martes, 21 de abril de 2020

Pasión: Capítulo 17

Él se volvió en ese momento, con tanta brusquedad que la sorprendió mirándolo. Paula se sonrojó.

-Espero que no estés mintiendo sobre tu habilidad para cocinar. No tolero insolencias de ningún tipo, Paula.

Una lanza de dolor atravesó a Paula y las palabras la traicionaron.

-¿Porque vas a cenar con tu prometida?

Pedro frunció el ceño.

-¿Cómo sabes eso?

-Lo ví en el periódico.

Pedro se limitó a mirarla durante unos segundos.

-No es mi prometida todavía. Pero eso tampoco es asunto tuyo.

Paula recordó lo que le había dicho antes.

-Si te sirviera palitos de pescado, no podrías culpar a nadie excepto a tí mismo.

Una vez más, Paula tuvo la extraña sensación de que él estaba aguantando las ganas de reír. Pero entonces la fulminó con una mirada.

-Ni se te ocurra.

-¿Eso es todo?

Él asintió con seriedad. Paula dió media vuelta y salió antes de decir o hacer algo de lo que pudiera arrepentirse. Pedro la siguió con la mirada.

A media tarde, Paula estaba enfrascada en los preparativos para la cena. Estaba sudando a chorros cuando Jorge apareció en la cocina con una caja blanca bastante grande.

-Para tí. Del jefe.

Paula se limpió las manos y tomó la caja. Su corazón empezó a latir locamente y su mente sucumbió a las fantasías más delirantes. Un vestido de gala, en tonos rosados, hecho de una gasa fina. La cena podía ser para los dos. Puso la caja sobre la mesa y la abrió con manos temblorosas. Los castillos en el aire se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos. Era un traje de sirvienta de color negro con un delantal blanco, medias y zapatos negros cómodos. Entre la ropa había una nota. "Ponte esto luego, por favor"..., decía el mensaje, escrito con esa letra tan arrogante. Sintió ganas de reírse y de llorar al mismo tiempo. Nunca antes en su vida se había permitido fantasear de esa manera. Su vida siempre había estado sujeta a la cruda realidad. Había tenido un solo novio, pero nunca le había regalado nada, ni siquiera una tarjeta de felicitaciones por su cumpleaños. Y derepente. Allí estaba. Soñando con el cuento de Cenicienta. Enojada consigo misma, tiró el vestido dentro de la caja con todo el desprecio que pudo y deseó que se arrugara mucho. Respiró hondo y se centró en los preparativos. En ese momento nada la hubiera hecho tan feliz como ir directamente a esa pecera de despacho y echar la salsa que estaba preparando sobre la cabeza de Pedro Alfonso.


Esa noche, caminando de un lado a otro del salón, Pedro no recordaba la última vez que había estado tan tenso. Había vuelto al apartamento una media hora antes y se había ido directamente a la cocina. La puerta estaba cerrada.

-Vete. Estoy ocupada -le había gritado Paula desde el otro lado.

-Espero que lo tengas todo listo.

-Oh, no te preocupes -le había dicho ella en un tono dulce-. Todo está en orden. Los palitos de pescado ya casi están.

Pedro se había mordido la lengua para no exigirle que abriera la puerta de inmediato. De repente llamaron al timbre. Un segundo después entró el guardia de seguridad, acompañado de Micaela Winthrop. Tan fría como siempre, estaba radiante con un vestido de seda negro y drapeado; sencillo, pero provocativo gracias a unas transparencias atrevidas. Fue a saludarla, ahuyentando todos esos pensamientos que lo atormentaban y que giraban en torno a cierta pelirroja.

Paula oyó voces en el salón y respiró hondo. Por desgracia, el traje de sirvienta no se había arrugado. Además, era un poco pequeño para ella y se le pegaba a los pechos, al trasero y a las caderas. Se arregló un poco el pelo, se lo recogió en un moño alto y agarró la bandeja con las copas de champán y los canapés. Cuando entró en el salón, se hizo el silencio. Era consciente de las miradas que la seguían. Tenía que ser la mujer que había visto en la foto del periódico. Por el rabillo del ojo vió a una rubia escultural que estaba cerca de Pedro, junto a la ventana. De repente él la sorprendió acercándose y quitándole la bandeja de las manos.

-Gracias, Paula. Vamos a comer dentro de veinte minutos.

Ella soltó la bandeja y trató de descifrar esa mirada ambigua que había en los ojos de él, pero no pudo, así que dió media vuelta y se marchó. Terminó de preparar los entrantes y ahuyentó de su mente esas imágenes turbadoras en las que veía a Pedro brindando con la rubia.

Pedro no podía sacarse de la cabeza la imagen de Paula, entrando en el salón, con el uniforme... Se había grabado con fuego en su memoria. Claramente le quedaba demasiado pequeño. La prenda se ceñía a su menudo cuerpo y mostraba curvas que normalmente estaban escondidas. Él era el único culpable.

-¿Pedro?

jueves, 16 de abril de 2020

Pasión: Capítulo 16

Sin saber muy bien lo que hacía, soltó el periódico y fue directamente hacia el ascensor. Paula estaba junto a Jorge en el ascensor, intentando averiguar si le afectaba tanto saber que Pedro estaba comprometido. Apenas lo conocía, así que no tenía por qué sentirse. traicionada. Frunció el ceño. Estaba muy confundida. El ascensor se detuvo. Miró a Jorge, pero este se limitó a encogerse de hombros. Todavía no estaban en el ático. Las puertas se abrieron y Pedro apareció ante ellos, con las manos apoyadas en las caderas. Sin chaqueta, con la corbata floja, un botón desabrochado. Paula contuvo el aliento de inmediato y su corazón empezó a latir con más fuerza.

-Solo fuimos a comprar algo para la cena -le dijo.

¿Por qué se sentía tan culpable cuando él debía de saber muy bien dónde habían estado? Pedro miró a Jorge y le quitó las bolsas de las manos a Paula.

-Paula subirá enseguida -le dijo, dándole la compra-. Tengo que hablar con ella.

Echó a andar y Paula no tuvo más remedio que ir tras él. La condujo a través de un laberinto de despachos acristalados hasta llegar al suyo propio. Le sujetó la puerta un momento, dejándola pasar primero. De alguna manera, ese gesto tan caballeroso la hizo sentir más vulnerable que nunca. En cuanto entró en el despacho recurrió al modo de ataque para esconder sus sentimientos. Se volvió hacia él justo cuando él estaba cerrando la puerta.

-Si vas a echarme la bronca porque fuimos a comprar.

Pedro levantó una mano.

-¿He dicho algo?

Paula cerró la boca y sacudió la cabeza. Se sentía como una pordiosera al lado de Pedro. Se había cambiado y se había puesto un traje. Le observó con ojos recelosos. Él rodeó el escritorio y se sentó. De pronto ella reparó en las magníficas vistas.

-¿Siempre tienes las mejores vistas? -le preguntó, yendo hacia la ventana.

-Claro que sí -le dijo Pedro con cinismo-. ¿No sabes que se juzga a la gente por lo altos que están y por lo lejos que llegan a ver?

-Me pregunto si hay algún límite para eso.

El peso del silencio se hizo casi insoportable. Paula apartó la vista, avergonzada. ¿De dónde había salido esa observación tan filosófica? Para evitar la oscura mirada de Pedro, se fijó en los muebles modernos y en las obras de arte contemporáneo que colgaban de cables de acero sobre los paneles de cristal. Se veía a muchos empleados a través de las paredes de cristal de sus cubículos, pero nadie levantaba la vista. Todos estaban muy ocupados, ganando millones para él  y para sus clientes. Su hermano había sido uno de esos empleados. Y había terminado robándoles su dinero. Volvió a mirar a Pedro rápidamente. No quería que él adivinara en qué dirección iban sus pensamientos. Buscó algo que decir.

-¿No te importa?

-¿El qué?

Paula gesticuló con la mano.

-¿No te preocupa que todo el mundo te vea? ¿Es que nunca tienes privacidad?

-El despacho está insonorizado, así que nadie puede oír mis conversaciones privadas. Y así puedo ver a todo el mundo.

Paula lo miró fijamente. Su rostro era una máscara impenetrable. No había expresión alguna.

-Querrás decir que así lo puedes controlar todo.

-No pude controlar a tu hermano -Pedro se encogió de hombros.

Paula bajó la vista y entrelazó las manos. Él acababa de dar voz a sus propios pensamientos. Le oyó moverse y levantó la vista hacia él. Estaba parado junto a la ventana, de espaldas a ella, con las manos metidas en los bolsillos. Por un momento, su imponente físico pareció fuera de lugar frente a aquel paisaje urbano, como si tuviera que estar fuera, luchando contra las fuerzas de la Naturaleza o algo parecido.

Pasión: Capítulo 15

Paula no pudo evitar chocarse con él. Retrocedió rápidamente, como si se hubiera quemado. Una ola de calor recorría su cuerpo como un tsunami. Sentía calor y frío al mismo tiempo. Podía oler su aroma en el aire. Él la atravesó con una mirada afilada y ella tuvo que reprimir las ganas de disculparse.

-¿Qué estás haciendo aquí?

-A veces trabajo en casa, si te parece bien.

-¿Pasa algo? -le preguntó Paula, casi sin pensar lo que estaba diciendo.

Pedro la miró de arriba abajo y Paula sintió que le ardía el cuerpo.

-Mi cocinero acaba de llamarme para decirme que está enfermo. Esta noche viene a cenar una persona y no tengo ganas de salir, pero ahora parece que no me va a quedar más remedio.

Paula sintió una extraña punzada en su interior. ¿Sería una cita? ¿Su amante quizás?

-Yo puedo cocinar, si quieres.

-¿Tú? ¿Cocinar? -exclamó Pedro con una sonrisa irónica.

-Sé hacer algo más que judías y tostadas, si es eso lo que te preocupa -le espetó.

Después de aguijonearle, retrocedió. ¿Por qué había tenido que decir eso?

-Mira, olvida lo que he dicho. Ha sido una estupidez.

Al pasar por su lado, sintió que la agarraban del brazo.  Contuvo el aliento, tragó con dificultad. Lentamente, se dió la vuelta y levantó la vista. La expresión de él era sosegada, pero no la soltaba.

-¿De verdad sabes cocinar?

Paula asintió y resistió las ganas de soltarse. No quería que viera lo mucho que la afectaba.

-Si me das una lista de lo que quieres, haré lo que pueda. ¿Para cuántos es la cena?

Pedro se puso serio de repente. La soltó bruscamente.

-Para dos.

Paula sintió la misma punzada de antes. Cruzó los brazos.

-Puedo hacerlo.

Él la miró fijamente durante unos segundos hasta hacerla sentir ganas de gritar de pura tensión.

-Muy bien, entonces. Te doy la lista y comemos a las ocho. Después del champán y los canapés.

Más tarde Paula y Jorge volvían a casa después de hacer la compra. Pedro le había dado una tarjeta de crédito y una lista de cosas. Ella la había leído con cuidado.

-No sé si voy a poder conseguir pescado sin mercurio de Hawái con tan poco tiempo. ¿Hay alguna otra cosa a la que nos seas alérgico? -le había preguntado.

-No es por mí. Es por la otra persona -le había dicho Pedro, haciendo una mueca.

-Oh -Paula no había querido preguntarle quién era el invitado o invitada. Se había limitado a dejar el papel y a sonreír con dulzura-. Me las arreglaré lo mejor que pueda.

Para sorpresa de Paula, Pedro casi se había echado a reír, pero entonces esa mirada había desaparecido.

-Muy bien -había dicho-. A ver qué puedes hacer.

Cuando estaban a punto de atravesar la entrada privada que conducía al departamento de Pedro, Paula reparó en el titular de un periódico que estaba en un quiosco. Se detuvo en seco cuando leyó la noticia. "Alfonso se casa con una belleza de la alta sociedad, Micaela Winthrop"...

-Es la novia del jefe -le dijo Jorge, al ver su evidente interés en el titular.

-Querrás decir su prometida -apuntó Paula.

No sabía por qué, pero de pronto se sentía como si no tuviera fuerzas. Jorge murmuró algo más que Paula no llegó a captar y entonces entraron en el edificio justo a tiempo para escapar de las primeras gotas de una llovizna veraniega.


En el mismo momento, un piso por encima, en su despacho de cristal, Pedro estaba leyendo el mismo titular. Por fin había llegado. Otro peldaño en su escalada hacia la alta sociedad. Sin embargo, se sentía extrañamente vacío, apagado. Se aflojó la corbata y se desabrochó el último botón de la camisa sin ser consciente de lo que estaba haciendo. Lo único en lo que podía pensar era en la cara de Paula esa misma mañana, cuando le había hablado de aquellas absurdas exigencias para la cena. Había estado a punto de echarse a reír. Nadie le hacía reír. Algo llamó su atención. La luz del ascensor estaba encendida. Alguien estaba subiendo. Probablemente fuera Jorge o alguno de los otros guardaespaldas, pero aun así sentía un cosquilleo en la piel. Podía ser ella.

Pasión: Capítulo 14

Pedro Alfonso estaba de pie en medio de la cocina, con una toalla alrededor de las caderas que apenas le tapaba los muslos. Paula sintió el golpe de cien sensaciones a la vez, además de la descarga de adrenalina. Debía de acabar de ducharse, porque tenía el pelo húmedo. Su piel bronceada resplandecía bajo la luz. Su pecho era ancho, musculoso. Una fina línea de vello descendía hasta perderse por dentro de esa toalla que parecía estar a punto de caerse. De repente ella se dió cuenta de que le estaba mirando como si nunca antes hubiera visto a un hombre. Apartó la vista.

-Se suponía que tenías que estar dormido.

-Bueno -dijo él con sequedad-. En realidad, no. Siempre me levanto pronto.

Paula no quiso mirarlo. El corazón se le salía del pecho, de la sorpresa.

-¿No deberías... ponerte algo de ropa?

-Tú tampoco estás vestida. Podría preguntarte lo mismo, pero no sé si quiero.

Al oír esas palabras, Paula sí que lo miró. Sintió una ola de calor que le subía por el pecho hasta la cara. La mirada de Pedro era oscura, perezosa. Se tomó su tiempo para mirarle las piernas, la camiseta que le llegaba hasta los muslos. Y finalmente la miró a la cara. Sabía que no debía de tener muy buen aspecto, con todo el pelo revuelto. De pronto se acordó de ese momento cuando la había cacheado. Su cara de desprecio y de disgusto hablaba por sí sola. Tenía la garganta muy seca, pero hizo todo lo posible para no tragar. Por ello su voz sonó ronca, ahogada.

-Solo quería un poco de agua.

-Claro -Pedro gesticuló con la mano-. Que no se diga que mato de sed a mis prisioneros.

Aquel comentario sarcástico la hizo recuperar un poco la compostura. Fue hacia las estanterías, consciente en todo momento de sus pies descalzos y de la mirada de Pedro. Ignorándolo, se puso de puntillas y quiso tomar un vaso de la estantería. Estaba demasiado cerca de él. No llegaba. La camiseta se le subía en el trasero, dejando ver las braguitas de algodón blanco que llevaba, gastadas y viejas. De repente sintió una ola de calor a sus espaldas, una fragancia familiar. Él estaba justo detrás de ella. Extendió el brazo y agarró el vaso de la estantería. Casi le estaba tocando la espalda con el pecho. Paula sabía que si se echaba atrás, se tropezaría con él. ¿Cómo sería sentir sus brazos fuertes alrededor? No pudo evitar preguntárselo. Él puso el vaso a su lado sobre la encimera con un golpe seco y se apartó de inmediato. Asió el vaso lentamente y se dió la vuelta. Él ya estaba al otro lado de la cocina, bebiendo de una taza, mirándola con la frialdad de siempre. Ella se dirigió hacia el fregadero para echarse agua del grifo.

-Hay botellas de agua en el frigorífico.

-El agua del grifo está bien. El agua embotellada en una pérdida de dinero -se volvió, asiendo el vaso con ambas manos.

Pedro arqueó una ceja.

-Bueno, ¿Ahora eres ecologista?

Paula se puso tensa.

-Sí que me importa el medio ambiente.

Él dejó la taza sobre la mesa.

-Si me disculpas, hoy tengo un día muy ajetreado.

Fue hacia la puerta con una magnificencia digna de un rey. Antes de salir se volvió. Había un brillo peligroso en su mirada.

-Recuérdame que te enseñe a hacer la cama como en los hospitales. Así es como me gusta que me la hagan.

Paula se quedó mirando el umbral vacío durante unos segundos, tantos como le llevó darse cuenta de lo que acababa de decir. Cuando por fin lo entendió, sintió ganas de tirar el vaso por la puerta. Pura arrogancia. Apretó los labios con fuerza. No podía dejar que sus palabras le hicieran mella. Se lo repitió una y otra vez de camino al dormitorio. Consiguió evitar a Pedro durante un par de días levantándose más tarde por las mañanas y acostándose antes de que él llegara al departamento. Por suerte, parecía que estaba muy ocupado. El tercer día, no obstante, no pudo salirse con la suya. Él emergió repentinamente de su despacho, mascullando toda clase de improperios. Estaba furioso y absolutamente guapísimo con unos vaqueros desgastados y una camiseta.

Pasión: Capítulo 13

Pedro iba sentado en la parte de atrás de su coche. El tráfico de Londres estaba detenido. Podía sentir la tensión del conductor.

-Tranquilo, Emilio. No tengo prisa.

Se echó atrás y subió la persiana de privacidad, sorprendido por lo que acababa de decir. Normalmente nunca se molestaba en tranquilizar a los demás. La gente nunca estaba del todo cómoda a su lado. Excepto Paula Chaves. Ella tampoco se sentía cómoda a su lado, pero se le enfrentaba como nadie lo había hecho antes. Sus contactos de seguridad tenían acceso a información confidencial. Sí que figuraba como la hermana de Gonzalo y no tenía antecedentes, a diferencia de su hermano. No había más hermanos, ni se mencionaba a los padres por ningún lado. Al parecer, una abuela se había hecho cargo de ellos temporalmente y al final los servicios sociales se los habían llevado. Provenían de una de las zonas más conflictivas de Londres y, aunque no conociera todos los detalles, podía cerrar los ojos e imaginarse la escena. Mientras registraba sus objetos personales, se había topado con una carpeta llena de dibujos y textos. Parecía un boceto de un libro de niños y era inesperadamente bueno. También se había encontrado con una foto de ella con su hermano de niños. Ella tenía muchas pecas y una sonrisa en la que faltaba algún diente, el pelo rojo recogido en coletas. Abrazaba a su hermano, más pequeño que ella en estatura, delgaducho y nervioso, escondiéndose detrás de unas gafas con cristales muy gruesos. Sintió una repentina presión en el pecho. Apretó los puños. No iba a dejarse engatusar por esos ojos azules. Ella era tan dura como el hierro y estaba dispuesta a proteger a su hermano a cualquier precio, fuera cual fuera su implicación. De repente levantó la vista y miró por la ventanilla. Ante él pasaban los frondosos barrios residenciales. Llevaba horas sin acordarse de Micaela Winthrop. Sacó el teléfono y la llamó.

Paula se despertó de un sueño agitado a las cinco de la mañana siguiente. Al principio estaba muy desorientada, pero en cuanto se dió cuenta de dónde estaba, un nudo empezó a formarse en su estómago. Los primeros rayos de sol vestían de plata a la ciudad de Londres. Repasó los acontecimientos del día anterior. Por suerte ya estaba en la cama cuando Pedro había llegado, y solo había oído algún ruido que otro. La había llamado a última hora de la tarde para decirle que iba a cenar fuera y no había podido evitar preguntarse con quién iba a cenar. Al marcharse Pedro esa mañana, había abierto la puerta de salida. Fuera se había encontrado con un atrio enorme y un armario empotrado de hombre sentado frente a una mesa que parecía tener una docena de monitores. Nada más verla, el hombre se había levantado.

-¿Tiene que ir a alguna parte, señorita Chaves?

Paula había sacudido la cabeza.

-Solo quería echar un vistazo.

-Soy Jorge -le había dicho el guardia, deshaciéndose en amabilidad-. Y estoy aquí para llevarla adonde necesite ir, así que si necesita algo, llámeme.

Paula había murmurado algo casi incoherente. Evidentemente, Jorge también estaba allí para asegurarse de que no salía huyendo, tal y como Pedro le había advertido. Había vuelto al departamento y había llamado a la anterior ama de llaves. La señora, muy agradable, le había dado la lista de tareas que el señor Alfonso esperaba que hiciera. Se había parado en el dormitorio de él y había mirado las sábanas revueltas. Su aroma inconfundible estaba en todas partes, almizclado y masculino. Pensando en esa cama y en esas sábanas, ella se dió cuenta de que tenía mucha sed. Se levantó de la cama y salió de la habitación. Todavía estaba medio adormilada. Al entrar en la cocina se dio cuenta de que la luz estaba encendida. Tuvo que cerrar los ojos. Al ver que una sombra enorme se movía de repente, dejó escapar un grito.

martes, 14 de abril de 2020

Pasión: Capítulo 12

-Dame el teléfono.

-¿Por qué? -preguntó, cada vez más testaruda.

-Porque no te creo. Porque creo que harás todo lo que esté en tu mano para ponerte en contacto con tu hermano y advertirle que no aparezca por aquí. Y porque si trata de contactar, lo atraparemos.

Paula cruzó los brazos. Se fulminaron con la mirada durante unos segundos.

-No me hagas volver a cachearte -le dijo con un disgusto evidente.

Al oír esas palabras Paula sintió una punzada de vergüenza al recordar cómo la había tocado el día anterior, lo mucho que le había repugnado. Intentando esconder sus emociones, se levantó de la silla, sabiendo que él encontraría el teléfono al final. Salió de la cocina, buscó el teléfono en el bolso y se lo entregó a Pedro.

-No va a volver a llamarme. Sabe que está en un buen lío.

-Tengo una propuesta que hacerte -Pedro se guardó el teléfono-. No tengo ama de llaves ahora mismo. Necesito una -la miró de arriba abajo con desprecio-. Creo que no se te puede dar mal un trabajo tan sencillo. Ni siquiera tendrías que cocinar. Tengo un chef que prepara comida cuando la necesito. Solo tendrías que limpiar y ocuparte del departamento. Entregas, correspondencia.

-¿Me  estás ofreciendo un trabajo?

-Bueno, no es tanto un trabajo como algo para mantenerte ocupada mientras estés aquí. Porque no vas a irte de mi lado hasta que tengamos a tu hermano.

El corazón de Paula empezó a latir con más fuerza. Cruzó los brazos.

-No puedes hacer esto. Es una vergüenza. No puedes tenerme prisionera.

-No tienes adónde ir, ni tampoco trabajo -dijo Pedro, arqueando una ceja-. Tienes un capital de nada menos que cincuenta libras. No estás en posición de reafirmar tu independencia y tu libertad. Al final te darás cuenta de que te estoy haciendo un favor, que no te mereces.

-Has estado registrando mis cosas.

-Claro que sí -dijo él, encogiéndose de hombros.

Paula sintió vergüenza de verse tan expuesta y ridiculizada. Desde que había terminado la carrera no había hecho más que sobrevivir. No había tenido tiempo para sueños e ilusiones, pero Pedro Alfonso no sabía lo que era ganarse el pan de cada día.

-¿Entonces me estás ofreciendo este trabajo por pura bondad? -le preguntó en un tono corrosivo.

Él sonrió, pero su sonrisa estaba desprovista de humor.

-Algo así, sí. No estás en posición de discutir, Paula. Tu hermano y tú se han metido solos en esta situación. Míralo de esta manera. Eres mi aval, por valor de un millón de euros, hasta que tu hermano aparezca.

Paula trató de buscar una salida. No podía dejar a su hermano a merced de aquel hombre. Se puso erguida y se incorporó, decidida a recuperar algo de control en una situación tan desesperada.

-Si voy a ocuparme de tu casa, entonces quiero que me pagues lo mismo que cobraba en el bar. Tengo que pagar el préstamo de estudiante.

Pedro se sorprendió al ver que se rendía tan fácilmente, pero no se dejó llevar por los golpes de la consciencia. Se traía algo entre manos y seguramente se comportaba así para hacerle dudar de su culpabilidad. Sintiendo una gran curiosidad, le preguntó cuánto le pagaban, esperando que triplicara la suma. Paula, sin embargo, mencionó una cifra totalmente inesperada. Él  tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar ver el asombro que sentía. La expresión de ella era tan diáfana, inocente y desafiante, que casi sin darse cuenta accedió a pagarle esa suma patética. ¿Sería el salario mínimo por lo menos?

Paula observó a Pedro mientras sacaba un bolígrafo y un papel de un cajón. Garabateó un par de números y nombres y entonces se lo entregó en la mano.

-Es el número de mi asistente personal, por si necesitas contactar conmigo. Estaré todo el día reunido al otro lado de la ciudad. Puedes usar los teléfonos de la casa -sus ojos brillaron-. Sobra decir que todas las llamadas que le hagas a tu hermano serán grabadas. También te he apuntado el número de la antigua ama de llaves. Puedes llamarla y consultarle cualquier duda.

Paula miró el papel y entonces oyó su voz burlona.

-Mi jefe de seguridad está justo en la puerta del departamento y controla cada entrada y salida de la casa. Si intentas marcharte, te traerán de vuelta.

Ella miró atrás y levantó el papel en la mano.

-¿Quieres decir que no tengo línea directa con Dios?

Pedro esbozó una sonrisa maliciosa.

-Me reservo mi número privado para la gente con la que realmente quiero hablar. No para escoria y ladrones.

Paula sintió que una ola caliente le subía por la cara.

-No sabes nada de mí. Nada.

-Sé todo lo que tengo que saber -le dijo él con una mirada fría- . No te metas en líos hasta que nos volvamos a ver -dió media vuelta y se marchó.

Paula se lo quedó mirando, pensando en qué clase de persona sería digna de tener su número privado para hablar de cosas íntimas.

-No creas que te vas a salir con la tuya -le gritó de repente, presa de un arrebato de soberbia-. No eres más que un autócrata megalómano.

Pedro se volvió lentamente y el corazón de Paula se detuvo un instante al ver la furia que había en su mirada. Una ola de miedo se apoderó de ella.

-Si estás tan preocupada, entonces llama a la policía. Y ya de paso los pones al día sobre las actividades más recientes de tu hermano, ¿No? Estoy seguro de que estarán encantados de conocer sus progresos en el mundo real desde su salida de la cárcel.

Paula tragó con dificultad. De repente sentía náuseas.

-Ya sabes que no puedo hacer eso.

En ese momento Paula podía ver esa larga lista de antepasados aristocráticos retratados en los rasgos arrogantes de Pedro.

-Bueno, será mejor que te acostumbres al departamento, porque va a ser tu hogar durante una temporada.

Cuando se marchó, Paula trató de sacar toda la rabia y el odio que sabía tenía dentro, pero para su sorpresa, lo único que le vino a la mente fue la forma en que él había insistido en darle de comer.

Pasión: Capítulo 11

-No, Gonzalo. No puedes. Por favor.

Volvió a la Tierra de golpe. Una vez más era como si ella hubiera ejercido su influjo mágico, haciéndole olvidar quién era y por qué estaba allí. Ella no era nadie. No era más que una ladrona, cómplice de su hermano, que había sido tan temerario como para creer que podía abusar de la confianza de Pedro Alfonso. Dió un paso atrás, se alejó de ella y reprimió cualquier indicio de preocupación o deseo. Juró que no la dejaría marchar hasta llevarla ante la justicia junto con su hermano. Cuando Paula se despertó al día siguiente tuvo la extraña sensación de no saber dónde estaba, o qué día era. El entorno le era totalmente desconocido y suntuoso. Estaba tumbada encima de una cama enorme, con un albornoz. Poco a poco, lo recordó todo. Se incorporó y vio que las cortinas seguían abiertas. Podía disfrutar de las vistas más espectaculares de Londres desde su ventana. El Támesis zigzagueaba como una serpiente entre los edificios grises de acero. Se apartó un momento de la ventana. Algo llamó su atención. Sus maletas viejas estaban junto a la puerta. Se sonrojó violentamente. Pedro había entrado en la habitación mientras dormía.  Sintiéndose en clara desventaja, ella se levantó de la cama y acercó las maletas. Sacó unos vaqueros, una camiseta y unas zapatillas. Después de lavarse la cara, se recogió el pelo en un moño y salió.

El departamento estaba en silencio. Paula miró la hora. Todavía era pronto. A lo mejor Pedro no se había levantado todavía. Al llegar a la puerta de la enorme cocina, se lo encontró sentado frente a la mesa. Su corazón se detuvo un instante. Estaba leyendo Financial Times. Tenía el pelo húmedo y se lo había echado hacia atrás. Su piel bronceada resplandecía a la luz de la mañana. Estaba impecablemente vestido con una camisa azul y una corbata a juego. De repente él levantó la vista. Bebió un sorbo de la pequeña taza, que parecía diminuta en su enorme mano.

-Buenos días.

-Buenos días -repitió ella vagamente, como si hubiera sido un huésped cualquiera, y no una prisionera.

Pedro hizo un gesto señalando la cocina.

-Me temo que tendrás que servirte tú misma. Estoy sin ama de llaves.

Paula se sirvió un poco de café y una tostada. Las manos le temblaban, pero no podía controlarlo. No le tenía miedo a casi nada, pero a él sí. Se quedó parada frente a la enorme isla en el medio de la cocina.

-Ven a sentarte. No muerdo.

Ella apretó los dientes, agarró su taza y su plato y se sentó en el otro extremo de la mesa. Se comió la tostada con esfuerzo, esquivando su mirada con sumo cuidado.

-Investigué un poco a tu hermano anoche y encontré cosas muy interesantes.

Paula se quedó helada. Dejó la taza sobre la mesa. Al revelarle su nombre real también le había dicho el de Gonzalo. Lo miró a los ojos fijamente. Pedro casi parecía estar aburriéndose mucho, pero percibía la rabia que bullía debajo de esa superficie aparentemente en calma.

-Tiene un historial impresionante. Tres años en la cárcel por tráfico de drogas, por no mencionar el hecho de que falsificó papeles para conseguir un empleo en mi empresa. Sus delitos no hacen más que aumentar, Paula.

-Él no es así -le dijo Paula, desesperada-. De verdad estaba intentando empezar de nuevo. Quería usar su talento, su inteligencia, darle un giro a su vida. Hizo una carrera. Tiene que haber una buena explicación para lo que ha hecho. No se habría arriesgado a ir a la cárcel de nuevo.

Pedro parecía más serio que nunca.

-Creo que muchos estarían de acuerdo en que un millón de euros es una muy buena razón.

Paula se echó atrás en la silla y se miró las manos. Temblaban sin parar, así que las entrelazó con fuerza. Sentía el escozor de las lágrimas en los ojos. Oyó suspirar a Pedro, pero no levantó la vista.

-No obstante, no creo que estés a punto de llamarlo para decirle que lo deje, ¿No?

Reprimiendo la emoción, Paula levantó la vista.

-Sí que hablé con él ayer, pero no quiso decirme dónde estaba, o adónde iba, y cuando traté de devolverle la llamada su teléfono estaba apagado. Creo que lo tiró.

Decidió no mencionar que su hermano le había dicho que trataría de contactar con ella cuando pudiera. Paula se prometió a sí misma que si eso llegaba a pasar, le diría que se mantuviera lejos y que no volviera nunca. Pedro se puso en pie y extendió una mano.