél. Sabía que no podía ofrecerle un trabajo porque eso habría sido increíblemente condescendiente. Al fin y al cabo, ella era la propietaria del cincuenta por ciento de Chaves- Alfonso. ¿Qué podía ofrecerle, que fuera la vicepresidenta?


Promesa: Capítulo 3

 Pedro Alfonso siguió a Linda hasta el interior de la casa, pensando que Valentina no tenía ni idea de lo que le había pedido. Estaba claro, por la expresión guerrera de su madre, que iba a decirle que no a todo. Muy bien, pues entonces iría al grano, pensó. Lo único que podía hacer era intentarlo, ni siquiera Valentina podía esperar nada más. Paula lo había pillado completamente por sorpresa. Estaba preciosa en el jardín, con su pijama rosa. Parecía diferente. Su pelo, corto ahora, de un tono castaño y terriblemente despeinado, rodeando unas facciones desafiantes… La última vez que la vió iba vestida de negro, el pelo recogido en un moño. Tenía un aspecto elegante, frío y duro.


–¿Tú lo sabías? –le había preguntado, vulnerable por un segundo, esperando que le dijera que no.


Pedro no había contestado, y Paula supo entonces la verdad. Su propia vergüenza por haber guardado los secretos de Antonio, algunos que Paula aún no conocía, fue lo que hizo que no pudiera estar a su lado. Aunque la llamó mil veces y le dejó mensajes. Cuando se dió cuenta de que ella no iba a contestar sintió cierto alivio. Pero aquélla ya no era la Paula que él conocía. Y las diferencias no eran sólo físicas. Antes siempre le había parecido una mujer frágil, ahora parecía fuerte. Antes era ligeramente remota, distante, ahora parecía una persona comprometida. Antes parecía controlada, ahora… ¿Apasionada sería una palabra demasiado fuerte? No.  ¿Quién era aquella nueva Paula? Recordaba las últimas palabras de Valentina cuando lo llamó de madrugada: «No debería haberme ido a la universidad este año. Debería volver a casa. ¿Tú crees que debo volver a casa?». ¡Pues claro que sí! No quería ser él quien tuviera que rescatar a Paula Chaves. Especialmente sabiendo lo furiosa que se pondría si insinuaba que lo necesitaba para algo. «Aunque ya no tengo una casa a la que volver», había dicho Valentina. «¡Mis cosas están en cajas!».


La noche anterior Pedro había pensado que ésa era una prueba de que, quizá, Paula no estaba en sus cabales. Pero ahora, a la luz de la mañana, se dió cuenta de que no conocía a ninguna mujer con menos pinta de necesitar ayuda. ¿Lo habría convencido Valentina para que hiciera de buen samaritano porque se sentía culpable? Paula, calculó, debía de tener treinta y ocho años. Durante el funeral de su marido parecía diez años mayor. Ahora parecía diez años más joven. Tenía un aspecto desafiante, firme, furioso, porque la había encontrado en una posición tan absurda. Y estaba tan guapa, que amenazaba con romper el muro que había construido alrededor de su corazón. Su trabajo allí había concluido, se dijo. Le haría una oferta a Paula, ella la rechazaría y él se iría a la oficina para llamar a Valentina. Le diría que su madre estaba bien. Más que bien. Que parecía llena de vida, como no la había visto nunca. ¿Podía irse ahora, sin hacerle ninguna oferta? Si lo hacía, se marcharía con la sensación de haber hecho la tarea a medias. Además, tenía que comprobar si Paula estaba bien de verdad.


Cuando entró en la cocina, Pedro miró alrededor. ¿Era ésa la cocina de una mujer que estaba bien? ¿O era la cocina de una mujer cuya vida se estaba haciendo pedazos? Desde fuera, la casa había sido una sorpresa. Aunque algunas de las casas de Bow Water empezaban a ser restauradas gracias a su proximidad al centro, la de Paula no era una de ellas. Evaluar casas era la especialidad de Pedro, y aquélla no resultaba interesante en absoluto. Parte del tejado había desaparecido y estaba medio perdida entre una maraña de maleza. Nada parecido a la mansión en la curva del río Elbow que acababa de vender. Aunque el interior tenía cierto encanto. Un encanto que parecía armonizar con la nueva Paula de pelo corto y pijama de franela rosa. Después de poner una taza de café sobre la mesa, ella salió de la cocina, dejándolo solo para inspeccionar. ¿Por Valentina? No, eso no era verdad. Resultaba evidente que acababa de mudarse porque había cajas por todas partes. El suelo era de un linóleo horrible y los armarios, el fregadero y los electrodomésticos tendrían que ser renovados de inmediato. Y, seguramente, el resto de la casa estaría en las mismas condiciones. Aunque tenía potencial, pensó. Techos altos, molduras de madera, ventanas construidas con asiento… y quizá habría suelos de madera bajo el linóleo.