jueves, 12 de septiembre de 2019

La Impostora: Sinopsis

Cambio de novias…

Debido a la maldición de su familia, el magnate Pedro Alfonso se vió obligado a comprometerse con una mujer con la que nunca se hubiera casado, Valeria Chaves. Valeria era hermosa, pero superficial, y no había una verdadera atracción entre ellos. Sin embargo, un día la besó y encontró a una mujer totalmente diferente, una mujer que le despertaba una pasión primitiva, una mujer que… no era Valeria.

En realidad, la hermana gemela de Valeria, Paula, accedió a hacerse pasar por su hermana de forma temporal, pero jamás pensó que llegaría a enamorarse de su apuesto prometido.

martes, 10 de septiembre de 2019

Pasión Imborrable: Capítulo 49

La volvió a besar al tiempo que la levantaba del suelo pasándole un brazo por las caderas y el otro por el torso y apretándola contra sí como si quisiera que sus cuerpos se fundieran en uno. Pero eran uno. Se pertenecían mutuamente.

-Pepe...

-No —su lado cobarde no quería oír sus ruegos para que deshicieran el matrimonio.

Volvió a besarla mientras daba unos pasos con ella hasta que su espalda tocó la pared. Paula estaba atrapada en sus brazos, no podía escapar, y él se concentró en estimular sus sentidos con toda la pasión que había en su interior. Ella le respondió con el ardor habitual; incluso con más. Tal vez, pudiera convencerla.

-Pepe —la necesidad de respirar hizo que ella volviera a decir su nombre. Le puso los dedos en los labios para que no la volviera a besar y pudiera hablar.

-Pepe, por favor.

Había emoción en su voz. A él se le encogió el corazón de terror al darse cuenta de que no podía seguir posponiendo lo inevitable. Se apartó para mirarla a la cara, pero sin soltarla.

—¿Me quieres?—los ojos de Paula expresaban asombro y dudas.

Él era un hombre orgulloso que había aprendido desde pequeño a no confiar en nadie, pero lo que sentía era tan inmenso que no lo podía ocultar.

—¿Lo dudas, Paula? —le acarició la frente, la mejilla y los labios—. Creo que te quería ya antes de ver tu foto en el folleto. Y, desde luego, desde el momento en que te tuve en mis brazos en la suite del hotel, cuando estuve a punto de morirme de placer al tenerte conmigo —tragó saliva porque se le estaba formando un nudo en la garganta—. Y cuando te ví con nuestro hijo... —la besó con dulzura—. No sabía lo que era el amor hasta que te conocí. Ahora lo sé. Es la maravillosa sensación que experimento cuando pienso en ti, cuando recuerdo tu sonrisa. Es el deseo de protegerte y cuidarte todos los días del resto de nuestras vidas, el deseo de compartir mi vida contigo. Me moriría si te fueras. Antes de conocerte vivía sólo a medias. Por favor —ya no le importaba abrirle su corazón y mostrarse vulnerable. Lo único que le importaba era que Paula siguiera con él.

—¡Oh, Pepe! —lo besó en los labios con fervor y él sintió que las lágrimas de ella le mojaban las mejillas—. Pepe —repitió ella mientras lo besaba en la barbilla, los labios y la cara—. Te quiero mucho. Siempre te he querido, pero creía que nunca sentirías lo mismo por mí.

Él se estremeció a causa de la sorpresa, pero, al levantar la cabeza, vió la sinceridad de su expresión. Paula brillaba como si una luz la iluminara desde dentro. A pesar de todo, aún seguía sin creerla.

-Pero querías dejarme. Acabas de decirlo.

Su sonrisa, a pesar de los ojos llorosos y la cara bailada en lágrimas, fue lo más hermoso que había visto en su vida.

-No, no podría hacerlo. Jamás. Me quedaré para siempre, Pepe. Lo que quería decir antes era que no podía aceptar un matrimonio que no fuera real, con responsabilidades de verdad. No podía soportar que te avergonzaras de mí, no dar la talla para ser tu condesa.

-No vuelvas a decir eso, piccolina. Eres la esposa perfecta en todos los sentidos —se deleitó en sus propias palabras—. Con respecto a la comida —prosiguió—, ha habido un error. No invité a Diana a ocupar tu puesto, sino que...

El beso de ella le impidió seguir hablando, seguir pensando. Lo besó con toda la dulzura y la ternura que confiere el amor. Y Pedro sintió cómo le penetraba en los huesos. Y le devolvió lo que ella le ofrecía con tanta generosidad. La amaba. La amaría hasta el fin de sus días. Saberlo era glorioso, aterrador y maravilloso. Cuando por fin se separaron unos centímetros, ella susurró:

-Me lo cuentas después.

-Pero es importante para que lo entiendas.

Ella le sonrió y el corazón de Pedro dejó de latir.

—Y lo haré, Pepe —dijo ella mientras él recuperaba el pulso—. Pero puede esperar. No hay nada más importante que esto —lo agarró de la barbilla y lo miró a los ojos—. Te quiero, Pedro Alfonso. y vamos a ser muy felices.



-Una vez  más, gracias a todos por su generosidad —Paula echó una mirada alrededor del salón de baile, lleno de gente que le sonreía. Se sintió enormemente aliviada. Quienes habían acudido a la comida la habían acogido con entusiasmo y generosidad—. Y, por favor, cuando acaben de comer, salgan a disfrutar del jardín.

Hizo un gesto con la cabeza y las cortinas se descorrieron y se abrieron las puertas que daban al jardín. Llegó el sonido de risas infantiles mezclado con el de la música. Se había instalado un parque infantil y los destinatarios de los fondos que se recogieran ese día se divertían en él. Algunos niños procedían de orfanatos; otros padecían una discapacidad; y otros se recuperaban de una enfermedad grave.

Paula bajó del podio entre los aplausos de los asistentes. Buscó con la mirada a Pedro, que estaba al fondo de la sala. Su gesto de asentimiento y su sonrisa le confirmaron lo que por sí misma veía: que la comida y el discurso que tanto le había costado preparar habían sido un éxito. Supo que estaba orgulloso de ella. Pero fue el amor que expresaba su mirada lo que le llegó al fondo del corazón. Tardó mucho tiempo en cruzar el salón andando entre las mesas, ya que tuvo que pararse a hablar con quienes conocía y con otros deseosos de conocerla. Cuando llegó adonde estaba Pedro, le pareció que había estrechado cientos de manos y respondido a miles de preguntas. Y estaba encantada. Le había conmovido el apoyo de los invitados a las causas caritativas que había elegido.

—Tienes un talento innato para esto —le dijo Pedro mirándola con aprobación. Le tomó la mano y se la llevó a los labios. Inevitablemente, ella se estremeció, y él sonrió al reconocer el efecto que le producía—. Les has hecho reír e incluso llorar. Nunca había visto semejante entusiasmo en un evento para recoger fondos.

Paula miró a Nicolás, contento y con los ojos brillantes, en brazos de su padre. Se llenó de alegría al verlo tan feliz y al sentir el vínculo que los unía a los tres.

-Muchos de ellos son padres. Además, ¿Quién va a negarse a ayudar a esos niños y a hacerles la vida un poco más fácil?

Pedro la atrajo hacia sí con el brazo que tenía libre y ella se le acercó, contenta de que la abrazara.

-La industria hotelera perdió un tesoro cuando te marchaste —murmuró él—. Pero no voy a devolverte. Eres la perfecta condesa Alfonso. Eres perfecta para mí, piccolina —inclinó la cabeza.

-Pepe —siseó ella—. No podemos. Aquí no.

Él le respondió besándola hasta que ella sintió que se derretía y se aferró a él. Poco después, ella se dió cuenta de que Nicolás se inclinaba hacia ellos para que lo abrazaran y de que había ruido a su alrededor: el sonido de risas y más aplausos. Pedro alzó la vista y saludó a los invitados con la mano. Después se dirigieron al jardín.

-No podemos dejarlos así —protestó ella.

-Claro que podemos —le aseguró él—. Hoy es fiesta para los niños de la localidad —le miró la tripa, todavía lisa y sonrió de forma posesiva. Vamos a dejar que el nuestro disfrute de la fiesta antes de escabullirnos para ir a pasar el fin de semana a la casa de la montaña —sujetó bien a su hijo y tiró de Paula para que saliera con él a disfrutar de la agradable tarde..

Ella lo hizo de buena gana ya que sabía que no había otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.




FIN

Pasión Imborrable: Capítulo 48

Pedro tuvo un mal presentimiento. Sabía que Paula a veces no estaba segura de sí misma y conocía las cicatrices que su familia le había dejado. Entró en la piscina mientras se quitaba la chaqueta y la corbata.

Paula nadaba con fuerza en la piscina. Llegó al final de la piscina. Estaba muy cansada, pero seguía furiosa. Haría unos largos más hasta tranquilizarse un poco.

-Deja que te ayude a salir.

Automáticamente, ella se apartó, pero Pedro se adelantó, la agarró del brazo y con su extraordinaria fuerza la sacó del agua. No quería hablar con él todavía. Quería estar tranquila y recuperarse de haber sido traicionada. Al fin y al cabo, sólo era una comida. Sin embargo, lo vivía como algo más, como si una vez más no hubiera estado a la altura. Como la vez anterior, cuando él no había confiado en ella lo suficiente como para presentársela a sus amigos; como todas las veces que sus padres la habían menospreciado. Parecía condenada a no estar nunca a la altura de las expectativas ajenas.

-Mírame, Paula.

Lo miró. Estaba en medio de un charco de agua que se había formado del agua escurrida del cuerpo de ella. Se había mojado los pantalones al sacarla, y la camisa se le ajustaba al cuerpo de un modo que ella sintió deseos de acariciar su torso escultural, lo cual aumentó su furia.

-Llegas pronto —se mordió el labio inferior y miró por encima del hombro de Pedro.

Él le alzó la barbilla con un dedo para que lo mirara. No hubo manera de no hacerlo ni de observar la compasión que había en sus ojos. Pero ella no necesitaba que la compadecieran. Necesitaba mucho más. Se había casado con él fingiendo que no lo quería, pero, en el fondo de su corazón, sabía que estaba condenada a quererlo por muy distintos que fueran sus sentimientos y circunstancias mutuos. A Pedro estuvo a punto de parársele el corazón al ver sus ojos enrojecidos. Su indomable Paula había estado llorando. Se quedó anonadado. La agarró con más fuerza, pero se contuvo para no atraerla hacia sí. La resolución que se veía en su mandíbula y el brillo helado de sus ojos le advertían que no lo hiciera.

—Te lo puedo explicar.

-Estoy segura —dijo ella con amargura—. Supongo que te han dicho en el despacho que te he llamado y que ya sabía que le habías pedido a Diana que ocupara mi puesto.

-No es así —le puso las manos en los hombros y le acarició los brazos en un gesto de consuelo.

—¿Ah, no? —apartó la mirada—. Crees que no estoy capacitada para desempeñar el papel de condesa.

—¡No digas eso! —detestaba que hablara de desempeñar un papel como, si en algún momento, fuera a cansarse de actuar y a marcharse. Le apretó los brazos y se dispuso a luchar por lo que era suyo.

—Así que le pediste a Diana, le rogaste que ocupara mi lugar.

-Ha habido un error, Paula.

-¡Y que lo digas! —trató de zafarse de sus manos, pero él no la soltó. Sus ojos expresaban ira y dolor a la vez. Comenzaron a temblarle los labios—. Soy tu esposa, Pedro, no una empleada de la que puedes prescindir si crees que no está cualificada para el trabajo. Me manipulaste para que me casara contigo; no me diste otra opción. Ahora es demasiado tarde para decidir que nuestro matrimonio no es un buen negocio.

-Espera un momento —dijo él.

Paula había puesto el dedo en la llaga. Él se sentía culpable por haberla obligado a casarse, por haberse aprovechado de alguien que carecía de recursos para oponérsele. Se había comportado brutalmente al llevarla a su casa y meterla en su cama.

—¡No, no espero! —lo fulminó con la mirada. En sus ojos había casi odio.

Pedro sintió un miedo desconocido. No podía perderla. Era imposible.

-No soy un accesorio que sacas y enseñas al público cuando te interesa tener una esposa complaciente y que echas a un lado cuando te relacionas con tus amigos aristócratas.

-¡No creerás que eso es lo que he hecho! —su indignación se mezcló con la compasión—. Te he dado tiempo para que te adaptes y he intentado no abrumarte. Sé que esto es muy distinto de tu vida anterior.

Ella no lo escuchaba y se limitaba a negar con la cabeza mientras le ponía las manos en el pecho y lo empujaba como si quisiera que se marchara. Él no se movió. A él no lo echaba nadie, ni siquiera Paula.

-Estoy cansada de esto, Pedro, de que me menosprecies, de tener que conformarme con menos.

—¿De conformarte? ¿A qué te refieres?

-A este acuerdo nuestro tan conveniente. No puede seguir así. No puedo...

—¿Conveniente? —Pedro trató de contener el pánico que lo asaltó—. Me acusaste de lo mismo la noche de nuestra boda. Te equivocaste entonces y te equivocas ahora —después de todo el tiempo transcurrido, volvían a estar como al principio. ¿Por qué no veía ella lo importante que era aquello? Lo importante que eran ellos—. ¿Crees que nuestro matrimonio me resulta conveniente?

Ella lo miró a los ojos sin pestañear.

-Creo que tienes lo que deseabas, Pedro. Pero no es suficiente para mí.

Él se negó a escuchar que Paula le pidiera el divorcio. En su interior estallaron emociones tumultuosas como jamás había experimentado que hicieron añicos su autocontrol y lo dejaron sin defensas ante el dolor que lo traspasaba.

—¿Crees que esto es conveniente, Paula? —la besó en la boca con dureza, como si fuera de su propiedad, casi con brutalidad, pero ya no podía controlarse.  Ella era suya, totalmente suya. Nunca se había sentido tan bien como abrazándola y besándola. La atrajo hacia sí y la abrazó como si no fuera a soltarla nunca. La necesitaba. Sin ella estaba incompleto. Era una certeza que se reafirmó al sentir el corazón de ella latiendo al mismo tiempo que el suyo y al ver que lo besaba con la misma furia—. ¿O esto? —le lamió desde el omóplato a la oreja y sintió que ella se estremecía y dejaba de respirar de puro placer—. No es nada conveniente lo que siento por tí, Paula. Me niego a renunciar a la mujer que amo. ¿Me oyes? No vamos a hablar de divorcio porque no voy a renunciar a tí.

Pasión Imborrable: Capítulo 47

-Lo sé, Paula. Según los rumores que corren, la joven condesa es encantadora y viste muy bien —Candela se echó a reír. Ella le había aconsejado a Paula a la hora de elegir nuevo vestuario—. Dime, ¿Qué tal vas con el discurso para la comida de caridad anual?

—Tengo algunas ideas —cada año la condesa Alfonso celebraba una comida de caridad en el salón de baile de la mansión Alfonso. La recaudación, junto con una generosa donación de las empresas Alfonso, iba a una organización caritativa de la elección de la condesa, una distinta cada año. Era una tradición que se remontaba a la época de la abuela de Pedro, y se había convertido en un evento importante para la élite social italiana—. Estarás allí, ¿Verdad?

-No me lo perdería por nada del mundo. Y Pedro estará contigo.

Él aún no le había hablado de ello. Fue Candela quien se lo dijo. Aquella noche pensaba preguntarle a Pedro para que le diera más detalles.

-Me tengo que ir —dijo Candela mientras hacía un gesto para pedir la cuenta—. Tengo una reunión con un cliente especial.

-Vete, ya pago yo. Me quedaré un poco más —volvía a sentir la sensación de náusea que últimamente experimentaba de vez en cuando.

-Ciao, bella. Te llamaré cuando vuelva de París.

Paula pagó la cuenta y trató de contener la excitación que la invadía, incluso con más fuerza que las náuseas. Sólo se había sentido así una vez: cuando se quedó embarazada de Nicolás. ¿Estaría embarazada otra vez? Un hermano para Nicolás, otro niño a quien querer y cuidar, pero esa vez con Pedro a su lado. ¿Se pondría contento? No habían tomado precauciones, por lo que cabía esperar que no le disgustara la idea. Se levantó y se dirigió al vestíbulo, donde había un grupo de mujeres mayores, bien vestidas. Reconoció una de las voces.

-Por supuesto, ya me lo esperaba. Pobre Pedro. ¿Qué remedio le quedaba? La chica era la madre de su hijo. Pero ahora tendrá que atenerse a las consecuencias.

Paula sintió unas náuseas más intensas que antes, lo que le impidió darse la vuelta y marcharse. Además se había quedado clavada en el sitio ante el veneno que destilaban las palabras de Diana.

-No es de buena cuna, no tiene clase ni idea de cómo comportarse. No me imagino cómo va a cumplir sus responsabilidades como condesa. Por suerte, estaré en la comida de caridad. Pedro me ha pedido que la presida, me lo ha rogado, y no puedo defraudarlo. Ambos sabemos que su esposa lo haría muy mal, y el apellido Alfonso es muy importante para ser objeto de burlas.

Paula no siguió escuchando.

-Puesto que el apellido familiar es tan importante para tí, me sorprende que estés haciendo lo imposible para mancharlo —a pesar de la bilis que sentía en la garganta, consiguió mantener la calma y el control. Pronunció con tanta perfección cada palabra que su profesor hubiera estado orgulloso.

Diana se dió la vuelta. Se había sonrojado. Paula miró a la mujer que había tratado de destruir lo que Pedro y ella habían compartido y, por primera vez, vió la codicia y la insatisfacción que había más allá de la ropa cara y la elegancia.

-Cualquiera diría que tienes un interés personal, que estás enfadada porque la esposa de Pedro, una mujer más joven, te ha sustituido.

Diana la miró con los ojos como platos y del grupo de mujeres se escuchó una risa ahogada. Paula estuvo tentada de echarle en cara sus mentiras y maquinaciones. Pero se negó a seguirle el juego y a ser pasto de habladurías.

-Pero las dos sabemos que eso es una tontería, ¿Verdad? En cuanto a la comida de caridad, no hay duda de que ha habido un malentendido. Procuraré que se resuelva y te enviaré una invitación, Diana. Espero que tus amigas te acompañen —no experimentaba satisfacción ni sensación de triunfo, sino un frío pesar en la boca del estómago—. Tengo que irme, pero le diré a Pedro que te invite a comer un día de éstos. Ciao, Diana —la besó en las mejillas y después se concentró en sus pasos para llegar a la puerta.

Cuando se montó en la limusina, su control se había hecho añicos. Temblaba y volvía a sentir náuseas. Trató de revivir la sorpresa y la derrota que expresaban los ojos de Diana, pero sólo recordó sus palabras: «¿Qué remedio le quedaba? Su esposa lo haría muy mal. Me lo ha rogado». No, Paula no se lo creía. Pedro no le haría eso. Diana había vuelto a mentir. En cuanto dejara de temblar, le llamaría para confirmarlo.

Él le había dicho que confiaba en ella, y parecía tan sincero que le creyó sin vacilar. Sin embargo, la confianza adoptaba distintas formas. Tal vez, él confiara en su palabra, pero no la creyera adecuada para ser la esposa de un hombre de negocios archimillonario. Y nadie podría reprochárselo, pues ella no había crecido en su mundo, no conocía las reglas y, tal vez, él creyera en secreto, como otros, que sus problemas de lectura eran un reflejo de su capacidad en otros campos. Volvió a sentir náuseas, y estuvo los minutos siguientes tratando de acallar la voz de la duda y el dolor que le causaba. Por fin consiguió controlar las náuseas y miró por la ventanilla. Tomó una decisión: por mucho que una parte de sí misma estuviera tentada de coincidir con Diana en que no sabía cómo comportarse en aquellos círculos sociales, estaba allí para quedarse. Era la esposa de Pedro Alfonso y les demostraría a todos, e incluso a sí misma, que podía hacer frente a todo lo que eso suponía. Se lo debía a ella misma y a Nicolás.  Se pasó la mano por la tripa. Si iba a criar a sus hijos allí, no podía permitirse hundirse en la oscuridad como había hecho cuando era más joven. Ya sabía lo que era y no quería volver a experimentarlo. Estaba cansada de sentir que no estaba a la altura de lo que los demás esperaban de ella. Así que sacó el teléfono móvil del bolso y llamó a Pedro al despacho. No hizo caso de la sensación de miedo que sintió, sino que pensó en que él confiaba en ella.

Pedro bajó del coche y subió la escaleras a toda prisa. La puerta principal se abrió antes de que llegara a ella.

—¿Dónde está mi esposa?

-Creo —le contestó Eduardo— que sigue en la piscina. El señorito Nicolás se ha bañado y está durmiendo la siesta.

-Muy bien —lo que tenía que decir era mejor hacerlo en privado. Se dirigió a la piscina a grandes zancadas.

Iba en el coche de camino a casa cuando le llamó su nueva secretaria para decirle que su esposa había llamado para preguntarle acerca de la comida de caridad. Cuando la secretaria había comprobado los detalles, había visto que la anterior secretaria, que lo había sido de manera temporal, había dispuesto que Diana presidiera el evento, a pesar de las instrucciones expresas de Pedro para que su madrastra no volviera a re-presentar ni a la familia ni a la empresa. Se sintió furioso con Diana, con las secretarias temporales incompetentes y consigo mismo por no haber comprobado los detalles. Avanzó deprisa por el pasillo mientras la voz de la secretaria resonaba en su cerebro: «No, no ha dejado ningún mensaje ni ha dicho nada».

Pasión Imborrable: Capítulo 46

-Perdóname, Paula —prosiguió él.

Dejó de besarla, pero no la soltó. Ella abrió los ojos. La expresión del rostro de su marido la dejó sin aliento y le habría arrebatado también el corazón si no se lo hubiera entregado ya.

-¿A qué te refieres?

Él no dijo nada, y Paula tuvo la extraña sensación de que estaba armándose de valor.

-Los últimos años han sido duros para tí —murmuró él—. Te eché de casa y por eso estuviste sola durante el embarazo y el nacimiento de Nicolás, y sola para cuidarlo y educarlo.

-Sobrevivimos.

-Los privé a Nico y a tí de mi presencia —sonrió con tristeza—. No debí dejarte marchar ni dudar de tí.

—¿Cómo dices? —sus palabras dejaron muda a Paula.

Vió el remordimiento en su cara, pero le resultó imposible de creer. Mientras él le acariciaba el rostro, tuvo la sensación de que algo precioso y milagroso la poseía.

-Yo soy el que tiene la culpa, Paula. No debí acusarte de traicionarme.

Paula lo miró a los ojos y lo que vio en ellos fue remordimientos, culpa, dolor... y esperanza. La sorpresa de que manifestara semejantes sentimientos hizo que perdiera el equilibrio, por lo que se agarró a sus hombros.

-No lo sabías. Y al fin y al cabo, yo creí a Diaba cuando me dijo que te ibas a casar. ¿Te dijo Rosa en el barco que no había nada entre Stefano Manzoni y yo? —al ver que negaba con la cabeza, atiadió—: Pero, entonces...

—¿Cómo lo sé? —le tomó la mano y se la puso más abajo del corazón—. Lo siento aquí. Llámalo instinto, si quieres. Mi sexto sentido lleva mucho tiempo diciéndome que no eras la mujer que creía, pero no le hacía caso. Hace dos años tuve que salvar la empresa y solucionar los problemas que mi padre había dejado. Eso es lo único que sé. Y también que decidí que todas las mujeres eran traicioneras. Supongo que estaba esperando que cometieras un error para que me demostraras que tenía razón.

Paula recordó la velocidad a la que había supuesto su infidelidad, como si hubiera estado dispuesto a creer lo peor. De pronto le pareció que había entrado en un mundo donde nada tenía sentido y, durante unos segundos de locura, cuando él le había deslizado la mano por su pecho y su corazón, llegó a creer que iba a decirle que era el corazón el que le había hecho cambiar, que la quería. Sintió renacer la esperanza y también sintió miedo.

-No te entiendo.

Pedro se mantuvo callado tanto tiempo que a ella se le pusieron los nervios de punta.

-Digamos que llevo demasiados años siendo el objetivo de mujeres a las que sólo les interesa adquirir dinero y prestigio.

Paula lo miró fijamente. ¿Era posible que creyera lo que decía? ¿No se daba cuenta de lo increíblemente sexy que era? Ella se había enamorado desde el momento en que lo vió, y no sabía nada de su posición ni de su riqueza.

-Y antes de eso... —prosiguió él—. Mi madre se marchó cuando tenía cinco años. Dejó a mi padre por un hombre con más dinero y prestigio todavía. No volví a verla.

—¿Tu padre los mantuvo separados?

-A mi querida madre, yo no le interesaba —bufó Pedro—. Desde el principio me dejó con niñeras. En cierto modo, no fue tan duro el golpe cuando se fue.

A pesar de su tensa sonrisa, Paula se dió cuenta de que mentía. Reconoció, con dolor, la antigua herida que ocultaba; saber que su madre no lo quería. ¡Qué terrible tenía que haber sido!

-Después de que se marchara —prosiguió Pedro—, tuve muchas niñeras, la mayor parte más interesada en atrapar a un hombre con título que en cuidar a su hijo. Aprendí a no confiar en nadie.

Paula sintió deseos de borrar todos esos años de dolor y desconfianza, de acunarlo como si siguiera siendo aquel niño apesadumbrado por la pérdida de su madre.

-Pero eso no es excusa para mi comportamiento —le alzó la mano y le besó la muñeca y después la palma. La miró con ojos ardientes—. Paula, no recuerdo lo que hubo entre nosotros y probablemente no lo haré. Pero creo que me precipité en mis conclusiones y actué sin reflexionar. Al vivir contigo estos dos últimos meses, me he dado cuenta de que te juzgué erróneamente. Nuestra relación no debió haber acabado como lo hizo.

Paula creyó que el corazón le iba a estallar en el pecho al ver la calidez de su mirada.

-¡Pepe! —así lo solía llamar. El diminutivo llevaba mucho tiempo encerrado en su corazón.

-Déjame decirte algo antes —inspiró profundamente.

Paula, estupefacta, comprobó que vacilaba. Su instinto le dijo que aquello era algo muy serio. Se le contrajeron todos los músculos del cuerpo y casi dejó de respirar. ¿Era posible que sus secretas esperanzas se hicieran realidad?

-Nunca creí que sentiría esto por una mujer. Eres sincera, directa y cariñosa — sonrió—. Y estamos bien juntos, ¿Verdad? —la miró con mucha seriedad, casi como si se sintiera vulnerable, mientras esperaba su respuesta.

Paula asintió mientras trataba de mantener la calma en medio de la mezcla de emoción, amor y deseo que experimentaba. Le apretó la mano deseando oír las palabras que llevaba tanto tiempo esperando: «Te quiero». Él la atrajo hacia así.

-Confío en tí Paula.




-¿Me has oído, Paula? —Candela inclinó la cabeza hacia un lado, como si fuera un pajarito.

-Claro que te he oído —Paula le sonrió mientas trataba de centrarse en la conversación.

Se preocupaba demasiado por lo que no podía ser. Vivía bien con Pedro; más que bien. Era un padre excelente y un amante estupendo. Y era amable y atento. ¡Y confiaba en ella! Hizo una mueca al recordar sus palabras y la profunda decepción que había sentido al escucharlas. Él le daba más de lo que había dado a ninguna otra mujer, todo lo que tenía para ofrecer. No era culpa de Pedro no haber aprendido a amar y que no pudiera amarla. Un día conseguiría estar contenta, a pesar de que siguiera toda la vida anhelando ser amada. Estaba agradecida por lo que tenía y pronto dejaría de desear lo imposible. La mejor forma de conseguirlo era estar ocupada, como lo había estado los dos últimos meses.

-Sí, el profesor es estupendo. Me alegro de haber seguido tu consejo para contratarlo —habló en italiano, pues tenía que dominar la lengua—. Estoy progresando, ¿No te parece?

-Eres una maravilla —dijo Candela sonriendo—. Pronuncias muy bien, aunque te falta vocabulario. Tendrás mucho éxito cuando Pedro empiece a recibir a gente de nuevo. Les resultarás encantadora con tu acento.

—¿Eso crees? —Paula echó una mirada alrededor del caro restaurante que Candela había elegido para comer.

A pesar de la ropa nueva que llevaba y de su determinación de adaptarse a la vida de Alessandro, a veces se sentía inquieta, como si fuera ajena a aquella vida y todos lo supieran. Que Pedro la mantuviera apartada de sus obligaciones sociales tampoco era de gran ayuda. Era cierto que salían, que incluso invitaban a cenar a amigos de vez en cuando, pero era evidente que él había rechazado muchas invitaciones que normalmente hubiera aceptado. ¿Era porque temía que ella no estuviera a la altura?

Pasión Imborrable: Capítulo 45

Pedro dejó a Nicolás en brazos de la niñera y se dirigieron al sendero privado que recorría el lago. Parecía distraído y caminaba a grandes pasos, por lo que ella casi tenía que correr para seguirlo.

-Pedro, por favor. ¿Qué pasa? ¿Qué quería Rosa?

—¿Te acuerdas de ella?

-Pues claro que me acuerdo. Fue muy amable conmigo. ¿Sigue trabajando para tí?

-No. Cuando ingresé en el hospital, la casa de la montaña se cerró y Rosa se jubiló, cosa que había ido posponiendo, y se marchó a vivir cerca de su hija. Cuando salí del hospital vine a esta casa.

-Pero, Rosa te ha dicho algo.

-Que se alegraba de verme completamente restablecido. Que se alegraba de vernos.

—¿Se acordaba de mí? ¿Qué más te dijo?
-Nos felicitó por la boda —contestó Pedro con expresión sombría—. Lo había leído en el periódico.


—¿Y? —Paula conocía muy bien a Pedro y sabía que se andaba con evasivas.

De pronto, él se detuvo y se volvió a mirarla.

-Estaba allí el día que te fuiste.

El día que Pedro le había dicho que se fuera, el día que la había encontrado alterada por haber tratado de mantener a raya a Stefano Manzoni y se había apresurado a concluir que había estado tonteando con él. Se había apoderado de él una furia intensa.

-Entiendo —dijo ella volviéndose hacia la balaustrada que los separaba del agua.

-No, no lo entiendes —algo en su voz hizo que ella lo mirara, y su expresión la dejó perpleja—. Me ha dicho que, después de que te marcharas, no pude parar quieto y me dediqué a recorrer la casa de un extremo al otro. Veinte minutos después, salí corriendo hacia el coche, y parece que le dije que te iba a buscar.

Paula lo miró boquiabierta y el corazón le dejó de latir. ¿Que Pedro había ido a buscarla? ¿Que quería que volviera? ¿Quería eso decir que se había dado cuenta de que sus acusaciones carecían de fundamento? Sintió que una ola de calor se apoderaba de ella al pensarlo.

-Pero no fuiste a la estación —había esperado mucho tiempo a que el tren llegara.

-No. Fue entonces cuando tuve el accidente, mientras iba a toda velocidad a buscarte.

Atónita, Paula lo miró a los ojos. La culpa sustituyó al júbilo y tuvo que apoyarse en la balaustrada para no caerse.

—¡Paula! —la agarró con sus fuertes brazos y ella cerró los ojos para no ver el desagrado que sin duda expresarían los suyos.

¿Le echaría la culpa del accidente? Ella se culpaba. Se aferró a él y revivió el horror que había experimentado cuando se enteró de que había tenido un accidente. Pero aquello era peor.

Pedro la abrazó y tuvo miedo ante su repentina palidez. Le acarició la espalda. Se dijo que todo saldría bien. Sin embargo, su mundo estaba patas arriba. «Estaban ustedes tan enamorados que, por supuesto, fue a buscarla». Las palabras de Rosa resonaban en su cabeza. No era posible. Tenía que estar equivocada. ¿Amor? Trató de rechazar la idea como lo había hecho durante toda la vida, pero la emoción que Paula le producía había arraigado en su interior y no podía arrancarla. El hecho era que había ido a buscarla, desesperado si lo que decía su antigua ama de llaves era verdad, aunque estaba claro que era de naturaleza romántica. Era evidente que su memoria había adornado lo que sucedió. Pero eso era lo de menos. Lo importante era saber si había cambiado de opinión porque se había dado cuenta de que se había equivocado con Paula o si había decidido que le daba igual lo que ella hubiera hecho. Cualquiera de las dos opciones lo retrataba como una persona emocional, tan afectada por la marcha de su amante que era incapaz de pensar con coherencia. No podía creerlo.

Pensó en los pocos hechos concretos que había logrado reunir sobre su infidelidad. Había vuelto a casa y había visto a Stefano Manzoni, alguien en quien no confiaba, alejándose de la casa a paso acelerado. Paula tenía la blusa desabrochada, el pelo suelto y la marca de un mordisco en el cuello. Ella reconoció que se habían encontrado en la ciudad y que la había acompañado a casa. Después había tratado de desviar la furia de Pedro acusándole de serle infiel con Candela. ¿Qué más había habido que no recordaba? ¿Había algo más? ¿Se había equivocado tanto al acusarla como ella al creer que pensaba casarse con Candela? Fue sincero consigo mismo y reconoció la posibilidad de haberse precipitado a sacar conclusiones. ¿Esperaba inconscientemente que Paula le demostrara que lo único que le atraía de él era su dinero?, ¿Que lo abandonaría por otro que pudiera darle más si las cosas se ponían mal? Eso era lo que había hecho su madre. ¿Se había autoconvencido de que ella lo traicionaría? La abrazó con más fuerza y sintió los rápidos latidos de su corazón. A pesar de aquellos recuerdos fragmentarios, seguía teniendo las mismas lagunas de memoria. Paula no las había rellenado y no podía seguirse engallando al creer que lo haría. Nunca recordaría esa parte de su pasado, ni tendría pruebas definitivas de la conducta de ella. Sólo disponía de los comentarios de quienes estaban allí: Rosa y Paula. Pero él tenía capacidad de razonar y de instinto. ¿Qué le indicaban ambos?

-Lo siento —murmuró Paula finalmente mientras se aferraba a su camisa como si quisiera impedirle que se fuera.

—¿Cómo dices? —él se echó ligeramente hacia atrás para oírla con más claridad.

-Lo siento. Si no hubiera sido por mí, no te habrías estrellado.

—¿Te echas la culpa?

-¿Y tú no me la echas? —recordó cuánto llovía aquel día.

Por eso había aceptado la propuesta de un hombre de llevarla a casa en vez de esperar el autobús. Por eso y porque la noche anterior había visto a Pedro con Candela. Él no había vuelto a casa aquella noche y ella había acabado por cansarse de esperarlo dócilmente. Si no hubiera sido tan ingenua, si no hubiera estado tan dispuesta a creer las mentiras de Diana...

-Claro que no. No seas absurda —respondió él con los ojos centelleantes—. ¿Cómo vas a tener la culpa? Era yo el que conducía a toda velocidad, y el conductor del otro coche iba en dirección contraria por mi mismo carril. No puedes llevarlo en la conciencia —la agarró por la barbilla con delicadeza, y Paula se estremeció ante su ternura, que le recordó la de otro tiempo. Él se inclinó y la besó en los labios.

Ella sintió que se derretía con la magia que sólo Pedro era capaz de crear. Él le cubrió las mejillas, la frente y la nariz de besos suaves pero fervientes. El corazón de Paula se desbocó. Aquéllas no eran las caricias de un hombre desesperado por llevarla a la cama, no tenían que ver con el sexo, sino con la emoción, con la clase de emoción que ella guardaba desde hacía mucho tiempo.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Pasión Imborrable: Capítulo 44

La risa de su hijo emocionó a Pedro, pero fue ver a su esposa sonriendo con Nicolás en brazos para que mirara por la ventana del ferry lo que le removió algo en su interior que ni siquiera sabía que existiese: la barrera que lo había separado de quienes trataban de acercársele demasiado. Llevaba semanas derrumbándose. Día a día, la relación con Paula y el niño se había ido intensificando y convirtiendo en algo inesperado que nunca creyó que podría sentir. Y debería haberlo esperado con Nicolás, su hijo. A pesar de que sus padres nunca habían dado muestras de sentir nada por él salvo un ligero placer si se portaba bien y frialdad si los interrumpía en un momento inoportuno, sabía que tenía que existir un vínculo entre padre e hijo. Al enterarse de que tenía un hijo, actuó de inmediato para conseguir la custodia, desesperado por asegurarle al niño los cuidados de un padre que lo quisiera, aunque sabía que le quedaba todo por aprender sobre el amor. Lo que no había esperado es que se produjera con tanta facilidad. La felicidad que Nicolás había llevado a su vida y el sentido de responsabilidad eran inauditos, y no los cambiaría por nada.  Miró a Paula y observó cómo se le iluminaba la cara al sonreír. Toda una vida de relación con las mujeres le había enseñado que sería un estúpido si le entregan el corazón en bandeja a una de ellas. Y, sin embargo, en las semanas anteriores se había sentido a gusto con ella, aunque sin dejar de ser consciente del deseo sexual que ya era una constante en su vida, pero relajado como nunca se había sentido con otra mujer. Tan relajado, que se veía obligado a recordar que, como el resto de su sexo, podía engañar a un hombre. Sin embargo, al mirarla en aquel momento, encantada porque él había accedido a hacer algo normal, como ir a pasear en ferry por el lago, sin tener que subir a una limusina ni a ninguno de sus «juguetes de hombre rico», le resultaba difícil creer que fuera una fría calculadora. Y lo más sorprendente era que no quería creerlo. Confiaba en ella, le gustaba, no sólo la deseaba. Era una mujer diferente de las demás. Su falta de interés por el dinero era genuina. Y aunque utilizaba la cuenta, se gastaba el dinero en juguetes y libros para Nicolás, no en ropa para ella. Era totalmente opuesta a su madre, cuyo instinto maternal era nulo. Paula era una madre maravillosa.

Pedro se había dado cuenta de que el contrato prematrimonial en el que le ofrecía una fortuna si se quedaba con Nicolás no hubiera sido necesario, ya que Paula no se separaría de su hijo por nada del mundo. Por eso le gustaba. Y por muchas otras cosas, como su espíritu indomable al no darse por vencida ante la dislexia y la sensación de no dar la talla; su inteligencia; su dignidad. Era la esposa de la que cualquier hombre se sentiría orgulloso en muchos sentidos. Pensó en cómo habían hecho el amor aquella mañana, y su mirada se dirigió al liso vientre de ella. Era posible que estuviera embarazada. Sintió una satisfacción primaria ante la idea de verla engordar debido al embarazo. Se lo había perdido la primera vez, pero, la siguiente, participaría en todo momento.

-Signor Conte.

Pedro se distrajo de sus pensamientos para mirar a la mujer de pelo gris que había frente a él. Un sexto sentido hizo que Paula se volviera a mirarlo. No estaba lejos y, con la cabeza inclinada, escuchaba a una mujer. La intensidad con la que lo hacía hizo que Paula presintiera algo malo. La mujer le resultaba familiar. Bruno, que estaba al lado de ella, también los observaba y no parecía dispuesto a intervenir. Pero pasaba algo.

—Bruno, ¿Puedes agarrar a Nicolás, por favor? —el guardaespaldas la miró sorprendido, pero ella se volvió hacia Pedro.

La mujer lo había tomado del brazo y él estaba muy pálido. La mujer inclinó la cabeza y Paula la reconoció: era Rosa, el ama de llaves de Pedro cuando vivía en su casa de las colinas, detrás del lago. Rosa había sido muy afectuosa con ella. La había animado cuando trataba de hablar en italiano. Y, sobre todo, se había preocupado de que comiera cuando la relación con Pedro se había hecho añicos. Paula se apresuró por el pasillo para saludarla, pero estaba preocupada por la expresión helada de Pedro. Lamentaba haberle pedido que se dieran un paseo en ferry en vez de en un barco privado para pasar un día normal con gente que no supiera quiénes eran. ¿Había sido un error? Cuando llegó a dónde estaba Pedro, Rosa se había marchado y el ferry estaba llegando al muelle. Los pasajeros comenzaron a levantarse, pero él permaneció inmóvil, como si estuviera clavado en el sitio. El miedo se apoderó de Paula. A pesar de que no quería quererlo, se había vuelto a hacer un sitio en su corazón. Le proporcionaba mucho placer, la consolaba cuando lo necesitaba y hacía que se sintiera especial. No podía seguir fingiendo que no le importaba, que no lo quería.

—Pedro.

Él la miró como si no la viera. Después la atrajo hacia sí para apartarla de los pasajeros que se dirigían a la salida.

—¿Nicolás está con Bruno? Muy bien —su voz sonaba como siempre, pero parecía distinto.

—¿Qué pasa, Pedro?

—Vamos —le pasó el brazo la cintura—. No pasa nada. Nicolás y Bruno ya vienen.

Paula sabía que pasaba algo, pero hasta que no llegaron a la mansión no obtuvo respuestas.