Pedro miró a Paula, que se acercaba por la acera con el perro. Debería haberle dicho que no lo llevase, pero entonces habría adivinado la verdad: que se había encariñado con él. Y si adivinaba eso, podría averiguar la verdad. Encariñarse con algo o alguien debilitaba a un hombre, lo hacía anhelar algo que el mundo no podía darle. Al menos, a él. Pero si Paula pudiese encontrar al hombre adecuado, un hombre como onathon, tal vez habría esperanzas para ella. Sí, un dentista sería perfecto para ella. Aunque pensar en ella con otro hombre lo ponía enfermo, eso era lo que debería pasar. Además, él siempre había sido ese hombre, el que hacía lo que había que hacer. Y lo haría de nuevo. Le diría adiós para devolverla al mundo en el que debía estar, soñando con un vestido de novia, una valla blanca, un niño sobre su pecho…
La mentira de que estaba enfadado porque Bruno Moore se había enterado de que iba a quedarse con el perro no había servido de nada. Porque ella, valiente como siempre, lo había llamado por teléfono. Tenía que contar con la verdad para conseguir lo que no había conseguido con la mentira. Le demostraría quién era en realidad, la asustaría para que volviese a su mundo de mermeladas. «Pero no le gusta hacer mermeladas». No podía pensar en eso, necesitaba reunir fuerzas para decirle adiós.
Pedro abrió la puerta antes de que ella llamase, esperando que sus sentimientos no se reflejasen en su rostro. Paula no podía saber que le encantaba su vestido rosa con lunares de color malva, no podía saber que quería oler su pelo por última vez, no podía saber que tuvo que hacer un esfuerzo para no abrazarla y para no acariciar las orejas del perro… No podía saber cómo le daba la bienvenida su corazón. Quería recibirla con una expresión que fuera fría, pero eso no la asustó, y ella hizo lo que había ido allí a hacer, lo más valiente: mostrarse vulnerable.
—Te echo de menos —le dijo, con tímida intensidad.
«Yo también te echo de menos. Es como si me hubieran partido el corazón en dos», pensó Pedro. Pero no dijo nada.
—Pedro, te quiero.
«Yo también te quiero. Tanto, que no puedo hacer lo que deseo hacer». Porque lo que deseaba era rendirse. Quería abrazarla y besarla… Pero amarla significaba dejarla ir. Tenía que asustarla de una vez por todas. Paula merecía un hombre diferente, uno mejor que él.
—Será mejor que entres —le dijo, dando un paso atrás.
El perro no dejaba de gemir, buscando una caricia, y Pedro tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tocarlo. Verla allí, en el sofá de su salón, le recordaba la primera vez que había ido a buscarlo, cuando se le cayó la toalla. El día que lo acusó de decorar su casa como si fuera la celda de Al Capone… Aquel día que no había terminado nunca.
—Necesito contarte algo —empezó a decir. Ella asintió con la cabeza, esperando, tan ingenua era—. Estuve casado cuando era muy joven y mi matrimonio duró lo mismo que uno de Hollywood… Pero sin el glamour. No te lo conté porque no hay futuro para nosotros, de modo que no tenía sentido —Paula dió un respingo. El brillo de valentía en sus ojos empezaba a desaparecer, reemplazado por uno de inseguridad—. Me contaste que tu prometido había tenido una aventura… Pues bien, yo también la tuve. Eso fue lo que destrozó mi matrimonio.
Paula lo miró, boquiabierta. Tal vez debería dejarla creer que se trataba de una mujer, pensó Pedro. Pero no, eso no sería suficiente para asustarla.
—Mi amante no era una mujer, era mi trabajo como detective. No era sólo un trabajo, era una misión… Mucho peor que una amante —siguió—. Era exigente, se lo llevaba todo, y cuando pensaba que no tenía nada más que dar, me pedía un poco más —Pedro sacudió la cabeza—. Era muy joven entonces y mi mujer también. Ella debería haber sido lo más importante para mí, pero no lo era, y Tamara no lo entendía… Para mí no era sólo otro crimen, otra muerte violenta, era un sueño roto, eran familias destrozadas, era la madre que esperaba angustiada noticias de su hijo desaparecido o la joven esposa embarazada que caía al suelo, rota de dolor, al saber que habían asesinado a su marido. Para mí, descubrir quién lo había hecho era lo único importante, no había nada más. Así era como honraba a los que morían, descubriendo a los responsables o angustiándome cuando no los encontraba.
Suspiró pesadamente, frunciendo el ceño al ver que Paula se había inclinado un poco hacia él para mirarlo a los ojos, sin entender lo que intentaba decirle.
—¿No crees que esa devoción a tu profesión tiene que ver con la muerte de tus padres? —le preguntó—. ¿No tratabas cada caso con tanta intensidad como una forma de compensar esa tragedia?
Pedro no quería mirarla, porque si la miraba, se perdería en sus ojos, olvidaría lo que tenía que hacer. No quería que Paula lo entendiese, quería hacerla ver que vivían en dos mundos completamente diferentes, que ella no podría vivir nunca en el suyo.
martes, 23 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 39
Las fiestas de Kettle Bend iban a ser un éxito. El pueblo estaba lleno de gente, esperando en la ruta del desfile. Y sin embargo, Paula experimentaba una sensación de vacío. El comité le había suplicado que fuese en la carroza, pero ella no quería hacerlo. De hecho, consiguió perderse entre la gente, y ver, sin emoción, a la banda de música seguida de una tropa de payasos. Era un día perfecto, sin nubes. Las calles estaban limpísimas y había flores en las farolas, las tiendas con los escaparates decorados. Kettle Bend nunca había estado más bonito. Miró a la gente que observaba el desfile, pensativa. Era justo lo que había planeado: familias, niños gritando de alegría, abuelos aplaudiendo, algodón dulce, manzanas con caramelo… Pero cuando apareció la carroza del comité, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no llorar. La gente con la que había trabajado para hacer realidad aquello estaba en la carroza, sonriendo, saludando. Se había encariñado con esa gente. ¿Por qué se sentía tan triste entonces? Porque uno no podía convertir un pueblo en su familia. Había aprendido eso en casa de Carolina. El amor era complicado, pero al final merecía la pena porque te convertía en la persona que debías ser.
Paula sintió que el vello de su nuca se erizaba, y se dió la vuelta sorprendida. Tras ella, un poco a la izquierda, vió a Pedro. Pero estaba seguro de que él no la había visto. Como ella, había decidido mezclarse entre la gente. No iba de uniforme, pero llevaba una gorra y gafas de sol. No quería ser reconocido. No quería hacer el papel de héroe. Nunca lo había querido, ella lo había obligado a hacerlo. Pero ¿Por qué estaba allí?, se preguntó. ¿Sería posible que la echase de menos? Seguramente habría leído en el periódico que el perro abriría el desfile y tal vez sentía curiosidad por ver cómo iba todo. ¿Sería posible que quisiera saber si ella estaba contenta? Claro que eso significaría que le importaba, y su silencio decía todo lo contrario. Aun así, no podía apartar los ojos de él.
Pero cuando escuchó gritos de júbilo volvió la cabeza. El perro iba en un descapotable blanco, con el alcalde de Kettle Bend a su lado, y la gente lo saludaba con aplausos. Entonces el perro vió a Pedro y apoyó las patas delanteras en la puerta del coche, dispuesto a saltar. Afortunadamente, el alcalde consiguió sujetarlo a tiempo por el collar. Paula miró a Pedro, y sintió que lo que quedaba de su corazón se partía en dos al ver su expresión. Se había quitado las gafas de sol y podía ver la verdad en sus ojos oscuros. Podía ver el recuerdo de los momentos que habían pasado juntos, lanzando el frisbee, dándole palomitas al perro esa primera noche, mientras veía un partido de hockey. En los ojos de él vió cuando se perseguían el uno al otro por la cocina de su casa, o paseando a la orilla del río, el perro escondiéndose entre sus piernas cuando tiraba un palo al agua. En sus ojos vió la última noche que pasaron juntos, tumbados en la cama de su sobrino mientras el perro intentaba subirse…
Pedro giró la cabeza de repente y Paula sostuvo su mirada durante unos segundos, desafiante, pero su expresión era indescifrable. Luego volvió a ponerse las gafas de sol, se dió la vuelta y desapareció entre la gente. Ella se quedó inmóvil, atónita por lo que acababa de ver. La verdad. Y supo, como había sabido desde el principio, que iba a tener que ser muy valiente para amar a Pedro Alfonso. El día que fue a buscarlo a su casa con el perro había encontrado valentía para hacerlo. Pues iba a tener que intentarlo de nuevo. Iba a tener que jugárselo todo. Tenía que demostrarle su amor. Pero por el momento, debía dejarlo ir. El mercadillo abría después del desfile, y tenía que ir a su puesto de mermeladas. El mercadillo fue agotador y divertido a la vez. Estaba lleno de gente, y ella iba de un lado a otro ofreciendo muestras de mermelada y guardando en bolsas los frascos que vendía. Un hombre se acercó a ella entonces. Un hombre guapo y bien vestido. Le ofreció una muestra de mermelada y se volvió hacia otro cliente… Pero cuando se volvió, el extraño puso una tarjeta en su mano.
—Llámeme —le dijo, esbozando una sonrisa.
Una vez se habría sentido intrigada por esa invitación. Ahora, sencillamente le devolvió una sonrisa cansada mientras guardaba la tarjeta en el bolsillo. Y cuando la sacó por la noche tuvo que reírse al leer el nombre de Adrián Hedley bajo el conocido logo de una empresa de mermeladas y confituras. De modo que no estaba interesado en ella, sino en sus productos. Mejor, pensó, porque era hora de descubrir si había alguna esperanza. Cuando vió a Pedro esa mañana en el desfile se había atrevido a esperar que la hubiese… Ahora, mientras marcaba su teléfono, no estaba tan segura. Sabía que él vería su número en la pantalla, de modo que casi le sorprendió que contestase.
—Hola, Pedro.
—Hola, Paula. Enhorabuena por tu éxito —le dijo, con tono impersonal.
Pero que hubiese contestado cuando sabía que era ella era una pequeña victoria. Tenía tantas cosas que decirle… Sentía una terrible soledad al no tenerlo a su lado para compartir su alegría.
—Pedro, tenemos que hablar.
Silencio.
—Muy bien —dijo él por fin.
Lo había dicho con frialdad, pero tendría que ser suficiente por el momento. Paula colgó y se atrevió a albergar una pequeña esperanza, como una luz brillando a lo lejos, guiando a un viajero helado y cansado hacia su casa.
Paula sintió que el vello de su nuca se erizaba, y se dió la vuelta sorprendida. Tras ella, un poco a la izquierda, vió a Pedro. Pero estaba seguro de que él no la había visto. Como ella, había decidido mezclarse entre la gente. No iba de uniforme, pero llevaba una gorra y gafas de sol. No quería ser reconocido. No quería hacer el papel de héroe. Nunca lo había querido, ella lo había obligado a hacerlo. Pero ¿Por qué estaba allí?, se preguntó. ¿Sería posible que la echase de menos? Seguramente habría leído en el periódico que el perro abriría el desfile y tal vez sentía curiosidad por ver cómo iba todo. ¿Sería posible que quisiera saber si ella estaba contenta? Claro que eso significaría que le importaba, y su silencio decía todo lo contrario. Aun así, no podía apartar los ojos de él.
Pero cuando escuchó gritos de júbilo volvió la cabeza. El perro iba en un descapotable blanco, con el alcalde de Kettle Bend a su lado, y la gente lo saludaba con aplausos. Entonces el perro vió a Pedro y apoyó las patas delanteras en la puerta del coche, dispuesto a saltar. Afortunadamente, el alcalde consiguió sujetarlo a tiempo por el collar. Paula miró a Pedro, y sintió que lo que quedaba de su corazón se partía en dos al ver su expresión. Se había quitado las gafas de sol y podía ver la verdad en sus ojos oscuros. Podía ver el recuerdo de los momentos que habían pasado juntos, lanzando el frisbee, dándole palomitas al perro esa primera noche, mientras veía un partido de hockey. En los ojos de él vió cuando se perseguían el uno al otro por la cocina de su casa, o paseando a la orilla del río, el perro escondiéndose entre sus piernas cuando tiraba un palo al agua. En sus ojos vió la última noche que pasaron juntos, tumbados en la cama de su sobrino mientras el perro intentaba subirse…
Pedro giró la cabeza de repente y Paula sostuvo su mirada durante unos segundos, desafiante, pero su expresión era indescifrable. Luego volvió a ponerse las gafas de sol, se dió la vuelta y desapareció entre la gente. Ella se quedó inmóvil, atónita por lo que acababa de ver. La verdad. Y supo, como había sabido desde el principio, que iba a tener que ser muy valiente para amar a Pedro Alfonso. El día que fue a buscarlo a su casa con el perro había encontrado valentía para hacerlo. Pues iba a tener que intentarlo de nuevo. Iba a tener que jugárselo todo. Tenía que demostrarle su amor. Pero por el momento, debía dejarlo ir. El mercadillo abría después del desfile, y tenía que ir a su puesto de mermeladas. El mercadillo fue agotador y divertido a la vez. Estaba lleno de gente, y ella iba de un lado a otro ofreciendo muestras de mermelada y guardando en bolsas los frascos que vendía. Un hombre se acercó a ella entonces. Un hombre guapo y bien vestido. Le ofreció una muestra de mermelada y se volvió hacia otro cliente… Pero cuando se volvió, el extraño puso una tarjeta en su mano.
—Llámeme —le dijo, esbozando una sonrisa.
Una vez se habría sentido intrigada por esa invitación. Ahora, sencillamente le devolvió una sonrisa cansada mientras guardaba la tarjeta en el bolsillo. Y cuando la sacó por la noche tuvo que reírse al leer el nombre de Adrián Hedley bajo el conocido logo de una empresa de mermeladas y confituras. De modo que no estaba interesado en ella, sino en sus productos. Mejor, pensó, porque era hora de descubrir si había alguna esperanza. Cuando vió a Pedro esa mañana en el desfile se había atrevido a esperar que la hubiese… Ahora, mientras marcaba su teléfono, no estaba tan segura. Sabía que él vería su número en la pantalla, de modo que casi le sorprendió que contestase.
—Hola, Pedro.
—Hola, Paula. Enhorabuena por tu éxito —le dijo, con tono impersonal.
Pero que hubiese contestado cuando sabía que era ella era una pequeña victoria. Tenía tantas cosas que decirle… Sentía una terrible soledad al no tenerlo a su lado para compartir su alegría.
—Pedro, tenemos que hablar.
Silencio.
—Muy bien —dijo él por fin.
Lo había dicho con frialdad, pero tendría que ser suficiente por el momento. Paula colgó y se atrevió a albergar una pequeña esperanza, como una luz brillando a lo lejos, guiando a un viajero helado y cansado hacia su casa.
Dulce Amor: Capítulo 38
Pedro no era un hombre que aceptase fácilmente los fracasos y no se sentiría mejor después de haberle confiado los suyos. Pero Paula estaba segura de que había algo importante y profundo entre los dos, y que él la llamaría tarde o temprano. Pero cuando los días se convirtieron en semanas, tuvo que enfrentarse con la posibilidad de que no fuera así. En su casa había muchas pruebas de que los opuestos no siempre encontraban terreno común. El perro y la gata se odiaban. Si había pensado quedarse con el cachorro, como un recuerdo de esos días felices con Pedro, una casa llena de muebles destrozados y jarrones rotos estaba convenciéndola de que no era buena idea. Y recordarlo tampoco lo era. Sentía tal angustia, tal pena cuando se iba a la cama por las noches sin que él la hubiese llamado… No iba a aparecer en su casa para pedirle disculpas. Se había terminado.
Paula hizo lo único que podía hacer para intentar olvidarlo: concentrarse en el trabajo y pasear al perro seis veces al día, evitando los sitios en los que podría encontrarse con Pedro. Pero si esperaba que eso agotase al cachorro y dejase de torturar a Duquesa, estaba muy equivocada. Empezó a hacer mermeladas como una maníaca, intentando ignorar los recuerdos de él persiguiéndola con un paño mientras el perro corría tras ellos… Acudió a todas las reuniones del comité, controlando los progresos de cada grupo, ayudó a construir puestos, a colocar banderolas de colores en la calle donde tendría lugar el desfile inaugural, a repartir programas de mano… A pesar de su sonrisa estaba segura de que todo el mundo sabía que ocurría algo, y todos afortunadamente, fueron lo bastante discretos como para no preguntar. Y cada noche volvía a casa para hacer mermelada, con el perro a sus pies y la gata escondida debajo de algún mueble.
Aparentemente, el mundo entero había visto el vídeo de Pedro Alfonso rescatando al cachorro y cientos de personas querían adoptarlo. Algunas de las cartas iban dirigidas sencillamente a Kettle Bend, Wisconsin, pero el cartero se las entregaba a ella porque eso era lo que le habían dicho en el ayuntamiento. Sintiéndose responsable de encontrar una buena familia para el cachorro, Paula leyó todas las cartas, aunque le rompía el corazón como se lo rompía no saber nada de Pedro. Ella, que estaba intentando desesperadamente recuperar su escepticismo sobre los finales felices, tenía que ver montones de fotos de familias perfectas… Escribían desde ciudades grandes y desde pueblos pequeños, en apartamentos, en granjas o ranchos, frente a un lago, en las montañas…
Una familia le envió una foto de su perro, que había muerto unos meses antes, y leyó enternecedoras cartas de niños diciendo cuánto deseaban adoptar al cachorro. En una de ellas incluso habían enviado un hueso… Tenía que tomar una decisión, por el bien del perro, que necesitaba un buen hogar, sin gatos. Pero aunque había muchas familias adecuadas, en su corazón sabía que era el perro de Pedro. Ni siquiera era capaz de llamarlo Towanda, no sólo porque no le pegase, sino porque no era buena idea ponerle nombre en un momento de ira. No podía ponerle nombre al perro porque en su corazón sabía que eso era algo que debía hacer él. Cuando Juan Bushnell llamó, frenético porque faltaban unos días para el desfile y aún no tenían a nadie que lo presidiera, aparte del alcalde, Paula abandonó el sueño de que Pedro se pusiera en contacto con ella. En el fondo, siempre había pensado que podría convencerlo para que presidiera el desfile. En el fondo, siempre había pensado que podría convencerlo para que la amase. Pero ¿Qué clase de amor era ese? ¿Quién tenía que convencer a otra persona para que la amase?
—El perro debería presidir el desfile —sugirió—. A los turistas les encantaría.
Además, podríamos anunciar a qué familia vamos a entregárselo.
—¡Genial! —dijo Juan, satisfecho—. Me parece una idea estupenda.
Pero si era tan estupenda, se preguntó Paula, ¿Por qué se sentía tan angustiada?
Paula hizo lo único que podía hacer para intentar olvidarlo: concentrarse en el trabajo y pasear al perro seis veces al día, evitando los sitios en los que podría encontrarse con Pedro. Pero si esperaba que eso agotase al cachorro y dejase de torturar a Duquesa, estaba muy equivocada. Empezó a hacer mermeladas como una maníaca, intentando ignorar los recuerdos de él persiguiéndola con un paño mientras el perro corría tras ellos… Acudió a todas las reuniones del comité, controlando los progresos de cada grupo, ayudó a construir puestos, a colocar banderolas de colores en la calle donde tendría lugar el desfile inaugural, a repartir programas de mano… A pesar de su sonrisa estaba segura de que todo el mundo sabía que ocurría algo, y todos afortunadamente, fueron lo bastante discretos como para no preguntar. Y cada noche volvía a casa para hacer mermelada, con el perro a sus pies y la gata escondida debajo de algún mueble.
Aparentemente, el mundo entero había visto el vídeo de Pedro Alfonso rescatando al cachorro y cientos de personas querían adoptarlo. Algunas de las cartas iban dirigidas sencillamente a Kettle Bend, Wisconsin, pero el cartero se las entregaba a ella porque eso era lo que le habían dicho en el ayuntamiento. Sintiéndose responsable de encontrar una buena familia para el cachorro, Paula leyó todas las cartas, aunque le rompía el corazón como se lo rompía no saber nada de Pedro. Ella, que estaba intentando desesperadamente recuperar su escepticismo sobre los finales felices, tenía que ver montones de fotos de familias perfectas… Escribían desde ciudades grandes y desde pueblos pequeños, en apartamentos, en granjas o ranchos, frente a un lago, en las montañas…
Una familia le envió una foto de su perro, que había muerto unos meses antes, y leyó enternecedoras cartas de niños diciendo cuánto deseaban adoptar al cachorro. En una de ellas incluso habían enviado un hueso… Tenía que tomar una decisión, por el bien del perro, que necesitaba un buen hogar, sin gatos. Pero aunque había muchas familias adecuadas, en su corazón sabía que era el perro de Pedro. Ni siquiera era capaz de llamarlo Towanda, no sólo porque no le pegase, sino porque no era buena idea ponerle nombre en un momento de ira. No podía ponerle nombre al perro porque en su corazón sabía que eso era algo que debía hacer él. Cuando Juan Bushnell llamó, frenético porque faltaban unos días para el desfile y aún no tenían a nadie que lo presidiera, aparte del alcalde, Paula abandonó el sueño de que Pedro se pusiera en contacto con ella. En el fondo, siempre había pensado que podría convencerlo para que presidiera el desfile. En el fondo, siempre había pensado que podría convencerlo para que la amase. Pero ¿Qué clase de amor era ese? ¿Quién tenía que convencer a otra persona para que la amase?
—El perro debería presidir el desfile —sugirió—. A los turistas les encantaría.
Además, podríamos anunciar a qué familia vamos a entregárselo.
—¡Genial! —dijo Juan, satisfecho—. Me parece una idea estupenda.
Pero si era tan estupenda, se preguntó Paula, ¿Por qué se sentía tan angustiada?
Dulce Amor: Capítulo 37
Pedro respiró profundamente mientras subía los escalones.
—Paula, tenemos que irnos —le dijo, con voz tensa.
Carolina se dió cuenta, y Paula también, pero intentó disimular.
—Gracias por la cena. Ha sido un placer conocerlos.
—Lo mismo digo. Espero verte a menudo por aquí.
Pedro silbó al perro, que salió medio grogui de la habitación de los niños, y subieron al coche en silencio.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Paula.
Él no respondió. Conducía con los labios apretados y su hosca expresión le recordaba su primer encuentro. Las barreras estaban levantadas de nuevo. Paula cruzó los brazos sobre el pecho y decidió que no tenía el menor interés en insistir. Pero su repentino mal humor empezaba a enfadarla de verdad. Por fin, Pedro detuvo el coche frente a su casa.
—La llamada era de Bruno Moore, el presentador que me entrevistó.
—Sé quién es Bruno Moore —dijo ella.
—Claro que lo sabes.
—¿Qué significa eso?
—Quiere otra entrevista ahora que están a punto de empezar las fiestas.
—Eso es bueno, ¿No?
—No, no lo es. Quiere que hablemos sobre mi decisión de adoptar al perro. Y sólo le he contado a una persona que estoy dispuesto a quedarme con él —dijo Pedro—. No has esperado ni un minuto para sacar provecho de eso, ¿Verdad? Tus estúpidas fiestas son más importantes para tí que proteger mi privacidad.
—¿Cómo puedes decir eso? —exclamó Paula, atónita.
¿Sus estúpidas fiestas?
—Tú eras la única que sabía lo del perro.
Hablaba con su tono de detective, frío, duro; un tono que ella odiaba porque estaba encontrándola culpable sin haberle dado tiempo a defenderse. Jimena debía de habérselo contado a Bruno, decidió. ¿Y cómo se atrevía Pedro a pensar tan mal de ella? Después del tiempo que habían pasado juntos debería conocerla un poco mejor. Pero estaba claro que él, que guardaba sus secretos con tanto cuidado, no la conocía de verdad. Y la sorpresa se mezclaba con la sensación de haber sido traicionada.
—También yo he descubierto algo que tú no me habías contado: Que estuviste casado —dijo Paula por fin—. ¿Cuándo pensabas contármelo?
Si había esperado sorprenderlo, se llevó una desilusión.
—No veía ninguna razón para contártelo —dijo él—. A mí no me gusta regodearme en mis fracasos.
—¿Es así como ves las cosas que yo te he contado? —exclamó Paula—. Creía que estábamos empezando a confiar en el uno en el otro. Pero por lo visto, sólo ha sido por mi parte.
—Y por mi parte ha sido lo más sensato, ya que no eres capaz de guardar un secreto. Imagina si te hubiera hablado sobre mi ex mujer y las razones por las que dejé mi trabajo en Detroit. ¡Seguramente mañana estaría leyéndolo en el periódico para atraer más gente a las fiestas!
Ella lo miró, perpleja.
—¡Eres el hombre más imbécil que he conocido en toda mi vida!
—Ya lo sé, eres tú la única que se sorprende.
Aunque estaba temblando de furia, Paula bajó del coche con la cabeza bien alta. Habían discutido otras veces, pero aquella era una pelea de verdad.
—No olvides llevarte a tu perro —dijo él entonces.
—Yo no puedo tener un perro, ya tengo una gata.
—Seguro que acabarán llevándose bien.
¿Había querido decir que las cosas podrían arreglarse? ¿Que si criaturas tan opuestas como un perro y un gato podían llevarse bien también podrían hacerlo ellos? Demasiado furiosa como para llorar, Paula abrió la puerta del pasajero.
—¡Ven aquí, Towanda!
Por dentro, rogaba que Pedro dijese algo sobre el nombre. Pero se quedó donde estaba, en silencio, mirando hacia delante. Paula cerró de un portazo y cuando el coche desapareció al final de la calle se puso a llorar. El perro lanzó un gemido, lamiendo su mano antes de tirar de la correa, intentando patéticamente hacer lo que ella quería hacer. Seguir a Pedro.
—Ten un poco de orgullo —se dijo a sí misma.
Tarde o temprano, Pedro descubriría que no había sido ella quien se lo contó a Bruno. Y entonces le hablaría de su ex mujer y le contaría por qué había dejado su trabajo en Detroit. Intentaba convencerse a sí misma de que era importante estar en desacuerdo, incluso discutir para ver cómo eran capaces de resolver las cosas. Pronto sabría si eran capaces de salir de los rápidos y flotar hacia un cauce más tranquilo. Pedro le pediría disculpas por sacar conclusiones precipitadas, le hablaría de su vida en Detroit, le confiaría cosas de su anterior matrimonio… Fracasos, los había llamado.
—Paula, tenemos que irnos —le dijo, con voz tensa.
Carolina se dió cuenta, y Paula también, pero intentó disimular.
—Gracias por la cena. Ha sido un placer conocerlos.
—Lo mismo digo. Espero verte a menudo por aquí.
Pedro silbó al perro, que salió medio grogui de la habitación de los niños, y subieron al coche en silencio.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Paula.
Él no respondió. Conducía con los labios apretados y su hosca expresión le recordaba su primer encuentro. Las barreras estaban levantadas de nuevo. Paula cruzó los brazos sobre el pecho y decidió que no tenía el menor interés en insistir. Pero su repentino mal humor empezaba a enfadarla de verdad. Por fin, Pedro detuvo el coche frente a su casa.
—La llamada era de Bruno Moore, el presentador que me entrevistó.
—Sé quién es Bruno Moore —dijo ella.
—Claro que lo sabes.
—¿Qué significa eso?
—Quiere otra entrevista ahora que están a punto de empezar las fiestas.
—Eso es bueno, ¿No?
—No, no lo es. Quiere que hablemos sobre mi decisión de adoptar al perro. Y sólo le he contado a una persona que estoy dispuesto a quedarme con él —dijo Pedro—. No has esperado ni un minuto para sacar provecho de eso, ¿Verdad? Tus estúpidas fiestas son más importantes para tí que proteger mi privacidad.
—¿Cómo puedes decir eso? —exclamó Paula, atónita.
¿Sus estúpidas fiestas?
—Tú eras la única que sabía lo del perro.
Hablaba con su tono de detective, frío, duro; un tono que ella odiaba porque estaba encontrándola culpable sin haberle dado tiempo a defenderse. Jimena debía de habérselo contado a Bruno, decidió. ¿Y cómo se atrevía Pedro a pensar tan mal de ella? Después del tiempo que habían pasado juntos debería conocerla un poco mejor. Pero estaba claro que él, que guardaba sus secretos con tanto cuidado, no la conocía de verdad. Y la sorpresa se mezclaba con la sensación de haber sido traicionada.
—También yo he descubierto algo que tú no me habías contado: Que estuviste casado —dijo Paula por fin—. ¿Cuándo pensabas contármelo?
Si había esperado sorprenderlo, se llevó una desilusión.
—No veía ninguna razón para contártelo —dijo él—. A mí no me gusta regodearme en mis fracasos.
—¿Es así como ves las cosas que yo te he contado? —exclamó Paula—. Creía que estábamos empezando a confiar en el uno en el otro. Pero por lo visto, sólo ha sido por mi parte.
—Y por mi parte ha sido lo más sensato, ya que no eres capaz de guardar un secreto. Imagina si te hubiera hablado sobre mi ex mujer y las razones por las que dejé mi trabajo en Detroit. ¡Seguramente mañana estaría leyéndolo en el periódico para atraer más gente a las fiestas!
Ella lo miró, perpleja.
—¡Eres el hombre más imbécil que he conocido en toda mi vida!
—Ya lo sé, eres tú la única que se sorprende.
Aunque estaba temblando de furia, Paula bajó del coche con la cabeza bien alta. Habían discutido otras veces, pero aquella era una pelea de verdad.
—No olvides llevarte a tu perro —dijo él entonces.
—Yo no puedo tener un perro, ya tengo una gata.
—Seguro que acabarán llevándose bien.
¿Había querido decir que las cosas podrían arreglarse? ¿Que si criaturas tan opuestas como un perro y un gato podían llevarse bien también podrían hacerlo ellos? Demasiado furiosa como para llorar, Paula abrió la puerta del pasajero.
—¡Ven aquí, Towanda!
Por dentro, rogaba que Pedro dijese algo sobre el nombre. Pero se quedó donde estaba, en silencio, mirando hacia delante. Paula cerró de un portazo y cuando el coche desapareció al final de la calle se puso a llorar. El perro lanzó un gemido, lamiendo su mano antes de tirar de la correa, intentando patéticamente hacer lo que ella quería hacer. Seguir a Pedro.
—Ten un poco de orgullo —se dijo a sí misma.
Tarde o temprano, Pedro descubriría que no había sido ella quien se lo contó a Bruno. Y entonces le hablaría de su ex mujer y le contaría por qué había dejado su trabajo en Detroit. Intentaba convencerse a sí misma de que era importante estar en desacuerdo, incluso discutir para ver cómo eran capaces de resolver las cosas. Pronto sabría si eran capaces de salir de los rápidos y flotar hacia un cauce más tranquilo. Pedro le pediría disculpas por sacar conclusiones precipitadas, le hablaría de su vida en Detroit, le confiaría cosas de su anterior matrimonio… Fracasos, los había llamado.
jueves, 18 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 36
Pedro guardó el móvil en el bolsillo unos segundos después. Desde el porche podía oír a su hermana y a Paula charlando… A Carolina le encantaba Paula. ¿Era por eso por lo que la había llevado allí? Evidentemente, llevar a una chica a casa de su hermana era un gran paso. «Casi como poner un anuncio de compromiso», pensó. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Era muy raro en él no pensar bien las cosas. ¿Por qué no había pensado que tanto su hermana como Sarah iban a leer algo en la situación que él no pretendía? Cuando se tumbaron en la cama con los niños, en su rostro había visto la misma expresión que aquella primera noche, cuando tuvo a Ralf en brazos. Lo supiera o no, aquello era lo que quería de la vida. Lo que lo sorprendió fue un pensamiento que apareció como de la nada: «Eso es lo que quieres tú también».
De repente, Pedro supo qué terrible debilidad lo había hecho no pensar bien las cosas. Se había enamorado de Paula Chaves. Y era un error. Él no tenía nada que llevar a una relación. Su trabajo lo había hecho cínico y frío, tan dispuesto a pensar lo peor de la gente como Paula a pensar lo mejor. Una chica como ella necesitaba un hombre como su cuñado, una persona sencilla sin un pasado oscuro. Rafael era dentista, con una consulta que había heredado de su padre, y desde pequeño lo único que había querido era una familia, seguridad, rutina, tradiciones… Pedro y Carolina también habían aprendido esas cosas; la diferencia era que ellos sabían que alguien podía arrancártelas de golpe, dejándote sin nada. Rafael conocía la historia de Carolina, pero no la había vivido. Su cuñado no creía que la vida de alguien pudiera ser apagada en un parpadeo. No sabía que un ser humano era incapaz de controlar su destino. Él, sin embargo, llevaba eso en su interior como una herida infestada. Rafael creía ingenuamente que su buen carácter y su capacidad de llevar dinero a casa, era suficiente para proteger a su familia. ¿Y Carolina? Su hermana era lo bastante valiente como para haberse arriesgado a enamorarse, aun sabiendo que la vida no ofrecía garantías, aun sabiendo que no había finales felices para casi nadie. Pero él no tenía tanto valor como su hermana.
—¿Algún problema? —le preguntó Rafael.
—No, no… —murmuró Pedro.
Él ya sabía lo que debía hacer antes de la llamada. Lo había sabido en cuanto se tumbó al lado de Paula, leyendo un cuento para los niños. Lo había sabido en cuanto reconoció la verdad. Tenía que decirle adiós. Pero esa llamada le había dado una excusa para hacerlo. Bruno Moore, el presentador que lo había entrevistado, sabía que había decidido quedarse con el perro. Y aparte de él, sólo una persona en el mundo lo sabía. En realidad, no estaba enfadado con Paula. No, estaba enfadado consigo mismo por dejar que una mujer atravesara sus defensas, por dejar que ocurriera algo entre ellos cuando no tenía nada que aportar a una relación. Había enterrado a sus padres y había fracasado en un matrimonio. Y en su último caso en Detroit había visto y hecho cosas que querría olvidar para siempre. Eso era lo único que podía aportar a una relación: Su incapacidad de confiar en la vida. Que ella le hubiese contado a Bruno Moore algo tan personal, usándolo en provecho propio, sólo confirmaba lo que ya sabía. No podía confiar en nadie. Y tampoco en sí mismo.
Mientras Rafael y él volvían al porche, hacia la luz, hacia las mujeres, le pareció el paseo más largo del mundo. Paula se volvió para mirarlo con el ceño fruncido, como si supiera que pasaba algo. Le gustaba cómo lo miraba, como si hubiera salido el sol. Y se dió cuenta de que la echaría de menos. Pero un hombre tenía que merecer esas miradas. Tendría que demostrarle cada día que lo merecía… Un hombre querría protegerla de todo lo malo. Y después de haber lidiado con su trabajo en el departamento de homicidios de Detroit, Pedro sabía que esa era una tarea imposible. Ni siquiera era capaz de protegerla de sí mismo y menos de fuerzas que no podía controlar. Pero sí podía protegerla de sí mismo, pensó, haciendo lo que debía hacer.
De repente, Pedro supo qué terrible debilidad lo había hecho no pensar bien las cosas. Se había enamorado de Paula Chaves. Y era un error. Él no tenía nada que llevar a una relación. Su trabajo lo había hecho cínico y frío, tan dispuesto a pensar lo peor de la gente como Paula a pensar lo mejor. Una chica como ella necesitaba un hombre como su cuñado, una persona sencilla sin un pasado oscuro. Rafael era dentista, con una consulta que había heredado de su padre, y desde pequeño lo único que había querido era una familia, seguridad, rutina, tradiciones… Pedro y Carolina también habían aprendido esas cosas; la diferencia era que ellos sabían que alguien podía arrancártelas de golpe, dejándote sin nada. Rafael conocía la historia de Carolina, pero no la había vivido. Su cuñado no creía que la vida de alguien pudiera ser apagada en un parpadeo. No sabía que un ser humano era incapaz de controlar su destino. Él, sin embargo, llevaba eso en su interior como una herida infestada. Rafael creía ingenuamente que su buen carácter y su capacidad de llevar dinero a casa, era suficiente para proteger a su familia. ¿Y Carolina? Su hermana era lo bastante valiente como para haberse arriesgado a enamorarse, aun sabiendo que la vida no ofrecía garantías, aun sabiendo que no había finales felices para casi nadie. Pero él no tenía tanto valor como su hermana.
—¿Algún problema? —le preguntó Rafael.
—No, no… —murmuró Pedro.
Él ya sabía lo que debía hacer antes de la llamada. Lo había sabido en cuanto se tumbó al lado de Paula, leyendo un cuento para los niños. Lo había sabido en cuanto reconoció la verdad. Tenía que decirle adiós. Pero esa llamada le había dado una excusa para hacerlo. Bruno Moore, el presentador que lo había entrevistado, sabía que había decidido quedarse con el perro. Y aparte de él, sólo una persona en el mundo lo sabía. En realidad, no estaba enfadado con Paula. No, estaba enfadado consigo mismo por dejar que una mujer atravesara sus defensas, por dejar que ocurriera algo entre ellos cuando no tenía nada que aportar a una relación. Había enterrado a sus padres y había fracasado en un matrimonio. Y en su último caso en Detroit había visto y hecho cosas que querría olvidar para siempre. Eso era lo único que podía aportar a una relación: Su incapacidad de confiar en la vida. Que ella le hubiese contado a Bruno Moore algo tan personal, usándolo en provecho propio, sólo confirmaba lo que ya sabía. No podía confiar en nadie. Y tampoco en sí mismo.
Mientras Rafael y él volvían al porche, hacia la luz, hacia las mujeres, le pareció el paseo más largo del mundo. Paula se volvió para mirarlo con el ceño fruncido, como si supiera que pasaba algo. Le gustaba cómo lo miraba, como si hubiera salido el sol. Y se dió cuenta de que la echaría de menos. Pero un hombre tenía que merecer esas miradas. Tendría que demostrarle cada día que lo merecía… Un hombre querría protegerla de todo lo malo. Y después de haber lidiado con su trabajo en el departamento de homicidios de Detroit, Pedro sabía que esa era una tarea imposible. Ni siquiera era capaz de protegerla de sí mismo y menos de fuerzas que no podía controlar. Pero sí podía protegerla de sí mismo, pensó, haciendo lo que debía hacer.
Dulce Amor: Capítulo 35
Al día siguiente, Paula conoció a Carolina y Rafael por primera vez. Y si había temido sentirse incómoda con la hermana y el cuñado de Pedro, estaba equivocada. Joaquín y Franco persiguieron al perro por toda la casa hasta que llegó la hora de la cena. Y luego organizaron un desastre con los espaguetis que los hizo reír a todos. Estaba sorprendida por lo cómoda que se sentía allí, con Pedro, siendo parte de algo que siempre había querido tener. Una familia. Todos bromeaban en la mesa, Pedro y Rafael se llevaban bien, y el inmenso cariño de los dos hermanos era evidente. Carolina le pidió que llevase a los niños a la cama mientras su marido y ella limpiaban los platos.
—Ve con él, Paula.
—Ah, muy bien.
Fueron juntos al dormitorio de los niños, con una cama a un lado de la habitación y una cuna en el otro. Joaquín les pidió que se tumbasen en su cama y el perro intentó unirse a ellos, poniendo cara de enfado cuando Pedro le dijo que no, muy serio. Por fin, cuando los cuatro estaban en la cama, con el cachorro tumbado a sus pies, Joaquín eligió un libro de cuentos. Con Franco apoyado en el pecho, Pedro empezó a leer el cuento… Y unos segundos después Joaquín se quedó dormido. Paula lo miró y sintió un anhelo tan profundo que era como ser tragada por la corriente del río, una corriente de la que no podía escapar. Pero si no había posibilidad de escapar, ¿Por qué no disfrutar del viaje? Pedro seguía leyendo el cuento para Franco y ella dejó que su masculina voz la relajase. Después de romper con Fernando había intentando convencerse a sí misma de que podía vivir sin aquello. Ahora sabía que no podía. Porque aquello era lo que quería. No, era más que eso. Aquello era lo que necesitaba. Era la vida que había querido siempre. Cuando terminó de leer el cuento, Pedro se levantó para meter a Franco en la cuna, con la colita hacia arriba, el pulgar en la boca… Por un momento se quedaron inmóviles, mirando al niño sin decir una palabra. Y luego se reunieron con Carolina y Rafael en el porche de atrás para tomar un café y mirar las estrellas.
—En Detroit no se veían las estrellas —dijo Carolina, apretando la mano de su marido.
Rafael tenía una pierna escayolada, pero si albergaba algún resentimiento contra su mujer por tener que trabajar lejos de Kettle Bend, no lo demostraba. Parecía un hombre feliz, satisfecho con su vida, un hombre que conduciría cientos de kilómetros todos los días… Por ella. La conversación era agradable, y a Paula le encantaba ver a Pedro con su hermana, tan juguetón, tan protector… Ese era el autentico Pedro Alfonso, sin la guardia levantada. Más tarde, cuando los hombres se alejaron por el jardín para fumar un puro, Carolina y ella se quedaron solas.
—¿Por qué llamas Alfonso a tu hermano? —le preguntó.
—Si quieres que te diga la verdad, me asombra que te deje llamarlo Pedro.
—¿Por qué?
—Porque nadie lo ha llamado nunca así. Ni siquiera en el colegio. Allí era Alfonso o Alfon.
—¿Y tú también lo llamabas así?
—Qué remedio… Amenazó con cortarme la trenza mientras dormía si le decía a alguien que su nombre era Pedro.
—Pero ¿Por qué no le gusta?
—¿Quién sabe? —Carolina se encogió de hombros—. Tal vez alguien se burló de su nombre cuando era pequeño. Mi padre siempre lo llamaba «Hijo». Decía que el día que nació Pedro, el sol salió en su vida y nunca volvió a ponerse. Y yo era «Arco iris» por la misma razón.
Paula imaginó una familia unida, cariñosa, y sintió como nunca el impacto de la trágica muerte de sus padres.
—Mi madre lo llamaba Pedro —siguió Carolina—. Era la única persona que lo hacía, pero desde que murió, no dejó que nadie lo llamara así. Creo que le recuerda a esa noche, por eso me sorprende que tú… ¡Ah, ya…!
—¿Qué? —preguntó Paula.
—Que creo que eres estupenda para mi hermano. Cuando los ví montando en bicicleta a la orilla del río, no podía creer que fuera Alfonso —Carolina miró hacia los dos hombres en el jardín—. Tamara no era buena para él. Menos mal que nunca tuvieron hijos.
—¿Tamara? —repitió Paula.
Carolina la miró, sorprendida.
—Ah, pensé que sabías lo de su ex mujer. Lo siento, no debería haber dicho nada.
¿Pedro había estado casado y no se lo había dicho? Él lo sabía todo sobre ella. Todo. Sabía de su infancia, del mujeriego de su padre, de su poco sentido común para elegir hombres con los que compartir su vida…Durante los últimos días le había hablado de sus mascotas muertas, de sus citas desastrosas, del baile de promoción, y de sus películas favoritas de todos los tiempos. ¿Por qué no le había contado que había estado casado? Había creído que era un hombre que se tomaba en serio sus compromisos, un hombre incapaz de romper una promesa. Pero aparentemente, estaba equivocada. Se había equivocado con Fernando, aunque le había dado muchas pistas sobre lo insatisfecho que estaba con su relación. ¿No estaba Pedro dándole pistas también? No quería ponerle nombre al perro, por ejemplo. Y le había dejado claro que no quería saber nada de relaciones personales. ¿Por qué había decidido ignorar eso? Porque la había emocionado que la invitase a cenar en casa de su hermana, aunque no le había hablado de ella. Por los paseos con el perro, porque habían hecho mermelada juntos, porque habían visto juntos unos cuantos partidos de hockey. ¿Tan emocionada estaba que no había querido ver la verdad? De repente, en el silencio de la noche, oyeron que sonaba un móvil.
—Espero que no conteste… —murmuró Carolina.
Pero cuando oyeron responder a Pedro, ella suspiró.
—Seguro que es algo de trabajo y seguro que se irá… Por eso se rompió su relación con Tamara.
Tamara otra vez.
—Creo que su trabajo es muy importante para él. No es sólo lo que hace, es lo que es.
Carolina le regaló una sonrisa que hasta ese momento había estado reservada para Pedro, como incluyéndola en el círculo, y eso aumentó su anhelo de tener una familia. ¿Pero no era ese anhelo lo que la cegaba, como le había ocurrido con Fernando?
—Ve con él, Paula.
—Ah, muy bien.
Fueron juntos al dormitorio de los niños, con una cama a un lado de la habitación y una cuna en el otro. Joaquín les pidió que se tumbasen en su cama y el perro intentó unirse a ellos, poniendo cara de enfado cuando Pedro le dijo que no, muy serio. Por fin, cuando los cuatro estaban en la cama, con el cachorro tumbado a sus pies, Joaquín eligió un libro de cuentos. Con Franco apoyado en el pecho, Pedro empezó a leer el cuento… Y unos segundos después Joaquín se quedó dormido. Paula lo miró y sintió un anhelo tan profundo que era como ser tragada por la corriente del río, una corriente de la que no podía escapar. Pero si no había posibilidad de escapar, ¿Por qué no disfrutar del viaje? Pedro seguía leyendo el cuento para Franco y ella dejó que su masculina voz la relajase. Después de romper con Fernando había intentando convencerse a sí misma de que podía vivir sin aquello. Ahora sabía que no podía. Porque aquello era lo que quería. No, era más que eso. Aquello era lo que necesitaba. Era la vida que había querido siempre. Cuando terminó de leer el cuento, Pedro se levantó para meter a Franco en la cuna, con la colita hacia arriba, el pulgar en la boca… Por un momento se quedaron inmóviles, mirando al niño sin decir una palabra. Y luego se reunieron con Carolina y Rafael en el porche de atrás para tomar un café y mirar las estrellas.
—En Detroit no se veían las estrellas —dijo Carolina, apretando la mano de su marido.
Rafael tenía una pierna escayolada, pero si albergaba algún resentimiento contra su mujer por tener que trabajar lejos de Kettle Bend, no lo demostraba. Parecía un hombre feliz, satisfecho con su vida, un hombre que conduciría cientos de kilómetros todos los días… Por ella. La conversación era agradable, y a Paula le encantaba ver a Pedro con su hermana, tan juguetón, tan protector… Ese era el autentico Pedro Alfonso, sin la guardia levantada. Más tarde, cuando los hombres se alejaron por el jardín para fumar un puro, Carolina y ella se quedaron solas.
—¿Por qué llamas Alfonso a tu hermano? —le preguntó.
—Si quieres que te diga la verdad, me asombra que te deje llamarlo Pedro.
—¿Por qué?
—Porque nadie lo ha llamado nunca así. Ni siquiera en el colegio. Allí era Alfonso o Alfon.
—¿Y tú también lo llamabas así?
—Qué remedio… Amenazó con cortarme la trenza mientras dormía si le decía a alguien que su nombre era Pedro.
—Pero ¿Por qué no le gusta?
—¿Quién sabe? —Carolina se encogió de hombros—. Tal vez alguien se burló de su nombre cuando era pequeño. Mi padre siempre lo llamaba «Hijo». Decía que el día que nació Pedro, el sol salió en su vida y nunca volvió a ponerse. Y yo era «Arco iris» por la misma razón.
Paula imaginó una familia unida, cariñosa, y sintió como nunca el impacto de la trágica muerte de sus padres.
—Mi madre lo llamaba Pedro —siguió Carolina—. Era la única persona que lo hacía, pero desde que murió, no dejó que nadie lo llamara así. Creo que le recuerda a esa noche, por eso me sorprende que tú… ¡Ah, ya…!
—¿Qué? —preguntó Paula.
—Que creo que eres estupenda para mi hermano. Cuando los ví montando en bicicleta a la orilla del río, no podía creer que fuera Alfonso —Carolina miró hacia los dos hombres en el jardín—. Tamara no era buena para él. Menos mal que nunca tuvieron hijos.
—¿Tamara? —repitió Paula.
Carolina la miró, sorprendida.
—Ah, pensé que sabías lo de su ex mujer. Lo siento, no debería haber dicho nada.
¿Pedro había estado casado y no se lo había dicho? Él lo sabía todo sobre ella. Todo. Sabía de su infancia, del mujeriego de su padre, de su poco sentido común para elegir hombres con los que compartir su vida…Durante los últimos días le había hablado de sus mascotas muertas, de sus citas desastrosas, del baile de promoción, y de sus películas favoritas de todos los tiempos. ¿Por qué no le había contado que había estado casado? Había creído que era un hombre que se tomaba en serio sus compromisos, un hombre incapaz de romper una promesa. Pero aparentemente, estaba equivocada. Se había equivocado con Fernando, aunque le había dado muchas pistas sobre lo insatisfecho que estaba con su relación. ¿No estaba Pedro dándole pistas también? No quería ponerle nombre al perro, por ejemplo. Y le había dejado claro que no quería saber nada de relaciones personales. ¿Por qué había decidido ignorar eso? Porque la había emocionado que la invitase a cenar en casa de su hermana, aunque no le había hablado de ella. Por los paseos con el perro, porque habían hecho mermelada juntos, porque habían visto juntos unos cuantos partidos de hockey. ¿Tan emocionada estaba que no había querido ver la verdad? De repente, en el silencio de la noche, oyeron que sonaba un móvil.
—Espero que no conteste… —murmuró Carolina.
Pero cuando oyeron responder a Pedro, ella suspiró.
—Seguro que es algo de trabajo y seguro que se irá… Por eso se rompió su relación con Tamara.
Tamara otra vez.
—Creo que su trabajo es muy importante para él. No es sólo lo que hace, es lo que es.
Carolina le regaló una sonrisa que hasta ese momento había estado reservada para Pedro, como incluyéndola en el círculo, y eso aumentó su anhelo de tener una familia. ¿Pero no era ese anhelo lo que la cegaba, como le había ocurrido con Fernando?
Dulce Amor: Capítulo 34
Sabía, por cómo hablaba de ella, que Della era la persona más importante del mundo para Pedro…
—No, es que nos vió montando en bicicleta el otro día y dice que estuvo a punto de caer al río con el coche, tan sorprendida se quedó. Carolina cree que no sé pasarlo bien, ¿Qué te parece?
—Que no te conoce.
Pedro sonrió.
—No sabe en qué me he convertido en los últimos tiempos… —murmuró, mirándola de esa forma que le encogía el corazón.
—Me encantaría ir a cenar a casa de tu hermana.
Él asintió con la cabeza, mirando el río.
—Eso era lo que me temía.
Paula supo entonces que también él lo había sentido, que había algo entre ellos tan poderoso como la corriente de ese río.
—¿Dónde crees que acabará el palo? —le preguntó, imaginando que terminaba en un campo verde muy lejos, que un niño lo recogía y volvía a tirarlo.
Tal vez llegaría al mar y terminaría en un país extranjero. Las posibilidades, del palo y de su vida, parecían infinitas.
—Probablemente caerá por la cascada —dijo él—, y acabará pulverizado.
Ella sintió un escalofrío.
—Me marcho —dijo entonces—. Tengo una reunión del comité. ¿Vienes?
—No, tengo que irme a trabajar.
Le asombraba que pasara su tiempo libre con ella y lo rápidamente que se había ganado el respeto de los vecinos de Kettle Bend. Paula se daba cuenta de que cada día más gente los veía como una pareja y no podía contener la emoción que eso le provocaba.
—Yo sé de una chica que está enamorada… —bromeó Jimena.
Paula acababa de descubrirlo y no quería que lo supiera todo el pueblo.
—No estoy enamorada —protestó débilmente.
Jimena soltó una risita.
—Es el final perfecto de la historia: «Cachorro a punto de ahogarse une a una pareja».
—Pedro y yo no somos una pareja.
—Si van a Hombre’s un sábado por la noche y piden un batido y dos pajitas, es oficial.
—¿Te has enterado de eso? —exclamó Paula.
—Incluso sé qué llevabas puesto.
—Por favor, no sigas.
—Una camisa blanca, un pantalón pirata negro y unas bailarinas de color rosa chicle.
—¡Dios mío!
—Así son los pueblos pequeños, Paula. Todo el mundo lo sabe todo de los demás. Así que puedes decirme que no estás enamorada todo lo que quieras, el brillo de tus ojos te delata. ¿Ya le han puesto nombre al perro?
—No —respondió ella. Pero de repente, le parecía tan importante que tenía que contárselo a alguien—. Creo que Pedro va a quedárselo.
—Yo no tenía la menor duda. Como he dicho, un final feliz.
—No, es que nos vió montando en bicicleta el otro día y dice que estuvo a punto de caer al río con el coche, tan sorprendida se quedó. Carolina cree que no sé pasarlo bien, ¿Qué te parece?
—Que no te conoce.
Pedro sonrió.
—No sabe en qué me he convertido en los últimos tiempos… —murmuró, mirándola de esa forma que le encogía el corazón.
—Me encantaría ir a cenar a casa de tu hermana.
Él asintió con la cabeza, mirando el río.
—Eso era lo que me temía.
Paula supo entonces que también él lo había sentido, que había algo entre ellos tan poderoso como la corriente de ese río.
—¿Dónde crees que acabará el palo? —le preguntó, imaginando que terminaba en un campo verde muy lejos, que un niño lo recogía y volvía a tirarlo.
Tal vez llegaría al mar y terminaría en un país extranjero. Las posibilidades, del palo y de su vida, parecían infinitas.
—Probablemente caerá por la cascada —dijo él—, y acabará pulverizado.
Ella sintió un escalofrío.
—Me marcho —dijo entonces—. Tengo una reunión del comité. ¿Vienes?
—No, tengo que irme a trabajar.
Le asombraba que pasara su tiempo libre con ella y lo rápidamente que se había ganado el respeto de los vecinos de Kettle Bend. Paula se daba cuenta de que cada día más gente los veía como una pareja y no podía contener la emoción que eso le provocaba.
—Yo sé de una chica que está enamorada… —bromeó Jimena.
Paula acababa de descubrirlo y no quería que lo supiera todo el pueblo.
—No estoy enamorada —protestó débilmente.
Jimena soltó una risita.
—Es el final perfecto de la historia: «Cachorro a punto de ahogarse une a una pareja».
—Pedro y yo no somos una pareja.
—Si van a Hombre’s un sábado por la noche y piden un batido y dos pajitas, es oficial.
—¿Te has enterado de eso? —exclamó Paula.
—Incluso sé qué llevabas puesto.
—Por favor, no sigas.
—Una camisa blanca, un pantalón pirata negro y unas bailarinas de color rosa chicle.
—¡Dios mío!
—Así son los pueblos pequeños, Paula. Todo el mundo lo sabe todo de los demás. Así que puedes decirme que no estás enamorada todo lo que quieras, el brillo de tus ojos te delata. ¿Ya le han puesto nombre al perro?
—No —respondió ella. Pero de repente, le parecía tan importante que tenía que contárselo a alguien—. Creo que Pedro va a quedárselo.
—Yo no tenía la menor duda. Como he dicho, un final feliz.
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