Paula dió un paso atrás y Pedro vió una pregunta en sus ojos.
—Creo que es hora de ponerle un nombre —dijo luego, mirando al cachorro.
Eso lo sorprendió. Porque no sólo estaba pidiéndole que le pusiera un nombre, estaba preguntándole si era capaz de comprometerse. Quería saber dónde iba aquello. Pedro no contestó y pudo ver la desilusión en sus ojos. Había sabido que acabaría desilusionándola, de modo que no era una sorpresa. Porque la verdad era que Paula Chaves no sabía nada sobre él. Tal vez era el momento de contarle que estaba dañado de manera irrevocable. Ella se había llevado una terrible desilusión con el canalla de su prometido, y él sería un candidato aún peor. Pero contarle los detalles de su vida implicaba que aquello iba a algún sitio y Pedro estaba decidido a que no fuera así.
—¿Quieres que nos veamos mañana? —sugirió ella—. Podemos pasear un rato al perro sin nombre.
Pedro sabía que debía decir que no. Lo sabía, pero no lo hizo. Porque esa nueva esperanza que estaba empezando a nacer en su corazón no lo dejaba.
—¿Por qué no vas a buscarme alrededor de las cuatro? No vayas antes, no quiero que vuelvas a pillarme en la ducha —le advirtió.
Y se dió cuenta de que le gustaba que se pusiera colorada, casi tanto como tomarle el pelo. Pero Paula no iba a dejarle que tomase todas las decisiones.
—Voy a hacer una lista de nombres —le dijo, con una dulce sonrisa.
Sullivan se dio cuenta de que dos días se habían convertido en tres. Su legendaria disciplina estaba fallándole y eso no podía ser. Y tal vez para convencerse a sí mismo de que seguía llevando el control, decidió entonces que no iba a ponerle nombre al perro.
—Trey, Timothy, Taurus, Towanda…
—¿Towanda?
—Sólo lo he dicho para ver si estabas prestando atención. Voy por la T y no puedo creer que no te haya gustado un solo nombre —dijo Paula.
—No voy a quedarme con el perro, de modo que no tiene sentido que le ponga nombre. Eso es para quien lo adopte.
Decía que no iba a quedarse con el perro, pero Paula no lo creía. Los tres habían pasado mucho tiempo juntos en la última semana, el perro era de Pedro y él lo sabía. Sólo estaba siendo cabezota. Y lo era, mucho. Pero la mayoría de la gente no sabía que también era divertido, inesperadamente tierno, inteligente, juguetón…
Paula lo miró, sin poder disimular una sonrisa. Estaban paseando con el perro a la orilla del río, una idea de Pedro para que el pobre animal aprendiese a controlar su miedo al agua. Se le encogía el corazón al ver su expresión cuando el animal se escondía tras él, asustado. ¿Qué le estaba pasando?, se preguntó. Y entonces, de repente, lo supo. No sólo estaba enamorándose de cómo el pelo caía sobre su frente, de cómo su sonrisa lo iluminaba todo, de cómo podía hacer que dar un paseo a la orilla del río o hacer mermelada la hiciese sentir viva… Estaba enamorándose de Pedro Alfonso. Contempló ese pensamiento y esperó sentir una oleada de terror. Pero en lugar de eso experimentaba una sensación de alegría. La vida nunca había sido mejor. Desde que él dió la entrevista habían recibido muchas reservas para las fiestas, los comités no dejaban de trabajar en las actividades y todos los puestos estaban alquilados. En la última semana se habían visto todos los días. Habían ido a pasear al perro y a montar en bicicleta con el cachorro tras ellos. Pero esas cosas tan normales, como hacer palomitas y ver partidos de hockey, parecían imbuidas de una emoción extraordinaria. Y habían intercambiado besos que cada día eran más apasionados. iban de la mano… Cuando veían la televisión, Pedro le pasaba un brazo por los hombros. A veces le daba un beso y reía cuando ella disimulaba los escalofríos que la hacía sentir. Pero nada de eso podía compararse con lo que sentía en aquel momento. Era como si su corazón hubiera estado cerrado durante años, y de repente, se abriera. Las crecidas de la primavera habían terminado y el cauce del río se deslizaba suavemente frente a ellos, pero cuando él tiró un palo al agua, el perro lanzó un gemido y se escondió detrás de su pierna, mirando el palo con un ojo. Suspirando, él se inclinó para acariciar sus orejas.
—¡Qué demonios…! Tal vez me lo quede.
—¿Qué?
Pedro se encogió de hombros.
—Mi hermana nos ha invitado a cenar mañana. ¿Te apetece?
Paula lo miró, perpleja. Iba a quedarse con el perro y su hermana la había invitado a cenar. Todo estaba cambiando de una manera increíble.
—¿Le has hablado de mí a tu hermana? —le preguntó, con el corazón acelerado.
jueves, 18 de junio de 2020
martes, 16 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 32
—Puedo discutir contigo si me apetece.
—Sí, es verdad. Pero te advierto que tendrá consecuencias.
—¿Por ejemplo? —le preguntó ella, sin dejarse intimidar.
—Deja que te lo demuestre…
Pedro abrió la puerta de la cocina y tomó un paño con el que la golpeó el trasero.
—¡Oye!
Corrieron alrededor de la isla de la cocina, saliendo y entrando, riendo como niños. El cachorro se unió al juego, sin saber a quién perseguía, pero encantado de dar vueltas. Paula tomó otro paño y lo golpeó en el trasero antes de huir hacia el salón. Y por fin, cuando estaban muertos de risa, se rindió.
—De acuerdo, de acuerdo… Puedes ayudarme —le dijo—. Mira, esta es la receta.
—«Aventura de verano» —leyó Pedro, riendo al ver las propiedades que le atribuía la abuela de Paula—. ¿Crees que funciona de verdad?
—¡Pues claro que no!
—Entiendo que odies hacer mermelada.
—No odio hacer mermelada.
—Sí lo odias —insistió él.
Le gustaba jugar con ella, reírse, hacer bromas… Tomarle el pelo y perseguirla por la cocina. De verdad le gustaba discutir con ella sobre la mermelada, sobre los perros, sobre si debía o no volver a usar la olla a presión… Eran las dos de la mañana cuando por fin se puso la chaqueta y los zapatos. Aunque dudaba que pudiera librarse algún día de aquel olor a frutas y azúcar.
—¿Tienes que trabajar mañana? —le preguntó Paula.
—Y tengo que levantarme a las cinco. Pero no importa, estoy acostumbrado.
Paula miró alrededor.
—No me lo puedo creer, hemos metido toda la mermelada en frascos y lo he pasado de maravilla.
Pedro se dió cuenta de que nunca había salido de la casa de una mujer a las dos de la mañana sin que hubiera pasado nada. Salvo que había treinta y dos tarros de mermelada en el alféizar de la ventana, brillando como joyas. Salvo que se habían perseguido por la cocina como si fueran dos niños pequeños, salvo estar uno al lado del otro, lavando y secando montañas de cacerolas. Algo había pasado sí. Y sentía como si estuviera curándose de su soledad, de su pena. Era como si empezase a albergar esperanzas otra vez. Un sentimiento muy peligroso. Ni siquiera había probado la maldita mermelada… A menos que contase chupar la cuchara o esa gotita en la muñeca de Paula. En realidad, era lo mejor que había probado nunca, pero él sabía que no tenía nada que ver con el sabor de la confitura. Eran las circunstancias lo que lo hacía tan dulce. Si tener un hogar sabía así, era maravilloso. Y sin poder resistirse a la tentación, la envolvió en sus brazos, levantando su barbilla con un dedo para rozar sus labios. Y luego, después de rozarlos, la besó de verdad. Y descubrió que estaba equivocado sobre el sabor del hogar. No era la mermelada ni las circunstancias. Eran sus labios.
—Sí, es verdad. Pero te advierto que tendrá consecuencias.
—¿Por ejemplo? —le preguntó ella, sin dejarse intimidar.
—Deja que te lo demuestre…
Pedro abrió la puerta de la cocina y tomó un paño con el que la golpeó el trasero.
—¡Oye!
Corrieron alrededor de la isla de la cocina, saliendo y entrando, riendo como niños. El cachorro se unió al juego, sin saber a quién perseguía, pero encantado de dar vueltas. Paula tomó otro paño y lo golpeó en el trasero antes de huir hacia el salón. Y por fin, cuando estaban muertos de risa, se rindió.
—De acuerdo, de acuerdo… Puedes ayudarme —le dijo—. Mira, esta es la receta.
—«Aventura de verano» —leyó Pedro, riendo al ver las propiedades que le atribuía la abuela de Paula—. ¿Crees que funciona de verdad?
—¡Pues claro que no!
—Entiendo que odies hacer mermelada.
—No odio hacer mermelada.
—Sí lo odias —insistió él.
Le gustaba jugar con ella, reírse, hacer bromas… Tomarle el pelo y perseguirla por la cocina. De verdad le gustaba discutir con ella sobre la mermelada, sobre los perros, sobre si debía o no volver a usar la olla a presión… Eran las dos de la mañana cuando por fin se puso la chaqueta y los zapatos. Aunque dudaba que pudiera librarse algún día de aquel olor a frutas y azúcar.
—¿Tienes que trabajar mañana? —le preguntó Paula.
—Y tengo que levantarme a las cinco. Pero no importa, estoy acostumbrado.
Paula miró alrededor.
—No me lo puedo creer, hemos metido toda la mermelada en frascos y lo he pasado de maravilla.
Pedro se dió cuenta de que nunca había salido de la casa de una mujer a las dos de la mañana sin que hubiera pasado nada. Salvo que había treinta y dos tarros de mermelada en el alféizar de la ventana, brillando como joyas. Salvo que se habían perseguido por la cocina como si fueran dos niños pequeños, salvo estar uno al lado del otro, lavando y secando montañas de cacerolas. Algo había pasado sí. Y sentía como si estuviera curándose de su soledad, de su pena. Era como si empezase a albergar esperanzas otra vez. Un sentimiento muy peligroso. Ni siquiera había probado la maldita mermelada… A menos que contase chupar la cuchara o esa gotita en la muñeca de Paula. En realidad, era lo mejor que había probado nunca, pero él sabía que no tenía nada que ver con el sabor de la confitura. Eran las circunstancias lo que lo hacía tan dulce. Si tener un hogar sabía así, era maravilloso. Y sin poder resistirse a la tentación, la envolvió en sus brazos, levantando su barbilla con un dedo para rozar sus labios. Y luego, después de rozarlos, la besó de verdad. Y descubrió que estaba equivocado sobre el sabor del hogar. No era la mermelada ni las circunstancias. Eran sus labios.
Dulce Amor: Capítulo 31
No lo miraba a los ojos, tan insegura, que Pedro no tuvo corazón para decirle que no. Además, un día se había convertido en dos, ¿Por qué no dejarse llevar? Un dulce aroma llenaba toda la casa, el mismo que había notado el primer día. Y ese aroma le recordó cosas que habían desaparecido de su vida: Una cocina hogareña, calentita, un hogar. Descanso. Afortunadamente, antes de que pudiera dejarse llevar por esos recuerdos, el perro vió a la gata de Paula y empezó a correr tras ella, metiéndose bajo la mesa de café, saltando por encima del sofá, entrando y saliendo de las habitaciones… Por fin, Pedro logró acorralarlo en la cocina, donde ladraba angustiado, porque la gata había desaparecido misteriosamente. Él miró alrededor, sorprendido por el desastre, antes de volver al salón, donde Paula estaba recogiendo las flores del jarrón que el gato y el perro habían tirado, ofreciéndole una deliciosa panorámica de su trasero.
—¿Qué ha pasado en la cocina?
Ella se volvió, colorada hasta la raíz del pelo. Aunque no sabía si era porque había estado mirando su trasero o porque no le gustaba que la hubiese pillado con la casa desordenada.
—Me gusta así, la llamo «Titanic después del hundimiento ».
—Es como si hubiera explotado una bomba —bromeó él.
Todas las encimeras estaban cubiertas de bandejas, cacerolas y restos de frutas… Paula fue a la cocina y dejó escapar un suspiro.
—Qué horror…
—¿Eso que hay pegado al techo es una ciruela?
—Tuve un pequeño accidente con la olla a presión.
—Pues has tenido suerte de que no te matase.
—Es que tenía prisa. Como verás, me queda mucho por hacer.
Por su expresión, estaba claro que no le gustaba hacer mermeladas. Y pensó entonces que aquel desastre era en parte culpa suya. Paula había estado con él cuando debería haber estado trabajando. Ella cerró la puerta de la cocina, en parte para proteger a su gata, en parte para protegerse a sí misma de algo que odiaba hacer. Pidieron pizza y vieron el partido de hockey… Y descubrieron que no se le debía dar pizza a un cachorro. Después del partido, Pedro sabía que era hora de irse a casa. Pero lo supiera o no, Paula lo había rescatado de su soledad. Sólo serían unos días, se dijo a sí mismo. Mientras tanto, quería hacer algo por ella.
—Vamos a hacer mermelada.
—No es necesario, Pedro, puedo hacerlo yo sola.
«Pedro». ¿Por qué insistía en llamarlo así? ¿Y por qué le gustaba que lo hiciera? Era parte de esa sensación de estar en casa. Sí, le debía algo.
—Claro que puedes hacerlo. Sólo tienes que rellenar mil tarros de mermelada mientras intentas salvar al pueblo, y… Todo lo demás.
—Sólo tengo que terminar el último pedido —dijo ella—. Y rellenar unos cuantos frascos para el mercadillo de las fiestas. Aunque si no puedo, no pasa nada.
Pero sí pasaba, pensó Pedro. Estaba descuidando su medio de vida por el pueblo. Y por él. Tenía que pagar esa deuda, y luego le diría adiós. Le habría dado a Paula, y a sí mismo, dos días, una hora y cinco minutos.
—Dame la receta —le dijo.
—No.
—No discutas conmigo.
Paula lo miró con el ceño fruncido y se le ocurrió que le gustaba discutir con ella.
—¿Qué ha pasado en la cocina?
Ella se volvió, colorada hasta la raíz del pelo. Aunque no sabía si era porque había estado mirando su trasero o porque no le gustaba que la hubiese pillado con la casa desordenada.
—Me gusta así, la llamo «Titanic después del hundimiento ».
—Es como si hubiera explotado una bomba —bromeó él.
Todas las encimeras estaban cubiertas de bandejas, cacerolas y restos de frutas… Paula fue a la cocina y dejó escapar un suspiro.
—Qué horror…
—¿Eso que hay pegado al techo es una ciruela?
—Tuve un pequeño accidente con la olla a presión.
—Pues has tenido suerte de que no te matase.
—Es que tenía prisa. Como verás, me queda mucho por hacer.
Por su expresión, estaba claro que no le gustaba hacer mermeladas. Y pensó entonces que aquel desastre era en parte culpa suya. Paula había estado con él cuando debería haber estado trabajando. Ella cerró la puerta de la cocina, en parte para proteger a su gata, en parte para protegerse a sí misma de algo que odiaba hacer. Pidieron pizza y vieron el partido de hockey… Y descubrieron que no se le debía dar pizza a un cachorro. Después del partido, Pedro sabía que era hora de irse a casa. Pero lo supiera o no, Paula lo había rescatado de su soledad. Sólo serían unos días, se dijo a sí mismo. Mientras tanto, quería hacer algo por ella.
—Vamos a hacer mermelada.
—No es necesario, Pedro, puedo hacerlo yo sola.
«Pedro». ¿Por qué insistía en llamarlo así? ¿Y por qué le gustaba que lo hiciera? Era parte de esa sensación de estar en casa. Sí, le debía algo.
—Claro que puedes hacerlo. Sólo tienes que rellenar mil tarros de mermelada mientras intentas salvar al pueblo, y… Todo lo demás.
—Sólo tengo que terminar el último pedido —dijo ella—. Y rellenar unos cuantos frascos para el mercadillo de las fiestas. Aunque si no puedo, no pasa nada.
Pero sí pasaba, pensó Pedro. Estaba descuidando su medio de vida por el pueblo. Y por él. Tenía que pagar esa deuda, y luego le diría adiós. Le habría dado a Paula, y a sí mismo, dos días, una hora y cinco minutos.
—Dame la receta —le dijo.
—No.
—No discutas conmigo.
Paula lo miró con el ceño fruncido y se le ocurrió que le gustaba discutir con ella.
Dulce Amor: Capítulo 30
Al notar las deliciosas curvas del cuerpo de Paula apretadas contra el suyo, Pedro sintió… Eso que no estaba en su vocabulario. Descanso. Desde el momento que la conoció, todo en ella le había ofrecido eso. Un sitio en el mundo donde podría descansar. Donde podría dejar el escudo, compartir su carga y reposar su agotado corazón. Donde podría encontrar un poco de paz. Había intentado alejarla, salvarla de un hombre como él. Pero en lugar de marcharse, ella había visto en su corazón lo que necesitaba. De nuevo, estaba sorprendido por la valentía de Paula y por su falta de ella. Porque debería rechazar lo que le ofrecía y no podía hacerlo. Cuando levantó la cara para mirarlo, vio que tenía los ojos llenos de lágrimas, y en lugar de hacer lo que debería hacer, alejarla y cerrar la puerta, rozó esas lágrimas con un dedo que luego se llevó a los labios.
—No llores, Paula —le dijo—. Por favor, no llores…
Se dió cuenta entonces de que no estaba tan endurecido como creía, porque deseaba con todo su corazón que nunca tuviese razones para llorar.
—¿Qué quieres? —le preguntó, besando su pelo.
—Quiero que este día no termine nunca —dijo ella.
Pedro pensó que no podía darle todo lo que quería. De hecho, sabía que no podría darle los sueños que brillaban en sus ojos: Una familia perfecta en una casita perfecta con una valla blanca. Paula era una buena chica que merecía una vida feliz, y la oscuridad que había en su alma le impediría darle eso. Pero sí podía darle aquello: Que aquel día no terminase. Cuando la conoció, había pensado que podría darle cinco minutos de su tiempo. Luego, esa mañana, pensó que una hora con ella tampoco sería una amenaza. Y podía darle el resto del día. Él se apartó de la puerta y le hizo un gesto para que entrase.
—Espero que te guste el hockey.
—Me encanta.
—Sí, claro… —bromeó él, incrédulo—. ¿Quién juega hoy?
—Los Canuck contra los Red Wings, el segundo partido de la final de la Copa Stanley —Pedro la miró atónito. Una sorpresa más—. Durante toda mi infancia intenté ser el chico que mi padre había querido tener.
—¿Y sabes hacer palomitas?
—Por supuesto.
—Entonces, estoy perdido —dijo Pedro.
Paula rió, y su risa llenó una casa que hasta entonces siempre había estadovacía. Amenazando con llenar a un hombre que también había estado siempre vacío. La cuestión era dónde iba aquello. Porque no podía terminar bien. Pero Pedro decidió no pensar en ello. Sólo eran unas horas. Sin embargo, un momento había llevado a otro y podría escapársele de las manos. Tal vez ya se le había escapado de las manos. Pero no era nada que no pudiese controlar en cuanto quisiera hacerlo. De modo que aprendieron juntos, que darle palomitas a un cachorro era mala idea, y él descubrió que Paula sabía mucho de hockey. Ella insistió en quedarse hasta las doce y un minuto para decirse adiós cuando terminase el día. Y también descubrió, que una mujer dormida sobre su torso, era una de las cosas más dulces que le habían pasado nunca. Recuperar el control no iba a ser tan sencillo como había pensado, porque a las doce, mientras la veía ponerse las zapatillas, se oyó decir a sí mismo:
—¿Quieres ir conmigo a la entrevista?
Paula sonrió de oreja a oreja, como si le hubiera ofrecido una cena en el mejor restaurante del pueblo. Y luego la vió alejarse en su escarabajo rojo mientras intentaba recuperar la cordura. Un día estaba convirtiéndose en dos. Después de eso se alejaría de ella y de aquel embrollo en el que se había metido, se prometió a sí mismo. La entrevista en televisión fue muy bien. El perro se comportó, las preguntas eran fáciles de responder, y consiguió mencionar Kettle Bend y las fiestas del pueblo a cada momento. Paula lo esperaba fuera, sus ojos brillantes de aprobación. Y eran unos ojos en los que un hombre podría perderse.
—¿No habías dicho que no se te daban bien las entrevistas?
—Es diferente cuando no tienes a una ciudad entera protestando por un crimen sin resolver y dispuestos a cortarte el cuello si la investigación no va lo bastante aprisa.
—¿Quieres que vayamos a mi casa? Podemos pedir una pizza y ver el último partido de la copa Stanley.
—No llores, Paula —le dijo—. Por favor, no llores…
Se dió cuenta entonces de que no estaba tan endurecido como creía, porque deseaba con todo su corazón que nunca tuviese razones para llorar.
—¿Qué quieres? —le preguntó, besando su pelo.
—Quiero que este día no termine nunca —dijo ella.
Pedro pensó que no podía darle todo lo que quería. De hecho, sabía que no podría darle los sueños que brillaban en sus ojos: Una familia perfecta en una casita perfecta con una valla blanca. Paula era una buena chica que merecía una vida feliz, y la oscuridad que había en su alma le impediría darle eso. Pero sí podía darle aquello: Que aquel día no terminase. Cuando la conoció, había pensado que podría darle cinco minutos de su tiempo. Luego, esa mañana, pensó que una hora con ella tampoco sería una amenaza. Y podía darle el resto del día. Él se apartó de la puerta y le hizo un gesto para que entrase.
—Espero que te guste el hockey.
—Me encanta.
—Sí, claro… —bromeó él, incrédulo—. ¿Quién juega hoy?
—Los Canuck contra los Red Wings, el segundo partido de la final de la Copa Stanley —Pedro la miró atónito. Una sorpresa más—. Durante toda mi infancia intenté ser el chico que mi padre había querido tener.
—¿Y sabes hacer palomitas?
—Por supuesto.
—Entonces, estoy perdido —dijo Pedro.
Paula rió, y su risa llenó una casa que hasta entonces siempre había estadovacía. Amenazando con llenar a un hombre que también había estado siempre vacío. La cuestión era dónde iba aquello. Porque no podía terminar bien. Pero Pedro decidió no pensar en ello. Sólo eran unas horas. Sin embargo, un momento había llevado a otro y podría escapársele de las manos. Tal vez ya se le había escapado de las manos. Pero no era nada que no pudiese controlar en cuanto quisiera hacerlo. De modo que aprendieron juntos, que darle palomitas a un cachorro era mala idea, y él descubrió que Paula sabía mucho de hockey. Ella insistió en quedarse hasta las doce y un minuto para decirse adiós cuando terminase el día. Y también descubrió, que una mujer dormida sobre su torso, era una de las cosas más dulces que le habían pasado nunca. Recuperar el control no iba a ser tan sencillo como había pensado, porque a las doce, mientras la veía ponerse las zapatillas, se oyó decir a sí mismo:
—¿Quieres ir conmigo a la entrevista?
Paula sonrió de oreja a oreja, como si le hubiera ofrecido una cena en el mejor restaurante del pueblo. Y luego la vió alejarse en su escarabajo rojo mientras intentaba recuperar la cordura. Un día estaba convirtiéndose en dos. Después de eso se alejaría de ella y de aquel embrollo en el que se había metido, se prometió a sí mismo. La entrevista en televisión fue muy bien. El perro se comportó, las preguntas eran fáciles de responder, y consiguió mencionar Kettle Bend y las fiestas del pueblo a cada momento. Paula lo esperaba fuera, sus ojos brillantes de aprobación. Y eran unos ojos en los que un hombre podría perderse.
—¿No habías dicho que no se te daban bien las entrevistas?
—Es diferente cuando no tienes a una ciudad entera protestando por un crimen sin resolver y dispuestos a cortarte el cuello si la investigación no va lo bastante aprisa.
—¿Quieres que vayamos a mi casa? Podemos pedir una pizza y ver el último partido de la copa Stanley.
Dulce Amor: Capítulo 29
Cuando creía que iba a cerrar la puerta sin decir adiós, Pedro levantó su barbilla con un dedo e inclinó la cabeza para besarla. El roce de sus labios fue increíble. Sabía a cosas tan reales como la lluvia, a cosas fuertes e irrompibles, eternas. Sabía a tierra, magnífica, abundante, misteriosa y llena de vida. Y era como si cada momento de pasión que había vivido en su vida antes de aquel fuese una barata imitación. Se dijo a sí misma que era una puerta que se abría, algo que empezaba entre ellos. Eso era lo que saboreaba en sus labios: La fuerza y la frescura de un nuevo principio. Pero cuando se apartó y dió un paso atrás, en sus ojos vió una realidad muy diferente. No había abierto una puerta, había sido un adiós.
—Paula… —empezó a decir—. Tú estás ocupada intentando salvar este pueblo, no intentes salvarme a mí también.
Y luego se dió la vuelta. Estaba solo, aunque el perro iba con él. Era el pistolero dejando el pueblo al anochecer. No necesitaba a nada ni a nadie. Ni una mujer ni un perro. Pero enterrada en algún sitio, en esas palabras había una admisión. No había dicho que no necesitara ser salvado. Sólo le había advertido que no lo intentase.
Y de repente, Paula pensó que nunca había sido espontánea. Que nunca había hecho lo que su corazón le pedía que hiciera. Siempre había temido llevarse una desilusión o un brusco rechazo, y había elegido el camino más fácil, el más conservador. Nunca se había saltado las reglas, al contrario; se había esforzado por ser una buena chica que no creaba problemas. ¿Y dónde la había llevado eso? ¿Había conseguido el amor o la aprobación que buscaba? No. Salvo esa mañana, por una vez en la vida, cuando había hecho lo que quería hacer, no lo que debía hacer. Y aquel día había vivido. Y después de haber vivido tan completamente, después de haber experimentado la alegría y la felicidad, nada sería lo mismo. Respirando profundamente, aunque estaba temblando por dentro, decidió que no iba a dar un paso atrás, y armándose de valor, alargó una mano para tocar sus labios. Algo cambió en su expresión. No la rechazaba, no se apartaba, y suspirando, Paula le echó los brazos al cuello. Podía sentir su fuerza, el calor que irradiaba su cuerpo. Notaba los latidos de su corazón bajo la camisa, y respiraba su rico y seductor aroma. En silencio, esperó a ver si la rechazaba como la había rechazado su padre, como la había rechazado su prometido, el hombre con el que pensaba casarse y formar una familia. ¿La rechazaría Pedro o se rendiría? Le daba pánico descubrirlo. Pero le daba aún más miedo alejarse sin tener el valor de explorar lo que podía haber entre ellos.
—Paula… —empezó a decir—. Tú estás ocupada intentando salvar este pueblo, no intentes salvarme a mí también.
Y luego se dió la vuelta. Estaba solo, aunque el perro iba con él. Era el pistolero dejando el pueblo al anochecer. No necesitaba a nada ni a nadie. Ni una mujer ni un perro. Pero enterrada en algún sitio, en esas palabras había una admisión. No había dicho que no necesitara ser salvado. Sólo le había advertido que no lo intentase.
Y de repente, Paula pensó que nunca había sido espontánea. Que nunca había hecho lo que su corazón le pedía que hiciera. Siempre había temido llevarse una desilusión o un brusco rechazo, y había elegido el camino más fácil, el más conservador. Nunca se había saltado las reglas, al contrario; se había esforzado por ser una buena chica que no creaba problemas. ¿Y dónde la había llevado eso? ¿Había conseguido el amor o la aprobación que buscaba? No. Salvo esa mañana, por una vez en la vida, cuando había hecho lo que quería hacer, no lo que debía hacer. Y aquel día había vivido. Y después de haber vivido tan completamente, después de haber experimentado la alegría y la felicidad, nada sería lo mismo. Respirando profundamente, aunque estaba temblando por dentro, decidió que no iba a dar un paso atrás, y armándose de valor, alargó una mano para tocar sus labios. Algo cambió en su expresión. No la rechazaba, no se apartaba, y suspirando, Paula le echó los brazos al cuello. Podía sentir su fuerza, el calor que irradiaba su cuerpo. Notaba los latidos de su corazón bajo la camisa, y respiraba su rico y seductor aroma. En silencio, esperó a ver si la rechazaba como la había rechazado su padre, como la había rechazado su prometido, el hombre con el que pensaba casarse y formar una familia. ¿La rechazaría Pedro o se rendiría? Le daba pánico descubrirlo. Pero le daba aún más miedo alejarse sin tener el valor de explorar lo que podía haber entre ellos.
jueves, 11 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 28
—No tan asombroso… —murmuró Pedro.
Paula temía haber revelado demasiado sobre sí misma.
—Menos mal que nunca me ha dado por cometer delitos. Ahora mismo tendrías una confesión firmada.
Siguieron hablando de otras cosas, y por fin, Pedro llamó al camarero para pagar la cuenta, arqueando una ceja cuando paula ofreció pagar su parte. Mientras volvían a su casa, le contó divertidas anécdotas de su sobrino Joaquín, y aunque agradecía el cambio de tema, Paula se sentía un poco insatisfecha. Él había descubierto sus secretos, la había acorralado hasta que no tuvo más remedio que contárselos. Aunque no era tan sorprendente, al fin y al cabo había sido detective. Pero no le ofrecía nada a cambio. En cierto modo, mantenía las distancias de manera tan efectiva hablando de otras cosas como cuando se mostraba remoto y distante. Y estaba segura de que había usado su encanto muchas veces para evitar la intimidad. Cuando llegaron al porche de su casa, se quedó sorprendida al ver la hora que era.
—Vaya, la clínica veterinaria habrá cerrado. No voy a poder llevar al perro.
No lo había hecho a propósito, pero tal vez el animal sería capaz de derribar sus defensas.
—¿Podrías llevártelo? —le preguntó—. Sólo esta noche. De todas formas, tienes que llevarlo a la entrevista mañana.
Pedro se encogió de hombros.
—Sí, claro, no me importa.
No sabía por qué, pero a Paula le costaba decirle adiós después de haberle contado la historia de su vida sin saber nada de la suya.
—¿Tú sí provienes de una de esas familias unidas? —le preguntó—. Antes de que tus padres muriesen, quiero decir.
Él miró a lo lejos durante unos segundos.
—Sí —respondió por fin—. Éramos una familia de clase trabajadora en un barrio pobre de Detroit. Nunca teníamos dinero, y a veces no había nada en la nevera, pero nos queríamos mucho.
—¿Cómo murieron tus padres?
Pedro la miró sorprendido, como si no estuviera dispuesto a responder. Como si compartir aquel día en el parque y luego con el comité organizador de las fiestas, fuese más que suficiente. Pero ¿Cómo iba a ser intimidad si él no le contaba nada? Paula contuvo el aliento, esperando haberse ganado su confianza.
—Fueron asesinados —dijo por fin.
La violencia de esa realidad oscureció de repente aquel hermoso día. Y Paula se dió cuenta de que esa violencia era algo con lo que Pedro vivía cada minuto de su vida. Durante aquel día lo había visto relajarse, bajar la guardia y ser más espontáneo, más abierto. Había conseguido que le contase sus secretos… Pero sus secretos le parecían poca cosa comparados con tan trágica revelación. Aunque le gustaría decir algo, hacer alguna pregunta o decir que lo sentía, el instinto le dijo que no lo hiciera. En lugar de eso puso una mano en su brazo, invitándolo a confiar. Y después de unos segundos, él dijo:
—Fue un error. Estaban en el peor sitio en el momento equivocado y los tomaron por otras personas.
Paula no apartó la mano de su brazo, mirándolo a los ojos y viendo en ellos su dolor. Pero Pedro se apartó murmurando:
—Fue hace mucho tiempo…
Había sido mucho tiempo atrás, pero esa era la respuesta a todas sus preguntas. Por qué había elegido ser detective y mucho más. Era la clave de por qué había decidido estar solo. Y sabía que acababa de hacerle un gran regalo confiando en ella esa parte de su vida.
—Gracias por contármelo.
Pedro parecía irritado, no con ella, sino consigo mismo, como si abrirle su corazón fuese una debilidad. Pero Paula veía algo completamente diferente: Veía a un hombre valiente. Pedro Alfonso había intentado controlar todo lo que iba mal en el mundo. Pero para hacerlo había sacrificado una parte de sí mismo. Se había metido en lo más oscuro del ser humano, y de verdad creía que la luz al final del túnel era un tren y no el sol. Había hecho bien en ir tras él, pensó. Pero si había creído que eso los acercaría, estaba equivocada.
—Tengo que irme —dijo Pedro.
Estaba dando marcha atrás, diciendo que no al día que habían compartido. Estaba diciéndole que podía llevar la carga solo. Aunque lo matase.
Paula temía haber revelado demasiado sobre sí misma.
—Menos mal que nunca me ha dado por cometer delitos. Ahora mismo tendrías una confesión firmada.
Siguieron hablando de otras cosas, y por fin, Pedro llamó al camarero para pagar la cuenta, arqueando una ceja cuando paula ofreció pagar su parte. Mientras volvían a su casa, le contó divertidas anécdotas de su sobrino Joaquín, y aunque agradecía el cambio de tema, Paula se sentía un poco insatisfecha. Él había descubierto sus secretos, la había acorralado hasta que no tuvo más remedio que contárselos. Aunque no era tan sorprendente, al fin y al cabo había sido detective. Pero no le ofrecía nada a cambio. En cierto modo, mantenía las distancias de manera tan efectiva hablando de otras cosas como cuando se mostraba remoto y distante. Y estaba segura de que había usado su encanto muchas veces para evitar la intimidad. Cuando llegaron al porche de su casa, se quedó sorprendida al ver la hora que era.
—Vaya, la clínica veterinaria habrá cerrado. No voy a poder llevar al perro.
No lo había hecho a propósito, pero tal vez el animal sería capaz de derribar sus defensas.
—¿Podrías llevártelo? —le preguntó—. Sólo esta noche. De todas formas, tienes que llevarlo a la entrevista mañana.
Pedro se encogió de hombros.
—Sí, claro, no me importa.
No sabía por qué, pero a Paula le costaba decirle adiós después de haberle contado la historia de su vida sin saber nada de la suya.
—¿Tú sí provienes de una de esas familias unidas? —le preguntó—. Antes de que tus padres muriesen, quiero decir.
Él miró a lo lejos durante unos segundos.
—Sí —respondió por fin—. Éramos una familia de clase trabajadora en un barrio pobre de Detroit. Nunca teníamos dinero, y a veces no había nada en la nevera, pero nos queríamos mucho.
—¿Cómo murieron tus padres?
Pedro la miró sorprendido, como si no estuviera dispuesto a responder. Como si compartir aquel día en el parque y luego con el comité organizador de las fiestas, fuese más que suficiente. Pero ¿Cómo iba a ser intimidad si él no le contaba nada? Paula contuvo el aliento, esperando haberse ganado su confianza.
—Fueron asesinados —dijo por fin.
La violencia de esa realidad oscureció de repente aquel hermoso día. Y Paula se dió cuenta de que esa violencia era algo con lo que Pedro vivía cada minuto de su vida. Durante aquel día lo había visto relajarse, bajar la guardia y ser más espontáneo, más abierto. Había conseguido que le contase sus secretos… Pero sus secretos le parecían poca cosa comparados con tan trágica revelación. Aunque le gustaría decir algo, hacer alguna pregunta o decir que lo sentía, el instinto le dijo que no lo hiciera. En lugar de eso puso una mano en su brazo, invitándolo a confiar. Y después de unos segundos, él dijo:
—Fue un error. Estaban en el peor sitio en el momento equivocado y los tomaron por otras personas.
Paula no apartó la mano de su brazo, mirándolo a los ojos y viendo en ellos su dolor. Pero Pedro se apartó murmurando:
—Fue hace mucho tiempo…
Había sido mucho tiempo atrás, pero esa era la respuesta a todas sus preguntas. Por qué había elegido ser detective y mucho más. Era la clave de por qué había decidido estar solo. Y sabía que acababa de hacerle un gran regalo confiando en ella esa parte de su vida.
—Gracias por contármelo.
Pedro parecía irritado, no con ella, sino consigo mismo, como si abrirle su corazón fuese una debilidad. Pero Paula veía algo completamente diferente: Veía a un hombre valiente. Pedro Alfonso había intentado controlar todo lo que iba mal en el mundo. Pero para hacerlo había sacrificado una parte de sí mismo. Se había metido en lo más oscuro del ser humano, y de verdad creía que la luz al final del túnel era un tren y no el sol. Había hecho bien en ir tras él, pensó. Pero si había creído que eso los acercaría, estaba equivocada.
—Tengo que irme —dijo Pedro.
Estaba dando marcha atrás, diciendo que no al día que habían compartido. Estaba diciéndole que podía llevar la carga solo. Aunque lo matase.
Dulce Amor: Capítulo 27
—Me parecía lo más noble. Al fin y al cabo, estábamos prometidos. La verdad es que pensé que eran comentarios maliciosos por envidia o porque la gente no podía soportar que fuera feliz.
Él sacudió la cabeza.
—Un optimista cree que la luz al final del túnel es el sol. Un escéptico sabe que es un tren.
—Era un tren —asintió Paula—. Los ví juntos un día… Podría haber sido una simple reunión de trabajo, pero estaban demasiado cerca el uno del otro, tan concentrados que ni siquiera se fijaron en mí. Y hasta que ví la expresión culpable de Fernando cuando le conté que lo había visto con Tamara, me agarré a la esperanza de que no fueran más que rumores… —Paula suspiró—. Después de eso, no podía quedarme allí y verlo todos los días. Fernando era mi jefe en la editorial.
—Ya veo… —murmuró Pedro.
—Bueno, pues ya sabes lo que me pasó. Tienes razón, vine a Kettle Bend para curar mis heridas. ¿Estás contento?
—En realidad, estaría contento si pudiese ver al tal Fernando una vez.
—¿Para qué?
Pedro se encogió de hombros, pero había algo tan fiero, tan protector en su mirada, que Paula sintió un escalofrío.
—¿Sabes lo que me molesta? Que además de hacerte daño te obligara a marcharte de la revista.
—Fernando no me obligó. Yo había sido una ingenua…
—Eso no es un delito.
—Y lo dice el experto… —replicó ella, intentando mantener el sentido del humor sobre algo que nunca la haría reír.
—Pero entiendes que la culpa es suya, ¿No? Que tú no tuviste nada que ver.
—¡Claro que tuve algo que ver! Toda mi vida se fue por el desagüe.
—Tuviste suerte de verlo con esa mujer. Eso evitó que cometieras un error casándote con él.
Eso era verdad. ¿Se habría casado Fernando con ella si no hubiera descubierto su relación con Tamara? Se le ocurrió entonces que si se hubiera casado con él, no estaría allí en ese momento. Al lado de Pedro. Enamorándose de cómo los últimos rayos del sol hacían brillar su pelo, de cómo agarraba la taza de café con esas manos tan grandes, de cómo clavaba sus ojos en ella… Imagino que empezaste a contarte a ti misma todo tipo de mentiras después de eso.
—¿A qué te refieres?
—Por ejemplo, que no eras suficiente para él o que no eras lo bastante interesante. Crees que en parte fue culpa tuya, ¿Verdad?
Enamorándose de cómo decía las cosas, de cómo se ponía de su lado…
—Sí, supongo que de algún modo lo hice.
—No fue culpa tuya, Paula. Ese tipo era un canalla y tú mereces algo mejor.
—Si, bueno, merezca algo mejor o no, me convirtió en una escéptica. Confirmó que el amor eterno y los finales felices no existen.
Pedro sonrió.
—Puedes pensar que eres una escéptica, pero no es verdad. Te lo digo yo, que he convertido ese defecto en una forma de arte.
—Bueno, sobre los temas del corazón sí lo soy.
—No vienes de una de esas familias de postal, ¿Verdad?
Enamorándose de cómo la entendía, de cómo le arrancaba todos esos secretos que la mantenían prisionera.
—¿Por qué crees eso?
—Por algo que dijiste mientras jugábamos en el parque. Me dió la impresión de que te habían dicho demasiadas veces que no estabas a la altura.
Paula tragó saliva. Estaba claro que era muy perceptivo. Y sin embargo, había algo muy liberador en eso.
—Si hubieras tenido apoyo durante tu ruptura con ese tipo, seguramente seguirías en Nueva York. No habrías decidido amar a un pueblo en lugar de amar a un hombre.
Ella suspiró.
—Yo creía que mi familia era perfecta… —empezó a decir—. Aparte de que mi padre quería un niño, no una niña, tuve una infancia feliz. Pero a los once años, mi madre descubrió que mi padre tenía una aventura. Intentaron arreglarlo, pero la confianza había desaparecido, y durante los dos años siguientes se peleaban sin parar.
—Y tú venías a Kettle Bend para estar con tu abuela y soñabas con la familia perfecta —dijo él.
—Hacía planes para solucionar los problemas entre mis padres —admitió Paula—. Pero no sirvió de nada. Poco después mi padre se marchó de casa. Volvió a casarse y su nueva familia lo era todo para él. Se olvidó de que tenía una hija de un matrimonio anterior y se limitaba a enviar un cheque o alguna postal en mi cumpleaños. Mi madre dice que intentaba reemplazarlo, por eso estuve a punto de casarme con alguien como él. Asombroso, ¿Verdad?
Él sacudió la cabeza.
—Un optimista cree que la luz al final del túnel es el sol. Un escéptico sabe que es un tren.
—Era un tren —asintió Paula—. Los ví juntos un día… Podría haber sido una simple reunión de trabajo, pero estaban demasiado cerca el uno del otro, tan concentrados que ni siquiera se fijaron en mí. Y hasta que ví la expresión culpable de Fernando cuando le conté que lo había visto con Tamara, me agarré a la esperanza de que no fueran más que rumores… —Paula suspiró—. Después de eso, no podía quedarme allí y verlo todos los días. Fernando era mi jefe en la editorial.
—Ya veo… —murmuró Pedro.
—Bueno, pues ya sabes lo que me pasó. Tienes razón, vine a Kettle Bend para curar mis heridas. ¿Estás contento?
—En realidad, estaría contento si pudiese ver al tal Fernando una vez.
—¿Para qué?
Pedro se encogió de hombros, pero había algo tan fiero, tan protector en su mirada, que Paula sintió un escalofrío.
—¿Sabes lo que me molesta? Que además de hacerte daño te obligara a marcharte de la revista.
—Fernando no me obligó. Yo había sido una ingenua…
—Eso no es un delito.
—Y lo dice el experto… —replicó ella, intentando mantener el sentido del humor sobre algo que nunca la haría reír.
—Pero entiendes que la culpa es suya, ¿No? Que tú no tuviste nada que ver.
—¡Claro que tuve algo que ver! Toda mi vida se fue por el desagüe.
—Tuviste suerte de verlo con esa mujer. Eso evitó que cometieras un error casándote con él.
Eso era verdad. ¿Se habría casado Fernando con ella si no hubiera descubierto su relación con Tamara? Se le ocurrió entonces que si se hubiera casado con él, no estaría allí en ese momento. Al lado de Pedro. Enamorándose de cómo los últimos rayos del sol hacían brillar su pelo, de cómo agarraba la taza de café con esas manos tan grandes, de cómo clavaba sus ojos en ella… Imagino que empezaste a contarte a ti misma todo tipo de mentiras después de eso.
—¿A qué te refieres?
—Por ejemplo, que no eras suficiente para él o que no eras lo bastante interesante. Crees que en parte fue culpa tuya, ¿Verdad?
Enamorándose de cómo decía las cosas, de cómo se ponía de su lado…
—Sí, supongo que de algún modo lo hice.
—No fue culpa tuya, Paula. Ese tipo era un canalla y tú mereces algo mejor.
—Si, bueno, merezca algo mejor o no, me convirtió en una escéptica. Confirmó que el amor eterno y los finales felices no existen.
Pedro sonrió.
—Puedes pensar que eres una escéptica, pero no es verdad. Te lo digo yo, que he convertido ese defecto en una forma de arte.
—Bueno, sobre los temas del corazón sí lo soy.
—No vienes de una de esas familias de postal, ¿Verdad?
Enamorándose de cómo la entendía, de cómo le arrancaba todos esos secretos que la mantenían prisionera.
—¿Por qué crees eso?
—Por algo que dijiste mientras jugábamos en el parque. Me dió la impresión de que te habían dicho demasiadas veces que no estabas a la altura.
Paula tragó saliva. Estaba claro que era muy perceptivo. Y sin embargo, había algo muy liberador en eso.
—Si hubieras tenido apoyo durante tu ruptura con ese tipo, seguramente seguirías en Nueva York. No habrías decidido amar a un pueblo en lugar de amar a un hombre.
Ella suspiró.
—Yo creía que mi familia era perfecta… —empezó a decir—. Aparte de que mi padre quería un niño, no una niña, tuve una infancia feliz. Pero a los once años, mi madre descubrió que mi padre tenía una aventura. Intentaron arreglarlo, pero la confianza había desaparecido, y durante los dos años siguientes se peleaban sin parar.
—Y tú venías a Kettle Bend para estar con tu abuela y soñabas con la familia perfecta —dijo él.
—Hacía planes para solucionar los problemas entre mis padres —admitió Paula—. Pero no sirvió de nada. Poco después mi padre se marchó de casa. Volvió a casarse y su nueva familia lo era todo para él. Se olvidó de que tenía una hija de un matrimonio anterior y se limitaba a enviar un cheque o alguna postal en mi cumpleaños. Mi madre dice que intentaba reemplazarlo, por eso estuve a punto de casarme con alguien como él. Asombroso, ¿Verdad?
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