Paula mantuvo los ojos pegados a la toalla, en el suelo del porche. Pedro masculló una palabrota, y luego, sus pies desaparecieron de su línea de visión. Era el peor momento para pensar que tenía unos pies muy bonitos… Las patas del perro también desaparecieron de su línea de visión porque él lo estaba usando como escudo mientras daba marcha atrás. La puerta se cerró y ella levantó la mirada. Le gustaría salir corriendo, meterse en la cama y ocultarse allí para siempre. ¿Rescatar a Pedro Alfonso? ¿Estaba loca? ¡Tenía que irse de allí lo antes posible! Pero estaba la pequeña cuestión del perro que había llevado con ella… Sí, iba a tener que enfrentarse con él. Por tentador que fuera, no podía dejar al perro allí, a merced de un hombre que había admitido detestar a los animales. Sin saber qué hacer, se sentó en los escalones del porche, intentando pensar en algo que no fuera el momento en el que la toalla había caído al suelo. La puerta se abrió unos minutos después y Paula se levantó de un salto. Pedro se había puesto unos vaqueros, pero iba sin camisa y con los pies descalzos. Sin decir una palabra, le pasó la correa del perro, cruzó los brazos sobre el pecho y levantó una ceja. No sabía qué había pasado en el interior de la casa, pero él parecía haber demostrado que él era el líder de la manada porque el cachorro estaba sentado sobre sus patas traseras, mirándolo con cara de adoración.
—¿Se puede saber qué quieres?
Era evidente que no estaba contento.
—Pues verás… —empezó a decir Paula, apartándose un mechón de pelo de la frente—. Me han preguntado si podrías llevar el perro a la entrevista.
—No me has enviado una nota diciendo cuándo es la entrevista —le recordó él.
—Mañana, a las seis de la tarde. Pero como no te gustan los perros, he pensado que el cachorro y tú deberíais ensayar antes… Para encariñarte con él.
—Encariñarme.
—No quiero que los espectadores vean que no te gustan los perros.
—Encariñarme con un perro.
—¿Te importaría? Hay un parque en Westside y podrías tirarle un palo o una pelota… Para que en la entrevista parezca que sois amigos.
—Para que parezcamos amigos —repitió Pedro, sin moverse. Ella asintió con la cabeza, pero nada en su expresión le daba esperanza alguna—. Eso es absurdo.
De repente, Paula recordó su misión. Que se hubiera quedado desnudo por accidente, no era razón para olvidar por qué estaba allí. Aquel hombre estaba desesperadamente solo en el mundo, y ella había ido para salvarlo de sí mismo.
—¿Por qué es absurdo? —le preguntó, irguiendo los hombros—. Además, ¿Por qué no hacer algo absurdo de vez en cuando?
Que lo dijese ella, que siempre había querido ser perfecta, tenía gracia. Pero Pedro no tenía por qué saberlo. Además, ¿Dónde la habían llevado sus esfuerzos por ser perfecta? Había malgastado demasiado tiempo y energía intentando ser la hija perfecta y luego la prometida perfecta. ¿Y qué había conseguido con eso? Ser perfectamente olvidable, absolutamente prescindible.
—Hablas como mi hermana —dijo Pedro.
—¿No puedes ser espontáneo por una vez?
Él la fulminó con la mirada.
—Puedo ser tan espontáneo como cualquiera.
—Pues demuéstralo. Por el bien del pueblo.
—Por favor, no lo digas.
—¿Qué?
—Que Kettle Bend me necesita.
—No lo diré si no quieres, pero ven al parque conmigo. Una hora nada más. Es parte de nuestro acuerdo.
—Llevar al perro al parque no es parte de ningún acuerdo.
—Ya, pero he conseguido que fuera sólo una entrevista y no tres —le recordó Paula—. Y te ayudé en un momento de necesidad, con tus sobrinos…
Tenía que usar cualquier argumento, pero Pedro parecía inconmovible.
—Que tú seas la causa de que me haya quedado desnudo en la puerta de mi causa cancela todas mis deudas.
—Nadie te ha visto. ¡Y yo no he mirado, te lo prometo!
Paula vió que sus labios se movían. No era exactamente una sonrisa, pero fuese lo que fuese era más peligroso que su hostilidad.
—¿No has sentido la tentación? —le preguntó él entonces, con expresión traviesa.
Ese era el problema cuando una decidía rescatar a un hombre como Pedro Alfonso. Era como si una ingenua virgen abordase un barco pirata y le exigiera al capitán que bajase las armas porque ella sabía lo que era mejor para él. Era un juego peligroso, y la expresión burlona de Pedro lo dejaba bien claro.
jueves, 4 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 18
Paula contempló la soledad del mundo de Pedro. Al menos, ella tenía su gata. Al menos no estaba tan dañada como para no poder sentirse atada a un animal. Y había hecho muchos amigos en el pueblo. Le encantaban sus vecinos y estaba haciendo amistad con muchos de los que se habían apuntado al comité de organización de las fiestas. Pedro había elegido un mundo y un trabajo que lo aislaba de todo.
—Y no pienso permitirlo.
Lo había dicho en voz alta, sorprendiéndose a sí misma. ¿De dónde había salido eso? Era absurdo, una locura. Pero de repente, soltó una carcajada. Le daba igual que fuese una locura. Se sentía viva, algo que no había sentido en mucho tiempo, desde que Fernando le clavó un traicionero puñal en el corazón. Era algo que no había sentido cuando se mudó a la casa de su abuela ni mientras hacía mermeladas. Y tampoco mientras organizaba las fiestas del pueblo. Se sentía necesitada. Y estaba segura de que podía dejar a un lado su mezquino deseo de protegerse. Tenía una misión: salvar a un hombre de sí mismo, rescatarlo. Pedro le había mostrado esa faceta de sí mismo por una razón, y ella no iba a darle la espalda. No iba a dejarlo en ese sitio solitario y oscuro. Y sabía perfectamente cómo iba a hacerlo.
—Voy a usar al cachorro.
Duquesa lanzó un maullido, como si se sintiera traicionada, antes de saltar al suelo.
La confianza de Paula había disminuido un poco cuando llegó a casa de Pedro. Sin avisar, por supuesto. Porque si hubiera llamado para avisarle de su llegada con el perro, él habría dicho que no. Por supuesto, aún podía decir que no, pero tendría que decírselo a la cara. Claro que empezaba a entender por qué no le gustaban los perros. El encanto del cachorro, con sus ojitos castaños y su rizado pelo negro, desapareció cuando se lanzó sobre ella y estuvo a punto de tirarla al suelo. Era gigante. El veterinario le había dicho que debía de ser un terranova o un bouvier, o posiblemente una mezcla de los dos, de modo que era enorme a pesar de tener sólo cuatro meses. El animal se había lanzado sobre ella para saludarla, y sus pantalones de yoga, que le quedaban bien y eran apropiados para dar un paseo con un perro, ahora tenían un siete desde el muslo a la rodilla. El cachorro tiraba de la correa con tal fuerza, que había estado a punto de dislocarle un hombro. Y una vez en el coche, había encontrado una caja de pañuelos de papel en el asiento trasero y lo había ido destrozando mientras iban a casa de Pedro Alfonso.
Él había insinuado que era una ingenua y el cachorro parecía decidido a demostrar que tenía razón. Porque los cachorros de verdad no eran como los de las fantasías. De modo que Paula estaba empezando a cuestionar la cordura de una idea que le había parecido perfecta en el santuario de su habitación. El cachorro le recordaba que la realidad y la fantasía normalmente se daban de bruces, pero estaba allí, y no había forma de volver atrás. Así que intentando controlar los latidos de su corazón y desenredando la correa de entre sus piernas por enésima vez, subió los escalones del porche. La casa de Pedro no se parecía a la suya y tampoco a la de su hermana. No había flores, no había balancín en el porche. Nada daba la bienvenida, ni siquiera un felpudo. Porque él no quería darle la bienvenida a nadie. Pero por eso estaba ella allí.
Pensando en su misión, Paula respiró profundamente, le ordenó al perro que se sentara, orden que no obedeció, y luego llamó al timbre. Nada. Silencio. Cuando iba a darse la vuelta, pensando que no estaba en casa, oyó ruido en el interior. Estaba allí. Probablemente había mirado por la ventana, y al verla, había decidido no abrir. Sarah llamó al timbre de nuevo. Una y otra vez. Y luego le dió una patada a la puerta… Pero estuvo a punto de caer de bruces porque justo en ese momento se había abierto. Pedro estaba frente a ella, con una toalla atada a la cintura, su mojado torso desnudo, el pelo aplastado sobre el cráneo como chocolate derretido. Paula tragó saliva mientras abría las piernas y cruzaba sus fabulosos brazos sobre el ancho torso. La toalla blanca atada a la cintura hacía que su piel pareciese dorada y sensual… El día que apareció en su jardín había imaginado tontamente que olía a alguien recién salido de la ducha, pero la fantasía y la realidad se daban de bruces. Porque olía mucho mejor de lo que hubiera podido imaginar. Era un aroma masculino, limpio, que la mareaba. Que llegaba a su nariz como burbujas de champán… Se le ocurrió entonces que había sido un terrible error ir allí. Porque nunca había visto un hombre que necesitara menos ser rescatado. Pedro era un hombre seguro de sí mismo, guapo, fuerte, impresionante… Y estaba casi desnudo.
Paula bajó la mirada, pero eso no la ayudó nada porque tenía unas piernas como columnas. De modo que hizo un esfuerzo para mirarlo a la cara y abrió la boca para decir algo, pero de su garganta no salió sonido alguno. El cachorro, sin embargo, no estaba paralizado. Lanzando un ladrido de reconocimiento, tiró de la correa para lanzarse sobre Pedro, y apoyándose en las patas traseras, puso las delanteras sobre su torso. Una de esas patas se deslizó por su estómago plano, enganchándose en la toalla… Y ante los horrorizados ojos de ella, el perro tiró de la pata para desengancharla y la toalla que cubría a Pedro cayó al suelo.
—Y no pienso permitirlo.
Lo había dicho en voz alta, sorprendiéndose a sí misma. ¿De dónde había salido eso? Era absurdo, una locura. Pero de repente, soltó una carcajada. Le daba igual que fuese una locura. Se sentía viva, algo que no había sentido en mucho tiempo, desde que Fernando le clavó un traicionero puñal en el corazón. Era algo que no había sentido cuando se mudó a la casa de su abuela ni mientras hacía mermeladas. Y tampoco mientras organizaba las fiestas del pueblo. Se sentía necesitada. Y estaba segura de que podía dejar a un lado su mezquino deseo de protegerse. Tenía una misión: salvar a un hombre de sí mismo, rescatarlo. Pedro le había mostrado esa faceta de sí mismo por una razón, y ella no iba a darle la espalda. No iba a dejarlo en ese sitio solitario y oscuro. Y sabía perfectamente cómo iba a hacerlo.
—Voy a usar al cachorro.
Duquesa lanzó un maullido, como si se sintiera traicionada, antes de saltar al suelo.
La confianza de Paula había disminuido un poco cuando llegó a casa de Pedro. Sin avisar, por supuesto. Porque si hubiera llamado para avisarle de su llegada con el perro, él habría dicho que no. Por supuesto, aún podía decir que no, pero tendría que decírselo a la cara. Claro que empezaba a entender por qué no le gustaban los perros. El encanto del cachorro, con sus ojitos castaños y su rizado pelo negro, desapareció cuando se lanzó sobre ella y estuvo a punto de tirarla al suelo. Era gigante. El veterinario le había dicho que debía de ser un terranova o un bouvier, o posiblemente una mezcla de los dos, de modo que era enorme a pesar de tener sólo cuatro meses. El animal se había lanzado sobre ella para saludarla, y sus pantalones de yoga, que le quedaban bien y eran apropiados para dar un paseo con un perro, ahora tenían un siete desde el muslo a la rodilla. El cachorro tiraba de la correa con tal fuerza, que había estado a punto de dislocarle un hombro. Y una vez en el coche, había encontrado una caja de pañuelos de papel en el asiento trasero y lo había ido destrozando mientras iban a casa de Pedro Alfonso.
Él había insinuado que era una ingenua y el cachorro parecía decidido a demostrar que tenía razón. Porque los cachorros de verdad no eran como los de las fantasías. De modo que Paula estaba empezando a cuestionar la cordura de una idea que le había parecido perfecta en el santuario de su habitación. El cachorro le recordaba que la realidad y la fantasía normalmente se daban de bruces, pero estaba allí, y no había forma de volver atrás. Así que intentando controlar los latidos de su corazón y desenredando la correa de entre sus piernas por enésima vez, subió los escalones del porche. La casa de Pedro no se parecía a la suya y tampoco a la de su hermana. No había flores, no había balancín en el porche. Nada daba la bienvenida, ni siquiera un felpudo. Porque él no quería darle la bienvenida a nadie. Pero por eso estaba ella allí.
Pensando en su misión, Paula respiró profundamente, le ordenó al perro que se sentara, orden que no obedeció, y luego llamó al timbre. Nada. Silencio. Cuando iba a darse la vuelta, pensando que no estaba en casa, oyó ruido en el interior. Estaba allí. Probablemente había mirado por la ventana, y al verla, había decidido no abrir. Sarah llamó al timbre de nuevo. Una y otra vez. Y luego le dió una patada a la puerta… Pero estuvo a punto de caer de bruces porque justo en ese momento se había abierto. Pedro estaba frente a ella, con una toalla atada a la cintura, su mojado torso desnudo, el pelo aplastado sobre el cráneo como chocolate derretido. Paula tragó saliva mientras abría las piernas y cruzaba sus fabulosos brazos sobre el ancho torso. La toalla blanca atada a la cintura hacía que su piel pareciese dorada y sensual… El día que apareció en su jardín había imaginado tontamente que olía a alguien recién salido de la ducha, pero la fantasía y la realidad se daban de bruces. Porque olía mucho mejor de lo que hubiera podido imaginar. Era un aroma masculino, limpio, que la mareaba. Que llegaba a su nariz como burbujas de champán… Se le ocurrió entonces que había sido un terrible error ir allí. Porque nunca había visto un hombre que necesitara menos ser rescatado. Pedro era un hombre seguro de sí mismo, guapo, fuerte, impresionante… Y estaba casi desnudo.
Paula bajó la mirada, pero eso no la ayudó nada porque tenía unas piernas como columnas. De modo que hizo un esfuerzo para mirarlo a la cara y abrió la boca para decir algo, pero de su garganta no salió sonido alguno. El cachorro, sin embargo, no estaba paralizado. Lanzando un ladrido de reconocimiento, tiró de la correa para lanzarse sobre Pedro, y apoyándose en las patas traseras, puso las delanteras sobre su torso. Una de esas patas se deslizó por su estómago plano, enganchándose en la toalla… Y ante los horrorizados ojos de ella, el perro tiró de la pata para desengancharla y la toalla que cubría a Pedro cayó al suelo.
Dulce Amor: Capítulo 17
—¿Sabes una cosa, Paula? No llevo aquí mucho tiempo, pero este pueblo está sufriendo porque han cerrado las fábricas más importantes. ¿Cómo va ser un buen sitio para vivir si no hay dinero? Lo que Kettle Bend necesita son puestos de trabajo.
—Tu hermana y su marido se mudaron aquí —le recordó ella.
—Rafael tiene que ir a Madison todos los días, y hace un gran sacrificio para darle a mi hermana su fantasía de vivir en un pueblo pequeño. Yo creo que el accidente es el resultado de la fatiga de recorrer tantos kilómetros a diario.
—¿Se lo has dicho a tu hermana? —le preguntó ella.
—Sí —respondió Pedro.
Desgraciadamente. Por eso aún no había podido probar las galletas.
—No deberías haberle dicho eso.
—Uno no puede ensayar todo lo que dice en la vida real.
Paula bajó la mirada.
—Las fiestas del pueblo ayudarán a Kettle Bend —insistió obstinadamente.
—Fueron canceladas porque el dinero que se invertía en organizarlas no compensaba.
—Yo apenas tengo presupuesto, por eso organizo eventos para recaudar dinero.
—Lo sé, mi hermana va a donar mis galletas a un mercadillo —dijo Pedro, irritado—. ¿Sabes lo que creo?
—¿Qué? —preguntó, ella poniéndose a la defensiva.
—Creo que te has metido de cabeza en la organización de las fiestas para olvidar que tienes el corazón roto.
Paula se echó hacia atrás en la silla.
—¿Por que dices eso?
—Una chica como tú no viene a un pueblo como este a menos que sea para olvidar una decepción amorosa.
—¡Eso no es verdad!
Pedro la miró con gesto airado, tal vez porque lo había hecho contar una verdad que no le contaba a nadie. No, no era tan complicado. Sencillamente, quería que lo dejase en paz. Antes de que le importase demasiado.
—Las fiestas del pueblo no te harán sentir lo que sentías cuando venías aquí de niña.
—¿Y tú qué sabes lo que yo sentía de niña?
—Creías que todos tus sueños iban a hacerse realidad. Estabas llena de ilusiones románticas…
Paula se levantó abruptamente, tirándole los papeles.
—Aquí tienes las preguntas. Seguro que se te ocurrirán respuestas que no ofendan a todo el que te escuche.
La había enfadado de verdad. Le había hecho daño. Aunque, al final, eso sería bueno para los dos, pensó Pedro. Porque había algo en ella que hacía que un hombre quisiera contarle cosas, abrirle su corazón. Había algo en ella que hacía que un hombre se preguntase cómo habría sido su vida si hubiera elegido un camino diferente. La vió alejarse moviendo las caderas, el vestido amarillo moviéndose alrededor de sus preciosas piernas… Tomando los papeles, se puso la gorra y apartó la mirada. Su uniforme, su trabajo, siempre habían sido un escudo protector para él. ¿Cómo podía Paula Chaves haberlo roto sin intentarlo siquiera? ¿Y por qué después de haber hecho que se marchara, furiosa, seguía despertando su curiosidad? Había descubierto algo sobre ella, pero no le parecía suficiente. Y siendo un antiguo detective, tenía muchas maneras de descubrir cosas sobre la gente sin que ellos lo supieran…
Paula estaba furiosa.
—Será antipático, cabezota, engreído… —iba murmurando para sí misma mientras se alejaba del café—. ¿Cómo se atreve?
Todo había empezado con esa llamada de teléfono. «No te gusta hacer mermelada, ¿Verdad?». A partir de ahí, todo había ido cuesta abajo. «Creo que te has metido de cabeza en la organización de las fiestas para olvidar que tienes el corazón roto». Era humillante que él supiera que tenía el corazón roto e insoportable que fuese tan maleducado como para decirlo en voz alta. Y decir que estaba usando las fiestas del pueblo para recuperar los sueños de su infancia… Pedro Alfonso era malvado, así de sencillo. Y esperaba que metiese la pata en la entrevista. Esperaba que el mundo entero supiera qué clase de hombre era y lo odiasen por ello. En ese momento, estaba tan enfadada que le daba igual que se cargase las fiestas de Kettle Bend.
Entró en su casa y fue a su habitación para quitarse el vestido, uno de sus favoritos, y ponerse ropa vieja que no se estropearía mientras hacía mermeladas durante toda la tarde… Entonces se dió cuenta de algo. Y la enormidad de ese pensamiento hizo que se dejase caer sobre la cama. Dejando escapar un maullido de contento, su gata, Duquesa, saltó sobre sus rodillas. Lo había hecho a propósito. Pedro la había enfadado a propósito. Y lo había hecho porque le había confiado una parte de sí mismo… Porque había salido de detrás de su barrera durante un minuto. Y luego se había retirado enfadándola a propósito. Y lo había conseguido, desde luego. Seguramente en ese momento estaba muy satisfecho consigo mismo por haber logrado que se marchase.
—Tu hermana y su marido se mudaron aquí —le recordó ella.
—Rafael tiene que ir a Madison todos los días, y hace un gran sacrificio para darle a mi hermana su fantasía de vivir en un pueblo pequeño. Yo creo que el accidente es el resultado de la fatiga de recorrer tantos kilómetros a diario.
—¿Se lo has dicho a tu hermana? —le preguntó ella.
—Sí —respondió Pedro.
Desgraciadamente. Por eso aún no había podido probar las galletas.
—No deberías haberle dicho eso.
—Uno no puede ensayar todo lo que dice en la vida real.
Paula bajó la mirada.
—Las fiestas del pueblo ayudarán a Kettle Bend —insistió obstinadamente.
—Fueron canceladas porque el dinero que se invertía en organizarlas no compensaba.
—Yo apenas tengo presupuesto, por eso organizo eventos para recaudar dinero.
—Lo sé, mi hermana va a donar mis galletas a un mercadillo —dijo Pedro, irritado—. ¿Sabes lo que creo?
—¿Qué? —preguntó, ella poniéndose a la defensiva.
—Creo que te has metido de cabeza en la organización de las fiestas para olvidar que tienes el corazón roto.
Paula se echó hacia atrás en la silla.
—¿Por que dices eso?
—Una chica como tú no viene a un pueblo como este a menos que sea para olvidar una decepción amorosa.
—¡Eso no es verdad!
Pedro la miró con gesto airado, tal vez porque lo había hecho contar una verdad que no le contaba a nadie. No, no era tan complicado. Sencillamente, quería que lo dejase en paz. Antes de que le importase demasiado.
—Las fiestas del pueblo no te harán sentir lo que sentías cuando venías aquí de niña.
—¿Y tú qué sabes lo que yo sentía de niña?
—Creías que todos tus sueños iban a hacerse realidad. Estabas llena de ilusiones románticas…
Paula se levantó abruptamente, tirándole los papeles.
—Aquí tienes las preguntas. Seguro que se te ocurrirán respuestas que no ofendan a todo el que te escuche.
La había enfadado de verdad. Le había hecho daño. Aunque, al final, eso sería bueno para los dos, pensó Pedro. Porque había algo en ella que hacía que un hombre quisiera contarle cosas, abrirle su corazón. Había algo en ella que hacía que un hombre se preguntase cómo habría sido su vida si hubiera elegido un camino diferente. La vió alejarse moviendo las caderas, el vestido amarillo moviéndose alrededor de sus preciosas piernas… Tomando los papeles, se puso la gorra y apartó la mirada. Su uniforme, su trabajo, siempre habían sido un escudo protector para él. ¿Cómo podía Paula Chaves haberlo roto sin intentarlo siquiera? ¿Y por qué después de haber hecho que se marchara, furiosa, seguía despertando su curiosidad? Había descubierto algo sobre ella, pero no le parecía suficiente. Y siendo un antiguo detective, tenía muchas maneras de descubrir cosas sobre la gente sin que ellos lo supieran…
Paula estaba furiosa.
—Será antipático, cabezota, engreído… —iba murmurando para sí misma mientras se alejaba del café—. ¿Cómo se atreve?
Todo había empezado con esa llamada de teléfono. «No te gusta hacer mermelada, ¿Verdad?». A partir de ahí, todo había ido cuesta abajo. «Creo que te has metido de cabeza en la organización de las fiestas para olvidar que tienes el corazón roto». Era humillante que él supiera que tenía el corazón roto e insoportable que fuese tan maleducado como para decirlo en voz alta. Y decir que estaba usando las fiestas del pueblo para recuperar los sueños de su infancia… Pedro Alfonso era malvado, así de sencillo. Y esperaba que metiese la pata en la entrevista. Esperaba que el mundo entero supiera qué clase de hombre era y lo odiasen por ello. En ese momento, estaba tan enfadada que le daba igual que se cargase las fiestas de Kettle Bend.
Entró en su casa y fue a su habitación para quitarse el vestido, uno de sus favoritos, y ponerse ropa vieja que no se estropearía mientras hacía mermeladas durante toda la tarde… Entonces se dió cuenta de algo. Y la enormidad de ese pensamiento hizo que se dejase caer sobre la cama. Dejando escapar un maullido de contento, su gata, Duquesa, saltó sobre sus rodillas. Lo había hecho a propósito. Pedro la había enfadado a propósito. Y lo había hecho porque le había confiado una parte de sí mismo… Porque había salido de detrás de su barrera durante un minuto. Y luego se había retirado enfadándola a propósito. Y lo había conseguido, desde luego. Seguramente en ese momento estaba muy satisfecho consigo mismo por haber logrado que se marchase.
martes, 2 de junio de 2020
Dulce Amor: Capítulo 16
—Muy bien —dijo ella, mirando sus notas—. No te gustan los perros, pero no tienes que decirlo así de claro. Puedes decir: Hay personas a las que les gustan los perros y otras a las que les gustan los gatos.
—Empieza a dolerme la cabeza —protestó él—. Y tampoco me gustan los gatos.
—¿Los caballos? —le preguntó Paula.
—No me gustan los animales.
—¿Por qué no te gustan los animales?
«No le cuentes la verdad». Pero no pudo evitarlo:
—No me gusta que alguien o algo me necesite, no quiero sentirme atado a nada. No quiero querer a nadie.
Los dos se quedaron en silencio durante unos segundos.
—Pero ¿por qué? —se aventuró a preguntar Paula.
«No lo digas, no tiene por qué saberlo. No hay razones para que se lo cuentes».
—Mis padres murieron cuando yo tenía diecisiete años —se encontró diciendo Pedro y odiándose por ello. ¿Por qué se lo contaba? Era como si le estuviera arrancando las entrañas sólo con mirarlo con esos ojos—. Pero no lo diré en la entrevista. No quiero la compasión de nadie.
Ella había abierto la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato. Sin embargo, no pudo controlar el brillo de sus ojos, que parecían haberse vuelto de un tono dorado, suaves, acariciadores, como si compartiera su dolor con él.
—No te preocupes, no voy a decir en público que no me gustan lo perros porque no quiero sentirme atado a nada. Ni siquiera sé por qué te lo he contado a tí.
Pedro miró su reloj, como diciendo que tenía prisa.
—¿Entonces qué vas a decir cuando el presentador te pregunte por qué te lanzaste al río?
—Que fue un momento de locura temporal… —respondió él, suspirando al ver que Paula hacía una mueca—. No, diré que pensé que el perro era de un niño que estaba montando en bicicleta a la orilla del río.
—Ah, eso es bonito.
«Bonito». Paula no lo entendía, Pedro Alfonso no hacía cosas bonitas.
—Al final, el cachorro no era de nadie. Cuando se ponga bien lo darán en adopción.
—Deberías mencionarlo, eso llamaría la atención sobre Kettle Bend.
—Créeme, ya ha llamado la atención. El otro día recibimos una llamada de Alemania en la comisaría preguntando si podían adoptarlo.
—¡Podrías contar eso! —exclamó Paula—. Alemania interesada en Kettle Bend… Es un ángulo internacional.
—Lo intentaré —asintió él.
Su entusiasmo debería resultar irritante, y sin embargo, le parecía tan encantadora con sus ojos brillantes y su vestido amarillo…
—Bueno, ¿Y cómo vamos a meter el tema de las fiestas del pueblo en la entrevista?
Pedro estaba mirando sus labios, tan generosos y brillantes que daban ganas de besarlos.
—Ni idea.
—No entiendo que seas tan escéptico sobre unas fiestas que le vendrían bien a Kettle Bend.
—Soy escéptico sobre todo.
Pedro intentó disimular la fascinación por sus labios tomando un sorbo del café que le había llevado la camarera unos segundos antes.
—No es verdad.
«Paula, hazte un favor y no creas lo mejor de mí».
—Mira, creo que es una ingenuidad pensar que unas fiestas puedan hacer algo por el pueblo. No entiendo qué crees que vas a conseguir con eso.
—Vendrán muchos turistas, y eso revitalizará la economía de Kettle Bend y nos pondrá en el mapa. Algunas de esas personas podrían pensar que sería estupendo vivir en un sitio como este.
«Deja que se haga ilusiones», pensó Pedro. Pero no lo hizo, porque de repente estaba harto de ilusiones. Su escepticismo, su oscura historia, podrían apagar en un segundo la luz que parecía irradiar aquella mujer.
—Empieza a dolerme la cabeza —protestó él—. Y tampoco me gustan los gatos.
—¿Los caballos? —le preguntó Paula.
—No me gustan los animales.
—¿Por qué no te gustan los animales?
«No le cuentes la verdad». Pero no pudo evitarlo:
—No me gusta que alguien o algo me necesite, no quiero sentirme atado a nada. No quiero querer a nadie.
Los dos se quedaron en silencio durante unos segundos.
—Pero ¿por qué? —se aventuró a preguntar Paula.
«No lo digas, no tiene por qué saberlo. No hay razones para que se lo cuentes».
—Mis padres murieron cuando yo tenía diecisiete años —se encontró diciendo Pedro y odiándose por ello. ¿Por qué se lo contaba? Era como si le estuviera arrancando las entrañas sólo con mirarlo con esos ojos—. Pero no lo diré en la entrevista. No quiero la compasión de nadie.
Ella había abierto la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato. Sin embargo, no pudo controlar el brillo de sus ojos, que parecían haberse vuelto de un tono dorado, suaves, acariciadores, como si compartiera su dolor con él.
—No te preocupes, no voy a decir en público que no me gustan lo perros porque no quiero sentirme atado a nada. Ni siquiera sé por qué te lo he contado a tí.
Pedro miró su reloj, como diciendo que tenía prisa.
—¿Entonces qué vas a decir cuando el presentador te pregunte por qué te lanzaste al río?
—Que fue un momento de locura temporal… —respondió él, suspirando al ver que Paula hacía una mueca—. No, diré que pensé que el perro era de un niño que estaba montando en bicicleta a la orilla del río.
—Ah, eso es bonito.
«Bonito». Paula no lo entendía, Pedro Alfonso no hacía cosas bonitas.
—Al final, el cachorro no era de nadie. Cuando se ponga bien lo darán en adopción.
—Deberías mencionarlo, eso llamaría la atención sobre Kettle Bend.
—Créeme, ya ha llamado la atención. El otro día recibimos una llamada de Alemania en la comisaría preguntando si podían adoptarlo.
—¡Podrías contar eso! —exclamó Paula—. Alemania interesada en Kettle Bend… Es un ángulo internacional.
—Lo intentaré —asintió él.
Su entusiasmo debería resultar irritante, y sin embargo, le parecía tan encantadora con sus ojos brillantes y su vestido amarillo…
—Bueno, ¿Y cómo vamos a meter el tema de las fiestas del pueblo en la entrevista?
Pedro estaba mirando sus labios, tan generosos y brillantes que daban ganas de besarlos.
—Ni idea.
—No entiendo que seas tan escéptico sobre unas fiestas que le vendrían bien a Kettle Bend.
—Soy escéptico sobre todo.
Pedro intentó disimular la fascinación por sus labios tomando un sorbo del café que le había llevado la camarera unos segundos antes.
—No es verdad.
«Paula, hazte un favor y no creas lo mejor de mí».
—Mira, creo que es una ingenuidad pensar que unas fiestas puedan hacer algo por el pueblo. No entiendo qué crees que vas a conseguir con eso.
—Vendrán muchos turistas, y eso revitalizará la economía de Kettle Bend y nos pondrá en el mapa. Algunas de esas personas podrían pensar que sería estupendo vivir en un sitio como este.
«Deja que se haga ilusiones», pensó Pedro. Pero no lo hizo, porque de repente estaba harto de ilusiones. Su escepticismo, su oscura historia, podrían apagar en un segundo la luz que parecía irradiar aquella mujer.
Dulce Amor: Capítulo 15
Se había enfadado, pero no era culpa suya que tuviese una intuición especial para la gente. Además, que estuviera enfadada era lo mejor.
—¿Entonces dónde podemos encontramos? —le preguntó.
—¿Qué tal en el café Winston’s? ¿Puedes estar allí en media hora?
Winston’s siempre estaba lleno de gente, buena elección. Aunque le habría gustado que eligiese Grady’s, donde servían mejor café.
—En Winston’s habrá mucha gente —dijo ella, como si hubiera leído sus pensamientos—. La noticia de que hemos estado allí juntos correrá como la pólvora y eso salvará un poco tu popularidad en el pueblo.
Sí, Winston’s era el mentidero de Kettle Bend, aunque a él le importaba un bledo la popularidad. Estaba trabajando, de modo que iba de uniforme. Y eso era bueno, nada como un uniforme para mantener las distancias. Paula ya estaba allí cuando llegó, leyendo unos papeles. Pero vaciló durante un segundo antes de acercarse. No tenía el mismo aspecto que el día anterior en casa de su hermana o en su jardín unos días antes. Llevaba un vestido amarillo que se ajustaba a sus curvas, mostrando una piel bronceada, y un corazón de oro colgando de su cuello que parecía hacerle guiños. Y se había hecho algo en el pelo, pensó. Se lo había alisado y caía en ondas sobre sus hombros, desnudos salvo por los tirantes del vestido. Cuando levantó la cabeza vio que se había maquillado, y que sus ojos parecían más brillantes que nunca. Pero no tanto como sus labios. Y le preocupaba que eso pudiera afectarlo. Pero en cuanto se sentó con ella, descubrió que esa era su barrera, como lo era su uniforme para él. Había ido allí como una profesional, alejándose de lo que quería en realidad. Hijos. Su carrera como escritora. No había ninguna razón para que no pudiese tener las dos cosas, pensó. Aunque no era asunto suyo.
—Te alegrará saber que solo vamos a hacer una entrevista.
«Vamos».
—¿Ah, sí?
—En la emisora local. Te entrevistará Bruno Moore y luego enviarán la entrevista a todas sus emisoras filiales.
—Perfecto.
—Creo que deberías llevar el uniforme.
Paula estaba mirándolo de arriba abajo, y a pesar de su decisión de levantar barreras, se sintió complacido al ver el brillo de sus ojos. Le gustaba un hombre de uniforme.
—Muy bien.
—Bueno, vamos a ensayar. Yo haré de entrevistadora —dijo Paula, antes de aclararse la garganta—. Dígame, agente Alfonso, ¿Que hacía antes de venir a Kettle Bend?
—Era detective de homicidios en Detroit.
Ella suspiró.
—¿No podrías contar algo más…?
—No, no puedo.
—Pero es una oportunidad perfecta para hablar del encanto de Kettle Bend. Podrías decir que te has cansado de la gran ciudad y has elegido la tranquilidad de un pueblo pequeño…
—Si quieres que te diga la verdad, no me molestaba vivir en Detroit, donde podía ir al supermercado sin que nadie me advirtiera que había un coche mal estacionado en la esquina y sin que todo el mundo me preguntase sobre ese maldito perro.
—No puedes llamarlo «maldito perro…» —Paula suspiró, enfadada—. ¿Por qué te has mudado aquí si tanto te gustaba vivir en Detroit?
Pedro se sorprendió a sí mismo respondiendo:
—Estaba quemado.
Y luego, enfadado consigo mismo por haberlo dicho, cambió de tema:
—No me gustan los perros.
—¡No puedes decir que no te gustan los perros! Además, era un cachorro… ¿Qué clase de persona odia a un cachorro?
Perfecto. La clase de persona a la que Paula Chaves no querría acercarse.
—No soy una persona cálida y eso no queda bien en las entrevistas —dijo Pedro—. Y no voy a mentir ni sobre los perros ni sobre nada.
—¡No te estoy pidiendo que mientas!
—Me alegro.
—¿Entonces dónde podemos encontramos? —le preguntó.
—¿Qué tal en el café Winston’s? ¿Puedes estar allí en media hora?
Winston’s siempre estaba lleno de gente, buena elección. Aunque le habría gustado que eligiese Grady’s, donde servían mejor café.
—En Winston’s habrá mucha gente —dijo ella, como si hubiera leído sus pensamientos—. La noticia de que hemos estado allí juntos correrá como la pólvora y eso salvará un poco tu popularidad en el pueblo.
Sí, Winston’s era el mentidero de Kettle Bend, aunque a él le importaba un bledo la popularidad. Estaba trabajando, de modo que iba de uniforme. Y eso era bueno, nada como un uniforme para mantener las distancias. Paula ya estaba allí cuando llegó, leyendo unos papeles. Pero vaciló durante un segundo antes de acercarse. No tenía el mismo aspecto que el día anterior en casa de su hermana o en su jardín unos días antes. Llevaba un vestido amarillo que se ajustaba a sus curvas, mostrando una piel bronceada, y un corazón de oro colgando de su cuello que parecía hacerle guiños. Y se había hecho algo en el pelo, pensó. Se lo había alisado y caía en ondas sobre sus hombros, desnudos salvo por los tirantes del vestido. Cuando levantó la cabeza vio que se había maquillado, y que sus ojos parecían más brillantes que nunca. Pero no tanto como sus labios. Y le preocupaba que eso pudiera afectarlo. Pero en cuanto se sentó con ella, descubrió que esa era su barrera, como lo era su uniforme para él. Había ido allí como una profesional, alejándose de lo que quería en realidad. Hijos. Su carrera como escritora. No había ninguna razón para que no pudiese tener las dos cosas, pensó. Aunque no era asunto suyo.
—Te alegrará saber que solo vamos a hacer una entrevista.
«Vamos».
—¿Ah, sí?
—En la emisora local. Te entrevistará Bruno Moore y luego enviarán la entrevista a todas sus emisoras filiales.
—Perfecto.
—Creo que deberías llevar el uniforme.
Paula estaba mirándolo de arriba abajo, y a pesar de su decisión de levantar barreras, se sintió complacido al ver el brillo de sus ojos. Le gustaba un hombre de uniforme.
—Muy bien.
—Bueno, vamos a ensayar. Yo haré de entrevistadora —dijo Paula, antes de aclararse la garganta—. Dígame, agente Alfonso, ¿Que hacía antes de venir a Kettle Bend?
—Era detective de homicidios en Detroit.
Ella suspiró.
—¿No podrías contar algo más…?
—No, no puedo.
—Pero es una oportunidad perfecta para hablar del encanto de Kettle Bend. Podrías decir que te has cansado de la gran ciudad y has elegido la tranquilidad de un pueblo pequeño…
—Si quieres que te diga la verdad, no me molestaba vivir en Detroit, donde podía ir al supermercado sin que nadie me advirtiera que había un coche mal estacionado en la esquina y sin que todo el mundo me preguntase sobre ese maldito perro.
—No puedes llamarlo «maldito perro…» —Paula suspiró, enfadada—. ¿Por qué te has mudado aquí si tanto te gustaba vivir en Detroit?
Pedro se sorprendió a sí mismo respondiendo:
—Estaba quemado.
Y luego, enfadado consigo mismo por haberlo dicho, cambió de tema:
—No me gustan los perros.
—¡No puedes decir que no te gustan los perros! Además, era un cachorro… ¿Qué clase de persona odia a un cachorro?
Perfecto. La clase de persona a la que Paula Chaves no querría acercarse.
—No soy una persona cálida y eso no queda bien en las entrevistas —dijo Pedro—. Y no voy a mentir ni sobre los perros ni sobre nada.
—¡No te estoy pidiendo que mientas!
—Me alegro.
Dulce Amor: Capítulo 14
«De modo que no salía con nadie…», pensó Pedro, viendo cómo Paula subía a su coche a toda prisa y arrancaba prácticamente quemando la goma de los neumáticos. Eso le decía todo lo que tenía que saber. Paula Chaves no salía con nadie… Era una monada, refrescante, natural, evidentemente soltera y en lo mejor de la vida. Probablemente tendría hombres llamando a su puerta a todas horas. ¿Y no salía con nadie? Además, se dedicaba a una causa perdida: La resurrección de Kettle Bend a través de sus fiestas anuales. Pero al menos era una causa que no podía hacerle daño.
Alguien le había roto el corazón, estaba seguro. Y por cómo había mirado a Franco, con una expresión completamente serena, feliz, eso era lo que quería de la vida. Ese anhelo estaba escrito en su cara, en su tierna expresión cuando miraba al niño, en el suspiro inconsciente cuando Ralf apoyó la cabecita en su pecho. Paula quería una familia, hijos, seguridad. Había sido muy inteligente por su parte marcharse. Y él había sido inteligente por dejarla ir. Sus objetivos en la vida no podían ser más diferentes. Él tenía un trabajo que le gustaba y que hacía bien, pero que no le permitía tener la clase de vida que ella anhelaba. Por culpa del maldito vídeo, todo el mundo quería creer algo que no era. Pero conocía sus limitaciones demasiado bien. Y el objetivo de Paula estaba escrito en su cara mientras tenía a su sobrino en brazos. Era una de esas personas ingenuas que creía que el mundo podía cambiar a base de fuerza de voluntad. Su devoción a la organización de las fiestas de Kettle Bend era la prueba de eso. Estaba seguro de que podría matar sus ilusiones en cinco minutos. No deliberadamente, él no era una persona cruel, sino con el escepticismo que había desarrollado después de muchos años lidiando con lo peor de la sociedad. Si sus ilusiones la hacían feliz, aunque fuesen una quimera, lo mejor sería dejar que las conservase. Sus vidas volverían a encontrarse porque había aceptado dar las entrevistas, pero después se olvidaría de ella y del extraño anhelo que sentía cada vez que la miraba. «Descanso».
—¡No necesito descansar! —dijo en voz alta, irritado. Franco despertó en ese momento y Joaquín apareció corriendo, con la cara pintarrajeada con un carmín de labios de su madre—. Salvo de esto…
Al día siguiente, Paula lo llamó al móvil. Estaba trabajando, pero era una mañana muy tranquila, incluso para Kettle Bend. Habría sido una buena mañana para limpiar coches patrulla, pero no le apetecía. Aunque por el momento, el orgullo le impedía contarle a su jefe que había aceptado dar las entrevistas después de todo. Y Pedro se dió cuenta, inquieto, de que se sentía alegre al escuchar su voz.
—¿Cómo está tu cuñado?
—Mejor, la operación ha ido bien. Estará unos días en el hospital, pero mi hermana volverá a casa esta noche.
Silencio. Pedro sabía que quería preguntarle cómo estaba Franco y si habían ido a cenar a Hombre’s. Pero no lo hizo. Evidentemente, también ella tenía sus reservas. Y así era como debía ser. Parecía distante cuando le preguntó si podían verse. Había preparado las entrevistas, y como le había prometido, antes de darlas harían un ensayo. Muy bien, lo haría. Y luego podría dejar atrás el capítulo de Paula Chaves.
—¿Quieres que vaya a tu casa? —le preguntó.
—No, mejor no —respondió ella.
Era un alivio. Había algo en su casa, una sensación de hogar, que podría tirar las barreras que debía mantener levantadas entre ellos.
—Mi casa está hecha un asco, llena de mermelada por todas partes.
—No te gusta hacer mermeladas, ¿Verdad?
Podría haberse dado de bofetadas por decir eso. Era una pregunta personal… ¿Qué pasaba con sus barreras? Era como si hubiese dicho: «No eres feliz. ¿Por qué? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te sientes satisfecha con tu vida?». Afortunadamente, la pregunta consiguió que ella levantase sus barreras y no al contrario.
—¿Por qué dices eso? —replicó Paula, a la defensiva—. Me encanta el negocio de mi abuela. Me encanta hacer mermeladas y compotas.
«Déjalo», pensó Sullivan. Pero no lo hizo.
—Ya.
—¡Es verdad!
Alguien le había roto el corazón, estaba seguro. Y por cómo había mirado a Franco, con una expresión completamente serena, feliz, eso era lo que quería de la vida. Ese anhelo estaba escrito en su cara, en su tierna expresión cuando miraba al niño, en el suspiro inconsciente cuando Ralf apoyó la cabecita en su pecho. Paula quería una familia, hijos, seguridad. Había sido muy inteligente por su parte marcharse. Y él había sido inteligente por dejarla ir. Sus objetivos en la vida no podían ser más diferentes. Él tenía un trabajo que le gustaba y que hacía bien, pero que no le permitía tener la clase de vida que ella anhelaba. Por culpa del maldito vídeo, todo el mundo quería creer algo que no era. Pero conocía sus limitaciones demasiado bien. Y el objetivo de Paula estaba escrito en su cara mientras tenía a su sobrino en brazos. Era una de esas personas ingenuas que creía que el mundo podía cambiar a base de fuerza de voluntad. Su devoción a la organización de las fiestas de Kettle Bend era la prueba de eso. Estaba seguro de que podría matar sus ilusiones en cinco minutos. No deliberadamente, él no era una persona cruel, sino con el escepticismo que había desarrollado después de muchos años lidiando con lo peor de la sociedad. Si sus ilusiones la hacían feliz, aunque fuesen una quimera, lo mejor sería dejar que las conservase. Sus vidas volverían a encontrarse porque había aceptado dar las entrevistas, pero después se olvidaría de ella y del extraño anhelo que sentía cada vez que la miraba. «Descanso».
—¡No necesito descansar! —dijo en voz alta, irritado. Franco despertó en ese momento y Joaquín apareció corriendo, con la cara pintarrajeada con un carmín de labios de su madre—. Salvo de esto…
Al día siguiente, Paula lo llamó al móvil. Estaba trabajando, pero era una mañana muy tranquila, incluso para Kettle Bend. Habría sido una buena mañana para limpiar coches patrulla, pero no le apetecía. Aunque por el momento, el orgullo le impedía contarle a su jefe que había aceptado dar las entrevistas después de todo. Y Pedro se dió cuenta, inquieto, de que se sentía alegre al escuchar su voz.
—¿Cómo está tu cuñado?
—Mejor, la operación ha ido bien. Estará unos días en el hospital, pero mi hermana volverá a casa esta noche.
Silencio. Pedro sabía que quería preguntarle cómo estaba Franco y si habían ido a cenar a Hombre’s. Pero no lo hizo. Evidentemente, también ella tenía sus reservas. Y así era como debía ser. Parecía distante cuando le preguntó si podían verse. Había preparado las entrevistas, y como le había prometido, antes de darlas harían un ensayo. Muy bien, lo haría. Y luego podría dejar atrás el capítulo de Paula Chaves.
—¿Quieres que vaya a tu casa? —le preguntó.
—No, mejor no —respondió ella.
Era un alivio. Había algo en su casa, una sensación de hogar, que podría tirar las barreras que debía mantener levantadas entre ellos.
—Mi casa está hecha un asco, llena de mermelada por todas partes.
—No te gusta hacer mermeladas, ¿Verdad?
Podría haberse dado de bofetadas por decir eso. Era una pregunta personal… ¿Qué pasaba con sus barreras? Era como si hubiese dicho: «No eres feliz. ¿Por qué? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te sientes satisfecha con tu vida?». Afortunadamente, la pregunta consiguió que ella levantase sus barreras y no al contrario.
—¿Por qué dices eso? —replicó Paula, a la defensiva—. Me encanta el negocio de mi abuela. Me encanta hacer mermeladas y compotas.
«Déjalo», pensó Sullivan. Pero no lo hizo.
—Ya.
—¡Es verdad!
Dulce Amor: Capítulo 13
—Lo mínimo que puedes hacer por mí es dar unas cuantas entrevistas.
—Tres —dijo él.
—Cuatro y voy a cenar con ustedes.
¿Qué estaba haciendo? No podía jugar a las familias felices con aquel hombre. ¿Por qué había dicho eso cuando sabía que debía alejarse de él todo lo posible? Pedro la miraba, burlón. Y eso lo hacía aún más atractivo, aunque no estaba sonriendo. Esperaba que no sonriese nunca porque entonces estaría perdida.
—Debo decir que es la primera vez que negocio con alguien durante cita.
—¿Una cita? —repitió ella, atónita—. Esto no es una cita, yo no salgo con nadie.
Paula sintió que había dicho demasiado. Como si acabara de contarle la patética historia de su vida.
—No me referiría a ese tipo de cita —dijo él.
¿Eso que veía en sus ojos era compasión? No, ella no quería compasión. Pues claro que no era una cita.
—Cuatro entrevistas si vienes a Hombre’s con nosotros —le ofreció Sullivan entonces—. Y no es una cita. ¿Cómo iba a ser una cita con estos dos renacuajos vigilándonos?
Sin darse cuenta, Paula miró sus labios. «¿Besaría en la primera cita?», se preguntó. Claro que hacerse esa pregunta la hizo sentir como una cría. Pedro Alfonso era un hombre maduro, cínico y endurecido. Posiblemente esperaría algo más que un beso en la primera cita. Y tenía que dejar de pensar esas cosas. Las conjeturas sobre Pedro hacían que le ardiese la cara. No, mejor que fuera solo a cenar con sus sobrinos. «Pero podría necesitarme», pensó. No, eso no era verdad. La verdad era que quería pasar más tiempo con él. Cualquier cosa mejor que volver con sus mermeladas, pero sabía que era algo más; algo que había entre ellos. Y Pedro la miraba con una intensidad que hacía que le temblasen las rodillas.
—A lo mejor deberías hacer algo con tu pelo —dijo él un segundo después.
—¿Qué?
—Creo que llevas algo pegado… —sonriendo, Pedro puso un dedo en su pelo y lo apartó manchado de mermelada. Y su sonrisa era tan devastadora como Paula había imaginado, revelando la luz que mantenía bien escondida en su interior—. Es mermelada… ¿De manzana?
—No, de ciruela y limón. Mi abuela la llamaba «aventura de verano».
—Ah, ya veo. Y si la mermelada de manzana sirve para curar el mal humor, ¿Para qué sirve esta?
¿Para qué servía? Paula no quería contarle que supuestamente, servía para borrar las penas y dar esperanza.
—Sólo es mermelada —respondió.
—¿Pero sirve como crema suavizante para el pelo? —bromeó Sullivan.
Estaba sonriendo, y cuando lo hacía, parecía otro hombre. Esa sonrisa hacía que se preguntase por qué era tan reservado, tan deliberadamente antipático. Hacía que quisiera rescatarlo y se le ocurrió que era la primera vez desde su ruptura con Fernando que se permitía a sí misma sentir curiosidad por un hombre. Aparentemente, una nueva esperanza estaba entrando en su vida quisiera ella o no. Y quería. Pero no con él. Las personas, sobretodo los hombres, eran demasiado predecibles. Fernando le había enseñado eso. ¿No le había parecido su prometido una persona decente? Exactamente el tipo de hombre con el que una mujer querría formar una familia. ¿No lo había parecido también su padre, un famoso abogado, el paradigma del éxito en la vida? Pero las aventuras amorosas de su padre habían destrozado a su familia. Sin embargo, el hombre que estaba delante de ella no se parecía nada a Fernando y menos a su padre. Pedro era un hombre lleno de contradicciones y misterios. Había algo en él, como si estuviera herido… Y sería un error pensar que ella podría ayudarlo sin tener que pagar un precio por ello.
—No puedo ir a Hombre’s contigo —le dijo, decidida—. Tres entrevistas serán más que suficiente. Te llamaré para darte los detalles cuando lo tenga todo preparado.
Luego puso al niño en sus brazos y se dió la vuelta, notando sus ojos clavados en ella pero sin atreverse a mirar atrás.
—Tres —dijo él.
—Cuatro y voy a cenar con ustedes.
¿Qué estaba haciendo? No podía jugar a las familias felices con aquel hombre. ¿Por qué había dicho eso cuando sabía que debía alejarse de él todo lo posible? Pedro la miraba, burlón. Y eso lo hacía aún más atractivo, aunque no estaba sonriendo. Esperaba que no sonriese nunca porque entonces estaría perdida.
—Debo decir que es la primera vez que negocio con alguien durante cita.
—¿Una cita? —repitió ella, atónita—. Esto no es una cita, yo no salgo con nadie.
Paula sintió que había dicho demasiado. Como si acabara de contarle la patética historia de su vida.
—No me referiría a ese tipo de cita —dijo él.
¿Eso que veía en sus ojos era compasión? No, ella no quería compasión. Pues claro que no era una cita.
—Cuatro entrevistas si vienes a Hombre’s con nosotros —le ofreció Sullivan entonces—. Y no es una cita. ¿Cómo iba a ser una cita con estos dos renacuajos vigilándonos?
Sin darse cuenta, Paula miró sus labios. «¿Besaría en la primera cita?», se preguntó. Claro que hacerse esa pregunta la hizo sentir como una cría. Pedro Alfonso era un hombre maduro, cínico y endurecido. Posiblemente esperaría algo más que un beso en la primera cita. Y tenía que dejar de pensar esas cosas. Las conjeturas sobre Pedro hacían que le ardiese la cara. No, mejor que fuera solo a cenar con sus sobrinos. «Pero podría necesitarme», pensó. No, eso no era verdad. La verdad era que quería pasar más tiempo con él. Cualquier cosa mejor que volver con sus mermeladas, pero sabía que era algo más; algo que había entre ellos. Y Pedro la miraba con una intensidad que hacía que le temblasen las rodillas.
—A lo mejor deberías hacer algo con tu pelo —dijo él un segundo después.
—¿Qué?
—Creo que llevas algo pegado… —sonriendo, Pedro puso un dedo en su pelo y lo apartó manchado de mermelada. Y su sonrisa era tan devastadora como Paula había imaginado, revelando la luz que mantenía bien escondida en su interior—. Es mermelada… ¿De manzana?
—No, de ciruela y limón. Mi abuela la llamaba «aventura de verano».
—Ah, ya veo. Y si la mermelada de manzana sirve para curar el mal humor, ¿Para qué sirve esta?
¿Para qué servía? Paula no quería contarle que supuestamente, servía para borrar las penas y dar esperanza.
—Sólo es mermelada —respondió.
—¿Pero sirve como crema suavizante para el pelo? —bromeó Sullivan.
Estaba sonriendo, y cuando lo hacía, parecía otro hombre. Esa sonrisa hacía que se preguntase por qué era tan reservado, tan deliberadamente antipático. Hacía que quisiera rescatarlo y se le ocurrió que era la primera vez desde su ruptura con Fernando que se permitía a sí misma sentir curiosidad por un hombre. Aparentemente, una nueva esperanza estaba entrando en su vida quisiera ella o no. Y quería. Pero no con él. Las personas, sobretodo los hombres, eran demasiado predecibles. Fernando le había enseñado eso. ¿No le había parecido su prometido una persona decente? Exactamente el tipo de hombre con el que una mujer querría formar una familia. ¿No lo había parecido también su padre, un famoso abogado, el paradigma del éxito en la vida? Pero las aventuras amorosas de su padre habían destrozado a su familia. Sin embargo, el hombre que estaba delante de ella no se parecía nada a Fernando y menos a su padre. Pedro era un hombre lleno de contradicciones y misterios. Había algo en él, como si estuviera herido… Y sería un error pensar que ella podría ayudarlo sin tener que pagar un precio por ello.
—No puedo ir a Hombre’s contigo —le dijo, decidida—. Tres entrevistas serán más que suficiente. Te llamaré para darte los detalles cuando lo tenga todo preparado.
Luego puso al niño en sus brazos y se dió la vuelta, notando sus ojos clavados en ella pero sin atreverse a mirar atrás.
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