Sin embargo, ¿cómo era posible que algo tan normal como sentarse bajo una sombrilla para comer patatas fritas y darle trocitos de hamburguesa a un perro, podía hacerla sentir tan feliz, tan llena de vida y esperanza? Probablemente porque el hombre con el que estaba cenando no tenía nada de normal. Charlaron sobre sus ideas para las fiestas, sobre el tiempo, y la recuperación de su cuñado Rafael… Y luego, de repente, Pedro dijo:
—Háblame de tu trabajo en Nueva York.
—Eso ha quedado atrás.
—Pues es una pena…
—¿Qué quieres decir?
—He leído algunos de tus artículos en Internet y me parecen muy buenos.
—¿Has leído mis artículos? —exclamó Paula, sorprendida.
Pedro se encogió de hombros.
—Ese día no había deportes en televisión.
—¿Has leído mis artículos sobre bebés? —repitió ella, sintiéndose halagada.
—He sido detective durante mucho tiempo y siempre seré un poco cotilla.
—¿Por qué te has molestado?
—Por curiosidad.
¿Pedro sentía curiosidad por ella?
—¿En serio?
—Eres muy buena escritora.
—Bueno, no lo hacía mal.
—No, de verdad, me gusta mucho cómo escribes. Dime por qué decidiste marcharte de Nueva York.
—Ya te lo he contado, mi abuela murió, y me dejó la casa y el negocio. Era hora de cambiar de vida.
—Esa es la parte que me interesa.
—No es tan interesante —dijo Paula, evasiva.
Pero era evidente que Pedro estaba intentando descubrir algo, y tenía la sensación de que no pararía hasta que lo descubriese. Quería saber quién le había roto el corazón, seguro. Pero ella prefería terminar el día con una nota más alegre.
—Deja que yo decida si es interesante o no —insistió él—. ¿Por qué dejaste la revista? Ya sé que tu abuela te dejó una casa y un negocio, pero si eras feliz en Nueva York, podrías haberlo vendido todo y quedarte allí.
Paula empezaba a sentirse atrapada.
—Se te dan bien los interrogatorios, ¿Verdad?
—Muy bien —respondió Pedro.
—La curiosidad mató al gato —le recordó ella.
—Me arriesgaré.
—¿Por qué te importa tanto?
—Es un misterio que me gustaría resolver.
—Yo no veo nada misterioso en ello.
—Una chica guapa y llena de talento, deja una floreciente carrera en Nueva York para vivir en un pueblo diminuto. Se olvida de las compras en San Francisco y de esquiar en los Alpes, para vivir como una monja en un sitio tan pequeño como Kettle Bend, Wisconsin, dedicándose a salvar el pueblo.
—¿Cómo una monja?
—Sí, bueno, no lo decía literalmente. Quiero decir que… En fin, no sales con nadie.
—Eso demuestra lo poco que sabes. Resulta que esta misma mañana he visto a un hombre desnudo…
Pedro se atragantó con el café.
—Muy bien, tú ganas.
—No sabía que te pareciese tan patética —dijo Paula.
—Todo lo contrario, por eso siento curiosidad. Deberías tener que apartar a los hombres con matamoscas.
—¿Y por qué crees que no lo hago?
—No tienes la expresión de una mujer que es besada a menudo. Y por alguien que sabe cómo hacerlo.
Paula lo miró, perpleja.
—¿Cómo voy a discutir con un hombre que puede citar a Rhett Butler en Lo Que El Viento Se Llevó?
Pedro soltó una carcajada.
—Además, tú misma me dijiste que no salías con nadie.
—¿Quieres saber la patética realidad? Estuve prometida y a punto de casarme —empezó a decir Paula—. Pero mientras yo elegía vestidos de novia y soñaba con niños, mi prometido tenía una aventura con otra periodista. Yo había oído rumores sobre su relación con Tamara…
—Pero decidiste ignorarlos —la interrumpió Pedro.
jueves, 11 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 25
En cuanto entraron en la sala, todos los hombres gravitaron hacia él y todas las mujeres dejaron escapar un suspiro.
—Mira el perrillo pegado a él —comentó Jimena McPherson, encargada de organizar las actividades para niños—. Tal vez deberíamos organizar un concurso canino. Sólo con unas cuantas categorías, el perro más listo, el propietario más guapo… Ese tipo de cosas.
Y por el tono de Jimena, no existía la menor duda de que ya había elegido al ganador de este último.
—Ya tenemos seis eventos para el último día —dijo Paula—. Yo creo que es más que suficiente. Tal vez el año que viene.
—Podríamos incluirlo el día de las actividades para niños —insistió Jimena.
—¿Se va a quedar con el perro? —preguntó Mariana.
Paula miró a Pedro de nuevo. El cachorro, agotado de tanto correr o tal vez agotado de adorar a su héroe, dormitaba contento con la cabeza sobre los pies de él. Era asombroso. No sabía qué había esperado de él, tal vez que se mostrase sarcástico o inseguro rodeado de tanta gente. Pero aquella hora y media en el parque parecía haberlo animado, y se mostraba relajado y extrovertido. O tal vez sencillamente era difícil mostrarse remoto con gente como aquella, sencilla, abierta, generosa por naturaleza… Sin darse cuenta de que ella estaba mirándolo, Pedro bajó la mano para acariciar la cabezota del cachorro.
—Si se quedase con él, sería una publicidad estupenda para el pueblo.
—Habla con él —sugirió Jimena.
Paula sonrió.
—Si hay un hombre al que no se puede convencer de nada, es Pedro Alfonso.
—Lo has convencido para que viniera aquí —le recordó Mabel.
De repente, todas las mujeres la miraban con una nueva intensidad, pensando en su influencia sobre el guapísimo policía.
—Bueno, sigamos con lo nuestro… —murmuró, poniéndose colorada.
Una hora después, por fin salieron a la calle, con el perro caminando a su lado como si fuera lo más natural del mundo que los tres estuvieran juntos.
—Debo admitir que pensé que estabas siendo demasiado ambiciosa con la organización de las fiestas —dijo Pedro—. Pero esa gente está comprometida de verdad. Tienes un buen equipo. Creo que es posible que lo consigas después de todo.
—¿Posible? —repitió ella, en jarras.
Por supuesto, era una broma para esconder cuánto lo alegraba el cumplido.
—No me pegues —dijo él, tocándose el brazo—. Creo que ya tengo un hematoma.
—Entonces retíralo. Dí que las fiestas que organiza Paula van a ser un éxito.
Pedro rió.
—Tu entusiasmo es contagioso. Incluso está empezando a afectarme a mí.
—¡Yupi! —gritó ella.
Él rió de nuevo, y Paula se quedó sorprendida por aquel nuevo Pedro, relajado y divertido. Le encantaba cómo la hacía sentir su risa, como si el mundo fuera un sitio maravilloso y lleno de emociones.
—Estoy muerto de hambre —dijo él, mirando su reloj—. ¿Quieres que comamos algo?
¿Sería posible que tampoco quisiera separarse de ella? Asombrada por la emoción que sentía, Paula respondió:
—Sí, estaría bien.
Tan bien como perseguir al perro en el parque. Sentarse en una terraza con él era algo muy normal. Un hombre, una mujer y su perro, disfrutando de una agradable tarde de primavera mientras cenaban al aire libre. Pero no era su perro. Y ellos no eran una pareja.
—Mira el perrillo pegado a él —comentó Jimena McPherson, encargada de organizar las actividades para niños—. Tal vez deberíamos organizar un concurso canino. Sólo con unas cuantas categorías, el perro más listo, el propietario más guapo… Ese tipo de cosas.
Y por el tono de Jimena, no existía la menor duda de que ya había elegido al ganador de este último.
—Ya tenemos seis eventos para el último día —dijo Paula—. Yo creo que es más que suficiente. Tal vez el año que viene.
—Podríamos incluirlo el día de las actividades para niños —insistió Jimena.
—¿Se va a quedar con el perro? —preguntó Mariana.
Paula miró a Pedro de nuevo. El cachorro, agotado de tanto correr o tal vez agotado de adorar a su héroe, dormitaba contento con la cabeza sobre los pies de él. Era asombroso. No sabía qué había esperado de él, tal vez que se mostrase sarcástico o inseguro rodeado de tanta gente. Pero aquella hora y media en el parque parecía haberlo animado, y se mostraba relajado y extrovertido. O tal vez sencillamente era difícil mostrarse remoto con gente como aquella, sencilla, abierta, generosa por naturaleza… Sin darse cuenta de que ella estaba mirándolo, Pedro bajó la mano para acariciar la cabezota del cachorro.
—Si se quedase con él, sería una publicidad estupenda para el pueblo.
—Habla con él —sugirió Jimena.
Paula sonrió.
—Si hay un hombre al que no se puede convencer de nada, es Pedro Alfonso.
—Lo has convencido para que viniera aquí —le recordó Mabel.
De repente, todas las mujeres la miraban con una nueva intensidad, pensando en su influencia sobre el guapísimo policía.
—Bueno, sigamos con lo nuestro… —murmuró, poniéndose colorada.
Una hora después, por fin salieron a la calle, con el perro caminando a su lado como si fuera lo más natural del mundo que los tres estuvieran juntos.
—Debo admitir que pensé que estabas siendo demasiado ambiciosa con la organización de las fiestas —dijo Pedro—. Pero esa gente está comprometida de verdad. Tienes un buen equipo. Creo que es posible que lo consigas después de todo.
—¿Posible? —repitió ella, en jarras.
Por supuesto, era una broma para esconder cuánto lo alegraba el cumplido.
—No me pegues —dijo él, tocándose el brazo—. Creo que ya tengo un hematoma.
—Entonces retíralo. Dí que las fiestas que organiza Paula van a ser un éxito.
Pedro rió.
—Tu entusiasmo es contagioso. Incluso está empezando a afectarme a mí.
—¡Yupi! —gritó ella.
Él rió de nuevo, y Paula se quedó sorprendida por aquel nuevo Pedro, relajado y divertido. Le encantaba cómo la hacía sentir su risa, como si el mundo fuera un sitio maravilloso y lleno de emociones.
—Estoy muerto de hambre —dijo él, mirando su reloj—. ¿Quieres que comamos algo?
¿Sería posible que tampoco quisiera separarse de ella? Asombrada por la emoción que sentía, Paula respondió:
—Sí, estaría bien.
Tan bien como perseguir al perro en el parque. Sentarse en una terraza con él era algo muy normal. Un hombre, una mujer y su perro, disfrutando de una agradable tarde de primavera mientras cenaban al aire libre. Pero no era su perro. Y ellos no eran una pareja.
martes, 9 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 24
—¿Por qué no habías sentido esto desde que eras niño? —le preguntó.
Él vaciló durante un segundo antes de responder:
—Entré en el cuerpo de policía cuando era muy joven. Tenía la motivación y la concentración necesarias para trabajar en homicidios, pero lidiar con violencia a diario es muy duro. Ver lo que una persona puede hacerle a otra te ensucia el alma.
Paula vió un mundo de tristeza en sus ojos, y se alegró de haber contribuido a darle un poco de alegría, aunque sólo fuese un rato. Aún a costa de su tranquilidad.
—Imagino que un detective se acostumbra a eso.
—Uno nunca se acostumbra.
—¿Por eso viniste a Kettle Bend?
Pedro se quedó callado durante unos segundos.
—Tuve un caso terrible, el peor de mi carrera. Cuando terminó, decidí que no podía seguir.
—¿Quieres hablar de ello? —le dijo Paula en voz baja.
Él lanzó un bufido.
—No, no quiero hablar de ello. Y si quisiera hacerlo, no te elegiría a tí.
Por un momento, Paula se sintió herida. Pero enseguida se dió cuenta de que no era porque no confiase en ella, sino porque quería protegerla.
—¿Y después de eso viniste a Kettle Bend?
—No, antes me tomé un año sabático. Y eso fue más que suficiente.
Paula tenía la sensación de que no era verdad, que llevaba una carga sobre los hombros de la que debería desembarazarse. Pero su rostro se había ensombrecido y supo que no iba a seguir hablando de ello.
—¿Qué hiciste durante ese año? —le preguntó, acariciando la cabeza del cachorro.
—Alquilé una cabaña en Missoula, Montana, y me dediqué a pescar.
—¿Y sirvió de algo?
—Como experimento, digamos que fracasó miserablemente.
—¿Por qué?
—Demasiado tiempo sin hacer nada —respondió Pedro—. Hora tras hora, día tras día solo… No, era hora de volver a trabajar. Carolina se había mudado a Kettle Bend e insistía en que viniese a vivir aquí. Y pensé que tal vez un cambio me sentaría bien.
—¿Y ha sido así?
—Echo de menos la emoción de trabajar como detective en Detroit, y sobretodo, el anonimato. Por otro lado, duermo mejor por las noches y puedo ver crecer a mis sobrinos. Y los pueblos pequeños tienen cierto encanto, no voy a negarlo.
Por el brillo de sus ojos, Paula tuvo la impresión de que no hablaba sólo de los pueblos pequeños y no pudo evitar sentirse halagada. Aquel día, Pedro había compartido con ella una parte de su vida, y eso lo había apartado del abismo que lo separaba del resto de los seres humanos. Y ella había sido en parte responsable de eso. Y ahora debía apartarse de él.
—Esta tarde tengo una reunión con el comité que organiza las fiestas —dijo, sin mirarlo.
«Misión cumplida, hora de volver a tu vida». Pero no era tan sencillo porque se oyó decir a sí misma:
—Tal vez deberías venir… Por la entrevista de mañana. Así te harías una idea del espíritu de comunidad que estamos creando en Kettle Bend.
Esperaba su respuesta intentando disimular su nerviosismo, casi convencida de que rechazaría el ofrecimiento. Vió que luchaba contra sí mismo. Y luego vió que se pasaba una mano por el pelo, un poco más relajado.
—Debo admitir que siento cierta curiosidad por saber cómo pensáis organizar las fiestas sin tener dinero. Parece un proyecto muy ambicioso para una mujer que no sabe lanzar un frisbee…
Paula lo miró, perpleja.
—¿Entonces vendrás?
—¿Por qué no? —Pedro se encogió de hombros como si no tuviera importancia, como si no hubiera perdido otra batalla—. No me importa ver en qué andas metida, Paula Chaves.
—No puedo creer que lo hayas convencido… —estaba diciendo Mabel Winston, presidenta del comité organizador.
Paula miró a Pedro, que estaba charlando con Eduardo Henry, director del comité de fuegos artificiales, y Roberto Bushnell, que organizaba el desfile inaugural.
—Es mejor en la vida real que en el vídeo —comentó Mariana Swarinsky, a cargo de la merienda del Cuatro de Julio.
Paula estaba completamente de acuerdo. Pedro Alfonso era un hombre con una gran presencia, pero era algo más que su estatura y sus fuertes bíceps. Y algo más que el hecho de que fuese policía. Irradiaba confianza y seguridad en sí mismo. Era el hombre al que una querría tener a su lado cuando se hundía el barco o el edificio estallaba en llamas. El que no perdería los nervios en la batalla. Pero ella sabía que no había ganado todas las batallas, y sintió un escalofrió al pensar lo terrible que eso debía de ser para él.
Él vaciló durante un segundo antes de responder:
—Entré en el cuerpo de policía cuando era muy joven. Tenía la motivación y la concentración necesarias para trabajar en homicidios, pero lidiar con violencia a diario es muy duro. Ver lo que una persona puede hacerle a otra te ensucia el alma.
Paula vió un mundo de tristeza en sus ojos, y se alegró de haber contribuido a darle un poco de alegría, aunque sólo fuese un rato. Aún a costa de su tranquilidad.
—Imagino que un detective se acostumbra a eso.
—Uno nunca se acostumbra.
—¿Por eso viniste a Kettle Bend?
Pedro se quedó callado durante unos segundos.
—Tuve un caso terrible, el peor de mi carrera. Cuando terminó, decidí que no podía seguir.
—¿Quieres hablar de ello? —le dijo Paula en voz baja.
Él lanzó un bufido.
—No, no quiero hablar de ello. Y si quisiera hacerlo, no te elegiría a tí.
Por un momento, Paula se sintió herida. Pero enseguida se dió cuenta de que no era porque no confiase en ella, sino porque quería protegerla.
—¿Y después de eso viniste a Kettle Bend?
—No, antes me tomé un año sabático. Y eso fue más que suficiente.
Paula tenía la sensación de que no era verdad, que llevaba una carga sobre los hombros de la que debería desembarazarse. Pero su rostro se había ensombrecido y supo que no iba a seguir hablando de ello.
—¿Qué hiciste durante ese año? —le preguntó, acariciando la cabeza del cachorro.
—Alquilé una cabaña en Missoula, Montana, y me dediqué a pescar.
—¿Y sirvió de algo?
—Como experimento, digamos que fracasó miserablemente.
—¿Por qué?
—Demasiado tiempo sin hacer nada —respondió Pedro—. Hora tras hora, día tras día solo… No, era hora de volver a trabajar. Carolina se había mudado a Kettle Bend e insistía en que viniese a vivir aquí. Y pensé que tal vez un cambio me sentaría bien.
—¿Y ha sido así?
—Echo de menos la emoción de trabajar como detective en Detroit, y sobretodo, el anonimato. Por otro lado, duermo mejor por las noches y puedo ver crecer a mis sobrinos. Y los pueblos pequeños tienen cierto encanto, no voy a negarlo.
Por el brillo de sus ojos, Paula tuvo la impresión de que no hablaba sólo de los pueblos pequeños y no pudo evitar sentirse halagada. Aquel día, Pedro había compartido con ella una parte de su vida, y eso lo había apartado del abismo que lo separaba del resto de los seres humanos. Y ella había sido en parte responsable de eso. Y ahora debía apartarse de él.
—Esta tarde tengo una reunión con el comité que organiza las fiestas —dijo, sin mirarlo.
«Misión cumplida, hora de volver a tu vida». Pero no era tan sencillo porque se oyó decir a sí misma:
—Tal vez deberías venir… Por la entrevista de mañana. Así te harías una idea del espíritu de comunidad que estamos creando en Kettle Bend.
Esperaba su respuesta intentando disimular su nerviosismo, casi convencida de que rechazaría el ofrecimiento. Vió que luchaba contra sí mismo. Y luego vió que se pasaba una mano por el pelo, un poco más relajado.
—Debo admitir que siento cierta curiosidad por saber cómo pensáis organizar las fiestas sin tener dinero. Parece un proyecto muy ambicioso para una mujer que no sabe lanzar un frisbee…
Paula lo miró, perpleja.
—¿Entonces vendrás?
—¿Por qué no? —Pedro se encogió de hombros como si no tuviera importancia, como si no hubiera perdido otra batalla—. No me importa ver en qué andas metida, Paula Chaves.
—No puedo creer que lo hayas convencido… —estaba diciendo Mabel Winston, presidenta del comité organizador.
Paula miró a Pedro, que estaba charlando con Eduardo Henry, director del comité de fuegos artificiales, y Roberto Bushnell, que organizaba el desfile inaugural.
—Es mejor en la vida real que en el vídeo —comentó Mariana Swarinsky, a cargo de la merienda del Cuatro de Julio.
Paula estaba completamente de acuerdo. Pedro Alfonso era un hombre con una gran presencia, pero era algo más que su estatura y sus fuertes bíceps. Y algo más que el hecho de que fuese policía. Irradiaba confianza y seguridad en sí mismo. Era el hombre al que una querría tener a su lado cuando se hundía el barco o el edificio estallaba en llamas. El que no perdería los nervios en la batalla. Pero ella sabía que no había ganado todas las batallas, y sintió un escalofrió al pensar lo terrible que eso debía de ser para él.
Dulce Amor: Capítulo 23
Era un hombre tan atractivo, tan cómodo con su cuerpo, tan seguro de sí mismo… Era imposible que esa demostración de fuerza y agilidad no la afectase. Pedro corriendo tras el perro, saltando, deteniéndose para dar la vuelta a toda prisa… Mientras jugaba, Paula se dió cuenta de algo: Relajado parecía más joven. ¿Qué demonios lo perseguirían?, se preguntó. ¿Por qué aquella era la primera vez que lo veía relajado?
—¡Va hacia tí! —gritó Pedro—. ¡Agarra el frisbee cuando pase a tu lado!
Paula dejó de hacerse preguntas y se concentró en el juego. Pero por supuesto, el perro la esquivó hábilmente.
—Tienes que ponerte en su camino —la regañó Pedro—. Es un cachorro, no una horda de elefantes.
—Sí, señor —bromeó ella, corriendo tras el travieso animal.
—No tienes remedio…
Pedro soltó una carcajada, cuando cometió el error de agarrar el frisbee, porque por supuesto el perro no lo soltaba. Y Paula tuvo que reír también mientras volvían a perseguir al incansable cachorro, que estaba encantado con el juego. La camaradería, las risas, los ladridos del perro, que se atrevía a dejar el frisbee en el suelo para atraparlo de nuevo cuando se acercaban y salir corriendo, hacía que se sintieran cómodos el uno con el otro. Por fin, el animal se tumbó en el suelo, agotado, y él hizo lo mismo, su cabeza sobre el lomo del animal. Y cuando dió un golpecito en la hierba, a su lado, ella no pudo resistirse a la tentación. Sus hombros rozaban los de Pedro mientras intentaba recuperar el aliento observando las nubes.
—Mira, un caldero de oro —le dijo, señalando una de ellas.
—¿Un caldero de oro? —repitió él, perplejo—. Ah, claro, era de esperar…
—¿Qué ves tú?
—Mejor no te lo digo.
—Dímelo.
—Un montón de caca.
Paula soltó una carcajada.
—Por favor, es horrible…
—Es un ejemplo de lo diferente que vemos el mundo tú y yo.
Lo había dicho de broma, pero ese comentario le recordó que no tenían nada en común. Él quería levantar barreras, ella quería tirarlas. Sin embargo, tenía la sensación de haber ganado aquel asalto.
—No seas tan gruñón —lo regañó, dándole un golpe en el brazo.
Pedro esbozó una sonrisa.
—Ah, ya veo.
—¿Qué ves?
—Mucha mermelada de manzana en el futuro.
«El futuro».
Paula decidió a no arruinar el momento pensando en ello. Estaba empezando a acostumbrarse a su sonrisa, a cómo lo hacía parecer más joven y más guapo, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Sería tan fácil empezar a imaginar el mundo con Pedro Alfonso en él… ¿Qué le estaba pasando? Había querido rescatarlo de sí mismo, no arriesgar su corazón. Ella tenía su propio mundo, sus mermeladas, sus fiestas que organizar… Rescatarlo sólo era parte de esa nueva filosofía de buenas acciones con las que quería llenar su vida. De modo que se levantó para sacar dos botellas de agua de la bolsa y cuando volvió a su lado, se sentó un poco apartada, intentando que el perro bebiese agua de una de las botellas. Luego miró a Pedro, y al ver su expresión relajada, se dió cuenta de que no era tan fácil romper la conexión.
—No me había sentido así desde que era un niño.
—Te entiendo —dijo ella, contenta. ¿Qué daño podía hacer animarlo para que revelase algo más sobre sí mismo?—. Cuando trabajaba en la revista, mis compañeras y yo hacíamos unos viajes fabulosos. Pasábamos fines de semana de compras en San Francisco y una vez fuimos a esquiar a los Alpes. Pero era como si intentásemos manufacturar lo que siento ahora mismo.
De hecho, era increíble sentirse tan feliz por algo tan simple como perseguir a un cachorro por el parque. ¿Pero esa sensación de felicidad era provocada por la actividad o por estar con él? Pedro apretó su brazo en un gesto que parecía decir: «Lo entiendo, yo siento lo mismo». «Misión cumplida», pensó Paula. Había decidido rescatarlo de su soledad y lo había conseguido. Sería codicioso y absurdo querer algo más. Pero así era. La hora que él le había prometido había pasado treinta minutos antes. Estaba encariñándose con el perro, y sin duda, haría bien la entrevista. Durante una hora y media, riendo y persiguiendo al travieso cachorro, había visto al mejor Pedro Alfonso, un hombre relajado y feliz.
—¡Va hacia tí! —gritó Pedro—. ¡Agarra el frisbee cuando pase a tu lado!
Paula dejó de hacerse preguntas y se concentró en el juego. Pero por supuesto, el perro la esquivó hábilmente.
—Tienes que ponerte en su camino —la regañó Pedro—. Es un cachorro, no una horda de elefantes.
—Sí, señor —bromeó ella, corriendo tras el travieso animal.
—No tienes remedio…
Pedro soltó una carcajada, cuando cometió el error de agarrar el frisbee, porque por supuesto el perro no lo soltaba. Y Paula tuvo que reír también mientras volvían a perseguir al incansable cachorro, que estaba encantado con el juego. La camaradería, las risas, los ladridos del perro, que se atrevía a dejar el frisbee en el suelo para atraparlo de nuevo cuando se acercaban y salir corriendo, hacía que se sintieran cómodos el uno con el otro. Por fin, el animal se tumbó en el suelo, agotado, y él hizo lo mismo, su cabeza sobre el lomo del animal. Y cuando dió un golpecito en la hierba, a su lado, ella no pudo resistirse a la tentación. Sus hombros rozaban los de Pedro mientras intentaba recuperar el aliento observando las nubes.
—Mira, un caldero de oro —le dijo, señalando una de ellas.
—¿Un caldero de oro? —repitió él, perplejo—. Ah, claro, era de esperar…
—¿Qué ves tú?
—Mejor no te lo digo.
—Dímelo.
—Un montón de caca.
Paula soltó una carcajada.
—Por favor, es horrible…
—Es un ejemplo de lo diferente que vemos el mundo tú y yo.
Lo había dicho de broma, pero ese comentario le recordó que no tenían nada en común. Él quería levantar barreras, ella quería tirarlas. Sin embargo, tenía la sensación de haber ganado aquel asalto.
—No seas tan gruñón —lo regañó, dándole un golpe en el brazo.
Pedro esbozó una sonrisa.
—Ah, ya veo.
—¿Qué ves?
—Mucha mermelada de manzana en el futuro.
«El futuro».
Paula decidió a no arruinar el momento pensando en ello. Estaba empezando a acostumbrarse a su sonrisa, a cómo lo hacía parecer más joven y más guapo, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Sería tan fácil empezar a imaginar el mundo con Pedro Alfonso en él… ¿Qué le estaba pasando? Había querido rescatarlo de sí mismo, no arriesgar su corazón. Ella tenía su propio mundo, sus mermeladas, sus fiestas que organizar… Rescatarlo sólo era parte de esa nueva filosofía de buenas acciones con las que quería llenar su vida. De modo que se levantó para sacar dos botellas de agua de la bolsa y cuando volvió a su lado, se sentó un poco apartada, intentando que el perro bebiese agua de una de las botellas. Luego miró a Pedro, y al ver su expresión relajada, se dió cuenta de que no era tan fácil romper la conexión.
—No me había sentido así desde que era un niño.
—Te entiendo —dijo ella, contenta. ¿Qué daño podía hacer animarlo para que revelase algo más sobre sí mismo?—. Cuando trabajaba en la revista, mis compañeras y yo hacíamos unos viajes fabulosos. Pasábamos fines de semana de compras en San Francisco y una vez fuimos a esquiar a los Alpes. Pero era como si intentásemos manufacturar lo que siento ahora mismo.
De hecho, era increíble sentirse tan feliz por algo tan simple como perseguir a un cachorro por el parque. ¿Pero esa sensación de felicidad era provocada por la actividad o por estar con él? Pedro apretó su brazo en un gesto que parecía decir: «Lo entiendo, yo siento lo mismo». «Misión cumplida», pensó Paula. Había decidido rescatarlo de su soledad y lo había conseguido. Sería codicioso y absurdo querer algo más. Pero así era. La hora que él le había prometido había pasado treinta minutos antes. Estaba encariñándose con el perro, y sin duda, haría bien la entrevista. Durante una hora y media, riendo y persiguiendo al travieso cachorro, había visto al mejor Pedro Alfonso, un hombre relajado y feliz.
Dulce Amor: Capítulo 22
¿No era eso lo que había intentado decirle su hermana cuando se mostró tan apasionada sobre las fiestas del pueblo? Pedro le ofreció el frisbee.
—No, no lo tires. Aún no —le dijo, colocándose tras ella y pasando un brazo por su estómago.
—¿Qué haces?
—Relájate… —murmuró Pedro al notar que se ponía tensa.
Paula respiró profundamente, pero era como si todo su cuerpo estuviese enchufado a una corriente eléctrica. Como le pasaba a él. Pedro no sabía qué había esperado, pero lo que sentía al tener la espalda de ella pegada a su torso era su dulzura, su feminidad. Parecía pequeña y frágil, y eso hacía que él se sintiera grande y fuerte. «Para ya», se dijo a sí mismo. No iba a dejarse llevar por el instinto. Él creía haber superado el: «Yo, Tarzán, tú, Jane».
—Concéntrate —le pidió, guiando su brazo—. ¿Lo ves? Tienes que mover la muñeca… Así… Pon la fuerza en el estómago y luego suéltalo.
Paula soltó el frisbee y Pedro fue a buscarlo, pero apartarse de ella lo hizo sentir extrañamente solo. Claro que estaba solo. Aparte del ocasional abrazo de su hermana o sus sobrinos ¿cuándo fue la última vez que lo tocó alguien? Había una razón evidente para que nadie lo tocase, claro. Pero estaba acostumbrado a ignorar esa parte de él que anhelaba un abrazo, un poco de intimidad, un poco de compañía. Lo inteligente sería dar un paso atrás, enseñar a Paula a distancia, pero pensó que si iba a cometer un error, lo mejor sería cometerlo a lo grande. De modo que volvió a colocarse tras ella.
Se permitió a sí mismo el placer de hacer algo por primera y última vez. Respiraba el aroma de su perfume, el de su cuerpo… Podía ver los mechones de pelo que escapaban de la coleta rozando su cuello. Aquello era un error, y a la vez, el momento más maravilloso de su vida. Le gustó rozar accidentalmente su cuello con la barbilla y ver luego que era incapaz de lanzar el frisbee. Le gustaba notar que estaba nerviosa. Tras una docena de intentos, Paula por fin lanzó el frisbee de manera aceptable. El disco rosado voló por el aire, haciendo un arco perfecto… Pero ninguno de los dos se dio cuenta. Paula estaba apoyada en su torso, relajada por fin, y él tenía la barbilla apoyada en su cabeza. Se quedaron así un momento, cómodos el uno con el otro por primera vez.
El parque de repente le parecía diferente. Podía ver las hojas temblando en las ramas de los árboles, lo verde que era la hierba. El cielo le parecía intensamente azul… Mientras observaba al perro corretear alegremente por el parque, con Paula apoyada en él, Pedro sintió como si hubiera dormido durante mucho tiempo y estuviera despertando en ese momento. Y de repente, se sintió… Feliz. Algo que no había sentido en muchísimo tiempo. Tal vez nunca. El perro tomó el frisbee del suelo y corrió a su lado, moviendo la cola furiosamente.
—¡Mira! —dijo Paula—. Sabe que es nuestro perro.
Pedro podría decir que no era su perro, pero había tal ilusión en sus ojos, que no tuvo corazón para hacerlo. De hecho, lo que quería era besarla. Rozar esos labios tan tentadores, profundizar en esa nueva conexión que había entre ellos. Pero la cordura prevaleció. ¿No sería eso complicarlo demasiado? Él estaba dispuesto a cometer un pequeño error, pero no quería hacerle daño. Porque Paula Chaves llevaba en la cara un corazón roto. De modo que asombrado de su propia disciplina, la soltó y dió un paso atrás. Y temiendo ser demasiado transparente, se dió la vuelta. Era hora de volver a casa. Pero había tenido que echar mano de toda su autodisciplina y no le quedaba ninguna para hacer lo que tenía que hacer. De modo que se inclinó para quitarle el frisbee al perro.
Paula miraba a Pedro bebiéndose su expresión, como si estuviera muriendo de sed y él fuese un vaso de agua. Le seguían temblando las rodillas después de lo que había pasado. Había estado a punto de besarla. Lo había visto en sus ojos, lo había sentido en la presión de sus manos en la cintura. ¿Era su evidente deseo lo que había hecho que se apartase? ¿Habría cerrado los ojos esperando el beso? Oh, no, esperaba no haber cerrado los ojos.
—¡Oye, dámelo!
Aparentemente, el cachorro había decidido que el juego consistía en no devolver el frisbee, y corría de un lado a otro con el disco en la boca mientras Pedro iba tras él. El momento de tensión había pasado, y Paula se unió al juego. Pedro era un atleta, y si perseguir al perro no la hubiese dejado sin aliento, verlo corriendo a él estuvo a punto de hacer que se desmayase.
—No, no lo tires. Aún no —le dijo, colocándose tras ella y pasando un brazo por su estómago.
—¿Qué haces?
—Relájate… —murmuró Pedro al notar que se ponía tensa.
Paula respiró profundamente, pero era como si todo su cuerpo estuviese enchufado a una corriente eléctrica. Como le pasaba a él. Pedro no sabía qué había esperado, pero lo que sentía al tener la espalda de ella pegada a su torso era su dulzura, su feminidad. Parecía pequeña y frágil, y eso hacía que él se sintiera grande y fuerte. «Para ya», se dijo a sí mismo. No iba a dejarse llevar por el instinto. Él creía haber superado el: «Yo, Tarzán, tú, Jane».
—Concéntrate —le pidió, guiando su brazo—. ¿Lo ves? Tienes que mover la muñeca… Así… Pon la fuerza en el estómago y luego suéltalo.
Paula soltó el frisbee y Pedro fue a buscarlo, pero apartarse de ella lo hizo sentir extrañamente solo. Claro que estaba solo. Aparte del ocasional abrazo de su hermana o sus sobrinos ¿cuándo fue la última vez que lo tocó alguien? Había una razón evidente para que nadie lo tocase, claro. Pero estaba acostumbrado a ignorar esa parte de él que anhelaba un abrazo, un poco de intimidad, un poco de compañía. Lo inteligente sería dar un paso atrás, enseñar a Paula a distancia, pero pensó que si iba a cometer un error, lo mejor sería cometerlo a lo grande. De modo que volvió a colocarse tras ella.
Se permitió a sí mismo el placer de hacer algo por primera y última vez. Respiraba el aroma de su perfume, el de su cuerpo… Podía ver los mechones de pelo que escapaban de la coleta rozando su cuello. Aquello era un error, y a la vez, el momento más maravilloso de su vida. Le gustó rozar accidentalmente su cuello con la barbilla y ver luego que era incapaz de lanzar el frisbee. Le gustaba notar que estaba nerviosa. Tras una docena de intentos, Paula por fin lanzó el frisbee de manera aceptable. El disco rosado voló por el aire, haciendo un arco perfecto… Pero ninguno de los dos se dio cuenta. Paula estaba apoyada en su torso, relajada por fin, y él tenía la barbilla apoyada en su cabeza. Se quedaron así un momento, cómodos el uno con el otro por primera vez.
El parque de repente le parecía diferente. Podía ver las hojas temblando en las ramas de los árboles, lo verde que era la hierba. El cielo le parecía intensamente azul… Mientras observaba al perro corretear alegremente por el parque, con Paula apoyada en él, Pedro sintió como si hubiera dormido durante mucho tiempo y estuviera despertando en ese momento. Y de repente, se sintió… Feliz. Algo que no había sentido en muchísimo tiempo. Tal vez nunca. El perro tomó el frisbee del suelo y corrió a su lado, moviendo la cola furiosamente.
—¡Mira! —dijo Paula—. Sabe que es nuestro perro.
Pedro podría decir que no era su perro, pero había tal ilusión en sus ojos, que no tuvo corazón para hacerlo. De hecho, lo que quería era besarla. Rozar esos labios tan tentadores, profundizar en esa nueva conexión que había entre ellos. Pero la cordura prevaleció. ¿No sería eso complicarlo demasiado? Él estaba dispuesto a cometer un pequeño error, pero no quería hacerle daño. Porque Paula Chaves llevaba en la cara un corazón roto. De modo que asombrado de su propia disciplina, la soltó y dió un paso atrás. Y temiendo ser demasiado transparente, se dió la vuelta. Era hora de volver a casa. Pero había tenido que echar mano de toda su autodisciplina y no le quedaba ninguna para hacer lo que tenía que hacer. De modo que se inclinó para quitarle el frisbee al perro.
Paula miraba a Pedro bebiéndose su expresión, como si estuviera muriendo de sed y él fuese un vaso de agua. Le seguían temblando las rodillas después de lo que había pasado. Había estado a punto de besarla. Lo había visto en sus ojos, lo había sentido en la presión de sus manos en la cintura. ¿Era su evidente deseo lo que había hecho que se apartase? ¿Habría cerrado los ojos esperando el beso? Oh, no, esperaba no haber cerrado los ojos.
—¡Oye, dámelo!
Aparentemente, el cachorro había decidido que el juego consistía en no devolver el frisbee, y corría de un lado a otro con el disco en la boca mientras Pedro iba tras él. El momento de tensión había pasado, y Paula se unió al juego. Pedro era un atleta, y si perseguir al perro no la hubiese dejado sin aliento, verlo corriendo a él estuvo a punto de hacer que se desmayase.
Dulce Amor: Capítulo 21
Y luego le haría el regalo de no volver a hacerlo nunca más.
—Al Capone tenía fotografías de mujeres desnudas en su celda —respondió.
Paula se puso colorada y eso le gustó. Ya nadie se ponía colorado.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Me lo imagino.
—Bueno, creo que hemos tenido suficientes desnudos por un día… —murmuró ella, mirándolo como si fuera una maestra de escuela.
Pedro se quedó asombrado cuando esta vez fue él quien se puso colorado.
—¿Vamos andando o en coche? —le preguntó, volviéndose hacia la puerta.
—Andando. El perro no está entrenado para ir en coche.
El coche de Paula era exactamente lo que él había imaginado: Un escarabajo de color rojo… Con el asiento trasero lleno de trozos de papel blanco. Después de verla luchar con el perro durante unos segundos, Pedro se dió cuenta de que el animal no estaba entrenado en absoluto, y le quitó la correa de las manos.
—Deja que lo haga yo.
Y no le pasó desapercibida su sonrisa de satisfacción. Ah, claro, tenía que encariñarse con el perro, pensó. Lo curioso era que sintió una punzada de puro optimismo. Hacía un día precioso y le gustaba pasear con ella, sus hombros rozándose, su coleta moviéndose de lado a lado, su perfume tan ligero y alegre como el día.
—Por razones prácticas deberíamos ponerle un nombre al perro. Sólo por hoy.
Pedro torció el gesto. Ponerle nombre al perro sería un paso adelante en su «proyecto». Ella era esa clase de chica. Si le dabas una mano, se tomaba el brazo.
—No necesita un nombre para estar una hora con él.
—Algo sencillo como Pal o Buddy —insistió Paula.
—No.
—Es lo más práctico. ¿Cómo vas a llamarlo cuando le tires un palo: «Ve a buscarlo, perro negro»?
—Muy bien —asintió Pedro—. Perro entonces.
—No vamos a llamarlo Perro.
«Vamos».
—K-9 entonces.
—Eso no suena muy personal.
—Es más personal que Perro.
Pedro se ganó un golpe en el brazo. Una broma, y sin embargo, un gesto extrañamente íntimo, juguetón. Una invitación para pasar de ser conocidos a ser algo más. «No lo hagas», se ordenó a sí mismo. Pero sin poder evitarlo, le dio un empujón con el hombro y fue recompensado con una risa tan pura y cristalina como el agua que caía de la montaña. No había otros perros en el parque, afortunadamente, porque el cachorro era un desastre. Sin embargo, Sarah dijo que era una pena porque «el pobre no iba hacer amigos». No sabía si los perros tenían amigos y podría decir algo muy sarcástico sobre su visión de la vida, recordándole lo diferentes que eran. Pero decidió no hacerlo. Una hora. Podía ser amable durante una hora. Cuando Paula sacó un frisbee de color rosa estuvo a punto de negarse a jugar con algo de ese color, pero ¿Para qué molestarse? Sólo sería una hora. Después de mover el frisbee ante la nariz del cachorro, ella lo lanzó al aire… Y el perro lo miró un momento antes de acercarse a un árbol para hacer pis.
—No tiene amigos y no sabe jugar —dijo ella, entristecida.
Pedro estuvo a punto de decir que no era una tragedia, pero de nuevo, se contuvo. En lugar de decir nada fue a recuperar el frisbee y se lo tiró. Ella dió un salto para recogerlo y no lo consiguió, porque le faltaron dos metros. Pero al saltar así le había mostrado el ombligo más bonito que había visto nunca. Paula Chaves no sabía lanzar un frisbee y tampoco sabía recuperarlo, pero estaba dispuesta a todo: A correr, a saltar, a tirarse al suelo… Su entusiasmo por la vida podría ser contagioso. Pero sólo era durante una hora, ¿No?
—¿Te han dicho alguna vez que tienes el talento atlético de una estaca? — bromeó Pedro.
—Me lo han dicho muchas veces, pero con otras palabras.
Aunque estaba sonriendo, Pedro tuvo la impresión de que alguien le había hecho sentir que no estaba a la altura. Y no había ninguna razón para que él hiciese nada al respecto, salvo que se había prometido a sí mismo ser amable durante una hora. Y eso incluía enseñarle a lanzar un frisbee. El mundo cambiaba gracias a cosas pequeñas tanto como por grandes gestos.
—Al Capone tenía fotografías de mujeres desnudas en su celda —respondió.
Paula se puso colorada y eso le gustó. Ya nadie se ponía colorado.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Me lo imagino.
—Bueno, creo que hemos tenido suficientes desnudos por un día… —murmuró ella, mirándolo como si fuera una maestra de escuela.
Pedro se quedó asombrado cuando esta vez fue él quien se puso colorado.
—¿Vamos andando o en coche? —le preguntó, volviéndose hacia la puerta.
—Andando. El perro no está entrenado para ir en coche.
El coche de Paula era exactamente lo que él había imaginado: Un escarabajo de color rojo… Con el asiento trasero lleno de trozos de papel blanco. Después de verla luchar con el perro durante unos segundos, Pedro se dió cuenta de que el animal no estaba entrenado en absoluto, y le quitó la correa de las manos.
—Deja que lo haga yo.
Y no le pasó desapercibida su sonrisa de satisfacción. Ah, claro, tenía que encariñarse con el perro, pensó. Lo curioso era que sintió una punzada de puro optimismo. Hacía un día precioso y le gustaba pasear con ella, sus hombros rozándose, su coleta moviéndose de lado a lado, su perfume tan ligero y alegre como el día.
—Por razones prácticas deberíamos ponerle un nombre al perro. Sólo por hoy.
Pedro torció el gesto. Ponerle nombre al perro sería un paso adelante en su «proyecto». Ella era esa clase de chica. Si le dabas una mano, se tomaba el brazo.
—No necesita un nombre para estar una hora con él.
—Algo sencillo como Pal o Buddy —insistió Paula.
—No.
—Es lo más práctico. ¿Cómo vas a llamarlo cuando le tires un palo: «Ve a buscarlo, perro negro»?
—Muy bien —asintió Pedro—. Perro entonces.
—No vamos a llamarlo Perro.
«Vamos».
—K-9 entonces.
—Eso no suena muy personal.
—Es más personal que Perro.
Pedro se ganó un golpe en el brazo. Una broma, y sin embargo, un gesto extrañamente íntimo, juguetón. Una invitación para pasar de ser conocidos a ser algo más. «No lo hagas», se ordenó a sí mismo. Pero sin poder evitarlo, le dio un empujón con el hombro y fue recompensado con una risa tan pura y cristalina como el agua que caía de la montaña. No había otros perros en el parque, afortunadamente, porque el cachorro era un desastre. Sin embargo, Sarah dijo que era una pena porque «el pobre no iba hacer amigos». No sabía si los perros tenían amigos y podría decir algo muy sarcástico sobre su visión de la vida, recordándole lo diferentes que eran. Pero decidió no hacerlo. Una hora. Podía ser amable durante una hora. Cuando Paula sacó un frisbee de color rosa estuvo a punto de negarse a jugar con algo de ese color, pero ¿Para qué molestarse? Sólo sería una hora. Después de mover el frisbee ante la nariz del cachorro, ella lo lanzó al aire… Y el perro lo miró un momento antes de acercarse a un árbol para hacer pis.
—No tiene amigos y no sabe jugar —dijo ella, entristecida.
Pedro estuvo a punto de decir que no era una tragedia, pero de nuevo, se contuvo. En lugar de decir nada fue a recuperar el frisbee y se lo tiró. Ella dió un salto para recogerlo y no lo consiguió, porque le faltaron dos metros. Pero al saltar así le había mostrado el ombligo más bonito que había visto nunca. Paula Chaves no sabía lanzar un frisbee y tampoco sabía recuperarlo, pero estaba dispuesta a todo: A correr, a saltar, a tirarse al suelo… Su entusiasmo por la vida podría ser contagioso. Pero sólo era durante una hora, ¿No?
—¿Te han dicho alguna vez que tienes el talento atlético de una estaca? — bromeó Pedro.
—Me lo han dicho muchas veces, pero con otras palabras.
Aunque estaba sonriendo, Pedro tuvo la impresión de que alguien le había hecho sentir que no estaba a la altura. Y no había ninguna razón para que él hiciese nada al respecto, salvo que se había prometido a sí mismo ser amable durante una hora. Y eso incluía enseñarle a lanzar un frisbee. El mundo cambiaba gracias a cosas pequeñas tanto como por grandes gestos.
jueves, 4 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 20
Paula dió un paso atrás.
—Lo siento —se disculpó—. Ha sido una mala idea. Una de mis muchas malas ideas, según tú —estaba tomando la correa del perro cuando Pedro la detuvo.
—Espera un momento.
Paula se dió la vuelta y lo vio pasándose una mano por el pelo.
—Muy bien, una hora —dijo por fin.
Pedro cerró la puerta de su dormitorio y se apoyó en ella, dejando escapar un largo suspiro. Paula Chaves estaba en el salón de su casa, esperando que se pusiera una camisa para ir al parque a encariñarse con un perro. «¿Con el perro o con ella?»
—Podrías haber dicho que no… —murmuró para sí mismo.
Pero como Paula había dicho, sería poco razonable decir que no cuando ella había acudido a rescatarlo el día que Joaquín estaba destruyendo la casa de su hermana y Franco no dejaba de llorar. «¿Qué más daba que fuese poco razonable?» Lo había visto desnudo. Y no en las placenteras circunstancias en las que una mujer veía a un hombre desnudo. Esa era razón suficiente para decir que no. Pero su expresión cuando le preguntó si había sentido la tentación de mirarlo era tan graciosa… Sí, le gustaba tomarle el pelo.
Además, después de su charla en el café, cuando ella se había marchado tan enfadada, había tenido que ser muy valiente para aparecer en su casa. Desde entonces, se había dejado llevar por el deseo de conocer sus secretos, y como había esperado, Paula Chaves era la persona que parecía ser. Ni siquiera le habían puesto nunca una multa de tráfico. No pertenecía a ninguna red social, lo cual era decepcionante para su deseo de encontrar datos, pero muy revelador sobre el tipo de persona que era. En cualquier caso, había muchas otras formas de descubrir cosas sobre ella. Había encontrado información sobre las fiestas de Kettle Bend en Internet: Cuatro días de actividades, juegos, meriendas, conciertos…
Parecía mucho más de lo que una sola persona podía organizar. Pero él no estaba interesado en sus actividades recientes, de modo que buscó los artículos que había escrito para la revista El Bebé De Hoy. Había leído tres o cuatro, asombrado de que pudieran interesarlo a pesar de su contenido. Como escritora, Paula era divertida, original, y llena de talento. Y eso significaba que estaba en lo cierto: Un problema personal, seguramente una decepción amorosa, había hecho que dejase su vida en Nueva York para mudarse a Kettle Bend. Con esa información en la mano, era casi imposible decirle que no. Paula ya se había llevado una gran desilusión en la vida, y dado lo ilusorio que era su sueño para Kettle Bend, era posible que estuviese a punto de llevarse otra. De modo que aun sabiendo que pasar tiempo con ella podía acabar siendo un desastre, Pedro no podía dejar de admirar su valentía. Sabía que le había hecho daño en el café. Había dicho demasiado y con demasiada brusquedad. Y por eso, cuando volvió a salir con los vaqueros puestos, con intención de decir que lo dejase en paz, había sido incapaz de hacerlo. Esos ojos, esa expresión avergonzada, esperanzada y valiente… «Confiada», pensó entonces. Paula confiaba en él, en una parte de él que creía perdida por completo.
—Esto es absurdo… —murmuró mientras se ponía una camisa y unas zapatillas de deporte.
Cuando volvió al salón la vió sentada en el brazo del sofá. Aquel día llevaba un pantalón de deporte que moldeaba sus extraordinarias piernas, y una camiseta con un logo sobre la investigación del cáncer de mama. Porque ella era la clase de chica que quería salvar al mundo, claro. Su pelo estaba sujeto en una coleta, y de nuevo, podía ver las pecas que tenía en la nariz. Parecía una cría de doce años. A pesar de las desilusiones, había algo fresco e inocente en ella. Y por eso iba a hacer algo tan absurdo como ir al parque con el perro. Aunque fuese divertido tomarle el pelo. Aunque fuese difícil decir que no a esa parte tan valiente de Paula que confiaba en él. Debería haber hecho lo que tenía que hacer. Pero no lo había hecho. Pero después de cometer ese error, lo mejor sería intentar disfrutar de él.
—¿En qué te has inspirado para la decoración de tu casa? —le preguntó ella—. ¿En la celda de Al Capone?
Pedro tuvo que disimular una sonrisa. ¿Qué daño podía hacerle en una hora?, se preguntó. Una hora con ella disfrutando de su espontaneidad ya que lo había acusado de no ser espontáneo. Incluso podría pasarlo bien.
—Lo siento —se disculpó—. Ha sido una mala idea. Una de mis muchas malas ideas, según tú —estaba tomando la correa del perro cuando Pedro la detuvo.
—Espera un momento.
Paula se dió la vuelta y lo vio pasándose una mano por el pelo.
—Muy bien, una hora —dijo por fin.
Pedro cerró la puerta de su dormitorio y se apoyó en ella, dejando escapar un largo suspiro. Paula Chaves estaba en el salón de su casa, esperando que se pusiera una camisa para ir al parque a encariñarse con un perro. «¿Con el perro o con ella?»
—Podrías haber dicho que no… —murmuró para sí mismo.
Pero como Paula había dicho, sería poco razonable decir que no cuando ella había acudido a rescatarlo el día que Joaquín estaba destruyendo la casa de su hermana y Franco no dejaba de llorar. «¿Qué más daba que fuese poco razonable?» Lo había visto desnudo. Y no en las placenteras circunstancias en las que una mujer veía a un hombre desnudo. Esa era razón suficiente para decir que no. Pero su expresión cuando le preguntó si había sentido la tentación de mirarlo era tan graciosa… Sí, le gustaba tomarle el pelo.
Además, después de su charla en el café, cuando ella se había marchado tan enfadada, había tenido que ser muy valiente para aparecer en su casa. Desde entonces, se había dejado llevar por el deseo de conocer sus secretos, y como había esperado, Paula Chaves era la persona que parecía ser. Ni siquiera le habían puesto nunca una multa de tráfico. No pertenecía a ninguna red social, lo cual era decepcionante para su deseo de encontrar datos, pero muy revelador sobre el tipo de persona que era. En cualquier caso, había muchas otras formas de descubrir cosas sobre ella. Había encontrado información sobre las fiestas de Kettle Bend en Internet: Cuatro días de actividades, juegos, meriendas, conciertos…
Parecía mucho más de lo que una sola persona podía organizar. Pero él no estaba interesado en sus actividades recientes, de modo que buscó los artículos que había escrito para la revista El Bebé De Hoy. Había leído tres o cuatro, asombrado de que pudieran interesarlo a pesar de su contenido. Como escritora, Paula era divertida, original, y llena de talento. Y eso significaba que estaba en lo cierto: Un problema personal, seguramente una decepción amorosa, había hecho que dejase su vida en Nueva York para mudarse a Kettle Bend. Con esa información en la mano, era casi imposible decirle que no. Paula ya se había llevado una gran desilusión en la vida, y dado lo ilusorio que era su sueño para Kettle Bend, era posible que estuviese a punto de llevarse otra. De modo que aun sabiendo que pasar tiempo con ella podía acabar siendo un desastre, Pedro no podía dejar de admirar su valentía. Sabía que le había hecho daño en el café. Había dicho demasiado y con demasiada brusquedad. Y por eso, cuando volvió a salir con los vaqueros puestos, con intención de decir que lo dejase en paz, había sido incapaz de hacerlo. Esos ojos, esa expresión avergonzada, esperanzada y valiente… «Confiada», pensó entonces. Paula confiaba en él, en una parte de él que creía perdida por completo.
—Esto es absurdo… —murmuró mientras se ponía una camisa y unas zapatillas de deporte.
Cuando volvió al salón la vió sentada en el brazo del sofá. Aquel día llevaba un pantalón de deporte que moldeaba sus extraordinarias piernas, y una camiseta con un logo sobre la investigación del cáncer de mama. Porque ella era la clase de chica que quería salvar al mundo, claro. Su pelo estaba sujeto en una coleta, y de nuevo, podía ver las pecas que tenía en la nariz. Parecía una cría de doce años. A pesar de las desilusiones, había algo fresco e inocente en ella. Y por eso iba a hacer algo tan absurdo como ir al parque con el perro. Aunque fuese divertido tomarle el pelo. Aunque fuese difícil decir que no a esa parte tan valiente de Paula que confiaba en él. Debería haber hecho lo que tenía que hacer. Pero no lo había hecho. Pero después de cometer ese error, lo mejor sería intentar disfrutar de él.
—¿En qué te has inspirado para la decoración de tu casa? —le preguntó ella—. ¿En la celda de Al Capone?
Pedro tuvo que disimular una sonrisa. ¿Qué daño podía hacerle en una hora?, se preguntó. Una hora con ella disfrutando de su espontaneidad ya que lo había acusado de no ser espontáneo. Incluso podría pasarlo bien.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)