jueves, 23 de abril de 2020

Pasión: Capítulo 24

Después cerró el grifo, buscó dos toallas y la envolvió en una de ellas. De pronto fue como si un viento frío hubiera pasado entre ellos. Paula estaba ansiosa, expectante. ¿Había hecho algo mal? ¿Se había mostrado demasiado fácil? ¿Cómo iba a explicarle que se había sentido como si lo conociera de toda la vida? Le observó mientras se secaba sin decir ni una palabra. No podía evitar devorarle con la mirada. Sus músculos se contraían y se estiraban con cada movimiento. Aunque reticente, se obligó a decir algo.

-¿Estás...? ¿Todo bien?

Él se detuvo.

-¿Y por qué no iba a estarlo? -le dijo él, sin mirarla a la cara.

Parecía tan remoto y cortante que Paula dió un paso atrás, agarrando con fuerza su toalla.

-Si te arrepientes de lo que acaba de pasar.

Él se dió la vuelta de golpe y se puso la toalla alrededor de la cintura.

-¿Pero qué dices? -le dijo, fulminándola con la mirada-. ¿Por qué me iba a arrepentir de nada? Es el mejor sexo que he tenido jamás.

Paula se puso blanca como la leche y sintió un calor repentino.

-Bueno, no tienes por qué enfadarte por ello. No tiene por qué volver a pasar.

De repente él estaba demasiado cerca.

-No ha sido algo de un día. Va a pasar de nuevo y seguirá pasando hasta que nos curemos de esta locura.

-Bueno, para tu información, creo que he tenido bastante. No necesito curarme de nada. Esto ha sido una muy mala idea.

Se tapó con la toalla y echó a andar hacia la puerta, pero él la hizo detenerse poniéndole las manos sobre los hombros. Se taladraron con la mirada durante un segundo. El aire echó chispas.

-¿Adónde crees que vas?

-Oh, entonces ahora me tienes prisionera en esta habitación, no solo en tu departamento.

-Maldita sea -Pedro tiró de ella y, en un abrir y cerrar de ojos, la estaba besando, echándole atrás la cabeza, aplastándole los labios.

Desafiante hasta el final, Paula mantuvo la boca cerrada y se puso rígida. Contuvo la respiración, pero finalmente no tuvo más remedio que abrir los labios. Pedro aprovechó la oportunidad para invadir su boca. Tirándole de las caderas, la atrajo hacia sí. Y ella pudo sentir cómo resurgía su deseo. De repente volvía a estar sumergida en ese remolino. Y una necesidad imperiosa la atravesaba de lado a lado. Después de probar a Pedro, después de sentir todo el poder de su pasión, ya no había vuelta atrás. Él se apartó un instante después de unos cuantos segundos de vértigo.

-No voy a hacerte el amor como un animal de nuevo.

Se agachó, la tomó en brazos de nuevo y la llevó de vuelta al dormitorio. La colocó sobre la cama y se quitó la toalla de la cintura. Paula no pudo dejar de mirarlo a medida que se acercaba. Pedro se acostó encima de ella y apartó la toalla que la cubría, dejándola desnuda ante sus ojos. Deslizó el dorso de la mano entre sus pechos hasta llegar a la entrepierna. Ella se retorció un momento, se mordió el labio. Hubiera querido tener fuerza suficiente para agarrarle la mano y apartársela. Hubiera querido decirle que no iba a sucumbir de nuevo, pero no pudo. Él le separó las piernas y empezó a tocarle en el sitio más íntimo. La miró a los ojos.

-Eres mía, Paula Chaves, y vas a serlo una y otra vez, hasta que ya no sepas quién eres.

«Eres mía, Paula Chaves, y vas a serlo una y otra vez,  hasta que ya no sepas quién eres.». Pedro estaba de pie frente a la ventana del dormitorio, de espaldas. Los primeros rayos de luz del amanecer teñían de rosa el cielo de Londres. Tenía los brazos cruzados y contemplaba con gesto serio a la mujer que dormía en la cama. La noche anterior le había demostrado que, por mucho autocontrol y uso de razón que hubiera ganado con los años, el deseo más primario era más fuerte. Cuando Micaela había hecho esos comentarios tan desagradables, había tenido ganas de inclinarse sobre la mesa y hundir ese rostro perfecto en el postre que había preparado Paula.

-La velada ha terminado -le había dicho a la despampanante rubia, poniéndose en pie-. Te agradezco que hayas venido, pero creo que los dos sabemos que esto no va a pasar de aquí.

Micaela también se había puesto en pie, temblando de rabia.

-¿He terminado porque andas detrás de esa sirvienta respondona? ¿Es por eso que te niegas a acostarte conmigo? No lo entiendes, ¿Verdad? Puedes tenerme a mí y tenerla a ella también. Así es como se hace. Yo solo espero discreción. Puedes acostarte con quien te dé la gana siempre y cuando guardemos las apariencias y finjamos ser un matrimonio feliz.

Ella había dicho exactamente lo que él se había propuesto conseguir.

-Vete. He cambiado de opinión -le había dicho al final, rechazando sus palabras como si fueran venenosas.

Micaela se había limitado a sacudir la cabeza. Sus ojos eran dos témpanos de hielo llenos de malicia y desprecio.

-No volverás a tener otra oportunidad como esta.

-Yo creo mis propias oportunidades, como siempre he hecho.  Ahora, lo que quiero que hagas es que te disculpes ante Paula y que te vayas.

Micaela se había echado a reír y se había marchado dando un portazo. De eso no hacía más que un día, pero bajo la fría luz de la mañana, Pedro apenas daba crédito a lo que había hecho. Había arruinado su reputación sin remedio. Alguien como Micaela Winthrop no tardaría en difamarlo. Pero eso tampoco le preocupaba demasiado, no cuando tenía delante a esa mujer maravillosa, cuyo cuerpo llevaba la marca de una noche de pasión desenfrenada. Sonrió con cinismo. A pesar de las amenazas de Micaela, el dinero siempre obraba milagros. Al final sería alguna otra de esas gatas de alta sociedad la que cayera en sus redes, y así se colaría en ese círculo al que tanto ansiaba pertenecer. Podía tenerlo todo, y Paula estaba incluida.

Pasión: Capítulo 23

-No. Para. Es demasiado.

Finalmente pareció que Pedro la oía. Se puso sobre ella. Su cuerpo era enorme y esbelto. Tan poderoso que cortaba el aliento y la hacía olvidar todo lo demás. De repente le pareció ver que él se protegía. Y entonces, metiendo una mano entre sus cuerpos pegados, dirigió su poderoso miembro. Paula sintió cómo pugnaba por entrar dentro de ella. La intrusión la hizo contener el aliento unos segundos. Miró sus cuerpos pegados un instante. La piel pálida de sus propios muslos estaba tensa contra las caderas de Pedro. Él estaba entrando en ella, con fuerza y decisión, empujando y dilatando su cuerpo de mujer. La sensación era arrolladora. Estiró un brazo e hizo ademán de pararle, pero su mano se topó con su tenso abdomen, sus músculos fuertes, húmedos de sudor. Una ola de calor la inundó por dentro, abriéndose camino dentro de ella.  Y después de una fracción de segundo que pareció eterna, él estaba totalmente dentro. Podía sentirle en su interior, en toda su plenitud, llenándola por completo, lanzando dardos de placer que se dirigían a todos los rincones de su cuerpo. Él empezó a moverse de nuevo y esos temblores de placer se incrementaron. La hicieron arquear la espalda.

Él inclinó la cabeza y empezó a mordisquearle un pezón, succionando con frenesí mientras empujaba con todas sus fuerzas. Esa vez la facilidad de movimiento fue diferente. Los músculos de Paula se tensaron alrededor de él, como si no soportara dejarle ir. Enroscó las piernas alrededor de las caderas de él, obligándole a acercarse más. Los empujones de él se hicieron cada vez más frenéticos, profundos. Ella podía sentir cómo llegaba la descarga de placer. Justo en el momento en que empezaba a abandonarse a los delirios del clímax, pudo ver la expresión de Pedro. Él estaba aguantando, esperando por ella. Y cuando la felicidad más eufórica y poderosa se cernió sobre ella, sintió también una profunda ternura. Pedro siguió empujando. Los músculos de ella se contrajeron una vez más alrededor de su grueso miembro. Y entonces él se rindió por fin y dejó que su propio cuerpo sucumbiera a las delicias del orgasmo.

Finalmente, una calma fugaz cayó sobre ellos. Y el único sonido que se podía oír era el de sus respiraciones entrecortadas. Paula fue consciente en ese momento de tener las piernas alrededor de la cintura de Pedro. Su pecho, húmedo, la aplastaba contra la fría superficie de la mesa. Estaba desnuda, tumbada boca arriba, con las piernas alrededor de un hombre, bajo la luz de la cocina. De repente fue como si le acabaran de dar una ducha fría. Pedro Alfonso estaba entre sus piernas. Su propio cuerpo todavía le acogía en el más íntimo de los abrazos. Antes de que esa realidad pudiera imponerse por sí sola, él se retiró y bajó la vista. El pelo le caía de forma sexy sobre la frente. Paula todavía podía sentirle dentro. y todavía estaba excitado. Como si pudiera leerle el pensamiento, él sonrió.

-Si no nos movemos, creo que repetiremos dentro de poco.

Se separó del todo y salió de su cuerpo. Paula se sintió vacía de inmediato, y muy desnuda. Pedro la tomó en brazos y salió de la cocina, evitando los obstáculos que habían tirado al suelo. La llevó al dormitorio, la puso sobre la cama con toda la dulzura del mundo, como si estuviera hecha de porcelana y entonces entró en el cuarto de baño. Un segundo después, ella oyó el sonido de la ducha.

Pedro regresó unos minutos más tarde, volvió a tomarla en brazos, como si no pesara más que una pluma, y la llevó a la ducha. Se enjabonó las manos y empezó a frotarla por todo el cuerpo, lavándola. Paula decidió dejar de intentar sacarle sentido a todo aquello y guardó silencio mientras él la enjabonaba. Cuando deslizó las manos por su entrepierna, abrió los ojos y contuvo la respiración. Era tan viril y hermoso. El agua corría por su rostro perfecto, por su pectoral duro, y esas manos poderosas la frotaban en la entrepierna, haciéndola gemir suavemente. Se le acercó por detrás entonces, pegándose a ella hasta hacerla sentir el poder de su erección. Metió las manos por debajo de sus axilas y le agarró los pechos jabonosos, atrapando sus pezones entre las yemas de los dedos.

-Estabas tan tensa a mi alrededor. Me gustó.

Ese sentimiento de vulnerabilidad se desvaneció cuando recordó lo que había sentido en ese primer momento, al tenerle dentro de ella.

-A mí también me gustó -le dijo, volviéndose y mirándolo a los ojos con timidez.

Él se limitó a mirarla durante unos segundos, mientras el agua caía a su alrededor, y entonces la metió bajó el chorro para quitarle el champú y el jabón. El tacto de sus manos ya no era seductor, era rápido e impaciente.

Pasión: Capítulo 22

Paula levantó la vista hacia Pedro. Sacudió la cabeza y le agarró el cinturón.

-No pares.

Él esperó un segundo, como si la estuviera poniendo a prueba, y entonces se quitó la camisa y empezó a bajarle el vestido por los brazos hasta quitárselo del todo. También le quitó el sujetador. Paula quedó totalmente desnuda excepto por las braguitas. De repente se sintió expuesta, vulnerable. Pero Pedro empezó a desabrocharse el cinturón. Se quitó los pantalones. Ella contempló su imponente físico. Músculos duros, una piel bronceada y radiante. Una fina línea de vello que descendía por su pecho y que se hacía cada vez más larga a medida que sus pantalones bajaban. sobre sus muslos. Llevaba unos calzoncillos ceñidos que dejaban ver todo el esplendor de su potencia masculina. Se quedó boquiabierta. Sus miradas se encontraron. Fue como si estuvieran en el ojo de la tormenta. De repente, todo se volvió lánguido, lento. Él enredó las manos en su cabello, le soltó el moño. Encontró sus labios, la besó, descubriendo su sabor. Y entonces empezó a besarla por el hombro, por los pechos, llenos y doloridos. Abarcó sus pechos con las manos y empezó a morderle los pezones con avidez, haciéndola gemir de puro placer.

La necesidad y la tensión no tardaron en crecer de nuevo. Paula se apretaba contra Pedro, la espalda arqueada, moviendo las caderas con urgencia. Él deslizó una mano a lo largo de su espalda, por dentro de sus braguitas. La agarró del trasero y empezó a apretárselo. Volvió a besarla, la atrajo hacia sí, rozándose contra sus pezones sensibles. Ella se aferraba a sus hombros, incapaz de hacer otra cosa que no fuera sucumbir a ese arrebato sensual. Él empezó a bajarle las braguitas poco a poco y entonces buscó su entrepierna. Contuvo el aliento al tiempo que unos dedos exploraban los rizos húmedos que rodeaban su sexo. Se agarró de los hombros de él, sintiendo cómo este se adentraba en los rincones más secretos del centro de su feminidad. Él encontró la parte más íntima de su sexo y empezó a frotarla adelante y atrás. Paula empezó a temblar. Pedro metió el dedo aún más adentro, llevándola a un nivel más alto. Ella llegó al clímax rápidamente; su cuerpo se estremecía alrededor de la mano de Pedro. Esa ola repentina de placer fue tan intensa que unas lágrimas repentinas brotaron de sus ojos. Su cuerpo se tensó como una piedra durante unos segundos.

Cuando todo terminó, Pedro retiró la mano lentamente. Paula se sentía convulsionada, insensible. Llamaradas de sensaciones corrían por su piel. Jamás había experimentado nada parecido. Lo único que recordaba de sus pocas experiencias sexuales era que nunca había encontrado ningún tipo de placer. Pensaba que el sexo era sobrevalorado. No podía creerse que acabara. De repente sintió que la levantaban en el aire.

-Pon las piernas alrededor de mi cintura.

De forma automática, hizo lo que le pedía. Entrelazó los pies sobre el trasero de él y le rodeó el cuello con los brazos. Él la llevó a la enorme mesa donde solían tomar el desayuno. Sujetándola con un brazo, tiró todo lo que había sobre la mesa al suelo. Los libros de cocina aterrizaron con un golpe seco. Una copa se hizo añicos. Pedro la hizo acostarse boca arriba, todavía enroscada alrededor de su cintura. Paula podía sentir su erección, golpeándole el trasero. La hizo soltar las piernas, sin dejar de mirarla ni un segundo. Metió las manos por dentro de sus calzoncillos y se los quitó con un movimiento rápido y ágil. Ella bajó la vista y contempló el alcance de su erección. Le había parecido grande, pero se había quedado corta. Era descomunal. Una descarga de expectación y miedo la recorrió de arriba abajo. Él tenía las manos sobre sus braguitas, y se las estaba quitando. Levantó las caderas en silencio. Sus miradas se encontraron. Vió cómo la mirada de Pedro iba a parar a los rizos dorados que tenía en la entrepierna. Él respiró hondo, sus ojos se hicieron aún más grandes. Y entonces le separó las piernas con esas manos enormes. Bajó la cabeza.

El corazón de Paula se detuvo. Nunca antes. Sintió su aliento cálido sobre la piel. Apretó los puños. Y entonces sintió el primer roce de su lengua. Un temblor de puro éxtasis la sacudió por dentro al tiempo. Él jugaba con ella, lamiéndola, tentándola. Ella podía sentir cómo su cuerpo volvía a tensarse otra vez. La llegada del clímax era inminente de nuevo, y de repente no podía soportar lo fácil que era tener un orgasmo con él. No podía soportar que él la viera sucumbir. Trató de cerrar los muslos, buscando su cabeza con las manos, tirándole del pelo antes de que fuera demasiado tarde. Ya podía sentir sus músculos, contrayéndose y dilatándose.

Pasión: Capítulo 21

No tenía nada que ver con su hermano Gonzalo. Ese vínculo primario existía desde antes de conocerlo. Levantó las manos y lo agarró de la cabeza; su pelo suave y sedoso entre los dedos. Le hizo acercarse y le dió un beso. Él tomó la iniciativa entonces. La agarró de la cintura, abrió la boca y tomó el control. Sus lenguas se encontraron con fiereza. Paula se pegó a su duro pectoral, aplastando los pechos contra él, buscando la manera de aplacar el dolor que crecía por todo su cuerpo. Sus caderas estaban pegadas.

Paula podía sentir la línea de su miembro erecto contra el abdomen, así que abrió las piernas casi de forma automática. Pedro le quitó el delantal y deslizó las manos por su cuerpo hasta encontrar los botones del vestido. Los agarró con fuerza y tiró hacia fuera, arrancándolos de cuajo. Ella sintió que una bocanada de aire frío aplacaba el ardor que sentía en la piel. Quería soltarse, liberarse de la ropa. Casi gritó de placer cuando Pedro le tiró del vestido, dejándole los pechos al descubierto. El tejido se desgarró. Él se apartó de ella un instante y bajó la vista, respirando con mucha dificultad. Ella se sentía mareada. Su corazón latía sin control, como un tren de alta velocidad. No le llegaba suficiente oxígeno al cerebro. Los ojos de Pedro estaban velados, sumidos en un sopor. Le bajó las mangas del vestido todo lo que pudo, destapando aún más sus pechos. Su piel pálida resplandecía como el marfil bajo un sostén de color negro. La prenda no era picante ni sensual, pero a Paula le traía sin cuidado. Necesitaba sentir el tacto de sus manos, su boca.

Como si pudiera leerle la mente, Pedro le destapó un pecho,  bajándole la copa del sujetador. Hipnotizado, lo abarcó con la mano y empezó a acariciarla, estimulando el pezón arriba y abajo con la yema del pulgar. Paula se mordió el labio para no suplicarle más y más. Una descarga de excitación le corría por las venas. Él  bajó la cabeza y abarcó el pezón con los labios. Deslizó la lengua sobre él, chupando hasta endurecerlo del todo. Paula apoyó la cabeza contra la pared. Ya casi no sentía dolor en aquel maremágnum de placer que inundaba su cuerpo. Sus caderas se mecían contra las de Pedro. Había separado aún más las piernas y podía sentir su erección, dura y larga, contra su propio sexo. Quería verle desnudo, así que empezó a buscar los botones de su camisa. Sus manos torpes apenas podían desabrocharlos. Él se apartó un momento y entonces pudo verle bien. Una llamarada de lujuria hacía brillar esos ojos negros; un deseo demasiadogrande como para negarlo. La tenía atrapada contra la pared. La empujaba con las caderas, y eso debía de ser lo único que la mantenía en pie.

Pedro la miró fijamente. Su respiración entrecortada hacía que sus pechos pálidos subieran y bajaran rápidamente. Tenía unos pezones pequeños y sonrosados, rodeados de aureolas algo más oscuras. Tenía pecas por toda la piel. De repente sintió que el peso del destino, como algo inevitable, caía sobre él. Ella le pertenecía. Presa de una impaciencia que no le caracterizaba en absoluto, atinó a abrirse la camisa con manos temblorosas. Los botones cayeron a su alrededor. Agarró el vestido de Paula por las costuras y se lo arrancó del todo, desgarrándolo hasta el dobladillo. La sangre bullía en sus venas; estaba imparable. La prenda le cayó hasta las rodillas, dejándole ver una braguitas negras. Se sentía como un salvaje, un cavernícola, presa de los instintos más primarios. Nunca se había sentido así. La miró un instante y le habló por última vez.

-Vamos a hacerlo aquí y ahora. A menos que digas que no. Tienes diez segundos para decidirte.

martes, 21 de abril de 2020

Pasión: Capítulo 20

En ese momento el mundo podría haber dejado de girar, pero ella no se habría dado cuenta. Lo único que veía eran los ojos negros de Pedro, insondables y enigmáticos; se estaba hundiendo en ellos. Tuvo que luchar contra la marea más fuerte que jamás la había llevado.

-Pedro. -la voz le temblaba-. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás aquí?

Le estaba presionando el pecho con ambas manos, como si aún quisiera soltarse, zafarse de él. Él ya no la agarraba con tanta fuerza, pero ella seguía sin poder escapar. Un letargo fatal se había apoderado de sus músculos. Él la atrajo hacia sí. No habló durante unos segundos y entonces fue como si le estuvieran sacando las palabras.

-Te deseo. Estoy aquí porque te deseo. Esta noche, la semana pasada, desde que te conocí. Siempre te he deseado. A ella no. Y creo que se dio cuenta. Por eso fue tan cruel contigo.

Paula sacudió la cabeza. Jamás hubiera pensado que él llegaría a notar su obsesión secreta.

-No. Te aburres. O tratas de darle celos o algo así. Yo solo te vengo bien en este momento.

-No es que me vengas bien. Y no me aburro. Me da igual si ella siente celos, porque se acabó y no voy a volver a verla.

Paula sintió que la cabeza le daba vueltas.

-Pero tenías una relación con ella, ¿No? Ibas a casarte.

Pedro guardó silencio durante unos segundos. El peso de esas palabras cayó sobre él. Acababa de terminar su relación con Micaela Winthrop, y al hacerlo había puesto fin a sus planes de boda. Lo había hecho porque deseaba acostarse con Paula desesperadamente. Lo deseaba más de lo que había deseado nada en toda su vida. La única parte de su mente que aún era gobernada por la razón le decía que aún no era tarde. Si alcanzaba a Micaela justo al llegar a su casa, no todo estaba perdido. Pero no tenía ganas de ir detrás de ella. Esa horrible sensación de claustrofobia en la que había estado sumido durante semanas se había disipado por fin.

-No teníamos una relación -Pedro sacudió la cabeza-. En realidad, no. Lo que teníamos era un arreglo de conveniencia.

-Pero eso suena muy frío.

Pedro se encogió de hombros.

-Así es la vida. Todavía no le había pedido que se casara conmigo. Y tampoco me he acostado con ella.

Paula estaba intentando asimilarlo todo. Pedro la atrajo hacia sí. Se sentía como si estuviera en un tren de un único destino, y ya no tenía forma de bajarse. Sin darse cuenta se había puesto de puntillas. En ese momento él bajó la cabeza hacia ella. Esos labios hermosos se acercaron más y más. Ella cerró los ojos y una ola de calor impregnó sus labios, marcándola con fuego. Al principio el beso fue como caer en un remolino. De forma instintiva, se aferró a la camisa de él, porque ya apenas sentía las piernas. Y entonces una extraña urgencia se apoderó de los dos, como si el primer contacto no fuera suficiente. Pedro le tocó la cara, la acorraló contra la pared. Paula se recostó contra la superficie y apoyó todo el peso en ella. La boca de él se movía sobre la suya con frenesí, pero sus labios eran suaves, seductores. Sintió la caricia de su lengua contra sus propios labios, todavía sellados. Lentamente apretó los puños y fue abriendo la boca, dejándole entrar. El beso se hizo más intenso. Él apretó el pecho contra ella, aplastándole las manos en el proceso, pero a ella no le importaba. Era maravilloso sentir sus manos aterciopeladas, sujetándole las mejillas mientras la besaba. Ella se estaba cayendo, deslizándose, escurriéndose, adentrándose en otra dimensión. El aroma de Pedro la embriagaba. Su lengua la acariciaba con ternura y habilidad. Sus dientes le mordían el labio inferior. Era tan dulce y pícaro al mismo tiempo. De repente la besó en la comisura del labio. Paula abrió los ojos. Sentía la boca hinchada, magullada. Era como si hubieran dado un salto en el tiempo. Levantó la mirada. Al estar tan cerca, podía ver llamaradas de oro en aquellos ojos tan negros. Él también estaba sonrojado.

-¿Qué es esto?

Pedro le quitó las manos del rostro y le agarró un mechón de pelo, enroscándolo alrededor de un dedo.

-Esto. -le dijo, mirándola a los ojos-. Se llama química. Pero nunca antes la había sentido así.

Paula sacudió la cabeza.

-Yo tampoco he sentido nada así antes.

Pedro deslizó una mano sobre su cadera hasta llegar a la cintura, y después siguió subiendo hasta tocarle un lado del pecho. Con una sonrisa perezosa, movió la mano hacia dentro hasta abarcar todo su pecho y entonces empezó a acariciarle el pezón arriba y abajo, endureciéndolo más y más. Paula contuvo la respiración.

-Esto. es lo que empezó la noche en que nos conocimos.

Paula buscó sinceridad en sus palabras. Él también lo había sentido. Esa conexión extraordinaria. Era como un cable de alta tensión que se cargaba de corriente cada vez que lo miraba.

Pasión: Capítulo 19

Paula se quedó clavada en el sitio durante unos segundos. No podía creerse que aquella mujer la estuviera menospreciando de esa manera, como si no estuviera presente. Pedro la miró fugazmente, pero no pudo devolverle la mirada. Dió media vuelta y huyó hacia la cocina, oyéndole hablar en bajo a sus espaldas. No podía distinguir lo que decía. Temblorosa, apoyó las manos en la encimera y trató de calmarse, pero las lágrimas no tardaron en salir. Oyó una risotada proveniente del salón. Era la risa irritante de esa mujer. Poco después se oyó un portazo. Ella dió un salto. Seguramente él y su invitada habían salido, rumbo a un exclusivo local nocturno. Se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas y se puso a limpiar, llorando sin parar. No oyó la puerta que se abría.

-Paula. -dijo alguien de repente a sus espaldas.

Paula se dió tal susto que soltó la cacerola que tenía en las manos. La cazuela metálica golpeó el suelo con gran estruendo. Dió media vuelta, demasiado sorprendida como para reparar en el aspecto que tenía. Los ojos se le habían aclarado, pero las mejillas todavía le escocían. Pedro estaba allí. Se había quitado la chaqueta y llevaba la corbata floja, como si hubiera tirado de ella con impaciencia. El último botón de su camisa estaba desabrochado. Tenía el pelo alborotado. Reparó en todos esos detalles en un abrir y cerrar de ojos.

-He oído la puerta de salida -dijo, confusa,  preguntándose si era un espejismo-.  Pensaba que te habías ido.

Pedro sacudió la cabeza. Tenía las manos metidas en los bolsillos. Paula tuvo que aguantar las ganas de bajar la mirada.

-La señorita Winthrop se ha ido a casa y no va a volver. Te pido disculpas por su grosería. No quiso entrar a disculparse ella misma.

Paula abrió la boca y la cerró de inmediato.

-¿Le pediste que entrara? ¿Y que se disculpara?

Pedro asintió.

-Ni siquiera debería haber tenido que pedírselo. No tenía derecho a hablarte así. Y estaba equivocada. La comida estaba exquisita -sacudió la cabeza suavemente-. No tenía ni idea de que sabías cocinar así.

-Una de mis madres adoptivas trabajó en París como jefe de cocina en los años sesenta -dijo ella, abrumada ante tanto halago-. Terminó trabajando de cocinera en el comedor de un colegio cuando regresó a Inglaterra, porque siendo mujer nadie quería contratarla como jefe de cocina -Paula se encogió de hombros-. En realidad no se me da tan bien. Aprendí lo básico y me gusta cocinar.

Pedro se adentró un poco más en la cocina. Paula tragó en seco y retrocedió. Tropezó con la cacerola. Bajó la vista y se dió cuenta de que la salsa se había derramado. De forma automática se agachó para limpiar. Un segundo después, él estaba a su lado, agarrándola del brazo y ayudándola a incorporarse, quitándole la cacerola de las manos.

-No. Ya lo limpiará otra persona.

Paula levantó la vista. De repente estaba demasiado cerca. Su presencia física era arrolladora y ella tenía los ojos rojos. Lo que más temía de todo era que él notara que había estado a punto de llorar.

-No tienes por qué disculparte. Fue ella quien me trató mal.

-Pero fui yo quien te puso en esa situación. Lo siento -dijo él.

La confusión y el pánico libraban una batalla en el interior de Paula. No sabía qué estaba pasando. Él la miraba tan fijamente.

-Deja de decir eso. No lo sientes en absoluto.

Las lágrimas le emborronaban la visión de nuevo. Paula intentó contenerlas, parpadeando deprisa. La había convertido en una criatura llorona y furiosa. ¿Por qué no se iba y la dejaba en paz? Trató de soltarse de él con brusquedad.

-¿Sabes lo que se siente cuando te humillan así? ¿Como si no existieras? ¿Tienes idea de lo que se siente? Soy una persona, Pedro. Soy una persona con esperanzas, sueños, sentimientos. No soy una mala persona, independientemente de lo que puedas pensar tú. Cuando alguien te humilla con una mirada como esa, como si fueras invisible.

-Paula.

Pedro la tenía agarrada de los dos brazos. Estaba justo delante de ella, sujetándola con fuerza. Ella respiró profundamente.

-Sí sé. Sí sé cómo es.

-¿Pero cómo vas a saberlo? -exclamó Paula con desprecio-. No tienes idea de lo que estoy diciendo.

Él la agarró con más fuerza.

-Sí que lo sé.

En ese momento aflojó la presión de sus manos y Paula levantó la vista, más confundida que nunca. Él la agarró de la barbilla para que no pudiera rehuirle la mirada.

-Yo sí te veo.

Paula sintió un torbellino de emociones. Sentía calor por todas partes.

-Tú no. -sacudió la cabeza-. No puedes. No soy nadie.

Él sacudió la cabeza con fuerza.

-No.

De repente Paula se dió cuenta de que durante el forcejeo se habían movido hasta un rincón de la cocina que apenas estaba iluminado, junto a la ventana.

Pasión: Capítulo 18

Pedro salió de la ensoñación y miró a la mujer que estaba a su lado. Micaela había arqueado una ceja y sus ojos azules, perfectamente maquillados, lo miraban con curiosidad.

-Lo siento -le dijo él, sonriendo.

Paula acababa de servir los entrantes. Puso la oreja contra la puerta para tratar de oír la conversación. Oyó la voz grave de Pedro y después una risita ligera y un tanto irritante.

-¡Oh, Pedro, eres terrible!

Paula se sonrojó. La cara le ardía de calor. Se sentía paranoica, como si Pedro pudiera entrar en cualquier momento con su plato de entrantes de linguine y trufas para decirle. «¿Te estás burlando de mí? ¿Creíste que esto sería apropiado?». Pero eso no pasó, así que  siguió adelante con el primer plato. Después de un tiempo prudencial, volvió a salir para rellenarles las copas de vino. Pedro se había terminado los entrantes, pero la señorita Winthrop apenas los había tocado. La mujer apenas la miró. Simplemente empujó el plato hacia el borde de la mesa. Se mordió la lengua al ver que él  le lanzaba una mirada de advertencia.  Les rellenó las copas y retiró los platos. Tenía ganas de hacer una reverencia, pero tuvo que aguantar las ganas. Cuando les llevó el primer plato, no pudo evitar sentir una gran satisfacción al ver la cara de sorpresa de Pedro. El olor a cacciatore de gallina de Guinea era exquisito. Les sirvió a los dos y volvió a retirarse a la cocina. Estaba empezando a enojarse mucho con la cita de él. En el bar donde trabajaba, la gente al menos la miraba a la cara, aunque fuera un sitio sin ninguna clase. Empezó a recoger y a limpiar, ignorando el murmullo de voces y tratando de no imaginar de qué podían estar hablando. ¿Planes de boda?  Dió un golpe con un pañito de cocina. Celos locos. Cualquier sentimiento hacia Pedro Alfonso que no fuera antipatía y cansancio, era totalmente absurdo. Oyó un ruido y dió media vuelta. Jorge acababa de entrar por la otra puerta de la cocina, que daba al vestíbulo de la entrada. Al terminar su turno le había dado la misma cena que les había servido a Pedro y a su invitada.

-Ésta ha sido la cena más increíble que he tomado jamás.

Paula sonrió de oreja a oreja.

-¿En serio? ¡Oh, Jorge, gracias! -fue hacia él y le dió un beso espontáneo.

Pero justo en ese momento se abrió la otra puerta. Paula retrocedió de inmediato, con las mejillas ardiendo. Pedro estaba allí de pie, con cara de pocos amigos, con la servilleta en la mano.

-Si estás lista, nosotros hemos terminado.

Jorge se escabulló tan rápido como pudo y Paula se centró en Pedro, sintiéndose culpable sin motivo alguno. Él  se quedó en la puerta, obligándola a pasar por su lado. Sus caderas se rozaron brevemente. Retiró los platos. Por suerte esa vez la gélida rubia no la miró ni una vez. Habiendo recuperado la compostura, volvió con el postre y el café.

-Cariño. -decía la señorita Winthrop-. ¿Cómo pudiste llevarte a Luis del Four Seasons? ¡Roberto tiene que estar hecho una furia! La comida estaba divina.

Paula sintió una descarga de satisfacción al tiempo que dejaba la bandeja sobre una mesa cercana. En el silencio que siguió, se dió cuenta de que estaba conteniendo la respiración, esperando a ver qué decía Pedro. A medida que pasaban los segundos, la espera se hizo cada vez más importante.

-En realidad. -dijo, por fin, aclarándose la garganta-. Luis no se encontraba bien esta tarde, así que fue Paula quien nos preparó la cena. Es mi ama de llaves, de forma temporal -añadió.

Paula, que estaba recogiendo los platos y cubiertos, volvió a ponerlos sobre la mesa. De repente se sintió un poco mareada. No podía creerse que Pedro le hubiera reconocido el mérito. Por primera vez en toda la tarde, la rubia le lanzó una mirada recelosa y inquisitiva.

-Oh. Qué bien.

Las palabras desprendían condescendencia.

-No iba a decir nada. -añadió, volviendo a mirar a Pedro-. Pero pensé que quizá Luis se había tomado el día libre, o que había mandado a uno de sus ayudantes de cocina. La gallina de Guinea sabía un poco raro. Espero que supiera lo que hacía. Mañana tengo un evento familiar. No puedo ponerme enferma.