jueves, 15 de octubre de 2020

Promesa: Capítulo 2

 Al menos, esperaba que la reacción fuese por el frío. Paula cruzó los brazos firmemente para cubrir ese área, antes de que él se hiciera ilusiones. ¿Tenía que verla así? El pijama, de franela rosa y con un estampado de diablillos, que le había parecido perfecto para la «nueva Paula», alguien a quien no le importaba la opinión de los demás, excéntrica, libre, ahora la hacía sentir ridícula y vulnerable.


–Pedro –dijo, esperando cargar esa sencilla palabra con el frío de la escarcha que empapaba la hierba del jardín. 


Él hizo una mueca, de modo que debía haberlo hecho bien. Pero eso no la hizo sentir satisfecha. Pedro Alfonso era un hombre de más de metro ochenta. Con un traje inmaculado, seguramente de Armani, que acentuaba la anchura de sus hombros, era un espécimen masculino de primera calidad. «Guapísimo», pensó, casi de forma clínica, un hombre de cuarenta años en lo mejor de la vida. Sus facciones eran limpias y masculinas, con un hoyito en la barbilla y esos asombrosos ojos, tan verdes como el agua del río, e igualmente pausados. Iba vestido para trabajar, el traje gris, la camisa blanca, la corbata de seda… Era la clase de hombre a la que una mujer no querría ver sin estar peinada y maquillada. Pero Paula se recordó a sí misma que llevaba un mes sin maquillarse, que era otra mujer y se sentía feliz por ello. Sólo un hombre podía destrozar esa felicidad sin darse cuenta siquiera. Vió entonces que, a pesar de toda esa perfección, su pelo castaño, aún mojado de la ducha, no parecía cooperar. En la coronilla, un mechón de punta parecía desafiarlo. Y notó también, sorprendida, que tenía algunas canas. ¿Cómo era posible que Pedro siguiera soltero? Llevaba siete años divorciado. ¿Y cómo era posible que ella hubiera olvidado lo guapo que era? O quizá se había negado a pensar en ello. A pesar de que Pedro le había dejado muchos mensajes en los últimos trece meses, se había negado a pensar en él.  Porque eso haría que se sintiera sola y tan patética como sólo una mujer traicionada podía sentirse. Traicionada por su marido, que había muerto trece meses antes. Y traicionada por aquel hombre, el mejor amigo de su marido y su socio, que lo sabía todo y jamás… «No pienses en ello», se dijo a sí misma.


–Paula.


–¿Sí?


–Te vas a congelar.


–¿Se puede saber qué haces aquí?


–Te llamé hace una hora. Como no contestabas, decidí pasar por tu casa.


«Pasar por tu casa», como si aquel barrio lo pillase de camino. «Pasar por tu casa», como si ella le hubiera enviado su nueva dirección.


–¿Y cuál es exactamente la razón para tan enorme preocupación, Pedro?


Algo en sus ojos la hizo sentir un escalofrío. Había conocido a Pedro veinte años antes. ¿Lo había visto alguna vez enfadado? De repente, se dió cuenta de que había muchas cosas que no sabía de él. Y ese interés le parecía una debilidad.


–No digas eso como si nunca me hubiera preocupado por tí. Eres tú quien no ha devuelto mis llamadas. Que yo haya respetado tu deseo de estar sola no significa que no haya pensado en tí.


–Ah, gracias –replicó Paula, irónica–. ¿Y se puede saber por qué has decidido dejar de respetar mi deseo de estar sola?


Pedro se pasó una mano por el pelo, pero no consiguió colocar el mechón rebelde en su sitio.


–Necesito tu ayuda.


¿Para alisarse el mechón?


–¿Le estás pidiendo ayuda a una mujer que está en pijama mirando a través de unos prismáticos? Lo dudo.


Pedro sonrió. Ah, cómo le habría gustado que no lo hiciera, pensó ella. Una sonrisa como ésa, masculina y sexy, podría construir un puente sobre la dolorosa historia que los separaba.


–Me arriesgaré. Nunca se sabe cuándo se va a necesitar la ayuda de una mujer que sabe usar unos prismáticos. ¿Qué estas haciendo, espiar a tus vecinos?


–Algo así –contestó Paula. 


Pero no pensaba darle explicaciones. Ella era libre de mirar a los pájaros al amanecer y no tenía por qué contárselo a nadie. Porque era la nueva, y mejorada, Paula Chaves.


–Estás temblando –dijo Pedro entonces.


–Sí, bueno, acabo de hacer café –murmuró ella, apartándose–. Puedes entrar y contarme lo que quieres.


Y fuera lo que fuera, pensaba decirle que no. Le diría que no porque Pedro era parte de un mundo que ella intentaba desesperadamente dejar atrás y porque le hacía pensar que, aunque se creyera independiente, debía dar la impresión de estar perdiendo la cabeza. Le diría que no para practicar y por todas las veces que había dicho que sí cuando había querido decir que no. 

Promesa: Capítulo 1

 Al principio pensó que no estaba. Paula Chaves, de rodillas sobre la hierba de su jardín, ajustó los prismáticos y siguió buscando. La hierba, a mediados de septiembre y al amanecer, estaba cubierta de escarcha, pero apenas se daba cuenta del frío que penetraba su pijama. Al otro lado del río, Calgary empezaba a despertar a la vida, los faros de los coches, como perlas, reflejándose en el agua. Increíble que la hubiera visto allí, en el corazón de la ciudad. Había sido un regalo, pensó, resignada, y seguramente uno que no se repetiría jamás. Empezó a sentir frío entonces. Había encendido la cafetera y el aroma a café parecía llamarla para que volviera a la casita a la que se había mudado sólo tres días antes. Intentó incorporarse, haciendo un gesto de dolor y… se quedó helada. La vió, su fantasmal silueta haciéndose real de repente. Se quedó sin aliento al ver que el amanecer convertía las plumas blancas en plata. Una garza real. Lo había leído todo sobre ellas el día anterior, cuando la vió por primera vez. Era una de las aves más raras en América y una de las más altas. Sus alas medían casi tres metros de lado a lado. La mayoría de la gente no vería un animal así en toda su vida, y ella lo tomó como una señal de que había tomado la decisión correcta al comprar la casa. Sus rodillas protestaron cuando se levantó del suelo para verla mejor. Intentaba no hacer ruido, pero la garza se volvió hacia ella, su cara roja mirando directamente los prismáticos, el amarillo de sus ojos desafiante. Lanzando un grito, estiró las alas, con puntitos negros en los bordes, y comprobó lo magníficas que eran. 


Luego se elevó hacia el cielo, llena de fuerza y gracia. Podía oír el ruido de sus alas moviéndose mientras la garza volaba hacia la libertad… «Qué pensamientos tan raros», se dijo. ¿De dónde salían? Ella siempre se había considerado una persona pragmática. Aunque, se recordó a sí misma, una persona pragmática no habría comprado la destartalada casa que ahora era su hogar. Paula siguió mirando al animal a través de los prismáticos hasta que desapareció. Y entonces se dio cuenta del milagro. Se sentía feliz. La felicidad había entrado en su vida sin hacer ruido, como la luz del amanecer que alejaba la oscuridad. Contempló el sentimiento por un segundo… sólo trece meses antes su mundo se había puesto patas arriba. Todo aquello en lo que había creído se hizo pedazos, como golpeado por un tifón. Recordaba aquel día negro, negro. «Nunca volveré a ser feliz». Y, sin embargo… Ver a aquella garza tan cerca de su casa, como si hubiera ido a visitarla, la hacía pensar en una vida llena de esperanza. Una vida llena de pequeñas sorpresas, donde la hierba la hiciera sentir cosquillas por el puro placer de estar viva.


Apenas había formado ese pensamiento cuando sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Se dió cuenta, antes de oír el carraspeo, de que no estaba sola en el jardín. Ah, bien, se dijo a sí misma, ésa era otra lección. No debería pensar en la posibilidad de ser feliz. Eso era como retar a los dioses… un reto que ellos siempre estaban dispuestos a aceptar. El intruso podría ser un asesino. Eso era lo que le había dicho su hija cuando le contó que había comprado aquella casa, cerca del santuario para aves, en un antiguo vecindario donde las edificaciones se caían a pedazos. «¿Estás loca, mamá? Te matarán mientras duermes», le había dicho Valentina. Como si las calles del barrio estuvieran llenas de cadáveres. Aunque, por supuesto, algunos vecinos con el pelo largo, tatuajes y pit bulls le habían dado que pensar. En fin, se dijo, si su hija había tenido razón sobre los asesinos, al menos no la matarían mientras dormía. ¡Pero sí mientras estaba en pijama! Con el corazón acelerado, ridículamente avergonzada por el pijama rosa, se estiró como si no tuviera una sola preocupación en el mundo, ya que estaba segura de que el elemento criminal podía oler el miedo, y se volvió para mirarlo a la cara. Y su corazón se detuvo durante una décima de segundo. Un asesino, pensó, habría sido mucho más fácil de manejar. Entonces empezó a preocuparse de que la humedad hubiera empapado el pijama y sus pechos hicieran algo indecente. Por el frío, no por él. 

Promesa: Prólogo Segunda parte

 –Tienes que decirle que debe volver a trabajar. Se está convirtiendo en una reclusa… en una persona rara.


Pedro notó cierto reproche en su voz. Pero sabía que tenía razón.


–He intentado hablar con tu madre, Valu. Pero ella no quiere hablar conmigo.


Y mucho menos trabajar con él. Además, habían pasado quince años desde que Paula formaba parte activa en la empresa.


–¡Por favor! ¿Tú, que podrías venderle una nevera a un esquimal, no puedes convencer a mi madre para que vuelva a ser una persona normal?


–¿Una nevera a un esquimal? –intentó bromear Pedro.


Pero Valentina estaba decidida.


–La abandonaste cuando murió mi padre. Todo el mundo lo hizo.


Pedro habría querido decir: «ella quería ser abandonada» para defenderse pero, de repente, su posición le parecía indefendible.


–Y ella se portó muy bien contigo cuando te divorciaste de Carla… fue hace siete años, ¿Verdad?


–Sí.


Otro recuerdo, tan tierno como el de Valentina en su triciclo, el de Paula tomando sus manos y diciéndole: «Se te pasará, Pedro. Quizá ni hoy ni mañana, pero sí algún día». Y había tenido razón. Cuando pasaron el dolor y la humillación del fracaso, se dió cuenta de que el divorcio había sido una liberación y que, por fin, podía hacer todas las cosas que le gustaban. De modo que se compró una moto y luego, con su apetito por las aventuras, se dedicó a viajar por todo el país. No alojándose en los hoteles de lujo que tanto gustaban a su ex mujer, sino explorando un mundo tan rico y con una cultura tan diversa, que a veces se preguntaba si tendría tiempo de experimentarlo todo. Pero ese estilo de vida y la desconfianza que había creado en él el divorcio lo habían convertido en un alma solitaria. Quizá en esos siete años se había convertido en un egoísta, en un hombre centrado exclusivamente en sí mismo. ¿Qué otra excusa tenía para no haber estado al lado de una amiga? Aunque con Paula la relación era algo más complicada que eso.


–Lo siento –le dijo a su ahijada.


–Yo lo era todo en su vida ahora que mi padre ha muerto, y como me he venido a la universidad… Tío Pedro, mi madre necesita un propósito en la ida. Prométeme que encontrarás algo para ella en Chaves Alfonso.


Menuda forma de lanzar el guante. Pero sería una tontería recogerlo. ¿Cómo podía él ayudar a una mujer con el corazón roto y la dignidad hecha trizas? Él lo sabía todo sobre las promesas. Sobre todo, las de amor eterno. Pero no quería volver a ser responsable por la felicidad de otra persona.


–Tiene que salir con gente –siguió su ahijada, con la autoridad de una persona joven que, naturalmente, cree saberlo todo–. Tiene que hacer algo. Le encantan las casas viejas, tío Pedro.


–Sí, pero…


–Aún sigue teniendo las fotografías de las que mi padre, ella y tú restauraron en los primeros años. Ese interés podría ser canalizado constructivamente antes de que venda algo más.


–Yo no puedo obligar a tu madre a hacer algo que no quiere hacer, Valu.


–Pero prométeme que lo intentarás.


Quizá era la hora o quizá el suplicante tono de voz…


–Muy bien, te lo prometo.


–¡Gracias, tío Pedro! –exclamó Valentina, esperanzada, como si de verdad creyera que él podía arreglar algo tan complicado, tan frágil.


Pedro sabía que no debería involucrarse. Ayudar a alguien que sentía tanta desconfianza del mundo era pisar terreno sagrado. Le ofrecería un trabajo a Paula, ella diría que no y así habría cumplido con su obligación. Pero la promesa que acababa de hacer implicaba algo más que eso. Ése era el problema con las promesas, que exigían de un hombre mucho más de lo que estaba dispuesto a dar. Una tontería involucrarse, pensó, mirando el teléfono después de colgar. Pero ¿Y si Paula le necesitaba pero no se atrevía a pedirle ayuda? Ella era demasiado orgullosa y, seguramente, estaría demasiado furiosa con él como para hacerlo. Y él se merecía esa furia, se recordó a sí mismo, pasándose una mano por los ojos. Se la merecía porque él siempre había sabido los secretos de su difunto marido. Y aún conservaba uno. ¿En qué lío se había metido? Saltó de la cama y fue a la cocina para tomar un vaso de leche. Una cosa era segura: no iba a hablar con Paula sin tener un plan.

Promesa: Prólogo Primera parte

 El sonido del teléfono era incesante y agudo. Pedro Alfonso se incorporó, sobresaltado, y miró el despertador. Los números rojos marcaban las cuatro de la mañana. Una llamada a las cuatro de la mañana no podía anunciar nada bueno. Levantó el auricular, preparado para lo peor, pero esperando que fuese un borracho que había marcado mal el número.


–¿Dígame?


–¿Tío Pedro?


Los últimos vestigios de sueño desaparecieron. Pedro se sentó en la cama y apartó las sábanas de un tirón antes de buscar el interruptor de la lámpara, como si la luz pudiera ayudarlo.


–¿Valentina?


–Perdona que te haya despertado. Quería hablar contigo antes de irme a clase.


¿A clase? ¿A las cuatro de la mañana? Entonces recordó. Su ahijada estaba en el primer año de universidad, en Ontario, a cuatro mil kilómetros de casa… y a tres horas de diferencia con Calgary.


–¿Te pasa algo?


–No, estoy bien –contestó ella, con cierto temblor en la voz.


–¿Qué pasa, Valu? –insistió Pedro, usando instintivamente el nombre que le había puesto cuando era pequeña porque sabía que eso la haría sentir segura. Pero enseguida lo lamentó porque eso le recordó el triciclo, sus coletas… días que se habían ido para siempre. Días felices, sin complicaciones.


–Estoy preocupada por mi madre.


Pedro tragó saliva, con el corazón encogido. 


–¿Qué pasa con tu madre?


–¿Sabes que ha vendido la casa?


¿Paula había vendido la casa? ¿A través de terceras personas, sin contar con su agencia? ¿La inmobiliaria que también había sido de su difunto marido? ¿La empresa era suya y no la había usado?


–No, no lo sabía.


–Ha comprado una… una chabola. Se ha comprado una casucha en Bow Water, tío Pedro. Me ha enviado una fotografía por e-mail –contestó su ahijada, fingiendo que le daban arcadas. Ésa era su pequeña Valen, a pesar de la sofisticada fachada de chica universitaria.


Valentina había crecido rodeada de lujos en una mansión de siete mil metros cuadrados frente al río Elbow, y lo que ella consideraba una chabola sería, seguramente, una casa más que decente para la mayoría de los seres humanos. Pero Bow Water no era un barrio recomendable. ¿Por qué habría comprado Paula una casa allí?


–Ya se ha mudado –siguió Valentina–. Ni siquiera me ha dado oportunidad de despedirme de la casa, tío Pedro… ni siquiera he podido recoger mis cosas. Y también ha vendido el coche.


–¿El Mercedes? –exclamó él. 


Paula no podía tener problemas económicos. Era imposible. La empresa iba viento en popa.


–Bueno, sigue teniendo un coche de la casa Mercedes, pero… tendrías que verlo para creerlo –Valentina lanzó un dramático suspiro–. Se ha cortado el pelo y… yo creo que ha perdido la cabeza.


Pedro empezó a preguntarse si eso era verdad. Paula Chaves había sobrevivido a una horrible tragedia al perder a su marido trece meses antes y ahora su única hija la dejaba sola para ir a la universidad… ¿Podría estar pasando por un mal momento emocional? No, imposible, pensó. Paula era una mujer refinada, siempre compuesta, siempre en su sitio, siempre elegante. Incluso en medio del caos, había conservado la calma como si fuera intocable, inamovible, una roca en medio de la tormenta. Era la última persona en el mundo que perdería la cabeza.


–¿Qué quieres que yo haga, Valu?


–¡Ir a hablar con ella! –exclamó su ahijada, impaciente.


–Muy bien. Iré a verla antes de ir a la oficina.


Por el suspiro que oyó al otro lado del hilo, Valentina esperaba algo más de él. 

Promesa: Sinopsis

 Él conocía bien el poder de las promesas…


Pedro Alfonso sabía que una promesa podía romper corazones y destrozar amistades, y sin embargo prometió ayudar a su vieja amiga Paula Chaves a adaptarse a volver a vivir sola. Le ofrecería un empleo y misión concluida. Pero ése era el plan antes de ver a la mujer en la que se había convertido.


Elegante y refinada, Paula era ahora una mujer apasionada e increíblemente bella. El tipo de mujer que podía hacerle desear cambiar su vida de soltero. Ése era el peligro de las promesas: siempre acababan exigiéndole a un hombre más de lo que había previsto dar… pero aquélla prometía también una recompensa que él jamás habría imaginado.

martes, 13 de octubre de 2020

El Millonario: Capítulo 41

 -Me lo dijiste anoche, mientras me quedaba dormido. Ah, por cierto, roncas.


-¡Yo no ronco!


¿La había oído murmurar un «te quiero»? Qué horror. No, qué bien. Paula recuperó las fuerzas enseguida y se levantó de un salto.


-¿Quieres decirme algo?


-No ronco, ¿Verdad?


-No -sonrió Pedro-. Duermes como un ángel.


Y era verdad. Había dormido mejor que en toda su vida. Aparte de los momentos en los que Pedro la había despertado para besarla y hacerle el amor, en varias posturas, había dormido y dormido y dormido. ¿El sonido de las olas? ¿Quién necesitaba el sonido de las olas cuando podía dormir con Pedro Alfonso? Y sentirse tan protegida, tan segura, tan amada. Paula lo miró a los ojos.


-Te quiero, Pedro Alfonso. Adoro tu sonrisa, tu corazón, tu bondad y tu buen gusto en materia de arte. Y en mujeres. Especialmente, tu buen gusto en mujeres. Tú eres el sueño de mi vida. Un sueño que pensé que nunca se haría realidad.


-¿Puedo besarte ahora? -preguntó él, tomándola por la cintura.


-Puedes.


Y lo hizo. Como si tuviera prisa. Como si temiera perderla.


-Quizá ahora te gustaría enseñarme el resto de la casa -dijo con voz ronca unos minutos después.


-No, de eso nada. Después de ver la tuya y comprobar que eres un arquitecto fantástico te daría un ataque si vieras el estado de mi dormitorio.


-¿Por qué no me lo enseñas de todas formas? -sugirió él-. Prometo no decir nada sobre el papel pintado.



Una hora después, Pedro le llevaba un café a la cama. Cuando se sentó en el borde, su peso hizo que Paula rodase hacia él... pero no le importó en absoluto.


-Su café, señora.


Paula se sentó sobre la cama y tomó un sorbito.


-Qué rico. 


-¿Piensas quedarte en la cama todo el día o vamos a bajar a la playacomo me prometiste?


-¡La playa! -exclamó Paula, poniendo la taza en sus manos para vestirse-. Se me había olvidado la playa por completo. ¿A qué estamos esperando?


-Ah, claro -sonrió Pedro-. Ya veo qué lugar ocupo en tu vida. Primero el café, luego la playa...


-¡Smiley! -gritó Paula.


-Luego el perro...


-Vamos a dar un paseo por mi playa -rió ella, emocionada.


Pedro miró el trozo de papel pintado que había en el suelo.


-A menos que quieras olvidarte de esta casa y mudarte a la mía.


Paula, que estaba poniéndose los vaqueros a toda prisa, se detuvo.


-No podemos vender Belvedere. La tirarían abajo, seguro.


La mirada de Pedro decía que incluso él, el gran arquitecto, parecía pensar que eso sería lo mejor. Pero entonces Paula hizo un puchero.


-Muy bien, muy bien -dijo Pedro, suspirando dramáticamente-. Podemos vivir aquí y mantener mi casa para los fines de semana. Estoy seguro de que tendré trabajo suficiente en Belvedere como para no poder meterme en ningún otro lío.


¿Vivir allí? ¿Tom quería vivir allí? ¿Con ella, con Smiley, con el olor a pintura y a aguarrás? Paula se echó en sus brazos, tirándolo sobre la cama. No había nada más que decir.


Otra hora después, caminaban por el jardín, sin maleza pero con el suelo cubierto de raíces.


-Me encanta lo que has hecho con este sitio -suspiró Paula. 


Era asombroso. Antes sólo había ramas y ramas, pero ahora podían ver el cielo. Juntos, caminaron sobre las rocas lisas que alguien había instalado años atrás, Pedro apretando su mano. Se detenía de vez en cuando para tomarla por la cintura... como para comprobar que no resbalaba, aunque Paula estaba segura de que aprovechaba para meterle mano. Se lo dijo y Pedro se limitó a levantar las manos un poquito más. Y a ella no le importó en absoluto.  Cuando llegaron al borde de la pendiente que daba a su playa, que debía medir unos cinco metros de ancho y quizá quince de largo, Maggie se sintió... fabulosa. Mejor de lo que había imaginado que se sentiría nunca. Aunque sabía que esa sensación era debida al hombre que estaba a su lado.


-Tú primero -dijo él.


-Juntos -insistió Paula-. A la de tres. Una, dos...


Pero, además de no saber usar una sierra mecánica, Smiley no sabía contar. De modo que pasó corriendo a su lado con la destreza de una cabra montes y se lanzó por la suave pendiente hacia la playa, dejando sus huellas caninas en la blanca arena. Pedro y Paula soltaron una carcajada.


-Y nosotros pensando hacer una gran inauguración.


-La historia de mi vida -suspiró ella-. No esperes nunca que algo salga como lo habías planeado.


-Ah, eso -rió Pedro, tomándola en brazos-. Pues yo creo que deberías hacer planes de quedarte aquí... para siempre.


-Para siempre -repitió Paula. 


Y, por primera vez en su vida, podía ver «para siempre» delante de ella. Años y años comiendo pescado frito en el Sorrento Sea Captain y caminando por la playa de la mano de Pedro Alfonso. Y eso la hizo sonreír, con una sonrisa tan amplia que casi le dolían las mejillas.


-Sólo si tú te quedas también.


Mientras la dejaba sobre la arena, Pedro le prometió:


-Cuenta con ello. 






FIN

El Millonario: Capítulo 40

 -¿Estamos bien? ¿Quién ha dicho que me parezca bien que te marches en medio de la noche?


-No me fui en medio de la noche. Me fui al amanecer.


-¿Pero por qué? -preguntó él, mirándola como si no entendiera nada.


-¿Tú querías que me quedase?


-Pues claro que sí. Paula, yo... -Pedro se pasó una mano por el pelo, nervioso. Y luego tomó las suyas, un poco inseguro, pero decidido-. Paula, cuando fuiste a mi casa anoche, pensé que estaba soñando. Cuando descubrí que por fin estabas divorciada, me pareció como si me hubiese tocado la lotería. Y cuando me dí cuenta de que yo era la primera persona a la que le dabas la noticia...


-¿Qué? ¿Qué, Pedro?


-Paula, ¿Tú sabes lo feliz que me sentí? ¿Lo que pasó anoche no significa nada para tí? ¿Nada de lo que pasó ha conseguido romper ese escudo que te has colocado en el corazón?


-Pero es que... ayer te conté que estaba en la ruina, y es verdad. Soy un auténtico desastre... ni siquiera sé cómo voy a pagar el recibo de la hipoteca y acaban de mandarme una carta del banco...


-Sé que no aceptarías mi dinero -la interrumpió él.


-No, no, por Dios. No pensarás que quiero...


-No, todo lo contrario. Por eso ni siquiera voy a ofrecértelo. Pero me he puesto en contacto con tu agente antes de venir para preguntarle qué le parecía la serie de borrones azules...


-¿Qué?


-Que he llamado a tu agente, Tamara. Le he pedido que me diera un presupuesto por toda la colección y los he comprado. Y supongo que con ese dinero podrás seguir pagando la hipoteca por lo menos durante un año.


Paula abrió la boca para protestar, pero Pedro no le dió opción. Porque se acercó a ella y le dió un beso en los labios. Un beso suave. Un beso tierno. Un beso que la dejó sin aliento.


-No creas que es un favor. Ya sabes que me gustaban muchos esos cuadros -dijo después, apartando el flequillo de su frente-. Así que los compré. Ya has visto mi casa, la verdad es que pegan mucho, ¿No?


Aunque la casa estaba pintada en colores tierra, era cierto que su serie azul pegaba allí, sí. Casi como si hubiera sido un encargo. 


-Pero acabo de divorciarme.


-Ah, una buena noticia. Eso significa que estás libre. Quiero decir, estabas libre. Ahora si otro tipo te mira tendrá que lidiar conmigo.


-¿Ah, sí?


-Sí.


-Pedro, tú no puedes ser una relación de rebote. Tú eres mucho mejor que eso.


-Pues claro que soy mejor que eso, señorita. Y por eso pienso tratarte tan bien que no querrás irte nunca más.


Ah, siempre sabía lo que debía decir. Era un seductor. Y tan tentador, tan guapo, tan tierno.


-¿Pero y si...?


-Y si ocurre algo, ya veremos cómo se soluciona. Puede que yo te decepcione muchas veces. Puede que tú me vuelvas loco. De hecho, estoy deseando que me vuelvas loco. Pero Paula, eso no es importante.


-¿Y qué es lo importante? -preguntó ella.


Pedro la miraba a los ojos con tal amor, con tal cariño, que tuvo que cerrar los ojos. Era una mirada que no había esperado ver nunca.


-Lo importante somos tú y yo. Lo importante es que nos queremos.


Aquello era demasiado. Demasiado. A Paula se le doblaron las rodillas y cayó de golpe sobre el primer escalón.


-¿Te encuentras bien?


-¿Te das cuenta de que acabas de decir que me quieres?


-Sí, claro.


De modo que era verdad. Pedro estaba enamorado de ella y ella estaba enamorada de él. Lo había admitido ante sí misma y lo había admitido ante sus amigas. Había llegado el momento de decírselo.


-Y sé que tú también me quieres -dijo él entonces, sin darle tiempo-. Así que ése no es el problema. El problema es convencerte de que puedes vivir con alguien, amarlo con todas tus fuerzas... y que una posible decepción es parte del trato.


-¿Y cómo sabes que te quiero?