-Me encanta este calor. Es como seguir en una ducha caliente después de cerrar el grifo. Y los olores son tan exóticos.
Pedro trató de no fijarse en cómo la seda de la camisa, húmeda, se le pegaba a los pechos, definiendo su firme silueta, los pezones duros. Apretando la mandíbula, la agarró del brazo y la condujo al hotel más exclusivo de Bangkok, uno perteneciente a la prestigiosa cadena de hoteles Wolfe. Además, él conocía al dueño, Sebastián Wolfe, personalmente. Al entrar en la habitación, Paula miró a su alrededor, extasiada, sin palabras. Tocó los respaldos de las sillas, deslizó las yemas de los dedos sobre la superficie reluciente de las mesas. Abrió las puertas correderas y salió a la enorme terraza, que daba al río Chao Praya. Puso en el suelo el maletín del portátil y fue hacia ella. El mánager del hotel se había marchado ya, después de decirle que no dudara en llamarlo en cualquier momento del día en caso de necesitar algo. Sonrió. Sin duda, Sebastián debía de haberle dicho que le cuidara muy bien. El dueño de los hoteles Wolfe se había casado recientemente con una india preciosa, y acababan de tener a su primer hijo. Sebastián le había mandado una foto de los tres juntos. Una imagen de familia feliz que él no podía soportar. Ahuyentó esos pensamientos y frunció el ceño. ¿Dónde estaba Paula? De repente ella apareció por una esquina, donde un enorme bambú se mecía al viento.
-¡Hay piscina! Nuestra piscina privada.
Él sonrió y metió las manos en los bolsillos. No creía que fuera a ser capaz de tener las manos quietas, sin tocarla.
-Lo sé.
-Oh, claro. Habrás estado aquí muchas veces.
Pedro se dejó llevar y fue hacia ella. La rodeó con el brazo, la atrajo hacia sí y la hizo levantar la barbilla.
-No muchas. Pero sí unas cuantas. ¿Te gusta?
Paula sonrió. Parecía avergonzada.
-¿Que si me gusta? ¿Estás de broma? Este lugar es como un paraíso. Nunca he visto nada parecido. La ciudad es extraordinaria, impresionante. Y este hotel es otro mundo.
Pedro la atrajo hacia sí y habló sin pensar.
-Tú sí que eres extraordinaria.
Paula se sonrojó. Escondió el rostro contra su pecho.
-No. No lo soy -levantó la vista-. Soy de lo más corriente, pero creo que eso es una novedad para tí.
El corazón de Pedro se encogió. Si ella hubiera sabido. Tomó una de sus manos y le dió un beso. Las palmas de sus manos habían empezado a suavizarse.
-Tengo que ver a unos clientes. ¿Por qué no te echas una siesta y te pones cómoda? No creo que vayas a tener mucho jet lag porque dormimos en el avión. Esta noche vamos a un evento, y mañana voy a tener reuniones todo el día.
Paula asintió con la cabeza. Sabía que aquello le quedaba demasiado grande en muchos sentidos. Las palabras de Rocco retumbaron en su cabeza, especialmente una. Evento. Se mordió el labio.
-Lo de esta noche. ¿Es algo muy importante?
Pedro asintió, con un gesto serio en el rostro.
-Mucho. Y habrá un enorme bufé, así que será mejor que traigas una maleta para alimentar a tus vecinos necesitados.
Paula tardó un segundo en darse cuenta de que se estaba riendo de ella.
-Bueno, ahora en serio, solo he estado en ese evento en Londres, así que. ¿Qué hago si la gente me habla?
-Pues les contestas -Pedro esbozó una sonrisa seca-. Aquella noche no tuviste ningún problema en hablar conmigo. Simplemente no des por sentado que todo el mundo es de seguridad -le dijo y se alejó.
De repente Paula se sintió tremendamente ridícula.
-Te veo dentro de unas horas -añadió él, volviendo la cabeza justo antes de salir.
Esa noche Paula se miró por última vez. Pedro la esperaba fuera, en uno de los salones de la suite. Cada uno tenía su propio cuarto de baño y vestidor. Todavía no daba crédito ante tanta opulencia. Todo era de maderas nobles. La iluminación sutil y exquisita. Sábanas de seda. En la suite el aire acondicionado estaba bastante alto y al salir fuera la sensación era como entrar en un horno caliente. Respiró hondo. El vestido que llevaba resplandecía en diversos tonos de rojo y naranja. Se miró las sandalias, también rojas, dió media vuelta y agarró su bolsito de fiesta, de color dorado. Caminando despacio, salió al pasillo. Él la esperaba junto a las puertas correderas. Tenía las manos en los bolsillos y su espalda parecía más ancha que nunca con aquel traje negro. Durante una fracción de segundo, sintió ganas de salir corriendo. Pero en ese preciso momento, él se dió la vuelta. Debía de haberla oído. La miró de arriba abajo.
jueves, 30 de abril de 2020
Pasión: Capítulo 30
-¿Para quién es la ropa? -preguntó Paula cuando salió del cuarto de baño por segunda vez, envuelta en una toalla.
El sol estaba en lo más alto y se veía tierra debajo. Sintió un cosquilleo de emoción. Pedro debía de haberse duchado en otro cuarto de baño, ya que estaba abrochándose una camisa limpia, con el pelo mojado. De pronto la miró.
-Son para tí.
Paula se puso tensa.
-Pero yo tengo ropa.
-Necesitas ropa apropiada para ese clima. No tienes ni idea del calor que va a hacer. Además, tengo que asistir a unos cuantos eventos en Bangkok y en Nueva York, así que vas a necesitar ropa apropiada.
Paula se mordió el labio y miró las bolsas con ojos serios.
-Me parece raro. No quiero que me vistas.
-No es para tanto -le dijo él con impaciencia-. Por suerte me dí cuenta a tiempo.
Paula sintió un latigazo de fuego que le corría por la espalda. Se puso las manos en las caderas.
-¿Oh?¿Tienes miedo de que te ponga en ridículo en público? A lo mejor no deberías haberte dado tanta prisa echando a tu novia la otra noche. A ella no tendrías que vestirla.
Paula sabía que se había puesto pedante, pero no podía parar. La diferencia con las mujeres que solían rodear a Pedro era tan grande en ese momento. Claramente no estaba a la altura.
-¿Necesitas que te recuerde que el uniforme que me hiciste poner el otro día me quedaba pequeño? Pero si no te importa que me pasee por ahí con...
-¡Basta!
Paula cerró la boca. Pedro se acercó. Ella tragó en seco.
-Te lo digo una vez más, ella no era mi novia. Y la empresa que me envió el uniforme se equivocó de talla. Creo que estos vestidos te quedarán muy bien, y si no te los pones, te los pondré yo mismo.
Paula levantó la barbilla.
-No me das miedo, ¿Sabes?
Pedro tardó un poco en reaccionar, pero cuando lo hizo, se echó a reír a carcajadas. Volvió a mirarla. Sus ojos resplandecían, le cortaban la respiración.
-Lo sé. Créeme. Eres la única.
Un rato más tarde, vestida con las prendas exquisitas que Pedro le había comprado, Paula estaba sentada de vuelta en su asiento, con el cinturón abrochado. El avión había iniciado el descenso a través de unos negros nubarrones, rumbo al aeropuerto de Bangkok. De repente el aparato cayó un poco y se aferró al asiento, mirando a él con cara de pánico.
-¿Qué ha sido eso?
-Turbulencias. Aquí están en la época de lluvias, así que va a haber tormentas. Pero la lluvia es cálida.
-¿Cálida?
Pedro extendió la mano.
-Ven aquí.
Ella se levantó de su asiento, más nerviosa de lo que quería admitir. Él se cambió de asiento para que ella se pudiera sentar a su lado, junto a la ventana.
-Pero no vas a ver nada -le dijo Paula.
-Ya lo he visto antes -le dijo él, mirándola con ojos risueños-. Es tu primera vez.
Paula miró por la ventana por fin. Acababan de atravesar las nubes y el paisaje más hermoso se extendía ante ellos.
-Es tan verde. ¡Nunca pensé que pudiera ser tan verde!
Pedro la rodeaba con los brazos.
-Es una mezcla de jungla y de arrozales. Es un país exuberante, sobre todo en la estación de lluvias.
Paula sacudió la cabeza, maravillada, disfrutando de las vistas. Podía ver un templo en medio de un campo, y personas diminutas que caminaban a su alrededor.
-Es precioso.
-Pero todavía no has visto nada. No lo has visto bien.
-¿Habrá tiempo para...? Quiero decir. ¿Podremos ver algo?
Pedro sintió esa presión en el pecho que lo atenazaba cada vez que miraba esos ojos con reflejos dorados. Asintió.
-Claro. Podemos ir al Grand Palace, y ver muchas otras cosas más.
Sin saber muy bien lo que hacía, Paula le dió un beso en la boca y entonces se apartó rápidamente antes de que él pudiera ver el golpe de emoción reflejado en su rostro. Cuando llegaron al hotel salió del coche sin esperar a que el conductor le abriera la puerta. Se volvió hacia Pedro con una sonrisa en los labios.
El sol estaba en lo más alto y se veía tierra debajo. Sintió un cosquilleo de emoción. Pedro debía de haberse duchado en otro cuarto de baño, ya que estaba abrochándose una camisa limpia, con el pelo mojado. De pronto la miró.
-Son para tí.
Paula se puso tensa.
-Pero yo tengo ropa.
-Necesitas ropa apropiada para ese clima. No tienes ni idea del calor que va a hacer. Además, tengo que asistir a unos cuantos eventos en Bangkok y en Nueva York, así que vas a necesitar ropa apropiada.
Paula se mordió el labio y miró las bolsas con ojos serios.
-Me parece raro. No quiero que me vistas.
-No es para tanto -le dijo él con impaciencia-. Por suerte me dí cuenta a tiempo.
Paula sintió un latigazo de fuego que le corría por la espalda. Se puso las manos en las caderas.
-¿Oh?¿Tienes miedo de que te ponga en ridículo en público? A lo mejor no deberías haberte dado tanta prisa echando a tu novia la otra noche. A ella no tendrías que vestirla.
Paula sabía que se había puesto pedante, pero no podía parar. La diferencia con las mujeres que solían rodear a Pedro era tan grande en ese momento. Claramente no estaba a la altura.
-¿Necesitas que te recuerde que el uniforme que me hiciste poner el otro día me quedaba pequeño? Pero si no te importa que me pasee por ahí con...
-¡Basta!
Paula cerró la boca. Pedro se acercó. Ella tragó en seco.
-Te lo digo una vez más, ella no era mi novia. Y la empresa que me envió el uniforme se equivocó de talla. Creo que estos vestidos te quedarán muy bien, y si no te los pones, te los pondré yo mismo.
Paula levantó la barbilla.
-No me das miedo, ¿Sabes?
Pedro tardó un poco en reaccionar, pero cuando lo hizo, se echó a reír a carcajadas. Volvió a mirarla. Sus ojos resplandecían, le cortaban la respiración.
-Lo sé. Créeme. Eres la única.
Un rato más tarde, vestida con las prendas exquisitas que Pedro le había comprado, Paula estaba sentada de vuelta en su asiento, con el cinturón abrochado. El avión había iniciado el descenso a través de unos negros nubarrones, rumbo al aeropuerto de Bangkok. De repente el aparato cayó un poco y se aferró al asiento, mirando a él con cara de pánico.
-¿Qué ha sido eso?
-Turbulencias. Aquí están en la época de lluvias, así que va a haber tormentas. Pero la lluvia es cálida.
-¿Cálida?
Pedro extendió la mano.
-Ven aquí.
Ella se levantó de su asiento, más nerviosa de lo que quería admitir. Él se cambió de asiento para que ella se pudiera sentar a su lado, junto a la ventana.
-Pero no vas a ver nada -le dijo Paula.
-Ya lo he visto antes -le dijo él, mirándola con ojos risueños-. Es tu primera vez.
Paula miró por la ventana por fin. Acababan de atravesar las nubes y el paisaje más hermoso se extendía ante ellos.
-Es tan verde. ¡Nunca pensé que pudiera ser tan verde!
Pedro la rodeaba con los brazos.
-Es una mezcla de jungla y de arrozales. Es un país exuberante, sobre todo en la estación de lluvias.
Paula sacudió la cabeza, maravillada, disfrutando de las vistas. Podía ver un templo en medio de un campo, y personas diminutas que caminaban a su alrededor.
-Es precioso.
-Pero todavía no has visto nada. No lo has visto bien.
-¿Habrá tiempo para...? Quiero decir. ¿Podremos ver algo?
Pedro sintió esa presión en el pecho que lo atenazaba cada vez que miraba esos ojos con reflejos dorados. Asintió.
-Claro. Podemos ir al Grand Palace, y ver muchas otras cosas más.
Sin saber muy bien lo que hacía, Paula le dió un beso en la boca y entonces se apartó rápidamente antes de que él pudiera ver el golpe de emoción reflejado en su rostro. Cuando llegaron al hotel salió del coche sin esperar a que el conductor le abriera la puerta. Se volvió hacia Pedro con una sonrisa en los labios.
Pasión: Capítulo 29
Él se puso en pie en ese momento. La tomó en brazos. Ella volvió a gritar.
-¿Adónde vamos? -le preguntó ella, de camino al dormitorio.
-A tener sexo en el aire -le dijo él con chulería.
-Pedro . No podemos.
La puerta se cerró. Pedro la puso sobre la cama, le sujetó las mejillas con ambas manos y la besó hasta hacerla perder el sentido común.
Una hora más tarde, Paula estaba acostada sobre Pedro, las piernas a ambos lados de su cadera. Su respiración todavía era errática. Sus corazones latían desbocados. Tenía la mano sobre su hombro. Al bajarla sintió una arruga en la piel. Levantó la cabeza para mirar y se encontró con una especie de cicatriz. La tocó con la yema del dedo.
-¿Qué es?
-Me caí de la bici cuando era niño.
Paula le miró con ojos de sospecha. Él todavía tenía los ojos cerrados, pero ella sabía que le estaba mintiendo. ¿Por qué?
-Cuando me desperté estábamos sobrevolando las montañas nevadas. ¿Dónde era?
-Probablemente fuera el Himalaya.
-Vaya -dijo Paula, respirando profundamente. No puedo creer que haya pasado por encima del Everest.
-A lo mejor -Pedro se encogió de hombros. Abrió sus ojos adormilados.
Paula se tumbó a su lado y lo miró.
-No tienes ni idea de lo afortunado que eres, ¿Verdad? ¿Es tan fácil darlo todo por sentado?
Se levantó de la cama, consciente de su desnudez. Buscó su ropa con la mirada. De repente él la agarró de la muñeca y la hizo tumbarse de nuevo. Su mirada era hermética.
-No lo doy por sentado. Nunca.
De pronto Paula recordó aquella noche de locura en la cocina, cuando él le había dicho que sabía lo que era ser un don nadie.
-Es que. No me parece que sea así. Tienes lo mejor. Esperas lo mejor y solo lo mejor.
-Porque puedo. Porque me lo he ganado. ¿Y a tí qué más te da?
Paula lo miró fijamente y trató de descifrar la expresión de su rostro. Era tan hermético. Pero ella sabía que había algo más debajo de esa gruesa capa de superficialidad, debajo de ese deseo voraz de éxito. Se hizo un silencio largo, enigmático. Contuvo el aliento. Durante unos segundos estuvo segura de que Pedro iba a decir algo, pero entonces él deslizó una mano por detrás de su cuello y la atrajo hacia sí. Le dio un beso en la boca. Después de unos segundos embriagadores, sintió que volvía a caer en un frenesí extático. Era como estar al borde de un enorme abismo, sin nada a lo que aferrarse. Tenía miedo de que Pedro pudiera ver cuánto poder tenía sobre ella. Retrocedió y él sonrió. Con la mano dibujaba círculos sobre su espalda. Estaba obrando su magia, y ella le odiaba porque funcionaba. Claramente él estaba evitando cualquier pregunta comprometedora. Se apartó con decisión.
-Voy a darme una ducha.
Se puso en pie y fue hacia el cuarto de baño, consciente en todo momento de los ojos de Pedro sobre su espalda, quemándole la piel.
En cuanto Paula desapareció, la sonrisa se borró del rostro de Pedro. Volvió a acostarse en la cama. Todo su cuerpo estaba tenso, sus puños estaban cerrados. Se maldijo una y otra vez. Sabía cómo poner el dedo en la llaga, y él no podía evitar arremeter contra ella. Había estado a punto de quitarle la mano cuando le había tocado ese viejo tatuaje. Era como si ella pudiera ver dentro de él, como si pudiera ver a través de su falsedad. Masculló un juramento. Él no se encaprichaba así de una mujer. La primera lección la había aprendido de su madre, que siempre había puesto por delante de su propio hijo al benefactor o al chulo de turno. Después, durante la adolescencia, había aprendido que las chicas siempre se iban con los chicos que tenían las pistolas más grandes, lo más malos de todos. Y por último, sus dos hermanas habían pasado por delante en la calle sin siquiera dedicarle una mirada al joven que llamaba a su padre. Este, por su parte, le había escupido y le había tirado al suelo de un empujón. Todo eso había quedado atrás tras su salida de Italia, pero Paula, con sus ojos serios e inocentes, y el instinto protector hacia su hermano, estaba abriendo grietas en ese muro de contención que le separaba de su pasado. Estaba desenterrando una parte de su historia a la que no quería volver. Sabía que no podía confiar en las lágrimas de una mujer, ni en una historia cualquiera sobre un sueño de la infancia. Y sin embargo, por primera vez en su vida, quería creer. Aunque solo fuera por un momento.
-¿Adónde vamos? -le preguntó ella, de camino al dormitorio.
-A tener sexo en el aire -le dijo él con chulería.
-Pedro . No podemos.
La puerta se cerró. Pedro la puso sobre la cama, le sujetó las mejillas con ambas manos y la besó hasta hacerla perder el sentido común.
Una hora más tarde, Paula estaba acostada sobre Pedro, las piernas a ambos lados de su cadera. Su respiración todavía era errática. Sus corazones latían desbocados. Tenía la mano sobre su hombro. Al bajarla sintió una arruga en la piel. Levantó la cabeza para mirar y se encontró con una especie de cicatriz. La tocó con la yema del dedo.
-¿Qué es?
-Me caí de la bici cuando era niño.
Paula le miró con ojos de sospecha. Él todavía tenía los ojos cerrados, pero ella sabía que le estaba mintiendo. ¿Por qué?
-Cuando me desperté estábamos sobrevolando las montañas nevadas. ¿Dónde era?
-Probablemente fuera el Himalaya.
-Vaya -dijo Paula, respirando profundamente. No puedo creer que haya pasado por encima del Everest.
-A lo mejor -Pedro se encogió de hombros. Abrió sus ojos adormilados.
Paula se tumbó a su lado y lo miró.
-No tienes ni idea de lo afortunado que eres, ¿Verdad? ¿Es tan fácil darlo todo por sentado?
Se levantó de la cama, consciente de su desnudez. Buscó su ropa con la mirada. De repente él la agarró de la muñeca y la hizo tumbarse de nuevo. Su mirada era hermética.
-No lo doy por sentado. Nunca.
De pronto Paula recordó aquella noche de locura en la cocina, cuando él le había dicho que sabía lo que era ser un don nadie.
-Es que. No me parece que sea así. Tienes lo mejor. Esperas lo mejor y solo lo mejor.
-Porque puedo. Porque me lo he ganado. ¿Y a tí qué más te da?
Paula lo miró fijamente y trató de descifrar la expresión de su rostro. Era tan hermético. Pero ella sabía que había algo más debajo de esa gruesa capa de superficialidad, debajo de ese deseo voraz de éxito. Se hizo un silencio largo, enigmático. Contuvo el aliento. Durante unos segundos estuvo segura de que Pedro iba a decir algo, pero entonces él deslizó una mano por detrás de su cuello y la atrajo hacia sí. Le dio un beso en la boca. Después de unos segundos embriagadores, sintió que volvía a caer en un frenesí extático. Era como estar al borde de un enorme abismo, sin nada a lo que aferrarse. Tenía miedo de que Pedro pudiera ver cuánto poder tenía sobre ella. Retrocedió y él sonrió. Con la mano dibujaba círculos sobre su espalda. Estaba obrando su magia, y ella le odiaba porque funcionaba. Claramente él estaba evitando cualquier pregunta comprometedora. Se apartó con decisión.
-Voy a darme una ducha.
Se puso en pie y fue hacia el cuarto de baño, consciente en todo momento de los ojos de Pedro sobre su espalda, quemándole la piel.
En cuanto Paula desapareció, la sonrisa se borró del rostro de Pedro. Volvió a acostarse en la cama. Todo su cuerpo estaba tenso, sus puños estaban cerrados. Se maldijo una y otra vez. Sabía cómo poner el dedo en la llaga, y él no podía evitar arremeter contra ella. Había estado a punto de quitarle la mano cuando le había tocado ese viejo tatuaje. Era como si ella pudiera ver dentro de él, como si pudiera ver a través de su falsedad. Masculló un juramento. Él no se encaprichaba así de una mujer. La primera lección la había aprendido de su madre, que siempre había puesto por delante de su propio hijo al benefactor o al chulo de turno. Después, durante la adolescencia, había aprendido que las chicas siempre se iban con los chicos que tenían las pistolas más grandes, lo más malos de todos. Y por último, sus dos hermanas habían pasado por delante en la calle sin siquiera dedicarle una mirada al joven que llamaba a su padre. Este, por su parte, le había escupido y le había tirado al suelo de un empujón. Todo eso había quedado atrás tras su salida de Italia, pero Paula, con sus ojos serios e inocentes, y el instinto protector hacia su hermano, estaba abriendo grietas en ese muro de contención que le separaba de su pasado. Estaba desenterrando una parte de su historia a la que no quería volver. Sabía que no podía confiar en las lágrimas de una mujer, ni en una historia cualquiera sobre un sueño de la infancia. Y sin embargo, por primera vez en su vida, quería creer. Aunque solo fuera por un momento.
martes, 28 de abril de 2020
Pasión: Capítulo 28
Paula estaba demasiado dormida como para poder pensar con claridad. Y no quería hacerlo, no cuando se sentía tan segura en los brazos de Pedro. Sabía que debía luchar contra algo, pero no tenía fuerzas para averiguar qué era. Sintió que él la dejaba sobre una superficie suave y entonces notó que algo sedoso y delicioso caía sobre ella como un manto. Le quitaron los zapatos. Y entonces la cama se hundió un segundo y sintió la caricia de un beso en la frente. El roce fue tan sutil, que ni siquiera estaba segura de que hubiera sido un beso. Un rato más tarde, se despertó, totalmente desorientada. Había un sonido constante en sus oídos. Al espabilarse, se dio cuenta de que era el murmullo del motor del avión. Miró a su alrededor, boquiabierta. Estaba en un dormitorio, en un avión. Echó atrás las mantas y se volvió hacia una de las ventanillas. Podía ver la luz del sol, la curvatura de la Tierra, las montañas nevadas. Nunca había visto nada tan espectacular.
Se levantó del todo y se estiró. Trató de entender cómo había llegado a estar tumbada en la cama. Recordaba estar en los brazos de Pedro, un beso. Frunció el ceño. A lo mejor solo había sido un sueño. Ya no le dolía que no confiara en ella. Era evidente que no habría forma de hacerle confiar. Su hermano había desaparecido junto con un millón de euros, y ella parecía culpable por haber ido a buscarlo. Trató de ahuyentar todo pensamiento nocivo y miró a su alrededor. Había un cuarto de baño dentro del dormitorio, con toallas gruesas, una bañera y una ducha. Se sentía pegajosa y cansada, así que aprovechó la oportunidad para darse una ducha. Al salir, con una toalla enroscada alrededor de la cabeza, se fijó en varias bolsas y cajas de compras. No pudo resistir la curiosidad, así que fue a ver qué contenían. Era ropa de mujer. ¿Para ella? Se vistió rápidamente, con sus propios vaqueros y una camisa que sacó de su maleta, y fue a buscar a Pedro. Cuando abrió la puerta, todo estaba en silencio, las luces atenuadas. Solo había visto a un único auxiliar de vuelo, un hombre. Se imaginó que debía de estar durmiendo en algún sitio. No podía verlo, así que avanzó por el pasillo. De repente se detuvo. Él estaba dormido en su asiento. Tenía un brazo en el aire, y el otro sobre el pecho. Parecía tan joven. Se sentó en el brazo del asiento opuesto y contempló su rostro. Parecía mucho más accesible mientras dormía. De pronto él se movió y ella se puso en pie de un salto. Poco a poco él empezó a despertarse.
-Lo siento. No quería despertarte.
Para sorpresa de Paula, Pedro parecía totalmente desorientado, pero no tardó en recuperar la compostura habitual. Le agarró la muñeca y tiró de ella. Aterrizó sobre su pecho y, antes de que pudiera protestar, él le rodeó la cintura. Empezó a meterle las manos por dentro de la camisa, buscando su piel.
-Pedro. Para -sus palabras sonaron susurradas, faltas de seguridad.
Pero él le hizo caso. Se detuvo. La miró durante unos segundos.
-¿Por qué tienes un pasaporte nuevo entonces?
Paula aguantó la respiración durante unos segundos. Buscó alguna señal que le dijera que él no la estaba tomando en serio. Soltó el aliento bruscamente.
-Te reirás de mí.
-Ponme a prueba.
Paula trató de echarse atrás, pero Pedro la agarró con más fuerza, de forma que terminó pegada a su pecho, sentada sobre su regazo. ¿Cómo iba a concentrarse cuando podía sentir cómo se endurecía contra ella? Bajó la vista, esquivando su mirada, como si eso fuera a ayudarla a concentrarse. Jugó con un botón de su camisa. Ella respiró hondo.
-El motivo por el que tengo un nuevo pasaporte es que siempre he querido viajar, desde que era pequeña. Me hice el pasaporte en cuanto pude, aunque no tuviera intención de ir a ninguna parte. Me lo renové hace poco. Simplemente me gustaba la idea de tenerlo, para poder irme en cualquier momento. Me parecía romántico. como si existiera un mundo de oportunidades que algún día podría explorar -miró a Pedro un instante, pero no fue capaz de descifrar la expresión de su rostro. Nunca se había sentido tan expuesta. Bajó la vista de nuevo.
-Es una tontería. Lo sé.
Pedro sabía muy bien lo que quería decir. Nada más tener en la mano su primer pasaporte, también había tenido esa sensación, como si el mundo se abriera ante él. Se había marchado de Italia y no había vuelto a mirar atrás. Le sujetó la barbilla y la hizo levantar la cabeza. Trató de ocultar la emoción que sentía con la única arma que tenía. La pasión.
-Muy bien.
-¿Bien? -le preguntó, mirándole.
-Te creo -le dijo, no sin reticencia.
Paula se sintió como si el corazón se le hinchara en el pecho. Todo ese dolor, toda esa rabia se disolvió. Maldijo a Pedro, sabiendo que si él se empeñaba en no creerla, lo tendría mucho más fácil para lidiar con él.
Se levantó del todo y se estiró. Trató de entender cómo había llegado a estar tumbada en la cama. Recordaba estar en los brazos de Pedro, un beso. Frunció el ceño. A lo mejor solo había sido un sueño. Ya no le dolía que no confiara en ella. Era evidente que no habría forma de hacerle confiar. Su hermano había desaparecido junto con un millón de euros, y ella parecía culpable por haber ido a buscarlo. Trató de ahuyentar todo pensamiento nocivo y miró a su alrededor. Había un cuarto de baño dentro del dormitorio, con toallas gruesas, una bañera y una ducha. Se sentía pegajosa y cansada, así que aprovechó la oportunidad para darse una ducha. Al salir, con una toalla enroscada alrededor de la cabeza, se fijó en varias bolsas y cajas de compras. No pudo resistir la curiosidad, así que fue a ver qué contenían. Era ropa de mujer. ¿Para ella? Se vistió rápidamente, con sus propios vaqueros y una camisa que sacó de su maleta, y fue a buscar a Pedro. Cuando abrió la puerta, todo estaba en silencio, las luces atenuadas. Solo había visto a un único auxiliar de vuelo, un hombre. Se imaginó que debía de estar durmiendo en algún sitio. No podía verlo, así que avanzó por el pasillo. De repente se detuvo. Él estaba dormido en su asiento. Tenía un brazo en el aire, y el otro sobre el pecho. Parecía tan joven. Se sentó en el brazo del asiento opuesto y contempló su rostro. Parecía mucho más accesible mientras dormía. De pronto él se movió y ella se puso en pie de un salto. Poco a poco él empezó a despertarse.
-Lo siento. No quería despertarte.
Para sorpresa de Paula, Pedro parecía totalmente desorientado, pero no tardó en recuperar la compostura habitual. Le agarró la muñeca y tiró de ella. Aterrizó sobre su pecho y, antes de que pudiera protestar, él le rodeó la cintura. Empezó a meterle las manos por dentro de la camisa, buscando su piel.
-Pedro. Para -sus palabras sonaron susurradas, faltas de seguridad.
Pero él le hizo caso. Se detuvo. La miró durante unos segundos.
-¿Por qué tienes un pasaporte nuevo entonces?
Paula aguantó la respiración durante unos segundos. Buscó alguna señal que le dijera que él no la estaba tomando en serio. Soltó el aliento bruscamente.
-Te reirás de mí.
-Ponme a prueba.
Paula trató de echarse atrás, pero Pedro la agarró con más fuerza, de forma que terminó pegada a su pecho, sentada sobre su regazo. ¿Cómo iba a concentrarse cuando podía sentir cómo se endurecía contra ella? Bajó la vista, esquivando su mirada, como si eso fuera a ayudarla a concentrarse. Jugó con un botón de su camisa. Ella respiró hondo.
-El motivo por el que tengo un nuevo pasaporte es que siempre he querido viajar, desde que era pequeña. Me hice el pasaporte en cuanto pude, aunque no tuviera intención de ir a ninguna parte. Me lo renové hace poco. Simplemente me gustaba la idea de tenerlo, para poder irme en cualquier momento. Me parecía romántico. como si existiera un mundo de oportunidades que algún día podría explorar -miró a Pedro un instante, pero no fue capaz de descifrar la expresión de su rostro. Nunca se había sentido tan expuesta. Bajó la vista de nuevo.
-Es una tontería. Lo sé.
Pedro sabía muy bien lo que quería decir. Nada más tener en la mano su primer pasaporte, también había tenido esa sensación, como si el mundo se abriera ante él. Se había marchado de Italia y no había vuelto a mirar atrás. Le sujetó la barbilla y la hizo levantar la cabeza. Trató de ocultar la emoción que sentía con la única arma que tenía. La pasión.
-Muy bien.
-¿Bien? -le preguntó, mirándole.
-Te creo -le dijo, no sin reticencia.
Paula se sintió como si el corazón se le hinchara en el pecho. Todo ese dolor, toda esa rabia se disolvió. Maldijo a Pedro, sabiendo que si él se empeñaba en no creerla, lo tendría mucho más fácil para lidiar con él.
Pasión: Capítulo 27
Ella deseaba un beso, desesperadamente. La tensión crecía sin cesar. Quería que la tocara. Transcurrieron unos segundos. y entonces oyeron unos golpecitos en la ventana. Se apartó de inmediato. Bajó del vehículo y aterrizó en el asfalto sin gracia ninguna. Pedro se limitó a mirarla con una expresión divertida. Salió del coche y avanzó por la pista, rumbo al avión. Paula dió un pequeño traspié, pero Pedro se detuvo y le tendió una mano. Ella miró esa mano durante unos segundos, como si fuera lo último que esperaba. Y entonces puso la suya encima. Por mucho que quisiera negarlo, el momento estaba cargado de emoción.
Pedro miró a Paula. Estaba sentada en un cómodo butacón, al otro lado del pasillo. Miraba por la ventanilla, como si fuera la primera vez que veía un aeropuerto. El avión empezaba a moverse, se deslizaba por la pista. De pronto vió que ella no se había abrochado el cinturón. La llamó. Le hizo señas para que se lo abrochara. Ella bajó la vista, confundida.
-El cinturón.
-Oh -buscó los dos lados de la cinta y trató de unirlas con manos torpes.
De pronto Pedro recordó ese pasaporte casi vacío. No había viajado mucho. Se incorporó rápidamente y le abrochó el cinturón. Lo apretó bien.
-Yo podría haberlo hecho.
Pedro se echó hacia atrás y la miró.
-Nunca habías viajado en avión, ¿Verdad?
Ella se sonrojó. Sacudió la cabeza y apretó los labios. Sentía vergüenza.
-¿Y entonces por qué tienes un pasaporte nuevo? ¿Ibas a algún sitio?
Un segundo después de haber hecho la pregunta sintió un sudor frío por la espalda. Su deseo de confiar en ella le estabadelatando.
-Dií -exclamó, sin darle tiempo a contestar-. ¡Claro que sí! Debías de estar planeando un viaje con tu hermano, con el millón de euros que les robó a mis clientes.
-Eso es. Estábamos pensando en Australia. Un nuevo comienzo, de cero. ¿Es eso lo que quieres oír, Pedro? Porque puedo decirte lo que quieres oír hasta quedarme azul. Pero no por eso será verdad - se volvió hacia la ventana y respiró hondo.
Gonzalo. Una punzada de culpa la atravesó como una lanza. ¿Cómo había podido olvidarse de su hermano de esa manera? Una imagen de la noche anterior fue la respuesta a su pregunta. No tenía forma de saber dónde y cómo estaba y, por primera vez desde su llegada a la casa de él, deseaba que sus hombres le encontraran. Por lo menos de esa manera sabría que estaba a salvo y podría protegerle de la ira de Pedro. Paula siguió mirando por la ventana, con los ojos fijos en un punto lejano.
Una hora más tarde Pedro suspiró, frustrado. Se mesó el cabello. La tensión entre Paula y él era tan espesa que casi se podía cortar con unas tijeras. No podía dejar de sentirse tremendamente culpable, como si le hubiera hecho un daño irreparable.
-Paula.
Ella ni se inmutó.
«Porque puedo decirte lo que quieres oír hasta quedarme azul. Pero no por eso será verdad.». Mascullando un juramento, Pedro dejó a un lado los papeles en los que no se podía concentrar y se levantó de su asiento. Se inclinó sobre ella y contempló sus mejillas pálidas. Estaba dormida. Sus pestañas, largas y oscuras, contrastaban con su piel casi transparente. De repente reparó en el rastro de una lágrima sobre su mejilla. Sintió que se le encogía el estómago. Ella había estado llorando. Mascullando otro juramento, le desabrochó el cinturón de seguridad y la tomó en brazos. Ella se despertó poco a poco y empezó a moverse.
-Shh. Te has quedado dormida. Solo quiero que estés más cómoda.
Pedro miró a Paula. Estaba sentada en un cómodo butacón, al otro lado del pasillo. Miraba por la ventanilla, como si fuera la primera vez que veía un aeropuerto. El avión empezaba a moverse, se deslizaba por la pista. De pronto vió que ella no se había abrochado el cinturón. La llamó. Le hizo señas para que se lo abrochara. Ella bajó la vista, confundida.
-El cinturón.
-Oh -buscó los dos lados de la cinta y trató de unirlas con manos torpes.
De pronto Pedro recordó ese pasaporte casi vacío. No había viajado mucho. Se incorporó rápidamente y le abrochó el cinturón. Lo apretó bien.
-Yo podría haberlo hecho.
Pedro se echó hacia atrás y la miró.
-Nunca habías viajado en avión, ¿Verdad?
Ella se sonrojó. Sacudió la cabeza y apretó los labios. Sentía vergüenza.
-¿Y entonces por qué tienes un pasaporte nuevo? ¿Ibas a algún sitio?
Un segundo después de haber hecho la pregunta sintió un sudor frío por la espalda. Su deseo de confiar en ella le estabadelatando.
-Dií -exclamó, sin darle tiempo a contestar-. ¡Claro que sí! Debías de estar planeando un viaje con tu hermano, con el millón de euros que les robó a mis clientes.
-Eso es. Estábamos pensando en Australia. Un nuevo comienzo, de cero. ¿Es eso lo que quieres oír, Pedro? Porque puedo decirte lo que quieres oír hasta quedarme azul. Pero no por eso será verdad - se volvió hacia la ventana y respiró hondo.
Gonzalo. Una punzada de culpa la atravesó como una lanza. ¿Cómo había podido olvidarse de su hermano de esa manera? Una imagen de la noche anterior fue la respuesta a su pregunta. No tenía forma de saber dónde y cómo estaba y, por primera vez desde su llegada a la casa de él, deseaba que sus hombres le encontraran. Por lo menos de esa manera sabría que estaba a salvo y podría protegerle de la ira de Pedro. Paula siguió mirando por la ventana, con los ojos fijos en un punto lejano.
Una hora más tarde Pedro suspiró, frustrado. Se mesó el cabello. La tensión entre Paula y él era tan espesa que casi se podía cortar con unas tijeras. No podía dejar de sentirse tremendamente culpable, como si le hubiera hecho un daño irreparable.
-Paula.
Ella ni se inmutó.
«Porque puedo decirte lo que quieres oír hasta quedarme azul. Pero no por eso será verdad.». Mascullando un juramento, Pedro dejó a un lado los papeles en los que no se podía concentrar y se levantó de su asiento. Se inclinó sobre ella y contempló sus mejillas pálidas. Estaba dormida. Sus pestañas, largas y oscuras, contrastaban con su piel casi transparente. De repente reparó en el rastro de una lágrima sobre su mejilla. Sintió que se le encogía el estómago. Ella había estado llorando. Mascullando otro juramento, le desabrochó el cinturón de seguridad y la tomó en brazos. Ella se despertó poco a poco y empezó a moverse.
-Shh. Te has quedado dormida. Solo quiero que estés más cómoda.
Pasión: Capítulo 26
-¿Que pasa? -Paula tenía los brazos cruzados, como si eso fuera a protegerla del influjo que ejercía el hombre que tenía delante.
-¿De qué estás hablando?
-Acabo de conocer a la nueva ama de llaves. ¿Eso en qué me convierte?
Pedro metió las manos en los bolsillos. Rodeó el escritorio y se apoyó en una esquina.
-He contratado a la señora Jones porque no quiero que hagas nada más en la casa.
-¿Entonces soy libre? -le preguntó ella, fingiendo entusiasmo.
-Ni hablar. Nunca has sido menos libre -había un tono cortante en su voz que hizo temblar a Paula.
-Entonces. ¿Qué? ¿Me han dado un ascenso? ¿He ascendido a tu cama?
-Sí. Te han ascendido a mi cama -dijo él, esbozando una sonrisa cínica-. Me gusta cómo suena eso.
-Bueno, pues a mí no me gusta. No soy un juguete.
-Lo sé. Eres una gatita con garras de tigresa.
Paula parpadeó, sorprendida.
-No sé si eso es un insulto o un cumplido.
-Oh, es un cumplido. Créeme -se puso en pie y fue hacia ella. Miró a un lado y a otro-. Tenías razón. ¿Sabes? Sobre lo del cristal. Lo hice poner así para poder verlo todo cuando quisiera. Me pone nervioso no saber quién viene o qué está pasando. Pero por una vez me gustaría tener cortinas o cristales tintados. Cerraría la puerta con llave y te llevaría al sofá. Te haría acostarte, te quitaría la camisa y te tocaría los pechos. Después deslizaría mis manos lentamente por dentro de tu pantalón hasta llegar a tus braguitas. Y seguiría adelante hasta sentir esos rizos suaves. Me pregunto si ya están húmedos.
-¡Basta! -grito Paula, apretando los brazos con tanta fuerza contra su pecho, que casi no podía respirar.
Estaba sudando. Su corazón latía con rapidez. Miró a su alrededor. Estaban rodeados de gente que trabajaba con la cabeza baja. Volvió a mirar a Pedro y se sintió mareada. Cualquiera que los observara desde fuera solo lo vería con las manos en los bolsillos, charlando con una chica cualquiera que había empezado a trabajar para él. Bajó la vista. Los pantalones de Pedro apenas podían ocultar la fuerza de su potencia masculina.
-La cocina. -dijo, intentando reconducir la conversación y evitando la mirada de Rocco-. Esta mañana. ¿La señora Jones?
Pedro le agarró la barbilla. Se había acercado más. Olía a calor, a sexo, a lujuria.
-No. Lo recogí todo yo.
Una ola de alivio inundó a Paula por dentro.
-No sé por qué no te puedo imaginar haciéndolo.
-Sé recoger cosas del suelo -le dijo él, soltándole la barbilla-. No soy tan inútil.
Paula se estremeció. No era ningún inútil. Era una especie de depredador urbano, magnífico e imponente. De repente se lo imaginó recogiendo sus braguitas del suelo, y ese vestido desgarrado. Reprimiendo un gruñido, dió media vuelta.
-Espera.
Lentamente ella se dió la vuelta. Él estaba de pie detrás del escritorio. Paula respiró.
-¿Tienes el pasaporte en regla?
Ella asintió, preguntándose a qué venía eso.
-Bien. En ese caso nos vamos esta tarde a Tailandia un par de días. Y de ahí a Nueva York.
Paula apenas podía creerse lo que estaba oyendo. Sacudió la cabeza.
-¿Tailandia?
-Es un país que está en el sureste de Asia.
-Ya lo sé -le dijo ella con impaciencia. Tenía que ser una broma-. Pero. ¿Por qué?
-Porque tengo negocios que hacer y quiero que vengas conmigo.
-¿En calidad de qué?
Él apoyó las manos en el escritorio. Había una mirada felina en su rostro.
-Como mi amante, por supuesto.
Horas más tarde, Paula seguía sin dar crédito. Iba en la parte de atrás del coche de Pedro, con las piernas estiradas por delante. Tenía el pasaporte en la mano y miraba por la ventanilla, contemplando el paisaje campestre de las afueras de Londres. El avión de él estaba en una pista privada. De repente le quitaron el pasaporte de las manos.
-¡Hey! -exclamó, dándose la vuelta.
Llevaba toda la tarde evitándole, desde que había regresado al departamento para recogerla. Él la había mirado de arriba abajo con desprecio y había murmurado algo antes de hacer una llamada. Después, la había llevado al coche sin decir ni una palabra más.
-No has viajado mucho, ¿No? -le dijo en ese momento, examinando su pasaporte.
Paula trató de quitárselo, pero Pedro lo sujetó en alto. El movimiento del coche la hizo caer hacia atrás, pero él la agarró de la mano en el último momento y la atrajo hacia sí. Con las mejillas encendidas, trató de guardar la compostura. Quería tocar su boca. Estaba tan cerca. Pedro enredó los dedos en sus rizos, sujetándole la cabeza.
-Paula. -dijo con voz ronca.
-¿De qué estás hablando?
-Acabo de conocer a la nueva ama de llaves. ¿Eso en qué me convierte?
Pedro metió las manos en los bolsillos. Rodeó el escritorio y se apoyó en una esquina.
-He contratado a la señora Jones porque no quiero que hagas nada más en la casa.
-¿Entonces soy libre? -le preguntó ella, fingiendo entusiasmo.
-Ni hablar. Nunca has sido menos libre -había un tono cortante en su voz que hizo temblar a Paula.
-Entonces. ¿Qué? ¿Me han dado un ascenso? ¿He ascendido a tu cama?
-Sí. Te han ascendido a mi cama -dijo él, esbozando una sonrisa cínica-. Me gusta cómo suena eso.
-Bueno, pues a mí no me gusta. No soy un juguete.
-Lo sé. Eres una gatita con garras de tigresa.
Paula parpadeó, sorprendida.
-No sé si eso es un insulto o un cumplido.
-Oh, es un cumplido. Créeme -se puso en pie y fue hacia ella. Miró a un lado y a otro-. Tenías razón. ¿Sabes? Sobre lo del cristal. Lo hice poner así para poder verlo todo cuando quisiera. Me pone nervioso no saber quién viene o qué está pasando. Pero por una vez me gustaría tener cortinas o cristales tintados. Cerraría la puerta con llave y te llevaría al sofá. Te haría acostarte, te quitaría la camisa y te tocaría los pechos. Después deslizaría mis manos lentamente por dentro de tu pantalón hasta llegar a tus braguitas. Y seguiría adelante hasta sentir esos rizos suaves. Me pregunto si ya están húmedos.
-¡Basta! -grito Paula, apretando los brazos con tanta fuerza contra su pecho, que casi no podía respirar.
Estaba sudando. Su corazón latía con rapidez. Miró a su alrededor. Estaban rodeados de gente que trabajaba con la cabeza baja. Volvió a mirar a Pedro y se sintió mareada. Cualquiera que los observara desde fuera solo lo vería con las manos en los bolsillos, charlando con una chica cualquiera que había empezado a trabajar para él. Bajó la vista. Los pantalones de Pedro apenas podían ocultar la fuerza de su potencia masculina.
-La cocina. -dijo, intentando reconducir la conversación y evitando la mirada de Rocco-. Esta mañana. ¿La señora Jones?
Pedro le agarró la barbilla. Se había acercado más. Olía a calor, a sexo, a lujuria.
-No. Lo recogí todo yo.
Una ola de alivio inundó a Paula por dentro.
-No sé por qué no te puedo imaginar haciéndolo.
-Sé recoger cosas del suelo -le dijo él, soltándole la barbilla-. No soy tan inútil.
Paula se estremeció. No era ningún inútil. Era una especie de depredador urbano, magnífico e imponente. De repente se lo imaginó recogiendo sus braguitas del suelo, y ese vestido desgarrado. Reprimiendo un gruñido, dió media vuelta.
-Espera.
Lentamente ella se dió la vuelta. Él estaba de pie detrás del escritorio. Paula respiró.
-¿Tienes el pasaporte en regla?
Ella asintió, preguntándose a qué venía eso.
-Bien. En ese caso nos vamos esta tarde a Tailandia un par de días. Y de ahí a Nueva York.
Paula apenas podía creerse lo que estaba oyendo. Sacudió la cabeza.
-¿Tailandia?
-Es un país que está en el sureste de Asia.
-Ya lo sé -le dijo ella con impaciencia. Tenía que ser una broma-. Pero. ¿Por qué?
-Porque tengo negocios que hacer y quiero que vengas conmigo.
-¿En calidad de qué?
Él apoyó las manos en el escritorio. Había una mirada felina en su rostro.
-Como mi amante, por supuesto.
Horas más tarde, Paula seguía sin dar crédito. Iba en la parte de atrás del coche de Pedro, con las piernas estiradas por delante. Tenía el pasaporte en la mano y miraba por la ventanilla, contemplando el paisaje campestre de las afueras de Londres. El avión de él estaba en una pista privada. De repente le quitaron el pasaporte de las manos.
-¡Hey! -exclamó, dándose la vuelta.
Llevaba toda la tarde evitándole, desde que había regresado al departamento para recogerla. Él la había mirado de arriba abajo con desprecio y había murmurado algo antes de hacer una llamada. Después, la había llevado al coche sin decir ni una palabra más.
-No has viajado mucho, ¿No? -le dijo en ese momento, examinando su pasaporte.
Paula trató de quitárselo, pero Pedro lo sujetó en alto. El movimiento del coche la hizo caer hacia atrás, pero él la agarró de la mano en el último momento y la atrajo hacia sí. Con las mejillas encendidas, trató de guardar la compostura. Quería tocar su boca. Estaba tan cerca. Pedro enredó los dedos en sus rizos, sujetándole la cabeza.
-Paula. -dijo con voz ronca.
Pasión: Capítulo 25
Volvió a la cama y se sentó. Sonrió al ver que ella fruncía el ceño, en sueños. Su boca seguía hinchada. Se inclinó y le dió un beso. Ella abrió los ojos. Él se apartó un instante, para contemplarla.
-Hola -le dijo ella con voz ronca y adormilada.
Todo era tan sencillo, tan natural. Pedro sintió una punzada en su interior, pero decidió ignorarla. Se inclinó sobre ella y la besó con fiereza.
Cuando Paula se despertó parpadeó varias veces y trató de protegerse del sol que entraba a chorros por las ventanas del dormitorio. Era el dormitorio de Pedro. Miró a su alrededor, tratando de ignorar las agujetas que le agarrotaban los músculos de las piernas. No había nadie más en la habitación. Todo estaba en silencio. Miró el reloj y vio que era la una de la tarde. Reprimiendo un grito, se puso en pie de un salto, pero tuvo que volver a sentarse de inmediato para no caerse. Un aluvión de imágenes desfiló por su memoria. Esa noche interminable en brazos de Pedro, su cuerpo poderoso empujando una y otra vez. Y esa misma mañana, justo al amanecer, se lo había encontrado sentado en la cama, junto a ella, observándola con esos ojos oscuros e intensos. Entonces la había besado, y todo había empezado de nuevo. Trató de mover una pierna e hizo una mueca de dolor. Se incorporó como pudo y fue hacia el cuarto de baño, sujetando la sábana a su alrededor. Las toallas de Pedro estaban por el suelo, y sobre el lavamanos. Su inconfundible aroma impregnaba la estancia, reanudando el ataque de los recuerdos...
Finalmente no fue capaz de ducharse en ese cuarto de baño, así que regresó al dormitorio y fue hacia la puerta. La abrió con sumo cuidado, temiendo encontrárselo al otro lado. No había nadie. Salió corriendo y se dirigió hacia su propia habitación. Entró y bloqueó la puerta. Se metió en la ducha y se restregó hasta borrar todo rastro de la noche. Cuando salió se puso unos pantalones sueltos y una camisa, procurando estar lo más tapada posible. Se recogió el cabello en una coleta. Al abrir la puerta, oyó un ruido proveniente de la cocina. De repente recordó el desorden que habían dejado allí y la cara le ardió de vergüenza. Se imaginó al grandullón de Jorge en medio de todo aquello, mirando a su alrededor, perplejo. Roja como un tomate, corrió hacia la cocina. Pero lo que se encontró allí fue tan inesperado, que no tuvo más remedio que pararse en seco. Había una mujer fregando el suelo, y todo estaba en su sitio. No quedaba ni rastro del frenesí de la noche anterior. Habían puesto flores frescas sobre la mesa donde Pedro y ella.
-Tú debes de ser Paula.
Confundida, Paula miró a la mujer que se dirigía hacia ella con la mano extendida. Se la estrechó y asintió con la cabeza.
-Sí. Soy Paula. Lo siento, pero. ¿Quién eres tú?
-Soy la señora Jones -dijo la mujer, sonriendo-. Soy la nueva ama de llaves, todavía en periodo de prueba -se apoyó contra la fregona-. Acabo de reincorporarme al trabajo a tiempo completo ahora que los chicos están en la universidad -añadió en un tono conspiratorio-. Así que no sé cómo van a salir las cosas, pero él parece muy agradable.
Paula no entendía nada. La mujer hablaba como si todo estuviera en orden. Pero si ella era el ama de llaves, entonces. ¿En qué lugar la dejaba eso?
-¿Te encuentras bien, cariño?
Paula volvió a mirar a la mujer. Asintió vagamente.
-¿Jorge está fuera?
-¿El grandullón?
Paula volvió a asentir, le dio las gracias a la señora Jones y salió fuera del apartamento. Jorge leía el periódico tranquilamente. Al sentirla levantó la vista y sonrió. Lo miró con ojos de sospecha. Parecía igual que cualquier otro día. No debía de haber visto el desorden de la cocina.
-¿Sabes dónde está el señor Alfonso?
-Debería estar en su despacho -dijo Jorge, frunciendo el ceño-. Se fue para allá hace un par de horas, justo después de llegar el ama de llaves.
Asintió y se dirigió hacia los ascensores. Al oír la voz de Jorge se detuvo en seco y dió media vuelta. Él le miraba los pies. Porque estaba descalza. Sonrió vagamente y regresó al departamento para ponerse unos zapatos.
Pedro estaba parado frente a la ventana. Se pasó una mano por la nuca. No podía ignorar el cosquilleo de placer que le recorría el cuerpo, como si acabara de disfrutar de un festín. Hizo una mueca. Sí había sido un festín. De repente sintió algo. Se dió la vuelta. Ella estaba allí. Se dirigía hacia su despacho a toda prisa. Por primera vez se arrepintió de tener ese despacho diáfano, de cristal. Ya casi había llegado a la puerta. Sus ojos oscuros estaban fijos en él, su gesto era serio. Aquella situación era tan diferente a todas las demás que casi resultaba divertido. Pero él no se reía cuando ella entró por fin.
-Hola -le dijo ella con voz ronca y adormilada.
Todo era tan sencillo, tan natural. Pedro sintió una punzada en su interior, pero decidió ignorarla. Se inclinó sobre ella y la besó con fiereza.
Cuando Paula se despertó parpadeó varias veces y trató de protegerse del sol que entraba a chorros por las ventanas del dormitorio. Era el dormitorio de Pedro. Miró a su alrededor, tratando de ignorar las agujetas que le agarrotaban los músculos de las piernas. No había nadie más en la habitación. Todo estaba en silencio. Miró el reloj y vio que era la una de la tarde. Reprimiendo un grito, se puso en pie de un salto, pero tuvo que volver a sentarse de inmediato para no caerse. Un aluvión de imágenes desfiló por su memoria. Esa noche interminable en brazos de Pedro, su cuerpo poderoso empujando una y otra vez. Y esa misma mañana, justo al amanecer, se lo había encontrado sentado en la cama, junto a ella, observándola con esos ojos oscuros e intensos. Entonces la había besado, y todo había empezado de nuevo. Trató de mover una pierna e hizo una mueca de dolor. Se incorporó como pudo y fue hacia el cuarto de baño, sujetando la sábana a su alrededor. Las toallas de Pedro estaban por el suelo, y sobre el lavamanos. Su inconfundible aroma impregnaba la estancia, reanudando el ataque de los recuerdos...
Finalmente no fue capaz de ducharse en ese cuarto de baño, así que regresó al dormitorio y fue hacia la puerta. La abrió con sumo cuidado, temiendo encontrárselo al otro lado. No había nadie. Salió corriendo y se dirigió hacia su propia habitación. Entró y bloqueó la puerta. Se metió en la ducha y se restregó hasta borrar todo rastro de la noche. Cuando salió se puso unos pantalones sueltos y una camisa, procurando estar lo más tapada posible. Se recogió el cabello en una coleta. Al abrir la puerta, oyó un ruido proveniente de la cocina. De repente recordó el desorden que habían dejado allí y la cara le ardió de vergüenza. Se imaginó al grandullón de Jorge en medio de todo aquello, mirando a su alrededor, perplejo. Roja como un tomate, corrió hacia la cocina. Pero lo que se encontró allí fue tan inesperado, que no tuvo más remedio que pararse en seco. Había una mujer fregando el suelo, y todo estaba en su sitio. No quedaba ni rastro del frenesí de la noche anterior. Habían puesto flores frescas sobre la mesa donde Pedro y ella.
-Tú debes de ser Paula.
Confundida, Paula miró a la mujer que se dirigía hacia ella con la mano extendida. Se la estrechó y asintió con la cabeza.
-Sí. Soy Paula. Lo siento, pero. ¿Quién eres tú?
-Soy la señora Jones -dijo la mujer, sonriendo-. Soy la nueva ama de llaves, todavía en periodo de prueba -se apoyó contra la fregona-. Acabo de reincorporarme al trabajo a tiempo completo ahora que los chicos están en la universidad -añadió en un tono conspiratorio-. Así que no sé cómo van a salir las cosas, pero él parece muy agradable.
Paula no entendía nada. La mujer hablaba como si todo estuviera en orden. Pero si ella era el ama de llaves, entonces. ¿En qué lugar la dejaba eso?
-¿Te encuentras bien, cariño?
Paula volvió a mirar a la mujer. Asintió vagamente.
-¿Jorge está fuera?
-¿El grandullón?
Paula volvió a asentir, le dio las gracias a la señora Jones y salió fuera del apartamento. Jorge leía el periódico tranquilamente. Al sentirla levantó la vista y sonrió. Lo miró con ojos de sospecha. Parecía igual que cualquier otro día. No debía de haber visto el desorden de la cocina.
-¿Sabes dónde está el señor Alfonso?
-Debería estar en su despacho -dijo Jorge, frunciendo el ceño-. Se fue para allá hace un par de horas, justo después de llegar el ama de llaves.
Asintió y se dirigió hacia los ascensores. Al oír la voz de Jorge se detuvo en seco y dió media vuelta. Él le miraba los pies. Porque estaba descalza. Sonrió vagamente y regresó al departamento para ponerse unos zapatos.
Pedro estaba parado frente a la ventana. Se pasó una mano por la nuca. No podía ignorar el cosquilleo de placer que le recorría el cuerpo, como si acabara de disfrutar de un festín. Hizo una mueca. Sí había sido un festín. De repente sintió algo. Se dió la vuelta. Ella estaba allí. Se dirigía hacia su despacho a toda prisa. Por primera vez se arrepintió de tener ese despacho diáfano, de cristal. Ya casi había llegado a la puerta. Sus ojos oscuros estaban fijos en él, su gesto era serio. Aquella situación era tan diferente a todas las demás que casi resultaba divertido. Pero él no se reía cuando ella entró por fin.
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