-Maldita sea, Paula, ¿Dónde estás?
Paula supo que no eran imaginaciones suyas. Levantó la vista y trató de ver por encima de las cabezas. El corazón se le paró un momento al ver a Pedro, sobresaliendo por encima de todos, subido a una mesa, mirando a un lado y a otro. Se volvió hacia ella. Paula se agachó, pero fue demasiado tarde. Un segundo después oyó el golpe de unos pies que aterrizaban en el suelo. Trató de dar media vuelta y echar a correr, pero la gente se agolpaba detrás de ella. No había escapatoria posible. Como a cámara lenta, la multitud se abrió frente a ella. Pedro apareció ante sus ojos como por arte de magia. Alto, bronceado, glorioso. Llevaba una camisa azul claro y pantalones oscuros. Tenía las manos en las caderas. Esos ojos oscuros la taladraban, fijos en ella y precisos como un láser. Las manos de ella temblaban tanto que las bebidas empezaron a tambalearse sobre la bandeja. Él dió un paso adelante, se la quitó de las manos y se la dió a un camarero que pasaba por allí.
-¿Por qué estás aquí, Pedro? Te dejé bien claro en la nota que no me interesa una aventura pasajera.
Los ojos de Pedro brillaron.
-Sí. Esa nota tuya, tan escueta y precisa. «Querido Pedro, lo siento, pero no me interesa una aventura. Adiós, Paula». Dio. Casi me vuelvo loco cuando lo leí.
La multitud estaba tan silenciosa, que casi se hubiera podido oír el ruido de un alfiler al caer. Sin embargo, Paula solo veía a un hombre. Apretó los puños. Abrió más los ojos.
-Quería decir justo lo que dije. No me interesa una aventura.
Pedro se acercó un poco más. Paula retrocedió.
-A mí tampoco.
-Pero si solo dijiste que había algo entre nosotros. -le dijo ella, sacudiendo la cabeza.
-Y lo hay.
Paula cada vez se sentía más confusa. Una rabia repentina, producto de la impotencia, amenazaba con apoderarse de ella.
-Pedro ¿Por qué estás aquí? Quiero que me dejes tranquila. No estoy interesada.
Él se acercó aún más.
-Dime en qué estás interesada.
Paula se quedó de piedra, y mintió.
-Lo único que me interesa eres tú.
-Mentirosa -Pedro sonrió.
-No soy una mentirosa. Nunca he mentido.
-Lo sé, cara... Pero me temo que en esto sí que estás mintiendo.
Paula sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. No quería llorar, pero estaba a punto. Pedro dió otro paso adelante y la estrechó entre sus brazos. Fue como el cielo y el infierno a la misma vez. No podía moverse.
-Maldito seas, Pedro -habló sobre su pecho.
Él la hizo retroceder un poco. Le sujetaba las mejillas con ambas manos, acariciándola, atrapando sus lágrimas. Sonaba atormentado.
-No llores, por favor. No quiero hacerte llorar. Solo dime. ¿Qué es lo que te interesa?
Paula abrió la boca. Quería arremeter contra él por el daño que le había hecho, pero no podía. Lo miró a los ojos, y lo que único que vió fue al hombre al que amaba.
-Tú eres lo que me interesa, Pedro Alfonso. Estoy interesada en todo lo que tenga que ver contigo, lo que te conmueve, lo que quieres, lo que te hace feliz. Me interesa hacerte feliz. Estoy enamorada de tí, y me interesa pasar el resto de mi vida contigo. No quiero solo una aventura esporádica. Quiero algo más que eso -de repente sintió que una confianza desafiante se apoderaba de ella-. Bueno. ¿Es eso lo que querías oír? ¿Es lo suficientemente realista y sincero para tí?
Pedro sonrió. Fue una sonrisa distinta a todas las que le había visto hasta ese momento. De pronto Paula creyó ver a ese joven inocente que debía de haber sido. El corazón le dió un vuelco.
-Oh, cara. Eso es exactamente lo que quería oír. Porque, ya ves. Yo también te quiero. Es solo que no quise decirlo ese día porque tenía miedo de que salieras corriendo. Sabía que me ibas a odiar por haberte hecho daño. Y quería hacer las cosas bien. Quería que te enamoraras de mí poco a poco. Para que no me dejaras nunca. Pero cuando llegué a casa te habías ido y solo encontré esa nota.
A continuación pronunció una sarta de palabras en italiano. Paula le tocó la barbilla, reconociendo por fin los signos de angustia en su rostro. Angustia, por ella.
-Estás hablando en italiano.
-Desde que te fuiste, no he podido dormir, ni comer, ni hablar de nada más. Hice que me pusieran unas cortinas en el despacho y mandé a todo el mundo a otra planta para que nadie pudiera verme sufrir. Tú me has devuelto a la vida, Paula, y la idea de una vida sin tí me aterroriza más que cualquier otra cosa en este mundo.
Paula lo miró fijamente. Toda su vida pasó ante sus ojos en un abrir y cerrar de ojos. Ella también se había sentido muy sola hasta que le había conocido. De manera inconsciente le había dado el control desde el principio. porque en lo profundo de su ser, siempre había confiado en él.
jueves, 14 de mayo de 2020
Pasión: Capítulo 45
-¿Nos dejas un momento, Gonzalo? La señora Jones te llevará a tu habitación.
Gonzalo asintió y apretó las manos de Paula.
-¿Te encuentras bien?
Paula quería reírse como una histérica. Nunca antes se había sentido tan bien. Asintió con la cabeza y vió salir a su hermano.
-¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué le has dado una oportunidad? Después de todo.
-¿Después de todo lo que he dicho? -dijo él, terminando la frase en un tono brusco. Masculló un juramento-. Lo siento -le dió la espalda, como si no pudiera soportar su mirada-. Dios, Paula, lo siento tanto.
Se volvió después de unos segundos.
-Fui un idiota, un estúpido, un tonto. Cuando leí ese mensaje, le dí tantas vueltas que acabé creyendo lo peor. La otra noche, en Nueva York, te acercaste demasiado. Nunca le había hablado a nadie de mí, de mi vida. Y sin embargo, contigo, todo salió como si nada. Y no te asustaste, ni saliste corriendo, horrorizada.
Acercó una silla y se sentó frente a ella. Los ojos le ardían.
-No preparé lo del titular. Tienes que creerme. Cuando ví la foto, fue la primera vez que se me ocurrió pensar que Gonzalo podría verlo. No había contemplado esa posibilidad antes. Pero te dejé creer que sí porque quería alejarte de mí desesperadamente -hizo una mueca-. En el fondo sabía que no eras ninguna de esas cosas de las que te acusaba ayer. Te seduje porque no podía no hacerlo - sacudió la cabeza, disgustado consigo mismo-. Arremetí contra tí porque nunca he confiado en nadie hasta que te conocí. Y cuando Gonzalo se presentó en mi despacho, preguntándome qué pasaba entre nosotros, su preocupación por ti me hizo sentir vergüenza de mí mismo. No me quedaba nada que esconder.
El corazón de Paula se iluminó con una pequeña llama de esperanza. Fue como si algo hubiera empezado a derretirse.
-Nunca debí retenerte aquí, pero la verdad es que en el fondo lo hice por tí, no por lo de tu hermano.
-¿De qué estás hablando?
Pedro la tomó de la mano.
-No puedo impedirte que te vayas si quieres hacerlo. Pero no quiero que te vayas. Quiero que te quedes todo el tiempo que quieras.
-¿Todo el tiempo que quiera? -preguntó Paula con un hilo de voz. La llama que ardía en su interior parpadeó peligrosamente.
-Hay algo entre nosotros, Paula. Algo poderoso.
Paula se soltó de Pedro. Lo que le estaba diciendo era que había deseo entre ellos, atracción física. Y él quería que se quedara hasta que ese deseo se consumiera. Antes de que pudiera decir nada, él hizo una mueca y miró el reloj.
-Mira, tengo que asistir a una reunión. No puedo posponerla. Piensa en lo que te he dicho. Hablaremos cuando vuelva. ¿De acuerdo?
La miró unos segundos. Paula estaba perpleja.
-¿Por favor?
Paula se dio cuenta de que no se iba a mover hasta que le dijera algo. Casi sin pensar, asintió con la cabeza. El rostro de Pedro reflejó el alivio que sentía. Pero no dijo nada más. Simplemente se levantó y se alejó. Ella había asentido para manifestar su conformidad, pero en el fondo sabía muy bien lo que tenía que hacer. Tenía que irse, huir. Pedro quería un pasatiempo. No le había dicho nada del amor. Y no podía lidiar con eso. No podía estar a su lado, siendo consciente de que él no tenía la menor idea de lo que sentía por él. No podía dejar que le hiciera el amor sin saber lo profundamente enamorada que estaba de él. De no ser así, jamás le hubiera hecho tanto daño como le había hecho el día anterior. Solo era una diversión, algo pasajero. Hizo las maletas a toda prisa, escribió dos notas y se dirigió hacia la puerta. Por suerte esa noche había otro guardaespaldas distinto. Tampoco quería ver a Jorge en ese momento.
Dos semanas después.
Paula se abría paso a duras penas entre la multitud. Prácticamente tuvo que mantener la bandeja llena de vasos vacíos sobre la cabeza para no tirarla al suelo. Mascullando un juramento, avanzaba como podía. Gotas de sudor le caían sobre la frente, por la espalda, entre los pechos. Con ese trabajo, no obstante, por lo menos podría permitirse salir del hostal dentro de unas pocas semanas. Tenía que buscar un sitio barato para vivir. Y en cuanto estuviera mínimamente instalada, dedicaría un par de horas cada día a trabajar sobre ese libro para niños que siempre había querido escribir. Respiró aliviada cuando vio las puertas de la cocina. Entró y dejó la bandeja, pero enseguida le dieron otra, llena de copas de champán.
-Esta noche tienen mucha sed -le dijo su jefe.
Reprimió un gemido y volvió a salir. La multitud parecía aún más densa. Un mar de hombres vestidos de negro y mujeres vestidas con los trajes más suntuosos. ¿Cómo iba a atravesar esa marea?
-Disculpen -empezó a decir, armándose de valor.
Pero no estaba avanzando mucho. De repente sintió que una energía inesperada sacudía a la gente, como si alguien especial acabara de hacer acto de presencia. La gente susurraba. Estiraban el cuello. Paula puso los ojos en blanco y se aferró a su bandeja. Sin duda debía de ser alguna celebridad.
-Oh, Dios mío, se está subiendo a una mesa -dijo alguien de repente-. ¿Pero es él de verdad?
De pronto se hizo el silencio.
-Paula Chaves. Sé que estás aquí en alguna parte -dijo una voz-. ¿Dónde estás?
El corazón de Paula se detuvo. No podía ser cierto. Debía de estar alucinando. La voz volvió a decir algo.
Gonzalo asintió y apretó las manos de Paula.
-¿Te encuentras bien?
Paula quería reírse como una histérica. Nunca antes se había sentido tan bien. Asintió con la cabeza y vió salir a su hermano.
-¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué le has dado una oportunidad? Después de todo.
-¿Después de todo lo que he dicho? -dijo él, terminando la frase en un tono brusco. Masculló un juramento-. Lo siento -le dió la espalda, como si no pudiera soportar su mirada-. Dios, Paula, lo siento tanto.
Se volvió después de unos segundos.
-Fui un idiota, un estúpido, un tonto. Cuando leí ese mensaje, le dí tantas vueltas que acabé creyendo lo peor. La otra noche, en Nueva York, te acercaste demasiado. Nunca le había hablado a nadie de mí, de mi vida. Y sin embargo, contigo, todo salió como si nada. Y no te asustaste, ni saliste corriendo, horrorizada.
Acercó una silla y se sentó frente a ella. Los ojos le ardían.
-No preparé lo del titular. Tienes que creerme. Cuando ví la foto, fue la primera vez que se me ocurrió pensar que Gonzalo podría verlo. No había contemplado esa posibilidad antes. Pero te dejé creer que sí porque quería alejarte de mí desesperadamente -hizo una mueca-. En el fondo sabía que no eras ninguna de esas cosas de las que te acusaba ayer. Te seduje porque no podía no hacerlo - sacudió la cabeza, disgustado consigo mismo-. Arremetí contra tí porque nunca he confiado en nadie hasta que te conocí. Y cuando Gonzalo se presentó en mi despacho, preguntándome qué pasaba entre nosotros, su preocupación por ti me hizo sentir vergüenza de mí mismo. No me quedaba nada que esconder.
El corazón de Paula se iluminó con una pequeña llama de esperanza. Fue como si algo hubiera empezado a derretirse.
-Nunca debí retenerte aquí, pero la verdad es que en el fondo lo hice por tí, no por lo de tu hermano.
-¿De qué estás hablando?
Pedro la tomó de la mano.
-No puedo impedirte que te vayas si quieres hacerlo. Pero no quiero que te vayas. Quiero que te quedes todo el tiempo que quieras.
-¿Todo el tiempo que quiera? -preguntó Paula con un hilo de voz. La llama que ardía en su interior parpadeó peligrosamente.
-Hay algo entre nosotros, Paula. Algo poderoso.
Paula se soltó de Pedro. Lo que le estaba diciendo era que había deseo entre ellos, atracción física. Y él quería que se quedara hasta que ese deseo se consumiera. Antes de que pudiera decir nada, él hizo una mueca y miró el reloj.
-Mira, tengo que asistir a una reunión. No puedo posponerla. Piensa en lo que te he dicho. Hablaremos cuando vuelva. ¿De acuerdo?
La miró unos segundos. Paula estaba perpleja.
-¿Por favor?
Paula se dio cuenta de que no se iba a mover hasta que le dijera algo. Casi sin pensar, asintió con la cabeza. El rostro de Pedro reflejó el alivio que sentía. Pero no dijo nada más. Simplemente se levantó y se alejó. Ella había asentido para manifestar su conformidad, pero en el fondo sabía muy bien lo que tenía que hacer. Tenía que irse, huir. Pedro quería un pasatiempo. No le había dicho nada del amor. Y no podía lidiar con eso. No podía estar a su lado, siendo consciente de que él no tenía la menor idea de lo que sentía por él. No podía dejar que le hiciera el amor sin saber lo profundamente enamorada que estaba de él. De no ser así, jamás le hubiera hecho tanto daño como le había hecho el día anterior. Solo era una diversión, algo pasajero. Hizo las maletas a toda prisa, escribió dos notas y se dirigió hacia la puerta. Por suerte esa noche había otro guardaespaldas distinto. Tampoco quería ver a Jorge en ese momento.
Dos semanas después.
Paula se abría paso a duras penas entre la multitud. Prácticamente tuvo que mantener la bandeja llena de vasos vacíos sobre la cabeza para no tirarla al suelo. Mascullando un juramento, avanzaba como podía. Gotas de sudor le caían sobre la frente, por la espalda, entre los pechos. Con ese trabajo, no obstante, por lo menos podría permitirse salir del hostal dentro de unas pocas semanas. Tenía que buscar un sitio barato para vivir. Y en cuanto estuviera mínimamente instalada, dedicaría un par de horas cada día a trabajar sobre ese libro para niños que siempre había querido escribir. Respiró aliviada cuando vio las puertas de la cocina. Entró y dejó la bandeja, pero enseguida le dieron otra, llena de copas de champán.
-Esta noche tienen mucha sed -le dijo su jefe.
Reprimió un gemido y volvió a salir. La multitud parecía aún más densa. Un mar de hombres vestidos de negro y mujeres vestidas con los trajes más suntuosos. ¿Cómo iba a atravesar esa marea?
-Disculpen -empezó a decir, armándose de valor.
Pero no estaba avanzando mucho. De repente sintió que una energía inesperada sacudía a la gente, como si alguien especial acabara de hacer acto de presencia. La gente susurraba. Estiraban el cuello. Paula puso los ojos en blanco y se aferró a su bandeja. Sin duda debía de ser alguna celebridad.
-Oh, Dios mío, se está subiendo a una mesa -dijo alguien de repente-. ¿Pero es él de verdad?
De pronto se hizo el silencio.
-Paula Chaves. Sé que estás aquí en alguna parte -dijo una voz-. ¿Dónde estás?
El corazón de Paula se detuvo. No podía ser cierto. Debía de estar alucinando. La voz volvió a decir algo.
martes, 12 de mayo de 2020
Pasión: Capítulo 44
A la tarde siguiente, Pedro estaba en su despacho, andando de un lado a otro. El trabajo era lo último en lo que podía pensar. Paula no había salido de su dormitorio, y no había contestado cuando había llamado a su puerta. «¡Vete!», le había gritado. Acababa de llamar a la señora Jones y esta le había dicho que todavía seguía en su habitación. Sentía una extraña sensación de cosquilleo en el cuello. Se volvió y vió que alguien se acercaba a su despacho. Una silueta familiar. El corazón se le cayó a los pies. Sus empleados también se habían parado para mirar, porque sabían lo que aquello significaba. También sabía que significaba algo más, algo más importante que un millón de euros. Gonzalo Schulz iba directo hacia él con una mirada de pura furia. En ese momento Pedro supo que había cometido el error más grande de toda su vida.
La única cosa que sacó a Paula de ese estado catatónico fue una voz familiar. Era vagamente consciente de que fuera era de noche. Oyó esa voz de nuevo.
-Paula, vamos. Abre la puerta. Soy yo.
Se incorporó. No podía ser. Tenía que estar soñando. Sintiéndose como si realmente fuera un sueño, empezó a mover las piernas por fin, se levantó y fue a abrir. Su hermano estaba al otro lado de la puerta. Durante unos segundos, se lo quedó mirando, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Después se echó a llorar y se arrojó a sus brazos, flacos y frágiles. Él la agarró con fuerza, la acarició y trató de consolarla. Sin saber muy bien cómo habían llegado hasta allí, se encontró sentada en un sofá, con Gonzalo a su lado, dándole un vaso que contenía un líquido color ámbar. Respiró hondo. Tenía toda la cara hinchada.
-No bebo.
Su hermano insistió.
-Ahora sí. Vamos. Lo necesitas.
Paula bebió un sorbo e hizo una mueca. Tosió un poco. A medida que la bebida la devolvía a la vida, se dió cuenta de que sí era su hermano quien estaba a su lado. Le agarró la mano.
-Espera. No puedes estar aquí. Pedro está abajo. Si te encuentra.
Dejó de hablar. De repente sintió un cosquilleo y vió que Gonzalo miraba a alguien o a algo que estaba justo detrás de ella, se volvió. Pedro, pálido como la leche, estaba de pie, con las manos en los bolsillos.
-Vino a verme primero cuando llegó -dijo, esbozando una triste sonrisa.
Paula estaba tensa. No entendía muy bien lo que estaba pasando.
-Gonzalo. ¿Qué...?
Su hermano sonrió. Parecía cansado.
-Es una larga historia. Ya se lo he explicado todo al señor Alfonso. Me chantajearon. Unos tipos a los que conocí en la cárcel. Sabían dónde trabajaba y sabían algo acerca de un fraude. Me amenazaron con delatarme ante el señor Alfonso. Yo estaba aterrado. No quería perder lo mejor que me había pasado en la vida. Las cosa fue a peor hasta que quisieron demasiado dinero y tuve que huir.
Gonzalo miró a Pedro. Paula vió respeto en su mirada.
-El señor Alfonso me ha prometido que no presentará cargos si lo ayudo a buscar a esos tipos -volvió a mirar a su hermana-. No sé si podremos recuperar el dinero, pero en cualquier caso seguiré debiéndole mucho al señor. Me ha ofrecido trabajo, y así podré pagárselo todo. Paula, no me merezco esta oportunidad, pero no pienso volver a meter la pata. Lo prometo.
Paula no se podía creer lo que estaba oyendo. Estaba muy sorprendida.
La única cosa que sacó a Paula de ese estado catatónico fue una voz familiar. Era vagamente consciente de que fuera era de noche. Oyó esa voz de nuevo.
-Paula, vamos. Abre la puerta. Soy yo.
Se incorporó. No podía ser. Tenía que estar soñando. Sintiéndose como si realmente fuera un sueño, empezó a mover las piernas por fin, se levantó y fue a abrir. Su hermano estaba al otro lado de la puerta. Durante unos segundos, se lo quedó mirando, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Después se echó a llorar y se arrojó a sus brazos, flacos y frágiles. Él la agarró con fuerza, la acarició y trató de consolarla. Sin saber muy bien cómo habían llegado hasta allí, se encontró sentada en un sofá, con Gonzalo a su lado, dándole un vaso que contenía un líquido color ámbar. Respiró hondo. Tenía toda la cara hinchada.
-No bebo.
Su hermano insistió.
-Ahora sí. Vamos. Lo necesitas.
Paula bebió un sorbo e hizo una mueca. Tosió un poco. A medida que la bebida la devolvía a la vida, se dió cuenta de que sí era su hermano quien estaba a su lado. Le agarró la mano.
-Espera. No puedes estar aquí. Pedro está abajo. Si te encuentra.
Dejó de hablar. De repente sintió un cosquilleo y vió que Gonzalo miraba a alguien o a algo que estaba justo detrás de ella, se volvió. Pedro, pálido como la leche, estaba de pie, con las manos en los bolsillos.
-Vino a verme primero cuando llegó -dijo, esbozando una triste sonrisa.
Paula estaba tensa. No entendía muy bien lo que estaba pasando.
-Gonzalo. ¿Qué...?
Su hermano sonrió. Parecía cansado.
-Es una larga historia. Ya se lo he explicado todo al señor Alfonso. Me chantajearon. Unos tipos a los que conocí en la cárcel. Sabían dónde trabajaba y sabían algo acerca de un fraude. Me amenazaron con delatarme ante el señor Alfonso. Yo estaba aterrado. No quería perder lo mejor que me había pasado en la vida. Las cosa fue a peor hasta que quisieron demasiado dinero y tuve que huir.
Gonzalo miró a Pedro. Paula vió respeto en su mirada.
-El señor Alfonso me ha prometido que no presentará cargos si lo ayudo a buscar a esos tipos -volvió a mirar a su hermana-. No sé si podremos recuperar el dinero, pero en cualquier caso seguiré debiéndole mucho al señor. Me ha ofrecido trabajo, y así podré pagárselo todo. Paula, no me merezco esta oportunidad, pero no pienso volver a meter la pata. Lo prometo.
Paula no se podía creer lo que estaba oyendo. Estaba muy sorprendida.
Pasión: Capítulo 43
--No. No puedo hacerlo.
La expresión de su rostro era indescifrable. Se levantó de la cama.
-Duerme un poco, Paula -le dijo, sin mirar atrás-. Nos vamos mañana a la hora de comer.
Al día siguiente, a la hora de comer, Paula todavía se sentía un poco dolorida. Era como si hubiera habido un terremoto la noche anterior, y ya no sabía dónde estaban sus puntos de referencia. Se había levantado tarde, después de pasar toda la noche en vela, dando vueltas. Carmen le había dicho que Pedro se había ido a trabajar. De pronto oyó un ruido y levantó la vista de la televisión. Él estaba en la puerta, con gesto serio y casi malhumorado. Paula sintió que se le caía el alma a los pies. No hacía falta preguntarse cómo se había tomado lo de la noche anterior. Lo llevaba escrito en la cara. Se puso en pie lentamente y trató de hacerle frente con la misma actitud.
-Estoy lista para irme.
Pedro levantó un pedazo de papel que tenía en la mano.
-¿Me quieres explicar esto?
-¿De qué estás hablando? -le preguntó ella, mirando el papel.
Pedro lo levantó en el aire y leyó.
-«Gonzalo ¿Dónde estás? ¿Te encuentras bien? Por favor, ponte en contacto conmigo. Tengo tantas cosas que contarte. Necesito saber que estás bien. Por favor, solo dime dónde estás. Mándame un número al que pueda llamarte. Tenemos que hablar. Puedo ayudarte».
Paula se quedó blanca como la leche.
-¿Cómo has conseguido eso?
-Es la cuenta de correo de su trabajo. Tengo a una persona revisándola constantemente.
Paula sintió que se le encogía el estómago. Se sentía culpable aunque no hubiera hecho nada.
-No te lo dije ayer porque parecías muy enfadado cuando volviste. Pero te lo habría dicho.
Pedro arqueó una ceja de una forma que Paula no había visto antes. Casi sintió ganas de golpearlo.
-Has tenido toda la tarde para decírmelo. Este correo suena muy mal. Querías avisarle para que no apareciera por aquí, o querías quedar con él en algún sitio.
Paula tragó en seco.
-A lo mejor eso es lo que parece, pero no es lo que yo quería. Quería decir exactamente lo que digo, que estoy preocupada por él y que quiero saber dónde está. Cuando le dije que podía ayudarlo, quería decir eso, que si se entrega, tengo intención de ayudarlo pase lo que pase.
Pedro bajó el papel y sonrió con dureza.
-Qué nobleza. Cuánta mentira. Creo que ibas a decirle que te habías metido en la cama de su jefe y que le habías contado unas buenas mentiras. A lo mejor querías contrastar la historia con él antes de que apareciera por aquí.
Paula sacudió la cabeza. Sintió un mareo repentino.
-Eso es absurdo.
-No -dijo Pedro con contundencia-. Lo que sí es absurdo es que te he infravalorado durante mucho tiempo. Eres una ladrona, igual que tu hermano, y es increíble hasta dónde puedes llegar para protegerle.
Paula estaba temblando de arriba abajo.
-¿Quieres que te recuerde que fuiste tú quien me sedujo?
-Has jugado conmigo desde el momento en que nos conocimos, en esa fiesta. Tú y tu hermano. Él metió la pata, y tú estás intentando arreglarlo.
Paula lo miró fijamente. El cuerpo se le estaba adormeciendo.
-Parece que ya lo has entendido todo, ¿No? -le dijo, escondiéndose allí donde él no podía hacerle daño-. ¿Qué más hay que decir? -lo miraba fijamente, pero no le veía.
-No hay nada más que decir. Es hora de irse -dijo él con desprecio.
Paula apenas recordaba el viaje de vuelta a Londres. Había dormido un poco en el avión, torturada por sueños horribles. Cuando el coche de Pedro se detuvo frente al edificio de su empresa, se dió cuenta de que la rabia se estaba convirtiendo en dolor, un dolor agotador. Al bajar del vehículo, miró a su alrededor. Era de noche y las calles estaban desiertas.
-Ni se te ocurra -Rocco la agarró del brazo con fuerza.
Paula se soltó de un tirón y le fulminó con la mirada.
-No me toques. No voy a dejar a mi hermano a tu merced.
Cuando entraron en el departamento, Jorge estaba allí para recibirlos. Paula sintió ganas de arrojarse a sus brazos y echarse a llorar, pero no lo hizo.
-Hay una foto suya con Paula en la prensa rosa -dijo Jorge, dándole unos periódicos a Pedro.
Pedro abrió el periódico del día siguiente. Paula se acercó un poco para poder ver. Era una foto enorme de él y de ella, en la fiesta de Nueva York. "¿Quién es la nueva novia de Alfonso?", decía el titular. De repente sintió ganas de vomitar.
-Ahora veremos hasta dónde llega tu hermano para protegerte -dijo Pedro.
Paula levantó la vista, tratando de entender lo que acababa de decir. Y entonces lo comprendió todo. Abrió la boca. Un dolor desgarrador la atravesaba por dentro.
-Tú lo planeaste todo. Me llevaste contigo para que mi hermano viera las fotos en la prensa y saliera de su escondite.
El rostro de Pedro era impasible.
-Será interesante averiguar si ese lazo que los une es tan fuerte como dices.
Paula lo miró fijamente, pero no pudo ver ni rastro de aquel hombre hermoso del que se estaba enamorando.
-Eres un bastardo.
Él sonrió, con toda la crueldad que tenía en su interior.
-Tienes toda la razón. Lo soy.
La expresión de su rostro era indescifrable. Se levantó de la cama.
-Duerme un poco, Paula -le dijo, sin mirar atrás-. Nos vamos mañana a la hora de comer.
Al día siguiente, a la hora de comer, Paula todavía se sentía un poco dolorida. Era como si hubiera habido un terremoto la noche anterior, y ya no sabía dónde estaban sus puntos de referencia. Se había levantado tarde, después de pasar toda la noche en vela, dando vueltas. Carmen le había dicho que Pedro se había ido a trabajar. De pronto oyó un ruido y levantó la vista de la televisión. Él estaba en la puerta, con gesto serio y casi malhumorado. Paula sintió que se le caía el alma a los pies. No hacía falta preguntarse cómo se había tomado lo de la noche anterior. Lo llevaba escrito en la cara. Se puso en pie lentamente y trató de hacerle frente con la misma actitud.
-Estoy lista para irme.
Pedro levantó un pedazo de papel que tenía en la mano.
-¿Me quieres explicar esto?
-¿De qué estás hablando? -le preguntó ella, mirando el papel.
Pedro lo levantó en el aire y leyó.
-«Gonzalo ¿Dónde estás? ¿Te encuentras bien? Por favor, ponte en contacto conmigo. Tengo tantas cosas que contarte. Necesito saber que estás bien. Por favor, solo dime dónde estás. Mándame un número al que pueda llamarte. Tenemos que hablar. Puedo ayudarte».
Paula se quedó blanca como la leche.
-¿Cómo has conseguido eso?
-Es la cuenta de correo de su trabajo. Tengo a una persona revisándola constantemente.
Paula sintió que se le encogía el estómago. Se sentía culpable aunque no hubiera hecho nada.
-No te lo dije ayer porque parecías muy enfadado cuando volviste. Pero te lo habría dicho.
Pedro arqueó una ceja de una forma que Paula no había visto antes. Casi sintió ganas de golpearlo.
-Has tenido toda la tarde para decírmelo. Este correo suena muy mal. Querías avisarle para que no apareciera por aquí, o querías quedar con él en algún sitio.
Paula tragó en seco.
-A lo mejor eso es lo que parece, pero no es lo que yo quería. Quería decir exactamente lo que digo, que estoy preocupada por él y que quiero saber dónde está. Cuando le dije que podía ayudarlo, quería decir eso, que si se entrega, tengo intención de ayudarlo pase lo que pase.
Pedro bajó el papel y sonrió con dureza.
-Qué nobleza. Cuánta mentira. Creo que ibas a decirle que te habías metido en la cama de su jefe y que le habías contado unas buenas mentiras. A lo mejor querías contrastar la historia con él antes de que apareciera por aquí.
Paula sacudió la cabeza. Sintió un mareo repentino.
-Eso es absurdo.
-No -dijo Pedro con contundencia-. Lo que sí es absurdo es que te he infravalorado durante mucho tiempo. Eres una ladrona, igual que tu hermano, y es increíble hasta dónde puedes llegar para protegerle.
Paula estaba temblando de arriba abajo.
-¿Quieres que te recuerde que fuiste tú quien me sedujo?
-Has jugado conmigo desde el momento en que nos conocimos, en esa fiesta. Tú y tu hermano. Él metió la pata, y tú estás intentando arreglarlo.
Paula lo miró fijamente. El cuerpo se le estaba adormeciendo.
-Parece que ya lo has entendido todo, ¿No? -le dijo, escondiéndose allí donde él no podía hacerle daño-. ¿Qué más hay que decir? -lo miraba fijamente, pero no le veía.
-No hay nada más que decir. Es hora de irse -dijo él con desprecio.
Paula apenas recordaba el viaje de vuelta a Londres. Había dormido un poco en el avión, torturada por sueños horribles. Cuando el coche de Pedro se detuvo frente al edificio de su empresa, se dió cuenta de que la rabia se estaba convirtiendo en dolor, un dolor agotador. Al bajar del vehículo, miró a su alrededor. Era de noche y las calles estaban desiertas.
-Ni se te ocurra -Rocco la agarró del brazo con fuerza.
Paula se soltó de un tirón y le fulminó con la mirada.
-No me toques. No voy a dejar a mi hermano a tu merced.
Cuando entraron en el departamento, Jorge estaba allí para recibirlos. Paula sintió ganas de arrojarse a sus brazos y echarse a llorar, pero no lo hizo.
-Hay una foto suya con Paula en la prensa rosa -dijo Jorge, dándole unos periódicos a Pedro.
Pedro abrió el periódico del día siguiente. Paula se acercó un poco para poder ver. Era una foto enorme de él y de ella, en la fiesta de Nueva York. "¿Quién es la nueva novia de Alfonso?", decía el titular. De repente sintió ganas de vomitar.
-Ahora veremos hasta dónde llega tu hermano para protegerte -dijo Pedro.
Paula levantó la vista, tratando de entender lo que acababa de decir. Y entonces lo comprendió todo. Abrió la boca. Un dolor desgarrador la atravesaba por dentro.
-Tú lo planeaste todo. Me llevaste contigo para que mi hermano viera las fotos en la prensa y saliera de su escondite.
El rostro de Pedro era impasible.
-Será interesante averiguar si ese lazo que los une es tan fuerte como dices.
Paula lo miró fijamente, pero no pudo ver ni rastro de aquel hombre hermoso del que se estaba enamorando.
-Eres un bastardo.
Él sonrió, con toda la crueldad que tenía en su interior.
-Tienes toda la razón. Lo soy.
Pasión: Capítulo 42
-Ni siquiera me miraron, aunque sí me habían oído llamarlo «padre». Les vi meterse en un coche con chófer. Ví lo fácil que era para esa clase de gente escapar de la realidad más fea. Les envidié su desparpajo, su seguridad. Les envidié su riqueza, porque eso les hacía invulnerables -sonrió-. Es evidente que mi padre debió de hablar con uno de sus hombres. En cuanto el coche se marchó, me arrastraron hasta una calle secundaria y me dieron una paliza tan grande que terminé en el hospital. Fue una advertencia muy efectiva. Nunca más volví a intentar verle. Me fui de Italia. Juré que un día miraría a mi padre a los ojos y que sabría que me había ganado un lugar en este mundo, a pesar de su rechazo.
Paula contempló esos rasgos duros, los hombros tensos. Se fijó en la cicatriz que iba desde su sien hasta la mandíbula.
-Esa cicatriz. que tenías en el hombro. Era un tatuaje, ¿No?
-Significaba que pertenecía a cierta zona del barrio -hizo una mueca-. Que pertenecía a cierta banda. Me lo quité cuando llegué a Inglaterra.
-Es por eso que nunca hablas italiano. No quieres que nada te lo recuerde.
Pedro bajó la cabeza.
-Vete, Paula. Déjame solo.
Paula retrocedió un paso. Tenía miedo de echarse a llorar. Siguió retrocediendo, pero se topó con la puerta y miró atrás. Pedro seguía parado en el mismo sitio, con la cabeza baja. De repente se dio cuenta de que siempre había sido una figura solitaria, siempre luchando contra el mundo que le rodeaba mientras intentaba formar parte de él. Presa de una decisión repentina, se quitó los zapatos y fue hacia él. Se metió por debajo de uno de sus brazos y le hizo abrazarla. Ella levantó la vista. Lo miró directamente a la cara, a los ojos.
-No. No me voy. Porque no creo que realmente quieras estar solo -le tocó la mandíbula; le acarició la boca con la mirada-. Te deseo, Pedro. Mucho.
La tensión se palpaba en el ambiente. Y entonces, de repente, algo se rompió.
-¡Maldita sea! -exclamó Rocco, atrayéndola hacia sí con fuerza.
Paula creyó que se le iba a romper la espalda, pero se mordió los labios. No diría ni una palabra. Podía sentir la violencia que había en él, el hombre salvaje que necesitaba liberarse, y ella necesitaba dárselo todo desesperadamente. Pedro exigía y ella le daba, una y otra vez. Sus besos fueron brutales. Se arrancaron la ropa con desenfreno y fueron dejando un rastro de prendas a medida que se movían por el apartamento.
Después, Paula casi no podía recordar cómo habían llegado al dormitorio. Solo sabía que lo ocurrido allí le había demostrado lo bien que Pedro había aprendido a domesticar esa fuerza primitiva que era instintiva en él. Y esa rabia contenida. Le dolía todo el cuerpo, pero era un dolor placentero. Sabía que le saldrían moretones. Pedro la había mordido, y no podía sino estremecerse pensando lo mucho que había deseado que la mordiera más fuerte. Le había hecho el amor por detrás, apoyándole las manos en el cabecero de la cama. Había sido la experiencia más erótica que jamás había vivido. El peso de su cuerpo mientras la aplastaba contra la cama y empujaba una y otra vez. Levantó la cabeza y lo miró. La tensión de su cuerpo le decía que estaba despierto.
-¿Pedro?
Para su sorpresa, él se tapó la cara con un brazo. No quería mirarla. Ella trató de quitárselo.
-No puedo mirarte -le dijo él-. Te he hecho daño, como un animal.
Paula le quitó el brazo de la cara con firmeza y se puso encima de él, con las piernas a ambos lados de sus caderas. Le puso las manos sobre las mejillas.
-Pedro, mírame -él abrió los ojos. Había vergüenza en ellos-. Estoy bien. Me gustó -le besó en la barbilla, en la boca, en el cuello.
Él la agarró de los antebrazos y la hizo retroceder. Se incorporó y la hizo tumbarse de nuevo.
Paula contempló esos rasgos duros, los hombros tensos. Se fijó en la cicatriz que iba desde su sien hasta la mandíbula.
-Esa cicatriz. que tenías en el hombro. Era un tatuaje, ¿No?
-Significaba que pertenecía a cierta zona del barrio -hizo una mueca-. Que pertenecía a cierta banda. Me lo quité cuando llegué a Inglaterra.
-Es por eso que nunca hablas italiano. No quieres que nada te lo recuerde.
Pedro bajó la cabeza.
-Vete, Paula. Déjame solo.
Paula retrocedió un paso. Tenía miedo de echarse a llorar. Siguió retrocediendo, pero se topó con la puerta y miró atrás. Pedro seguía parado en el mismo sitio, con la cabeza baja. De repente se dio cuenta de que siempre había sido una figura solitaria, siempre luchando contra el mundo que le rodeaba mientras intentaba formar parte de él. Presa de una decisión repentina, se quitó los zapatos y fue hacia él. Se metió por debajo de uno de sus brazos y le hizo abrazarla. Ella levantó la vista. Lo miró directamente a la cara, a los ojos.
-No. No me voy. Porque no creo que realmente quieras estar solo -le tocó la mandíbula; le acarició la boca con la mirada-. Te deseo, Pedro. Mucho.
La tensión se palpaba en el ambiente. Y entonces, de repente, algo se rompió.
-¡Maldita sea! -exclamó Rocco, atrayéndola hacia sí con fuerza.
Paula creyó que se le iba a romper la espalda, pero se mordió los labios. No diría ni una palabra. Podía sentir la violencia que había en él, el hombre salvaje que necesitaba liberarse, y ella necesitaba dárselo todo desesperadamente. Pedro exigía y ella le daba, una y otra vez. Sus besos fueron brutales. Se arrancaron la ropa con desenfreno y fueron dejando un rastro de prendas a medida que se movían por el apartamento.
Después, Paula casi no podía recordar cómo habían llegado al dormitorio. Solo sabía que lo ocurrido allí le había demostrado lo bien que Pedro había aprendido a domesticar esa fuerza primitiva que era instintiva en él. Y esa rabia contenida. Le dolía todo el cuerpo, pero era un dolor placentero. Sabía que le saldrían moretones. Pedro la había mordido, y no podía sino estremecerse pensando lo mucho que había deseado que la mordiera más fuerte. Le había hecho el amor por detrás, apoyándole las manos en el cabecero de la cama. Había sido la experiencia más erótica que jamás había vivido. El peso de su cuerpo mientras la aplastaba contra la cama y empujaba una y otra vez. Levantó la cabeza y lo miró. La tensión de su cuerpo le decía que estaba despierto.
-¿Pedro?
Para su sorpresa, él se tapó la cara con un brazo. No quería mirarla. Ella trató de quitárselo.
-No puedo mirarte -le dijo él-. Te he hecho daño, como un animal.
Paula le quitó el brazo de la cara con firmeza y se puso encima de él, con las piernas a ambos lados de sus caderas. Le puso las manos sobre las mejillas.
-Pedro, mírame -él abrió los ojos. Había vergüenza en ellos-. Estoy bien. Me gustó -le besó en la barbilla, en la boca, en el cuello.
Él la agarró de los antebrazos y la hizo retroceder. Se incorporó y la hizo tumbarse de nuevo.
Pasión: Capítulo 41
De vuelta en el apartamento, Pedro fue hacia Paula. Ella estaba parada junto a la pared que daba a Central Park, desde el otro lado. Se estremeció un instante con solo verle quitarse la chaqueta y la pajarita. Se abrió la camisa, se acercó un poco más y el aire vibró entre ellos. Y entonces él la tomó por sorpresa, besándola en los labios, con tanta dulzura, que ella no pudo evitar ponerle las manos sobre el pecho. Cuando él se apartó por fin, Paula se dió cuenta de que deseaba algo más que ese contacto físico.
-¿Cómo puedes aguantar tener que codearte con gente como esa todo el tiempo?
Pedro se paró en seco.
-¿Qué quieres decir?
-Bueno, gente como esa mujer. Fue tan grosera -Paula se sonrojó-. Y Micaela Winthrop también fue bastante desagradable.
Pedro tomó sus manos. Se echó a un lado y puso sus manos sobre la pared. Una tensión sutil radiaba de todo su cuerpo.
-Andrea no es tan mala. Gran parte de esa actitud es solo fachada. Fue una de las pocas personas que me ayudó cuando llegué a Nueva York.
Paula se encogió de hombros. No podía imaginárselo como un inmigrante, perdido en la Gran Manzana.
-Le caíste bien. Me dijo que tienes garra.
Paula sonrió con inseguridad.
-De acuerdo. A lo mejor me equivoqué. Pero no me equivoqué con Micaela.
Pedro se puso serio.
-No. Es un mal bicho.
-Entonces no puedo entender que alguna vez hayas contemplado la idea de casarte con ella.
Pedro guardó silencio durante un momento. Se preguntaba cómo iba a explicarle que nunca había tenido en mente la idea de casarse con ella por motivos románticos. Señaló el parque oscuro con la mano.
-Por esto. Tienes que ser aceptado en este mundo para tener éxito de verdad, y la única forma que una persona como yo tiene para conseguir eso es casándose.
Paula se quedó perpleja.
-¿Qué quieres decir? ¿Alguien como tú? ¿Tú no vienes también de este mundo? -se volvió hacia él.
Él sacudió la cabeza unos segundos después. Señaló hacia abajo, hacia las calles.
-Yo vengo de ahí. Igual que tú.
Algo empezó a encajar dentro de Paula. Siempre había sospechado que había algo más en Pedro Alfonso.
-¿Qué quieres decir? No querrás decir que creciste.
Él la miró fijamente. Sus ojos eran fieros.
-¿En las calles? ¿Luchando por sobrevivir? Eso es exactamente lo que quiero decir.
Pedro apartó la mirada y masculló un juramento en italiano. Paula se dió cuenta en ese momento de que nunca le había oído hablar en su lengua materna.
-No tengo que hablar de esto -le dijo él un momento después.
Paula avanzó hacia lo desconocido, tanteando el terreno.
-¿Por qué no?
«No estaré aquí por mucho tiempo.», hubiera querido añadir, pero no se atrevió.
Pedro miró hacia el agujero negro del parque en mitad de la noche, como si allí estuvieran las respuestas que ella no era capaz de ver. Y entonces empezó a hablar, en un tono de voz tranquilo, calmo. Le contó muchas cosas. Le contó que había nacido y que se había criado en uno de los peores barrios de una de las ciudades más pobres de Italia. Le habló de su madre, que era una prostituta. Y de su padre. Uno de los hombres más ricos de la ciudad.
-Mi madre se gastaba todo su dinero en drogas. Había ido por mi padre a propósito para asegurarse un futuro a través de mí. Incluso había sido lo bastante lista como para tomar una muestra de su saliva. Para poder hacer una prueba de ADN en cuanto yo naciera y así poder demostrar la paternidad. Pero mi padre no quiso saber nada. Tenía dos hijas y era un megalómano. No quería que un hijo bastardo le estropeara el invento. Y sobre todo no quería que el hijo de una prostituta viniera a manchar su inmaculado mundo perfecto y su reputación.
Paula pudo ver como se cerraban sus puños sobre la pared.
-No puedes ni imaginarte cómo fue vivir en ese mundo. El ruido constante, las llamadas de bloque a bloque. Avisos contra bandas rivales. Un asesinato, una entrega de drogas. Todo el día y toda la noche. Me usaban como vigilante, contra las bandas rivales -hizo una mueca-. No teníamos que llamar a la policía. Nunca venían. Eran tan corruptos como nosotros. No había servicios sociales para nosotros. Yo odiaba esa vida cruel, la ausencia de inteligencia, el caos, la destrucción. Mi madre salía de una crisis para entrar en otra. Yo soñaba con un mundo más ordenado, tranquilo, sin ese drama constante, esa incertidumbre, el peligro permanente.
Paula sintió un escalofrío.
-¿Y qué fue de tu madre?
-La encontré muerta con una aguja clavada en la pierna cuando tenía diecisiete años.
-Oh, Pedro. -le dijo ella, poniéndole una mano sobre el brazo.
Él le quitó la mano y la atravesó con una mirada negra.
-No te lo digo porque busque tu compasión. No la necesito. Nunca la he buscado. Ella no me quería. Solo quería conseguir su chute diario, o al ricachón de turno.
Él apartó la vista de nuevo y ella se tocó el vientre.
-Un día fui a buscar a mi padre, al palacete donde vivía. Sabía dónde estaba. Fue justo después de la muerte de mi madre. Cuando me enfrenté a él, me escupió, me empujó y me pisoteó. Mis dos medias hermanas estaban con él.
-¿Cómo puedes aguantar tener que codearte con gente como esa todo el tiempo?
Pedro se paró en seco.
-¿Qué quieres decir?
-Bueno, gente como esa mujer. Fue tan grosera -Paula se sonrojó-. Y Micaela Winthrop también fue bastante desagradable.
Pedro tomó sus manos. Se echó a un lado y puso sus manos sobre la pared. Una tensión sutil radiaba de todo su cuerpo.
-Andrea no es tan mala. Gran parte de esa actitud es solo fachada. Fue una de las pocas personas que me ayudó cuando llegué a Nueva York.
Paula se encogió de hombros. No podía imaginárselo como un inmigrante, perdido en la Gran Manzana.
-Le caíste bien. Me dijo que tienes garra.
Paula sonrió con inseguridad.
-De acuerdo. A lo mejor me equivoqué. Pero no me equivoqué con Micaela.
Pedro se puso serio.
-No. Es un mal bicho.
-Entonces no puedo entender que alguna vez hayas contemplado la idea de casarte con ella.
Pedro guardó silencio durante un momento. Se preguntaba cómo iba a explicarle que nunca había tenido en mente la idea de casarse con ella por motivos románticos. Señaló el parque oscuro con la mano.
-Por esto. Tienes que ser aceptado en este mundo para tener éxito de verdad, y la única forma que una persona como yo tiene para conseguir eso es casándose.
Paula se quedó perpleja.
-¿Qué quieres decir? ¿Alguien como tú? ¿Tú no vienes también de este mundo? -se volvió hacia él.
Él sacudió la cabeza unos segundos después. Señaló hacia abajo, hacia las calles.
-Yo vengo de ahí. Igual que tú.
Algo empezó a encajar dentro de Paula. Siempre había sospechado que había algo más en Pedro Alfonso.
-¿Qué quieres decir? No querrás decir que creciste.
Él la miró fijamente. Sus ojos eran fieros.
-¿En las calles? ¿Luchando por sobrevivir? Eso es exactamente lo que quiero decir.
Pedro apartó la mirada y masculló un juramento en italiano. Paula se dió cuenta en ese momento de que nunca le había oído hablar en su lengua materna.
-No tengo que hablar de esto -le dijo él un momento después.
Paula avanzó hacia lo desconocido, tanteando el terreno.
-¿Por qué no?
«No estaré aquí por mucho tiempo.», hubiera querido añadir, pero no se atrevió.
Pedro miró hacia el agujero negro del parque en mitad de la noche, como si allí estuvieran las respuestas que ella no era capaz de ver. Y entonces empezó a hablar, en un tono de voz tranquilo, calmo. Le contó muchas cosas. Le contó que había nacido y que se había criado en uno de los peores barrios de una de las ciudades más pobres de Italia. Le habló de su madre, que era una prostituta. Y de su padre. Uno de los hombres más ricos de la ciudad.
-Mi madre se gastaba todo su dinero en drogas. Había ido por mi padre a propósito para asegurarse un futuro a través de mí. Incluso había sido lo bastante lista como para tomar una muestra de su saliva. Para poder hacer una prueba de ADN en cuanto yo naciera y así poder demostrar la paternidad. Pero mi padre no quiso saber nada. Tenía dos hijas y era un megalómano. No quería que un hijo bastardo le estropeara el invento. Y sobre todo no quería que el hijo de una prostituta viniera a manchar su inmaculado mundo perfecto y su reputación.
Paula pudo ver como se cerraban sus puños sobre la pared.
-No puedes ni imaginarte cómo fue vivir en ese mundo. El ruido constante, las llamadas de bloque a bloque. Avisos contra bandas rivales. Un asesinato, una entrega de drogas. Todo el día y toda la noche. Me usaban como vigilante, contra las bandas rivales -hizo una mueca-. No teníamos que llamar a la policía. Nunca venían. Eran tan corruptos como nosotros. No había servicios sociales para nosotros. Yo odiaba esa vida cruel, la ausencia de inteligencia, el caos, la destrucción. Mi madre salía de una crisis para entrar en otra. Yo soñaba con un mundo más ordenado, tranquilo, sin ese drama constante, esa incertidumbre, el peligro permanente.
Paula sintió un escalofrío.
-¿Y qué fue de tu madre?
-La encontré muerta con una aguja clavada en la pierna cuando tenía diecisiete años.
-Oh, Pedro. -le dijo ella, poniéndole una mano sobre el brazo.
Él le quitó la mano y la atravesó con una mirada negra.
-No te lo digo porque busque tu compasión. No la necesito. Nunca la he buscado. Ella no me quería. Solo quería conseguir su chute diario, o al ricachón de turno.
Él apartó la vista de nuevo y ella se tocó el vientre.
-Un día fui a buscar a mi padre, al palacete donde vivía. Sabía dónde estaba. Fue justo después de la muerte de mi madre. Cuando me enfrenté a él, me escupió, me empujó y me pisoteó. Mis dos medias hermanas estaban con él.
jueves, 7 de mayo de 2020
Pasión: Capítulo 40
-Entiendo -dijo, como si Paula la aburriera con sus palabras, como si la hubiera disgustado con solo hablar, se volvió hacia Pedro y lo agarró del brazo-. Bueno, Pedro, cariño, háblame de Bangkok. Estoy deseando que me cuentes todo lo del trato con Larrimar Corporation.
La mujer estaba alejando a Pedro de Paula con gran habilidad, pero él se detuvo en seco, y obligó a detenerse a la mujer también. Le sonrió, pero Paula se estremeció. Había visto esa sonrisa muchas veces y estaba contenta de que, por una vez, no fuera dirigida a ella.
Pedro se soltó de la mujer y tomó la mano de Paula. La atrajo hacia sí, sin decir nada, pero dejando claro que no iba a permitir que la ignoraran de esa forma. Paula trató de aplacar el salto que dió su corazón y se dedicó a observar cómo la mujer trataba, en vano, de apartarla de él. Era una escena divertida. Desconectó de la conversación. Era más interesanteobservar a la gente. Estaban en una sala de fiestas de un exclusivo hotel al otro lado de Central Park. Acababan de tomar una suculenta cena acompañados de otros doscientos invitados ydespués habían pasado a otro salón igual de exquisito que conducía a una enorme terraza iluminada por cientos de velas. Vió que la gente empezaba a salir fuera y de repente deseó respirar un poco de aire fresco. Trató de soltarse de Pedro, pero él no la dejó. Tuvo que darle un pequeño codazo en las costillas. Le sonrió con dulzura a la estirada mujer.
-Solo quiero salir a tomar un poco el aire.
Pedro tuvo que luchar contra su propia reticencia, pero al final la soltó. La vió alejarse, adentrarse en la multitud. Su cabello rojo refulgía como un faro de fuego. La gente dejaba de hablar y se volvía a su paso. Ella era como una estrella entre todos esos personajes grises, mustios. ¿Cómo era que no se había dado cuenta de ello hasta ese momento? Y sin embargo. ¿No era eso lo que le había llamado la atención la primera vez que la había visto?
-Podríamos haber atravesado el parque andando -le había dicho ella unas horas antes, de camino al lugar del evento.
-No, Paula. No podíamos -le había dicho él, sacudiendo la cabeza.
Ella le había sacado la lengua entonces.
-Bueno, ya veo que no te va mucho el deporte -le había dicho, con un gesto risueño.
-Es distinta -dijo alguien de repente.
Pedro se volvió con brusquedad. Tenía miedo de haber dicho algo en alto que nadie debiera oír.
-¿Cómo?
Andrea Thackerey era una estirada empedernida, pero también era muy lista, una negociadora nata en el mundo de las finanzas.
-He dicho que es diferente.
Pedro trató de no inmutarse. Se puso a la defensiva.
-Sí que lo es. Pero nuestra relación no llegará muy lejos, para no variar.
La mujer, mayor y más sabia, pareció un ser humano durante una fracción de segundo.
-Eso se lo cuentas a alguien que pueda creerte, Alfonso-se inclinó hacia Pedro y habló en voz baja-. Me gusta. Tiene garra. No es como esas aburridas que se han tragado el palo de la escoba con las que sueles salir.
Paula se abrió camino entre la multitud, ajena a la presencia de muchos de los ricos más ricos de Manhattan. Llegó hasta la terraza. Tomó un vaso de agua de la bandeja de un camarero que pasaba y se dedicó a contemplar las vistas nocturnas de Nueva York. Se estiró por encima del muro del balcón para ver más allá. De repente oyó una voz a sus espaldas.
-A tu izquierda está Harlem.
Pedro se acercó más, pegándose a su trasero, de forma que podía sentir su creciente erección. Ella inclinó la cabeza contra su pecho.
-Eres insaciable.
Él la agarró de la cintura y se acercó aún más.
-Salgamos de aquí. Ya he tenido que soportar a la jet set de Nueva York durante bastante tiempo.
Paula se volvió en sus brazos y levantó la vista. Puso los ojos en blanco.
-Yo también. Además, ya estoy cansada de estas vistas de Central Park.
Pedro reprimió una risotada e inclinó la cabeza.
-Es una pena, porque cuando regresemos, quiero recrear esta posición, pero quiero que estés sin ropa, con las piernas alrededor de mi cintura.
Paula tragó en seco y puso su vaso sobre la mesa. Pedro le tiró de la mano.
La mujer estaba alejando a Pedro de Paula con gran habilidad, pero él se detuvo en seco, y obligó a detenerse a la mujer también. Le sonrió, pero Paula se estremeció. Había visto esa sonrisa muchas veces y estaba contenta de que, por una vez, no fuera dirigida a ella.
Pedro se soltó de la mujer y tomó la mano de Paula. La atrajo hacia sí, sin decir nada, pero dejando claro que no iba a permitir que la ignoraran de esa forma. Paula trató de aplacar el salto que dió su corazón y se dedicó a observar cómo la mujer trataba, en vano, de apartarla de él. Era una escena divertida. Desconectó de la conversación. Era más interesanteobservar a la gente. Estaban en una sala de fiestas de un exclusivo hotel al otro lado de Central Park. Acababan de tomar una suculenta cena acompañados de otros doscientos invitados ydespués habían pasado a otro salón igual de exquisito que conducía a una enorme terraza iluminada por cientos de velas. Vió que la gente empezaba a salir fuera y de repente deseó respirar un poco de aire fresco. Trató de soltarse de Pedro, pero él no la dejó. Tuvo que darle un pequeño codazo en las costillas. Le sonrió con dulzura a la estirada mujer.
-Solo quiero salir a tomar un poco el aire.
Pedro tuvo que luchar contra su propia reticencia, pero al final la soltó. La vió alejarse, adentrarse en la multitud. Su cabello rojo refulgía como un faro de fuego. La gente dejaba de hablar y se volvía a su paso. Ella era como una estrella entre todos esos personajes grises, mustios. ¿Cómo era que no se había dado cuenta de ello hasta ese momento? Y sin embargo. ¿No era eso lo que le había llamado la atención la primera vez que la había visto?
-Podríamos haber atravesado el parque andando -le había dicho ella unas horas antes, de camino al lugar del evento.
-No, Paula. No podíamos -le había dicho él, sacudiendo la cabeza.
Ella le había sacado la lengua entonces.
-Bueno, ya veo que no te va mucho el deporte -le había dicho, con un gesto risueño.
-Es distinta -dijo alguien de repente.
Pedro se volvió con brusquedad. Tenía miedo de haber dicho algo en alto que nadie debiera oír.
-¿Cómo?
Andrea Thackerey era una estirada empedernida, pero también era muy lista, una negociadora nata en el mundo de las finanzas.
-He dicho que es diferente.
Pedro trató de no inmutarse. Se puso a la defensiva.
-Sí que lo es. Pero nuestra relación no llegará muy lejos, para no variar.
La mujer, mayor y más sabia, pareció un ser humano durante una fracción de segundo.
-Eso se lo cuentas a alguien que pueda creerte, Alfonso-se inclinó hacia Pedro y habló en voz baja-. Me gusta. Tiene garra. No es como esas aburridas que se han tragado el palo de la escoba con las que sueles salir.
Paula se abrió camino entre la multitud, ajena a la presencia de muchos de los ricos más ricos de Manhattan. Llegó hasta la terraza. Tomó un vaso de agua de la bandeja de un camarero que pasaba y se dedicó a contemplar las vistas nocturnas de Nueva York. Se estiró por encima del muro del balcón para ver más allá. De repente oyó una voz a sus espaldas.
-A tu izquierda está Harlem.
Pedro se acercó más, pegándose a su trasero, de forma que podía sentir su creciente erección. Ella inclinó la cabeza contra su pecho.
-Eres insaciable.
Él la agarró de la cintura y se acercó aún más.
-Salgamos de aquí. Ya he tenido que soportar a la jet set de Nueva York durante bastante tiempo.
Paula se volvió en sus brazos y levantó la vista. Puso los ojos en blanco.
-Yo también. Además, ya estoy cansada de estas vistas de Central Park.
Pedro reprimió una risotada e inclinó la cabeza.
-Es una pena, porque cuando regresemos, quiero recrear esta posición, pero quiero que estés sin ropa, con las piernas alrededor de mi cintura.
Paula tragó en seco y puso su vaso sobre la mesa. Pedro le tiró de la mano.
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