Cuando Paula volvió un poco más tarde, estaba agotada, pero feliz. Se miró en el espejo del vestíbulo, hizo una mueca al ver su cara sudada y dejó el bolso. No estaba feliz. No exactamente. Habría sido feliz si hubiera tenido a Pedro a su lado para compartir la sensación de subir a lo más alto del Empire State; habría sido más feliz si no hubiera tenido que tomarse un sándwich sola en Central Park. Se mordió el labio inferior. Y habría sido más feliz si hubiera recibido un correo electrónico de Gonzalo, pero no había nada esperándola en la bandeja de entrada. Le había enviado un correo de todas formas. Todavía no había perdido la esperanza. Suspirando, salió a la terraza para volver a admirar la hermosa vista de Central Park desde lo alto del edificio.
-No te llevaste la tarjeta.
Paula se dió la vuelta de golpe. Pedro estaba apoyado contra el marco de la puerta. Era como si le hubiera llamado con sus pensamientos.
-Me has asustado. No te oí llegar.
Él fue hacia ella. Había algo peligroso en sus ojos. Paula se echó atrás, hacia la pared.
-No. No me llevé la tarjeta -dijo, tragando en seco-. ¿Por qué iba a hacerlo? No necesito nada. Ya me has comprado suficiente ropa como para hacer una docena de viajes al extranjero.
La acorraló apoyando las manos en la pared, a ambos lados de su cabeza. Paula trató de no dejarse arrollar por su aroma, por su presencia.
-No lo entiendes, ¿Verdad? -le preguntó él. Parecía molesto-. Se supone que eso es lo que tienes que hacer, así que dime qué hiciste en cambio.
Una llamarada de furia creció en el interior de Paula.
-Para tu información, me llevé veinte dólares y me fui al centro. Y allí saqué algo de dinero de mi propia cuenta. Después hice una cola de dos horas y fui hasta lo más alto del Empire State. Después, regresé al parque andando, me compré un sándwich y me lo comí. ¿Te parece bien así? - Paula se sentía culpable por no haber mencionado lo del cibercafé, pero Pedro parecía demasiado tenso como para decirle algo de Gonzalo.
-No. Maldita sea. No me parece bien así.
Pedro bajó la cabeza y la agarró de los brazos. Le dió un beso duro y exigente. Paula trató de resistirse, pero fue inútil. No tenía por qué pagarla con ella porque era distinta a las otras. Pero él era imparable, y no podía resistirse. Fuego con fuego. Enredó los dedos en su pelo y se inclinó adelante, comprimiendo sus caderas contra las de él. Por lo menos eso era lo único sincero entre ellos, algo que trascendía el pensamiento, la razón, algo que los reducía a los instintos más básicos. La frágil tregua que se habían dado se había roto. La tomó en brazos. Ella no puedo evitar besarle por toda la mandíbula, el cuello. Ya le estaba abriendo la camisa, aflojándole la corbata. Cuando llegaron al dormitorio, Pedro la puso sobre la cama, se quitó la chaqueta y la corbata, y se abrió la camisa. Paula se quitó el top que llevaba por la cabeza y se bajó los shorts. se quitó las sandalias de una patada. Cuando estaba gloriosamente desnudo, se recostó a su lado, pero ella se limitó a mirarlo durante un rato. Le acarició la mejilla, ligeramente áspera con la barba de un día.
-Hoy te eché de menos -le susurró.
Pedro se limitó a mirarla. Algo brilló en sus ojos y entonces se oscurecieron.
-No digas eso. No quiero oírlo.
-Bueno, qué pena -dijo ella-. Porque sí que te eché de menos y acabo de decirlo de nuevo.
Pedro se puso sobre ella y la hizo callar con un beso, deslizando las manos sobre ella, quitándole el sujetador, las braguitas. Y entonces le hizo el amor hasta hacerla gritar su nombre una y otra vez.
-¿Y quién es tu acompañante?
Paula esbozó una sonrisa tensa para la mujer de aspecto anémico. Llevaba el pelo recogido en un enorme moño alrededor de la cabeza, tan grande, que temía que saliera ardiendo si se acercaba demasiado a una luz. Podría haber tenido cualquier edad entre cuarenta y sesenta y cinco años. Su cara era tan estática y lisa, como si llevara una máscara permanente.
-Paula Chaves-murmuró Pedro a su lado.
La mujer la miró de arriba abajo. examinando su rutilante vestido de noche hasta los pies.
-Ah, sí. Bueno, a lo mejor me imaginé que eras irlandesa, por el pelo rojo y la tez pálida.
Paula sonrió.
-En realidad mi madre era inglesa. Yo nací y crecí allí, pero sí. Mi padre era irlandés.
La mujer arqueó las cejas.
jueves, 7 de mayo de 2020
Pasión: Capítulo 38
Los nombres de diseñadores famosos parpadeaban y rutilaban en la Quinta Avenida. Y entonces, de repente, empezó a divisar los árboles de Central Park. Con el parque a la derecha, el coche se detuvo frente a un edificio de estilo Art Deco con un enorme toldo en la entrada. Un portero sonriente ayudó a Paula a bajar del coche. El calor del verano la golpeó de inmediato. Era totalmente distinto del calor de Tailandia, pero igual de intenso.
-Bienvenido, señor Alfonso. ¡Cuánto tiempo!
Atravesaron el vestíbulo refrigerado y se dirigieron hacia los ascensores, donde esperaba el conserje con las puertas abiertas. Fueron directamente al departamento del ático. Paula creía haberlo visto todo, pero se había equivocado. Estaban en otro nivel de lujo y opulencia. Todo era de color dorado y crema. Las alfombras eran tan mullidas que se podía dormir sobre ellas. Óleos en las paredes. Pedro tenía buen gusto para combinar lo moderno con lo antiguo. Abrió las puertas que daban a la terraza y ella fue tras él. Salieron a una enorme terraza que parecía abarcar toda la longitud del edificio, con macetas y arreglos florales. Pedro estaba de pie con las manos en las caderas, observándola.
-¿Dónde está la piscina? -le preguntó ella, bromeando.
Él hizo un gesto con la cabeza.
-Abajo. En el gimnasio.
-Oh.
-Qué bonito. Se ve hasta el parque -añadió de forma redundante.
Abrumada, se acercó al muro de la terraza y admiró uno de los parques más famosos del mundo. La gente caminaba por las calles, tan pequeñas como hormigas. En medio del parque podía ver un espacio abierto y verde, y un lago.
-Me sorprende que no vivas en el rascacielos más alto, para llegar a ver más lejos aún -le dijo, sin mirarlo.
Él apretó la mandíbula.
-Sí, pero el Upper East Side es la mejor zona.
Paula se volvió hacia él justo a tiempo para verle mirar el reloj.
-Mira, ahora tengo que salir. Tengo reuniones todo el día.
Ella sintió un gran alivio. Necesitaba tomarse un respiro.
-Muy bien. Voy a acomodarme -le dijo, asintiendo con la cabeza.
Pedro sacó algo de su cartera y se lo dió.
-Toma esto. ¿Por qué no te vas de compras?
Paula tomó la tarjeta de crédito negra de forma automática y se quedó mirándola un momento. Pedro estaba sacando algo más de su billetera, poniéndolo sobre la mesa.
-Necesitarás efectivo para el taxi. Le diré a Rubén que te dé un mapa y algunas direcciones. Tenemos que asistir a un evento esta noche, así que te veo a eso de las seis, ¿De acuerdo?
Paula miró a Pedro y sintió su impaciencia.
-Muy bien. Te veo luego -le dijo.
Hubo un momento en que le pareció que él iba a decir algo, pero entonces dio media vuelta y salió del departamento. Unos segundos después apareció una mujer. Se secó las manos en un delantal y se presentó como el ama de llaves del señor Alfonso, Carmen. Paula sacudió la cabeza. Era evidente que la mujer era fan de su jefe. Insistió en enseñarle los cuatro dormitorios, los dos salones, la salita de estar, el comedor, el gimnasio, la piscina, la sauna, la enorme cocina. Casi se mareó de ver tanta maravilla. Con la cabeza dando vueltas, se despidió de Carmen y se dispuso a deshacer la maleta. Quería pensar en Pedro lo menos posible, así que tenía que buscarse algo que hacer. A lo mejor podía buscar un cibercafé y ver si tenía algún correo de Gonzalo.
A la hora de comer, Pedro regresó al departamento. Carmen le dijo que Paula había salido un par de horas antes. Fue al dormitorio, pero no había ninguna nota. Masculló un juramento. ¿Por qué no le había dejado una nota? Justo antes de salir por la puerta, reparó en algo que estaba encima de la cómoda. Era la tarjeta de crédito, y el dinero que le había dejado. Solo faltaban veinte dólares. Se rió. ¿Cómo había dado por sentado que ella se iría directamente a las boutiques de lujo de la Quinta Avenida? Agarró la tarjeta, se maldijo una vez más por haber ido a verla a la hora de comer y regresó al coche. Fue entonces, de camino al centro una vez más, cuando se dio cuenta de que la había dejado marchar. Había confiado ciegamente en ella y eso lo ponía muy nervioso. No fue capaz de concentrarse en nada durante toda la tarde, y no se quedó tranquilo hasta que el conserje le confirmó que ella había regresado al departamento. El alivio era más que bienvenido, pero revelaba una debilidad que no podía permitirse.
-Bienvenido, señor Alfonso. ¡Cuánto tiempo!
Atravesaron el vestíbulo refrigerado y se dirigieron hacia los ascensores, donde esperaba el conserje con las puertas abiertas. Fueron directamente al departamento del ático. Paula creía haberlo visto todo, pero se había equivocado. Estaban en otro nivel de lujo y opulencia. Todo era de color dorado y crema. Las alfombras eran tan mullidas que se podía dormir sobre ellas. Óleos en las paredes. Pedro tenía buen gusto para combinar lo moderno con lo antiguo. Abrió las puertas que daban a la terraza y ella fue tras él. Salieron a una enorme terraza que parecía abarcar toda la longitud del edificio, con macetas y arreglos florales. Pedro estaba de pie con las manos en las caderas, observándola.
-¿Dónde está la piscina? -le preguntó ella, bromeando.
Él hizo un gesto con la cabeza.
-Abajo. En el gimnasio.
-Oh.
-Qué bonito. Se ve hasta el parque -añadió de forma redundante.
Abrumada, se acercó al muro de la terraza y admiró uno de los parques más famosos del mundo. La gente caminaba por las calles, tan pequeñas como hormigas. En medio del parque podía ver un espacio abierto y verde, y un lago.
-Me sorprende que no vivas en el rascacielos más alto, para llegar a ver más lejos aún -le dijo, sin mirarlo.
Él apretó la mandíbula.
-Sí, pero el Upper East Side es la mejor zona.
Paula se volvió hacia él justo a tiempo para verle mirar el reloj.
-Mira, ahora tengo que salir. Tengo reuniones todo el día.
Ella sintió un gran alivio. Necesitaba tomarse un respiro.
-Muy bien. Voy a acomodarme -le dijo, asintiendo con la cabeza.
Pedro sacó algo de su cartera y se lo dió.
-Toma esto. ¿Por qué no te vas de compras?
Paula tomó la tarjeta de crédito negra de forma automática y se quedó mirándola un momento. Pedro estaba sacando algo más de su billetera, poniéndolo sobre la mesa.
-Necesitarás efectivo para el taxi. Le diré a Rubén que te dé un mapa y algunas direcciones. Tenemos que asistir a un evento esta noche, así que te veo a eso de las seis, ¿De acuerdo?
Paula miró a Pedro y sintió su impaciencia.
-Muy bien. Te veo luego -le dijo.
Hubo un momento en que le pareció que él iba a decir algo, pero entonces dio media vuelta y salió del departamento. Unos segundos después apareció una mujer. Se secó las manos en un delantal y se presentó como el ama de llaves del señor Alfonso, Carmen. Paula sacudió la cabeza. Era evidente que la mujer era fan de su jefe. Insistió en enseñarle los cuatro dormitorios, los dos salones, la salita de estar, el comedor, el gimnasio, la piscina, la sauna, la enorme cocina. Casi se mareó de ver tanta maravilla. Con la cabeza dando vueltas, se despidió de Carmen y se dispuso a deshacer la maleta. Quería pensar en Pedro lo menos posible, así que tenía que buscarse algo que hacer. A lo mejor podía buscar un cibercafé y ver si tenía algún correo de Gonzalo.
A la hora de comer, Pedro regresó al departamento. Carmen le dijo que Paula había salido un par de horas antes. Fue al dormitorio, pero no había ninguna nota. Masculló un juramento. ¿Por qué no le había dejado una nota? Justo antes de salir por la puerta, reparó en algo que estaba encima de la cómoda. Era la tarjeta de crédito, y el dinero que le había dejado. Solo faltaban veinte dólares. Se rió. ¿Cómo había dado por sentado que ella se iría directamente a las boutiques de lujo de la Quinta Avenida? Agarró la tarjeta, se maldijo una vez más por haber ido a verla a la hora de comer y regresó al coche. Fue entonces, de camino al centro una vez más, cuando se dio cuenta de que la había dejado marchar. Había confiado ciegamente en ella y eso lo ponía muy nervioso. No fue capaz de concentrarse en nada durante toda la tarde, y no se quedó tranquilo hasta que el conserje le confirmó que ella había regresado al departamento. El alivio era más que bienvenido, pero revelaba una debilidad que no podía permitirse.
Pasión: Capítulo 37
Pedro no se sorprendió al ver que no era capaz de dormir. Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama. Se incorporó y masculló un juramento. Salió al patio. Podía ver su silueta sobre una tumbona, bajo la luz de la luna. Caminó hasta ella y vió que su ropa estaba perfectamente doblada y apilada. Su vestido de gala era un charco de color y luz sobre el suelo. La miró, preparándose para ese efecto inevitable. Estaba relajada. El pelo alrededor del rostro. Más rojo que nunca contra el forro color crema de la tumbona. Estaba hecha un ovillo, la postura que más le gustaba. Su hermano la había protegido en aquella ocasión y, por alguna extraña razón, sentía celos incluso de eso. Quería dar media vuelta y alejarse, pero no lo hizo. Se inclinó, la tomó en brazos. Ella se despertó y se apoyó contra él, resistiéndose.
-Espera. -su voz sonaba adormilada y sexy.
Pedro ya estaba respondiendo. Apretó la mandíbula.
-Basta. Tú me lo has dejado todo claro y yo también a tí.
Volvió a dejarla sobre la tumbona, miró esos ojos tan expresivos y entonces volvió a tener esa sensación.
-No quería ser tan brusco -sacudió la cabeza y ahuyentó ese sentimiento que ya empezaba a ablandarle-. No tienes que decirme nada, Paula. La situación no ha cambiado con respecto a tu hermano.
Ella le puso las manos sobre el pecho. Su voz sonaba ronca, llena de emoción.
-¿Me estás diciendo que no quieres que te diga nada porque no te interesa?
Pedro sintió que la ternura volvía. acompañada de un deseo de reconfortarla. Reprimió el impulso con dureza. Nunca se había sentido tan cruel, pero tenía que permanecer inmune al influjo de Paula.
-El motivo por el que tu hermano hizo lo que hizo me trae sin cuidado. A mí me gustan las cosas concretas, pero él me robó dinero. Tú, en cambio, me importas bastante más ahora, así que no quiero hablar de tu hermano o de tu pasado. ¿Trato hecho?
Paula ya estaba completamente despierta. Podía sentir la presencia de Pedro, absorbiéndola, engulléndola. Quería oírla decir que sí, desesperadamente. Podía sentirlo. Pero incluso en ese momento, a pesar del dolor del rechazo, era capaz de engañarse a sí misma pensando que veía algo profundo en su mirada, algo tierno, vulnerable. Le deseaba de una forma que la hacía sentir vergüenza de sí misma. Hubiera querido pagarle con la misma moneda, darle donde más le dolería, pero sabía que no podía hacerlo.
-Trato hecho -le dijo finalmente, odiándose a sí misma.
Pedro guardó silencio; su rostro serio e imperturbable. La tomó en brazos y la llevó de vuelta al dormitorio.
Aterrizar en Nueva York dos días más tarde fue una experiencia totalmente distinta de aterrizar en Bangkok. A sus pies se extendía un mar de edificios grises que se perdían en el horizonte. Pedro estaba trabajando, sentado al otro lado del pasillo. Examinaba unos papeles con el ceño fruncido. Paula volvió a mirar por la ventana. El trato se había convertido en una tregua sin que ninguno de los dos dijera nada. Solo hablaban de temas neutrales. Él la había llevado a conocer el Grand Palace de Bangkok, los mercados flotantes. La hizo montar en Tuk-Tuk.
-¿En qué piensas?
Paula se sobresaltó. Miró a Pedro. El corazón le dió un vuelco. No quería recordar que se estaba enamorando de él. Era demasiado peligroso. Si no pensaba en ello, el sentimiento podía desaparecer. quizás. Forzó una sonrisa.
-Solo pensaba que la última mujer a la que llevaste a Bangkok no debió de disfrutar tanto del viaje en Tuk-Tuk.
Pedro guardó silencio un momento.
-Nunca he traído a nadie a Bangkok -dijo, en un tono casi de sorpresa.
El corazón de Paula se hinchó peligrosamente.
-Bueno, pero seguro que las has llevado a Nueva York.
Pedro le clavó la mirada, como si le estuviera lanzando una advertencia. Se estaba adentrando en terreno peligroso.
-Sí. Claro que he llevado a Nueva York a algunas mujeres. Suelo venir aquí con mucha más frecuencia -volvió a concentrarse en sus papeles.
Llevaba más de una hora fingiendo estar ocupado con esos documentos, pero en realidad no había hecho más que seguir todos y cada uno de sus movimientos. Casi se echó a reír al imaginarse a alguna de sus antiguas novias subiéndose a un rickshaw motorizado. No lo habrían hecho ni aunque les hubiera pagado. Miró por la ventanilla. El horizonte de Nueva York se acercaba cada vez más. Allí se sentiría más seguro en compañía de Paula. Y la mantendría a raya, aunque eso le matara por dentro.
Ya en el coche, de camino a la ciudad, Paula notó la distancia de Pedro. Estaba más seco y formal que nunca. Pero decidió no dejar que eso la afectara. Se volvió hacia la ventanilla y se dedicó a contemplar los icónicos rascacielos. Cruzó uno de los muchos puentes que conducían a Manhattan. A medida que se adentraban en la isla, los taxis amarillos empezaron a abundar por todas partes.
-Espera. -su voz sonaba adormilada y sexy.
Pedro ya estaba respondiendo. Apretó la mandíbula.
-Basta. Tú me lo has dejado todo claro y yo también a tí.
Volvió a dejarla sobre la tumbona, miró esos ojos tan expresivos y entonces volvió a tener esa sensación.
-No quería ser tan brusco -sacudió la cabeza y ahuyentó ese sentimiento que ya empezaba a ablandarle-. No tienes que decirme nada, Paula. La situación no ha cambiado con respecto a tu hermano.
Ella le puso las manos sobre el pecho. Su voz sonaba ronca, llena de emoción.
-¿Me estás diciendo que no quieres que te diga nada porque no te interesa?
Pedro sintió que la ternura volvía. acompañada de un deseo de reconfortarla. Reprimió el impulso con dureza. Nunca se había sentido tan cruel, pero tenía que permanecer inmune al influjo de Paula.
-El motivo por el que tu hermano hizo lo que hizo me trae sin cuidado. A mí me gustan las cosas concretas, pero él me robó dinero. Tú, en cambio, me importas bastante más ahora, así que no quiero hablar de tu hermano o de tu pasado. ¿Trato hecho?
Paula ya estaba completamente despierta. Podía sentir la presencia de Pedro, absorbiéndola, engulléndola. Quería oírla decir que sí, desesperadamente. Podía sentirlo. Pero incluso en ese momento, a pesar del dolor del rechazo, era capaz de engañarse a sí misma pensando que veía algo profundo en su mirada, algo tierno, vulnerable. Le deseaba de una forma que la hacía sentir vergüenza de sí misma. Hubiera querido pagarle con la misma moneda, darle donde más le dolería, pero sabía que no podía hacerlo.
-Trato hecho -le dijo finalmente, odiándose a sí misma.
Pedro guardó silencio; su rostro serio e imperturbable. La tomó en brazos y la llevó de vuelta al dormitorio.
Aterrizar en Nueva York dos días más tarde fue una experiencia totalmente distinta de aterrizar en Bangkok. A sus pies se extendía un mar de edificios grises que se perdían en el horizonte. Pedro estaba trabajando, sentado al otro lado del pasillo. Examinaba unos papeles con el ceño fruncido. Paula volvió a mirar por la ventana. El trato se había convertido en una tregua sin que ninguno de los dos dijera nada. Solo hablaban de temas neutrales. Él la había llevado a conocer el Grand Palace de Bangkok, los mercados flotantes. La hizo montar en Tuk-Tuk.
-¿En qué piensas?
Paula se sobresaltó. Miró a Pedro. El corazón le dió un vuelco. No quería recordar que se estaba enamorando de él. Era demasiado peligroso. Si no pensaba en ello, el sentimiento podía desaparecer. quizás. Forzó una sonrisa.
-Solo pensaba que la última mujer a la que llevaste a Bangkok no debió de disfrutar tanto del viaje en Tuk-Tuk.
Pedro guardó silencio un momento.
-Nunca he traído a nadie a Bangkok -dijo, en un tono casi de sorpresa.
El corazón de Paula se hinchó peligrosamente.
-Bueno, pero seguro que las has llevado a Nueva York.
Pedro le clavó la mirada, como si le estuviera lanzando una advertencia. Se estaba adentrando en terreno peligroso.
-Sí. Claro que he llevado a Nueva York a algunas mujeres. Suelo venir aquí con mucha más frecuencia -volvió a concentrarse en sus papeles.
Llevaba más de una hora fingiendo estar ocupado con esos documentos, pero en realidad no había hecho más que seguir todos y cada uno de sus movimientos. Casi se echó a reír al imaginarse a alguna de sus antiguas novias subiéndose a un rickshaw motorizado. No lo habrían hecho ni aunque les hubiera pagado. Miró por la ventanilla. El horizonte de Nueva York se acercaba cada vez más. Allí se sentiría más seguro en compañía de Paula. Y la mantendría a raya, aunque eso le matara por dentro.
Ya en el coche, de camino a la ciudad, Paula notó la distancia de Pedro. Estaba más seco y formal que nunca. Pero decidió no dejar que eso la afectara. Se volvió hacia la ventanilla y se dedicó a contemplar los icónicos rascacielos. Cruzó uno de los muchos puentes que conducían a Manhattan. A medida que se adentraban en la isla, los taxis amarillos empezaron a abundar por todas partes.
martes, 5 de mayo de 2020
Pasión: Capítulo 36
Pedro se levantó, con la mano extendida, como si estuviera a punto de irse, a punto de llevársela con él. Paula también se incorporó, a punto de tomarlo de la mano. pero entonces se detuvo. Su expresión hermética la hizo sentir algo desesperado, una necesidad imperiosa de que él la entendiera.
-Espera. Quiero decirte algo.
Pedro dejó caer la mano.
-Paula, no tienes por qué contarme estas historias.
-No son historias. Y sí que necesito contártelas -dijo, sin darle tiempo a protestar-. Gonzalo, mi hermano, somos mellizos -hizo una mueca-. No somos idénticos. Claro. Yo soy la mayor por veinte minutos. Él estuvo a punto de morir. Cuando éramos pequeños, era muy enclenque y tenía unas gafas con cristales muy gruesos. Me acostumbré pronto a defenderle de los matones del colegio. Él nunca pudo hacer frente a esas cosas, pero yo sí. Nunca volvió a ser el mismo después de que nuestra madre nos abandonara. -la voz de Paula temblaba de dolor-. Era demasiado listo, demasiado callado. Siempre fue el objetivo perfecto. A lo mejor resulta difícil de creer, pero él nunca quiso esa vida ser pandillero, meterse en las drogas.
-¿Y entonces por qué lo hizo? -le preguntó Pedro, tratando de no sonar irónico.
Paula sintió vergüenza, pero se mantuvo firme.
-Le daban unas palizas tremendas. Un día le pegaron tan fuerte que terminó en el hospital. Le dejaron muy mal. Era más fácil ceder que plantarles cara. Yo hice todo lo que pude, pero no fue bastante. Teníamos catorce años. En pocos meses estaba enganchado al alcohol. Las drogas no tardaron en llegar. Dejó el colegio. Se rindió.
-¿Y tú lo sigues defendiendo incluso ahora?
Una vez más, Pedro habló en ese tono altivo y sarcástico. Paula lo miró fijamente. ¿Cómo iba a explicarle los lazos que la unían sin remedio a su hermano? Asintió con la cabeza lentamente.
-Sí. Le defiendo. Y lo defenderé siempre. Al igual que él me defendió a mí.
Pedro frunció el ceño, impaciente.
-¿Qué quieres decir? ¿Defenderte de qué?
Paula sabía que sus palabras no iban a ninguna parte, pero ya no podía parar.
-Había una casa de acogida en la que pudimos quedarnos juntos -respiró hondo-. Había un hombre en la casa. Solía mirarme de una forma rara, y me tocaba cuando no había nadie. Al principio no fue nada serio, una palmadita en el trasero o un pellizco en el brazo. Pero una noche vino a mi habitación cuando su mujer no estaba. Se sentó en mi cama y empezó a contarme lo que quería hacer conmigo. Gonzalo estaba en la habitación contigua, con otro chico. Yo estaba sola. Tenía tanto miedo que no podía moverme ni hablar. Justo cuando el hombre estaba a punto de meterse en la cama conmigo, entró. No dijo nada. Simplemente esperó a que el hombre se levantara y se fuera. Y a partir de ese momento, hasta el día en que nos fuimos de la casa, durmió conmigo. Nunca me dejó sola, ni una vez.
Pedro contempló el rostro pálido de Paula. Sus palabras eran como bombas que detonaban en su cabeza, en su cuerpo. Quería volverse loco, tirar los muebles por la terraza, romper cosas. Quería estrecharla entre sus brazos y no dejarla marchar nunca más. Temblaba con solo pensarlo. Las emociones estaban a flor de piel, le atenazaban. Haciendo un gran esfuerzo, retrocedió. Se alejó de ella y de esos enormes ojos. Oyó las palabras, pero no fue realmente consciente de ellas.
-Esto no cambia nada. Todas las evidencias demuestran que no ha cambiado en absoluto. No pongas a prueba mi paciencia contándome esas historias.
Dió media vuelta y volvió a entrar en la suite, sintiéndose como si su cuerpo se estuviera rompiendo en mil pedazos. Paula miró a Pedro, alejándose. Se sintió rechazada, dolida. De repente entendió por qué le había contado mucho más de lo que le había contado a nadie jamás. Ni siquiera Gonzalo se había atrevido a mencionar lo que había estado a punto de ocurrir aquella noche, pero ella acababa de contárselo a Pedro como si no le costara ningún esfuerzo en absoluto. Sin embargo, sí que le costaba. porque sabía lo que subyacía a ese deseo destructivo y a esas ganas de exponerse ante él, sin importar las consecuencias. Se estaba enamorando de él.
-Espera. Quiero decirte algo.
Pedro dejó caer la mano.
-Paula, no tienes por qué contarme estas historias.
-No son historias. Y sí que necesito contártelas -dijo, sin darle tiempo a protestar-. Gonzalo, mi hermano, somos mellizos -hizo una mueca-. No somos idénticos. Claro. Yo soy la mayor por veinte minutos. Él estuvo a punto de morir. Cuando éramos pequeños, era muy enclenque y tenía unas gafas con cristales muy gruesos. Me acostumbré pronto a defenderle de los matones del colegio. Él nunca pudo hacer frente a esas cosas, pero yo sí. Nunca volvió a ser el mismo después de que nuestra madre nos abandonara. -la voz de Paula temblaba de dolor-. Era demasiado listo, demasiado callado. Siempre fue el objetivo perfecto. A lo mejor resulta difícil de creer, pero él nunca quiso esa vida ser pandillero, meterse en las drogas.
-¿Y entonces por qué lo hizo? -le preguntó Pedro, tratando de no sonar irónico.
Paula sintió vergüenza, pero se mantuvo firme.
-Le daban unas palizas tremendas. Un día le pegaron tan fuerte que terminó en el hospital. Le dejaron muy mal. Era más fácil ceder que plantarles cara. Yo hice todo lo que pude, pero no fue bastante. Teníamos catorce años. En pocos meses estaba enganchado al alcohol. Las drogas no tardaron en llegar. Dejó el colegio. Se rindió.
-¿Y tú lo sigues defendiendo incluso ahora?
Una vez más, Pedro habló en ese tono altivo y sarcástico. Paula lo miró fijamente. ¿Cómo iba a explicarle los lazos que la unían sin remedio a su hermano? Asintió con la cabeza lentamente.
-Sí. Le defiendo. Y lo defenderé siempre. Al igual que él me defendió a mí.
Pedro frunció el ceño, impaciente.
-¿Qué quieres decir? ¿Defenderte de qué?
Paula sabía que sus palabras no iban a ninguna parte, pero ya no podía parar.
-Había una casa de acogida en la que pudimos quedarnos juntos -respiró hondo-. Había un hombre en la casa. Solía mirarme de una forma rara, y me tocaba cuando no había nadie. Al principio no fue nada serio, una palmadita en el trasero o un pellizco en el brazo. Pero una noche vino a mi habitación cuando su mujer no estaba. Se sentó en mi cama y empezó a contarme lo que quería hacer conmigo. Gonzalo estaba en la habitación contigua, con otro chico. Yo estaba sola. Tenía tanto miedo que no podía moverme ni hablar. Justo cuando el hombre estaba a punto de meterse en la cama conmigo, entró. No dijo nada. Simplemente esperó a que el hombre se levantara y se fuera. Y a partir de ese momento, hasta el día en que nos fuimos de la casa, durmió conmigo. Nunca me dejó sola, ni una vez.
Pedro contempló el rostro pálido de Paula. Sus palabras eran como bombas que detonaban en su cabeza, en su cuerpo. Quería volverse loco, tirar los muebles por la terraza, romper cosas. Quería estrecharla entre sus brazos y no dejarla marchar nunca más. Temblaba con solo pensarlo. Las emociones estaban a flor de piel, le atenazaban. Haciendo un gran esfuerzo, retrocedió. Se alejó de ella y de esos enormes ojos. Oyó las palabras, pero no fue realmente consciente de ellas.
-Esto no cambia nada. Todas las evidencias demuestran que no ha cambiado en absoluto. No pongas a prueba mi paciencia contándome esas historias.
Dió media vuelta y volvió a entrar en la suite, sintiéndose como si su cuerpo se estuviera rompiendo en mil pedazos. Paula miró a Pedro, alejándose. Se sintió rechazada, dolida. De repente entendió por qué le había contado mucho más de lo que le había contado a nadie jamás. Ni siquiera Gonzalo se había atrevido a mencionar lo que había estado a punto de ocurrir aquella noche, pero ella acababa de contárselo a Pedro como si no le costara ningún esfuerzo en absoluto. Sin embargo, sí que le costaba. porque sabía lo que subyacía a ese deseo destructivo y a esas ganas de exponerse ante él, sin importar las consecuencias. Se estaba enamorando de él.
Pasión: Capítulo 35
Él echó atrás la cabeza, se detuvo. Todavía seguía dentro de ella, podía sentir su humedad en las yemas de los dedos. Con un movimiento rápido la sacó de la piscina y la sentó en el borde. Después salió del agua, la tomó en brazos y la acostó en una tumbona que estaba cerca. Le dio un beso rápido, murmuró algo y fue a la habitación un momento para buscar un preservativo. Regresó de inmediato. Paula contempló su rostro anguloso y perfecto. Los ojos le brillaban. Sujetó el sobre del preservativo entre los dientes un momento y se quitó los pantalones y los calzoncillos rápidamente. Abrió el paquete sin perder tiempo, se protegió y volvió junto a ella.
-Quiero probar tu sabor, pero esto lo necesito desesperadamente -añadió, poniéndose entre sus piernas.
-¿Qué.? Ooooh -Paula gimió al sentir cómo entraba dentro de ella.
Abandonó todo intento de hablar o pensar y enroscó las piernas alrededor de las caderas de Pedro, urgiéndole a entrar más y más adentro, hasta que ambos alcanzaron el clímax más sublime bajo un cielo encapotado y una lluvia torrencial. Se quedaron inmóviles durante un buen rato. Pedro seguía dentro de ella. Temblores sutiles la sacudían cada pocos segundos. Finalmente, empezó a moverse, apoyándose en los brazos. Se soltó de ella y se incorporó.
-Voy a darme una ducha. ¿Quieres venir conmigo?
Paula sacudió la cabeza. Necesitaba un poco de espacio.
-Creo que me quedo aquí un rato.
Él se encogió de hombros.
-Como quieras -dijo él y volvió dentro.
Paula le siguió con la mirada hasta que entró en la habitación. Miró a su alrededor. Los restos de la batalla amorosa estaban por todas partes. Era una locura, delirante. Él tenía razón. Oyó un ruido y le vió regresar. Se había puesto otra toalla alrededor de la cintura y se estaba secando el pelo con otra. Volvió a sentirse expuesta.
-¿Has disfrutado de tu ducha?
Él asintió y entonces sonrió con picardía.
-Habría sido mucho mejor si me hubieras acompañado.
Fue a sentarse junto a ella. Su aroma a limpio la envolvió como un manto. De repente se sintió sucia, recordando esa explosión de pasión que los había consumido un rato antes. Apartó la vista, nerviosa.
-Qué bien se está aquí.
-No puedes quedarte aquí toda la noche.
Ella se encogió de hombros.
-Para serte sincero, la suite, el hotel. Todo es un poco intimidante. Me da la sensación de que lo estoy ensuciando todo con mi presencia.
-Eso es una locura. ¿De qué estás hablando?
Ella lo miró de reojo y apartó la vista rápidamente.
-Es como si no debiera estar aquí. Cuando tenía nueve años, una de nuestras madres de acogida nos llevó a Gonzalo y a mí a ver un caserón antiguo - Paula sonrió-. Ella era una de las buenas. Era una mansión centenaria. Tuvimos que tomar un tren en Londres. Tenía unas habitaciones enormes. Impresionantes, llenas de antigüedades, cuadros. Un rato después de llegar, me perdí. El grupo había seguido adelante, pero no podía encontrarles. Entré en una habitación llena de muñecas de porcelana diminutas.
Paula hizo una mueca, recordando el momento.
-Evidentemente, los dueños de la casa tenían una colección. Yo estaba fascinada y me fijé en una muñeca en concreto. De repente sentí una mano sobre el hombro. Me asusté tanto que dejé caer la figurita. Había una mujer, gritando, diciendo que yo era una ladrona, que me fuera de allí -se estremeció-. Tenía tanto miedo que eché a correr y al final encontré al grupo. Pasé mucho tiempo pensando que en cualquier momento volvería a sentir esa mano sobre el hombro.
Paula sintió una vergüenza repentina. ¿Por qué le estaba contando esa historia? Pedro se limitó a mirarla. Su rostro estaba medio escondido en la penumbra. Ella se encogió de hombros nuevamente.
-Antes, cuando entramos, y también durante el evento, me sentí como si esa mano pudiera aterrizar sobre mi hombro en cualquier momento. Me sentí como si cualquiera estuviera a punto de preguntarme cómo había entrado.
-Tienes el mismo derecho que cualquier otro a estar en estos sitios.
Paula sonrió a medias.
-Bueno, en realidad no. Pero te agradezco que me digas eso.
-Quiero probar tu sabor, pero esto lo necesito desesperadamente -añadió, poniéndose entre sus piernas.
-¿Qué.? Ooooh -Paula gimió al sentir cómo entraba dentro de ella.
Abandonó todo intento de hablar o pensar y enroscó las piernas alrededor de las caderas de Pedro, urgiéndole a entrar más y más adentro, hasta que ambos alcanzaron el clímax más sublime bajo un cielo encapotado y una lluvia torrencial. Se quedaron inmóviles durante un buen rato. Pedro seguía dentro de ella. Temblores sutiles la sacudían cada pocos segundos. Finalmente, empezó a moverse, apoyándose en los brazos. Se soltó de ella y se incorporó.
-Voy a darme una ducha. ¿Quieres venir conmigo?
Paula sacudió la cabeza. Necesitaba un poco de espacio.
-Creo que me quedo aquí un rato.
Él se encogió de hombros.
-Como quieras -dijo él y volvió dentro.
Paula le siguió con la mirada hasta que entró en la habitación. Miró a su alrededor. Los restos de la batalla amorosa estaban por todas partes. Era una locura, delirante. Él tenía razón. Oyó un ruido y le vió regresar. Se había puesto otra toalla alrededor de la cintura y se estaba secando el pelo con otra. Volvió a sentirse expuesta.
-¿Has disfrutado de tu ducha?
Él asintió y entonces sonrió con picardía.
-Habría sido mucho mejor si me hubieras acompañado.
Fue a sentarse junto a ella. Su aroma a limpio la envolvió como un manto. De repente se sintió sucia, recordando esa explosión de pasión que los había consumido un rato antes. Apartó la vista, nerviosa.
-Qué bien se está aquí.
-No puedes quedarte aquí toda la noche.
Ella se encogió de hombros.
-Para serte sincero, la suite, el hotel. Todo es un poco intimidante. Me da la sensación de que lo estoy ensuciando todo con mi presencia.
-Eso es una locura. ¿De qué estás hablando?
Ella lo miró de reojo y apartó la vista rápidamente.
-Es como si no debiera estar aquí. Cuando tenía nueve años, una de nuestras madres de acogida nos llevó a Gonzalo y a mí a ver un caserón antiguo - Paula sonrió-. Ella era una de las buenas. Era una mansión centenaria. Tuvimos que tomar un tren en Londres. Tenía unas habitaciones enormes. Impresionantes, llenas de antigüedades, cuadros. Un rato después de llegar, me perdí. El grupo había seguido adelante, pero no podía encontrarles. Entré en una habitación llena de muñecas de porcelana diminutas.
Paula hizo una mueca, recordando el momento.
-Evidentemente, los dueños de la casa tenían una colección. Yo estaba fascinada y me fijé en una muñeca en concreto. De repente sentí una mano sobre el hombro. Me asusté tanto que dejé caer la figurita. Había una mujer, gritando, diciendo que yo era una ladrona, que me fuera de allí -se estremeció-. Tenía tanto miedo que eché a correr y al final encontré al grupo. Pasé mucho tiempo pensando que en cualquier momento volvería a sentir esa mano sobre el hombro.
Paula sintió una vergüenza repentina. ¿Por qué le estaba contando esa historia? Pedro se limitó a mirarla. Su rostro estaba medio escondido en la penumbra. Ella se encogió de hombros nuevamente.
-Antes, cuando entramos, y también durante el evento, me sentí como si esa mano pudiera aterrizar sobre mi hombro en cualquier momento. Me sentí como si cualquiera estuviera a punto de preguntarme cómo había entrado.
-Tienes el mismo derecho que cualquier otro a estar en estos sitios.
Paula sonrió a medias.
-Bueno, en realidad no. Pero te agradezco que me digas eso.
Pasión: Capítulo 34
El aire se quedó estático un instante. Se oyó otro trueno.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó él con sumo cuidado, sin mirarla.
Paula se encogió de hombros y se volvió hacia la piscina nuevamente. Bajó la vista.
-No sé. Yo solo. Quiero que sepas que nunca he sentido algo así.
Le sintió volverse hacia ella y levantó la vista. Parecía molesto.
-¿Crees que esto es normal para mí? ¿Este deseo delirante?
Paula sintió una punzada de dolor.
-No creo que sea delirante. Es solo que parece que no somos capaces de controlarlo del todo.
-Eso sí lo has entendido bien -le dijo él, pensativo. Apartó la mirada.
De repente fue como si dos piezas encajaran de pronto, y Paula sintió que acababa de toparse con una parte fundamental de Pedro Alfonso. Podía sentir el desenfreno que él se empeñaba en negar; podía sentir lo mucho que odiaba no ser capaz de controlarlo todo. Ella también sentía esa preocupación, pero él estaba realmente furioso consigo mismo por ello. Solo tenía que recordar la fría belleza de Micaela Winthrop para saber a quién preferiría al final. Ella solo era un capricho con el que estaba dando rienda suelta a su lado más salvaje y oscuro. Volvió a mirar la calmada superficie del agua, sintiendo la tensión de Rocco a su lado. Se apartó del borde de la piscina.
-Paula. -dijo Pedro, vacilante.
Ella echó a correr y se tiró al agua, cortándola como una sirena y zambulléndose de golpe. Su vestido de fiesta emitía un millar de reflejos multicolores que se amplificaban bajo la superficie del agua, deslizándose hacia el otro extremo de la piscina.
Pedro se quedó mirando a Paula, sorprendido. La rabia que sentía se desvaneció. Algo distinto crecía en su interior. Era un sentimiento de euforia; la clase de euforia que solamente había sentido una vez en el pasado cuando había visto la cara de horror de su padre al enterarse de que su hijo bastardo le había superado en riqueza. Ella emergió, al otro lado de la piscina. Su vestido era una cascada de colores resplandecientes a su alrededor. Parecía una ninfa, libre, salvaje. Él sintió las primeras gotas de lluvia sobre la cara al tiempo que se quitaba los zapatos y los calcetines. Se sumergió con destreza y cruzó la piscina en la mitad de tiempo que Paula. Le agarró las piernas por debajo del agua y tiró de ella. Le dió un beso. Cuando emergieron juntos unos segundos más tarde, Paula se apartó de inmediato y respiró profundamente. La lluvia era torrencial. Echó la cabeza atrás y se echó a reír. Tenía los brazos alrededor del cuello de Pedro, y él la sujetaba de la cintura. Lo miró.
-¡La lluvia es caliente!
-¿Por qué no crees nada de lo que digo? -dijo Pedro y la besó de nuevo.
La acorraló contra el borde de la piscina y empezó a quitarle el vestido. Paula temblaba de expectación. Aunque la lluvia estuviera a la misma temperatura que el agua, la piel se le puso de gallina. Le bajó el vestido por los brazos, hasta la cintura, descubriéndole los pechos, los pezones duros. Se inclinó sobre ella para besarlos. Reparó en su espalda. Tenía la camisa empapada y se le pegaba a la piel, transparentándose. Su piel bronceada resplandecía. Él la besaba sin tregua. Se inclinó contra el borde de la piscina. La lluvia caía sobre su rostro, acariciándola. La sensualidad del momento era embriagadora. El ruido de la populosa ciudad les llegaba desde las calles, abajo, muy lejos. Apoyó los brazos sobre el borde y se arqueó hacia Pedro aún más. Sintió cómo le quitaba el vestido por las caderas. Podía verlo alejarse sobre el fondo de la piscina, como un charco de colores brillantes. Las manos de Pedro fueron a parar a sus braguitas a continuación. Empezó a presionarle el clítoris y entonces introdujo un dedo entre sus labios más íntimos. Se apretó contra él. Le abrió la camisa de cuajo. Él la ayudó a quitársela y entonces le bajó las braguitas. Ella ya estaba completamente desnuda, pero Pedro todavía llevaba sus pantalones. Metió una mano entre sus piernas y empezó a besarle el pecho. Una lluvia cálida caía sobre ellos. Llovía sobre mojado.
-Pedro -dijo ella de repente, cuando él metió dos dedos dentro de ella, masajeándola adelante y atrás-. Necesito más. Te necesito a tí.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó él con sumo cuidado, sin mirarla.
Paula se encogió de hombros y se volvió hacia la piscina nuevamente. Bajó la vista.
-No sé. Yo solo. Quiero que sepas que nunca he sentido algo así.
Le sintió volverse hacia ella y levantó la vista. Parecía molesto.
-¿Crees que esto es normal para mí? ¿Este deseo delirante?
Paula sintió una punzada de dolor.
-No creo que sea delirante. Es solo que parece que no somos capaces de controlarlo del todo.
-Eso sí lo has entendido bien -le dijo él, pensativo. Apartó la mirada.
De repente fue como si dos piezas encajaran de pronto, y Paula sintió que acababa de toparse con una parte fundamental de Pedro Alfonso. Podía sentir el desenfreno que él se empeñaba en negar; podía sentir lo mucho que odiaba no ser capaz de controlarlo todo. Ella también sentía esa preocupación, pero él estaba realmente furioso consigo mismo por ello. Solo tenía que recordar la fría belleza de Micaela Winthrop para saber a quién preferiría al final. Ella solo era un capricho con el que estaba dando rienda suelta a su lado más salvaje y oscuro. Volvió a mirar la calmada superficie del agua, sintiendo la tensión de Rocco a su lado. Se apartó del borde de la piscina.
-Paula. -dijo Pedro, vacilante.
Ella echó a correr y se tiró al agua, cortándola como una sirena y zambulléndose de golpe. Su vestido de fiesta emitía un millar de reflejos multicolores que se amplificaban bajo la superficie del agua, deslizándose hacia el otro extremo de la piscina.
Pedro se quedó mirando a Paula, sorprendido. La rabia que sentía se desvaneció. Algo distinto crecía en su interior. Era un sentimiento de euforia; la clase de euforia que solamente había sentido una vez en el pasado cuando había visto la cara de horror de su padre al enterarse de que su hijo bastardo le había superado en riqueza. Ella emergió, al otro lado de la piscina. Su vestido era una cascada de colores resplandecientes a su alrededor. Parecía una ninfa, libre, salvaje. Él sintió las primeras gotas de lluvia sobre la cara al tiempo que se quitaba los zapatos y los calcetines. Se sumergió con destreza y cruzó la piscina en la mitad de tiempo que Paula. Le agarró las piernas por debajo del agua y tiró de ella. Le dió un beso. Cuando emergieron juntos unos segundos más tarde, Paula se apartó de inmediato y respiró profundamente. La lluvia era torrencial. Echó la cabeza atrás y se echó a reír. Tenía los brazos alrededor del cuello de Pedro, y él la sujetaba de la cintura. Lo miró.
-¡La lluvia es caliente!
-¿Por qué no crees nada de lo que digo? -dijo Pedro y la besó de nuevo.
La acorraló contra el borde de la piscina y empezó a quitarle el vestido. Paula temblaba de expectación. Aunque la lluvia estuviera a la misma temperatura que el agua, la piel se le puso de gallina. Le bajó el vestido por los brazos, hasta la cintura, descubriéndole los pechos, los pezones duros. Se inclinó sobre ella para besarlos. Reparó en su espalda. Tenía la camisa empapada y se le pegaba a la piel, transparentándose. Su piel bronceada resplandecía. Él la besaba sin tregua. Se inclinó contra el borde de la piscina. La lluvia caía sobre su rostro, acariciándola. La sensualidad del momento era embriagadora. El ruido de la populosa ciudad les llegaba desde las calles, abajo, muy lejos. Apoyó los brazos sobre el borde y se arqueó hacia Pedro aún más. Sintió cómo le quitaba el vestido por las caderas. Podía verlo alejarse sobre el fondo de la piscina, como un charco de colores brillantes. Las manos de Pedro fueron a parar a sus braguitas a continuación. Empezó a presionarle el clítoris y entonces introdujo un dedo entre sus labios más íntimos. Se apretó contra él. Le abrió la camisa de cuajo. Él la ayudó a quitársela y entonces le bajó las braguitas. Ella ya estaba completamente desnuda, pero Pedro todavía llevaba sus pantalones. Metió una mano entre sus piernas y empezó a besarle el pecho. Una lluvia cálida caía sobre ellos. Llovía sobre mojado.
-Pedro -dijo ella de repente, cuando él metió dos dedos dentro de ella, masajeándola adelante y atrás-. Necesito más. Te necesito a tí.
Pasión: Capítulo 33
Ella levantó la mirada, miró sus labios, sus ojos negros, que la atravesaban con una expresión intensa.
-No me mires así.
-¿O qué? -le preguntó ella, sintiendo una repentina y extraña confianza en sí misma.
-O te saco de aquí ahora mismo y hago algo al respecto.
Paula levantó la mirada, sintiéndose atrevida.
-Yo no voy a detenerte.
Pedro la tomó de la mano y se la llevó a través de la multitud. Unos minutos más tarde, estaban en la parte de atrás del coche, con la persiana cerrada. Paula se entregó a los brazos de él, buscando sus labios con desesperación. Un rato más tarde, cuando entraron en el ascensor, de vuelta al hotel, vió la cara de ella reflejada en la superficie de acero. Estaba roja, avergonzada. Le había hecho detenerse un instante al bajar del vehículo.
-Lo van a saber. -le había dicho en un susurro.
Tenía el pelo suelto y alborotado, los labios hinchados; sujetaba su mano con fuerza. Casi había sentido ganas de meterla de nuevo en el coche y de hacerle el amor otra vez. De repente sintió preocupación por ella. Algo poco habitual en él. ¿Qué le estaba pasando? Él no le hacía el amor a mujeres en la parte de atrás de un coche, ni tampoco se iba de un evento antes de tiempo por ir detrás de una mujer. Cuando llegaron a la suite Paula se soltó y fue a quitarse el collar automáticamente.
-¿Qué haces?
-Quiero quitármelo.
Pedro sintió una presión en el pecho. A lo mejor él no era el único al que le temblaba la tierra bajo los pies. Dió un paso adelante, le quitó el collar, y ella le entregó los pendientes.
-Deberíamos meterlos en la caja fuerte o algo -le dijo, mirando a su alrededor, todavía evitando su mirada.
Pedro suspiró con impaciencia, pero buscó la caja y puso las joyas dentro. Al volver al salón se quitó la pajarita y la chaqueta. Paula había desaparecido, pero las puertas correderas estaban abiertas. Salió. Ella estaba parada al borde de la piscina, descalza. Su vestido brillaba contra el cielo nocturno, su piel resplandecía como el nácar. Él sintió que caía, caía.
Paula oyó los pasos de Pedro a sus espaldas. Y por fin sintió algo de control. Mientras caminaban por el vestíbulo del hotel, se había sentido como si todo el mundo pudiera ver la vergüenza reflejada en su rostro. ¿Cómo se había convertido en esa mujer atrevida que había seducido a Pedro y le había convencido para hacer el amor en un coche? Él estaba a su lado. Le miró de lado, sintiéndose repentinamente tímida.
Él estaba contemplando el agua. Ella se preguntó si él también se sentía desbordado por esaintensidad de sentimiento. No, no podía ser. Pedro Alfonso no se sentía abrumado por nada. Habló para romper el tenso silencio.
-El aire parece muy denso, húmedo.
Pedro levantó la vista hacia el cielo.
-Se avecina tormenta. La lluvia va a empezar a caer en cualquier momento.
Paula levantó la vista y vió nubes que amenazaban con descargar un aluvión de agua. A lo lejos se oían truenos.
-¿De verdad es cálida la lluvia cuando cae?
-Sí.
Paula respiró hondo y se volvió hacia él.
-¿Qué pasó? Cuando estábamos en la fiesta, en el coche. Me asusta un poco. La forma en la que perdemos el control.
-No me mires así.
-¿O qué? -le preguntó ella, sintiendo una repentina y extraña confianza en sí misma.
-O te saco de aquí ahora mismo y hago algo al respecto.
Paula levantó la mirada, sintiéndose atrevida.
-Yo no voy a detenerte.
Pedro la tomó de la mano y se la llevó a través de la multitud. Unos minutos más tarde, estaban en la parte de atrás del coche, con la persiana cerrada. Paula se entregó a los brazos de él, buscando sus labios con desesperación. Un rato más tarde, cuando entraron en el ascensor, de vuelta al hotel, vió la cara de ella reflejada en la superficie de acero. Estaba roja, avergonzada. Le había hecho detenerse un instante al bajar del vehículo.
-Lo van a saber. -le había dicho en un susurro.
Tenía el pelo suelto y alborotado, los labios hinchados; sujetaba su mano con fuerza. Casi había sentido ganas de meterla de nuevo en el coche y de hacerle el amor otra vez. De repente sintió preocupación por ella. Algo poco habitual en él. ¿Qué le estaba pasando? Él no le hacía el amor a mujeres en la parte de atrás de un coche, ni tampoco se iba de un evento antes de tiempo por ir detrás de una mujer. Cuando llegaron a la suite Paula se soltó y fue a quitarse el collar automáticamente.
-¿Qué haces?
-Quiero quitármelo.
Pedro sintió una presión en el pecho. A lo mejor él no era el único al que le temblaba la tierra bajo los pies. Dió un paso adelante, le quitó el collar, y ella le entregó los pendientes.
-Deberíamos meterlos en la caja fuerte o algo -le dijo, mirando a su alrededor, todavía evitando su mirada.
Pedro suspiró con impaciencia, pero buscó la caja y puso las joyas dentro. Al volver al salón se quitó la pajarita y la chaqueta. Paula había desaparecido, pero las puertas correderas estaban abiertas. Salió. Ella estaba parada al borde de la piscina, descalza. Su vestido brillaba contra el cielo nocturno, su piel resplandecía como el nácar. Él sintió que caía, caía.
Paula oyó los pasos de Pedro a sus espaldas. Y por fin sintió algo de control. Mientras caminaban por el vestíbulo del hotel, se había sentido como si todo el mundo pudiera ver la vergüenza reflejada en su rostro. ¿Cómo se había convertido en esa mujer atrevida que había seducido a Pedro y le había convencido para hacer el amor en un coche? Él estaba a su lado. Le miró de lado, sintiéndose repentinamente tímida.
Él estaba contemplando el agua. Ella se preguntó si él también se sentía desbordado por esaintensidad de sentimiento. No, no podía ser. Pedro Alfonso no se sentía abrumado por nada. Habló para romper el tenso silencio.
-El aire parece muy denso, húmedo.
Pedro levantó la vista hacia el cielo.
-Se avecina tormenta. La lluvia va a empezar a caer en cualquier momento.
Paula levantó la vista y vió nubes que amenazaban con descargar un aluvión de agua. A lo lejos se oían truenos.
-¿De verdad es cálida la lluvia cuando cae?
-Sí.
Paula respiró hondo y se volvió hacia él.
-¿Qué pasó? Cuando estábamos en la fiesta, en el coche. Me asusta un poco. La forma en la que perdemos el control.
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