Pedro Alfonso miró a su alrededor y se sintió contento. Estaba en una habitación preciosa, en un museo muy prestigioso, en el centro de Londres. Había sido diseñado por un famoso arquitecto Art Deco en los años veinte y recibía la visita de millones de turistas que querían admirar sus espectaculares vidrieras. La multitud también era exclusiva; políticos de alto rango, comentaristas de los medios de comunicación, celebridades de todo tipo y filántropos millonarios que controlaban los mercados de todo el mundo con solo levantar un dedo o arquear una ceja.
Pedro, a sus treinta y dos años de edad, estaba en esa última categoría y por ello era el objetivo de todas las miradas. Un silencio especulativo se cernía sobre él; todos se preguntaban cómo había llegado a ser intocable en tan poco tiempo. De repente se fijó en una rubia alta y elegante que estaba al otro lado del salón. Llevaba el pelo recogido en un moño clásico y sus ojos eran tan azules como altivos. Sin embargo, su expresión se suavizaba bajo la mirada de Pedro. Llevaba las mejillas cuidadosamente teñidas de colorete, pero el auténtico rubor no llegaba hasta ellas. Llevaba un rutilante vestido negro y, de alguna manera, él sabía que era tan dura como los diamantes que brillaban sobre su pecho y en sus orejas. Ella sonrió y levantó su copa, mirándolo. Una sensación triunfal lo recorrió de pies a cabeza. Levantó su copa y la saludó también. La idea de cortejar a la distinguida señorita Micaela Winthrop corría por sus venas como un delicioso néctar. Ese era el momento. Por fin estaba en lo más alto, por fin había llegado adonde siempre había querido estar, después de tanto esfuerzo. Nunca hubiera podido imaginar que se encontraría en esa situación; desempeñando el papel de anfitrión para una multitud como esa, formando parte de ella.
Por fin estaba lo bastante lejos de aquella infancia marginal vivida en una ciudad italiana; lejos de aquel niño salvaje, de la calle. Aquel niño no tenía salida. Su propio padre le había escupido en la calle y sus medias hermanas habían pasado por su lado sin siquiera mirarlo. Pero él se había abierto camino con uñas y dientes hasta llegar arriba, con agallas, determinación y una inteligencia avispada. Y hasta ese momento nadie conocía su verdadero pasado.
Dejó su copa vacía encima de la bandeja que sostenía un camarero, pero no la reemplazó por otra llena. Mantener la cabeza fresca era su primera regla de oro. De pronto recordó aquel burdo tatuaje que había llevado durante años y que se había quitado. Había sido unas de las primeras cosas que había hecho al llegar a Londres casi quince años antes. Con solo pensar en ello, sintió un extraño cosquilleo en la piel. Ahuyentó esos pensamientos y se dirigió con decisión hacia la señorita Micaela Winthrop. Durante un breve instante sintió una claustrofobia repentina, pero consiguió controlarla. Estaba donde quería estar, en el sitio al que tanto le había costado llegar. Se esforzó por poner su mejor cara. ¿Por qué tenía que esforzarse aún? Se molestó consigo mismo... De repente reparó en una joven solitaria. Era evidente que no era tan llamativa o glamurosa como las otras mujeres. El vestido no le quedaba muy bien y su cabello era una masa vibrante de pelo rojo. Había algo indomable e irreverente en ella, algo que le llamaba poderosamente la atención. Pedro olvidó su propósito inicial casi sin darse cuenta. No podía apartar la vista de aquella joven misteriosa. Antes de saber lo que estaba haciendo cambió de rumbo y se dirigió hacia ella.
Paula Chaves trataba de comportarse con indiferencia y desparpajo, como si estuviera acostumbrada a ser invitada a las fiestas más glamurosas en Londres. Pero era difícil. sobre todo para una camarera de bar. Ella estaba acostumbrada a la clase de sitios en los que los hombres le pellizcaban el trasero y le decían cosas desagradables. Apretó la mandíbula casi inconscientemente. Una licenciatura en Bellas Artes no servía para mucho en un mundo dominado por la economía, pero ella tenía un sueño. Sin embargo, por desgracia, para financiarse ese sueño tenía que ganarse la vida, comer y sobrevivir; algo difícil con un trabajo precario. Salió de esas reflexiones nocivas sacudiendo la cabeza. Podía arreglárselas con esos trabajos precarios. Podía mantenerse a flote y afrontar esa situación. Apretó con fuerza el bolso de fiesta contra el abdomen. ¿Adónde había ido Gonzalo? Le había acompañado para hacerle un favor. Apretó los labios. La tensión se la comía en un entorno como ese. Y la preocupación que sentía por él también. Hizo un esfuerzo por relajarse. La fiesta benéfica la organizaba todos los años la empresa para la que trabajaba su hermano, y se había convertido en un gran acontecimiento para él. De ahí sus cambios de humor y ese nerviosismo. Ambos tenían veinticuatro años y ya no podía seguir sintiéndose responsable de él. Ya no podía seguir cuidándole como había hecho toda la vida. Todavía llevaba las cicatrices de las peleas en las que se había metido para defenderle de algún matón. para proteger a su hermano pequeño, al que solo le llevaba veinte minutos.
martes, 7 de abril de 2020
Pasión: Sinopsis
La tensión sexual crecía sin parar...
El primer encuentro entre Paula Chaves y Pedro Alfonso, multimillonario y soltero de oro, fue memorable; él la vió robando canapés. Pero el segundo fue inolvidable...
La inesperada visita de Paula a su despacho era demasiado sospechosa... Él no podía creer en su inocencia, y la experiencia le había enseñado que era mejor tener a los enemigos cerca, hasta averiguar la verdad. Sin embargo, era muy difícil seguir enojado con la fascinante pelirroja... Ella le hacía sentir emociones que Pedro creía haber enterrado para siempre.
El primer encuentro entre Paula Chaves y Pedro Alfonso, multimillonario y soltero de oro, fue memorable; él la vió robando canapés. Pero el segundo fue inolvidable...
La inesperada visita de Paula a su despacho era demasiado sospechosa... Él no podía creer en su inocencia, y la experiencia le había enseñado que era mejor tener a los enemigos cerca, hasta averiguar la verdad. Sin embargo, era muy difícil seguir enojado con la fascinante pelirroja... Ella le hacía sentir emociones que Pedro creía haber enterrado para siempre.
jueves, 2 de abril de 2020
La Adivina: Capítulo 45
Pedro estaba sentado frente a la barra de El Alibi, un bar de mala muerte de carretera, recordando una y otra vez su conversación con Paula. Evidentemente, ella pensaba que podía haber hecho mejor las cosas y seguramente tenía razón. Después de ponerse del lado del reverendo, seguramente jamás creería que la amaba. ¿La amaba? Echó la cabeza hacia atrás, como si le hubieran dado un puñetazo en la barbilla. ¿De dónde había salido eso? ¿Era cierto? ¿Amaba a Paula? Esperó la oleada de pena que lo abrumaría de culpa al pensar en Jimena, pero no llegó. Y cuando el miedo de perder a Paula fue lo único que era capaz de sentir, recordó lo que había dicho sobre ver un nuevo matrimonio como un tributo a la felicidad que compartió con Jimena. No como una traición. Y él había traicionado a Paula. Paula Chaves, una mujer alegre, segura de sí misma, divertida. Y, sin embargo, también ella tenía sus inseguridades. No había estudiado por eso. Y que él se hubiera puesto del lado de los vecinos… en dos ocasiones, no debía de haberla hecho sentirse precisamente muy segura de sí misma. ¿Qué podía hacer?, se preguntó. ¿Cómo podía convencerla? «Dile que la quieres», le sugirió una vocecita interior. Eso era lo más importante, sí. Y la obligaría a escucharlo. No dejaría que se fuera de Blossom sin abrirle su corazón.
Al día siguiente, Paula cerró la caseta y se dirigió a la noria. Carlos la había llamado para decirle que necesitaba su ayuda. Cuando terminase se iría a su roulotte para cenar. O no. La verdad era que no tenía hambre. Cuando llegó a la noria, recortada contra el precioso cielo anaranjado de Texas, encontró a Carlos en cuclillas sobre el motor.
–¿Qué ha pasado?
–Ah, hola. Parece que esto se ha estropeado y necesito tu ayuda.
–Muy bien. Dime qué tengo que hacer.
–¿Puedes subirte a uno de los coches y comprobar que no roza el entarimado cuando baja?
–Claro –Paula subió a la plataforma y entró en uno de los coches como le había pedido–. Ya estoy.
–¿Lista?
–Sí, dale cuando quieras.
–Yo también estoy listo –dijo Pedro entonces, sentándose a su lado.
La enorme noria empezó a moverse de inmediato.
–¿Qué haces aquí?
–No querías hablar conmigo, así que he tenido que usar un pequeño truco.
–No tenemos nada que hablar, Pedro.
–Puede que tú no, pero yo sí tengo algo que decirte –insistió él–. Significas demasiado para mí, Paula. No puedo dejarte ir.
–Mira, déjalo, sólo estaríamos retrasando lo inevitable…
El coche había llegado arriba del todo y, de repente, la noria se detuvo. Paula estaba tan preocupada por la presencia de Pedro que no se había percatado de que Carlos estaba metido en el ajo.
–Paula –murmuró él, tomando su mano para llevársela al corazón–. Escúchame, por favor.
Bajo la tela de la camisa, Paula sintió los latidos de su corazón. Qué interesante. No estaba tan sereno como quería aparentar.
–Primero, quiero pedirte disculpas por lo que pasó ayer. Fueran cuales fueran mis motivos, te hice daño y no sabes cómo lo siento.
Ella suspiró.
–Sé que no lo hiciste a propósito. Pero ésa es la cuestión, tú eres así, Pedro. Y no vas a cambiar. Tú tienes tus obligaciones…
–Sí puedo cambiar.
–No tienes por qué hacerlo. Podemos ser amigos si quieres, yo no te guardo rencor…
–Yo no quiero ser tu amigo, Paula. Quiero ser tu amante, tu marido, el amor de tu vida.
–Pedro… ¿Tú sabes lo que estás diciendo?
–Claro que lo sé. Y eso es lo que espero que digas tú también.
Ella negó con la cabeza.
–Hay tantas cosas que nos separan…
–Y hay tantas cosas que nos acercan. El amor que siento por tí, por ejemplo.
–¿Tú… me quieres?
–Te quiero, Paula. Te quiero con todo mi corazón. Anoche, cuando pensaba que te irías de Blossom y no volvería a verte nunca más… esa idea me partía el alma.
En ese momento se encendieron todas las luces de la feria. Todas a la vez, como si fuera el día de la inauguración. Y abajo, Paula pudo ver a Carlos, a Darío y a Bernardo, a la señora White y la señora Davis, a Mónica, a Mariana Tucker… estaba casi todo el pueblo. Salvo la gente del Comité, claro. Ése era un problema que tendría que solucionar poco a poco. ¡Pero allí estaba su abuela! ¡Con Camila sentada sobre sus rodillas! ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba pasando?
–Pedro…
–¿Paula, quieres ser mi mamá? –le llegó la voz de Camila.
Paula no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta y el corazón parecía querer salírsele del pecho. ¿Sería verdad? ¿Estaría soñando? Aquello no podía estar pasando. Era como la escena de una película.
–Pero… Pedro… has traído a mi abuela.
–Quiero hacerte feliz. Y, por cierto, me ha dicho que esto es algo que habría hecho el príncipe azul.
–¿Te ha dicho eso? –sonrió Paula, con los ojos llenos de lágrimas.
–Sí. Y también me ha hecho prometer que la llevaríamos de vuelta a la residencia mañana por la mañana. ¿Quieres casarte conmigo, Paula Blossom Chaves? ¿Quieres ser mi mujer y la madre de Camila?
–Sí, sí, sí… lo deseo tanto –contestó ella, echándose en sus brazos–. No sabes cómo. Sí, sí, sí y sí. ¿Estás seguro? –le preguntó entonces.
–Cariño, la primera vez que te ví, pensé que había llegado un problema a Blossom. ¡Y menudo problema! La clase de problema que me hace reír, que me hace pensar, que me hace sentir. Tú me has devuelto a la vida, Paula. Y sí, estoy seguro de que quiero vivir esa vida contigo.
–La primera vez que te toqué supe que eras mi alma gemela, ¿Sabes?
–¿Sí?
–Por eso salí corriendo, porque me asusté.
–¿Y sigues asustada?
–No, ya no –se rió Paula.
La noria empezó a moverse entonces.
–¿Qué tal si subimos a toda la familia? –les preguntó Carlos cuando llegaron abajo.
Unos minutos después, la noria estaba en acción de nuevo, pero ahora todos los coches estaban ocupados. Camila gritaba de alegría, Paula tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Pedro… Cuando volvió a ver Blossom desde arriba tuvo que sonreír. El pueblo aún necesitaba curar sus heridas, pero tenía una buena premonición sobre su futuro. A Blossom le esperaban buenos tiempos.
FIN
Al día siguiente, Paula cerró la caseta y se dirigió a la noria. Carlos la había llamado para decirle que necesitaba su ayuda. Cuando terminase se iría a su roulotte para cenar. O no. La verdad era que no tenía hambre. Cuando llegó a la noria, recortada contra el precioso cielo anaranjado de Texas, encontró a Carlos en cuclillas sobre el motor.
–¿Qué ha pasado?
–Ah, hola. Parece que esto se ha estropeado y necesito tu ayuda.
–Muy bien. Dime qué tengo que hacer.
–¿Puedes subirte a uno de los coches y comprobar que no roza el entarimado cuando baja?
–Claro –Paula subió a la plataforma y entró en uno de los coches como le había pedido–. Ya estoy.
–¿Lista?
–Sí, dale cuando quieras.
–Yo también estoy listo –dijo Pedro entonces, sentándose a su lado.
La enorme noria empezó a moverse de inmediato.
–¿Qué haces aquí?
–No querías hablar conmigo, así que he tenido que usar un pequeño truco.
–No tenemos nada que hablar, Pedro.
–Puede que tú no, pero yo sí tengo algo que decirte –insistió él–. Significas demasiado para mí, Paula. No puedo dejarte ir.
–Mira, déjalo, sólo estaríamos retrasando lo inevitable…
El coche había llegado arriba del todo y, de repente, la noria se detuvo. Paula estaba tan preocupada por la presencia de Pedro que no se había percatado de que Carlos estaba metido en el ajo.
–Paula –murmuró él, tomando su mano para llevársela al corazón–. Escúchame, por favor.
Bajo la tela de la camisa, Paula sintió los latidos de su corazón. Qué interesante. No estaba tan sereno como quería aparentar.
–Primero, quiero pedirte disculpas por lo que pasó ayer. Fueran cuales fueran mis motivos, te hice daño y no sabes cómo lo siento.
Ella suspiró.
–Sé que no lo hiciste a propósito. Pero ésa es la cuestión, tú eres así, Pedro. Y no vas a cambiar. Tú tienes tus obligaciones…
–Sí puedo cambiar.
–No tienes por qué hacerlo. Podemos ser amigos si quieres, yo no te guardo rencor…
–Yo no quiero ser tu amigo, Paula. Quiero ser tu amante, tu marido, el amor de tu vida.
–Pedro… ¿Tú sabes lo que estás diciendo?
–Claro que lo sé. Y eso es lo que espero que digas tú también.
Ella negó con la cabeza.
–Hay tantas cosas que nos separan…
–Y hay tantas cosas que nos acercan. El amor que siento por tí, por ejemplo.
–¿Tú… me quieres?
–Te quiero, Paula. Te quiero con todo mi corazón. Anoche, cuando pensaba que te irías de Blossom y no volvería a verte nunca más… esa idea me partía el alma.
En ese momento se encendieron todas las luces de la feria. Todas a la vez, como si fuera el día de la inauguración. Y abajo, Paula pudo ver a Carlos, a Darío y a Bernardo, a la señora White y la señora Davis, a Mónica, a Mariana Tucker… estaba casi todo el pueblo. Salvo la gente del Comité, claro. Ése era un problema que tendría que solucionar poco a poco. ¡Pero allí estaba su abuela! ¡Con Camila sentada sobre sus rodillas! ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba pasando?
–Pedro…
–¿Paula, quieres ser mi mamá? –le llegó la voz de Camila.
Paula no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta y el corazón parecía querer salírsele del pecho. ¿Sería verdad? ¿Estaría soñando? Aquello no podía estar pasando. Era como la escena de una película.
–Pero… Pedro… has traído a mi abuela.
–Quiero hacerte feliz. Y, por cierto, me ha dicho que esto es algo que habría hecho el príncipe azul.
–¿Te ha dicho eso? –sonrió Paula, con los ojos llenos de lágrimas.
–Sí. Y también me ha hecho prometer que la llevaríamos de vuelta a la residencia mañana por la mañana. ¿Quieres casarte conmigo, Paula Blossom Chaves? ¿Quieres ser mi mujer y la madre de Camila?
–Sí, sí, sí… lo deseo tanto –contestó ella, echándose en sus brazos–. No sabes cómo. Sí, sí, sí y sí. ¿Estás seguro? –le preguntó entonces.
–Cariño, la primera vez que te ví, pensé que había llegado un problema a Blossom. ¡Y menudo problema! La clase de problema que me hace reír, que me hace pensar, que me hace sentir. Tú me has devuelto a la vida, Paula. Y sí, estoy seguro de que quiero vivir esa vida contigo.
–La primera vez que te toqué supe que eras mi alma gemela, ¿Sabes?
–¿Sí?
–Por eso salí corriendo, porque me asusté.
–¿Y sigues asustada?
–No, ya no –se rió Paula.
La noria empezó a moverse entonces.
–¿Qué tal si subimos a toda la familia? –les preguntó Carlos cuando llegaron abajo.
Unos minutos después, la noria estaba en acción de nuevo, pero ahora todos los coches estaban ocupados. Camila gritaba de alegría, Paula tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Pedro… Cuando volvió a ver Blossom desde arriba tuvo que sonreír. El pueblo aún necesitaba curar sus heridas, pero tenía una buena premonición sobre su futuro. A Blossom le esperaban buenos tiempos.
FIN
La Adivina: Capítulo 44
–Yo no he hecho nada –sonrió Paula.
–Claro que sí. De no ser por tí mi hija no habría nacido. Y también tenías razón sobre mi padre… me va a ayudar, como tú me dijiste.
–Le debo una disculpa, señorita Chaves –dijo el reverendo entonces–. Melisa me ha contado que usted le pidió que hablase conmigo… Mi comportamiento en la feria ha sido inexcusable. Estaba tan asustado, tan sorprendido. Por favor, espero que sea capaz de perdonarme algún día. Lo siento muchísimo.
–Está perdonado –sonrió Paula–. Lo importante es que ahora hay una niña en la familia… y que todo ha salido bien.
–El doctor Wilcox ha dicho que, de haber dado a luz en la feria, Melisa seguramente habría perdido a su hija.
–Lo que he dicho es que, de haber dado a luz en la feria, seguramente habríamos perdido a la niña y a Melisa –le corrigió el doctor Wilcox, entrando en la habitación–. Eres una chica muy afortunada. Y usted, señorita Chaves, tiene un don para estas cosas.
–Gracias por escucharme. No todo el mundo lo hace.
–En fin… ahora lo importante es ponerle un nombre a esta niña, ¿No?
Melisa sonrió.
–Me gustaría ponerle de nombre Pandora.
–Sí, bueno… supongo que querrás ponerle un nombre de tu familia… – empezó a decir Paula.
–No, por favor. Tú la salvaste, así que tiene que llevar tu nombre.
–Muy bien, de acuerdo, pero Pandora es mi nombre profesional. Mi verdadero nombre es Blossom Paula Chaves.
–¿Blossom? ¿De verdad?
–De verdad. Mi madre murió aquí, por eso me pusieron ese nombre.
–Me gustaría ponerle Paula. Mi pequeña Pauli… Pauli –poco a poco Melisa se quedó dormida.
–Paula Tolliver. Se lo diré a las enfermeras –el doctor Wilcox se dió la vuelta–. Bien hecho, señorita Chaves. Venga a verme si necesita trabajo.
Cherry dejó al reverendo Tolliver al cuidado de su hija y su nieta y salió de la habitación para llamar a Carlos, que quedó en ir a buscarla a la puerta del hospital. De modo que se dirigió hacia allí… no sin antes recibir las felicitaciones de todas las enfermeras. Qué curioso haberse convertido en una heroína y que le hubieran ofrecido un trabajo el mismo día que Pedro Alfonso le había dejado claro que no habría nada entre ellos. Pero en fin, había conseguido que una niña llegase al mundo sin problemas y que un padre y una hija se reconciliaran. «Algo es algo», pensó. Era una pena que ya no le apeteciese quedarse en Blossom. Lo último que deseaba era encontrarse con Pedro. Sin embargo, allí estaba. En la puerta del hospital.
–Paula… estaba esperándote.
–Pues no deberías.
–Sé que estás dolida conmigo…
–Sí, lo estoy.
Intentó apartarse de su camino, pero él la sujetó del brazo.
–Espera, no te vayas. El reverendo Tolliver es su padre y Melisa es menor de edad. Tenía que ponerme de su lado, Paula.
–Sí, claro, es lo más fácil.
–Eso no es verdad –Pedro se pasó una mano por el pelo–. Lo siento, no quería hacerte daño.
–Pero lo has hecho. Lo has hecho porque así creías que controlabas la situación, que quedabas bien delante de los buenos vecinos de Blossom.
–Estaba pensando en tí… ¿Tú sabes lo que los buenos vecinos de Blossom te habrían hecho si le hubiera pasado algo a Melisa?
Paula parpadeó.
–Para entonces ya había llegado el doctor Wilcox.
–Eso les habría dado igual. Tú habrías sido la cabeza de turco si algo hubiera ido mal.
–Esa gente no puede hacerme nada. Da igual lo que hagan o lo que digan de mí porque no me conocen. Están juzgando al personaje que interpreto, no lo que soy.
–Paula, no es tan sencillo.
–Sé que piensas que si consigues contenerlos puedes mantener el control, pero eso es una ilusión, Pedro. No hacer nada no evita que estés haciendo algo malo. Sólo evita que sigas adelante. Pensé que eras diferente, pensé que me conocías… pero parece que me he equivocado –murmuró ella, intentando contener las lágrimas–. Por favor, no vuelvas a acercarte a mí.
Después de eso, salió del hospital… y Pedro no se atrevió a seguirla.
–Claro que sí. De no ser por tí mi hija no habría nacido. Y también tenías razón sobre mi padre… me va a ayudar, como tú me dijiste.
–Le debo una disculpa, señorita Chaves –dijo el reverendo entonces–. Melisa me ha contado que usted le pidió que hablase conmigo… Mi comportamiento en la feria ha sido inexcusable. Estaba tan asustado, tan sorprendido. Por favor, espero que sea capaz de perdonarme algún día. Lo siento muchísimo.
–Está perdonado –sonrió Paula–. Lo importante es que ahora hay una niña en la familia… y que todo ha salido bien.
–El doctor Wilcox ha dicho que, de haber dado a luz en la feria, Melisa seguramente habría perdido a su hija.
–Lo que he dicho es que, de haber dado a luz en la feria, seguramente habríamos perdido a la niña y a Melisa –le corrigió el doctor Wilcox, entrando en la habitación–. Eres una chica muy afortunada. Y usted, señorita Chaves, tiene un don para estas cosas.
–Gracias por escucharme. No todo el mundo lo hace.
–En fin… ahora lo importante es ponerle un nombre a esta niña, ¿No?
Melisa sonrió.
–Me gustaría ponerle de nombre Pandora.
–Sí, bueno… supongo que querrás ponerle un nombre de tu familia… – empezó a decir Paula.
–No, por favor. Tú la salvaste, así que tiene que llevar tu nombre.
–Muy bien, de acuerdo, pero Pandora es mi nombre profesional. Mi verdadero nombre es Blossom Paula Chaves.
–¿Blossom? ¿De verdad?
–De verdad. Mi madre murió aquí, por eso me pusieron ese nombre.
–Me gustaría ponerle Paula. Mi pequeña Pauli… Pauli –poco a poco Melisa se quedó dormida.
–Paula Tolliver. Se lo diré a las enfermeras –el doctor Wilcox se dió la vuelta–. Bien hecho, señorita Chaves. Venga a verme si necesita trabajo.
Cherry dejó al reverendo Tolliver al cuidado de su hija y su nieta y salió de la habitación para llamar a Carlos, que quedó en ir a buscarla a la puerta del hospital. De modo que se dirigió hacia allí… no sin antes recibir las felicitaciones de todas las enfermeras. Qué curioso haberse convertido en una heroína y que le hubieran ofrecido un trabajo el mismo día que Pedro Alfonso le había dejado claro que no habría nada entre ellos. Pero en fin, había conseguido que una niña llegase al mundo sin problemas y que un padre y una hija se reconciliaran. «Algo es algo», pensó. Era una pena que ya no le apeteciese quedarse en Blossom. Lo último que deseaba era encontrarse con Pedro. Sin embargo, allí estaba. En la puerta del hospital.
–Paula… estaba esperándote.
–Pues no deberías.
–Sé que estás dolida conmigo…
–Sí, lo estoy.
Intentó apartarse de su camino, pero él la sujetó del brazo.
–Espera, no te vayas. El reverendo Tolliver es su padre y Melisa es menor de edad. Tenía que ponerme de su lado, Paula.
–Sí, claro, es lo más fácil.
–Eso no es verdad –Pedro se pasó una mano por el pelo–. Lo siento, no quería hacerte daño.
–Pero lo has hecho. Lo has hecho porque así creías que controlabas la situación, que quedabas bien delante de los buenos vecinos de Blossom.
–Estaba pensando en tí… ¿Tú sabes lo que los buenos vecinos de Blossom te habrían hecho si le hubiera pasado algo a Melisa?
Paula parpadeó.
–Para entonces ya había llegado el doctor Wilcox.
–Eso les habría dado igual. Tú habrías sido la cabeza de turco si algo hubiera ido mal.
–Esa gente no puede hacerme nada. Da igual lo que hagan o lo que digan de mí porque no me conocen. Están juzgando al personaje que interpreto, no lo que soy.
–Paula, no es tan sencillo.
–Sé que piensas que si consigues contenerlos puedes mantener el control, pero eso es una ilusión, Pedro. No hacer nada no evita que estés haciendo algo malo. Sólo evita que sigas adelante. Pensé que eras diferente, pensé que me conocías… pero parece que me he equivocado –murmuró ella, intentando contener las lágrimas–. Por favor, no vuelvas a acercarte a mí.
Después de eso, salió del hospital… y Pedro no se atrevió a seguirla.
La Adivina: Capítulo 43
–¡No la quiero al lado de mi hija!
–Me da lo mismo lo que usted quiera –le espetó el médico, airado–. Su hija está esperando un hijo, reverendo Tolliver. Ya no es una niña y toma sus propias decisiones. De modo que apártese de una vez.
–¡No puede hablarme de esa forma!
–Alguien tiene que hacerlo. Si su hija no se calma enseguida, si no nos vamos al hospital ahora mismo, en este mismo instante, su hija podría morir. ¿Lo entiende o no?
–¿Morir? Pero… pero si va a tener un niño.
–Está teniendo graves dificultades –insistió el médico–. Tenemos que irnos ahora mismo. Alcalde, por favor, lleve al reverendo Tolliver al hospital. Nos veremos allí.
Sin mirar a Pedro, Paula intentó olvidar su corazón roto y acompañó aldoctor Wilcox hasta la ambulancia.
-No te preocupes, Melisa. Ya estoy aquí
En el hospital, el doctor Wilcox pidió que llevaran a Melisa al quirófano para una cesárea de urgencia. Después de la escena en la feria, Paula decidió no compartir la sala de espera con el reverendo Tolliver o con Pedro. Le preguntó a una enfermera si había algún otro sitio y la mujer la llevó a otra sala. Ojalá la hubieran dejado entrar en el quirófano, pensaba. Quizá así dejaría de pensar en Jason y en el futuro que nunca podría haber para ellos. Y ella soñando con una familia… Evidentemente, Pedro Alfonso no estaba preparado para rehacer su vida. Entendía que no quisiera enfadar a nadie, entendía que comprendiese las razones del reverendo Tolliver… Sí, ésa era ella: una chica comprensiva. Qué irónico que también entendiese que ella no podía vivir así. Que no lo aceptaría nunca. Por él, había estado dispuesta a enfrentarse a su mayor miedo. Y pensaba hacerlo de todas formas. No permitiría que aquella gente tan mezquina dictase su futuro. Pero le dolía, cómo le dolía que Pedro no se hubiera puesto de su lado.
–¿Señorita Chaves?
–Sí, soy yo. ¿Cómo está Melisa Tolliver? ¿Y el niño?
–Es una niña y las dos están bien, pero ha tenido mucha suerte. La niña tenía el cordón umbilical enredado en el cuello y estaba casi sin aire. Si no le importa venir conmigo… Melisa quiere verla.
–Ah, estupendo.
Pero cuando iba a entrar en la habitación, comprobó que el reverendo Tolliver estaba al lado de la cama.
–Señorita Chaves, entre, por favor.
Ella lo hizo, sin mirarlo. Melisa parecía agotada, pero miraba a su hija con una expresión llena de amor.
–¿Cómo estás?
–Bien. ¿Has visto qué guapa es?
–Es preciosa.
–Gracias a tí.
–Me da lo mismo lo que usted quiera –le espetó el médico, airado–. Su hija está esperando un hijo, reverendo Tolliver. Ya no es una niña y toma sus propias decisiones. De modo que apártese de una vez.
–¡No puede hablarme de esa forma!
–Alguien tiene que hacerlo. Si su hija no se calma enseguida, si no nos vamos al hospital ahora mismo, en este mismo instante, su hija podría morir. ¿Lo entiende o no?
–¿Morir? Pero… pero si va a tener un niño.
–Está teniendo graves dificultades –insistió el médico–. Tenemos que irnos ahora mismo. Alcalde, por favor, lleve al reverendo Tolliver al hospital. Nos veremos allí.
Sin mirar a Pedro, Paula intentó olvidar su corazón roto y acompañó aldoctor Wilcox hasta la ambulancia.
-No te preocupes, Melisa. Ya estoy aquí
En el hospital, el doctor Wilcox pidió que llevaran a Melisa al quirófano para una cesárea de urgencia. Después de la escena en la feria, Paula decidió no compartir la sala de espera con el reverendo Tolliver o con Pedro. Le preguntó a una enfermera si había algún otro sitio y la mujer la llevó a otra sala. Ojalá la hubieran dejado entrar en el quirófano, pensaba. Quizá así dejaría de pensar en Jason y en el futuro que nunca podría haber para ellos. Y ella soñando con una familia… Evidentemente, Pedro Alfonso no estaba preparado para rehacer su vida. Entendía que no quisiera enfadar a nadie, entendía que comprendiese las razones del reverendo Tolliver… Sí, ésa era ella: una chica comprensiva. Qué irónico que también entendiese que ella no podía vivir así. Que no lo aceptaría nunca. Por él, había estado dispuesta a enfrentarse a su mayor miedo. Y pensaba hacerlo de todas formas. No permitiría que aquella gente tan mezquina dictase su futuro. Pero le dolía, cómo le dolía que Pedro no se hubiera puesto de su lado.
–¿Señorita Chaves?
–Sí, soy yo. ¿Cómo está Melisa Tolliver? ¿Y el niño?
–Es una niña y las dos están bien, pero ha tenido mucha suerte. La niña tenía el cordón umbilical enredado en el cuello y estaba casi sin aire. Si no le importa venir conmigo… Melisa quiere verla.
–Ah, estupendo.
Pero cuando iba a entrar en la habitación, comprobó que el reverendo Tolliver estaba al lado de la cama.
–Señorita Chaves, entre, por favor.
Ella lo hizo, sin mirarlo. Melisa parecía agotada, pero miraba a su hija con una expresión llena de amor.
–¿Cómo estás?
–Bien. ¿Has visto qué guapa es?
–Es preciosa.
–Gracias a tí.
La Adivina: Capítulo 42
–Tengo que llamarle.
–Cariño –intervino Paula, pasando una mano por su pelo–. Ya no hay ninguna posibilidad de que ocultes el embarazo.
–No –insistió Melisa. Pero enseguida tuvo que doblarse de dolor.
–¿Dónde está el médico? –preguntó Paula, nerviosa.
–A punto de llegar, no te preocupes. ¿Alguien puede ir a buscar al reverendo Tolliver?
–¡Estoy aquí! Alguien me ha dicho que mi hija estaba enferma. ¿Dónde está?
Pedro interceptó al hombre y le explicó la situación en voz baja. El reverendo, pálido, no parecía entender nada.
–Melisa, hija. ¿Por qué no me lo habías dicho?
La chica negó con la cabeza.
–¿Qué ocurre? ¿Esta mujer te está haciendo daño?
–No –contestó Melisa–. Sabía que tú no lo entenderías.
–Entiendo que fue un feriante el que te ha hecho ir por el mal camino. Por el camino del pecado.
Paula levantó una ceja.
–Vete, vete de aquí. ¡Te odio! –gritó Melisa entonces.
–Reverendo, no creo que éste sea el momento… –empezó a decir Paula.
–¡No me diga cómo debo hablar con mi hija! Y no quiero que esté con ella en este momento. Es usted una mala influencia…
–Reverendo, por favor –lo interrumpió Pedro.
–¡El doctor Wilcox! –gritó alguien.
–Gracias a Dios –murmuró Paula, que empezaba a perder la paciencia.
Sereno y competente, el doctor se inclinó sobre Melissa y ordenó a Jason que mantuviera a la gente alejada de la caseta mientras la examinaba.
–No podemos llevarla al hospital. Va a tener el niño aquí mismo.
La noticia hizo que Paula se echase a temblar. Puso la mano sobre el abdomen de Melisa y sintió algo… la fuerza de la vida cada vez más débil, más traumatizada, pero luchando por vivir. Si el médico intentaba seguir adelante con el parto en esas condiciones, perdería a Melisa, al niño o a los dos. Tenía que advertirle, tenía que decírselo. Aunque con el reverendo Tolliver repartiendo vitriolo a unos metros, como si ella tuviera la culpa de algo, no iba a resultar fácil. Aun así, debía intentarlo.
–Doctor Wilcox, por favor. Tenemos que llevarla al hospital. Este niño está sufriendo, no está preparado para nacer. Yo sé de estas cosas… sería muy peligroso.
Pedro y el reverendo se volvieron a mirarla.
–No sabe lo que está diciendo. Usted no es médico. Y mi hija no irá a ninguna parte. El doctor Wilcox dice que no hay tiempo.
El médico la miró entonces por primera vez. La vió con el pañuelo de monedas en la cabeza, el cartel que decía Lady Pandora lee tu futuro… Y Pedro no dijo nada. Melisa le apretó la mano a Paula hasta hacerle daño.
–Quiero que me lleven al hospital. Quiero que hagan lo que ella dice.
–¿Es usted la adivinadora que predijo lo de la niña de Tamara? –le preguntó el médico.
-Sí, soy yo. Por favor, créame, tenemos que llevarla al hospital.
–No le haga caso a esta mujer –protestó el reverendo–. Es un fraude y una amenaza para el pueblo. Si le pasa algo a mi hija, la demandaré por practicar la medicina sin licencia.
–Cuidado, Tolliver –le advirtió Pedro.
El doctor Wilcox no estaba escuchando a ninguno de los dos.
–Que traigan una camilla. Hay que llevarla al hospital.
–Gracias, doctor Wilcox. Pero debemos darnos prisa.
Los enfermeros colocaron a Melisa en la camilla un minuto después y se dirigieron a la ambulancia a toda velocidad.
–Ven conmigo –dijo la joven.
Paula miró al médico, que asintió con la cabeza.
–¡No! –exclamó el reverendo–. Alcalde, detenga a esta mujer. No quiero que esté cerca de mi hija.
Paula esperó que Pedro la defendiera. No podía hacerle eso otra vez. Tenía que ponerse de su lado… Pero Pedro no dijo lo que ella esperaba.
–Es menor de edad. Tengo que respetar los deseos de su padre.
–Esto no tiene nada que ver con su padre, sino con Melisa. Y ella quiere que vaya al hospital. Melisa sabía bien cómo iba a reaccionar su padre, por eso me buscó. Es a él a quien deberías detener, no a mí.
–Paula, por favor, no me lo pongas más difícil.
–La paciente se está poniendo histérica –les advirtió el doctor Wilcox–. Por favor, señorita, venga conmigo.
–Cariño –intervino Paula, pasando una mano por su pelo–. Ya no hay ninguna posibilidad de que ocultes el embarazo.
–No –insistió Melisa. Pero enseguida tuvo que doblarse de dolor.
–¿Dónde está el médico? –preguntó Paula, nerviosa.
–A punto de llegar, no te preocupes. ¿Alguien puede ir a buscar al reverendo Tolliver?
–¡Estoy aquí! Alguien me ha dicho que mi hija estaba enferma. ¿Dónde está?
Pedro interceptó al hombre y le explicó la situación en voz baja. El reverendo, pálido, no parecía entender nada.
–Melisa, hija. ¿Por qué no me lo habías dicho?
La chica negó con la cabeza.
–¿Qué ocurre? ¿Esta mujer te está haciendo daño?
–No –contestó Melisa–. Sabía que tú no lo entenderías.
–Entiendo que fue un feriante el que te ha hecho ir por el mal camino. Por el camino del pecado.
Paula levantó una ceja.
–Vete, vete de aquí. ¡Te odio! –gritó Melisa entonces.
–Reverendo, no creo que éste sea el momento… –empezó a decir Paula.
–¡No me diga cómo debo hablar con mi hija! Y no quiero que esté con ella en este momento. Es usted una mala influencia…
–Reverendo, por favor –lo interrumpió Pedro.
–¡El doctor Wilcox! –gritó alguien.
–Gracias a Dios –murmuró Paula, que empezaba a perder la paciencia.
Sereno y competente, el doctor se inclinó sobre Melissa y ordenó a Jason que mantuviera a la gente alejada de la caseta mientras la examinaba.
–No podemos llevarla al hospital. Va a tener el niño aquí mismo.
La noticia hizo que Paula se echase a temblar. Puso la mano sobre el abdomen de Melisa y sintió algo… la fuerza de la vida cada vez más débil, más traumatizada, pero luchando por vivir. Si el médico intentaba seguir adelante con el parto en esas condiciones, perdería a Melisa, al niño o a los dos. Tenía que advertirle, tenía que decírselo. Aunque con el reverendo Tolliver repartiendo vitriolo a unos metros, como si ella tuviera la culpa de algo, no iba a resultar fácil. Aun así, debía intentarlo.
–Doctor Wilcox, por favor. Tenemos que llevarla al hospital. Este niño está sufriendo, no está preparado para nacer. Yo sé de estas cosas… sería muy peligroso.
Pedro y el reverendo se volvieron a mirarla.
–No sabe lo que está diciendo. Usted no es médico. Y mi hija no irá a ninguna parte. El doctor Wilcox dice que no hay tiempo.
El médico la miró entonces por primera vez. La vió con el pañuelo de monedas en la cabeza, el cartel que decía Lady Pandora lee tu futuro… Y Pedro no dijo nada. Melisa le apretó la mano a Paula hasta hacerle daño.
–Quiero que me lleven al hospital. Quiero que hagan lo que ella dice.
–¿Es usted la adivinadora que predijo lo de la niña de Tamara? –le preguntó el médico.
-Sí, soy yo. Por favor, créame, tenemos que llevarla al hospital.
–No le haga caso a esta mujer –protestó el reverendo–. Es un fraude y una amenaza para el pueblo. Si le pasa algo a mi hija, la demandaré por practicar la medicina sin licencia.
–Cuidado, Tolliver –le advirtió Pedro.
El doctor Wilcox no estaba escuchando a ninguno de los dos.
–Que traigan una camilla. Hay que llevarla al hospital.
–Gracias, doctor Wilcox. Pero debemos darnos prisa.
Los enfermeros colocaron a Melisa en la camilla un minuto después y se dirigieron a la ambulancia a toda velocidad.
–Ven conmigo –dijo la joven.
Paula miró al médico, que asintió con la cabeza.
–¡No! –exclamó el reverendo–. Alcalde, detenga a esta mujer. No quiero que esté cerca de mi hija.
Paula esperó que Pedro la defendiera. No podía hacerle eso otra vez. Tenía que ponerse de su lado… Pero Pedro no dijo lo que ella esperaba.
–Es menor de edad. Tengo que respetar los deseos de su padre.
–Esto no tiene nada que ver con su padre, sino con Melisa. Y ella quiere que vaya al hospital. Melisa sabía bien cómo iba a reaccionar su padre, por eso me buscó. Es a él a quien deberías detener, no a mí.
–Paula, por favor, no me lo pongas más difícil.
–La paciente se está poniendo histérica –les advirtió el doctor Wilcox–. Por favor, señorita, venga conmigo.
La Adivina: Capítulo 41
Contenta, buscó en la radio de su Harley hasta que encontró una emisora en la que Garth Brooks, el famoso cantante country, cantaba sobre el amor y la vida. Llegó a Blossom justo a tiempo para cambiarse de ropa y abrir la caseta.
–¡Lady Pandora, Lady Pandora! –la llamaron la señora Davis y la señora White–. Hemos venido para que nos lea el futuro.
–Ah, me parece muy bien –sonrió Paula–. Veremos lo que puedo hacer por ustedes.
Estuvo ocupada toda la tarde y parte de la noche. El sol ya se había puesto cuando se tomó veinte minutos para comer un perrito caliente y tomar un refresco.
–¿Comida basura? –oyó la voz de Pedro a su espalda–. No esperaba eso de tí.
–Por favor… La comida de las ferias es un clásico culinario.
–Recuérdame que nunca te deje dar de comer a Camila.
–Cobarde –sonrió ella–. ¿Qué te trae por aquí?
–Formo parte del jurado en el concurso de tartas de manzana.
–¿En serio?
–Oye, que ése es un deber muy serio en este pueblo –sonrió Pedro–. Y hacen tartas muy ricas, además.
–¿Quién ha ganado? La señora White y la señora Davis han pasado por mi caseta esta tarde. Querían saber quién iba a ganar el concurso.
–Entonces, tú deberías saberlo.
–Mis sesiones son confidenciales, amigo –se rió Paula–. Dime quién ha ganado, venga.
–La señora White. La señora Davis no había puesto suficiente canela.
–Bueno, por lo menos no ha ganado la viuda Harrison. Por lo visto, es una engreída.
–¿Qué tienes tú contra Lidia Harrison?
–Nada –se rió Paula–. Según la señora White, cree que es la mejor del mundo haciendo tartas, pero no es verdad. Oye, por cierto, he estado en Lubbock y me he apuntado a unas clases de enfermería.
–¿En serio? Me alegro mucho por tí. Estoy seguro de que serás la número uno –dijo Pedro, abrazándola.
–Gracias por el voto de confianza. Además, es culpa tuya. Cuando anoche me dijiste que podía hacer cualquier cosa que me propusiera te creí. Esta mañana me he despertado convencida.
–Me alegro.
No era exactamente una declaración de amor, pero Paula no dejó que eso la desanimara.
–¿Ha pasado algo raro hoy en el pueblo?
–¿A qué te refieres?
–No sé, es que he tenido una premonición. Como si fuera a pasar algo inesperado.
Por primera vez se dió cuenta de que había olvidado esa sensación en cuanto él llegó a su lado. Pedro la calmaba, la tranquilizaba como no podía hacerlo nadie más. Ni siquiera su abuela.
–No me han dicho nada. Pero puedo llamar a Marcos.
–No te molestes. Era sólo una… intuición.
Mientras volvían a la caseta, Paula vió una sombra cerca de la puerta y la premonición apareció de nuevo.
–Pedro, hay alguien intentando entrar en mi caseta.
–Yo también lo veo. Pero parece más como si estuviera esperando.
–Sí, es verdad –asintió ella–. Pero… ¿por qué está inclinado así…? Ay, Dios mío, es Melisa. ¡Y está de parto!
–¿De parto? No sabía que estuviera embarazada.
Paula corrió hacia ella a toda velocidad.
–Melisa…
–Pandora, me duele mucho.
–No pasa nada, tranquila. Todo va a salir bien, ya lo verás –murmuró Paula, tomándola por los hombros–. Pedro, llama a una ambulancia –dijo entonces. Acababa de sentir algo: dolor, confusión… pero no sólo por parte de Melisa, sino del niño. Le estaba pasando algo–. Por favor, Pedro, date prisa.
–Estoy llamando al doctor Wilcox…
–¿Estás bien, Melisa?
–Me duele mucho –contestó la chica.
–Espera, siéntate…
–El doctor Wilcox viene para acá –dijo Pedro.
–No puedo esperar –musitó Melisa entonces. Sentía tal dolor que se le doblaron las piernas y cayó al suelo, arrastrando a Paula con ella.
–Tranquila, tranquila –murmuró ella, disimulando un gesto de dolor. Al caer se había torcido el tobillo.
–¿Puedo hacer algo? –preguntó Pedro, nervioso.
–Creo que no deberíamos moverla. ¿Puedes levantarle un poco los hombros para que apoye la cabeza en mis piernas?
–Sí, claro.
Poco a poco, un grupo de gente fue reuniéndose frente a la caseta, pero Paula estaba concentrada en la pobre chica.
–Melisa, respira profundamente. Hazlo conmigo… así… inspira, contén el aire, expira…
–Me duele…
–¿Cada cuánto te vienen los dolores?
–No lo sé, muy rápido. Rompí aguas esta tarde y no sabía qué hacer… por eso vine a buscarte.
–Melisa, tengo que llamar a tu padre –dijo Pero entonces–. ¿Cuál es su número de teléfono?
–No, él no lo entendería.
–¡Lady Pandora, Lady Pandora! –la llamaron la señora Davis y la señora White–. Hemos venido para que nos lea el futuro.
–Ah, me parece muy bien –sonrió Paula–. Veremos lo que puedo hacer por ustedes.
Estuvo ocupada toda la tarde y parte de la noche. El sol ya se había puesto cuando se tomó veinte minutos para comer un perrito caliente y tomar un refresco.
–¿Comida basura? –oyó la voz de Pedro a su espalda–. No esperaba eso de tí.
–Por favor… La comida de las ferias es un clásico culinario.
–Recuérdame que nunca te deje dar de comer a Camila.
–Cobarde –sonrió ella–. ¿Qué te trae por aquí?
–Formo parte del jurado en el concurso de tartas de manzana.
–¿En serio?
–Oye, que ése es un deber muy serio en este pueblo –sonrió Pedro–. Y hacen tartas muy ricas, además.
–¿Quién ha ganado? La señora White y la señora Davis han pasado por mi caseta esta tarde. Querían saber quién iba a ganar el concurso.
–Entonces, tú deberías saberlo.
–Mis sesiones son confidenciales, amigo –se rió Paula–. Dime quién ha ganado, venga.
–La señora White. La señora Davis no había puesto suficiente canela.
–Bueno, por lo menos no ha ganado la viuda Harrison. Por lo visto, es una engreída.
–¿Qué tienes tú contra Lidia Harrison?
–Nada –se rió Paula–. Según la señora White, cree que es la mejor del mundo haciendo tartas, pero no es verdad. Oye, por cierto, he estado en Lubbock y me he apuntado a unas clases de enfermería.
–¿En serio? Me alegro mucho por tí. Estoy seguro de que serás la número uno –dijo Pedro, abrazándola.
–Gracias por el voto de confianza. Además, es culpa tuya. Cuando anoche me dijiste que podía hacer cualquier cosa que me propusiera te creí. Esta mañana me he despertado convencida.
–Me alegro.
No era exactamente una declaración de amor, pero Paula no dejó que eso la desanimara.
–¿Ha pasado algo raro hoy en el pueblo?
–¿A qué te refieres?
–No sé, es que he tenido una premonición. Como si fuera a pasar algo inesperado.
Por primera vez se dió cuenta de que había olvidado esa sensación en cuanto él llegó a su lado. Pedro la calmaba, la tranquilizaba como no podía hacerlo nadie más. Ni siquiera su abuela.
–No me han dicho nada. Pero puedo llamar a Marcos.
–No te molestes. Era sólo una… intuición.
Mientras volvían a la caseta, Paula vió una sombra cerca de la puerta y la premonición apareció de nuevo.
–Pedro, hay alguien intentando entrar en mi caseta.
–Yo también lo veo. Pero parece más como si estuviera esperando.
–Sí, es verdad –asintió ella–. Pero… ¿por qué está inclinado así…? Ay, Dios mío, es Melisa. ¡Y está de parto!
–¿De parto? No sabía que estuviera embarazada.
Paula corrió hacia ella a toda velocidad.
–Melisa…
–Pandora, me duele mucho.
–No pasa nada, tranquila. Todo va a salir bien, ya lo verás –murmuró Paula, tomándola por los hombros–. Pedro, llama a una ambulancia –dijo entonces. Acababa de sentir algo: dolor, confusión… pero no sólo por parte de Melisa, sino del niño. Le estaba pasando algo–. Por favor, Pedro, date prisa.
–Estoy llamando al doctor Wilcox…
–¿Estás bien, Melisa?
–Me duele mucho –contestó la chica.
–Espera, siéntate…
–El doctor Wilcox viene para acá –dijo Pedro.
–No puedo esperar –musitó Melisa entonces. Sentía tal dolor que se le doblaron las piernas y cayó al suelo, arrastrando a Paula con ella.
–Tranquila, tranquila –murmuró ella, disimulando un gesto de dolor. Al caer se había torcido el tobillo.
–¿Puedo hacer algo? –preguntó Pedro, nervioso.
–Creo que no deberíamos moverla. ¿Puedes levantarle un poco los hombros para que apoye la cabeza en mis piernas?
–Sí, claro.
Poco a poco, un grupo de gente fue reuniéndose frente a la caseta, pero Paula estaba concentrada en la pobre chica.
–Melisa, respira profundamente. Hazlo conmigo… así… inspira, contén el aire, expira…
–Me duele…
–¿Cada cuánto te vienen los dolores?
–No lo sé, muy rápido. Rompí aguas esta tarde y no sabía qué hacer… por eso vine a buscarte.
–Melisa, tengo que llamar a tu padre –dijo Pero entonces–. ¿Cuál es su número de teléfono?
–No, él no lo entendería.
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